Capítulo 10: Caricias y puñaladas.

El regreso a clase fue catastrófico para todas las personas que conocían a Luna. En el instituto se respiraba un ambiente tenso, entristecido por la perdida de una compañera. Y aunque muchos otros no la conocían, no era extraño ver a grupos de chicas llorando por el pasillo. Eran días en los que los sentimientos estaban a flor de piel. Aunque si había un sitio donde se notaba especialmente la ausencia de la rubia, era la cafetería. La mesa de las Veelas lucía incompleta, no solo por la perdida de Luna, sino porque Hermione aun no había aparecido. La castaña no había vuelto a salir de su casa desde el entierro de Luna, apenas si comía y no podía dejar de llorar en soledad. Pansy no reconocía a su amiga y había optado por dejarle su espacio. De ella se ocupaba perfectamente Cormac, y poco a poco la rabia había dejado paso a la resignación.

Daphne también se mostraba más callada de lo normal, pero dentro de la algarabía provocada por el dolor de la perdida de Luna, se había abierto un foco de esperanza. La mañana en que Draco había aparecido de la mano de la chica, los murmullos adolescentes habían vuelto a los pasillos de instituto. Algunos eran de incredulidad, otros de envidia y muy pocos de alegría. Pero eso a Daphne no le importaba. Aunque su relación con Luna nunca había sido de lo más estrecha, era su amiga y le dolía el corazón de pensar que ya no volvería a verla. Draco intentaba llamar su atención, pero ella no estaba por la labor. No tenía tiempo ni de pensar en lo que significaba el chico para ella. Pero él insistía en mirarla con aquellos ojos grises tan penetrantes, como si quisiera robarle el pensamiento.

Pansy hacia un esfuerzo por tragarse el desayuno. Había pasado unos días horribles en los que no encontraba la salida a aquella situación. Por suerte para ella, Cormac era mucho más pragmático. Además, no conocía a Luna tanto como las Veelas. A él lo único que le partía el corazón era ver a su novia tan destrozada; quizás por eso intentaba hacerla sonreír en todo momento y no la dejaba sola. Pansy suspiró y retiró la bandeja del desayuno hacia el centro de la mesa. Era inútil.

Lavender fue la primera en hablar.

- No puedo creer que se haya ido para siempre. –dijo sorbiéndose la nariz. Era el tipo de chica que no sentía vergüenza por mostrar sus sentimientos y había ido al instituto con los ojos rojos e hinchados, y en más de una clase se había tenido que ausentar por el llanto.

- ¿Alguien ha visto a Hermione? –preguntó Pansy. Ya habían perdido a Luna por estar tan ciegas como para no ver su dolor, así que no quería arriesgarse y perder a Hermione también. La castaña ya afrontaba un año difícil en su vida y solo le había faltado aquello. A saber la de compuertas que había abierto.

- No desde el funeral. –contestó Blaise con los brazos cruzados y las piernas estiradas.

- ¿Alguien tiene tantas ganas de llorar como yo? –las mejillas de Lavender se llenaron de lágrimas. Aceptó el brazo de Blaise y se refugió en su pecho, ajena a unos ojos azules heridos que la miraban desde la distancia.

- Todos estamos tristes, princesa. –el chico le dio un beso en la cabeza.

- Yo estoy cabreada con ella. –dijo Daphne apretando los puños sobre la mesa.- Éramos sus amigas, tendría que habernos dicho algo.

- Tal vez quiso, pero no encontró la forma. –apuntó Cormac, pasando un brazo por los hombros de Pansy y consolándola en silencio.

- Quisiera saber qué está pasando por la cabeza de Hermione en estos momentos. –susurró la morena. No dejaba de darle vueltas a un pensamiento que no auguraba nada bueno.

- Puede que Ron sepa algo. –dijo Lavender con algo de esperanza. Primero desaparecía Luna y después Hermione. Las Veelas se sentían bastante perdidas sin ellas.

- No lo he visto tampoco a él.

- ¿Quién es Ron? –preguntó Draco volviendo a la conversación.

- El chico pelirrojo que no se separó de ella tras el funeral.

- ¿Y qué hay de Cedric? –quiso saber Blaise en tono sorprendido.

- Han roto. –dijo Daphne escuetamente.

- Oh. –dijeron todos los chicos a coro.

- ¿Por qué habrá roto con Cedric? –se preguntó Lavender que aun no llegaba a comprender la otra cara del chico más guapo de instituto. Para ella era el novio ideal y no entendía a Hermione.

- Porque es un cabrón sin sentimientos. –le contestó Daphne pronunciando cada palabra con hastío.

- Daph…-Pansy se estremeció con las palabras de su amiga, aunque estuviera más que de acuerdo. Pero fue más el tono que otra cosa, lo que hizo que se le pusiera el vello de punta.

- ¿Qué? ¿Qué pasa? –dijo Daphne a la defensiva y alzando un poco la voz.- A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Y si dejar su relación evita que Hermione termine como Luna, bien por ella.

- Daphne…-insistió Lavender.

- No pienso perder ninguna amiga más y quedarme con los brazos cruzados. –continuó diciendo Daphne con furia.- Y todo por culpa del dichoso amor. El amor da asco. –añadió con amargura y se levantó arrastrando la silla y atrayendo todas las miradas. Con andares enérgicos, se marchó de la cafetería dejando al personal murmurando.

- ¡Daphne! ¡Daphne! –gritó Pansy.

Al ver que tanto Pansy como Lavender hacían ademán de levantarse e ir tras ella, Draco dijo:

- No, dejadla sola. Ya regresará cuando se calme.

- No se le puede tener en cuenta. –concilió Cormac mirando directamente al rubio.- Todos estamos muy alterados.

- Es tan irreal. –comentó Lavender escondiendo el rostro en sus manos.

- Odio como nos miran todos. –dijo Blaise después de echar un vistazo a su alrededor.

- Éramos sus amigos, ya se les pasará. –dijo la voz de la cordura y la sensatez, es decir, Cormac.

- Todavía creo que esto es sola una pesadilla y que cuando despierte, veré a Luna entrar por esa puerta con su mirada ausente. –comentó Pansy con una triste sonrisa.

- Sabes que eso no va a pasar, nena.

- Lo sé.

Todos volvieron a guardar silencio, incómodos con la situación y con las reacciones de cada uno de ellos. Entendían la salida de tono de Daphne y su prisa por salir de allí. La cafetería se había convertido en un lugar claustrofóbico. Y luego estaban las palabras de Lavender y Pansy, que paseaban su dolor en cada letra y que hacían que se te encogiera el corazón. También para los chicos era una situación difícil a la que no sabían cómo enfrentarse. Ellos también conocían a Luna y se reían con sus peculiaridades. Y resultaba desgarrador comprobar que ya nunca más la volverían a ver feliz, soñadora, riendo, diciendo cosas que nadie más que ella entendía.

Cuando faltaban cinco minutos para regresar a clase y la cafetería había comenzado a vaciarse, desde la megafonía del edificio les llegó la voz del director del Instituto Hogwarts. El anuncio fue breve, pero bastó para avivar el malestar de algunos alumnos. Se sucedieron las miradas de comprensión, los comentarios resignados y algunas conversaciones salidas de tono. La cancelación del baile de Halloween había cogido a todos por sorpresa. Pero dadas las circunstancias, era lo más ético de hacer.

- Menos mal, porque no tenía ningún ánimo de ir. –comentó Lavender levantándose y cogiendo su chaqueta y su carpeta.

- Si, ha sido lo mejor. –convino Cormac.

- Me siento incompleta, como si me faltara algo. –dijo Pansy mientras salían de la cafetería y se perdían entre el reguero de alumnos que regresaban a sus aulas.

- Todos nos sentimos igual. –habló Cormac por el resto.

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"Las primeras filas de la iglesia se fueron vaciando al compás de la música que Hermione iba tocando. Los más allegados no podían evitar las lágrimas, que se confundían con los sollozos nerviosos y las miradas tristes del resto de los asistentes. Seamus había ido en calidad de compañero de instituto, como la mayoría de los que estaban allí. Porque lo cierto es que Luna Lovegood era una chica rara que se relacionaba con muy pocas personas. Si no perteneciera a las Veelas, Seamus dudaba mucho de que la mitad de la gente que estaba allí hubiera ido. Pero por alguna extraña razón, Luna era una Veela.

Fue una Veela, se recordó Seamus.

Porque estaba muerta y aquel era su funeral.

Los ojos azules del chico, sin embargo, solo podían prestar atención a una figura. Se sentía muy mal por Lavender, la chica de la que estaba enamorado desde que tenía cinco años. Quería acercarse a ella y estrecharla entre sus brazos, pero no era posible. Con disgusto, vio como durante todo el servicio religioso, ella se apoyaba en Blaise Zabini, su exnovio. Aquello era como un disparo al corazón. No estaba bien, pero tampoco podía reprochárselo a Lavender. Al fin y al cabo, ellos no eran nada. Tan solo habían compartido una tarde y unos cuantos besos. Pero Seamus no podía evitar, de algún modo, sentirse traicionado.

¿Por qué Lavender no había buscado consuelo en él?

Al pasar por su lado de camino a la salida, Seamus se fijó en el brazo de Blaise que rodeaba la cintura de Lavender y en la forma en la que ella se aferraba su mano y al amparo de su cuerpo. Estaba rota deshecha de dolor. Y Seamus se tuvo que sujetar las manos para no alzarlas y tomar su rostro e intentar barrer todas aquellas lágrimas. Sin embargo, lo que realmente estuvo a punto de matarlo, fueron las palabras de una sollozante Lavender dirigidas a Blaise.

- No me sueltes, por favor. Ahora mismo eres el único que puede sostenerme."

El sonido del timbre puso fin al recuerdo de Seamus, recogió sus libros y salió al pasillo donde se amontonaba el resto de sus compañeros. Era uno de los momentos que más le gustaba en el pasado. Sin embargo, ahora, lo único que quería era llegar hasta su taquilla sin ser visto, coger los libros para la siguiente clase y perderse entre el barullo. No era consciente de que había llamado la atención de dos personas muy diferentes. Por un lado estaba Lavender, que mordiéndose el labio inferior se debatía entre seguirlo o no. Desde el funeral de Luna que no habían vuelto a hablar y la rubia estaba algo preocupada. Seamus no era de ese tipo de chicos. Alguna mosca debía de haberle picado. Y ella tenía que averiguarlo, decidió. Así que con paso decidido, lo siguió hasta su taquilla y se apoyó en la irregular estructura de metal.

La otra persona que los observaba, era Dean Thomas, uno de los mejores amigos de Seamus. Que a pesar de que siempre estaba tomándole el pelo al castaño, realmente se preocupaba por él y no le hacía ninguna gracia que esa chica popular se riera de su amigo. Porque eso era lo que estaba haciendo Lavender a ojos del resto del instituto..

- Seamus…-lo llamó la rubia, que no obtuvo una respuesta inmediata.- ¡Seamus! ¿Podría hablar un momento contigo?

Con mucho trabajo, Seamus levantó sus ojos azules y suspiró.

- Lo siento, pero estoy ocupado. Llego tarde a clase de matemáticas. –dijo cerrando de golpe su taquilla.- Ah, siento lo de tu amiga, de verdad. –añadió y echó a andar con paso ligero.

Lavender se quedó unos segundos captando la escena en su cabeza y corrió hasta alcanzarlo.

- ¿Se puede saber qué he hecho para que te comportes así?

- Mira, será mejor que volvamos a lo de antes. Cuando yo suspiraba en silencio porque me devolvieras la mirada y tu me ignorabas. –dijo Seamus muy serio y sin detenerse.

Lavender se plantó delante de él, cortándole el paso y obligándolo a mirarla a los ojos.

- No entiendo nada, Seamus.

- Bueno, no es mi culpa. ¿Por qué no regresas con tu novio?

- Mi nov… Blaise no es mi novio, Seamus. Ya solo sabes. –Lavender se llevó las manos a la cintura y respiró hondo, al ver que el castaño contestaba, entrecerró los ojos y lo tuvo claro.- ¿Es por eso que estás así? ¿Por Blaise? ¿Por eso me tratas así?

- No te equivoques, Lavender. –dijo Seamus ajeno a que varios compañeros estaban escuchando su intercambio de palabras amargas. Muchos de ellos se estaban enterando de que había habido algo entre la chica Veela y el pringado de Finnigan.- Puedes jugar conmigo una vez, dos si es necesario, pero una tercera no. Yo también tengo sentimientos, ¿sabes?

- Seamus…-susurró la chica con la boca abierta.

- Me ignoraste. –dijo finalmente el castaño.

- Era el funeral de mi amiga, estaba destrozada. –medio gritó Lavender.

- Y te refugiaste en los brazos de él. –se acercó un poco más a ella.- No acudiste a mi, Lav.

- Lo siento. –ahora la que estaba enfadada era ella, que le dio un empujón para que se alejase de ella.- Siento no haber pensado en ti mientras enterraban a mi amiga.

- No vayas por ahí, Lavender. Sabes que no me refiero a eso. –contestó Seamus con voz cansada.

- ¿Ah no? ¿Y entonces a qué te refieres?

- A que no me gusta se plato de segunda mesa. Tú aun sientes algo por Zabini. –acusó.

- Eso no es cierto. –dijo Lavender a la defensiva.

- Cuando ocurre una desgracia, lo que queremos, lo que más ansiamos, es estar con las personas a las que queremos y amamos, para asegurarnos de que están bien.

- No puedo creer que termines lo nuestro por una frase que has encontrado por ahí.

- Nunca hubo nada nuestro, Lav. –sentenció Seamus y la rodeó para seguir avanzando.

- Me decepcionas, Seamus. –gritó Lavender para que lo escuchara.

- Entonces estamos en paz. –contestó Seamus sin darse la vuelta y provocando la rabia de la rubia.

Lavender hizo ademán de seguirlo, cegada por la ira de saberse perdedora. Nunca antes ningún chico le había hablado así, con tanta amargura. Y ella no estaba acostumbrar a la aguantar la tristeza de los demás. Pero en su camino hacia la salida del instituto, una mano retuvo. Lavender se dio la vuelta lentamente para encontrarse con unos ojos oscuros que no le sonaban de nada. Es decir, creía haber visto a ese chico en alguna clase o en la cafetería, pero no sabía quién era.

- ¿Quién eres tú? –movió el brazo pero el chico no la dejó.- ¡Suéltame!

- No se muy bien como funciona el mundo en tu grupito, Brown. Pero aquí en la vida real, la gente tiene sentimientos. –apretó el brazo con algo más de fuerza.- Y acabas de herir los de mi amigo…

- Aww. –se quejó y forcejeó para librarse. Esta vez, Dean la soltó,- No era mi intención. –dijo a la defensiva.

- …otra vez. –terminó Dean.- Hazle un favor al mundo y deja a mi amigo en paz. –y dicho eso, se marchó por donde había venido.

Lavender se quedó en el centro del pasillo, ajena a los compañeros que pasaban por su lado, murmuraban o simplemente la miraban y movían la cabeza negativamente. Estaba confusa. Nunca antes había sido consciente de hacerle daño a alguien. Y que hubiera sido precisamente Seamus el que le había abierto los ojos…dolía.

Seamus…que era un chico tan bueno.

Seamus…que llevaba enamorado de ella casi toda la vida.

Seamus…que pensaba que no era lo suficientemente bueno para ella.

Lavender se dio la vuelta y corrió hacia el cuarto de baño más próximo. Tenía ganas de vomitar.

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Hermione se dio la vuelta en su cama, donde llevaba instalada desde el funeral de Luna. Por fortuna, todo había ocurrido durante uno de los viajes de negocios de su madre, para controlar el imperio. Sin embargo, eso significaba que nadie se había preocupado por ella. No había comido prácticamente nada. Su vida se había convertido en un duermevela continuo donde las lágrimas se entremezclaban con los vómitos y las ojeras de su rostro. Se sentía completamente sola y vacía. Injustamente viva…mientras que Luna estaba muerta. Y cada vez que se lo repetía en su cabeza, llegaba aquella misma sensación de falta de aire y de cordura.

Lo irónico era que Luna había tenido que morir para que ella pusiera orden a su vida. Para que al fin se diera cuenta de se dirigía a una carretera sin salida, con tan solo un acantilado al final por el cual caer y perderse en el vacío.

Hermione ahogó un nuevo sollozo en su almohada empapada y cerró los ojos con fuerza. Tampoco es que pudiera aguantar mucho tiempo así. Cada vez que cerraba los ojos veía a Luna y apreciaba en ella matices que cuando estaba viva no se había molestado en captar. La congoja era tan grande que la dejaba sin respiración y se tenía que obligar a sentarse durante unos minutos. Tal vez aquello produjera algo de alivio a su corazón resquebrajado. Sentía la garganta ronca y la boca pastosa, en algunos momentos aun con el regusto al último vómito. Y la arrugada ropa del funeral ya parecía irreconocible. Estaba encajonada en su cuerpo mientras en su mente se había producido un cortocircuito.

Así mismo se sintió cuando murió su padre, como si toda la felicidad del mundo se la hubiera llevado con él. Como si se hubiera llevado un pedazo de ella que ya no volvería a recuperar.

Se llevó una mano al cabello enmarañado y se dejó caer de nuevo hacia atrás.

Tenía que hacer algo o acabaría por volverse loca del todo.

Quizás por eso, cuando escuchó pisadas en el pasillo y acto seguido vio unos ojos azules que la observaban desde la jamba de la puerta de su habitación, el rostro se le llenó de lágrimas. No tuvo ninguna posibilidad de mostrar estoicismo, aunque se prometió que lo recuperaría lo antes posible. Pero de momento, lo que necesitaba, que ansiaba era sentirse rodeada por los brazos protectores de Ron Weasley. Y así fue, el pelirrojo no la defraudó. Cruzó la habitación y la acunó entre sus brazos durante lo que parecieron horas. Dejó que el dolor que salía de su interior se plasmara en cada rincón, en cada pared, en cada objeto del cuarto. Limitándose solo a acariciar su cabello y su espalda, controlando los espasmos que amenazaban con partirla por la mitad.

- ¿Qué haces aquí? –dijo finalmente ella. Su voz sonaba ronca, irreconocible, y dolía al hablar.- Deberías de estar en el instituto.

- También tú. –contestó el pelirrojo con dulzura.

- No tenía ánimos para ir. -se apartó ligeramente de él, para que se pudieran mirar a los ojos.- Y quería…necesitaba estar sola con mis pensamientos.

- ¿Para torturarte a gusto? –preguntó Ron y le colocó un mechón castaño detrás de la oreja.

- ¿Qué…qué quieres decir? –Hermione notó como el calor inundaba su rostro y desvió la mirada. Se sentía como el ratón cazado por el gato después de varios días de remoloneo.

- Apuesto lo que quieras a que no dejas de darle vueltas a tu última conversación con Luna. –fue el primero en pronunciar el nombre de la rubia y la razón por la que ella no había salido de su habitación. Pero no lo dijo como acusación, sino para constatar una verdad que Hermione no pensaba aceptar…de momento.

- ¿Por qué piensas eso? –dijo ella, sin embargo, a la defensiva.

- Vamos, Hermione. Creo que te conozco un poquito, y se que te echas la culpa por la muerte de Luna, por no haber podido evitarlo. Lo cual es ridículo. –sentenció Ron. Intentaba provocarla, hacer algo para que saliera de ese estado de shock en el que se encontraba. Le dolía en el alma verla de aquella manera tan vulnerable y aun así intentando mantener las formas.

- E-eso no es cierto. –Hermione se alejó aun más de él.- No me conoces tanto como piensas.

- Ya está ahí otra vez. Estás haciéndote la dura.

- Ron, esto no es un juego para mi. Luna era mi amiga. Y ha muerto.

- Pues deberías de comportarte acorde a la situación.

- ¿Te refieres a llorar delante de todo el mundo? Dejar que todo el instituto sienta lástima por mi y luego no sea más que un tema de conversación durante el desayuno en la cafetería. –Hermione se levantó, enfadada con el pelirrojo.- ¿Así es como quieres que afronte mi dolor? ¿Demostrando a los demás que tengo un punto débil?

- No. –Ron también se levantó, pero no hizo ademán alguno de acercarse a ella o tocarla.- Me refiero a aceptar la ayuda de las personas que te quieren, de los amigos que están destrozados del mismo modo que tú. Puedes mostrar tu dolor delante de ellos, y no ese estoicismo que ya parece patético y que te empeñas en dejar en cada rincón. ¿Cuánto más tiempo piensas esconderte?

- Creo que…creo que será mejor que te marches, Ron. –dijo Hermione cruzando los brazos por su cintura en un gesto más de protección que de desafío.

- Estás acostumbrada a que todo el mundo acepte tus órdenes ¿no?

- ¿Por qué me haces esto, Ron? ¿Por qué me tratas así? –preguntó la castaña en un desesperado susurro. No quería romperse, no quería hacerlo delante de él, como había hecho en el funeral. Y aun así, en lo más profundo de su corazón sabía que era lo que más ansiaba, lo que necesitaba.

- Porque te quiero. –contestó el pelirrojo con simpleza.

- Ron…

- No, no digas nada. Pero no puedes seguir así, Hermione.

- No sé de qué otro modo afrontarlo. –se dejó caer en la cama de nuevo, pareciendo aun más pequeña y vulnerable. Ron dio un paso al frente y se agachó para poderla mirarle la cara y pasar una mano por su mejilla pegajosa por las lágrimas.

- Pide ayuda, Hermione. Aunque no lo creas, de vez en cuando es muy gratificante saber que no estás sola.

- ¿No lo estoy? –sus ojos ambarinos brillaban.

- No, no lo estás. –Ron se levantó y se sentó a su lado en el borde de la cama. Volvían a estar en la misma posición que al principio. Saltaba a la vista que el pelirrojo tenía los brazos abiertos para cobijarla en el momento en que ella decidiera usarlos de nuevo.

- ¿Te quedarías conmigo?

- Solo si me lo pides. –medio sonrió el pelirrojo.

- Quédate, por favor. –le pidió ella después de titubear unos segundos. Volvía a sentir las nauseas que más de una vez la habían dejado sin conocimiento. Pero esta vez no sucumbió a ellas, sino que se dejó caer entre la red que formaban los brazos del pelirrojo y cerró los ojos con fuerza.

- ¿Ves? No ha sido tan difícil. –la voz de Ron sonó amortiguada por el cabello de ella.

- No sé cómo afrontarlo, Ron. Tienes razón, no dejo de pensar en que ha sido culpa mía. –confesó la castaña con la voz rota.- Si no hubiera estado tan ciega con mis problemas…

- Hermione, escúchame un momento. –Ron la apartó ligeramente para poder mirarla a los ojos.- Es ridículo que pienses así. Todo el mundo tiene algo de lo que preocuparse. No es culpa tuya.

- Si, pero…

- No, no hay pero que valga. Luna no quería ni necesitaba la ayuda de nadie.

- No digas eso, Ron.

- Es la verdad; lo decía en su carta de despedida. ¿No te das cuenta? Ella intentaba explicarte que para ella la muerte significaba la vida.

- Ya la echo de menos. –sollozó Hermione, demasiado conmocionada como para darle la razón al pelirrojo. Que de hecho la tenía.

- Puedes llorar si quieres; no se lo diré a nadie. –comentó Ron volviéndola a atraer hacia su pecho y abrazándola muy fuerte.

- ¿Qué hice para que aparecieras en mi vida?

- Hechizarme con tu mirada.

- Es como si de algún modo hubieras escuchado mi súplica.

Por primera vez, Ron se quedó sin palabras, así que se limitó a darle un beso en la cabeza y respirar hondo. El rostro de Hermione estaba justo encima de los latidos de su corazón, que se estaban convirtiendo en una nana particular. La castaña cerró los ojos y dejó que el pelirrojo la tumbara en la cama y se tumbara a su lado, sin soltarla en ningún momento.

- He roto con Cedric. –dijo al cabo de unos minutos.

- ¿Y cómo te sientes?

- Bien, con respecto a él bien. Es como si me hubiera quitado un peso de encima. –terminó diciendo con un sollozo que intentó amortiguar en el jersey del pelirrojo.

- ¿Entonces por qué lloras?

- Porque creo que eso era lo que intentaba decirme Luna la última vez que hablé con ella. Solo que en aquel momento no lo entendí. Pensé que era uno de sus comentarios raros de siempre. –sollozó.

- Pues llora, Hermione. Llora por la amiga que has perdido.

- Quédate a mi lado, por favor.

- Siempre. –susurró el pelirrojo

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Los mensajes de texto anunciando la separación de Cedric y Hermione no hicieron más que aumentar la popularidad del chico, si es que era posible. Había pasado los dos últimos días siendo presionado por sus padres para que volviera con Hermione. Al final se había tenido que ir y refugiarse en el apartamento de un amigo de Londres. Sentía mucha presión sobre sus hombros y empezaba a estar asqueado de la vida. Siempre le había gustado ser popular y no pensaba renunciar a ello, así que finalmente fue al instituto…a las dos últimas clases. Se había pasado la mañana fumando en un parque, tumbado en un banco.

En el pasillo del instituto, las chicas se lo quedaban mirando y susurraban como tontas conejitas, mientras que los chicos se arreglaban sus chaquetas y se pasaban la mano por el pelo, intentando ser como él. Pero la rabia que consumía a Cedric le impedía disfrutar de todo eso como en el pasado. Sus padres se lo habían dejado más que claro: sin Hermione su futuro pendía de un hilo. No lo creían capaz de llevar la empresa familiar llegado el momento y su padre ya estaba buscando nuevos inversores. Su madre se limitaba a mirarlo de mala gana, dejando patente su disgusto y soltando de cuando en cuando que ya se había comprado un traje carísimo para la boda y que ahora era imposible devolverlo.

"La vida es una mierda", pensó Cedric al doblar un pasillo. Se llevó una mano al bolsillo derecho y palpó la cajetilla de cigarros. En el instituto, oficialmente, no se podía fumar, pero eran muchos los que se saltaban aquella norma. Normalmente se escondían en un aula vacía o en algún lavabo. A aquellas horas de la tarde, con el personal saliendo ya por la puerta, Cedric pensó que lo tendría fácil. Se encaminó hacia el lavabo más alejado de los despachos de los profesores, en la dirección opuesta que estaban tomando sus compañeros.

Sin embargo, no esperaba encontrarse con que ya estuviera ocupado.

Draco, Blaise y Cormac estaban apoyados contra la pared mientras los dos primeros se pasaban un cigarrillo a medio consumir. Como no estaba en la forma de ser de Cedric sentirse intimidado o echarse para atrás, cerró la puerta tras de si y fue hacia donde estaba la ventana ya abierta. Los otros tres chicos se lo quedaron mirando en silencio. Vieron como encendía un cigarro y le daba dos profundas caladas. También advirtieron que tenía un moratón en la mejilla derecha, pero siguieron sin decir nada.

- ¿Qué pasa, tíos? –dijo finalmente Cedric.

- ¿Dónde has estado, Ced? –preguntó Blaise a su vez. No tenía sentido explicarle que Luna había muerto y que ellos se habían tenido que hacer cargo de las chicas del grupo, destrozadas por la perdida de su amiga. Porque todo eso Cedric ya lo sabía, así que era mejor concentrarse en él.

- Por ahí. –contestó el castaño siendo parco en palabras y desviando la mirada.

- Esperábamos verte en el funeral de Luna. –comentó Cormac con cierto deje de reproche.

- ¿Ah si? ¿Por qué?

- Porque era nuestra amiga. –apuntó Draco, que había estado callado hasta entonces. Miraba con rabia a Cedric y no se molestaba en ocultarla.

- Yo nunca dije que fuera su amigo. Solo la soportaba porque…-dijo Cedric terminando su cigarrillo con caladas rápidas e ininterrumpidas.

- …porque era amiga de Hermione ¿no? –terminó Blaise por él, también con dolor en su tono de voz.

- A esa zorra ni me la nombres. –Cedric levantó una mano desafiante y miró a su amigo con los ojos inyectados en sangre. Era como haber pulsado un resorte en su cerebro. El cual tenía a Hermione como la culpable de que su vida se hubiera vuelto una mierda en tan solo unos días.

- ¿Por qué? ¿Qué ha hecho? Corre el rumor de que te dejó. –dijo Draco pintando una sonrisa ladeada en su rostro. Él y Cedric no es que se hubieran llevado exactamente bien. Eran dos egos demasiado parecidos y chocaban continuamente.

- Y una mierda. –Cedric lanzó su cigarrillo por la ventana del cuarto y enseguida rebuscó otro en su bolsillo.- Si eso es lo que va diciendo por ahí…es peor persona de lo que pensaba. La dejé yo.

- ¿Y tus padres? –preguntó Cormac. No le había gustado para nada el término que el castaño había utilizado para referirse a Hermione. Podía comprender que estuviera resentido por ella…pero hasta cierto punto.

- ¿Qué tienen que ver mis padres en todo esto? –exclamó Cedric subiendo la voz. La sola mención de sus padres servía para hervirle la sangre. Hipócritas, cabrones y egoístas. Que solo querían su bien propio y no el de su hijo. Pero nada de eso podía decirle a esos tres.- Me cansé de que esa puta se dedicara a flirtear con el imbécil ese.

- No vuelvas a insultar a Hermione. –dijo Blaise dando un paso hacia delante.

- ¿Por qué? –desquiciado, Cedric dejó escapar una risa que rebotó en las paredes del cuarto. Era la risa de un loco, de alguien que no estaba bien.- Ah, olvidaba que siempre has querido tirártela. Inténtalo ahora, a ver si puedes. Aunque lo dudo es tan frígida que…

Quizás era lo que buscaba o quizás no lo vio venir, pero lo cierto es que ya era demasiado tarde cuando Cedric vio el puño de Blaise dirigirse contra su cara. El dolor subió como un torrente hasta acumularse en el sitio del impacto, muy cerca de su anterior moratón. Y eso le trajo recuerdos de la noche en la que su padre se enteró, como todo el mundo, de su ruptura con Hermione. El señor Diggory, un hombre grande y fuerte, no tuvo piedad al golpear en el rostro a su único hijo. Y lo peor de todo fue que su madre no hizo nada por detenerlo, sino que se quedó mirando, acusándolo con los ojos. Y ahora se sentía exactamente igual al mirar a los que hasta ahora habían sido sus amigos.

- ¿Qué coño te crees que estás haciendo? –dijo escupiendo la sangre que del labio partido.

- Eres un cabrón. –Blaise volvió a acercarse a él, con los puños apretados a los costados. Draco y Cormac, aun impactados por el giro de los acontecimientos, apresuraron a agarrar a Blaise por hombros.- ¿Tanto te duele que haya sido ella quien te ha dejado?

- Déjalo, Blaise. Salgamos. –lo instó Cormac tirando de él hacia la puerta.

- Si, Blaise. Hazle caso a mamá pato. –ahora la furia de Cedric se dirigió contra el castaño.- ¿No te cansas de ser sierre la niñera de estos imbéciles?

- Prefiero no decir cosas de las que luego me pueda arrepentir. –dijo Cormac moviendo la cabeza decepcionado. Uno más, qué más daba, pensó Cedric.

- Échale pelotas, McLaggen. –lo provocó Cedric acercándose a él.- Ah no, perdona. Olvidaba que quien tiene las pelotas en tu caso es tu novia.

Y esta vez fue Cormac el que estrelló su puño contra el rostro de Cedric. Pero esta vez si que el castaño esperaba el golpe y se apresuró a devolverlo. Estaba harto ya de todo mundo. Fue curioso ver como Draco Malfoy, el considerado más peligroso del grupo, se acercaba para separarlos. La mano del rubio se hundió en el pecho de Cedric hasta hacerlo retroceder. Blaise agarró por un hombro a Cormac. En los cuatro rostros había tensión.

- Ya basta. –dijo Draco.

- ¿O qué? –se le encaró Cedric. Otro puñetazo más no cambiaría la forma en la que se sentía.

- Siempre se ha dicho que cuando se rompe una pareja, los amigos tienden a elegir. –le dijo el rubio con lástima en su voz y en sus ojos. Se apartó de él y caminó hacia la puerta donde ya lo esperaban sus amigos.- Te has quedado solo, Diggory.

- ¡Que os den! No os necesito para nada. –le gritó Cedric a la puerta ya cerrada. Se dejó caer hacia el suelo y apoyó la cabeza entre las manos.- A la mierda todos.

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Aquella misma tarde, en casa de los Weasley, la hora de la cena se acercaba. La señora Weasley se encontraba en la cocina controlando que todo estuviera en su punto, mientras que su esposo y su hija disponían la mesa. Pero había algo que no la dejaba tranquila. Miró de reojo el reloj de la cocina por décima vez en los últimos cinco minutos. Ron seguía sin venir a casa. Frunció el ceño al pensar que podría haber recaído en sus antiguos hábitos. Pero enseguida luchó por desechar la idea. Su hijo menor no había tenido ningún problema en los dos meses que llevaban allí. Tal vez se había entretenido en casa de algún amigo.

La señora Weasley suspiró y se agachó para ver cómo iba el salmón al horno que estaba haciendo. Sin embargo, la curiosidad era más fuerte y corrió al comedor a preguntarle a su hija. Seguro que Ginny sabía donde estaba su hermano.

- ¿Dónde se ha metido tu hermano? –le preguntó a bocajarro. Sabía que era la única forma de que su hija no le mintiera para encubrir a su hermano.- No lo he visto en todo el día. Espero que no se haya metido en ningún problema. Está claro que va a terminar conmigo. Sus disgustos me van a llevar a la tumba. –dijo mientras revoloteaba por el salón volviendo a colocar las servilletas que ya había colocado la pelirroja.- ¡A la tumba!

- Vamos, vamos, Molly, ya sabes cómo son los chicos. –dijo en un tono tranquilizador el señor Weasley. Se había sentado en su sillón para leer el periódico de la mañana.- Se habrá entretenido con algo o con alguien.

- Te equivocas, papá. Está en casa de Hermione. –terció Ginny ganándose una mirada de incredulidad de sus padres.

- ¿La chica de la casa vecina? –preguntó la señora Weasley aplacando sus humos y echándose el trapo sobre el hombro. Cogió una de las sillas del comedor y se sentó. Aquello cambiaba las cosas.

- Si. –contestó Ginny mordiéndose el labio. Espera que Ron no se enfadase con ella, pero no estaba haciendo nada malo y eso le haría ganar puntos con sus padres.

- ¿Y qué hace allí? Porque no creo que le esté ayudando con los deberes. Más bien tendría que ser al revés. Y aun así…-comenzó a decir la señora Weasley, aun no contenta del todo con la información obtenida.

- Dale un respiro, mamá. Desde que estamos aquí, Ron ha cambiado. Confía en él. –dijo la pelirroja volviendo a colocar las servilletas como ella quería y ajena a la mueca de desagrado de su madre. Siempre que le pedía hacer algo, acudía ella después para volverlo a hacer como quería. Era agotador.

- Lo siento. Tal vez tengas razón, hija, pero…

- Es que… ¿esa chica y tu hermano…? –dejó entremedias la pregunta el señor Weasley, pero todos sabían a lo que se refería.

- Algo así. –Ginny también se sentó en una silla.- Lo cierto es que Hermione está muy afectada por la muerte de Luna y Ron la reconforta. Eso es lo más importante ¿no?

- Si, claro, siendo así. Una pena lo de esa chica, la verdad. Tan joven. –murmuró el señor Weasley moviendo la cabeza.

- ¿De verdad tu hermano ha cambiado tanto? –preguntó la señora Weasley aun incrédula.

- Si, lo ha hecho por Hermione.

- ¿Acaso está enamorado o algo por el estilo?

- Pobre chica. Debe de estar sufriendo mucho. –apuntó el señor Weasley pasando por alto la pregunta de su esposa. Sabía que era un asunto espinoso para que Ginny respondiera por su hermano. Además, no le gustaba meterse en los sentimientos de sus hijos hasta que estos no lo presentasen como un hecho.

- Ginny, tú estás bien, ¿no, cariño? –preguntó la señora Weasley, preocupada por la posible reacción de su hija pequeña. No se había parado a pensarlo de esa manera hasta ese momento.

- Si, mamá. –Ginny alargó la mano por encima de la mesa para coger la de su madre.- Estoy algo triste, porque conocía a Luna y había hablado y reído con ella. Pero…no es lo mismo para mí. No la conocía de tanto tiempo como Hermione. De ser así estaría destrozada. Aunque si que me da mucha pena.

- Pero…si tú tuvieras algún problema…lo hablarías con nosotros ¿no?

- Si, mamá. No te preocupes.

- ¿Y qué hay de ese chico que viene a cenar? –terció el señor Weasley nuevamente.

- ¿Harry? –Ginny se sonrojó al pronunciar su nombre.

- Si, ese. Es amigo de tu hermano ¿no?

- Mamá insistió en que viniera a cenar.

- ¿Solo eso?

- Papá, no irás a ponerte protector ahora conmigo ¿no? –dijo la pelirroja entrecerrando los ojos.

- No. No. No. –dijo el señor Weasley tranquilamente y pasó la página del periódico.- Solo preguntaba.

- Harry me gusta mucho, papá. Y estoy saliendo con él.

- Ah, vale.

- ¿Ya está? ¿Solo vas a decir eso?

- Si. Supongo que sabe que tienes seis hermanos ¿no?

- Si…-dijo Ginny recelosa.

- Bien, porque si te hace daño, ellos se encargarán de él. –sentenció el señor Weasley.

- ¡PAPÁ!

La señora Weasley observaba la conversación con una sonrisa en el rostro. Le gustaba ver esa nueva faceta de su única hija. Ese chico, Harry, parecía ejercer serenidad y madurez en la pelirroja. Cuando llamaron al timbre, Ginny se levantó de un salto, dejando a sus padres compartir una mirada.

- ¡Harry! –exclamó cuando abrió la puerta y se lanzó a sus brazos para darle un abrazo. La conversación con sus padres había terminado por ponerla nerviosa.

- Hola. –el moreno se inclinó para darle un beso rápido en los ojos.- No llego tarde ¿no?

- No. ¿Estás nervioso? –le susurró al oído mientras cerraba la puerta.

- ¿Por conocer a tus padres? –Harry le pasó un brazo por la cintura.- No… Bueno, si, un poco. –a medio camino del comedor cambió de opinión y se decidió por cogerla de la mano.

- Pero si ya los conoces. –dijo Ginny divertida.

- Los conozco como el amigo de Ron. No como el novio de su única y pequeña hija. –afirmó Harry poniendo cara de susto.

- Mira que eres tonto. Anda vamos.

- ¡Harry, querido! –exclamó la señora Weasley cuando los vio entrar. Se levantó de la silla y avanzó hasta quedar a menos de un metro de ellos. El señor Weasley hizo lo propio y se situó al lado de su esposa.- Pero mira que delgaducho estás. Espero que vengas con hambre. Hay salmón al horno con gratinado de espinacas y una tarta de fresa de postre.

- Cla-claro. –contestó el moreno atosigado.

- Papá, recuerdas a Harry ¿no? –dijo Ginny para correr un tupido velo entre su madre y su manía por engordar a todo el mundo.

- Claro. El amigo de Ron ¿no? –dijo el señor Weasley estrechando la mano de Harry. Ginny le envió una mirada de advertencia. Estaban avasallando demasiado al chico, y eso que acaba de entrar por la puerta. Ginny no quería pensar cómo estaría al final de la velada.

- Esto…-lo corrigió Harry sonrojándose ligeramente.- Estoy saliendo con su hija, señor.

- ¿Eso significa que ya no eres amigo de Ron?

- No. No. Ron…Ron es mi amigo. –se apresuró a añadir Harry. Miró a Ginny busca de ayuda.

- Papá…

- Tranquilo, muchacho. –le dio una palmadita en el hombro.- Que no te voy a morder. Para eso ya están mis hijos mayores. –añadió con una sonrisa.

- ¡Papá! –gritó Ginny.

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En la penumbra de su habitación, Hermione abrió los ojos. Le dolía la cabeza por el llanto y sentía el rostro tirante y pegajoso. Movió la cabeza, que descansaba en el pecho del pelirrojo. La respiración de este se fue haciendo más irregular a medida que se despertaba. Aquella era una nueva sensación para la castaña. Nunca nadie, a excepción de su padre, se había preocupado de aquella forma por ella. Suponía que tendría que acostumbrarse.

- ¿Ron…? –su voz le sonó lejana y desconocida.

- ¿Hmm? –murmuró él acariciando su espalda.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Claro.

- Hablabas enserio antes cuando…cuando has dicho que… -cerró los ojos momentánemante, porque no sabía si quería conocer la respuesta en aquellos momentos. Sin embargo, no pudo retractarse, pues el pelirrojo respondió sin complejo aun y con mucha seguridad.

- ¿Qué te quiero? Si, Hermione, hablaba enserio.

- ¿Y ya está? ¿Te conformas con eso y nada más? –Hermione buscaba poder entenderlo. Y de esa forma, llegar también a entender los motivos por los que Luna se había suicidado. Era una forma algo retorcida de resolver sus dudas, pero era su única salida.

Ron guardó silencio.

Le habría gustado decirle muchas más cosas, pero no era el momento justo.

- Lo normal es esperar que la otra persona te corresponda del mismo modo. –sentenció la castaña.

- Te dije que tendría paciencia, que esperaría. –y era cierto. Ron no cambiaría aquella tarde por nada del mundo, aunque hubiera tenido que pasar una desgracia para que se llevara a cabo.

- Cedric y yo ya no estamos juntos.

- Lo sé. –dijo Ron al cabo de unos segundos de silencio.

- ¿Entonces? –Hermione levantó la cabeza y apoyó las manos en el pecho del chico. Miró directamente a sus ojos azules, buscando la respuesta a una pregunta no formulada y que maravillaba y asustaba en la misma medida.

- No es el momento, Hermione. –retiró un mechón de pelo castaño que le caía sobre la frente.- Si, has dejado a Cedric, pero Luna ha muerto. Y no quiero hacer nada que altere tu mente más aun. Estás muy confundida en estos momentos, Hermione. Pero es normal, no esperaría otra cosa.

- Nunca he estado confundida cuando te he besado, Ron.

- Me alegra oír eso.

- Sigo pensando que te conformas con poco.

- ¿Me habrías dado más si te lo hubiera pedido?

- No lo sé, tal vez.

- Yo no quiero un 'tal vez', Hermione, porque eso si seria conformarme. Quiero que cuando estés preparada me des un si.

- Lo siento. –dijo Hermione apartándose de él y rodando hacia el otro lado de la cama, donde quedó hecha un ovillo.

- ¿Por qué? –preguntó el pelirrojo siguiendo su camino y abrazándola desde atrás. Su rostro quedó enmarcado por los rizos castaños de ella. Y sus manos buscaron la seguridad del tacto de ella.

- Por hacer mal las cosas. –sollozó la castaña.

- ¿Qué has hecho mal, Hermione?

- No lo sé. Supongo que me gustaría darte más de lo que pide pero…ahora no es el momento.

- Lo sé. –le dio un beso en el cabello.

Se mantuvieron callados durante unos segundos, en los que Hermione pasaba de sentirse la peor persona del mundo a ansiar que aquel momento no se terminara nunca, y vuelta a empezar. Ron provocaba en ella sentimientos que hasta el momento creía olvidados o inexistentes. Se dio la vuelta para quedar de cara a él y le puso una mano en la mejilla izquierda.

- Ron…

- ¿Hmm?

- Gracias por decirme que me quieres.

- Un placer.

- Eres el primero en hacerlo.

- ¿Nunca…nunca antes te habían dicho 'te quiero'?

- No, no en ese sentido.

- Bueno, me alegro de haber sido el primero y al mismo tiempo me entristece.

- ¿Sabes una cosa? Mereció la pena por oírtelo decir a ti. Sé que eres sincero.

- Lo soy.

- Bésame, Ron.

Y Ron la besó dulce y lentamente, llenando su cuerpo de tranquilidad y esperanza.