Era la segunda vez que nos teníamos que despedir desde que nos conocíamos. Aquella primera vez, en el hangar, cuando Ángel despertó, se me antojaba mucho más sencilla que la de ahora. Entonces, no sabíamos si nos íbamos a volver a ver, tampoco habíamos hablado sobre si queríamos hacerlo. Fuimos marciales, eficientes como un ejército con un mismo fin. Ella fue directa al hospital, yo a preparar la huida a contrarreloj. Ambos enfocados en ganar tiempo. Cuando aquel beso acabó, la desaté y se fue sin mirar atrás. Minutos después demostraría que estaba a mi lado, ayudándonos a escapar, pero eso no quitaba que siguiese formando parte del bando enemigo. Esta vez, todo era diferente. Sus días en Palawan se acababan, y sería sospechoso que perdiese el vuelo o retrasase su vuelta algunos días. Al fin y al cabo, su hija iba a desaparecer del país en las próximas semanas y debíamos ser lo más discretos posible. Que todo aparentase ser lo más normal posible.

Eran las 2am y bajaba las escaleras de la casa, en completo silencio tras tantos días de alboroto, mientras trataba de convencerme a mí mismo de todo esto, de que separarnos era la mejor opción, de que no podía suplicarle que se quedase conmigo. Me acerco a la cocina, en silencio, tratando de no hacer ruido mientras cojo un vaso y me sirvo un poco de whisky. Abro la cristalera de la terraza y me dejo caer en uno de los sillones, agradeciendo la brisa en una noche tan calurosa como esta. Beber whisky me recuerda tanto a Andrés. Cuánto le echo de menos. Pensar en su hijo, en tener que asumir la figura paterna que él nunca asumió, ése probablemente sí sería el gran reto de mi vida. Llevaba días sin dejar de pensar en si yo iba a ser un buen padre. Probablemente no.

- Hey... -escucho a Raquel llamarme, acercándose hasta donde estoy sentado y poniendo una mano sobre mi hombro- ¿Estás bien?

- Sí, pero no puedo dormir -le cojo la mano, invitándola a rodear el sillón y sentarse en mi regazo- ¿Te he despertado?

-No, tampoco puedo dormir - se sienta, apoyando su mejilla levemente sobre mi hombro mientras le acaricio levemente la pierna- Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Y se hace el silencio, tranquilo, en paz. Sentir el peso de su cuerpo sobre el mío me aporta una calma propia únicamente del que sabe que está en el camino correcto. Que sea lo que sea que venga, nunca deje de sentirla a mi lado. Así, en calma, a las 2am mientras todos nuestros problemas nos ahogan. Entonces me atrevo a verbalizar lo que pienso, porque sé que está esperando pacientemente a que lo haga.

- ¿Tú crees que seré un buen padre? -ella me mira, desde abajo, con los ojos grandes reflejando las pequeñas luces que adornan la terraza- Quiero decir, sé bien que no soy su padre, pero soy lo más parecido a él que van a tener... Estoy nervioso.

- Sergio, claro que vas a ser un buen padre- se incorpora, para ponerse de frente, sentada sobre mí, mientras coge mis manos- Es instintivo, ¿sabes? No necesitas saber nada, tu cuerpo lo hace todo por ti. Cuando menos te lo esperes, te verás a ti mismo siendo capaz de controlarlo todo, velando por ellos hasta cuando duermen...

- ¿Cómo fue cuando tuviste a Paula?

- Fue maravilloso -la veo sonreir, de una manera tan mágica que solo lamento no haberla conocido antes. Me paso el día lamentando no haber pasado toda la vida con ella- Cuando me la pusieron en el pecho, toda rojita y temblando... Fue el mejor momento de mi vida.

Y yo sonrío y me quedo pensando, mientras la miro, con el pelo revuelto y enmarañado, en que, quizás, algún día podríamos intentarlo. En que es una locura pero la necesidad que siento de vivir todo ese proceso es, probablemente, más grande que yo. Pero no digo nada, porque no es el momento, porque las posibilidades de que esta nueva locura salga bien no son muchas, porque no quiero adelantarme.

- Lo vas a hacer bien.

- Contigo, sí. Seguro - juego a desenredar su pelo mientras lo coloco detrás de su oreja, imitando su acto reflejo- Raquel, ya hemos firmado los papeles y sé que no querías nada especial pero... No he podido resistirme.

Saco de mi bolsillo del pantalón de pijama una pequeña cajita y, mientras la abro, la veo sonreir mientras se muerde el labio inferior.

- Necesitaba simbolizar nuestro matrimonio de alguna manera y sé que no podemos ponernos anillos de momento, que llamarían la atención.

- Es precioso -dice mientras saca el pequeño colgante de la caja,admirando la piedra traslúcida engarzada en oro. Pequeña, discreta. Me mira a los ojos reprochándome haberle comprado algo tan caro, pero se aparta el pelo para que le ayude a ponerselo.

- Mañana, cuando estés en el avión o cuando aterrices en Madrid, vas a entender el porqué del colgante. Solo acuérdate de que le dé la luz directa del sol. Justo eso es lo que eres para mí.

- Te quiero -me besa tras la mayor confesión de amor que me ha hecho y, en ese momento, sé que lo vamos a conseguir. Que tendremos a los dos pequeños con nosotros y podremos construir nuestra vida.

- Sé que no puedo pedirte que te quedes, pero esto va a ser un infierno sin ti.

- Y yo no sé si voy a ser capaz de subirme a ese avión y dejarte aquí - se acerca, y me besa levemente los labios de nuevo, despertando la necesidad de sentirla en mí- En dos semanas nos vemos.

- Dos semanas...- resoplo mientras echo la cabeza hacia atrás, fingiendo desesperación, y ella me besa el cuello y ríe al sentir mi erección bajo su fino camisón.

Horas después, vuelvo a casa, solo. Todo está en marcha. Empieza la cuenta atrás para el nuevo golpe, el que en definitiva, sí que sería el más importante de nuestras vidas. Pero eso todavía no lo sabíamos.