Día 1 (parte I)
Si es importante, puede usar el mío.
Allí está él. Salva, Sergio. Delante de mí, sonriendo de esa manera que hace que me tiemblen las piernas mientras se quita un sombrero blanco. Es él. No me había mentido al dejar esa ubicación escrita en las postales. Está allí, mirándome. Y yo no puedo dejar de sonreír, confirmando que, efectivamente, en lo que respecta a él sigo siendo tan estúpida como hace un año. Me tiembla todo el cuerpo, pero, por dentro, me siento en paz. No podría explicarlo, pero me mira mientras se ríe y en sus ojos solo puedo ver bienvenida. Calma. Hogar. Un "por fin estás aquí" dicho sin palabras. Me parece mentira que estuviéramos juntos solo cinco días mientras las vidas de ambos estaban patas arriba, pero, aún así, puedo ver reflejado en su mirada que esto era lo único que le faltaba para poder ser feliz. Yo era la única pieza que le faltaba para que su plan fuera perfecto. Pero, quién sabe, quizás todo esto solo son ilusiones, producto de mi mente, completamente alterada por la emoción. Atascada en los recuerdos. "Tú y yo, nos vemos en la playa".
Me quedo parada, sin saber bien qué hacer. Congelada en ese momento, en esa mirada, en esa promesa de futuro que nos habíamos hecho hacía más de un año. Había imaginado muchas veces cómo sería nuestro encuentro, sobre todo desde que encontré las postales, durante las incontables horas de vuelo, pero, la verdad es que ninguno de mis sueños podía competir con a la realidad. El quiosco de madera, las vistas al mar, la calma dentro del bullicio de la ciudad. Veo que él me extiende la mano, desde la distancia que nos separa, haciendo un gesto para que me acerque. Camino despacio hasta él, disfrutando del momento, con los ojos fijos en su mirada y sin poder controlar la risa tonta que se me escapa. Maldita sea, me siento como una adolescente en su primera cita.
Sergio se gira mientras me acerco y me coge por la cintura, rodeándome con sus brazos. Un abrazo lleno de nostalgia, de habernos echado mucho de menos. Noto como acerca su nariz a mi pelo y respira.
- Por fin estás aquí -me susurra en el oído, agarrándome.
Entonces se separa unos centímetros de mí y me besa en la boca. Y me besa de una manera que hace que se me olvide todo lo que ha pasado en este tiempo. Cuando su lengua entra en mi boca y la invade, me agarro a su cuello y me dejo llevar. Por primera vez en un año, me siento segura de la decisión que tomé al traicionar todos mis principios y ayudarle a escapar. No tengo dudas. Le devuelvo el beso y él me coloca entre sus piernas, mientras sigue sentado en el taburete alto del bar. Nos besamos como si se acabara el mundo, apretándonos, lamiéndonos. Su boca sabe tan bien... ¿cómo he podido olvidarlo?
Me doy cuenta de que estamos en una terraza, rodeados de gente que nos está mirando y termino rápidamente el beso, acariciándole la barba y recostando mi cabeza en su hombro. Noto que sus manos no dejan de apretarme la cintura, como si tuviera miedo de que me fuera a evaporar si me suelta.
- Dios, ... no puedo creérmelo. Estás aquí- me dice.
Le miro, me rio y, nerviosa, le acaricio el pelo, notando que lo lleva bastante más corto que la última vez que nos vimos. Bajo las manos por su cuello, hasta llegar a sus hombros y observo que está mucho más musculado. Su pecho es notablemente más ancho, por no hablar de sus brazos, que hacen que yo parezca aún más pequeña a su lado. La verdad es que está para comérselo.
- Estás muy guapo. ¡Y muy fuerte! -le digo, sonriendo, mientras admiro todos esos músculos que han aparecido de repente.
- Bah... Tonterías -ríe y mira al suelo, avergonzado- De alguna manera tenía que matar la soledad.
- ¿Esa otra copa de vino es para mí? -pregunto mientras me siento en la banqueta de al lado, apoyando el móvil en la barra, dándome cuenta de que llevaba todo el tiempo con él en la mano.
- Claro, toma. -me acerca la copa, poniéndola delante de mí y me mira, poniendo una de sus manos en mis rodillas- ¿Cómo estás? No sabes cuánto te he echado de menos...
- Estoy... bien -y me sorprendo a mí misma con esa afirmación. Bebo un sorbo de la copa de vino, dándome cuenta de que me siento bien por primera vez en mucho tiempo- Sorprendentemente estoy bien. ¿Y tú? ¿Ahora vives aquí? La verdad es que es impresionante.
- Sí, lo es -afirma mientras me mira, fijamente, como si estuviera hablando sobre mí en vez de referirse al paisaje- Vivo cerca, en la playa. Raquel, yo... No sé bien por dónde empezar, la verdad, pero necesito decirte que...
- No -le interrumpo- Aquí no. Tenemos demasiadas cosas de las que hablar como para empezar aquí.
- Tienes razón – se levanta, dejando un par de billetes en la barra, dándole las gracias al camarero en un inglés perfecto- ¿Damos un paseo por la playa y te enseño mi casa?
- Hecho.
Caminamos por la playa mientras le cuento qué tal el viaje, lo tedioso de hacer un vuelo de tantas horas. Hablamos de nada en concreto, pero siento que ahora mismo no estoy preparada para hablar de otra cosa. Llegamos a una preciosa casa a orillas de la playa, blanca, con el típico techo de paja. Dos plantas, lo suficientemente espaciosa para una familia, nada ostentoso. Me tranquiliza saber que, de alguna manera, algo en él no ha cambiado. Puede ser por la necesidad de no llamar la atención, me recuerdo a mí misma. Entramos y me doy cuenta de que es más moderna de lo que esperaba, una enorme cocina rematada con una isla en medio reina en la planta baja, junto a un salón con aires playeros. El ambiente es muy relajado, colores neutros que invitan a disfrutar de las maravillosas vistas que ofrece la enorme cristalera de techo a suelo, orientada al mar. Me acerco y admiro las vistas, apoyada sobre el quicio del mirador.
- Es preciosa – y realmente lo pienso, estoy atrapada en la imagen de naturaleza salvaje que tengo frente a mí. Arena blanca, palmeras, el mar de un azul intenso.
Siento a Sergio detrás de mí, y dejo caer levemente mi cuerpo sobre el suyo, que me acoge, poniendo una mano sobre mi vientre. Noto su cuerpo más leve, se ha quitado la chaqueta y lleva una fina camisa blanca.
- Es nuestro sueño, ¿recuerdas? Tú y yo, y una casa frente al mar. Para escapar y poder criar a tu hija.
- Han pasado muchas cosas en todo este tiempo. Tendremos que conformarnos con ser tú y yo, por ahora. -el nudo en la garganta me recuerda mi vida real, en Madrid, y se me encoge el estómago al pensar en mi hija. Todo esto es solo un sueño- Lo sabes todo, ¿verdad?
- Sí -responde mientras me giro y me coloca un mechón de pelo tras la oreja- Lo siento muchísimo, Raquel. Es todo por mi culpa y no he podido...
- Shh... – pongo un dedo en su boca y, rápidamente, sustituyo el dedo con mis labios.
No estoy preparada para afrontar la difícil conversación que tenemos por delante. Demasiada carga emocional, demasiados problemas, demasiadas desgracias a las espaldas. Profundizo el beso y su boca se abre, húmeda, con ese sabor que tanto me calienta. Mi lengua explora, mis dientes arañan. Él me agarra con firmeza, sujetándome con una mano por la nuca, profundizando aún más el contacto. La otra mano va directa a mi culo, lo aprieta, se recrea y luego mete la mano por debajo de la falda. Sus labios dejan mi boca, bajan por mi barbilla y adivino que el destino final es mi pecho, pero le interrumpo intentando desabrocharle los botones de la camisa. Estoy tan consumida por el calentón que no acierto a desabrocharlos. Se da cuenta y comienza a desabotonarlos él mismo. Noto un segundo de cordura en sus ojos, en el que para.
- ¿Estás segura que quieres evitar esta conversación con sexo? -lo dice mientras el último botón se abre y observo su pecho, trabajado, musculado. Hace un año ya me gustaba, pero lo que veo ahora me vuelve loca.
- Muy segura – contesto mientras me pego de nuevo a él, ayudándole a deshacerse de la prenda y uniendo mis labios de nuevo a los suyos.
