Me lo esperaba, no puedo decir lo contrario. Pensar que Raquel no iba a revelarse contra esto hubiera sido un acto demasiado ingenuo por mi parte. Llevaba esperando la discusión desde que ayer por la noche, cuando, tras una larga conversación con Nairobi, Tokio y Denver, supe que todos nos reuniríamos en mi casa en las próximas horas. Las distancias eran considerables, al fin y al cabo, estábamos cada uno en una parte del mundo. Pero tener dinero hacía que los desplazamientos, por supuesto en jet privado y sin privarse de ningún lujo, no fueran un problema para ninguno de ellos. Desde que terminó el atraco y consiguieron salir del país, ninguno de mis queridos amigos se caracterizaba por la sencillez de sus gustos. Llevaban un año viviendo en el lujo más puro, disfrutando del dinero que tanto esfuerzo nos costó fabricar. Dinero que era nuestro, nosotros lo creamos. De nadie más. Yo siempre he sido un tipo sencillo, el lujo y la opulencia me molestan, me hacen sentir incómodo. Me conformo con mi casa en la orilla de la playa y una vida más o menos normal. Eso sí, mi parte del dinero estaba bien invertida, asegurando un futuro. Un futuro que esperaba y deseaba compartir con Raquel.
La primera sensación que me invadió cuando supe que mis amigos vendrían fue alegría. Es normal, ¿no? Llevaba un año sin ver a personas que se habían convertido en mi familia. Hablábamos, claro que sí. Manteníamos contacto y sabíamos los unos de los otros. Pero no habíamos podido volver a juntarnos. Era demasiado peligroso compartir espacio. Si alguno estaba siendo vigilado, podía llevarnos a todos a la cárcel. Y ahí se acababa todo. De una cárcel no saldríamos jamás. Sin embargo, la urgencia de la situación había hecho que nos saltásemos todos los protocolos de seguridad que habíamos establecido y que decidiéramos reunirnos en mi casa. Al fin y al cabo, era lo más seguro. ¿Quién iba a esperar que un tío que tiene miles de millones de euros viva en una casa pequeña a la orilla del mar en un pueblo costero de filipinas? Nadie. Por eso era la mejor elección, la más segura.
Lo confieso, estaba todo lo feliz que la preocupación por el asunto me permitía estar. Pero no podía estar feliz del todo, no conseguía disfrutar ese momento como merecía. Porque no estaba solo, no era únicamente yo el que asumía los riesgos. Pero, sobre todo, porque la persona a la que estaba exponiendo no iba a estar de acuerdo. Con nada de esto. Lo había dejado claro con sus últimas palabras y con el hecho de haber salido por la puerta de casa hecha una furia delante de unos no menos sorprendidos Rio, Tokio, Nairobi, Helsinki, Denver y Mónica. Hubiera preferido que la tan esperada discusión sucediera mientras estábamos ella y yo solos, por eso precisamente decidí contárselo en el mismo momento en que colgué el teléfono con Denver. Porque sabía que el huracán Raquel se iba a desatar. Siempre he sido consciente de que ella tenía suficientes motivos como para enfadarse, frustrarse e, incluso, irse. Los tuvo desde el momento en que averiguó quién era yo. Y ahora le estaba dando más motivos. Por tanto, que ella se fuera era cada vez una opción más factible. Y ese era mi mayor miedo. Que olvidara todo lo que habíamos construido esta semana, que me volviera a ver como ese miserable que solo trae desgracias a su vida y decidiera que había tenido suficiente. Nos habíamos vuelto a reencontrar después de casi un año y en esta semana juntos habíamos podido aclarar todo lo que pasó en esos cinco días de atraco, había podido pedirle perdón por todo lo que le había ocasionado, contarle que nunca la dejé sola, que siempre estuve con ella en la distancia. No había sido una semana fácil, habíamos removido la etapa más intensa de nuestra vida y, aunque cinco días no son nada, para nosotros dos, esos cinco días supusieron el inicio y el fin de muchas cosas. En esta semana que llevábamos juntos en Palawan, por primera vez, habíamos conseguido construir y no destruir. Sobre todo, no destruirnos el uno al otro, lo cual era una novedad para Raquel y para mí. Sin operativos de la policía, sin atracos, sin pistolas y sin desconfianza. Solo ella y yo, y tantas cosas que contarnos. Habíamos hablado, desvelados hasta que amanecía, y parecíamos dos locos con cara de sueño. Habíamos hecho el amor tantas veces que había perdido la cuenta, sumadas a otras tantas en las que, simplemente, habíamos follado como animales. Porque Raquel despertaba esa maravillosa sensación en mí, las ganas de hacerle el amor a veces, de demostrarle lo que me hacía sentir y, otras, simplemente follarme ese maravilloso cuerpo que tanto había echado de menos.
Pero, cada vez más, tenía la sensación de que los últimos acontecimientos no hacían sino alejarla de mí. Y, joder, no es algo que estuviera planeado. No era parte de mi plan que todo esto sucediera. No podía hacer nada para cambiarlo. No podía darles la espalda a mis compañeros en esto y no lo haría, porque había algo más allá del compañerismo. Algo que une a aquellos que han pasado por momentos tan fuertes juntos. Éramos familia. Y la sensación amarga que tenía ahora mismo, con todos ellos mirándome mientras Raquel acababa de salir por la puerta, era que tendría que elegir. Y no era capaz siquiera de plantearme esta elección. Sentía que era ella o el plan. El brazo derecho o una pierna. De nuevo, esta maldita situación se hacía con el control de mi vida, de mis planes de futuro y nos separaba. Y, fuera cual fuera la decisión que tomase, me iba a arrepentir de ella. Joder, por eso quería que toda su furia se hubiera desatado cuando le conté que vendrían la primera vez, porque tendríamos tiempo para pensarlo entre los dos, para que se enfadara conmigo, con tiempo para que lograse que me escuchase. Pero ese tiempo había sido insuficiente. Después de que se lo contase, solo follamos. Con rabia. Puto sexo. Y ahora, estaban todos aquí, mirándome. Y me sentí un completo gilipollas, volví a sentirme ese Sergio que nunca había tenido la capacidad de hablar de lo que sentía, ese Sergio que se resguardaba bajo un hermetismo disfrazado de indiferencia, ese tío incapaz de gestionar bien sus emociones. Todo estaba por hablar. Y con esa rabia por volver a sentirme así, por estar haciéndole pasar a Raquel por esto de nuevo, sin yo querer hacerlo, seguí el camino que había tomado ella hacia la puerta. Miré a Nairobi, cuyos ojos reflejaban sorpresa, y suspiré.
- Ahora vengo, dadme un momento. Estáis en vuestra casa.
Dicho lo cual, salí corriendo a buscar a Raquel y la encontré con facilidad, a la orilla del mar, paseando cabizbaja. La alcancé rápidamente, pero ella aceleró sus pasos alejándose de mí, volteando la cara para no mirarme. Estaba dolida conmigo por ser un gilipollas.
- Raquel, lo siento, pero no podía hacer otra cosa. -conseguí acariciarle muy levemente la muñeca, sin intentar retenerla, y sentí cómo su cuerpo se detenía con el toque -. Vamos, por favor, háblame.
- ¿Qué coño quieres que te diga? - me preguntó, mirándome, con los ojos hinchados y la cara llena de lágrimas-.
Me retorcí por dentro cuando la vi así, desesperanzada, con rabia y rencor en los ojos. La acerqué a mí, atrayéndola por las caderas hasta que nuestras frentes estuvieron rozándose. Acerqué mi mano a su mejilla y le limpié una lágrima. No sé cuánto tiempo estuvimos así, quietos, escuchándonos respirar el uno al otro. Cuando pareció que su llanto se calmaba, se apartó ligeramente de mí, mirándome con ojos de súplica.
- ¿Qué pasa, que quieres morirte? ¿O mejor, pudrirte en una cárcel?
- Todo lo contrario. Nunca he deseado más poder vivir. Libre, a tu lado. – me acerqué a ella de nuevo, sin dejar de mirarle a los ojos-. Nunca he tenido tanto que perder, Raquel, y no me refiero al dinero.
