Se estaba haciendo de noche y las caricias suaves de la mano de Sergio, arriba y abajo, muy despacio, sobre mi espalda estaban recordándome que llevaba cerca de treinta horas despierta. Estábamos en el salón, tumbados en el sofá, no habíamos conseguido llegar más lejos. Lo nuestro iba de hacerlo en el sofá. Me pesaba el cuerpo, adormecido después del sexo y, con la cabeza apoyada en su pecho, sintiendo su respiración rítmica, lo más fácil sería rendirse al sueño. Pero estaba muy asustada por lo que sentía, por la fuerza que Sergio tenía sobre mí, pese a que no la ejerciera, por lo maravillosamente bien que me sentía a su lado y quise huir. No me considero una persona cobarde, más bien al contrario, pero desde que le vi por primera vez hace escasas horas, no he sido capaz de enfrentar todo lo que traíamos a las espaldas.
Sergio... -carraspeo y me obligo a mí misma a romper el silencio, agradable, que nos rodea.
¿Mmm? – me responde somnoliento, aún inmerso en el placer y la comodidad de estar desnudos y pegados el uno al otro.
Me tengo que ir al hotel -según me escucho decirlo, me arrepiento, dándome cuenta de que es un intento de huida más, bastante pobre por mi parte.
Raquel... -gira su cuerpo hacia mí, mirándome a los ojos mientras sigue acariciándome la espalda. Noto la serenidad de sus ojos, que me miran con amor, pero también percibo que debe estar cerca de perder la paciencia- Tienes que dejar de huir de esto o voy a empezar a preocuparme.
No estoy huyendo – decido llevar mi argumento hasta el final, aunque soy consciente de que todo esto no es creíble- Pero no tengo ropa y todas mis cosas están allí.
Ah, ¿es por la ropa? – se levanta de la cama, agachándose y ofreciéndome su camisa que recoge del suelo, donde fue lanzada antes- Toma, puedes ponerte esto. O si prefieres una limpia, tengo algunas arriba. Mañana te acompaño al hotel y recogemos tus cosas... Pero no me digas que te vas. ¿Has hecho más de veinte horas de viaje para dejarme aquí e irte a dormir al hotel?
No -reconozco, derrotada, sabiendo que tiene razón- No. Pero no sé qué me pasa, estoy completamente bloqueada.
Pues hace un rato no parecía que lo estuvieras -me dice riendo, intentando destensar el ambiente, mientras vuelve al sofá y se sienta a mi lado- Tenemos muchas cosas que hablar, Raquel, lo sabes tan bien como yo. Y podemos hacerlo ahora o dejarlo para más adelante, cuando tú quieras. Pero necesito que estés aquí conmigo, que no estés pensando en cómo marcharte.
Perdóname, ¿vale? – le digo mientras le cojo la mano, mirando al suelo.
No, oye, escucha -me levanta suavemente la cara por la barbilla, hasta que nuestros ojos están frente a frente- Si alguien tiene que pedir disculpas aquí soy yo, no tú. De ninguna manera. Así que dime qué necesitas para encontrarte más cómoda.
Dormir estaría genial, pero sé que no voy a poder hasta que no aclaremos algo.
Vale, pues tú dirás por dónde quieres empezar.
Sé que sabías que venía... ¿Cuánto tiempo llevas vigilándome? -pregunto con miedo de la respuesta, pero, sobre todo, con miedo de mi reacción a la misma-.
Un año -y, según lo dice, siento una punzada de rabia en el pecho- He tenido gente vigilándome en momentos puntuales. Y he sabido todo lo que ha salido en la prensa, claro.
Y, ¿cómo has sabido que venía?
Tengo una alerta creada para los movimientos de tu tarjeta de crédito.
¿Cómo? – no solo estaba vigilada por la policía sino también por Sergio, que controlaba cómo y en qué gastaba mi dinero- Esto es muy humillante, ¿tú lo sabes? Me dejas muy pocas maneras de sentirme libre.
Lo siento. Si sirve de algo, la desactivé en cuanto vi que compraste los pasajes -está nervioso, así que se ajusta las gafas mientras mira al suelo- Necesito que entiendas esto como parte del atraco y no como un intento de controlarte. Porque no lo es.
¿No lo es? ¿Tienes el valor de decirme que no me estabas controlando? -mi tono de voz aumenta conforme va aumentando mi decepción – Al final, no va a existir tanta diferencia entre mi ex-marido y tú...
No digas eso, por favor – me mira seriamente, con una punzada de dolor en el rostro- Yo no te intento controlar, Raquel. Intento saber si necesitas mi ayuda, y dártela dentro de mis posibilidades. De ahí que alguien te vigilara de vez en cuando. Porque yo no podía ir. Y, sobre todo, necesitaba saber si ibas a venir. La pieza clave de todo esto la tenías tú. Tenías las coordenadas de dónde encontrarme escritas en unas postales, por Dios. Me dejé completamente expuesto a mí mismo cuando te di eso. A la mierda el plan, a la mierda huir. Por ti, por nosotros. Entiende que tenía que cubrirme las espaldas de algún modo. Siento mucho si esa manera fue invadiendo tu privacidad. Lo lamento de verdad.
Cuando supiste que perdí la custodia de mi hija, ¿por qué no me contactaste? Una llamada, un email, un papel en el buzón. Algo -la desesperación se apodera de mi voz, reviviendo aquellos momentos en los que me sentí hundida y sola- Estuve sola. Te fuiste y el mundo se me desmoronó. Y resulta que lo sabías todo y tenías manera de contactar conmigo. ¿Qué fuiste, un espectador de mis desgracias? Dime que por lo menos te divertí...
Raquel, no es así y lo sabes de sobra – se levanta del sofá, visiblemente agitado, desnudo y la visión me hace perder ligeramente el hilo de mis pensamientos. Le veo ponerse el bóxer y volver a girarse para mirarme – Sé que tienes la necesidad de soltarlo todo, de desahogarte y decirme todas esas cosas que te guardaste durante este tiempo. Pero necesito que, una vez las hayas dicho, entiendas que no son así. ¿Cómo voy a divertirme viéndote sufrir? ¿Cómo puedes siquiera pensar eso? Estuve muriéndome aquí, sin poder hacer nada, tentado a llamarte solo para decirte que te quería.
Y, ¿por qué no lo hiciste, joder? -rompo a llorar mientras grito, angustiada, intentando comprender sus actos.
Porque no sabía si querías saber algo de mí, Raquel. Las postales estaban en tus manos, tenías esa información desde el principio. Para que recurrieras a mí cuando lo necesitases. Para que supieras que, si querías, podíamos encontrarnos en la playa, como habíamos hablado. No podía arriesgarme sin saber si tú aún estabas conmigo, como me dijiste en el hangar.
Joder, Sergio, yo siempre he estado contigo...
Mi amor... -me limpia una lágrima de la mejilla mientras lo dice y sus palabras se me quedan grabadas a fuego. "Mi amor". Joder, me derrito- Yo también he estado siempre contigo. O, por lo menos, he querido estarlo. Lo he intentado. Perdóname por haberte dejado allí cuando todo estalló, pero traerte conmigo no era una opción, no podías dejar a tu familia sola allí. Tengo tantas cosas por las que pedirte perdón que no sé por dónde empezar... Siento haber invadido tu privacidad, siento no haber podido resolver el tema de la custodia de Paula... Lo siento tanto.
Le creo. Me encantaría ser inmune a sus palabras, ser inmune a él, pero no lo soy. Y sus argumentos tienen sentido, aunque aun así duelan. Sigo llorando, recostada en su pecho mientras su voz grave me lleva por cada una de mis heridas, curándolas un poco con su voz. Cuando consigo recuperarme, después de escuchar el relato de todas y cada una de las cosas que Sergio consideraba que había hecho mal, empiezo a comprender la dimensión de nuestra relación. Entiendo que esto no es una diversión, no es el fuego del momento, no somos dos personas que se cruzan y se separan. Nuestra relación, si se puede llamar así, es el mayor acto de fe que cada uno de nosotros ha hecho en la vida. Es nuestra mayor apuesta, pero también nuestro mayor error.
Este año ha sido horrible... -es lo único que consigo decirle, mientras poco a poco me calmo.
Me lo puedo imaginar. Raquel, déjame demostrarte que no soy así, por favor. Dame la oportunidad de quererte bien, sin hacerte daño. Es lo único que quiero.
Vale -asiento levemente mientras le miro y acerco mi boca a la suya, con la intención de sellar la promesa- Pero no vuelvas a desaparecer, por favor.
Te lo prometo – me besa y, aunque la conversación haya sido dura y me sienta exhausta, estoy mejor, me siento más conectada a él. Siento que hemos podido hablar de lo peor, ser sinceros. Sé que no está cerrado, que hablaremos más, que volveremos a discutir. Pero, por hoy, es suficiente.
Necesito que sepas dos cosas: la primera, que me muero de sueño y vas a tener que llevarme a la habitación porque no pienso dormir en el sofá -digo mientras enumero con los dedos, muy cerca de él, sonriendo- Y, la segunda, que no me ha pasado desapercibido que me las llamado "mi amor".
Eres increíble -se ríe mientras se levanta, llevándome con él como si yo no pesara nada, encajando mis piernas alrededor de su cuerpo- Vamos a dormir. Mi amor.
