Capítulo 3: Día de la Madre

Aquellos días eran atareados en la skool, profesores y alumnos se encontraban ocupados por la celebración del día de la madre. Las decoraciones, bocadillos y la obra escolar eran las tareas que más tiempo les tomaba.

En las paredes podían verse algunos listones colgando. Los salones se encontraban vacíos ya que los estudiantes se encontraban en el salón de eventos trabajando con las decoraciones y afinando los últimos detalles.

Con el día de la madre tan cerca los nervios estaban a flor de piel. Deberían esforzarse más si deseaban terminar a tiempo. La profesora Bitters les había prometido mucho dolor si algo salía mal y ella siempre cumplía lo que decía.

Aquel año presentarían "Tres días para la perdición" sugerencia y única opción de la señorita Bitters, algo que a nadie debía sorprender a pesar de no ser la opción más acorde con la ocasión. Y aunque muchos querían algo más acorde a la celebración, nadie dijo nada.

—Dib no debería estar aquí, son los preparativos para el día de la madre y él no tiene una —comentó Zita a la vez que cortaba unos listones, temerosa que las excentricidades de su compañero de clases arruinara el evento.

—De hecho sí tengo y está viva —había dicho de pronto Dib tomando a todos sus compañeros por sorpresa —, de hecho ella vendrá este año para el día de la madre.

—¿Por qué nunca viene a las reuniones de padres y maestros? ¿Por qué nadie la ha visto antes? Me parece que son inventos tuyos.

—Porque está en el extranjero, es una mujer ocupada, pero está viva, Gaz y yo la llamamos al final de cada mes.

—¿La señora de Membrana vive? —preguntó un estudiante al fondo del salón.

—Es lo que dije —respondió Dib con evidente cansancio —, y ese no es su apellido, están divorciados.

—Tu familia sí que es rara.

—De hecho los divorcios son bastante comunes, los padres robot no ¿no lo crees, Zim?

—¡Mientes! —gritó Zim —. Las unidades paternas de Zim son tan humanas como las de cualquier sucio niño terrícola. Y no están separados.

—Sabes que no es cierto.

—No deberías molestar a alguien por sus padres —le reprendió Zita molesta para luego agregar —. Además tenemos trabajo pendiente.

—Zim tiene razón, Dib es muy raro.

Aquellas palabras hicieron reaccionar a Dib, aunque no deseaba dejar ganar a Zim en ese momento tenía una nueva prioridad, aquel año debía ser especial, su madre estaría presente por primera vez para la celebración del día de las madres.

—Para ahorrar gastos se ha llegado a una conclusión, el día de la madre se hará en grupos de dos, ustedes colaboraran con los alumnos de menor grado, algo que considero absurdo y que solo traerá perdición.

Un escalofrío recorrió a Dib, trabajar con Gaz era tétrico, más cuando se involucraba a su madre. No dudaba que cualquier error, por más pequeño que fuera tendría grandes consecuencias. Al parecer Zim opinaba lo mismo, el hecho de que estuviera callado era evidencia de ello.

A los pocos minutos los estudiantes que faltaban hicieron acto de aparición, la última en aparecer fue Gaz quien curiosamente había dejado de lado su Game Slave 2 al entrar.

Zita fue la primera en recibirlos, ella se había auto nombrado la líder del grupo y se había asignado el papel protagónico, quizás debió leer el guión primero y es que dicho personaje no solo moría al final sino que también era avergonzado, a la señorita Bitters no le gustaban los finales felices.

Dib continuó con las decoraciones, todavía quedaban unos globos que colgar. Participar en la obra no era ninguna opción, no solo porque no deseaba hacerlo, sus compañeros no deseaban que participara.

Estiró su mano tratando de tomar un globo pero la caja estaba vacía. Estaba por bajar cuando vio aparecer un globo frente a él. No lo podía negar, el que Gaz lo ayudara en algo sin recibir nada a cambio era demasiado extraño.

—No pienses nada extraño, solo te ayudo porque mamá nos visitara.

—¿Participaras en la obra?

—El señor Elliot quiere que cante al final de la obra.

—Deberías hacerlo, a mamá le gusta como cantas.

—Nada de lo que digas me hará cambiar de parecer y menos si debo cantar frente a esos idiotas.

—No planeaba hacerlo —respondió Dib con naturalidad mientras colgaba los globos que su hermana le extendía.

—Más te vale que no lo arruines con tus locuras.

—A mamá no le molestan mis investigaciones paranormales, algunas veces incluso me acompañaba.

—Solo no hagas nada extraño, porque de lo contrario haré de tu mundo un infierno.

—Lo tendré en cuenta.

Las decoraciones consistían en globos, ultrasonidos y peluches hechos con placenta. A Zim no le agradó cuando Zita le prohibió colocar dos errores. Ciertamente al irken no le interesaba participar pero no toleraba el que le prohibieran algo o que le llamaran bajo.

Cuando intentó utilizar su pak para colocar sus globos terminó haciendo que todos explotaran por lo que tuvieran que reemplazarlos por globos llenos de pintura roja.

Después de terminar con las decoraciones Dib y Gaz se dirigieron a uno de los pequeños puestos. Para molestia del pelinegro habían sido asignados en grupos de tres y junto a su hermana, tuvo que trabajar con Zim. La razón era más que evidente, muchos le temían a Gaz y ellos dos eran los raros de la clase, nadie quería trabajar con ellos.

Gaz decidió sacar su Game Slave 2, no estaba interesada en el puesto, tan solo deseaba ver a su madre… y también terminar los niveles que le quedaban pendientes, solo le faltaban tres para llegar al final boss.

El primer cliente fue una mujer de cabello largo y morado, ojos color dorado, ella llevaba un largo vestido morado, cubierto con una capa y botas estilo combate. Sus ojos delineados de negro. Era la madre de Dib y Gaz.

—Hola, niños.

—Hola, mamá —saludó Gaz a la vez que soltaba su Game Slave 2, algo que solo hacía por su madre y por su padre.

—¿Vamos a ver la obra escolar?

—Claro, Zim nos cubrirá.

Antes de que Zim pudiera reclamar Gaz le dedicó una mirada amenazante que no pudo ignorar. Aún tenía secuelas de la última vez que le llevó la contraria. Los invasores solían aprender de sus errores y él aprendió a no provocar la furia de la hermana de su némesis.

—Que su disfraz no te confunda, es un alíen.

—Dudo que sea una amenaza, Dib.

—Tengo cicatrices que prueban lo contrario.

—Vamos, de camino me cuentas.

—Es mala idea, morirás de aburrimiento.

—Gaz, es tu hermano, estoy segura de que si se dieran una oportunidad serían buenos amigos.

Dib le contó todas las veces que se había enfrentado al irken, incluso sobre cuando terminó convertido en embutido. Gaz ocasionalmente interrumpía para contar sus avances en los videojuegos y en menor medida para hablar de ella misma, en su rostro podía apreciarse una sonrisa sincera.

Durante la obra de teatro los tres se entretuvieron lanzándoles palomitas de maíz a los actores, incluso lograron que uno de ellos se cayera y saliera a mitad de la obra llorando. Gaz utilizó unos globos con una misteriosa y apestosa sustancia verde que casi cancela la función.

La celebración del día de la madre había terminado. Los tres se dirigieron hasta la casa de los menores. Solo tenían ese día para estar juntos, ni siquiera sabían cuando tendrían otra oportunidad como esa y querían disfrutarlo al máximo.

—Eres tan valiente, Dib, estoy orgullosa de que seas mi hijo. Espero que sigas cuidando de tu hermana.

A Dib le hacía feliz saber que su madre lo quería y estaba orgullosa de él. Pero más de poder verla, de pasar una fecha tan especial con ella. Desearía poder pasar más tiempo a su lado pero sabía que era imposible, sus padres no tenían una buena relación y su madre constantemente estaba en viajes por sus investigaciones.

—No lo ha hecho bien, en una ocasión hizo que todo lo que probara tuviera sabor a cerdo.

—Creí que ese hechizo te daría poderes.

—Dib, si vas a practicar magia ten cuidado con el hechizo que usas, no te vaya a pasar lo mismo que me pasó a mí cuando tenía tu edad, por pegar mi cama al techo tuve que dormir en el sofá durante una semana.

—No volverá a pasar, mamá.

Dib tomó el teléfono y encargó una pizza. A pesar de que él y Gaz ya no eran niños disfrutaban escuchar las historias de su madre, era la única forma en que podían saber más de ella y conocer sobre su vida.

Conversaron, rieron, como cualquier familia. Incluso jugaron a los videojuegos, Dib perdió cada uno de ellos, estaba jugando con profesionales. Pero el tiempo se acabó y ella debía viajar al aeropuerto. Amaba a sus hijos, eso era cierto pero también lo era que no podía quedarse, aquello había sido decidido cuando se divorció, cuando aceptó su nuevo trabajo.

Tratando de alargar el camino, de evitar lo inevitable, avanzaron con lentitud hacia el aeropuerto. Tristes por la despedida pero felices al compartir esa fecha tan especial con una mujer tan especial para ellos.