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Me despierto completamente desubicada. No sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí. Sergio, Palawan. Vale, todo empieza a tener sentido. Abro los ojos y no reconozco la habitación, es probable que ayer estuviera ya dormida cuando llegamos aquí. Recordaba haber empezado a subir las escaleras, abrazada a él, y nada más. Oscuridad hasta ahora mismo. Pienso en que debo haber dormido una barbaridad de horas, porque tengo la sensación de no haber comido en siglos. Toco el lado izquierdo de la cama y lo encuentro vacío. Sergio debe estar fuera, en algún sitio de la casa. Qué raro todo. Detecto la puerta porque se cuela algo de luz por debajo, seguida de un enorme armario empotrado blanco y una puerta de cristal, ahora con las persianas bajadas, que debe dar a un balcón. Instintivamente, lanzo mi brazo a la mesilla en busca de mi móvil. Mierda, no sé dónde está mi móvil y, además, sigue sin batería. Debería llamar a Paula y a mi madre. En lugar del móvil, encuentro mi ropa de ayer perfectamente doblada junto con una camisa, que debe ser de Sergio, y una nota:

"Ropa para que elijas. Aunque puedes bajar sin ella, estaré encantado".

Qué cabrón. Hace mucho calor, así que decido ponerme únicamente el tanga y su camisa, que me cubre hasta la mitad del muslo. Será suficiente para poder desayunar o comer o lo que sea que sea hora para hacer. Bajo las escaleras y le encuentro en la cocina, terminando de preparar algo.

- Buenos días – camino, somnolienta hacia la cocina y me apoyo en la encimera de la isla, sabiendo que me ha escuchado bajar- ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?

- Alrededor de quince horas. No está mal, ¿eh? – me sonríe, secándose las manos en un trapo de cocina que deja olvidado al lado de lo que debe ser mi desayuno. Después, se acerca a mí y me besa.

- Y ese cálculo tan poco preciso, ¿profesor? -le provoco mientras le beso, encajando mi cuerpo en el suyo, enredando mis manos en su nuca mientras le doy pequeños besos por la mandíbula- Me esperaba un dato más elaborado, con horas, minutos y segundos.

- Así que ahora vamos a usar apodos, ¿no, inspectora? – baja sus manos hasta mi culo, colándolas por debajo de la camiseta y acariciando mi piel, jugando con la poca tela que me cubre- Digamos que me tiene usted algo distraído últimamente.

Seguimos besándonos hasta que mi estómago me vuelve a reclamar atención. Tengo muchísima hambre y lo que ha preparado Sergio huele de maravilla. Me alejo unos centímetros de él, que sigue concentrado en intentar quitarme la poca ropa que llevo puesta.

- Tengo muchísima hambre. Creo que hace días que no como nada.

- Si no fuera porque realmente hace más de un día que no comes, te diría que no puedes bajar vestida solo con mi camiseta, provocarme y después pretender que te deje desayunar.

- Pero es justo lo que vas a hacer – sello la frase con un último beso y me acerco al sándwich que me había preparado, inclinándome sobre la encimera y empezando a comer con los dedos, sin poder esperar.

- Raquel, eres un sueño -me doy la vuelta, fijándome en que lo dice mientras me mira desde atrás y, probablemente, la camiseta no esté pudiendo cubrir del todo bien mi cuerpo.

- Eso solo lo dices porque me estás mirando el culo.

- No solo lo digo por eso.

- ¿Has desayunado hace mucho?

- He desayunado, sí, y he comido también – se sienta en una de los taburetes pegado a la isla mientras me sigue mirando, absorto, comiéndome- He reservado el ir a la playa para cuando estuvieras despierta.

- Antes tengo que ir al hotel a por mis cosas y encontrar mi móvil y cargarlo – enumero la lista de tareas del día más para mí misma que para él, intentando hacerme la despistada sobre sus intenciones- ¿Qué hora es?

- Son las 4 -sigue con esa mirada hambrienta, como si lo de ayer solo hubiera agravado su necesidad- Raquel, no me tortures y vístete, por favor.

- Pero si en la nota decías que podía no vestirme -termino con el último trozo de sándwich que queda y me giro, cruzando los brazos bajo el pecho- ¿En qué quedamos?

- ¿Quieres ir al hotel a por tus cosas? -se levanta y se acerca a mí, rodeándome la cintura con sus brazos y empiezo a juguetear con los botones de su camisa.

- Mmm... No lo sé. ¿Qué otro plan me ofreces?

- Este -empuja sus caderas contra las mías, aprisionándome contra la encimera y poniendo su boca muy cerca de mi oído- Has vuelto a ponérmela dura, ¿lo notas?

Abrí instintivamente las piernas y Sergio empezó a besar mi mandíbula mientras sus manos seguían firmes en mis caderas. Un escalofrío me recorre entera al notar su polla detrás de la fina tela del pantalón de lino. Me resulta tremendamente excitante escucharle hablar así. Este no es Salva. Estoy descubriendo la parte más oscura de Sergio, que, por el momento, me recuerda bastante al Profesor. La tensión sexual, la manera de hablar, la voz profunda.

- ¿Sabes qué? –gimo mientras sigue instalado en mi cuello, pero lo que antes eran besos se han transformado más bien en mordiscos y no me queda duda de que me quedará marca- Estoy descubriendo que Sergio es una combinación perfecta entre Salva y el Profesor. Eres Salva gran parte del tiempo que pasas conmigo. Pero, definitivamente, eres el profesor cuando follamos.

- Un año, Raquel. Un año sin ti -pone su dedo pulgar en mis labios, que sin querer estoy mordiendo, y después acerca su boca mordiéndome ahora él, lleno de necesidad- Prometo ser más suave la próxima vez.

- Ni se te ocurra.


Algunas horas y un par (o tres) de polvos después, en la cama, con el cuerpo de Raquel sobre el mío, me siento en paz. Por primera vez en años, no tengo preocupaciones importantes que me asalten, no hay un grupo de personas a las que formar para que no la caguen en un asalto, no hay un atraco en marcha y, sobre todo, por fin tengo a Raquel pegada a mí. Este último año la angustia por lo que le había causado no me había dejado disfrutar del éxito del plan, de no estar encerrado en una cárcel de por vida, de mi buena suerte. Sabía que la había hecho daño, que ella había sido la que más había sufrido las consecuencias de toda aquella locura. Sin su hija, con la opinión pública en contra, teniendo que dejar su trabajo.

- Mi intención nunca fue hacerte daño -confieso contra su pelo, mientras ella gira la cabeza, apoyando la barbilla sobre su brazo, que reposa en mi pecho.

- Pero me lo hiciste -juega con el pelo de mi pecho mientras habla, distraída, como si la conversación no fuera trascendente- Has arrasado mi vida. La verdad es que sospeché de ti desde el principio, cuando te cacheé en la cafetería. Debería haber escuchado a mis instintos.

- Deberías, pero me alegro de que no lo hicieras -se levanta de la cama, poniéndose de nuevo mi camisa, y coge el paquete de tabaco de la mesilla.

- Siento ser dura, pero yo no sé si me alegro, Sergio. No sé si puedo alegrarme -enciende un cigarrillo mientras se acerca a la ventana, donde el atardecer va cayendo-. Necesito que construyamos sobre eso, teniéndolo muy claro. Estoy contigo porque quiero estarlo, porque me he enamorado de ti, pero no sé si algo de esto me hace bien.

- Lo entiendo -me acerco, quitándole el cigarrillo y dándole yo una calada, consiguiendo no ahogarme- Mi intención es hacerte cambiar de opinión.