— ¿Porque no te gusta hablar del pasado?

No sabía qué hora era, solo sabía que Christian era insaciable, y yo cada vez deseaba más de él. Habíamos disfrutado toda la noche uno del otro, aunque estaba segura que yo lo había hecho más que él. Para mí no solo era sexo ardiente, salvaje y apasionado, era mucho más. Para mí era hacer el amor. Porque eso es lo que haces cuando amas a una persona y ya no lo podía negar más. Estaba tonta y estúpidamente enamorada de Christian aunque él no lo supiera. No imaginaba que sucedería si se lo dijera, o cual sería su reacción.

Me encontraba recostada sobre su pecho, deslizando mi mano suavemente, mientras Christian acariciaba mi cabello. Había hecho una breve pausa cuando le había hecho la pregunta pero después había continuado acariciándome. No me contestó.

—Solo quiero conocerte mejor. —le dije muy bajito como para que no me escuchara.

— ¿Acaso no me conoces ya? —me preguntó con tono serio pero sin dejar de deslizar su mano por mi cabello.

Al parecer había escuchado lo que dije.

—No lo suficiente, a veces siento que no sé quién eres. —Christian levantó mi cabeza para mirarme fijamente a los ojos.

—No creo que sea una buena idea. —dijo negando con su cabeza.

—Eso mismo dijiste sobre el tema del sonambulismo y creo que hasta ahora lo he afrontado bien. —le dije sonriéndole.

—Si es cierto, pero hay ciertas cosas de mi pasado que no te gustará conocer.

—Creo que eso lo debería decidir yo no crees. —le dije mientras volvía a recostar mi cabeza en su pecho.

Y me quedé así por un buen rato. Ninguno decía nada, solamente nos abrazábamos. Imaginaba que Christian tenía una especie de batalla interna y estaba decidiendo si debía o no contarme. Solo esperaba que lo hiciera. Eso solo me ayudaría a comprender un poco lo que había sucedido allá.

—Londres fue muy complicado para mí, en realidad nunca quise quedarme allí.

— ¿Y porque lo hiciste? —le pregunté con curiosidad esperando que respondiera esta vez la pregunta y no me evadiera.

Se quedó nuevamente en silencio y respondió después de un suspiro.

—Mis padres me obligaron.

Qué extraño. Aunque esto aún no explicaba algunas cosas, como por ejemplo porque no se había despedido de mí, no me había llamado. Porque hizo como si yo no hubiera existido.

— ¿Por qué nunca me llamaste?

—Tal vez te parezca absurdo pero se me perdió el celular y la verdad nunca me aprendí tu número, créeme, lo que más quería en el mundo era comunicarme contigo, pero nunca me diste tu e-mail, no era que nos hiciera falta, vivíamos uno al lado del otro. Siempre quise explicarte las cosas.

En esa parte tenía razón. Cuando queríamos hablar simplemente nos llamábamos a la casa del otro.

—Lo puedes hacer ahora. —le dije mientras me sentaba en la cama y el hacía lo mismo que yo.

—Lo estoy intentando, hace tiempo que no hablo con nadie sobre mi pasado. —contestó mientras tomaba mis manos entre las suyas.

— ¿Quieres decir que contestaras mis preguntas? —pregunté esperanzada.

—Lo intentaré. —contestó mientras su mirada gris traspasaba la mía.

Podía ver sinceridad en su mirada. ¿Qué era lo que había cambiado en nuestra relación para que el accediera a hablar del pasado? Eso ahora no me preocupaba. Ahora solamente quería preguntarle de todo.

—Entonces comencemos por el principio. ¿Por qué te fuiste de esa forma esa noche?

—No sabes cuánto quise cambiar lo sucedido esa noche, lo que más quería era quedarme y hacer el amor contigo. No sabes cuánto odié a mis padres por obligarme a irme sin despedirme de ti. —contestó en voz baja agachando la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.

Nunca había imaginado esto. El odiando a sus padres por mi causa. ¿Hasta dónde había llegado a amarme Christian en ese tiempo? ¿Acaso lo hacía ahora?

—Al final te acostaste conmigo. —le contesté mientras el levantaba la mirada sonriendo.

—Si ya veo que no me sirvió de nada enfadarme y odiar a alguien, al final lo que tiene que suceder sucederá hagas lo que hagas tarde o temprano. —dijo mientras me daba un beso en los labios. —Ahora vamos a dormir, creo que te he contado suficiente por hoy. —dijo cogiendo el cobertor y cubriéndonos a ambos mientras nos recostábamos en la cama.

— Y con qué te vas a atar, no tenemos las esposas. —le dije girándome hacia él y por un momento se me quedó mirando pensativo.

—Creo que vamos a tener que improvisar. —dijo levantándose de la cama y recogiendo la corbata del suelo.

— ¿Estás seguro que no las zafarás?

—Hay que intentarlo al menos. —me dijo tendiéndome la corbata.

La tomé de su mano y me le quedé mirando.

—Soy todo tuyo. —dijo mientras ponía ambas manos frente a mi sonriendo y yo no pude evitar el reír también.

Até la corbata en su muñeca izquierda y después le di la mía derecha para que la atara ahí. Creo que iba a ser más seguro que atarlo a la cama. En cuanto lo hizo se recostó en la cama y yo sobre su pecho. Y mientras escuchaba los acompasados latidos de su corazón y el acariciaba mi cabello me fui quedando dormida.

Y como mismo me acosté me desperté a la mañana siguiente. Christian dormía plácidamente a mi lado mientras yo estaba aún recostada sobre su pecho. Me zafé la corbata con cuidado de no despertarlo y me levanté lentamente de la cama rumbo al baño. Me refresqué un poco en la ducha y salí nuevamente hacia la habitación. Cogí lo primero que encontré, que fue la camisa de Christian y me la puse. Aún estaba dormido así que aproveché para ir preparando el desayuno.

—Sabes que tengo ganas de hacer.

La voz de Christian detrás de mí me sacó de mi concentración en la preparación del desayuno que ya casi estaba terminado. Se encontraba recostado a la encimera, sin camisa como era costumbre ya y con unos pantalones de chándal que le caían sexymente en su cintura. Ni siquiera lo había sentido llegar.

—No lo sé si no me lo dices. —le dije mientras ponía un plato con waffles en la encimera.

—Quiero pintarte. —me contestó mientras yo por un momento me congelaba con el otro plato en la mano.

Era una suerte que estuviera de espalda a él así no veía mi rostro. Esta era la primera vez que escuchaba que alguien quería pintarme. Es el sueño hecho realidad de toda mujer que ha visto Titanic. Y también era el mío, aunque no lo iba a admitir delante de él.

—Ah era eso, si, porque no. —le contesté lo más natural que pude mientras ponía el otro plato con waffles en la encimera.

Pero por muy natural que le había contestado por dentro estaba eufórica, nerviosa y ansiosa.

—Entonces crees que puedas dedicarme algo de tiempo para mí solo hoy. —dijo mientras caminaba hacia donde yo estaba y se pega a mí.

—Mi tiempo es todo tuyo. —le contesté sonriendo. —con que me vas a pintar con el vestido que tanto te gustó. —le pregunté mientras él me sonreía y pegaba sus labios a los míos.

—Muy tentadora la idea, pero al final terminaré quitándote el vestido en cuanto te lo vea puesto.

—Entonces. —pregunté enarcando una ceja.

—Voy a pintarte exactamente como estas en estos momentos. —me dijo contra mis labios. —luces muy sexy así ahora…con el pelo revuelto y mi camisa puesta. —me dijo sensualmente mientras me besaba brevemente en los labios y después iba hacia la nevera a sacar el jugo.

Acaso el estaba hablando en serio.

—De verdad crees que luzco mejor de esta forma que como estaba anoche. —inquirí levantando una ceja mientras él me miraba y lo pensaba por un momento.

—Luces bien con lo que sea que lleves puesto, pero anoche estabas excepcionalmente hermosa. —me contestó mientras ponía el jugo y dos vasos en la encimera y yo me ruborizaba por su comentario. —Me encanta cuando te sonrojas de esa forma. —me dijo deslizando una mano por mi mejilla.

—Entonces desayunemos. —le dije cambiando el tema mientras iba y me sentaba en la barra.

Christian se sentó a mi lado y se me quedó mirando fijamente.

—Cualquiera pensaría que estas ansiosa por que te pinte. —me dijo mientras yo detenía el tenedor a mitad de camino hacia mi boca.

—No mucho. —le contesté mientras me metía el tenedor en la boca.

— ¿Alguien te ha pintado alguna vez? —me preguntó mientras yo me sonrojaba nuevamente. —Me parece que no cierto. —contestó con suficiencia.

—No, nadie me ha pintado nunca. —le contesté firmemente mientras lo miraba fijamente a los ojos.

— ¿De veras? —dijo pensativo. —Eso lo hace más interesante. —a que se refería con que lo hacía más interesante.

— ¿Por qué lo dices? —le pregunté con curiosidad.

—Ya verás. —me contestó mientras comenzaba a desayunar.

No sabía porque pero imaginaba que él había pintado a cientos de mujeres en otras ocasiones.

— ¿Has pintado a más personas semi-desnudas alguna vez? —le pregunté mientras él me miraba de lado.

—Sí. —contestó mientras tomaba un sorbo de jugo.

— ¿Muchas? —le pregunté temiendo la respuesta.

— ¿Quieres un número? —Preguntó alzando una ceja.

—Sí. —le contesté firmemente pero en realidad no quería conocer la respuesta.

—Once o doce. —contestó mientras pensaba.

Lo que me temía. No era que no hubiera pintado a nadie, pero no era lo mismo en la escuela que pintar a alguien importante para ti. Ahora me sentí en desventaja. Continué terminando mi desayuno ahora mucho más lento que al principio. Ahora no creía buena idea que me pintara. Al final que iba a ser, solo otra más de las tantas que ya había pintado.

— ¿Qué te sucede? —preguntó mientras me levantaba la cabeza y me miraba fijamente a los ojos.

¿Qué me sucedía? Acaso estaba celosa de las mujeres que había tenido él. O de las que había pintado. Era completamente absurdo.

— ¿Entonces seré la número trece? ¿Me convertiré en un número más? —le pregunté mientras el entrecerraba los ojos.

— ¿Un número? —preguntó sin entender.

—Sí, seré entonces la mujer número trece que has pintado. —le pregunté mientras él me miraba muy serio.

—No en realidad. —me contestó sonriendo mientras se pasaba una mano por el pelo.

—No te entiendo, acaso no has pintado a doce mujeres antes de mí. —le pregunté sin entender lo que él decía.

—No. He pintado a doce personas, pero ninguna mujer. —contestó mientras yo lo miraba confundida.

— ¿Qué quieres decir? —le pregunté intrigada.

—Exactamente eso, eres la primera mujer que voy a pintar y no veo el momento de comenzar a hacerlo. —Contestó mientras me sonreía de lado haciendo que yo me derritiera en la banqueta.

Porque su sonrisa tenía aún el poder de desarmarme completamente.

— ¿Terminaste ya? —me preguntó mientras yo miraba hacia mi plato.

La verdad era que se me había quitado el apetito de pronto. En esos momentos no creía ser capaz de comer nada más.

—Sí creo que ya terminé. —le contesté corriendo el plato hacia un lado y mirándolo a los ojos.

—Entonces vamos, no quiero perder ni un segundo más. —dijo mientras me ofrecía su mano y me conducía hacia la habitación.

—Y cómo quieres que me ponga. —le pregunté mientras él se pegaba a mí y me daba un beso en los labios.