Tomó mis manos entre las suyas y me levantó del asiento. Se paró detrás de mí y poniendo sus manos sobre las mías me condujo por el yate haciendo que subiera una escalera.

— ¿Falta mucho? —le pregunté con curiosidad, la verdad era que me tenía intrigada.

No me contestó. Un momento más tarde se detuvo. Imaginaba que estábamos en la cubierta superior ya que el aire del mar golpeaba contra mi rostro.

—Ya puedes abrir los ojos. —susurró en mi oído mientras me quitaba las manos y yo abría los ojos.

Lo primero que vi fue el enorme cake frente a mí y después a Kate y Elliot parados al lado.

— ¡Felicidades! —gritaron los dos al mismo tiempo dejándome sorprendida y sin palabras.

La verdad era que no sabía que decir en ese momento. Me quedé mirando fijamente a Kate.

—Ya sabía yo que no te ibas a olvidar de mi cumpleaños. —le dije mientras ella me sonreía abrazada a Elliot.

—Nunca me olvidaría de tu cumpleaños. —dijo separándose de él y caminando hasta donde yo estaba para abrazarme fuertemente.

— ¿De quién fue la idea? —le pregunté intrigada enarcando una ceja.

—De Christian, lleva planeándolo desde hace unos días. —dijo mientras yo me giraba hacia él que me miraba sonriendo.

—Así que has estado planeando esto todo este tiempo. —le pregunté mientras me acercaba donde él estaba.

—Desde que lo supe quise darte una sorpresa, aunque con los días tuve que cambiar un poco los planes. —dijo acariciando mi rostro y envolviéndome en un abrazo antes de besarme.

—Dejen eso para más tarde. —nos regañó Elliot haciendo que nos separáramos y lo miráramos. —Ana puedes cortar el cake, tengo hambre. —dijo mientras todos reíamos.

Después de comer el pastel, Christian preparó unos tragos y pasamos la mayor parte de la tarde haciendo cuentos de mi infancia y sobre cómo nos habíamos conocido cuando éramos niños. Yo no bebí mucho de los tragos preparados, sabía que si lo hacía terminaría sin recordar la mayor parte de mi cumpleaños y lo que más quería era recordarlo completamente. Kate y Elliot se reían estrepitosamente, mientras yo daba un sorbo a una soda que había sacado de la nevera. Christian a mi lado me miraba con los ojos entrecerrados.

—Creo que va siendo hora de regresar. —dijo Christian mientras miraba su reloj.

— ¿Qué más estás planeando? —le pregunté mientras él me sonreía y se acercaba a mi oído.

—Tengo planes hasta que amanezca. —dijo haciéndome estremecer antes de levantarse y salir con Elliot rumbo a la cabina.

— ¿Cómo has pasado tu cumpleaños? — me preguntó Kate sentándose a mi lado.

—Bueno hasta ahora va siendo el mejor de mi vida. —le contesté mientras sonreía como una idiota recordando el primer regalo de cumpleaños.

El yate comenzó a moverse. A cada rato nos acercábamos más a la costa y yo me ponía cada vez más nerviosa, no tenía ni idea de que había preparado Christian. Tan rápido como llegamos a la costa bajamos del yate y nos despedimos de Elliot y Kate. Cuando me percaté ya estaba sentada en el asiento del copiloto del porshe de Christian mientras este conducía hacia algún lugar de la ciudad.

— ¿Me dirás donde vamos? —le pregunté intrigada.

—Es una sorpresa. —me contestó mientras tomábamos el puente de Brooklyn y yo lo miraba mientras el sonreía. —No te lo diré por mucho que me insistas, tendrás que esperar. —me contestó mientras reía.

Y no tuve que esperar mucho. Tras bajar del puente condujo justo hacia la costa debajo del puente donde parqueo en un lugar llamado "The River Café". Estaba atardeciendo cuando Christian parqueó y apagó el auto. Entonces se giró hacia mí sonriendo.

—Ya llegamos, vamos. —dijo mientras salía del auto y daba la vuelta para abrirme la puerta como todo un caballero.

Salí del auto tomando su mano y me condujo al pequeño restaurante abriendo la puerta para que yo entrara. Tras entrar nos recibió el maître.

—Buenas tardes. ¿Tienen hecha reservación? —Nos preguntó mirándonos alternadamente.

Yo me le quedé mirando a Christian, aunque conociéndolo como ya lo conocía imaginaba que si la había hecho.

—Christian Grey. —contestó él con una sonrisa en sus labios mientras el maître abría los ojos.

—Disculpe, no lo conocí Sr. Grey, lo estábamos esperando, por aquí síganme. —nos dijo haciéndonos una seña al interior del restaurante.

Tomada de la mano de Christian caminamos al interior del restaurante que se encontraba solamente alumbrado por las pequeñas lámparas que había en el centro de las mesas. El restaurante tenía enormes ventanales donde se podía apreciar la espléndida vista de New York atardeciendo. Mientras caminaba algo llamaba mi atención y era que el restaurante estaba vacío, no había nadie. Primero pensé que era muy temprano tal vez, pero cuando nos condujeron hacia nuestra mesa pegada a los ventanales me percaté que la única mesa decorada y preparada con platos y cubiertos para cenar era la nuestra. Tras sentarme por un momento me quedé admirando la magnífica vista de New York, era para quitar el aliento al igual que la vista desde el apartamento de Christian. Después de un momento me giré hacia él que estaba leyendo la carta de los vinos.

— ¿Alquilaste el restaurante solo para nosotros? —le pregunté mientras este bajaba la carta y me miraba sonriéndome y haciéndole una seña al camarero que llegó rápidamente a nuestro lado.

—Sí. ¿Qué desean beber? —preguntó mirando a Christian.

—Una botella del mejor champagne, no importa el precio. —dijo entregando la carta haciendo que el camarero se marchara.

Entonces fijó sus ojos en mí, me miró fijamente antes de contestarme.

—Sí, lo hice. ¿Tienes algún problema con ello? —preguntó enarcando una ceja.

—No debiste gastar tanto dinero, solo por una cena. —le dije mientras él me miraba aún fijamente.

—No es cualquier cena. Quise que tuvieras una cena romántica por tu cumpleaños y es lo que pienso hacer. Por favor no me arruines los planes. —me pidió sonriéndome tiernamente. —Si te es más fácil puedes pretender que es mío el restaurante. —me dijo mientras yo sonreía.

—De acuerdo, pero solo será por esta vez. —le pedí mientras él me miraba entrecerrando los ojos. Sabía que igual lo haría nuevamente y no podría decirle nada tampoco.

—Quiero que recuerdes este día para toda la eternidad. —dijo mientras tomaba una de mis manos entre las suyas.

—Te prometo que lo haré. —le contesté y era la verdad, dudaba que este cumpleaños se me olvidara alguna vez.

—Ahora, que te gustaría cenar por tu cumpleaños. —me preguntó tomando la carta en las manos.

Y la verdad era que no necesitaba leer la carta para saber lo que quería cenar en mi cumpleaños. Desde hacía un tiempo era mi preferido, pero le eché una hojeada solo para molestar un poco a Christian.

—Creo que pediré mi segundo plato preferido. —le contesté mientras el apartaba la mirada de la carta y me miraba intrigado.

— ¿Y porque no pides el primero? —me preguntó con curiosidad.

—No creo que lo pueda comer aquí. —le contesté bajando la carta mientras él me miraba entrecerrando los ojos intrigado.

En ese momento llegó el camarero y tras abrir la botella de champagne con un leve estruendo y llenar nuestras copas, la puso en una cubitera con hielo al lado de la mesa y se marchó nuevamente.

— ¿Pensaba que tu plato preferido era enchilado de camarones? —dijo inclinando la cabeza levemente a un lado.

—Ya lo dijiste, era, ahora tengo otro plato preferido. —le contesté mientras tomaba la copa de champagne y le daba un sorbo.

—Estoy seguro que por ser tu cumpleaños puedo hacer algo para conseguirte lo que quieres para cenar, solo dime el nombre del plato. —me pidió sonriendo de la forma que hacía que comenzaran a temblarme las piernas.

—Christian. —le contesté mientras él me miraba fijamente sin apartar la mirada ni por un segundo de mi.

—Pide lo que desees. —y yo en ese momento me eché a reír.

—El nombre del plato es Christian. —le contesté mientras él me miraba ahora sonriendo.

—Ya veo. Sé de un lugar donde lo sirven, pero solo como postre. —me contestó dando un sorbo a su copa. — ¿Te apetecería de postre? —me preguntó mientras posaba su mirada gris en mí.

—Sí, porque no, de postre estaría bien. —le contesté mientras Christian hacía una seña al camarero.

—Entonces el segundo preferido estará bien. —dijo segundos antes de que el camarero llegara a nuestro lado.

Para el momento en que llegó nuestro pedido yo me encontraba admirando la maravillosa vista de New York. La ciudad completamente iluminada con el cielo totalmente oscuro, solo quedaban unos leves rastros del atardecer en la distancia. La cena transcurrió mayormente entre miradas furtivas y leves sonrisas que Christian me brindaba a cada rato. Si el supiera lo que provocaba en mi cuerpo cada vez que me sonreía de esa forma.

—No deberías sonreírme de esa forma. —le pedí mientras el volvía a sonreírme.

— ¿Sucede algo malo? —preguntó enarcando una ceja.

—No sabes lo que provocas en mi cuando me sonríes de esa forma.

— ¿Y que provoco en ti? Ahora tengo curiosidad. —preguntó tomando un trago de su copa.

—Me hace querer saltar sobre ti, besarte y pedirte que me hagas el amor. —le dije mientras tomaba de mi copa sin apartar la mirada de él.

Tenía que recordar no beber tanto, siempre la bebida me hacía hablar de más. Ni siquiera sabía porque le había dicho aquello.

—Eso es muy interesante. Será mejor que pida la cuenta, no quiero que saltes sobre mí aquí en el restaurante. —dijo haciendo una seña al camarero nuevamente.

Retiraron nuestros platos y tras Christian pagar la cuenta -a la que ni siquiera pude echarle un vistazo para ver de cuanto era- salimos del restaurante y nos montamos una vez más en el auto. Para mi sorpresa Christian condujo una vez más rumbo a la marina. Esta vez era completamente diferente a las ocasiones en que había ido de día ahora todo estaba alumbrado por las luces a la orilla del muelle y en algunos yates que flotaban plácidamente sobre las tranquilas aguas.

— ¿Saldremos nuevamente en el yate? —le pregunté pero él no me contestó mientras parqueaba el auto y bajaba para abrirme la puerta.

Creo que esa era mi respuesta. Tomó mi mano y me condujo una vez más hacia el yate que estaba completamente alumbrado. Me ayudó a subir, soltó las amarras y me condujo rumbo a la cabina. El yate comenzó a moverse unos minutos más tarde y yo sentada al lado de Christian miraba embobada la hermosa vista delante de nosotros mientras salíamos del East River rumbo a mar abierto. Una hora más tarde cuando no se divisaba nada frente a nosotros Christian detuvo el yate y se giró hacia mí sonriendo.

—Hora de tu próximo regalo. —dijo tomando mi mano y tirando de mi hacia los camarotes.

Me condujo hacia el camarote principal. Tras Christian abrir la puerta y entrar a la habitación lo primero que vieron mis ojos fue la enorme caja sobre la cama. Christian se paró frente a la cama y se giró hacia mí sonriendo.

—En realidad no sé decirte bien si es para ti o para mí el regalo. —dijo pasándose una mano por el pelo. —Pero primero. —dijo mientras se acercaba a mí.

Su rostro a solo centímetros del mío, mirándome fijamente. Me sonrió como mismo lo hacía siempre y dirigió sus manos habilidosas hacia los tirantes de mi vestido bajándolos con destreza y dejándolo caer al suelo. Después lo recogió y lo puso doblado en una de las butacas. Regresó donde yo estaba y se paró frente a mí, mirándome de arriba abajo con solo mi ropa interior.

—Ahora sí, mucho mejor. —dijo girándose nuevamente hacia la cama y cogiendo la caja en sus manos. —Te lo puedes poner. —me pidió mirándome tiernamente.

Podía ver en su mirada que estaba muy emocionado por el regalo, aunque aún no entendía porque. La caja era grande, forrada con papel de regalo de color rojo y con unas cintas de color negro envolviéndola. Cuando fui a desatar la cinta el me detuvo.

—Puedes ponértelo en el baño. —me pidió y yo me dirigí hacia el baño.

Aún no entendía a que venía tanta intriga por parte de él. Entré cerrando la puerta tras de mí. Puse la caja sobre la encimera, desaté las cintas y quité el papel de regalo. Después de quitar el papel me quedó claro lo que había dentro de la caja dorada que había sobre la encimera donde con letras negras y cursivas se leía Victoria´s Secret. Aún no la había abierto pero ya podía imaginar lo que me esperaba en cuanto lo hiciera. Mi respiración se había acelerado y mi corazón golpeaba fuertemente en mi pecho. Vamos Ana, un poco de valor, no te va a morder, me reprendí a mí misma. Tras tomar una respiración brevemente y con manos temblorosas abrí lentamente la caja.