- El profesor me ha contado que os vais a casar.

- Era, literalmente, la primera vez en dos días conviviendo todos juntos en la misma casa que Tokio me dirigía la palabra. Se había acercado a mí mientras todos pasaban un rato en la playa y yo había conseguido escabullirme para hablar un rato con mi madre y con Paula por teléfono. Teléfono prepago deslocalizado y completamente seguro, claro.

- Bueno, vamos a firmar los papeles, sí -respondo mientras veo que se sienta enfrente, emulando ese interrogatorio en el que nos vimos por última vez. Pero tenía la sensación de que, esta vez, la interrogada iba a ser yo.

- Raquel, no tengo que decirte que no me fío de ti porque sé perfectamente que lo sabes. Pero, por alguna razón que no me explico, Sergio ha decidido arriesgarse contigo- mira hacia el suelo y sigue hablando- Él es mi ángel de la guarda, ¿sabes? Siempre me ha salvado. Y yo le voy a salvar las veces que él lo necesite, sea quien sea la persona que le esté poniendo en peligro.

- Silene, ¿me estás amenazando? -le pregunto, mirándola seriamente a los ojos, pero sin mostrarme herida por sus palabras.

- No. Te estoy ofreciendo que seamos amigas -me sonríe con su característico cinismo, pero sé que se está esforzando por tender un puente entre las dos.

- Curiosa manera la tuya de hacer amistades.

- Ya sabes, siempre fui rarita -se ríe, y esta vez hay verdad en su risa- Pero le veo feliz contigo, ¿sabes? Él antes no era así, era mucho más neurótico, no se dejaba a sí mismo disfrutar. Estos dos días le veo mucho más feliz.

- Que vosotros estéis aquí también ayuda a eso – aprecio sus palabras y entiendo nuestra conversación como lo que es: un pacto entre leonas para defender la paz de la manada, que ahora resultaba ser la misma.

- Oh, qué detalle, inspectora. Al final vas a acabar cayéndome bien. ¿Sabes qué? Antes te he mentido.

- ¿Cuándo? – la conversación con Tokio me desesperaba un poco, he de confesarlo, era una adolescente encerrada en una mujer treintañera y caprichosa.

- Cuando he dicho que no me explicaba por qué el Profesor estaba contigo.

- No te estoy entendiendo, Tokio.

- Te he traído un pequeño regalo de compromiso – dice, extendiéndome una bolsa de tamaño pequeño muy cuidada.

- Vaya, gracias, no me lo esperaba –deshago el nudo del lazo de seda que tiene la bolsa para encontrar unas pequeñas braguitas de encaje negro que, cuando las saco, me doy cuenta que tienen un lazo en la parte posterior- ¿Y esto?

- Verás, Raquel, cada vez creo menos en el amor. Y no me entiendas mal, adoro a Rio, pero sé que se acabará. Por eso, he pasado a creer más en el sexo.

- ¿Y qué tiene eso que ver con esto? -la miro divertida, intuyendo por dónde va el regalo, mientras le señalo la prenda.

- ¡Tiene todo que ver con eso! Tú volverás a Madrid, comenzará el nuevo plan para intentar sacar a esos niños del país, pasaréis tiempo separados. Quién sabe lo que sucederá en ese tiempo. Pero aquí, ahora, habéis decidido quereros. Bueno, casaros, que es algo más. Qué mejor forma de celebrarlo que follando, inspectora.

- No necesito esto para acostarme con Sergio, si es lo que estás queriendo decir.

- No, claro que no. Pero estoy segura de que le gustará, he visto cómo te miraba antes en bikini en la playa. Es un regalo para mi amigo, nada más.

Se aleja hacia la playa, para encontrarse con los demás después de haberme dejado con lencería, que no tenía ni idea de dónde ni cuándo la había comprado, pero, por lo menos, sabía que era nueva ya que llevaba la etiqueta puesta. Acordándose de algo, se da la vuelta y me dice:

- Ah, y saldremos un rato todos esta noche. Volveremos borrachos y caeremos muertos en la cama. Sé que sabrás aprovechar la ocasión.

Atónita. Esa es la definición de cómo me sentía ahora mismo.

Debían ser más de las tres de la mañana y estaba entrando en casa, con Sergio justo detrás de mí, con las manos por debajo de mi vestido azul de flores, intentando descubrir cual era la sorpresa que tenía para él. Había cometido el error, hacía un rato, mientras bailábamos agarrados en un chill out de la playa de contarle el divertido regalo de compromiso de su querida amiga Silene. Los ojos se le habían oscurecido aun más y me había susurrado al oído: "llevo dos días sin tocarte, más vale que me digas que las llevas puestas." Y estos dos días sin sexo no le habían afectado solo a él, claro y, por culpa claramente de una enajenación mental transitoria, a la hora de prepararme para salir había decidido que, por qué no, que quizás esta sería la última vez que estaba con él. Si nos encarcelaban, se acabó todo. Así que estábamos en la puerta de la casita de la playa, yo intentando encajar la llave en la cerradura de la puerta, con Sergio detrás, hundido en mi cuello mientras sus manos viajan por debajo de mi vestido, intentando intuir la forma de mi ropa interior mientras me susurraba indecencias en el oído. Y esto no ayudaba a que yo consiguiera abrir la puerta.

- Te lo digo en serio, o abres ya o te lo hago aquí mismo – su mano izquierda sube hasta mi escote, apartando la tela y dejando un pecho al descubierto- Dios, cómo me gusta que te hayas aficionado a ir sin sujetador.

- ¡Sergio! – le regaño mientras vuelvo a meter mi pecho dentro del vestido- Me pones nerviosa y no atino a abrir.

- Trae - me quita las llaves de las manos mientras abre la puerta, a la primera. Maldito.

Entramos silenciosamente en casa, en la que Denver y Mónica debían estar ya durmiendo porque habían regresado un rato antes que nosotros. No sé cómo, acabo en nuestra habitación, con la espalda sobre la puerta ya cerrada y las piernas enrolladas en las caderas de él, que no había movido su atención de mis pechos y ya estaba bajando la cremallera lateral del vestido para poder dejarlos al descubierto de nuevo.

- Me encantan tus tetas – dice mientras succiona mi pezón derecho, mientras su mano se clava fuerte en mi pecho izquierdo- Pero necesito ver esas braguitas, amor. No aguanto más – bajo mis piernas al suelo mientras, entre los dos, conseguimos sacar el vestido y tirarlo al suelo. Entonces le veo, mirándome absorto, con una expresión absolutamente victoriosa. La verdad es que las braguitas eran algo escandalosas, minúsculas, pero con un pequeño lazo y una apertura en la parte posterior, muy lejos de la lencería que solía usar yo. Pero por el hambre con el que me miraba, supe que volvería a usarlas.

- Mañana vamos a tener que darle las gracias a Tokio -se acerca, después de haberse quitado la camisa, solo en vaqueros, con ese maravilloso pecho esculpido y me besa- Pero hoy, voy a hacerle de todo a mi mujer.

- Con que tu mujer, ¿eh? – seguimos besándonos mientras le desabrochaba el cinturón, tocándole por encima del pantalón.

- Quítatelas – le hago caso de inmediato, presa de la urgencia más grande por sentirle dentro y me pongo de espaldas a él, arrodillada en la cama, provocándole.

- No me hagas esto, porque no aguanto ni dos minutos contigo así.

- ¿No me ibas a hacer de todo? – siento como su pene roza mi entrada e, instintivamente, empujo hacia atrás, metiéndole dentro de mí- Házmelo.

- Joder.

Empiezo a gemir fuerte mientras sus caderas chocan con mi culo, rítmicamente, y siento como me levanta para apoyar mi espalda sobre su pecho.

- Calladita, que no estamos solos.

Pone su mano en mi boca, tapándola, y yo empiezo a chupar sus dedos, amortiguando el sonido. Es probablemente lo más erótico que he hecho en mi vida con nadie y necesito ir más lejos, sentir más. Noto como su mano se agarra a mi muslo y a mi glúteo, conteniéndose por miedo a hacerme daño, mientras seguimos moviéndonos, cada vez más al límite. Sé que no me haría daño, jamás. Y eso me hace querer ir más allá.

- Hazlo, no te contengas –le digo mientras vuelvo a dejar caer mis codos sobre el colchón.

- No, Raquel – le miro, tiene la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y solo con el pensamiento que han desencadenado mis palabras, noto como me aprieta más fuerte.

- No me voy a romper. Quiero que lo hagas. Hazlo. Por favor.

Cuando su mano impacta sobre mi culo por primera vez, firme, pero sin causarme dolor, mi cuerpo estalla en un orgasmo maravilloso y me viene a la mente, casi en forma de ilusión, esa conversación que tuve con el hombre al que ahora amo sobre orgasmos. Parece que esa conversación pertenece a otra vida. Y en este instante, después del sexo más intenso que podía recordar, supe claramente que prefería una vida de fugitiva a su lado a mi vida anterior. Siento como él explota también y se recuesta sobre mi espalda, jadeando, girándome la cara para mirarme fijamente a los ojos.

- ¿Te he hecho daño? – puedo ver la preocupación en sus ojos, sé que es consciente de todas las agresiones que he sufrido y tiene miedo de herirme.

- No. Para nada. Quiero poder tener una vida normal, ¿sabes? -le beso mientras me acurruco en su pecho- No tengo miedo. Contigo no. Ha sido alucinante. Creo que yo también le daré las gracias mañana a Silene.