Capítulo 12: Sin ti todo anda mal.

El fin de semana fue un auténtico infierno para Daphne Greengrass. No se podía quitar de la cabeza la imagen de Draco besando a Astoria. A su propia hermana, en su propia casa. Se sentía utilizada, ninguneada y burlada, pero sobretodo estúpida. Porque realmente había llegado a creer que Draco estaba interesado en ella. Ahora comprendía que tan solo había sido una tonta. Que había dejado que ambos jugaran con ella, con el único fin, seguramente, de reírse.

Nunca había experimentado un dolor como aquel. Y tenía miedo de que en el instituto, con solo mirar su rostro, los demás se dieran cuenta. Sería más de lo que podría soportar. Ya bastante difícil sería mantenerse serena durante seis horas seguidas. Por eso, se pasó todo el fin de semana llorando en su habitación. Sus padres, encantados con el regreso de Astoria, ni siquiera notaron su ausencia. Y eso se sumaba al dolor que hacía esquirlas en su corazón. Desde siempre había sabido que su hermana mayor era la especial, la prerresida. Sus padres besaban el suelo que Astoria pisaba. Y ella…ella no había sido más que el fallo de una noche de verano. Lo escuchó de boca de su padre cuando tenía ocho años.

Se había sentido menospreciada durante toda su vida, por eso había desarrollado esa bravuconería inicial. Jamás nadie la compararía con Astoria en ese sentido. Pero la realidad era que Daphne sentía y lloraba como cualquier chica de su edad. Aunque nunca llevase vestido, aunque no se maquillase, aunque no corriera detrás de los chicos, aunque no se pasara horas hablando de ellos… Daba igual, Daphne lo sentía en su interior, sus pensamientos nunca abandonaban su cabeza y cuando le hacía daño…probablemente sufría más que ninguna otra chica.

Draco era el primer chico que le gustaba…

…pero todo se había convertido en una mentira.

Sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas. ¡Maldita sea! Tan solo tendría que haber aguantado una hora más. Ignoró el parloteo de Lavender y corrió hasta el cuarto de baño más cercano. Estaba a punto de perder los nervios y no le apetecía comentar con nadie lo que le ocurría. El timbre que señalaba la última clase del día sonó al mismo tiempo que Daphne empujaba la puerta del cuarto de baño de chicas. Y allí, dentro de aquellas cuatro paredes, sintió que podía ser ella misma por primera vez en todo el día. Dejó escapar un suspiro y caminó hacia uno de los retretes. Las lágrimas ya rodaban amargas por sus mejillas, convirtiendo sus ojos en un día de lluvia sin fin. Se dejó caer al suelo con la espalda firmemente apoyada contra la pared y recogió las piernas contra el pecho. Lo ocurrido le dolía más de lo que podía expresar con gestos o palabras.

¿Cómo había terminado de aquella manera?

¡Y todo por un chico!

Si no fuera por lo echa polvo que estaba, se habría puesto a reír.

Podría haber llamado a cualquiera de sus amigas. Lavender, a pesar de su afán de protagonismo, tenía buen corazón; Pansy era como una gallina clueca protegiendo a sus polluelos; y Hermione era experta en solventar las crisis de los demás. Incluso podría haber echado mano de Ginny Weasley, que aunque no la conocía mucho, estaba segura de que la habría escuchado en silencio. Pero Daphne no quería hablar…con nadie. Prefería retirarse a un rincón, cual animal herido, y pasar desapercibida.

Tal vez algún dios hubiera escuchado su plegaria, pero el destino ya había barajado sus cartas y la soledad no figuraba en ninguna de ellas.

La puerta del cuarto de baño se abrió y el color abandonó el rostro de la chica. No quería pensar en quién podría estar al otro lado. Fuera quien fuera, si la descubrían, estaba bien jodida. Contuvo el aliento, confiando en que su presencia allí pasara desapercibida. Quería estar sola…sola…sola…sola…

…lo último que necesitaba eran aquellos ojos grises mirándola desde arriba.

Durante toda su vida, Daphne juraría que en ese instante su corazón se paró, y que no se recuperó hasta pasados dos minutos. No podía ser, y sin embargo, allí estaba el causante de su desazón. Daphne deseó que se la tragara la tierra. De todas las personas que había en aquel instituto…había tenido que aparecer él. Casi prefería que hubieran sido un par de niñas tontas que se hubieran reído de ella. Habría sido menos humillante. Tragó el nudo que se había aposentado en su garganta y abrió la boca; pero de su boca no salió ningún sonido.

A Draco se le cayó el alma a los pies al verla en aquel estado. Y eso que la había observado durante todo el día, aunque siempre desde la distancia. Aquella chica lo desconcertaba en cada uno de sus encuentros. Ya había sido testigo de esa sensibilidad escondida, pero vio algo más en los ojos de Daphne que le rompió el corazón. Había resignación. Había vivido a la sombra de su hermana Astoria y estaba convencida de que nada cambiaría. Creía que él preferiría a Astoria…y lo comprendía y aceptaba. Aquello hizo que Draco se sintiera muy…muy triste.

- ¿Qué haces aquí? –le preguntó con un tono de voz dulce, pero ella no contestó.- Te van a echar la bronca por saltarte una clase.

- Lo mismo tú. –su voz sonó rasposa y ronca.

- Me arriesgaré a ello. –dijo él sentándose en el suelo frente a ella.

- Sabes que estás en el baño de chicas ¿no?

- Si; me he dado cuenta de que los lavabos son algo diferentes. –le sonrió y encendió un cigarrillo.

- Aquí no se puede fumar. –al ver que él la ignoraba, añadió.- ¿Qué quieres, Draco?

- No sé. Dímelo tú.

- ¿Qué te diga qué?

- ¿Por qué me evitas, Daphne? ¿Por qué te escondes aquí para llorar? ¿Por qué tienes tan poco concepto de ti misma? ¿Por qué no dejas que sea lo que sea que haya entre nosotros fluya? ¿Por qué no me miras a los ojos? ¿Por qué no eres feliz? –preguntó Draco cansado ya de actuar.- Y podría seguir así lo que queda de tarde.

- No entiendo por qué quieres saber todo eso.

- No lo entiendes, claro. –dijo el rubio tranquilamente y se echó el cabello hacia atrás.- Porque me importas, Daphne. Y también me gustas. Simplemente por eso.

- Eso no… Eso no es cierto. –Daphne se sonrojó y apartó la mirada.

- Si que es cierto, pero tú no estás preparada para oírlo.

- ¿Y Astoria? –preguntó mordiéndose el interior de la boca.

- ¿Qué hay con ella? Es una egoísta, una egocéntrica y una exhibicionista. Ah, y tu hermana. Intenté explicarme el viernes, pero te fuiste. Fue ella quien me besó, y fue ella quien malinterpretó mi presencia allí. No iba a verla a ella, ni siquiera sabia que estaba de visita. Quería verte a ti, Daphne.

- ¿Para qué?

Draco suspiró y sonrió.

- Para decirte todo lo que te estoy contando aquí, sentado en medio del lavabo de chicas del instituto. No me importa Astoria en lo más mínimo. Pero en cambio, tú si que me importas. Y no me preguntes cómo, porque ni yo mismo tengo respuesta para eso. –se levantó y se palmeó los pantalones.- Danos una oportunidad a los dos, Daphne.

- No se si… Yo no soy una chica como las demás.

- Lo sé. Precisamente por eso me gustas.

- Esto no puede ser bueno. –la chica se pasó una mano por la cabeza, ahuecando su cabello.- Yo no…

- Deja de decir "yo no…". Y piensa en lo que te he dicho. –con eso, Draco se marchó.

Daphne se quedó impactada.

Pero dejó de llorar.

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Aquella tarde, al regresar del instituto, Hermione se llevó una sorpresa. Al entrar en casa, enseguida notó que algo pasaba. Había música encendida en el despacho de su padre y Rosita estaba poniendo la mesa grande para cenar. Dejó sus cosas en la entrada y caminó hacia la música. Se hacia una idea de quien podría ser la visita y no auguraba nada bueno.

Efectivamente, allí estaba.

Con su impecable traje Channel, sus caros zapatos de tacón y el cabello recién salido del salón de belleza. Su perfume impregnaba toda la habitación y sus astutos ojos azules la miraban con aire crítico.

Y es que Cicely Granger nunca se había sentido satisfecha con su nieta.

Decir que eran unas auténticas desconocidas era quedarse corto. Su único vínculo lo dictaba la sangre que compartían. Pero qué se podía esperar del inútil de su hijo, solía decir a sus amistades selectas. Tampoco estaba contenta con su nuera, aunque le tenía que reconocer su buen ojo para los negocios. En cuanto a la joven que tenía delante… Cicely meneó la cabeza de un lado a otro. A aquella niña le hacía falta una buena reprimenda, además de recordarle quienes eran los Granger. No estaba dispuesta a que todo su esfuerzo de los últimos años se fuera al garete por el capricho de una chiquilla. Después tendría una charla con Jane a cuenta de la educación de su nieta. Si le hubieran hecho caso a ella, no se encontrarían en una situación tan comprometedora. En el internado de Hannover no se toleraban aquellos comportamientos.

"Cálmate, Cicy", se dijo a sí misma.

No se adelantó como haría cualquier abuela al ver a su nieta. Si no que la invitó a entrar con un ademán de mano y se sentó tras el escritorio. Hermione se parecía mucho físicamente a su padre, incluso había heredado sus inusuales ojos dorados. Pero al contrario que Matthew, aquella chica tenía carácter y poder de decisión. No era débil, aunque a ella le gustara pensar lo contrario. El único problema era que se había criado sin la disciplina adecuada. Y en parte era culpa suya, pensó Cicely. Jane se había hecho cargo de las empresas y había delegado en todo lo referente a la ecuación de su hija. Desde la muerte de Matthew, Hermione había estado sola.

Hermione miraba a su abuela con recelo. Aquella señora siempre era sinónimo de problemas. Hacia casi tres años que no la veía ni hablaba con ella. Así que en cierto modo, era lógico que sintiera curiosidad por qué le había traído a Plymouth. Estaba segura de que todo tenía que ver con ella. La heredera del imperio que los Granger habían construido a lo largo de cinco generaciones. Personas como Cicely Granger jamás tendrían que haber tenido hijos. Hermione se sentó en una de las sillas que había frente al escritorio y cruzó las piernas.

- Al fin llegas. –le recriminó su abuela.- Llevo más de dos horas esperándote. Pero n o he aburrido, no temas. Rosita y yo hemos tenido una agradable charla. Está haciendo la cena, para las tres.

Lo que Cicely entendía por una "charla agradable" con el servicio, distaba mucho de la realidad. Hermione lo sintió por Rosita.

- Me complace ver que te desarrollas con normalidad. No era una belleza, pero tampoco puedes pasar por fea. Mejor. Ser normalita infunde carácter y ganas de superarse ¿no crees? –sus manos sujetaron una carpeta marrón.- ¿No dices nada?

- No estaré aquí para la cena. –Hermione sentía la rabia crecer en su interior.- ¿Deseaba comentar algo más, señora Granger?

- No seas impertinente, niña. Soy tu abuela. –los ojos azules de Cicely taladraron a la castaña, que no se amedrentó.

- No. Usted es la señora Granger. No tenemos nada en común más allá de la coincidencia de sangre. –le restó importancia con una mano.- Una menudencia.

- Tal vez si, tal vez no. –en el fondo, Cicely estaba contenta con la contestación de la chica. Denotaba carácter, como ya sabia.- Eres directa en las cosas importantes.

- ¿Lo soy? Se que su tiempo es muy preciado por usted. Así que suelte lo que ha venido a decirme y márchese. Pero no me hable como si me conociera. Usted ensucia la palabra abuela. –Hermione estaba sorprendida consigo misma. Nunca antes había demostrado esa fuerza de carácter. Efectivamente, era más fuerte de lo que ella pensaba, y se había cansado de que la tratasen como una marioneta.

- Vaya, vaya, vaya. Y la ranita aprendió a hablar. –Cicely tamborileó con sus uñas rojas sobre el escritorio de caoba.- Tienes razón; mi tiempo es valioso.

- ¿Qué quiere? –exigió la castaña.

- Me he enterado de que has cortado los lazos que nos unían con los Diggory.

- Si se refiere a que he terminado mi relación afectiva con Cedric, es cierto. Aunque no se que tiene que ver eso con usted, ni en qué medida le afecta.

- No seas estúpida, niña. Ambas sabemos que no había amor en esa "relación". Se os pidió que la formalizaseis como el paso previo a la fusión de nuestras empresas de automoción. Pero ahora lo has arruinado todo.

- ¿Está esperando que le diga que lo siento? –Hermione se recompuso rápidamente.

- No. Lo que esperaba era que contuvieras tus hormonas adolescentes unos meses más. Has costado muchos millones a la compañía.

- Tal vez así, usted y mi madre aprenderán a no negociar con los sentimientos de los demás.

- ¿Sentimientos? – se carcajeó Cicely.- Eres una ilusa. No se construye y se mantiene un imperio con sentimientos.

- Quédese con su imperio, yo no lo quiero.

- Desgraciadamente…-dijo Cicely poniéndose de pie-…eso nunca estuvo en mi poder de decisión. Cuando cumplas 21 años, las empresas Granger pasarán a ti. Eres la única descendiente de sangre de Elías Granger.

- ¿Ha venido solo hasta aquí para comentar mi ruptura con Cedric?

- No. –cogió la carpeta que había estado sobre el escritorio todo ese tiempo.- Échale un vistazo.

- ¿Se puede saber qué es esto? –dijo Hermione roja de rabia después de mirar las dos primeras páginas.

- Eso, querida, es un informe. Creo que no sabes donde te estás metiendo.

- ¿Le habéis investigado simplemente porque es mi amigo? –Hermione arrugó las hojas.- No teníais ningún derecho a espiarle.

- ¿Pensabas que podías liarte con cualquiera? Todo este tiempo se lo avisé a tu madre, pero no me hizo caso. Tendría que haber cortado esa relación de raíz. ¿Crees que no sé lo que es tener 17 años?

- Me cuesta creerlo, la verdad.

- Te estás dando cuenta ahora, ¿verdad? No es que seas más fuerte, sino que él te hace más fuerte. Has dejado que se metiera en tu corazón. Y le has dado poder sobre ti. ¡A un delincuente! Lee, lee, hay informes de toda clase de tropelías.

- Ya lo sé. Lo sé todo. –Hermione se puso de pie.- ¿Creía que el pasado de Ron me haría cambiar de opinión? –rió.- ¿Quién es ahora la ilusa?

- Escúchame bien, niña insolente… -la señaló con un dedo firme.

- No tengo nada que escuchar.

- Terminarás con él, tarde o temprano. Yo me ocuparé de que así sea. –estiró su traje de Channel.- Recuerda que sabe más el diablo por viejo que por diablo.

- Márchese de mi casa, señora Granger. –dijo Hermione antes de salir del despacho.

- Piensas que me has ganado, ¿eh? Esto no acaba más que empezar.

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Se estaban saltando las normas.

Se suponía que no podían salir hasta tarde entre semana. Pero todo era por una buena y poderosa razón. Y es que no todos los días cumplías dos meses de relación con tu novia. Cormac MacLaggen aun no podía creerse su suerte. Estaba allí, mirando los ojos azules de ella que conocía tan bien. Su relación había sido, hasta la fecha, todo dulzura y amor. Cormac ignoraba como había vivido los diecisiete años anteriores sin ese sentimiento arrollador. Desde que se dieron el primer beso, Pansy formaba parte de él. Y era la persona más importante de su vida. Le sonrió desde el otro lado de la mesa antes de beber de su copa de vino.

Pansy estaba en una nube. No podía dejar de mirar alrededor y no sentirse como una princesa. Luego, cuando se encontraba con los ojos de Cormac, algo se derretía en su interior. Estaban en el restaurante más elegante, y caro, de Plymouth. Cada día estaba más enamorada de Cormac, y sentía que podría pasarse el resto de su vida junto a él. Cogió su copa de vino y la entrechocó contra la de él.

- Chin, chin. –dijo Pansy sonriendo.

- Por nosotros.

- ¿Cómo te las has ingeniado para…-hizo un gesto con la mano-…todo esto?

- Bueno, ha sido difícil, como imaginarás. –cogió la mano de ella por encima de la mesa.- Primero necesitaba hablar con mis padres, para que me dieran permiso. Papá no estaba mucho por la labor, pero a mamá le pareció "super-romántico". Y añadió algo como que su bebé había crecido. Madres… Y luego fui a ver a la tuya, claro. Ya se que pasas mucho tiempo sola en casa, pero…no convenía cabrearlos.

- ¿Fuiste a ver a mi madre? –estaba realmente sorprendida.

- Claro, no iba a dejar nada a la ligera. –sonrió él. – Quería que esta noche fuera perfecta.

- Lo es. –le confirmó Pansy inclinándose sobre la mesa para darle un breve beso.- Jamás antes… Nadie había hecho tantas cosas por mi.

- Te lo mereces. Estos meses juntos me has hecho muy feliz. Se que hemos pasado momentos duros también. –dijo refiriéndose a la despedida de Luna.- Pero no hay nada que no podamos superar si estamos juntos. Y quería darte las gracias.

- ¿Por qué? –el corazón de Pansy latía de manera acelerada.

- Por estar conmigo, por quererme. –levantó sus manos unidas y jugueteó con sus dedos.

- ¡Que bonito! Bravo, bravo. –dijo una voz a sus espaldas sobresaltándolos. Se soltaron las manos y giraron para mirar los ojos a quién había hecho el comentario en plan de burla.

- Dios mío, no puede ser. –susurró Pansy llevándose las manos al rostro.

Cedric Diggory se alzaba en todo su metro ochenta y siete. En los días que hacía que no lo veían, la cosa se había descontrolado. Su rostro, otrora perfecto, mostraba las secuelas de su último combate. Tenía un ojo morado, la nariz fracturada y en la mejilla izquierda una serie de puntos marcaban una cicatriz irregular. Pero lo peor no era eso. Tampoco su traje hecho jirones y sucio, con manchas de sangre. O su hedor a sudor y otros fluidos. O que estaba totalmente borracho y tenía que agarrarse al respaldo de la silla para mantenerse en pie. No, lo peor de todo era el vacío de sus ojos.

Aquella falta de expresión en sus ojos azules, asustó a Pansy. ¿Qué había pasado con el Cedric que todos conocían? Ante ellos se plantaba un completo extraño, un despojo del chico que era. Y nada de aquello tenía que ver con que Hermione lo hubiera dejado. ¿O tal vez si? No, Pansy estaba segura de que el castaño nunca había querido a su amiga. Todo se debía una extraña coincidencia.

- Pero, vamos, no paréis el espectáculo por mi. Seguir con vuestra cena. –se sentó en una silla libre frente a ellos.- Camarero, traiga más vino. Y champán… No es una verdadera celebración si no hay champán.

Todo el restaurante lo miraba, pero a Cedric le daba igual. Se sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta y se encendió uno. Los había visto totalmente acaramelados a través del cristal. Y eso, de alguna manera, le hizo hervir la sangre. Era un perdedor, lo sabía. Y un cabrón.

- ¡¿Qué mira, señora?!

Pansy y Cormac intercambiaron una mirada de azoramiento. Ninguno de ellos habría imaginado jamás la presencia de Cedric. La morena tenía la esperanza de que fuera una alucinación. Pero cuando cerró los ojos y los volvió a abrir, Cedric aun estaba allí. Sintió ganas de llorar y de aporrear algo. Cormac, por su parte, se sentía impotente ante una situación que no podía controlar. Las ganas de golpear a Cedric en la cara se entremezclaban con el sentimiento de pena que le producía su antiguo amigo. No lo reconocía en ese estado.

- ¿Qué? ¿Nadie piensa servirme? –preguntó Cedric haciendo aspavientos con la mano. En uno de estos, tiró el jarrón de flores y el agua se extendió rápidamente por el mantel.– Que traigan el mejor vino que tengan. Estamos de celebración; yo invito.

Pansy no pudo contener las lágrimas por más tiempo. Su noche de ensueño se había convertido en una pesadilla. Cormac se levantó y la abrazó. Había preparado aquella noche con mucho esmero; y odiaba lo que Cedric estaba haciendo con ella. El momento estaba arruinado, así como su presencia allí ya no tenía sentido.

- Creo que será mejor que nos vayamos. –le dijo a su novia mientras la ayudaba a levantarse y ponerse el abrigo.

- No, no podéis iros. La fiesta no ha hecho más que empezar. ¿Por qué no hay música sonando? –Cedric se dio la vuelta para buscar a la orquesta, y al no agarrarse bien al respaldo, se cayó al suelo llevándose el mantel y todo lo que había sobre la mesa.

- Lo siento mucho. –dijo Cormac al camarero antes de abandonar el restaurante. Estaba sumamente abochornado por el espectáculo. Pansy se apretó contra él y salieron al frío cortante de la noche. –Lo siento. –añadió para su novia.

- No es culpa tuya, nada de esto lo es. –contestó ella más calmada.

- Supongo que después de todo, esta noche si que será inolvidable, pero no del modo en que yo lo había imaginado. –asintió con tristeza.

- No, definitivamente no. Pero…no quiero que esto eche a perder nuestros recuerdos. –Pansy se paró en medio de la calle.- Preparaste una maravillosa sorpresa para mi.

- ¿Y qué propones que hagamos? No podemos volver al restaurante.

- Pero se me ocurre que podemos parar en el sitio de comida rápida que hay camino de mi casa. –dijo Pansy con una sonrisa.

- No será lo mismo, pero…vale. –Cormac asintió con resignación.

- Cormac…gracias por esta noche. –Pansy lo retuvo y se colgó de su cuello.- Simplemente es especial porque estoy contigo. –añadió antes de ponerse de puntillas para besarlo.

- Te quiero. –le susurró él antes de volverla a besar bajo el fulgor de la luz de una farola cualquiera.

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Aun conmocionado por lo ocurrido durante su cena de aniversario, Pansy y Cormac decidieron reunir al grupo y hablar sobre ello. El día elegido fue el siguiente sábado, que amaneció cálido y soleado. Parecía que el temporal frío había decidido darles una tregua. Con esa consigna, se encontraban casi todos en el jardín trasero de la casa de Pansy. La morena miraba con nerviosismo el reloj ante la atenta y resignada mirada de su novio. Draco y Daphne eran los que estaban más lejos y hablaban entre susurros. Mientras que Lavender se dejaba querer por Blaise en una de las hamacas. El reloj marcaba las cuatro y cuarto; Hermione se retrasaba, y no era nada propio de ella.

Pensando en ese tema también, Pansy exhaló un suspiro y caminó hacia el centro del jardín. Hizo una señal con las manos y todos se arremolinaron entorno a ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de una cosa. Draco y Daphne: algo se traían entre manos. Los miró de reojo a los dos y vio como, a su vez, se observaban el uno al otro. ¡Vaya!, pensó. Aquello si que no se lo habría esperado no en un millón de años. Es decir, Daphne era…Daphne. Y Draco no estaba acostumbrado al tipo de chica que era su amiga. La castaña guardaba muchos secretos en su interior y odiaría verla salir herida. Daphne era mucho más débil de lo que los demás pensaban. Decidió que hablaría con ella más adelante.

¿Es que siempre me tengo que ocupar yo de todo?, se preguntó mentalmente.

- ¿Vas a decirnos de una vez porqué estamos aquí un sábado por la tarde? –preguntó Draco de malos modos. Estaba enfadado, y nada tenía que ver con Pansy, sino con cierta castaña. Pero estaba cansado de no poder moverse de allí.

- Si. Lav y yo íbamos a ir al cine. –le pasó un brazo por los hombros.- Acaban de estrenar una peli romanticota que mi chica quiere ver. Y yo, como soy un novio guay, no podía negarme. –explicó Blaise sin que nadie le preguntara nada.

- Vamos, Pansy, suelta ya lo que tengas que decir. Ya ves que todos habíamos hecho planes que no implicaban esto. –dijo Daphne cruzándose de brazos y frunciendo el ceño.

Lavender abrió la boca para hablar, pero Pansy se le adelantó.

- Como se te ocurra quejarte a ti también, te juro que grito. –le dijo señalándola con un dedo.- ¿Es que a nadie le importa ya el grupo? Primero Luna muere, luego Cedric se vuelve loco, Hermione…apenas la vemos. ¿Y nosotros? ¿Es que ahora somos compañeros de instituto nada más?

- Pans…-Cormac intentó tranquilizar a su novia.

- ¿Dónde está Hermione? Llega tarde, y ella nunca llega tarde a una cita conmigo. –sollozó entre los brazos de Cormac.

- Lo siento, chicos. –dijo este al resto.

- ¿Qué vamos a hacer con Ron? –preguntó la morena recuperando la voz.

- ¿Quién? –Blaise puso su mejor cara de confundido.

- El pelirrojo que va con Hermione. –le explicó Draco sintiéndose incómodo con la situación.

- ¿Qué pasa con él? –insistió Blaise.

- Creo que a lo que Pansy se refiere es si vamos a aceptado en el grupo como nuevo novio de Hermione. –le dio un beso en la frente a su novia.- ¿No es así?

- Si.

- Por mi no hay problema. –dijo Blaise.- ¿Habéis visto como juega? Es tío es una máquina.

- Eso no importa. –se apresuró a decir la rubia.

- Hombre, Lav, a mi si que me importa. Con él seguro que ganamos el campeonato de fútbol.

- Lo que debería de importar es que hace feliz a Hermione. –habló por primera vez Daphne.- Yo voto que si.

- Eso es a lo que yo me refería. –coincidió Lavender.- Yo voto que si también.

- Bueno, no es algo que se deba decidir a la ligera. –dijo Draco cruzándose de brazos.- Si, es un gran jugador de fútbol, y si, parece que hace feliz a Hermione. Pero…no sabemos absolutamente nada de él.

- A mi no me hace falta saber más. Si Hermione está con él…-Pansy se encogió de hombros.- Mi voto es si.

- Eso suman tres votos a favor, pero tiene que ser unánime. –dijo Cormac.- Yo…pienso igual que Draco. Pero voy a darle un voto de confianza. Tal vez, si pasamos más tiempo con él, sabremos más cosas de él.

- Tú decides, Draco. –Pansy lo miró fijamente.

- Está bien. –dijo el rubio dándose por vencido.- No tengo nada en contra de ese chico; solo intentaba arrojar un poco de luz sobre su persona.

- Entonces, por unanimidad…-comenzó a decir Cormac como la voz de la razón.

- Falta Hermione. –interrumpió Lavender.

- Bueno, pero el voto de ella sería positivo. –dijo Daphne rodando los ojos.

- Como decía…aceptamos que Ron Weasley forme parte del grupo y todo lo que conlleva en el instituto.

- ¿Y si no quiere ser uno de nosotros? –preguntó Lavender.

- ¿Porqué no querría? –se rió Blaise.

El sonido del teléfono móvil de Pansy sonó y les ahorró el debate por el momento. La morena se apartó para poder hablar con tranquilidad. Sus amigos y su novio veían sus cambios de humor en su rostro. Y en cuanto regresó a su lado, sabían que no traía buenas noticias.

- Era Hermione, no va a venir. Estaba muy alterada. Su abuela está aquí; vino el jueves. Y no le está poniendo las cosas fáciles. Comos os imaginaréis quiere que vuelva con Cedric a toda costa. –Pansy se apartó un mechón del rostro.- Vieja asquerosa sin corazón. ¿Por qué no pueden dejarla tranquila? ¿Por qué siempre tienen que ser problemas para ella? –se lamentó.

- Pero… ¿Hermione está bien? –preguntó Daphne.

- Si, si. Ron está con ella. Bueno, ella está en casa de Ron.

- ¿Podemos hacer algo? –Draco dio un paso hacia delante.

- No, solo esperar que las aguas vuelvan a su cauce y que Hermione no se vuelva a quebrar.

- No lo hará. –dijo Daphne con convicción.- Esta vez tiene a Ron.

- Chicos, creo que esta reunión ha terminado. –Pansy suspiró, aun pensando en su mejor amiga.- No tiene caso seguir con ella si no estamos todos.

- ¿Y lo que tenías que contarnos? –insistió Draco.

- Otro día. No podemos hacer nada sin Hermione. –la morena miró a su novio, que le dio la razón en silencio.

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En casa de los Weasley, aquel sábado el ambiente estaba tenso. Ron y Hermione estaban en la habitación del chico. La castaña se había tumbado en la cama y se había tapado el rostro con los brazos en señal de frustración. Él, por su parte, estaba de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, mirando por la ventana. Su rostro estaba sereno, aunque por dentro bullía de indignación. Además, no entendía porqué Hermione había esperado hasta ese día para contárselo. La conocía lo suficiente como para saber cómo se había sentido esos días pasados. Y por otro lado, no dejaba de plantearse que tal vez, solo tal vez, la abuela de su novia tuviera razón. Él no era el chico adecuado para Hermione, por mucho que le repateara reconocerlo. Eran como la noche y el día en todos los sentidos. Ella era un sueño para él; por ella había dejado de meterse en líos, por ella había cambiado.

Simplemente, ella lo hacía mejor persona.

Pero… ¿y si no era suficiente?

¿Qué le aportaba él a ella?

Todas esas preguntas y muchas más arrasaban la mente del pelirrojo con la fuerza de un huracán. Apartó la mirada del exterior y se volvió para observar a la castaña. Algo había cambiado también en ella los últimos días. Ya no era la chica vulnerable y rota del funeral de Luna. No había vuelto a llorar y sonreía más a menudo, aunque de cuando en cuando su mente se ausentaba. Ron suspiró y se sentó en la cama. Hermione apartó los brazos para mirarlo. Tenía que haber otro modo de confrontar la verdad y no hacerse daño en el proceso.

- ¿Qué estás intentando decirme, Ron? ¿Quieres que me vaya y olvide que te he conocido?

- No, eso no. –se apresuró a decir él.

- ¿Entonces qué? Porque eso es lo que quieren mi abuela y mi madre. –se incorporó y cogió las manos de Ron entre las suyas.- Pero no me importa lo que digan o piensen. Puedo soportarlo…mientras tú estés conmigo.

- Pero Hermione… He cometido muchos errores. Algunos realmente graves, no chiquilladas. El año pasado estuve en un correccional por orden judicial.

- Ya me lo habías dicho. Y no me importa. Aunque no lo creas, yo también he cometidos muchos errores. Y he sido infeliz la mayor parte de mi vida. Ya he perdido muchas personas, no me obligues a perderte a ti también.

Juntaron sus cabezas y cerraron los ojos.

- Lo siento. Es que…aun no me acostumbro a esto.

- ¿A que te quieran por ti mismo?

- Si.

- Ron, prométeme que nunca me dejarás. –dijo Hermione abriendo los ojos y perdiéndose en el cielo azul.- Al menos, no por miedo a lo que digan los demás. Si lo nuestro se termina, que sea porque el amor mutuo nos ha abandonado.

- Eso sería imposible. –Ron la atrajo hacia él y la besó.

- Prométemelo.

- Aun hay cosas de esa carpeta que no sabes.

- ¿Me quieres?

- Sabes que si.

- Es todo lo que necesito saber por ahora.

- Me gusta verte así. –Hermione se sentó en su regazo y él le apartó un mechón de la frente.- Fuerte y combativa.

- Me gusta pensar que así es como soy en realidad. Lo que pasa es que me conociste en horas bajas. Mi vida es una constante montaña rusa.

- Perdóname si insisto, pero en algún momento tendremos que hablar de mi carpeta amarilla. Yo tampoco quiero que nada ni nadie estropee lo nuestro. –la besó de nuevo.- Así que… ¿no te importa estar con el chico malo?

- Con el chico bueno que se cree malo, querrás decir. –rió la castaña.

- ¡Ey! Eso ha dolido. No quiero ser un chico bueno del todo.

- Puedes ser lo que quieras, pero a mi lado. –se abrazó a él y apoyó la cabeza en su hombro.- Te quiero, Ron.

El pelirrojo no dijo nada, tan solo la abrazó con más fuerza. Ojalá hubiera podido parar el tiempo en aquel instante, y quedarse allí para siempre.

- No voy a permitir que otros arruinen de nuevo mi vida. –se apartó ligeramente para mirarlo.- Sin ti todo anda mal, Ron. Te necesito a mi lado.

- Te quiero. –dijo él antes de besarla.