Día I (parte II)

Tenía que reconocer que la técnica de distracción de Raquel era totalmente infalible. Un plan completamente perfecto, sin ninguna fisura. Su boca en la mía hacía realidad mi sueño de todo este año que llevábamos separados. Todavía no había asimilado que estuviera allí. Y tengo que confesar que la encontré mucho más desatada que hacía un año. Su boca besaba con más seguridad, su cuerpo exigía atención en vez de demandarla. Ella en sí misma era poder y a mí me tenía completamente hipnotizado.

Recorro su cuerpo con mis manos y recuerdo cada momento de nuestra fugaz vida anterior juntos. Qué dentro tenía a esta mujer, por Dios. Con tantos intentos que había hecho por recomponerme durante este año, Raquel ha despertado de nuevo en mí con una fuerza incomparable al resto de cosas. Me doy cuenta, mientras la beso y le acaricio suavemente la cara, que he vivido mi propio proceso de duelo en todo este tiempo, por dentro, por supuesto, escondido incluso en la soledad más absoluta. Pero ahora ella está aquí y no puedo explicar con palabras que voy a explotar de felicidad. Me siento completo.

Su mano se desliza por mi pecho, arañándome, y cuando llega al cinturón del pantalón y me toca por encima, un suave ronroneo se escapa de su garganta. Quiero comérmela entera. La levanto por el culo, cargándola con sus piernas a mi alrededor y la llevo hacia el sofá. Da igual dónde, lo necesito ya. Se ríe mientras la beso y no puedo más que pensar que es preciosa. Y está aquí, conmigo, después de todo. Se sube de pie al sofá y se quita la camiseta blanca. Rápidamente me deshago de la falda, dejándola tirada en suelo y le quito el sujetador, bajándole los tirantes por los hombros y no puedo evitarlo, es instintivo, siento la enorme necesidad de hundir mi cabeza entre sus pechos y respiro su olor, lamiendo su piel.

Llevo todo este tiempo pensando en ti y no recordaba lo mucho que me gustabas – me dice mientras se aparta, poniéndose de rodillas en el sofá, mirándome con ojos hambrientos, y me desabrocha el cinturón.

Ah, ¿no? Entonces vamos a tener que hacer algo por que lo recuerdes -me deshago de mi pantalón, y me siento en el sofá, arrastrándola conmigo hasta tenerla encima.

Veamos si me acuerdo, ¿esto te gusta? – y la siento moverse sobre mí, frotándose por encima de la tela que nos separa, provocativa. No puedo más que asentir mientras me agarro de sus muslos, intentando que el contacto sea más cercano- ¿Sí? ¿Te gusta?

Me vuelves loco.

Sus labios se curvan, dibujando una expresión entre sonrisa y mueca, propia de quien se sabe deseada, idolatrada. Esa mujer podía hacer conmigo lo que quisiera. Si todo esto hubiera sido una estrategia para entregarme a la policía, en ese momento, con su boca en la mía, con su sabor invadiéndome el cuerpo, habría aceptado de buen agrado la derrota y el castigo. Pero no era una trampa, todo indicaba que no lo era. Mi boca saqueaba la suya mientras seguía rozándose contra mí, con la única separación de nuestra ropa interior, en un acto casi de tortura con el que decidí acabar. No me veía capaz de levantarla de mi regazo para quitarle el tanga que aún llevaba puesto, así que simplemente lo hice a un lado y empecé a tocarla, mientras seguíamos devorándonos las bocas, notando por su humedad que estaba necesitando dar el siguiente paso tanto como yo.

Dime que tienes un condón- para de besarme y me susurra, con su boca pegada a la mía- Por favor, dime que sí.

Mierda, no tengo – caigo en la cuenta de que había preparado milimétricamente cada aspecto desde que supe que Raquel venía y, sin embargo, no había comprado condones. No me jodas, Sergio, eres gilipollas- Lo siento, pero yo... No he caído en eso.

Necesito que seas muy sincero con esto que te voy a preguntar, ¿vale? -sigue susurrándome tan cerca de los labios que creo que solo la escucho porque siento las palabras salir de su boca- ¿Te has acostado con alguien sin usar protección en este tiempo? No pasa nada si es que sí, no me debes absolutamente nada, tú y yo no sabíamos si volveríamos a vernos.

Claro que no. No me he acostado con nadie desde la última vez que estuvimos juntos -subo mis manos hacia su cara, apartándole el pelo de la cara y sujetándola por la barbilla- Raquel, a mí solo me interesas tú. Ha sido un año, pero si hubieran sido ocho, la respuesta sería la misma. A mí solo me interesa estar contigo.

Se escondió en el arco de mi cuello, abrazada a mí, algo avergonzada y sin creerse mucho lo que acababa de decirle. Esconderse era un modo de desconectar del primer intento de conversación seria que habíamos tenido desde que llegó. Pese a que lo que le había dicho era totalmente cierto. No me interesaba absolutamente nadie más que no fuera ella. No había nadie más para mí. Ciertamente, había otras mujeres a mi alrededor y algunas de ellas eran guapas. Eso no podía negarlo. Pero en ningún momento se me pasó por la cabeza siquiera flirtear con ellas. Nada. En mi cabeza todo era Raquel, ella lo invadía todo. Su risa, su pelo, su boca y su culo, claro, su culo tenía un lugar privilegiado en mi memoria. Y sobre su culo es donde han vuelto a parar mis manos, como un imán, esperando alguna reacción por parte de ella. La siento moverse, volviendo a su danza ritual sobre mí, recordándome que estábamos juntos pero que no teníamos preservativos para celebrar el reencuentro. Un triunfo más del señor Sergio Marquina, capaz de planificar perfectamente el asalto más importante de todos los tiempos, pero incapaz de pensar en que va a necesitar comprar condones cuando ella vuelve.

Raquel... – la sujeto por las caderas, intentando bloquear sus movimientos, que me estaban excitando más de lo que es digno reconocer, y uso una de mis manos para volver a acariciarla, repartiendo su humedad hasta el clítoris, apartando de nuevo el tanga.

Sergio – lo dice con la voz tomada, temblando por mis caricias y juro que el corazón me da un vuelco, si cabe aún mayor al que dio en el hangar la primera vez que la escuché decir mi nombre, al oírla llamarme- Sergio, te necesito dentro.

Pero...

Sergio, tomo la píldora -me interrumpe, sin dejarme argumentar- Fóllame.

En ese momento, algo hace clic dentro de mí, y no acierto a contestarla más que con un gruñido. Con rapidez saca mi pene del bóxer, y se sienta encima de mí, bajando despacio mientras gime. Creo que me muero estando dentro de ella. Esta mujer está hecha para mí. Le doy unos segundos para ajustarse a tenerme dentro y pongo, de nuevo, mis manos en su culo, acompañándola en el movimiento que hacen sus caderas sobre mí, subiendo y bajando, en círculos. La escucho gemir alto mientras pienso que no quiero salir de esta habitación nunca. Embisto un poco más, hasta el fondo. No hay nada que nos separe, piel con piel. Agarro su pelo y lo enredo en un puño, tirando ligeramente mientras vuelvo a penetrarla hasta el final, haciéndola gritar. Siento como sus uñas se clavan en mi pecho y como me aprieta la polla mientras sigue moviéndose.

Te vas a correr.

Sí – grita mientras sigue moviéndose, fuera de sí, y se acerca a mi boca de nuevo- Y quiero que tú te corras dentro de mí.

Mis caderas chocando fuerte contra sus nalgas, una y otra vez. Cierro los ojos y me dejo llevar mientras la siento explotar, su sexo apretándose alrededor de mi erección. Ahí se acaba todo para mí, me dejo ir con ella, sintiendo el orgasmo más brutal que sentí jamás. Y ya no recuerdo si teníamos algo que hablar, no tengo dudas sobre si ella lo tiene claro o no. No hay atraco, no hay fuga, no hay huida. Es solo amor.