Capítulo 11: Preso corazón.

Después de la muerte de Luna, la siguiente noticia que se propagó como la pólvora en el instituto, fue que Lavender Brown y Blaise Zabini habían vuelto. A nadie debería haberle sorprendido, pues pasaban casi todo el tiempo juntos. Aun así, levantó muchos comentarios. Ni siquiera el extraño grupo que formaban Dean, Harry y Neville, se libró de comentarlo. Sus razones eran bien distintas a las de un simple cotilleo, claro. Tras aquella noticia, había un solo perjudicado: su compañero y amigo Seamus Finnigan.

Dean daba vueltas de un lado a otro, estrujando todo lo que caía en sus manos. Neville, nervioso, intentaba quitarle las cosas que iba cogiendo de los estantes. Estaban en la tienda de comestibles propiedad de su abuela; y el castaño no quería ni pensar en lo que diría la anciana de ver todo aquel desperdicio. Harry, algo más apartado, se mantenía en silencio. No es que no sintiera lo que le estaba pasando a Seamus, pero no podía dejar de pensar en los cientos de besos que había compartido con Ginny la noche anterior.

- Mira que se lo dije. –comentaba Dean.- "Tío, te estás juntando con fuego y te vas a quemar." ¿Y él me escuchó? Noooo, para qué. Pues obviamente, se ha quemado.

- Bueno, tampoco es el fin del mundo. –Neville recogió una bolsa de patatas fritas que había caído al suelo.- Quiero decir que Seamus…

- ¿Qué no es el fin del mundo? ¡Le ha explotado en toda la cara, Neville! –Dean no podía creer que ninguno de sus amigos estuviera tan cabreado como él. Seamus era su mejor amigo, y odiaba cuando le hacían daño.- Esa…esa Brown…

- Bueno, yo solo quería decir que…-Neville intentaba explicarse mientras se sentaba en el escalón de la trastienda junto a Harry.

- No es por ofenderte, Neville, pero tú no sabes nada de chicas.

- El hecho de que no haya encontrado a mi chica ideal aun, no significa que no pueda opinar. –dijo Neville claramente ofendido.

- Claro que puedes opinar. Lo que yo quería decir es que tú no sabes lo retorcidas que pueden llegar a ser las tías. Díselo, Harry.

- Creo que nos hemos ido del punto principal. –dijo el moreno entrando por primera vez en la conversación.- ¿Cómo está Seamus?

- Hecho polvo. –Dean pateó el suelo.- Esa…don nadie…le ha roto el corazón.

- Nunca tuvo que haberse dejado enredar por ella. –opinó Harry pensando fríamente.

- Se lo dije, se lo dije. Pero ya era demasiado tarde. Lleva enamorado de ella desde…desde antes de tener dientes, joder.

- ¿Sabemos si es verdad lo de Lavender y Zabini? A lo mejor solo son rumores. –preguntó Neville dudoso.

- Son ciertos; están juntos. Mucha gente los ha visto fuera del instituto. –afirmó Harry con pesar.

- Lo que nos deja de nuevo, con qué vamos a hacer con Seamus.

- Dejar que se le pase. No hay cura para un corazón roto.

Harry y Dean se quedaron mirando a Neville.

- Tú tienes algo que contar ¿no? –preguntó Dean entrecerrando los ojos.- ¿Has conocido a alguna chica, Longbottom?

- Estábamos hablando de Seamus. –repuso el castaño sonrojándose.- Creía que él era ahora la prioridad.

- Te salvas porque…porque tienes razón, joder. –dijo Dean apuntándolo con el dedo.- Pero cuando todo esto acabe...espero que nos lo cuentes todo.

- No hay nada que contar.

- Ah, ah. Sigamos hablando de Seamus. –se giró hacia su otro amigo.- Harry.

- ¿qué? Neville tiene razón. No hay nada que se pueda hacer contra un corazón roto. –confirmó el moreno encogiéndose de hombros.

- ¿Pero qué coño os pasa a los dos? Debemos vengar el dolor de nuestro amigo.

- ¿Y qué propones que hagamos? ¿Le rayamos el coche a Zabini ¿Pintamos la taquilla de Brown con un "zorra" bien grande?

- ¡Para empezar! –gesticuló Dean.

- Dime una cosa, ¿a quién quieres vengar realmente? ¿A Seamus o a ti mismo? –preguntó Neville sorprendiendo a ambos.

- No intentes conmigo la psicología inversa, Longbottom.

- Haya paz, tíos. Mirad, yo creo que deberíamos esperar a ver como reacciona Seamus a la noticia. Si está tan enamorado de Brown, no querrá hacerle ningún daño.

- Todo esto es una puta mierda. –dijo Dean.

- Al fin algo en lo que estamos los tres de acuerdo. –contestó Harry arrellanándose en la escalera.

- Voy a traer algo de beber. –Neville se levantó y fue hasta la nevera, de donde sacó dos cervezas y un refresco. Su abuela se lo descontaría del sueldo, pero no importaba. Volvía con sus amigos cuando la puerta de la tienda se abrió. Era Seamus, con semblante derrotado y la ropa arrugada. Sin decir nada, Neville cogió otra cerveza.

Mientras, en la trastienda, Harry y Dean hablaban en susurros.

- ¿Tú sabes quien es la chica de Neville?

- Ni idea.

- Es un poco raro ¿no?

- No más raro que ninguna de nuestras historias. Algún día tendrás que contarnos que te hizo esa chica de la que nunca hablas. Pero está caro que te dejó mucho odio.

Dean iba a protestar, pero la llegada de Neville con Seamus se lo impidió. El castaño repartió las bebidas y los cuatro dieron un trago.

- Vamos, decirlo. Estoy bien jodido. –dijo Seamus.

- No vamos a hacer leña del árbol caído. –Harry le dio una palmada en la espalda.

- ¿Por qué no? Seguro que medio instituto se está riendo de mi. Yo lo haría. –se giró hacia Dean.- ¿Y tú no vas a decirme nada?

- No.

- Debo de dar más lástima de la que pensaba. –dio un trago a su cerveza y paseó la mirada por el lugar.- Supongo que solo me queda decir que tenías razón. –añadió mirando a Dean.- Ella nunca estuvo interesada en mi.

Le dolía en el alma reconocer aquello. Había pasado los últimos dos días llorando en la soledad de su casa. Nunca es fácil aceptar que te han roto el corazón, y más cuando eres un chico de diecisiete años. Pero no pensaba decir nada de aquello a sus amigos. Sus amigos… Tenía que reconocer que Dean se había portado como un gran amigo y le había prestado su apoyo en silencio. También Harry y Neville le habían mandado mensajes de apoyo. Hasta Ron Weasley, que a saber qué se traía entre manos con Hermione Granger, había sacado tiempo para pensar en él.

Lo cierto era que Lavender Brown había perdido la admiración y la amistad de un gran chico. El amor…eso era otra cosa. Aun tardaría un tiempo en superar lo que sentía por ella. Solo esperaba que la chica le pusiera las cosas fáciles y no se acercara a él.

o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Hermione despertó dos horas antes de ir al instituto. Miró por la ventana para ver como comenzaba el día. Había llegado el momento de retomar su vida, aunque el dolor por la desaparición de Luna la acompañase a cada paso. No quería entender por qué lo ocurrido con Luna le había afectado tanto. Es decir, la rubia no era Pansy; Pansy era su mejor amiga. Pero, al parecer, de aquel modo tan extraño y soñador, Luna había conseguido calar más de lo que podría llegar a imaginar.

Después de asearse y cambiarse de ropa, Hermione bajó a la cocina. Sonrió al pasar por el salón. Allí, tendido en el sofá, estaba Ron dormido. Hermione se llevó una mano al corazón y siguió caminando. El pelirrojo no la había abandonado, tal y como le prometió. Había pasado la última semana durmiendo en aquel sofá y consolándola cuando a media noche se despertaba llorando, rota de dolor. Se había acostumbrado a sus charlas a las tantas de la madrugada, a encontrar sus fuertes brazos anclado en su cintura. Y sobretodo, se había acostumbrado a sus besos suaves, tranquilos y silenciosos.

Hermione se dio cuenta de que a sus casi dieciocho años, se había enamorado por primera vez. Y era una sensación maravillosa y aterradora. Se sentía vulnerable y protegida por Ron. Con él podía ser ella misma, Hermione, solo Hermione. El pelirrojo la conocía de una manera diferente a la del resto del mundo. Y ella lo conocía a él. Si, Hermione pensaba que conocía a Ron Weasley perfectamente.

- Buenos días. –dijo el chico que llenaba sus pensamientos.- ¿Preparada para volver?

- Si, preparada. –sirvió café para los dos mientras Ron calentaba las tostadas.- Ron… no te meterás en un lío por no estar en tu casa ¿no?

- Mis padres saben que estoy aquí. Ginny… -hizo un gesto con los ojos.- Ella les puso al corriente. Supongo que mientras no me meta en lío fuera de casa…

- Antes te metías en muchos líos. –afirmó Hermione; era algo que ya habían hablado en una de sus muchas noches en vela.

- Si. Se lo hice pasar bastante mal, y no me siento orgulloso.

- Bueno, lo importante es saber rectificar. –dio un mordisco a la tostada y la dejó.- Ron…

- Dime. –el chico la miró con sus ojos azul claro y Hermione casi pierde el habla.

- ¿Qué vamos a decir en el instituto? Sobre nosotros, digo.

- Nada, que somos amigos.

- ¿Solo eso?

- ¿Qué quieres decir tú? –Ron se levantó y se acercó a ella para rodearle la cintura.

- No lo se. –dijo Hermione dejándose caer hacia atrás, hacia la seguridad del ancho pecho de Ron.

- Pues hasta que lo averigüemos…somos amigos…muy amigos. –se movió para darle un beso en los labios, pero sin soltarle la cintura.

- Los amigos no hacen eso. –sonrió la castaña. Ron se inclinó para besarla de nuevo.- No, definitivamente los amigos no hacen esto.

- Podemos mantener la distancia en el instituto. –le colocó un rizo castaño detrás de la oreja.- ¿Vale?

- Vale. –esta vez fue ella quien lo besó y le echó los brazos al cuello.- Ahora no estamos en el instituto.

- Ejem, ejem. –una vocecilla los sorprendió en pleno derroche de pasión. La castaña se ruborizó y escondió el rostro en el pecho de Ron; él solo frunció el ceño por la interrupción.

- ¿A ti no te han enseñado a llamar? –le espetó a su hermana.

- Lo hice, pero nadie contestó…y se hacía tarde,

- Excusas. –gruñó Ron.

- No, Ron, vamos a llegar tarde. –lo contradijo Hermione mirando el reloj.- Voy a por mis cosas. –y salió velozmente de la cocina aun con las mejillas coloradas.

Ginny se cruzó de brazos y miró a su hermano con una sonrisa.

- ¿Qué?

- Nada. ¿Sabes? Estás levantando mucha curiosidad en mamá; en el buen sentido, claro.

- La curiosidad materna nunca es buena, Ginny.

- ¿Y la fraternal?

- Peor. ¿Qué quieres saber? –preguntó Ron armándose de paciencia. Sabía que su hermana pequeña era muy perseverante, así que mejor quitarse la tirita de golpe.

- No te voy a preguntar que hay entre Hermione y tú, los hechos hablan por si solos. Pero…

- Pero…

- ¿Va enserio lo vuestro? No estoy haciendo coña ni nada de eso, Ron. De verdad que quiero saberlo, porque eres mi hermano.

- Vamos despacio, Gin. –respondió Ron enternecido por la preocupación de su hermana pequeña.- Hermione aun no se encuentra bien del todo. Su mente ha sufrido una catarsis y ahora tiene que recolocarse. Pero…creo que con el tiempo iremos enserio.

- Bien. Me gusta Hermione, así que…no la fastidies.

- Y a mi me gusta Harry, así que…no la jodas.

Los dos hermanos se estaban riendo cuando Hermione regresó.

- Buenos días, Hermione. –dijo la pelirroja mirándola significativamente.

- Buenos días, Ginny. –contestó la castaña ya curada de su rubor.

- Vamos, princesas. –Ron le pasó un brazo por los hombros a Hermione de camino al coche.- Por cierto, hoy son las pruebas para el equipo de fútbol. Espero que vengas a apoyarme.

- No sabía que te ibas a presentar.

- ¿No te lo dije? Se me pasaría. ¿Vendrás?

- Claro.

Estaban apoyados contra la puerta del copiloto. Los dos se miraban fijamente, como si estuvieran a punto de besarse. Y efectivamente, Ron miró los labios de Hermione y dio un paso hacia delante.

¡PIIIIIII PIIIIII!

El sonido del claxon los sobresaltó e hizo que se separaran. Desee el asiento trasero del coche, Ginny Weasley los miraba expectante.

- Enana del demonio, condenada. –masculló el pelirrojo.- ¿Qué coño crees que haces? –añadió en voz alta.

- ¿Os besáis de una vez para que podamos irnos? ¡Vamos tarde! –dijo con aspavientos.

- Porque es mi hermana, que si no…-hizo un gesto con las manos y miró a Hermione. El hechizo se había roto.- Será mejor que nos pongamos en marcha.

- Al fin. –coreó Ginny cuando el coche arrancó. Sacó su teléfono móvil y sonrió.- Harry dice que cuando llegamos. La gente está empezando a entrar. Ohh, y también dice que me echa de menos.

- Dile a Harry que se vaya a la mierda. Y que llegaremos cuando tengamos que llegar. –contestó Ron enfadado.

- Idiota. Hermione no le des de desayunar besos a mi hermano, que se vuelve más gilipollas de lo que es. –dijo la pelirroja.- Le diré que ya estamos llegando y que yo también le he echado de menos.

Sonrojada de nuevo por el comentario de Ginny, Hermione puso la radio para disipar la tensión reinante. Tuvieron suerte y la calmada voz de Phil Collins sonó por los altavoces. Aquello le daba tiempo a la castaña para dedicarse a su hobbie favorito: pensar. Porque por más que lo intentara, su cabeza era como una fábrica de automoción que no se detiene nunca. Aparte de su tendencia a sonrojarse, le complacía ser el objeto de las atenciones de Ron. Observó su perfil concentrado en la carretera. Definitivamente se encontraba en una situación a cuando estaba con Cedric.

La pasión que había visto en los ojos de Ron aquella mañana, era algo totalmente nuevo en su vida. Estaba descubriendo una nueva forma de vivir y se lamentaba por los años en los que se había sentido prisionera de su propia mente. Comenzaba a entender algo que su padre solía decir a menudo: lo más difícil de la vida es vivirla.

- ¿Hermione? –Ron le puso una mano en la rodilla.- Ya hemos llegado.

- ¿qué? –dijo ella mirándolo desconcertada.

- Que ya hemos llegado. Ginny ya se ha ido a darle la tabarra a Harry, que ya le toca.

- No seas malo. –recuperó la movilidad y salió del coche.

- ¿Quién yo? Pero si soy un santo. Harry lo ha elegido voluntariamente. En cambio yo…-la miró detenidamente y le cogió la mano.- ¿Estás bien?

- Es…todo está igual, pero al mismo tiempo se siente distinto. Ha cambiado. –dijo Hermione mirando el edificio que conformaba el instituto.

- Supongo que si. –Ron fue a soltarle la mano, como parte del distanciamiento en el instituto, pero Hermione apretó más fuerte. Ron la miró a los ojos.- ¿Estás segura?

Aquello iba en contra de lo que había hablado hacía media hora.

- Como me sueltes la mano me voy de regreso a casa; aunque tenga que caminar una hora. –acompañó el comentario con una sonrisa, pero había determinación en sus ojos dorados.

- Está bien. –dijo Ron y caminaron de la mano hacia el instituto.

El grupo de amigos de Hermione los esperaba junto a la puerta. Si se sorprendieron de verlos llegar juntos, no hicieron ningún comentario. En ese momento solo se alegraban de tener de vuelta a su amiga. Pansy corrió al encuentro de la castaña y le echó los brazos al cuello. Los chicos saludaron con la cabeza a Ron y Zabini le ofreció un cigarrillo. Lavender hacia aspavientos para que se la incluyera en el abrazo. La única que miraba con ojos críticos a Ron era Daphne. En guerra consigo misma, la castaña quería asegurarse de que el pelirrojo merecía su confianza y la del grupo entero. Al igual que muchos pensaban, ya había perdido una amiga y no pensar perder a otra.

Para sorpresa de todos, Hermione parecia estar…bien. Lucía aquella belleza serena que daba la tranquilidad. Y sus mejillas recuperaban el color cada vez que miraba al pelirrojo. Este seguía tan ufano como siempre, aunque la verdad era que no lo conocían demasiado.

- ¿Me he perdido algo interesante por aquí? –preguntó Hermione aun con Pansy abrazada a su cintura.

- Bueeeeeeeeno… -comenzó a decir Blaise Zabini, pero una mirada a sus compañeros le hizo cambiar de opinión.- No, la verdad es que no.

- A no ser que cuentes que estos dos vuelven a estar juntos. –dijo Cormac señalando a Blaise y a Lavender.

- Oh. –contestó Hermione alzando las cejas. Había cosas que nunca cambiaban, y la necesidad de Lavender de tener a alguien a su lado en todo momento…era una de ellas.

- ¿Estás bien, Herm? –le preguntó Pansy.

Hermione intercambió una mirada con Ron antes de contestar.

- Si, creo que si. –dijo sonriendo.

- Yo me voy ¿vale? –Ron se acercó y le dio un beso en la mejilla.- Tengo clase de psicología con Trelawney y no quiero llegar tarde. ¿Vendrás luego a las pruebas?

- Claro.

Vieron como Ron se marchaba.

- ¿Qué pruebas? –preguntó Blaise confundido.

- Las del equipo de fútbol.

- Ey, ese es nuestro equipo. No sabía que hubiera pruebas.

- ¿Pero él sabe jugar a fútbol? –Draco entrecerró los ojos.- El entrenador es muy exigente.

- No tengo ni idea. –Hermione se encogió de hombros.- Me he enterado esta mañana.

- Bueno, tarde o temprano había que llenar el sitio de Cedric. –dijo Blaise y Cormac le dio un codazo.

- ¿Qué pasa con Cedric? ¿Por qué ya no está en el equipo? –preguntó Hermione alarmada.- Supongo que después de todo…si que había noticias.

- No queríamos incomodar al pelirrojo. Ni a ti.

- No soy tan frágil como creéis. ¿Qué ha pasado?

- Cedric se lió a puñetazos con los chicos. –espetó Lavender.

- Andaba borracho la mayor parte del tiempo y ha faltado mucho a los entrenamientos. Por eso el entrenador lo ha expulsado. –completó Cormac.

- Pero nada de eso es culpa tuya. –dijo Pansy enseguida. Conocía la tendencia de la castaña a culparse de todo lo que sucedía a su alrededor.

- Lo sé, Pans.

El timbre sonó y se fueron dispersando a sus respectivas clases. Pansy y Hermione compartían la primera hora de biología y caminaron juntas por el pasillo haciendo caso omiso al murmullo de sus compañeros. Enseguida se escampó la noticia de que Hermione Granger había vuelto a clase.

- Oye, ¿qué hay entre tú y Ron? –susurró la morena.

- Nada. –ante la cara de incredulidad de su amiga, añadió.- Nada serio…aun.

- Así que tenéis planes. Me gusta.

- Siento no haberte llamado, Pans.

- Ey, tenías tus propios demonios. Además, yo tenía a Cormac. No te preocupes.

- Vale.

- Pero no te creas que te libras de contarme lo sucedido con Ron esta semana. Habéis pasado toda la semana juntos en tu casa. A mi también me llegan rumores, ¿sabes?

La morena dejó a Hermione con la boca abierta y entró en la clase. Por primera vez en muchos días, tuvo ganas de reír. Era maravilloso estar de vuelta. Pansy la había dejado clavada con su afirmación, pero ella también tenía algunas cosas que contar que dejarían a su amiga muda.

o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Draco abandonó el instituto con bastante ánimo. Era un poco más tarde de lo que había calculado. A pesar de la poca antelación, habían sido muchos los chicos que se habían presentado a las pruebas para el equipo de fútbol. ¿Quién iba a pensar que el amigo de Hermione era un genio con el balón? Según había explicado después, un par de clubes de Londres habían estado interesados en él. Pero fue en aquella misma época que se había metido en numerosos líos que habían culminado con su expulsión del internado. Tras eso, los clubes dejaron de llamar a su casa. Draco recordó la cara de fascinación de Hermione mientras lo escuchaba hablar. Se notaba a la legua que entre esos dos había algo. Y le fastidiaba reconocerlo pero… había sentido cierta envidia.

Daphne y él…

Bueno, simplemente no existía un ellos. Porque Draco Malfoy había ido a escocer a la única persona más testaruda que él. Y también miedosa. Razón por la cual Draco no intentaba presionarla. Pero ya estaba harto de sentirse como un gilipollas cuando estaban con el grupo. No podía decir nada sobre los últimos comentarios de Daphne, influidos por lo que ocurría entre ellos. Pero la paciencia de un Malfoy tiene un límite muy corto, y Draco necesitaba respuestas.

La casa de los Greengrass se encontraba muy cerca de su propia casa. Se desvió una calle con el coche y aparcó en el frontal. Por la hora que era, sus padres aun estarían trabajando. Daphne no se había quedado a ver las pruebas para el equipo; tenía muchos deberes que hacer, había alegado. Pues Draco esperaba que hiciera un hueco entre ecuación y ecuación. No podían besarse en el patio de su casa y después ignorarse en el instituto. O tal vez si, pero no era lo que él quería. Habría podido tener a cualquier otra chica del instituto, claro que ninguna era como Daphne.

Draco salió del coche y se pasó una mano por el cabello rubio perfectamente peinado. Caminaba con resolución y confianza, tal y como lo haría un Malfoy. Pero por dentro era un manojo de nervios. No podía evitarlo; no sabía como reaccionaría Daphne. Lo mismo le cerraba la puerta en las narices. Sin embargo, tenía que arriesgarse. Esos últimos días, había comprendido que sus sentimientos por Daphne eran más fuertes de lo que imaginaba. Aquella chica había conseguido llegar a donde nadie antes: al corazón de un Malfoy. Y Draco no tenía explicación ninguna. No era guapa como Pansy o poseía una belleza serena como Hermione. No era femenina como Lavender o sexy como Fleur. No se reía de sus chistes malos ni suspiraba por él en el pasillo del instituto. No era alguien especial, y al mismo tiempo si que lo era.

Daphne valía por si misma. Si que tenía una personalidad arrolladores, y unos ojos azules grandes y sexys. Podía hablar de cualquier cosa, incluidos deportes. Le gustaban las películas de miedo, igual que a él. Era una deportista consumada… Daphne tenía muchas cualidades, la mayoría de las cuales no sacaba al exterior.

Draco llamó al timbre y esperó. Escuchó pasos dentro y se colocó mejor en el porche. Ahora estaba muy nervioso, no podía negarlo. La puerta se abrió y el rubio tuvo que hacer un gran esfuerzo por no soltar una palabrota. Allí estaba la razón por la cual Daphne se cohibía.

Astoria.

Draco se había olvidado por completo de ella. Se suponía que estaba en la universidad. Astoria era todo lo contrario a Daphne, tan solo compartían el azul de sus ojos. A sus diecinueve años, la rubia era muy muy hermosa. Pero en opinión de Draco, su personalidad inmadura y egoísta lo arruinaba todo. Se miraron durante un rato sin decirse nada. A pesar de que ya estaban en noviembre y hacía frío, Astoria parecía recién sacada de un anuncio con la colección primavera-verano de unos grandes almacenes. No había nada fuera de lugar en su rostro, su cabello o su cuerpo. Y Astoria lo sabía; vaya que si lo sabía.

- Draco, querido, ¿qué haces aquí? –preguntó con su voz sexy y gutural. Astoria sabía que eso les gustaba mucho a los chicos.

- ¿Está Daphne? –preguntó el rubio sin caer en su truco de seducción.

Astoria batió varias veces sus ojos en confusión.

- ¿Daphne? ¿Para qué querrías ver tú a Daphne? –colocó las manos en la cintura.- Está toda sudada de jugar al baloncesto. Y huele mal.

- No me importa. Necesito hablar con ella. –insistió Draco.

- ¿Tienes algún problema, Draco? Yo podría ayudarte mejor que mi hermana.

- Necesito hablar con Daphne. –dijo Draco una vez más.

- Y yo sigo sin comprender porqué. Ya he llegado, ya estoy aquí. No hace falta que te juntes con ella para estar más cerca de mi.

- Créeme, esa no es la razón.

- ¿Ah no? ¿Sabe Daphne que hace dos veranos, antes de irme a la universidad, perdiste la virginidad conmigo?

Draco se atragantó con su propia saliva y miró con inquina a la rubia, que volvió a reír.

- Tranquilo, querido. Aunque tomaré eso como un no.

- ¿Qué pretendes, Astoria?

- No quiero que cometas por un error por tratar de substituirme. –dijo un rápido paso al frente y besó al rubio en los labios, larga y apasionadamente.- Yo soy insustituible.

Escucharon un jadeo desde lo alto de la escalera. Daphne, con el cabello mojado y vestida de manera cómoda, había visto el beso. El dolor que reflejaron sus ojos traspasó la distancia y dio de lleno en el corazón de Draco. La chica ahogó un sollozo y corrió de vuelta a su habitación. Escucharon el portazo al cerrarse la puerta.

Y Draco se encaró con Astoria.

- ¿Se puede saber porqué has hecho eso?

- Vamos, Draquito, no querrás hacerme creer que estás enamorado de ella. –rió la rubia.

- Eso no es asunto tuyo. –dijo Draco apenas conteniendo su enfado.

- Estás chocando contra un muro, querido. Nadie en su sano juicio se fijaría en Daphne.

- ¿Por qué eres tan cruel con ella? ¡Es tu hermana!

- Si, eso dice en el libro de familia.

- Eres despreciable.

- Si, si, lo que tu digas. Pero para estrenarte viniste a mi, no a Daphne.

- Créeme, ese es un error que no volveré a cometer jamás. –le espetó Draco antes de marcharse como alma que lleva el diablo.

Maldita había sido la hora en que había decidido ir a casa de Daphne. Pero lo hecho…hecho estaba. Ahora solo le quedaba volver a su casa y devanarse los sesos para comunicarse con Daphne. Conociéndola, se habría puesto en lo peor. A Draco seguía alucinándole la falta de autoestima que tenía la chica, en parte provocada por la hermana que tenía. Astoria era una arpía. Había ido allí para arreglar las cosas y había terminado por empeorarlas.

Mientras aparcaba el coche en el garaje de su casa, Draco no se pudo quitar de la mente la expresión de los ojos de Daphne. Había dolor, traición, rabia y odio. La había herido en lo más hondo; y había sido testigo de uno de sus temores hecho realidad. Le iba a costar la misma vida recuperar a Daphne. Aunque, pensó fríamente, que realmente nunca la había tenido.

- No se puede perder algo que no tienes. –susurró con aire de derrota.

o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Cedric Diggory estaba furioso. Había pasado una semana de mierda y no quería volver a casa para que sus padres siguieran presionándolo. Había perdido a Hermione, lo sabía, y no es que le importara demasiado. Es decir, no la quería, y en ese sentido se había quitado un peso de encima. Estaba cansado de ser el perrito faldero de la niña mimada de Plymouth. Pero también había perdido la oportunidad de que la empresa de sus padres creciera, y eso era algo que no le iban a perdonar nunca. Su madre había sido bastante clara al respecto. Todos habían hecho sacrificios para llevar la vida que llevaban. Y él tendría que haber sido más discreto para con sus escarceos sexuales, tal y como hacía su padre.

Pero sinceramente, Cedric no pensaba que aquella hubiese sido la única razón para que Hermione decidiera dejarlo. La suya era la crónica de una ruptura anunciada. Hermione quería algo que Cedric nunca podría darle: amor. Nunca la había querido. Nunca la había visto de ese modo. Tal vez al principio se sintiera fascinado por su apellido y lo que representaba. Y porque no decir que sus primeras semanas juntos fueron normales. Pero pronto las expectativas de los padres de ambos se habían impuesto a sus nacientes sentimientos. Cedric perdió el respeto por Hermione y comenzó a verla como un mero contrato comercial. La forma de que su familia saliera de la mediocridad empresarial.

Cedric estaba furioso con ellos; con sus padres. Pero sobretodo estaba furioso consigo mismo. Por haber aceptado sus reglas del juego, por haber sido una marioneta en sus manos. Ahora el único que había caído en desgracia era él. Y ese orgullo tan Diggory le impedía mostrarlo donde tocaba. Había perdido a sus amigos, se había quedado solo. Y había defraudado a todo el mundo.

Por eso se encontraba un sábado por la noche conduciendo hasta un almacén abandonado. Famoso por sus peleas ilegales. Tenía ganas de pegar a alguien, de descargar adrenalina. Todo en un vano intento por sentirse mejor. Aparcó el coche en el descampado adyacente. El negocio de peleas ilegales de Igor Karkarov era famoso en la zona si sabías a quien preguntar. Encendió un cigarrillo de camino a la entrada. Caminaba con la mirada empañada por una neblina de rabia. Saludó a los dos gorilas rusos que custodiaban la puerta y lo dejaron entrar previo pago de una propina generosa.

Lo siguiente ocurrió muy rápido. Alguien le presentó a Igor y él expresó su deseo de luchar esa noche. El búlgaro se mostró reticente. Pero acepto de buen grado una vez Cedric le dio el fajo de billetes que llevaba en la chaqueta. Tomaron unas cuantas copas, hasta casi terminar la botella de vodka. Fue entonces cuando Igor dijo que estaba preparado para pelear. Y como un favor personal, le prestaba a su mejor luchador: Víctor Krum. El ambiente se empezó a animar al escuchar el nombre de este. Víctor era un tío grande y osco, con cara de pocos amigos. Bien, pensó Cedric, él no había ido allí para hacer amigos.

El combate comenzó de manera desigual. A Cedric le dieron un puñetazo que casi lo deja tonto. Ninguno de los dos llevaba protección y luchaban a cuerpo descubierto. El castaño se recuperó del golpe y lo devolvió, fue como una caricia para el búlgaro. Pero Cedric no se rindió. Continuó golpeando y continuó recibiendo golpes. Para sorpresa de Igor, la lucha se volvió bastante igualada. Dejó de reírse y prestó especial atención al castaño. Estaba claro que se movía por la rabia y por eso sus golpes tenían efecto. Llevaba a la perfección el mantra de "acción y reacción". Mientras que los movimientos de Krum se habían vuelto mecánicos y predecibles. Pero Igor seguir confiando en su chico. Simplemente era el mejor.

Y así fue, la rabia de Cedric terminó por perder fuelle y sus ganchos más torpes y erráticos. Krum aprovechó el momento y molió a golpes la cara del castaño. La audiencia gritaba y el humo del tabaco lo impregnaba todo. Pero contra todo eso, Cedric se negaba a caer. Encajaba cada golpe y volvía a por más. Cuando le saltó un diente, Igor se levantó de su asiento. Krum le miró… El combate tenía que terminar.

Una cosa era luchar ilegalmente, otra cosa era tantear a la muerte.

- ¡Cedric! –dijo una voz femenina angustiada. El castaño ladeó la cabeza para ver quien le llamaba y Krum aprovechó para asestarle el golpe de gracia y que cayera al suelo del ring.- ¡Cedric! –gritó de nuevo la chica mientras corría.

Cho Chang no podía creerse lo que estaba viendo. Aquel sitio era inmundo, y lo que hacían demencial. Ahogó un grito cuando vio la cara de Cedric destrozada. La sangre le caía de la nariz y se mezclaba con la de la boca. Eran todos unos desalmados. Conocía a Cedric desde que eran pequeños y a ella le gustaba pensar que les unía un cariño especial. Llevaba días observándolo y sabía que algo iba mal. Pero no tenia ni idea de que las cosas hubieran ido tan lejos.

- Cedric. –dijo de nuevo llegando junto a él.- ¿Qué te han hecho?

- ¿Qué coño haces tú aquí? –balbuceó él mientras intentaba levantarse.

- Te he seguido. Hace días que no me hablas. –su voz sonaba dolida.

- Ahora estoy ocupado, Cho.

- ¿Es que quieres matarte?

- ¿Cómo has entrado aquí?

- Le dije a esos gorilas de fuera que era tu novia.

- Tienes suerte de no serlo.

- Cedric…

- Tengo que terminar el combate. –dijo levantándose del todo.- Vete de aquí.

- Pero…-Cho lo miró angustiada.

- ¡Que te largues, joder!

Cedric no duró ni un minuto más en pie. Krum le asentó dos puñetazos en la cara y en el abdomen y cayó redondo al suelo. Había perdido el combate y había perdido su lugar en el mundo. Ahora solo reinaba el descontrol en su vida.

o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Hermione estaba aprovechando los últimos rayos de sol del mes de noviembre. Pronto llegaría la nieve y el frío. Tumbada en una hamaca del jardín de su casa, no dejaba de pensar en Luna. Se cumplían tres semanas desde su muerte y todo iba volviendo a la normalidad poco a poco. Sin embargo, había un vacío que no conseguía llenar y que la acompañaría durante gran parte de su vida. Luna se había ido a su manera, sin aspavientos, sin saber cuanto significaba para sus amigos. Pero había dejado una lección de vida a todos los que la conocían. Del modo más cruel, del modo más amargo. La vida es corta, efímera, y lo más difícil es ser feliz. Y en eso, Luna fue más inteligente que todos ellos. Lo supo enseguida.

- ¿En qué piensas? –dijo Ron sentado a su lado en otra hamaca.

- En nada. –mintió ella pintando una sonrisa en su rostro. No quería que Ron se preocupara más de la cuenta por ella. Él ya sabía que lo había pasado mal con la muerte de Luna, no hacía falta ahondar en la herida.

- No me engañas. Se que algo te ronda por la cabeza. Pero no voy a presionarte si no quieres hablar de ello. –Ron había aprendido el significado de la expresión de su rostro en cada momento.

- Ron…-dijo Hermione mordiéndose el labio inferior.

- Ahora estás confusa. No te preocupes, no estoy enfadado contigo.

- Es que… Ni quiero que estés siempre pendiente de cómo me siento. Y que tú…

- Es lo que hacemos por las personas a las que apreciamos.

- Si, pero… No quiero que la tristeza se convierta en una constante en nuestra relación. –la castaña suspiró.- Estaba pensado en Luna. Y en que tú tenías razón. Ella aquí ya no era feliz y… simplemente dejó de existir.

- La verdadera muerte es el olvido, Hermione. Mientras tú la recuerdes…estará contigo.

- Lo se. Ves, por esto no quería decírtelo. Ya estamos otra vez hablando de la muerte en vez de disfrutar de una mañana de domingo tranquila y soleada.

- Te preocupas demasiado porque los demás se preocupan por ti.

- Ron, no quiero que termines cansándote de mí. –confesó ella. Era su mayor temor aquellos días.

- Eso jamás, Hermione. –Ron se incorporó para mirarla a los ojos.- Jamás.

- Entonces… ¿Si yo te pidiera salir oficialmente, me dirías que si?

- Quieres que…-el pelirrojo enarcó las cejas.

- Si, Ron. Quiero ser tu novia.

- Creía que íbamos a ir despacio. –entrelazaron sus manos.

- Me he pasado toda la vida yendo despacio, y no he sido feliz. Ahora mismo, lo único que me hace feliz es estar contigo.

- Yo también estoy feliz por eso. –Ron se trasladó a la hamaca de Hermione.

- Entonces deberías decirme que si y darme un beso.

- ¿No estás siendo demasiado mandona? –le preguntó con una sonrisa.

- No, solo soy práctica.

- Hermione, ¿quieres salir conmigo?

- Ya te he dicho que… Ah, ya veo. Tenías que preguntarlo tú. –sonrió.- Si, Ronald.

- Bien, ahora ya puedes besarme.

- Serás…-los dos rieron y se besaron.