Una cerveza y el mar, esa había sido mi vía de escape. Todos estaban dentro de casa, el ruido llegaba amortiguado hasta aquí. Risas, abrazos, recuerdos. Yo, mientras, necesitaba pensar en todo lo que estaba pasando y, más aún, en todo lo que estaba por venir. La conversación con el grupo había sido fácil, todos estuvieron inmediatamente de acuerdo en intervenir. Berlín, o Andrés, como Sergio le llamaba, era un tipo muy querido. Les había salvado la vida y todos sentían que era lo mínimo que podían hacer por él. Quizás, de cierta manera, nos había salvado la vida a todos. Es cierto que he podido comprobar que el cariño con el que Sergio hablaba de ellos era completamente recíproco, todos le adoraban. Y ahora mismo estaban todos felices, celebrando el hecho de estar juntos.

Pero yo no podía sentirme igual. Tenía en la mente que hacía escasos días había recuperado al hombre que quería y éste ya estaba jugándose el tipo de nuevo. Exponiéndose al riesgo. Pero no era únicamente eso lo que rondaba mi mente: Paula. No había dejado de pensar en mi hija desde la conversación que habíamos tenido Sergio y yo en la playa, cuando todo había estallado en mil pedazos. Era una completa locura. Lo era, pero, ¿y si salía bien? Si salía mal, yo acabaría en la cárcel, sin poder ver a mi hija y sin poder verle a él. Pero, actualmente, ¿qué tenía? ¿A su hija unas horas cada quince días? ¿Qué vida podían ofrecerse Sergio y ella el uno al otro? ¿Quince días cada seis meses para fingir que eran pareja? Además, Paula está en riesgo viviendo con su padre. En cualquier momento la relación que tiene con mi hermana acabará como acabó la nuestra, con agresiones físicas, más allá de las psicológicas, que estoy segura de que ya existen. ¿Cómo voy a permitir que Paula crezca así? Legalmente, lo tengo todo perdido. No hay manera de recuperar la custodia a corto plazo. Tengo que arriesgarme.

- ¿Le molesto, inspectora? -me asusto cuando escucho la voz de Nairobi, que se acerca caminando hasta donde estoy sentada.

- No, no. No me molestas, Nairobi. Pero llámame Raquel, por favor.

- Lo siento, inspectora. Pero no tenemos mucha costumbre aquí de llamarnos por el nombre. Son las reglas.

- Bueno, no sé yo si las reglas seguirán vigentes -digo, bromeando, notando la mirada inexplicablemente amable de la mujer sobre mí.

- Es por tu hija, ¿verdad? – me pregunta y me quedo callada, asintiendo con la cabeza. Nairobi me mira mientras se sienta a mi lado, observando el mar en la oscuridad - El profesor ha comentado algo. Sé por lo que estás pasando, yo tengo un hijo que probablemente ni se acuerde de quién es su madre.

- Vaya... No lo sabía.

- Inspectora, si yo tuviera, aunque solo fuera una oportunidad, de tener conmigo a mi hijo, no lo dudaría.

- ¿Incluso exponiéndole a innumerables peligros que no controlas? -doy vueltas al botellín de cerveza entre mis dedos, jugando con la etiqueta.

- Es el profesor. No va a exponer a ningún niño, eso te lo puedo asegurar -se hace el silencio entre nosotras, cómodo, apacible. Dos mujeres que tienen la misma herida abierta, sus hijos- Yo no estoy fichada por la policía y pienso traer al hijo de Berlín de la mano hasta el profesor.

- ¿Te ha mandado Sergio a hablar conmigo? – le pregunto directamente ya que me parece sospechoso que, sin conocernos de nada, venga a hablar conmigo de algo de lo que no tiene por qué saber.

- No. De hecho, por ahí viene – me giro y le veo salir de casa, buscándome, con aires de preocupación- Pero no es difícil adivinar cuáles son sus opciones, inspectora. Yo puedo traer a tu hija. Y la trataré como si fuera el mío, de eso no tengas duda.

- Gracias... Lo pensaré.

- Me voy con los demás -se levanta, alocada y feliz, como si no acabase de contarme algo sumamente profundo de sí misma y, además, ofrecerme arriesgar su libertad para traer a mi hija- Os dejo solos, tendréis cosas de las que hablar.

Miro hacia atrás y veo a Sergio, con semblante preocupado, cruzarse con Nairobi mientras alzan la mano para chocar.

- Todo bien, ¿te ha dicho algo fuera de lugar? -dice cuando llega a mi altura, ofreciéndome una mano para levantarme.

- ¿Qué les has contado? -pregunto mientras le cojo la mano, pero tiro de él para que se siente en la arena conmigo.

- Estábamos hablado de quiénes pueden ir y volver a España y de cómo podríamos hacerlo. Simplemente les dije que existía la posibilidad de tener que sacar a dos niños del país -se sienta a mi lado y pone una de sus manos en mi muslo, acariciándome por encima del pantalón- Supongo que no le ha resultado difícil hilar.

- Sergio, ¿cómo de inseguro es esto para los niños?

- Lo mínimo posible. Somos nosotros los que podemos caer por el camino. Lo peor que les puede pasar es que les devuelvan a España. En ese caso, Paula iría con su padre y Miguel, a servicios sociales.

- Necesito revisar el plan contigo al milímetro antes de decidir nada. No puedo poner a Paula en riesgo.

- Lo revisaremos todo, te lo prometo. Además, estoy necesitando ayuda para algunas cosas y sé que tú vas a poder aportar buenas ideas.

- No me hagas la pelota, que todavía no te he dicho que sí -empujo levemente su hombro con el mío- ¿Identidades falsas?

- Es imprescindible, si no, no vamos a poder movernos de aquí.

- Hay que cotejar bien las bases de datos internacionales. Es más seguro escoger la de personas que existen y están registradas – digo mientras pienso, automáticamente, en cómo cambia la vida en unos días. Aquí estoy, ahora sí, planeando un delito para sacar a dos niños del país. Qué locura.

- Tenemos que verificar todo eso mañana con Río – me abraza por la espalda mientras me dejo caer sobre su hombro, terminando de un solo trago lo que quedaba de cerveza en mi botellín. Sergio me besa el pelo y noto que se pone nervioso, ajustándose las gafas de esa manera tan característica- Raquel, no pensé nunca hacerlo así, pero, si todo sale bien, habrá dos niños, como mínimo, de por medio y yo no quiero que esto sea algo distinto de una familia. De nuestra familia. Quiero que todo lo que yo tengo, legalmente, sea de los dos. Así que, si a ti te parece bien, por supuesto, nuestras identidades falsas estarán casadas y he pensado en que... Bueno, sé que suena tonto... Pero quizás sería bonito que nosotros, los verdaderos Raquel y Sergio, también lo estuvieran.

- Sergio, ¿qué me estás pidiendo? -perpleja, me separo de su hombro para mirarle a la cara y corroborar que no está enfermo o en medio de una trombosis que le esté causando decir tonterías.

- He de admitir que en mi cabeza todo esto sonaba mejor, pero te estoy pidiendo que nos casemos. Tú y yo. Y que construyamos una familia.

- Esto me parece aún más loco que lo que me propusiste hace un año de irnos a vivir a una playa. Y míranos ahora, en una playa, contigo pidiéndome matrimonio mientras planeamos el rapto de dos niños- vuelvo a mirar al mar, mientras Sergio pasa una de sus piernas por detrás de mí, dejando mi cuerpo en el centro del suyo. – Casémonos. Pero no quiero celebración, solo firmar los papeles. Dios mío, ¿y si todo esto sale mal?

- Si sale mal seremos dos presos, casados, que no volverán a ver el mar en sus vidas -entrelaza sus manos con las mías mientras me acomodo en su pecho y él reposa su nariz en mi cuello- Pero, si sale bien... Joder, si sale bien, voy a ser el más afortunado del mundo. Mi cama va a oler a tu pelo toda mi vida.