Capítulo 16: El día en que el mundo se terminó
Continuación de "El demonio vino a la ciudad"
Gaz nunca creyó que Zim destruyera el mundo pero jamás creyó que Dib fuera quien lo hiciera. Varias veces lo había escuchado hablar de salvar el mundo y sus deseos de ser un héroe y aunque se sentía irritada no llegó a imaginar que sería él quien liberara a un demonio lo suficientemente poderoso como para acabar con la mayor parte de la población en cuestión de minutos.
Pero no podía negarlo. Ese demonio poseído varios cadáveres para hablar con Dib. Ella no estaba segura si había sido ese el método que usó para generar tal cataclismo en la ciudad, al estar encerrada en los edificios de Murkoff no había prestado atención a algo que no fuera lo que se encontraba en su videojuego. Había estado tan emocionada por ese lanzamiento que no pudo contener la emoción e hizo que Dib la ayudara a comprar uno antes de la fecha oficial.
—Muévete —le gritó a Dib, al ver que no reaccionaba tuvo que empujarlo.
Tomar un taxi no era una opción. Los vehículos en la carretera parecían indicar que algunos intentaron escapar pero era difícil saber la verdad tomando en cuenta que en su interior solo quedaban cuerpos mutilados, en algunos casos podía notarse una expresión de mudo terror. Podrían haber ido al trabajo, podrían haber sido asesinados mientras realizaban alguna tarea trivial, la velocidad con la que ese demonio hacía que fuera improbable el que alguien hubiera sido consciente del peligro que liberaron en la ciudad. Especialmente si se tomaba en cuenta la falta de sentido de común en la mayoría de las personas.
Ambos caminaron durante varios minutos sin detenerse. Se encontraron con varios cuerpos mutilados pero ninguno se levantó para intentar comunicarse con ellos. Gaz sospechaba que el demonio se encontraba en otros lugares, saciando su sed de sangre, no era algo que le quitara el aliento, más si no le afectaba de manera directa.
—¡Eres un monstruo! —exclamó Gaz al ver lo que el demonio había causado en ese lugar —. ¡Por tu culpa el Cerdo de la pizza no existe!
La mirada de Gaz se posó sobre Dib, solo uno de sus ojos era visible pero este era suficiente para denotar el enojo que sentía. Su restaurante favorito había sido reducido a cenizas. Intentó acercarse, ver por sí misma si había algo que pudiera rescatarse. Lo único que permanecía medianamente reconocible y lo que le había permitido a Gaz saber que se trataba de su restaurante favorito era precisamente el cartel con su nombre que había sido partido en dos.
—No se suponía que terminaría así, lo que yo invoqué fue un guardián, no un destructor —a pesar de lo que Dib había dicho no se veía convencido. Desde que aquellos cadáveres lo habían responsabilizado por lo ocurrido, su comportamiento había sido errático.
El sonido de un pitido le hizo recordar a Gaz el motivo por el que su tenía tanta prisa. Solo le quedaba un cuatro por ciento de batería pero si se daba prisa no perdería el progreso de su juego. Dib y Gaz retomaron el camino pero no llegaron demasiado lejos, un carro se interpuso en su camino.
Reconocieron al chofer rápidamente, era uno de los trabajadores de su padre y el mismo que los había ayudado en varias ocasiones cuando necesitaban hacer viajes largos. Las manchas de sangre en el vehículo le hicieron pensar a Gaz que había tenido que atropellar a unos cuantos sujetos durante el camino, quizás poseídos por la sombra, quizás ingenuos que buscaban un lugar donde escapar del demonio. No esperaron ningún tipo de instrucción antes de subir al vehículo ni hablaron durante el trayecto que los llevaría hasta el laboratorio del profesor Membrana.
En cuanto llegaron, el chofer les indicó el lugar en donde el profesor Membrana se encontraba. Contrario a lo que hubieran imaginado, el laboratorio del profesor Membrana no se encontraba destruido pero sí bastante deteriorado. De entre todos los lugares, ese parecía ser el único seguro. A Gaz no le extrañaría que los sobrevivientes se dieran cuenta de ello y pidieran refugio en las instalaciones, si es que lograban llegar.
—Mientras estén aquí, estarán a salvo. He estado hablando con el Presidente Humano, pronto enviaran al ejército y acabaran con esos terroristas.
—No creo que el ejército sea capaz de manejar algo así —comentó Dib notablemente avergonzado.
—Tonterías. Nuestras armas son más eficientes y nuestros soldados saben tratar con holgazanes de ese tipo.
—Es un demonio y… —Dib calló de pronto, notablemente avergonzado.
—Mi pobre e insano hijo, entiendo que estés asustado pero a pesar de lo que han hecho, esos terroristas no dejan de ser humanos. Y la ciencia real ha creado armas con las que ellos no podrán lidiar.
—Es una sombra, nada puede dañarla…
El profesor Membrana no prestó atención a lo que Dib había dicho pero el menor no fue consciente de ello pues había tenido una idea. Estando en el laboratorio de su padre podría conseguir algo de antimateria, según había escuchado a su padre, la antimateria podía destruir cualquier cosa.
Gaz no prestó atención a lo que Dib o el profesor Membrana hacían. No le interesaba si lograban detener al demonio o si este acababa con toda la humanidad. El laboratorio del profesor Membrana contaba con su propio generador de energía y ella tenía un videojuego que jugar. Había esperado años para poder tenerlo en sus manos y ni siquiera el fin del mundo lograría hacer que abandonara su juego.
—Es extraño —escuchó decir a su padre y por primera vez notó en su voz confusión —, el presidente siempre contesta mis llamadas antes del segundo tono y mi secretaria no aparece.
Las palabras del profesor Membrana fueron interrumpidas cuando su llamada fue contestada. O al menos eso era lo que parecía. En la pantalla apareció el rostro del presidente pero no parecía ser el mismo. Uno de sus ojos colgaba fuera de su cuenca, el otro estaba nublado por una neblina que lo hacía parecer ciego. Un hilo de sangre colgaba de su labio. Si la pantalla hubiera mostrado más allá de su ojo, el profesor Membrana, Dib y Gaz habrían podido ver su abdomen destrozado.
—El día en el que el mundo se terminó fue el día en el que el demonio vino a la ciudad. El niño quería a un guardián que lo ayudara a escapar pero invocó a quien cumplió su más profundo anhelo. Quienes lo hicieron sufrir murieron, solo su familia sobrevivió. El trabajo del demonio terminó aunque el niño quiso evitarlo.
