Como cada día desde hacía cuatro años, Hiro estaba terminando de servir el café que había preparado en un termo blanco que él mismo había diseñado para realmente mantener la temperatura de cualquier líquido que metiera, tenía placas térmicas que se encargaban de mantener el calor o el frío dentro, para que la bebida no perdiera ese toque que la temperatura le proporcionaba.

Su reloj marcaba las 8:15 AM.

Estaba tranquilo, ya que no iba a llegar tarde a su trabajo. La hora de entrada era en 45 minutos, y caminando se hacía como máximo media hora. Tenía todo completamente calculado. Así era él. Quizá podía ser un poco desastroso, pero si a tiempo nos referimos, era mayormente exacto.

Una vez acabó todo lo que tenía que hacer en casa, salió de la misma con calma, sosteniendo el termo con su mano izquierda. Saludó a su amable y vieja vecina y bajó las escaleras del edificio de apartamentos en el que vivía. Era pequeño, pero tenía todo lo que cualquiera pudiera necesitar. Para Hiro era ciertamente perfecto. Después de todo, solo era él en ese lugar. Aparte, aunque su sueldo le alcanzara para pagar un lugar aún más grande, el espacio no lo necesitaba y el dinero lo invertía en un proyecto personal.

Salió después de un rato del edificio y caminó calle arriba, hacia uno de los edificios más conocidos en la ciudad, con los avances tecnológicos más admirables, mayoría de Hiro. En tan solo esos cuatro años, el prodigio había hecho de esa corporación, la más avanzada en la ciudad. Se sentía orgulloso de aquello, ya que apenas estaba cumpliendo los 22. Era un alma joven con infinidad de metas cumplidas, y varios retos en el camino que le fascinaban, porque siempre podía con todo. Lo único que le podía dar un poco de miedo, era el amor.

El relacionarse con la gente no era su fuerte, a menos que fuera en un sentido meramente profesional. De ahí en fuera, no tenía idea de lo que era una pareja. Simplemente no se le daba.

Pasó por un café que parecía algo nuevo ahí. Hacía unos meses había visto ese local en venta, y más tarde en proceso de construcción. Ahora veía que era un café, con un aire mexicano. Sonrió alzando los hombros y lo pasó de largo para llegar a su trabajo a ser más exitoso como siempre.

Los días pasaron así, y pronto se convirtieron en semanas y transcurrió un mes. Hiro veía todos los días como un chico moreno de buen cuerpo y rostro abría el café siempre que pasaba. Conectaban miradas, a veces se sonreían, Hiro con nervios y ese chico con dulzura, a veces se saludaban con un gesto de mano, pero nunca se dirigieron la palabra.

6:50 AM. Hiro despertó después de 10 minutos de que su despertador estuviese sonando a todo volumen. Apagó aquella alerta y se levantó después de un rato para bañarse.

Ese día estaba especialmente cansado por haberse desvelado trabajando en un nuevo Baymax portátil, más que nada para su oficina.

No supo cómo ni cuándo, pero terminó dormido, parado con el agua caliente recorriéndole todo el cuerpo. Su cabeza había cedido y la había agachado. Incluso dentro de la ducha comenzó a roncar suavemente, ayudándose a dormir con el cálido ambiente que le rodeaba con el mismo vapor que salía del agua. Todo estaba muy bien, aunque la posición no era la más apta para descansar.

Después de 20 minutos despertó parpadeando con suavidad, dándose cuenta que había quedadose dormido en el lugar menos apto para la acción. Frunció el ceño sin estar seguro de qué había pasado realmente, ni de cuánto tiempo había pasado, así que continuó bañándose, un poco más despierto que aún, pero todavía no estaba en sus 5 sentidos.

Tardó un poco más de lo normal, sin estar preocupado por el tiempo, ya que seguía sin procesar del todo la situación. Tenía que dejar de desvelarse han espontáneamente.

Salió de la ducha con una toalla en su cintura y el cabello húmedo, casi chorreante, con gotas cayendo de las puntas a su pecho, espalda y al suelo. Limpiaría en un rato. Fue a su cuarto y se colocó unos pantalones de mezclilla, una camisa blanca térmica, y después otra negra de cuello redondo y manga corta. Tomó una chamarra roja, y se colocó sus converse del mismo color, para después tomar su celular y guardarlo en el bolsillo trasero de su pantalón. Salió del cuarto mientras se terminaba de colocar la chamarra y entonces volvió a entrar al baño para tomar una toalla chica y limpiar la parte del suelo que había dejado mojada.

Su cabello aún estaba mojado, pero al menos ya no chorreaba. Sus mechones negros se pegaban a su frente y a su nuca ocasionalmente y eso le molestaba un poco, ya que le limitaba la visión sin querer. Estando en el baño, tomó su secadora y comenzó a pasearla por su cabeza, sintiendo el aire cálido y fuerte chocar contra su cabeza, de a poco haciendo que esos mechones comenzaran a revolotear cuando comenzaban a secarse. El calor también le estaba despertando, y se sentía un poco más atento a las cosas que pasaban a su alrededor.

Una vez su cabello estuvo un poco menos húmedo, se dedicó a cepillarlo para deshacerse de los nudos que el aire había creado y pasó sus dos manos hasta que tomó su forma habitual, en ese peinado desenfadado que él siempre lucía bien.

Estaba seguro de que el tiempo estaba de su lado, así que arregló con calma las cosas que usualmente llevaba dentro de su mochila. Sentía muy dentro de sí que algo se le estaba olvidando, pero no estaba seguro de qué era.

Sacó su teléfono de su bolsillo y prendió la pantalla presionando un botón lateral. En cuanto sus ojos enfocaron la hora, Hiro abrió los mismos como platos y salió, casi literalmente, corriendo de su apartamento, cerrando torpemente con las llaves que por poco pierde en el momento de estrés, de saber que estaba saliendo veinte minutos más tarde de lo que generalmente.

Bajó las escaleras del edificio en torpes movimientos que amenazaban con hacerle caer, pero pudo mantenerse equilibrado entre tanto y tanto. Salió del lugar y comenzó a caminar entre la gente lo más rápido que podía. Los lugares que usualmente veía con calma ni siquiera lograba encontrarlos al estar tan enfocado en esquivar y pasar a través de las personas. No quería llegar tarde a su trabajo. Estaba muy seguro de que llegaría unos 5 minutos tarde, si bien le iba.

Conforme subía la calle, la gente iba haciéndose menos, lo cual agradecía, puesto que le facilitaba el movimiento. Al llegar a donde el café mexicano, se detuvo por un segundo al no encontrar al chico moreno que siempre saludaba. No le quiso tomar importancia, ya que vio el café abierto, y recordó que había salido tarde de su apartamento. Siguió su rumbo hacia el edificio en el que ejercía su trabajo.

Llegó, como el predijo, a las 9:05 AM, sin embargo, algo no cuadraba. ¿Por qué estaba cerrado?

De su teléfono pasó la vista al edificio y viceversa, hasta que, en un brillante momento de asociación, su mirada se enfocó en las pequeñas palabras que en la pantalla aparecían debajo de la hora.

— Sábado... — susurró para sí mismo — ¿¡Es sábado!? — gritó hacia el edificio, como esperando una respuesta, después de un tiempo procesando aquello. Entonces reparó en otra cosa —. ¿¡Por qué tenía una alarma para este sábado!?

Dio un pisotón a la acera, sin poder controlar su enojo y guardó su teléfono en la mochila, comenzando a caminar por la misma dirección en la que había llegado. Estaba muy de malas, por tantas razones. Había despertado con una alarma, en sábado; había creído que salía tarde al trabajo; se cansó caminando a esa velocidad hacia ese edificio cerrado; no había tomado ni un poco de café...

Se detuvo en seco cuando, sin haber sido consciente de esto antes, se encontró de frente a la cafetería en la que muy probablemente trabajaba ese chico del que solo conocía su sonrisa con un hoyuelo. Los decorados de la cafetería eran muy sencillos, sin embargo, muy lindos, con un toque extranjero, mexicano ciertamente. Entró, habiendo respirando hondo unos segundos antes de empujar aquella puerta, haciendo sonar una pequeña campana. Su mirada se desvió al pequeño objeto y sonrió. Le recordaba a la cafetería de su Tía Cass, que por cierto, quedaba al otro lado de la ciudad, aunque casi cada fin de semana iba a visitarla y pasaba una noche en su antigua habitación.

El sonido de la pequeña campanilla alertó a los únicos dos meseros (uno de los cuales ya conocía, y le sonrió) que se paseaban por el lugar con pedidos en charolas que cargaban con maestría. Había una barra, donde atendía otra persona, dejando los platillos que habían en unas hojas colgadas en lo que parecía un tendedero. Sin lugar a dudas era una cafetería curiosa. Casi le recordaba a aquella que aparecía en el vídeo musical de una banda femenina, cuyo nombre no recordaba.*

La gente siguió en lo suyo y Hiro fue a sentarse a una mesa pequeña, para dos, que había en una esquina del local. Observó cómo los dos meseros terminaban de atender a los clientes y aquel que no conocía regresó a la barra, después de haber visto un gesto peculiar por parte del mesero que Hiro sí conocía, al menos de vista.

El moreno se acercó a la mesa de Hiro después de tomar una carta y, con una sonrisa, dejó la misma en la mesa.

— Buenos días — mencionó con un tono verdaderamente alegre, y Hiro se perdió por un momento en ese dulce tono que el otro poseía. Rápido ambas miradas se conectaron y Hiro sintió de manera irracional cómo sus mejillas comenzaban a arder —. Bienvenido al Café "Los Tres Huastecos" — soltó una pequeña risa por el nombre del café, aunque siempre le ocurría aquello —. Soy Miguel, y hoy te voy a atender, ¿sí? Avísame cuando sepas qué quieres ordenar — y tras decir aquello, caminó lejos de la mesa, para ir a atender a otros clientes que en el momento habían entrado, puesto que Marco, su compañero, se encontraba dictando a Leo las nuevas órdenes y las colgaba en esa especie de tendedero.

Hiro observó la carta y pudo ver claramente palabras que no estaban ni en inglés ni en japonés. Asumió que era español mexicano, ya que "enfrijoladas", no sonaba muy español. Él solo quería un café, pero ahora que estaba viendo las fotos de los platillos, sintió cómo la boca comenzaba a hacérsele agua. Después de un rato, buscó a Miguel con la mirada y le hizo un pequeño gesto.

Cuando el mexicano regresó, Hiro le sonrió más tranquilo ya.

— Uh, en realidad venía por un café americano, nada más... Pero no sé, eh... Se me antojó esto — señaló la foto del platillo —. Las, ehm... — dudó un poco en decirlo, y Miguel, al observar bien la imagen, exclamó el nombre del platillo.

— ¡Oh, Huaraches! — sonrió el mexicano, mientras anotaba el pedido en una pequeña libreta —. Entonces, sería un café americano y unos huaraches, ¿está bien?

— Sí, sí — asintió el japonés, mientras cerraba la carta. Vio al chico parado frente a su mesa y entrecerró los ojos — ¿Juaratches? — preguntó en un intento de pronunciación, a lo que Miguel rió, sin sonar burlón, pero enternecido.

Hua-ra-ches — dijo el chico con lentitud, y enfatizando casa sílaba y su correspondiente pronunciación, a lo que Hiro volvió a asentir.

Juaraches — balbuceó, y aunque ya no era en pregunta, su tono sonaba inseguro. Miguel tomó la carta para llevársela y asintió, casi convencido.

— Casi — dijo el moreno antes de irse a dictar la nueva orden de ese chico, que le llamaba la atención.

Después de ese día, su rutina cambió. Hiro comenzó a frecuentar el Café "Los tres huastecos", y no pasó mucho tiempo para hacerse muy amigo del personal, ya que incluso los iba a ver en fines de semana en sus ratos libres, cuando cerraban el lugar por un rato para descansar, ya que solo los tres chicos trabajaban ahí. Entre los tres lo habían hecho todo desde el principio. Leo San Juan, Marco de la Cruz y Miguel Rivera eran muy cómicos para Hiro Hamada, y le habían enseñado mucho español, o eso el creía porque su conocimiento en ese idioma era quizá un 70% platillos mexicanos y cómo pedirlos, y un 30% varios insultos. Él fielmente creía que podía sobrevivir en México con todo lo que sabía gracias a los tres divertidísimos chicos.

Día tras día el chico salía temprano de su departamento para pasar a ver a Miguel los primeros 10 minutos en los que el café abría, para convivir más a solas con el Rivera y comprar un café. Quizá no se ahorraba dinero, pero podía estar con ese interesantísimo ser, que aunque no fuera tan inteligente como él, siempre tenía buenas anécdotas de México, o de cómo en su país solía cantar y había sido muy reconocido en su pueblo en su adolescencia. A Hiro se asombraba la valentía del otro para irse a un lugar totalmente desconocido, con una mochila, unos ahorros y dos amigos en las mismas condiciones. O había sido mucha suerte, o un gran esfuerzo. Mientras tanto, Miguel se maravillaba con todo lo que "su chinito" era capaz de crear.

Después de hablar en la mañana, Hiro se iba a su trabajo y Miguel preparaba la cafetería para cualquier posible cliente. Ambos aguantaban bien en su trabajo, y hasta en la tarde noche, Hiro regresaba para ver a los tres chicos, siendo inconscientemente más apegado al Rivera, quien al mismo tiempo, veía en Hiro algo que en nadie más había encontrado, era algo que lo volvía un poquito loco.

Ninguno de los dos eran conscientes de esa atracción que había entre ellos.

Pero claro que día tras día Miguel hacía sonrojar al de piel lechosa y por su parte, Hiro hacía suspirar al moreno cuando nadie veía. El pensar en el otro los hacía sonreír inconscientemente y como unos tontos enamorados, mas nadie decía nada.

Marco y Leo podían ver aquella conexión que los dos tenían, y podían ver con claridad el enamoramiento de ambos, pero como a la vez, ninguno de los dos hacía algo. ¡Era increíble y muy frustrante! Aunque ellos no se podían meter en esa relación. Lo único que secretamente habían hecho esos dos mexicanos, había sido apostar por quién hablaría primero del tema.

— Eres un tonto, Miguel — mencionó Hiro, rodando los ojos mientras una sonrisa escapaba por sus labios, al tiempo que dirigía a los mismos el vaso de café que el mexicano le había preparado.

Aprovechando que el café ya había cerrado, y que Marco y Leo ya se habían marchado, ambos se encontraban sentados en la icónica mesa en la esquina para dos. El mexicano bebía chocolate caliente, y el asiático un poco más de café en el día, a una hora para nada convencional porque, ¿quién necesita dormir? Ambos estaban de frente y por maña, Miguel estaba recargado con los codos en la mesa, mientras que el Hiro dejaba caer su peso en el respaldo de la silla.

— Ah, pinche chino — susurró el mexicano divertido — si bien sabes que soy tu tonto, así me traes de atarantado.

El Hamada rió dulcemente, mientras veía al otro chico hacer un gesto gracioso, con el que parecía un torpe total. No pudo evitar que sus mejillas enrojecieran de manera inintencional, y eso al Rivera le sacó un suspiro involuntario.

En el café reinó el silencio por unos segundos, en el que los dos adultos solo se veían a los ojos con unas sonrisillas que dejaban mucho a la imaginación. Si bien no eran pervertidas, exponían ciertamente sus sentimientos.

Hiro mordió su mejilla derecha desde el interior y pronto desvió la mirada cuando Miguel ladeó su cabeza con suavidad, para verle de otro ángulo, aunque mientras más ponía atención, más le gustaba.

El silencio no era incómodo, sino todo lo contrario. Ambos se sentían parte de él, mientras escuchaban a sus propios corazones hablar. Hiro respiró hondo y tragó saliva después, sabiendo lo que probablemente tendría que pasar. Al menos tenían que hablar de esa obviedad que los dos habían estado ignorando al no ser conscientes del todo de aquel sentimiento que hasta ahora comprendían.

Porque Hiro al ver a Miguel, sonreía y se quedaban vagando en pensamientos y recuerdos con el moreno, y lo mismo le pasaba al Rivera. Porque ver el lunar o el hoyuelo del mexicano, al mayor le causaba escalofríos. Porque acariciar el rebelde cabello azabache, o la lechosa piel del rostro ajeno, al Rivera le aceleraba el corazón, casi a mil por hora.

Pero eran sensaciones que a los dos agradaban. Se sentían cómodos con aquello, sin darse cuenta de qué sentían. En ese momento, el corazón de Miguel parecía que se le escaparía del pecho e impactara contra Hiro, y por su parte, los escalofríos que el otro recibía le hacían temblar de la emoción, pero solía controlarse. Sin embargo, ver a los ojos chocolatosos del moreno, le hacían comenzar a dudar de su fuerza de voluntad. ¿Podría acaso resistirse a esa mirada, a esos labios, a ese rostro, a ese ser? La respuesta la tenía en frente.

Claro que no.

— Creo que me gustas — soltaron ambos al mismo tiempo, a lo que, por mero instinto, rieron con cierto nivel de nerviosismo que en el momento se entendía.

De nuevo silencio, aunque ahora un poco incómodo.

Miguel volvió a reír y escondió su rostro entre sus manos con vergüenza. Sabía que su tono de piel hacía un sonrojo casi imposible, pero podía sentir su rostro arder de pena. Dejó escapar un suspiro, mientras que Hiro únicamente veía al chico con total confusión. En ese momento,se sentía como la burla personal de Miguel, pero no tenía idea de que aquella reacción del mexicano, era de alivio puro. El japonés pasó una mano por sus cabellos con los nervios calándole los huesos.

"Ambos gustamos del otro" pensaba Hiro, mientras su mirada se enfocaba en la mesa. Su cerebro se adelantó a pensar en todas las posibilidades que había. ¿Y si solo era una broma? ¿Y si acababan juntos? ¿Y si no funcionaban? ¿Y si sí? ¿Y si su tía no lo aprobaba? ¿Y si vivían juntos? ¿Y si no? ¿Y si todo era un sueño del que, al menos en esos momentos, Hiro no quería despertar? Tragó saliva y alzó la vista, pero se encontró con el rostro del otro más cerca.

Miguel usaba la mesa de apoyo para poder quedar a escasos centímetros del Hamada, y el prodigio solo se había quedado petrificado al tener los labios ajenos tan dispuestos y cerca de los suyos. ¿Acaso él daría el primer paso y se aventaría a la aventura que podía envolver ambos pares de labios en una danza rítmica y quizá pasional? ¿Acaso podría tan siquiera? Mordió su labio inferior, mientras sus manos se aferraban al borde de la mesa. Estaba tardando en decidirse, porque ese solo beso, podía definir todo lo que quedaba. Ninguno de los dos estaba seguro de qué ocurriría después, pero los dos lo querían.

Muy dentro de ambos, el deseo carnal de juntarse en un beso emanaba haciéndoles plantearse realmente todo lo que habían conseguido en una amistad que se había dado tan rápido. En varios sentidos, el mexicano estaba más seguro de lo que quería con el japonés, mientras que este, solo podía pensar en miles de posibilidades, no todas buenas, tampoco todas malas. Solo posibilidades.

— ¿Sabes por qué me reí? — preguntó Miguel, sin apartar la vista de la mirada ajena, Hiro negó —. Porque llevo creyéndolo muy en el fondo, desde que me sonreíste en la calle la primera vez. No me había dado cuenta, chinito. Me traes bien loco — y, aunque Hiro iba a hablar, el mexicano decidió aventurarse a besarlo.

Los labios carnosos de Miguel encajaban a la perfección con los del asiático, y se acoplaban sin dudar con cada movimiento efectuado en una danza sin música, lenta, dulce, inocente. Hiro sabía a café y Miguel a chocolate, y era una combinación que, en el momento, a los dos les fascinaba. Sus labios húmedos no se detenían, pero saboreaban con suma suavidad los del otro, como si aquella no sólo fuera la primera vez que se besaban, sino también la última. Ambos disfrutaban del ritmo al que iban, tomándose su tiempo para explorar al otro en esa acción, para perder lo poco que quedaba de nervios y para, obviamente, disfrutar todo en ese perfecto ambiente. Porque a los dos les importaba un carajo (y habían olvidado) la existencia de las cámaras de seguridad en el lugar.

Ese acontecimiento quedaría grabado y, si Marco lo veía, muy probablemente guardaría el fragmento para la posteridad.

Se separaron con la misma lentitud con la que se besaron, y Miguel abrió los ojos para encontrarse con el rostro rojizo del Hiro, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos mientras su pecho subía y bajaba con fuerza, no por la falta de aire, sino por la mejor experiencia de su vida. Ese había sido, fuera de cualquier broma, su primer beso, y definitivamente, fue el mejor primer beso que pudo haber tenido en toda su vida.

Con vergüenza, el asiático abrió los ojos y se sintió desfallecer en aquella silla al ver la expresión del Rivera. Ver esos ojos curiosos y esa sonrisa ladeada le hacía derretirse y sentir más escalofríos.

— Confirmo mis creencias — susurró con un tono enamorado, casi maravillado, esta vez siendo él quien se aventó a los labios de Miguel, en aquella posición tan poco usual, pero que, quizá por el ambiente, a ninguno de los dos molestaba.

Sin darse cuenta, comenzaron a moverse un poco, al ritmo de sus labios desesperados por tener al otro así por siempre, en busca de una posición más cómoda, y entonces, en un segundo que ninguno de los dos vio pasar, la taza de café con el líquido restante, se regó por la mesa, manchando parte del pantalón del japonés, quien pronto se separó por la extraña y repentina calidez húmeda en sus muslos y rodillas. Ambos jadeaban un poco, y Hiro fue el que rió esa vez, aguantando el pequeño ardor que le había provocado aquello.

Miguel se unió a esa pequeña risa, y se acercó rodeando la mesa al Hamada, para después darle un beso en la frente.

— ¿No te quemaste? — preguntó, viendo a aquellos ojos almendrados, tan perfectos como tentadores. Hiro negó con la cabeza y se levantó al lado de Miguel, para después suspirar con una sonrisa rendida.

— Debería ir a secarme para ayudarte a limpiar — habló sin romper esa conexión entre miradas, profundas, enamoradas y muy centradas en el otro y lo que querían dejar mostrar a través de esos bellos orbes que poseían.

El Rivera asintió, pero antes robó de los labios ajenos, un beso más corto y casto que los otros, que hizo a Hiro enrojecer, y golpear con suavidad el pecho del moreno, quien limitó a sonreír enternecido por las reacciones ajenas. Le vio desaparecer por la puerta del baño y él se dirigió por un par de artículos de limpieza para comenzar a deshacer el desorden que habían causado en su frenetismo momentáneo, generado por la confesión reciente.

Entonces se puso a pensar, que ambos se gustaban. ¡No era amor no correspondido! Miguel comenzó a saltar de alegría mientras agitaba un poco los brazos, y el trapo que sostenía en una mano. Paró en seco al escuchar a Hiro preguntar que qué hacía.

— Nada, nada... — habló avergonzado, rascando su nuca mientras veía al chico japonés. Hiro negó con la cabeza y reprimió una risa para después acercarse y quitarle el trapo de las manos para comenzar a limpiar la mesa y parte de la silla. Miguel imitó sus acciones, quedándose callado por la pena por la que había pasado.

El silencio en el que se sumergieron pronto les resultó acogedor a ambos, al ocasionalmente voltear a verse y sonreírse con esa curvatura que perfectamente calmaba y hacía sentir mejor al otro. En esos momentos, en el suelo, limpiando los restos de café, ambos se sentían como si ya nada pudiera faltarles, total, ya tenían a quien llenaba la parte medio vacía de su "taza". No había necesidad de más.

Se levantaron al acabar después de un rato y llevaron entre ambos las cosas que habían usado a donde pertenecían y poco después, se encontraban fuera del café. Miguel cerró el local y Hiro se quedó observando la calle en la noche, extrañamente intransitada. Ninguno de los dos quería irse de ese lugar, de ese momento. Querían encerrarse en un bucle que repitiera uno a uno los sucesos que a ambos habían hecho sentir su corazón salírseles de su pecho. Sin embargo, aún no había la tecnología. Hiro lo pensó un momento, figuró que, en efecto, aún no había tal tecnología, y si se creaba, sería su patente.

— Bueno... — Miguel mencionó, parado al lado de Hiro, viendo hacia el mismo sitio.

— Bueno... — repitió Hiro, girando su rostro al moreno para poder observar nuevamente aquella sonrisa. Obtuvo lo que quería, respondió con la misma acción, y pronto los dos regresaron su vista a la calle —. Nos... ¿Nos vemos mañana?

Ay, chino — habló el mexicano, soltando una risa que llamó la atención del mayor para que voltease de nuevo a verle —. Ni siquiera debería ser una pregunta.

Esa respuesta confortó al superdotado y asintió, dándole la razón al antigüo músico, qauien, tomando la iniciativa, dio un paso al frente y entre sus dedos atrapó el mentón del de piel lechosa, para que este alzara un poco la mirada. Hiro pasó sus brazos por el cuello de Miguel, quien imitó la acción con su brazo libre, solo que pasando este por la cintura ajena.

Nuevamente en ese día, ambos se volvieron a juntar en una bella danza que conocemos vulgarmente por beso. Sus labios siguieron una melodía lenta y rítmica, de sabor chocolate con café. Definitivamente, jamás se iban a cansar de esa sensación que el otro le proporcionaba.

Se separaron después de un tiempo, que Hiro asumió como varios minutos en los que habían estado inmersos en ese dulce momento, que ambos deseaban fuera eterno. Lo tomaron como su nueva despedida, en vez de agitar sus manos y caminar en dirección contraria.

Así, después de haber recibido varios besos en ese día, Hiro sonrió una última vez a Miguel, y caminaron ambos en direcciones opuestas para llegar a sus respectivos hogares. Ambos iban recordando y reviviendo cada uno de los besos que se habían dado, y ocasionalmente, rozaban sus propios labios contra sus dedos en un intento de que aquello fuera un estímulo a sus cerebros para que el recuerdo perdurara y las sensaciones fueran más precisas.

Al llegar a su departamento, Hiro aventó sus cosas a un sillón y fue directo a su cuarto, donde se tiró a la cama y hundió su rostro en una de las almohadas para gritar con total emoción. ¡Había sido el mejor primer beso de la vida!

Sin embargo, algo cortó la acción. Un pequeño sonido de notificación en su teléfono. El asiático se quedó algo confundido, pero, en cuanto vio de qué se trataba, no pudo evitar sonreír ampliamente y morder su labio inferior.

«Entonces, ¿para cuándo la cita, chinito

Pues, ya acabé, pero he de explicar el por qué esto tardó más de una semana de lo que se había acordado.

No es sencillo decirlo, pero agradezco que una pantalla sea aquello que nos separa, porque así no pueden verme, pero ser diagnosticada con depresión no fue lo mejor que me pudo haber pasado en estos días. La verdad lo he pasado muy mal, y me esforcé mucho por acabar esto en la fecha acordada, pero simplemente, todo lo que conllevaban mis sentimientos, más mi regreso tan abrumador a clases fue algo que me tuvo apresada por un buen rato.

Al final, lo he logrado, y seguirá con la dinámica original. Gracias por haberlo esperado.

Entonces, dicho esto:

1. San Valentín

2. Novio falso

3. Librería

4. Accidente (Miguel)

There you go! Love y'all!