Hola! Parece que ha pasado una eternidad desde la última vez que actualicé esta historia. Pero aquí estoy de nuevo con el propósito de terminarla. Espero que os guste y que sigamos viéndonos por aquí. Un beso!

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Capítulo 13: Un amor despiadado.

Con el mes de diciembre llegaron las primeras nieves. Las horas de luz eran cada vez más cortas y el frío en el ambiente se notaban en las calles desoladas del muelle. Cuando subía la marea el mar se volvía impredecible y las olas chocaban contra los muros de contención con furia.

Cedric Diggory estaba como el tiempo: insoportable. Se paseaba por el instituto provocando a todo el que se cruzaba por su camino. Las cosas no habían mejorado para él con el correr del tiempo. La situación en su casa, con sus padres, era aún más tensa que antes. Tan pronto como vieron que su ruptura con Hermione era definitiva...prácticamente lo echaron de casa. No es que sus padres fueran unos desalmados, pero estaban ciertas cosas de él, cosas que él ya no podía darles. Sacaba el dinero justo para mantenerse de las peleas que ganaba para Igor Karkarov. El búlgaro, finalmente, había visto potencial en él. Gastaba casi todo su dinero en alcohol y cigarrillos. Había convertido su vida en una pendiente en constante declive.

Ya no le importaba nada ni nadie.

Así, aquella mañana después de varios avisos por ausencias injustificadas, Cedric se dignó a volver al instituto. Se sentía extraño rodeado por toda aquella gente que no dejaba de mirarlo. Pero sobretodo sentía esa clase de rabia cuando ves que el único que lleva una vida miserable eres tú. ¿Por qué simplemente no podía ser feliz como todos ellos? ¿acaso alguno de ellos sabía como era su vida? Las miradas de admiración de hacia tan silo unos meses se habían vuelto acusadoras cuando no de lástima. Las chicas que suspiraban por una mirada suya, ahora apartaban la cabeza avergonzadas. Dios, tenía que ser la caída más grande que había habido en la historia del insigne Instituto Hogwarts, pensaba Cedric.

Llegó a la cafetería, el centro neurálgico de cualquier instituto, y miró en todas direcciones. Notó como varios pares de ojos lo observaban con detenimiento. Necesitaba un trago con urgencia. Preferiblemente vodka o ginebra, no la mierda café que servían allí. ¿Cómo coño se conformaban aquellos paletos? Le temblaban las manos por la abstinencia y empezaba a notar que su cabeza se despejaba y volvía a ser totalmente consciente de la realidad.

Cedric bebía para olvidar...y peleaba para hacerse daño a si mismo.

Estas dos cosas, de un modo incomprensible y erróneo, le hacían sentirse vivo.

Entonces la vio.

Estaba sentada donde siempre, con los amigos que le había robado. Y a su lado, pasando un brazo sobre sus hombros, aquel pelirrojo. Y se reía, todos se reían. Era como si él no existiera. No, se corrigió, como si nunca hubiera existido. Por culpa de ella había perdido el amor y el respeto de sus padres. Por culpa de ella había perdido a sus amigos. Por culpa de ella había perdido su dignidad y su estatus social. Por culpa de ella se había convertido en un paria del que todos se reían a sus espaldas. Ella lo había convertido en...

Hermione tenía la culpa de que todo anduviera mal.

Y se burlaba de él...en sus propias narices.

Cedric sintió como la rabia bullía en su interior y hacia que estallara en mil pedazos. Apretó los puños a ambos lados del cuerpo y caminó hacia aquel grupo de hipócritas y malos amigos. Iba decidido, sin pensar en las consecuencias, y apenas notó que el volumen de conversaciones iba bajando a su paso. Los alumnos del instituto Hogwarts se miraban unos a otros con nerviosismo y expectación a partes iguales. La tensión de los últimos días estaba a punto de cobrarse su primera víctima. Todos contenían la respiración al tiempo que Cedric se acercaba a la que en otro tiempo fue su mesa. Algunos comentaban el cambio físico sufrido por el castaño, otros negaban con la cabeza ante la pérdida de respeto sufrida. Lo que estaba claro era que a nadie le era indiferente lo que ocurriera con los miembros de ese grupo.

Cho Chang, que acababa de entrar, se paró en seco en la puerta. No sabía qué hacer. Por un lado se preocupaba muchísimo por Cedric y odiaba ver cómo se estaba haciendo daño. Por otro lado, el castaño también la había insultado y agredido a ella, dejándole bien claro que no quería su ayuda. Miró todos los ángulos posibles dentro de la cafetería; fue como si alguien hubiera congelado la imagen. Estaba claro que nadie iba a intervenir y que aguardaban que ocurriera algo. Armándose de valor, Cho redirigió sus piernas hacia la salida: había llegado el momento de poner todo aquello en conocimiento del director de Hogwarts.

Mientras, la mesa donde estaban sentados Hermione y sus amigos ya se habían dado por aludidos. Los chicos se habían puesto en pie, dejando bien claro que si Cedric buscaba follón lo encontraría. Hermione estaba muy nerviosa; no reconocía al chico que una vez había amado en ese nuevo Cedric. Había tal dolor, tal odio en aquellos ojos que la miraban fijamente.,, Sintió como el brazo de Ron se tensaba y la agarraba con más fuerza. Lavender estaba al borde del llanto, al igual que Pansy. Tan solo Daphne parecía mantener la misma calma tensa que los chicos.

Cedric no veía a nadie más que a ella. Le importaba bien poco que estuviera rodeada de sus otrora amigos. Tan solo deseaba poder devolverle una mínima parte del dolor que ella le había infligido.

- ¿Así es como te vas a presentar a partir de ahora? Utilizas a la gente como quieres, Hermione. -escupía las palabras del mismo modo en que se escupe el veneno.- Los utilizas y luego los tiras; así han hecho siempre los Granger. Así han construido su imperio.

- Será mejor que te marches, Cedric. -dijo Cormac, siempre intentando poner paz.

- Cállate, McLaggen. Esto no va contigo; ni con nadie. Solo con ella. Deja de esconderte, Hermione.

Hermione respiró hondo y mantuvo la calma. No entendía la razón de Cedric para hacer aquello. No la había querido nunca, así que no era una rabieta de corazón roto. Tal vez ella había estado demasiado centrada en su dolor tras la muerte de Luna y en construir una nueva relación con Ron. Pero eso no le daba ningún derecho a Cedric para avergonzarla de esa manera. No le había mentido a Ron cuando le dijo que junto a él se sentía más fuerte. Además, los últimos dos meses le habían servido para madurar. Poco a poco iba asumiendo que ella tenía las riendas de su vida y que nadie tenía derecho a arrebatárselas, ya fuera en la figura de Cedric, de su madre o de su abuela.

- ¿Qué quieres, Cedric? -preguntó sin moverse de su asiento.

Notó como sus amigos giraban sus cabezas para mirarla. Los había sorprendido, igual que a Cedric. Lo notaba en su rostro, en cómo sus ojos azules se habían agrandado, en cómo un rictus extraño había aparecido en su rostro. Era la visión distorsionada de un muñeco.

- Te ha crecido la lengua, Hermione. Esa es la que yo conozco, no la niña tonta que quiere compensar su fortuna botando la pelota los sábados por la mañana y siendo la primera de la clase a base de memorizar frases sin sentido. Esa no eres tú, Hermione. -conforme fue hablando se había ido acercando a la mesa y había terminado apoyando ambas manos en la superficie de madera.

Ron, que hasta el momento se había mantenido sentado, se levantó. Era más alto y corpulento que Cedric, y estaba más avezado en el juego sucio, claro que eso no lo sabía nadie de los que estaban allí. No le estaba gustando nada los derroteros que estaba tomando aquella "conversación". Tenía que reconocer que se había vuelto sobreprotector para con Hermione durante el último mes. Pero sabía que Hermione también quería librar sus propias guerras, sobretodo aquellas que tenían que ver con Cedric o con su familia.

- Vete, Cedric. No hagas más el ridículo, tío. -dijo Blaise cruzándose de brazos.

- Joder, Zabini, has crecido y todo. Te felicito, tío. Solo has tenido que esperar seis años para que se den cuenta de que existes. Bravo. -Cedric carcajeó y aplaudió a la vez.

- Diggory, haz lo que te han dicho. -intervino Draco levantando el brazo para apartar a Cedric de la mesa, pero el castaño se lo impidió bloqueándole el paso.

- ¿Si no qué? ¿Vais a pegarme? Adelante, ya veremos quién gana. -Cedric se arremangó el jersey de manga larga.- No os tengo miedo a ninguno. Va, venga. ¿Quién quiere empezar? -miró a los chicos.- ¿Nadie? Qué extraño embrujo ejerces sobre todos ellos, eh Hermione. Todos dispuestos a salvarte el pellejo. Pero ellos no te conocen como yo.

- Ya está bien, Cedric. -exclamó Daphne levantando la voz.

- La que faltaba. ¿Ya te has aclarado, Daphne? ¿Eres un chico o una chica?

Daphne dio un paso al frente dispuesta a encararse con Cedric. Pero Draco se le adelantó y le dio un puñetazo al castaño. Cedric se llevó una mano al labio sangrante y se carcajeó.

- Puedes hacerlo mejor, Malfoy. -se volvió hacia Daphne y añadió.- Pero si te ha salido un caballero de la brillante armadura. Esto si que no me lo esperaba.

Hermione se levantó, harta de que su exnovio estuviera insultando a todos sus amigos cuando realmente lo que quería era enfrentarse a ella. Dio un suave apretón al brazo de Ron, instándole a que se mantuviera en calma. Se puso ambas manos sobre las caderas y levantó la cabeza para mirar a Cedric. Sus ojos dorados se encontraron con los azules de él y sintió pura pena.

- ¿En qué te has convertido, Cedric? Mira a tu alrededor... Es hora de que te marches. Ya no tienes nada que hacer aquí.

- ¡Eres una zorra y una hija de la gran puta! Por tu culpa me he quedado sin nada. ¿Y tienes la ironía de preguntarme en qué me he convertido? Soy lo que tú has creado, tu prometeo moderno.

- Márchate, Cedric. -insistió Hermione.

- ¡Quiero que me devuelvas lo que es mío, Hermione! ¡Quiero que todas las personas que están aquí sepan la clase de persona que eres! ¡Eres una puta sin escrúpulos, una zorra egoísta e insignificante!

Ron no se pudo contener más. Le había prometido a Hermione con la mirada que se mantendría al margen, pero ya había llegado al límite. Nadie insultaba a su chica de esa manera y quedaba indemne. Iba a borrarle esa estúpida sonrisa de la cara. Avanzó rápido desde detrás de la mesa y le lanzó un gancho de derecha que hizo que Cedric se tambaleara. A Ron no le hacía falta remangarse las mangas del jersey para darle una paliza a ese miserable. Sacó a flote al macarra que había encerrado al llegar a Plymouth y sin darle tiempo a reaccionar, le arreó nuevamente estrellando su puño contra la nariz del castaño.

Cedric se cayó al suelo pero enseguida se levantó, apartó la sangre de un manotazo y clavó sus ojos inyectados de odio en el pelirrojo. Él era otro de los culpables de su situación. Desde que llegó a Plymouth todo había ido de mal en peor. Le había robado a su chica, su puesto en el equipo de fútbol y hasta a sus amigos. Reunió parte de ese odio y esa rabia y se lanzó hacia Ron.

El ambiente empezó a caldearse y la gente dejó de mantenerse en silencio y estáticos en sus asientos. Comenzaron a jalear emocionados porque las palabras habían dejado paso a las acciones. Los puñetazos volaban, se intercambiaban insultos y patadas por igual. Pero al final, Ron se hizo valer de su corpulencia y arrinconó a Cedric contra el suelo.

- ¡Deténganse ahora mismo! ¡Señor Weasley, señor Diggory a mi despacho! ¡Y el resto a sus clases! -dijo el director de Hogwarts desde la puerta de la cafetería y con la reprobación pintada en sus ojos azules.

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Daphne esperaba a que Draco terminase el entrenamiento de fútbol. Estaba sentada en las gradas, con los apuntes sobre las rodillas. Algo inútil teniendo en cuenta que no había podido concentrarse después de lo ocurrido en la cafetería esa mañana. Aún se sentía mal por el modo en que se habían desarrollado las cosas. Y porqué no decirlo: por el estado de Cedric. Se había quedado impresionada. Ya no se parecía en nada al chico con el que había compartido risas, fiestas y juegos durante los últimos seis años. Pero también se había sentido orgullosa de Hermione y del modo en que había manejado la situación. Se dijo que a menudo tienen que pasar cosas malas para que nos demos cuenta de lo que arriesgamos, de lo que perdemos, de lo que queremos.

Guardó los apuntes en la mochila y se puso las gafas de sol. En el campo de juego los chicos corrían de un lado a otro y se pasaban el balón según las indicaciones a gritos del entrenador. Cruzó las piernas y se reclinó hacia atrás, apoyando la espalda en el escalón de atrás. Como era una chica sana, una deportista nata, ni fumaba ni bebía. Pero hoy habría dado cualquier cosa por cambiar ese hecho. Suspiró con frustración y en su lugar rebuscó un chicle en su mochila y de paso sacó su ipod colocándose los auriculares en los oídos. Necesitaba desconectar como fuera de sus pensamientos, que una y otra vez volvían sobre la misma persona.

Draco Malfoy.

Era la segunda vez que el rubio la había hecho sentir como una chica de verdad, una por la que merecía la pena meterse en peleas. No es que ella necesitara que nadie librase sus batallas, no era ninguna damisela en apuros, pero había sido bonito. Y había hecho que su corazón saltase y las mariposas volvieran a aposentarse en su estómago. No había vuelto a hablar con Draco desde su conversación en el cuarto de baño de las chicas de la semana anterior. No sabía cómo el rubio había averiguado que necesitaba tiempo y espacio para digerir sus palabras, pero se lo agradecía.

No todos los días un chico le decía a una chica que le gustaba.

O al menos eso no ocurría en el mundo de Daphne Greengrass.

Y a pesar de ello, había pasado.

Daphne cerró los ojos y se concentró en la música de Gin Wigmore, una cantante neozelandesa que había descubierto recientemente. Le gustaba su voz rasposa, sus melodías dulces y sus letras, aunque a veces le hicieran pensar más de la cuenta. Pero era una buena compañera para abstraerse del mundo o simplemente para hacer los deberes. Tanto pensar en Draco le estaba provocando dolor de cabeza.

Lo que ignoraba era que si bien había estado mirando a Draco durante todo el entrenamiento, ella también había sido objeto de observación. Su figura solitaria en las gradas no le había pasado desapercibida al rubio. Es más, se había ganado un par de reprimendas por parte del entrenador por su falta de concentración. No había esperado verla después del incidente de la cafetería, pero una vez más Daphne había conseguido sorprenderlo.

Se despidió de sus compañeros nada más terminar, ignorando sus proposiciones de ir a tomar algo al muelle. Cogió su mochila del suelo y emprendió el camino hacia las gradas. El sol de media tarde arrancaba destellos plateados de su cabello rubio y se pasó una mano por la frente para quitarse el sudor. Aunque no lo dejara entrever, él también estaba aterrorizado por como sus sentimientos con respecto a Daphne iban aumentando. Siempre se había privado muy mucho de no "pillarse" con ninguna chica. Era un Malfoy, se suponía que ellos estaban por encima de una cosa tan mundana como el amor.

Pero esa mañana, cuando Cedric había insultado a Daphne delante de todo el instituto, había sentido una rabia tan inmensa como nunca antes.

No soportaba que nadie se metiera con la personalidad de Daphne.

Ella era perfecta tal y como era.

Tragó saliva cuando sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Estaba a los pies de las escaleras de las gradas. La castaña seguía sentada en su reducto de soledad y no daba muestras de reconocer su presencia. Se le hacía un poco complicado adivinar hacia donde miraban sus ojos azules detrás de las gafas de sol, pero si tenía que apostar diría que los tenía cerrados. Era la única explicación a por qué él se sentía como un pez fuera del agua y ella seguía manteniendo una postura serena, tranquila. Se sentó en el banquillo de la grada junto a ella y se tomó su tiempo para observarla. Era curioso como cambiaba su expresión cuando estaba relajada. Volvía a llevar el cabello recogido en una coleta, sin nada de maquillaje ni pendientes. Pantalones tejanos, un jersey gris de manga larga y unas deportivas azules completaban su atuendo. Pero Draco se concentró en su pecho, en como subía y bajaba al compás de su respiración.

Sin lugar a dudas, aquella chica era una entre un millón.

Sintió ganas de besarla allí mismo, pero se contuvo. Lo último que quería era volver a asustarla. Así que en su lugar, apoyó su mano contra la rodilla de ella y apretó ligeramente. El cambio en la postura de Daphne fue inmediato. Se movió como si le hubiera dado una descarga eléctrica. En su nerviosismo se puso de pie de un salto y perdió las gafas de sol. Draco la miró enarcando una ceja y respiró hondo. El corazón de Daphne comenzó a latir tan apresuradamente que estaba segura de que Draco lo escucharía en cualquier momento. Se pasó los auriculares de los oídos y apagó el ipod, retrasando el momento en que tuviera que volver a mirarlo. Draco palmeó el banco a su lado invitándola a que volviera a sentarse. Daphne miró a su alrededor, mordiéndose el lateral del labio inferior. Enrolló el cable de los auriculares y se dejó caer lentamente sobre el asiento. Llevaba todo el día esperando para hablar con él. Y justo ahora, sentía como si un hechizo le hubiera arrebatado esa capacidad.

- Me has asustado. -dijo Daphne para ganar tiempo.

- Lo siento, creía que me estabas mirando. -Draco sonrió al ver como conseguía que ella se sonrojara.- Ha sido un día intenso, ¿eh?

- Si. -Daphne cogió su mochila y se la puso en el regazo. Llegado el momento de la verdad, no sabía muy bien por qué se había quedado a esperarlo ni qué quería o se suponía que tenía que decirle.

- ¿Quieres ir a tomar algo? -propuso Draco.

- No. Tengo que volver a casa. Los deberes; y quiero practicar un poco en la canasta. Con todo lo ocurrido los últimos meses parece que nos hemos olvidado del equipo.

Al ver que ella no ponía de su parte, fue Draco, una vez más, el que dio el primer paso.

- ¿Qué haces aquí, Daphne? La verdad.

La castaña movió la cabeza para mirarlo. Podría haberse inventado muchas verdades pero su presencia a su lado le impedía pensar con la rapidez necesaria. Se entretuvo jugando con las hebillas de su mochila. Aquello se le estaba haciendo muy cuesta arriba. No entendía cómo había chicas que podían flirtear, ser coquetas y encandilar a un chico con solo chasquear los dedos o batir las pestañas. Ella nunca había sido así, y no iba a empezar ahora a serlo. Los latidos de su corazón la ponían nerviosa, el cuerpo de Draco tan cerca del suyo la ponía nerviosa, la sonrisa ladeada del rubio la ponía nerviosa.

Daphne Greengrass era un manojo de nervios a punto de descomponerse.

Tenía que ser más valiente, se dijo. Afrontar aquel momento del mismo modo resulto con que afrontaba el resto de cuestiones de su vida. Respiró hondo y entreabrió los labios. Si algo le había enseñado el incidente con Cedric, era que no quería terminar como él: amargado y sin amigos. Levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.

La vulnerabilidad que había en ellos encogió el corazón de Draco.

Daphne cerró los ojos brevemente y musitó algo entre dientes.

Cuando volvió a abrirlos, acercó su rostro al de Draco y lo besó.

Fue un beso corto, casi de niño pequeño. Y accidentado; Daphne seguía sin controlar el ángulo adecuado para que su nariz no chocara todo el rato contra la de él. Pero fue suficiente. Cuando se separaron, Draco tenía una sonrisa en la cara y Daphne estaba sonrojada.

- Esa ha sido una buena respuesta. -dijo el rubio.

Y esta vez, Daphne también sonrió y se volvieron a besar.

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Ron Weasley parasitaba relajado tumbado en su cama. Eran las once de la mañana de un sábado soleado. Bella dormitaba a sus pies, a pesar de que tenía un cuco mullido en una esquina de la habitación. Al fin, el día anterior se había decidido a llevar a la perrita a casa. Ya barruntaba que se llevaría una buena bronca por lo ocurrido en el instituto, así que... ¿por qué no matar dos pájaros de un tiro? Se comió la bronca y la decepción pintada en los ojos de sus padres. De nada habían servido los intentos de su hermana de explicar lo ocurrido. Lo único cierto era que Ron y Cedric habían sido expulsados del instituto durante una semana por un comportamiento inaceptable, en palabras del director.

Era mejor así, se dijo, puesto que volvería a actuar de la misma manera si se cruzara con Cedric Diggory por los pasillos.

Se llevó una mano hasta el moretón que cubría su mejilla izquierda y se había extendido hasta el ojo. No era tanto el dolor físico como el pinchazo en su orgullo. Al fin y al cabo, Blaise, Cormac y Draco habían tenido que apartarlo del castaño antes de que le reventara la cara a puñetazos. Había sido como una subida de adrenalina el volver a sacar su lado más pendenciero. Y se había sentido fantástico después viendo cómo se llevaban a Cedric hasta la enfermería.

Su bravuconería le había valido también quedarse castigado el fin de semana sin salir, llevar a cabo una interminable lista de tareas domésticas y la confiscación de su teléfono móvil, el portátil, el ipad y la videoconsola. Así que estaba atrapado con nada más que hacer que mirar al techo mientras pensaba en Hermione. Le había sorprendido lo bien que había llevado la situación, lo tranquila y serena que se había mostrado. Aquella no era la chica frágil que se había pasado gran parte del mes anterior llorando entre sus brazos. Había podido comunicarse con ella gracias a su hermana. Ginny iba y venía con pequeñas notas escritas a mano. Para Ron había sido muy importante confirmar como se sentía la castaña. Al fin y al cabo, él se había metido en una guerra que no era la suya.

Charlie "trueno" Weasley apareció en la puerta de la habitación de su hermano pequeño. Se trataba de un hombre joven, alto y bien parecido. De todos los hermanos Weasley, eran los que más se parecían a pesar de que les separaban diez años. También era el único de los mayores que no había querido seguir los pasos de su padre en el mundo de la medicina. Era un famoso jugador de baloncesto que levantaba pasiones allá donde fuera. Pero en ese momento, todo aquello no tenía importancia. Había acudido presuroso tras recibir la llamada llorosa de su madre. Ron había vuelto a meterse en problemas. Él ya había vivido en primera fila lo ocurrido en Londres y haría todo lo posible por reconducir la situación. Aporreó ligeramente la puerta llamando la atención del pelirrojo tumbado en la cama.

- Ey, chaval. -saludó entrando y tomando asiento en un lateral de la cama. Enarcó una ceja al ver al animalillo y le pasó una mano por el lomo.- ¿Cómo va la cosa?

Ron luchó contra su primera reacción que le instaba a levantarse y darle un abrazo a su hermano. En su lugar, compuso una mueca disconforme y cruzó los brazos encima del pecho negándose a mirarlo. Tenía que haberlo sospechado, se dijo suspirando con resignación. Desde que salió del reformatorio sus padres lo habían vigilado como si fuera una bomba a punto de estallar. Y su pelea con Cedric Diggory era el detonante perfecto para llamar a los refuerzos. Pero él había cambiado; Hermione le había cambiado.

¿Qué se suponía que debía de hacer ahora?

¿Pasarse toda la mañana del sábado convenciendo a su hermano de ello?

- ¿A qué has venido, Charlie?

- ¿No puedo simplemente visitar a mi hermano favorito? -Charlie le ofreció una sonrisa que pretendía ser conciliadora.

- Puedes, pero ambos sabemos que no es el caso. ¿Quién te llamó, él o ella?

- Él o ella son tus padres, Ronald. Un poco más de respeto por tu parte sería fantástico.

- Si, si, lo que sea.

- Escucha, no he venido hasta aquí para discutir contigo.

- Pues no lo parece.

- A lo mejor se debe a esa actitud tan a la defensiva con la que me has recibido.

- Lo siento. -concedió finalmente Ron.- Pero te equivocas; todos os equivocáis.

- Mira ron, yo no sé mucho de vuestra vida aquí. Pero no me esperaba que te metieras en una pelea en tu nuevo instituto. Ron, creía que habíamos hecho un trato.

- ¿Sabes por qué fue la pelea? ¿Alguno de vosotros me lo ha preguntado?

- No. Pero ninguna situación justifica el empleo de la violencia.

- ¿Violencia? Solo fueron un par de puñetazos. -rió Ron incrédulo.

- Ron...

- Mira, no hay nada de lo que preocuparse. No voy a volver a mi etapa autodestructiva.

- Me alegra saberlo.

- Todo habría sido mucho más fácil si me hubieran dejado explicarme.

- Yo te escucho ahora.

- Se trata de una chica. Fue para defenderla de las agresiones verbales de su exnovio. -resumió el pelirrojo sin mirar a su hermano.

- ¿Y esa chica es tu novia ahora? ¿O solo una amiga?

- Bueno, algo así.

- Hmmm, te han atrapado bien.

- Más bien fue al revés. Yo la atrapé a ella.

- Me sorprendes, Ron.

- Ya te he dicho que no tengo pensado volver a las andadas. He cambiado, aunque ninguno de vosotros me creáis.

- Yo te creo, hermano, -le dio un apretón en la rodilla.- ¿Quieres que echemos unas canastas? ¿O piensas quedarte ahí tirado todo el fin de semana?

- Vamos. -dijo Ron levantándose y abrazando a su hermano.

- Algún día tendrás que presentarme a esa chica, eh.

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Pansy se paseaba de un lado a otro bajo la atenta mirada de su novio. Después de lo ocurrido el día anterior, aquella situación se estaba volviendo insostenible. Cedric era un huracán que amenazaba con tumbarlos a todos. A sus oídos habían llegado las peleas ilegales a las que se estaba dedicando; así como los rumores de que sus propios padres le habían echado de casa. Pero nada de aquello justificaba la actitud de Cedric para con ellos y en especial para con Hermione. Había convocado una nueva reunión del grupo para tratar la situación y ver qué podían hacer. Cormac estaba sentado en un banco del parque donde jugaba su hermana. Sus padres tenían un evento importante y a él no le había quedado más remedio que llevarse a Birdie con ellos. La pequeña de seis años se columpiaba tranquilamente mientras observaba a su hermano y a Pansy.

- Pans, siéntate. Vas a hacer un agujero en la tierra. -dijo Cormac con su tono sereno y pausado habitual. Se pasó una mano por el cabello castaño alborotándolo.- No van a llegar antes provocando que te de un ataque cardíaco.

- Esto es serio, Cormac. Ya no se trata de nosotros. ¿Es que no viste el estado de Cedric? Le está pasando algo y... Nosotros éramos sus amigos hace no mucho y deberíamos ayudarle.

- ¿Ayudar a quién? -preguntó Blaise bajando la cuesta acompañado de Lavender. Se sentó en el banco al lado de Cormac mientras la rubia saludaba a su amiga.

- Cedric.

- A ese cabrón ni lo nombres. -dijo apretando las manos en sendos puños. Él mismo se había quedado con las ganas de pegar al castaño.

- ¡Pansy, Pansy! ¡Mira que alto subo! -gritó Birdie desde el columpio.

- Ten cuidado, cielo. -respondió la castaña dándose la vuelta para mirarla.

Fue entonces que sus ojos repararon en la figura que se acercaba desde la otra punta del parque. Era Hermione, que caminaba tranquila pero decidida, con la mente despejada y el alma en calma. Pansy abrazó a su mejor amiga cuando esta llegó a su lado. Al mismo tiempo, siguiendo el camino de Blaise y Lavender, llegaron Draco y Daphne. Si a alguno le extrañó que vinieran juntos, nadie dijo nada.

- ¿Qué pasa, Pans? -preguntó Daphne tan pronto como llegó a la altura de los demás. Se dejó caer en el banco junto a Cormac y Blaise.

- Al parecer todo esto es por Cedric. -dijo este último.

Hermione se volvió hacia su amiga con el desconcierto pintado en su rostro.

- ¿Dónde está Ron? -preguntó Cormac para darle tiempo a su novia.- Creía que vendría contigo, ahora que es de la pandilla y eso. -añadió mirando a Hermione.

- Está castigado sin salir todo el fin de semana. -compartió frunciendo el ceño.- Al parecer a sus padres no les hizo ninguna gracia que se metiera en una pelea y lo expulsaran.

- Pero fue para defenderte. -dijo Lavender.

- No creo que eso les importe mucho a sus padres.

- Pues es injusto. -insistió la rubia.

- Bueno, volvamos al tema que nos ocupa. -interrumpió Blaise con impaciencia.- ¿Por qué quieres hablar de ese indeseable, Parkinson?

Hermione miró a la morena.

- Cedric no está bien. -dijo esta a modo de respuesta.

- ¿Qué? ¿Para eso nos has hecho venir hasta aquí? -preguntó Daphne indignada. Se levantó y miró directamente a Pansy de manera acusadora.- Yo me voy.

- Siéntate, Daph. -dijo Draco usando un tono más dulce del habitual. De nuevo, si a alguien le pareció extraño, no dijo nada.

Que la relación entre Draco y Daphne había cambiado era más que evidente. Pero si ellos no querían decir nada, no iban a ser sus amigos los que les hicieran sentir incómodos.

- Pansy tiene razón. -dijo Cormac.- Algo habrá que podamos hacer.

- ¿Cómo qué? -preguntó Blaise.- ¿Denunciar a la policía lo de las peleas ilegales? ¿Denunciar a las autoridades que es un menor al que sus padres han echado de casa?

- Algo así, si funciona. -afirmó Pansy con angustia.

- Pero no va a funcionar. -dijo Draco.- Todos conocemos a Cedric.

- No creo que lo conozcamos más. -opinó Lavender. Conocíamos al antiguo Cedric.

- Este es una bestia completamente diferente. -dijo Daphne que había vuelto a su sitio en el banco.

- ¿Entonces qué hacemos? -insistió Cormac.

Todos se miraron los unos a los otros y guardaron silencio.

Hermione sentía que la responsabilidad recaía sobre ella con el peso de una lápida. No en vano, Cedric había sido su novio y había comenzado esa espiral de autodestrucción cuando ella le había dejado. Sin embargo, al mismo tiempo, ella ya no era la misma persona que a comienzos de curso. Y era ese nuevo "yo" precisamente el que le impedía hacer cualquier movimiento en favor del castaño. No pretendía vengarse de él ni nada por el estilo, pero había llegado al punto en que Cedric Diggory había dejado de existir para ella.

- No hacemos nada. -dijo al fin ganándose miradas de sorpresa.- No es nuestra responsabilidad. Nosotros mismos no somos más que un grupo de menores sin poder alguno. Cedric ha escogido su propio camino, os sugiero que hagáis lo mismo.

- Pero Hermione...

- No, Pans. Hermione tiene razón. -dijo Daphne viendo la oportunidad perfecta para marcharse de allí.- Nosotros no podemos hacer nada por él.

- Pero...

- No insistas, Pansy. -dijo Draco.- Cedric está solo en esto.

- Lo siento pero no lo siento. -terminó Hermione y todos asintieron.

Uno a uno o en parejas se fueron marchando, la castaña la primera, hasta que volvieron a quedar Pansy y Cormac y la hermana de este. El chico se levantó y rodeó la cintura de su novia con los brazos.

- Siento que no haya salido como tú querías. Aunque no sé bien bien qué esperabas.

- Yo tampoco. Pero, ¿no crees que Hermione ha sido demasiado dura?

- Creo que Hermione ha sufrido demasiado por culpa de Cedric y que ahora se ha liberado.

- Puede que tengas razón.

- Yo siempre la tengo, cielo. -dijo Cormac haciendo reír a su novia.

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El domingo amaneció lloviendo y así se mantuvo durante toda la mañana. Ginny Weasley se apartó de la ventana con el semblante serio. Había tenido que cancelar su cita con Harry y realmente le había fastidiado. Llevaba semanas esperando esa visita al delfinario. Después de lo ocurrido el viernes en el instituto, necesitaba salir de casa y de su ambiente enrarecido. Su hermano Ron no era buena compañía y sus padres mantenían una tensa calma. Por eso había esperado con tanta ilusión la cita con Harry; llegaba en el momento oportuno. Pero ahora por culpa del estúpido tiempo se había quedado compuesta y sin salir.

Se dejó caer en el sofá con las manos cruzadas sobre el pecho.

¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

Sospesó la idea de llamar a Harry y decirle que fueran a cualquier otro sitio, pero tras mirar una segunda vez por la ventana, descartó la idea. En pocos minutos la lluvia se había convertido en un auténtico aguacero. Suspiró con resignación y encendió la televisión. Hizo zapping durante diez minutos hasta que agotó todas las cadenas. No encontró nada interesante y volvió a apagarla. Sacó su móvil del bolsillo del pantalón y revisó los últimos mensajes: Hermione le daba las gracias por haber hecho de mensajera entre ella y su hermano, Parvati le hacía una pregunta sobre el trabajo de ciencias que tenían que entregar la semana siguiente, Daphne le recordaba el horario de su próximo entrenamiento, y al fin, Harry le escribía para hacer patente lo que ella ya sabía.

Ginny decidió que si no iba a salir, aprovecharía la mañana para hacer el dichoso trabajo de ciencias que aún no había comenzado. Pero antes de que pudiera llegar a la escalera, llamaron a la puerta. No supo de dónde salió la perrita de Ron, que se puso a ladrar delante de la puerta principal. Cuando Ginny la abrió, se quedó con la boca abierta. No esperaba verlo al otro lado de la puerta. ¡Si acababan de hablar y él no le había dicho nada!

- ¡Harry! -exclamó echándole los brazos al cuello.- ¿Qué haces aquí?

- Visitar a mi novia. -dijo el chico bajando la cabeza para besarla en los labios.- Siento que hayamos tenido que cancelar la visita al delfinario.

- Maldito tiempo.

- ¿Y esta preciosidad quién es? -preguntó Harry agachándose para rascar al animal detrás de las orejas. Bella movió el rabo contenta y dejó de ladrar.

- La perra de Ron. -contestó Ginny cerrando la puerta y dejando el diluvio fuera. Se dio la vuelta para mirar a Harry.- ¿Te has mojado mucho?

- No es nada. Solo un poco de humedad.

- No tenías que haber venido. Vas a pillar un resfriado.

- Que va. -dijo Harry quitándole importancia.

- Bueno, tampoco voy a mentirte. Me alegra que estés aquí. -dijo Ginny abrazándolo por la cintura.- Me has salvado de un domingo sumamente aburrido.

- ¿Ah si? ¿Y qué crees que deberíamos hacer para pasar el rato? -preguntó Harry con una sonrisa coqueta.

- Algo se nos ocurrirá. -contestó Ginny tirando de su mano y guiándolo hasta el sofá de salón.

- ¿Dónde están todos?

- Papá y mamá han salido; Ron está encerrado en su habitación. Aún está enfadado por lo que ocurrió en el instituto con ese otro chico.

- Ya. He oído que las cosas se caldearon un poco. -dijo Harry que no había estado presente en la cafetería cuando ocurrió el incidente.

- Eso es quedarse corto. Pero no quiero seguir hablando de mi hermano ni de nadie más. -dijo Ginny sentándose a horcajadas sobre Harry.- Ya he encontrado algo en lo que ocupar nuestro tiempo.

No le dio tiempo a Harry a contestar, puesto que acto seguido lo besó. El chico, cogido por sorpresa, tardó unos segundos en responder. Ginny aprovechó esos momentos de vacilación para encajarse mejor en el regazo del chico y pasarle los brazos por el cuello. Su mirada marrón se encontró con los ojos verdes de él y ladeó la cabeza mordiéndose el labio inferior. Harry, ya completamente espabilado, llevó sus manos hasta la espalda de la pelirroja y las fue bajando lentamente hasta el sur.

- Te he echado de menos. -dijo Ginny tomando aire,

- Solo ha pasado un día. -Harry le dio un beso en la punta de la nariz.

- A mi me ha parecido una eternidad.

Se volvieron a besar, esta vez con más ganas, pasión y urgencia. Tan concentrados estaban en su intercambio que no se dieron cuenta de que habían dejado de estar solos en el salón. Ron Weasley había bajado alertado por los ladridos de Bella, y lo último que esperaba encontrarse era a su hermana pequeña pegándose el lote con su novio. Con una mueca de disgusto en el rostro, se acercó a la pareja.

- ¡Ey! ¡A ver qué haces con mi hermana, Potter!

Harry enseguida rompió el beso y apartó las manos del cuerpo de Ginny. Intentó bajarla de su regazo, pero ella no se lo permitió. Giró medio cuerpo y miró a su hermano con una expresión clavada a la de su madre cuando se cabreaba. Y todo el mundo sabía que había que mantenerse alejado de una mujer Weasley cabreada. Quizás por eso sólo habían dos en la familia, pensó el pelirrojo.

- Piérdete, Ron. -le espetó apretando los dientes.

- Las manos donde yo pueda verlas, Potter. -insistió Ron mientras se sentaba en un sillón y encendía la televisión.

- No me jodas, Ron. -exclamó Ginny saliendo de encima de Harry. El moreno tenía el rostro como un tomate y no sabía hacia donde mirar.- ¿De verdad tienes que estar aquí? Vete, Ron.

- Estoy muy bien aquí, gracias. -dijo el pelirrojo sin apartar los ojos de la televisión.

- Muy bien, -dijo Ginny levantándose y tirando de Harry.- Vamos, Harry. Subamos a mi habitación.

- Ginny...-comenzó a decir el moreno.

- Ah no. No te pases de la raya, Ginevra. -dijo Ron soltando el mando y volviéndose hacia su hermana.- Solo tienes dieciséis años.

- Mira Ron, sé que estás enfadado por lo ocurrido el viernes, por el castigo de papá y mamá y porque llevas todo el fin de semana sin poder ver a Hermione. Pero no me eches a mi tu mierda. Yo no tengo la culpa.

Ron se quedó con la boca abierta viendo como Harry y Ginny subían a la habitación de la chica. Bella ladró para llamar la atención de su dueño y saltó sobre su regazo.

- Parece que volvemos a ser tu y yo. -dijo el pelirrojo suspirando.

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Hermione estaba tumbada en su cama con un libro olvidado a sus pies. Por mucho que lo intentase no conseguía concentrarse. La reunión del día anterior con el grupo le había dado muchas cosas en las que pensar. ¿Había hecho bien en negarse a ayudar a Cedric? En el fondo sabía que la respuesta era positiva, pero...no dejaba de ser descorazonador. El castaño era una persona a la que ella había querido en su momento. Tal vez su desazón y su falta de perspectiva se debía a que no había visto a Ron en todo el fin de semana. Lo echaba de menos a él y al refugio que le proporcionaban sus brazos.

Era increíble cómo en tan poco tiempo el pelirrojo había podido darle algo que nadie más podía.

Ese no sentirse juzgada en ningún momento.

Esa seguridad de poder se ella misma sin máscaras ninguna.

Estaba segura de que Ron la apoyaría en su decisión y vería las cosas como ella. Él le proporcionaría la paz de espíritu que se había visto tambaleada.

Se levantó de la cama con un suspiro y miró el reloj: las 11:35.

Ya iba siendo hora de dar por concluido el día.

Se acercó a la ventana como todas las noches con la fiel intención de bajar las persianas. Pero cuando distinguió luz en la casa de al lado, fue como si las horas se detuvieran. Se llevó una mano a la boca y la otra al corazón. Tenía ganas de reír y llorar a la vez. ¡Qué tonta!, se dijo. Se había pasado toda la tarde pensando en él y ahora comprobaba que ella también había sido la protagonista de los pensamientos de él. Porque al otro lado de la valla del jardín, en el cristal de la ventana del pelirrojo había pegado un mensaje para ella.

"Tengo ganas de tres cosas: verte, abrazarte y besarte."

Hermione sintió ganas de bajar corriendo, ignorar el castigo de los padres de él, subir hasta su habitación y hacer realidad sus deseos. Pero se contuvo. Tampoco pudo mandarle ningún mensaje puesto que Ron había perdido también su teléfono móvil. Se quedó quieta durante unos minutos, con la esperanza de poder verlo junto al cristal.

- ¿Crees que podría hacer las tres cosas a la vez? -preguntó una voz a sus espaldas.

- ¡Ron! -gritó mientras corría y se estrellaba contra sus brazos.- ¿Qué haces aquí? Creía que estabas castigado.

- Y lo estoy. Pero Ginny me cubre las espaldas. Tiene sus ventajas eso de esconderles a tus padres que su hija pequeña se ha pasado toda la mañana pegándose el lote con su novio en su habitación. -dijo el pelirrojo guiñándole un ojo.

- Oh, Ron. -exclamó ella enlazando las manos en su nuca y jugueteando con el cabello de él.

- Umm, te estoy viendo, te estoy abrazando, pero aún no te he besado.

- Ja, pues habrá que ponerle remedio a eso. -dijo Hermione poniéndose de puntillas para besarlo.

Ron sonrió apartando el cabello castaño de la cara de ella y cogiéndola en brazos. Hermione enrolló sus piernas alrededor de la cintura del pelirrojo y profundizó el beso. Él dio unos pasos tambaleantes hasta la cama de la chica y se dejó caer quedando ella debajo. Siguieron besándose como si hiciera una eternidad que no se veían y tocaban. Hermione abrió los ojos para mirar los azules de Ron y pensó que había muchas clases de amor.

Estaba ese amor juvenil que nos hace sentir menos solos.

Ese amor incierto que nos provoca mariposas en el estómago.

Ese amor platónico que nos produce melancolía.

Ese amor intenso que nos cambia la vida en un instante.

Ese amor más maduro que nos hace sentir que hemos encontrado a nuestro compañero de viaje.

Y estaba ese amor despiadado que saca lo peor de nosotros, como le había pasado a Cedric.

Todavía no sabía en qué categoría incluir lo que sentía por Ron, pero definitivamente nunca había sentido por nadie lo que sentía por él.