ESCÁNDALO

"Una tempestad de amor"

CAPÍTULO II

Por Fabiola

"El espíritu indomable pronto ha de cansarse de la soledad a la que su mismo ímpetu lo destina."

¡Maldita sea! ¡¿Acaso no puedo tener algo de paz? Si se me da la gana venir a la playa a medianoche, así he de hacerlo. ¡Demonios de mujeres!

- ¡Aléjense! ¡Retírense! – les grité a las doncellas -. Si no lo hacen, me encargaré de que mi padre las despida.

Corrieron por la arena de regreso al hotel, dejándome en la playa. Así debe ser, algo han aprendido, a tenerme miedo, bien por ellas.

Mi padre las había enviado a vigilarme, estaba segura, no que me importara demasiado. A decir verdad ya no podía recordar a ciencia cierta lo último que me había importado. O cuándo había sido eso.

Además yo ya soy una mujer, no necesito que me cuide nadie como si fuera una niñita. Si mi padre supiera mis aspiraciones desterraría mi nombre de su árbol genealógico. Debería decírselo sólo para que comprenda de una buena vez que ni él ni nadie pueden meterse en mi vida.

Me senté pesadamente en la arena y dejé caer con la delicadeza de la que era capaz en ese momento, que no era mucha, la botella de champagne junto a mí.

Yo sólo quería admirar el mar, eso era todo. Y estar sola. Sola. Al menos deberían concederme esto. Soy una mujer recientemente abandonada, ¿Lo olvidan? ¡¿Lo han olvidado? grité y mi voz se estrelló contra las olas.

La amargura en mis palabras pudo haber divido el mar en dos, aunque para eso debería ser una santa, supongo. Y, a decir verdad, nada más lejano a mí que eso en este momento. Aunque tampoco fuese eso algo que me quitara el sueño.

Tomé la botella y la acerqué a mis labios, bebí un largo trago, refrescando mi garganta. La lengua me sabía a hiel. Miré de nuevo al mar y me pregunté qué tan lejos tendría que ir para olvidarme de todo esto. De esta vida.

Hacía apenas exactamente veinte días y veintiún noches yo era una mujer… ¿feliz? sonó en mi conciencia y entrecerré los párpados. Dejémoslo en satisfecha. Yo era una mujer satisfecha.

Hija única de Sir Alan White-DuPont, del linaje de Canterbury, décimo descendiente directo del gran Luis, décimo primero en la línea de sucesión al trono inglés, Conde de Wessley, Barón de Agnes, y algunos otros títulos que de pronto olvido. Sobre todo cuando estoy ebria.

Siendo hija única de tan respetable caballero era de esperarse que no demasiadas veces en mi vida lavase yo mis propias medias, nunca de hecho.

Me levanté y lancé al mar un puño de arena. El viento la trajo a mi rostro, cerré los ojos sacudiendo la cabeza, saboreé en la lengua su metálico sabor y escupiendo me dejé caer de nuevo.

Este no es el comportamiento que se espera de una señorita decente la voz de Sir White-Dupont en mi mente. Mi padre cerraba los ojos, le gustaba vivir engañado, porque mucho distaba yo de ser una señorita decente como él me llamaba.

Quizás por eso concertó el enlace con mi flamante pretendiente de toda la vida, un perfecto caballero, perteneciente a la más alta sociedad inglesa, con herencia tanto en Inglaterra como en Francia y algunas propiedades españolas y griegas.

El sempiterno enamorado de mis rizos rubios como el sol y mi piel de porcelana, Charles Algeri, Conde de aquí, Baronet de allá y bla bla bla.

Rico, atractivo, irresistible, galante y estúpido, como todos los hombres. Cruel y malnacido, aunque no era su culpa, es sólo la penitencia que debe pagar por haber nacido con un pene. Todo ser en esta tierra que camine con esa cosa entre las piernas debe ser malévolo y maldito. Y lo son.

Me había pretendido desde que dejé el parvulario y mi padre al fin le había concedido mi mano meses atrás, para lo cual evidentemente se me pidió mi autorización.

Yo no era como esas estúpidas mujercitas que puede cualquiera venir y decirles lo que deben hacer y hasta cómo pensar, y lo hacen como si la cabeza no les sirviera más que para portar el tocado.

Así que se me pidió mi autorización, rareza en nuestro círculo, pero así fue y acepté. Primero porque ya estaba harta de la insistencia de Charles, y segundo porque de cualquier forma habría de casarme un día. Era la única forma en que obtendría algo de independencia, así que mejor hacerlo con alguien a quien pudiese manejar a mi antojo.

Así pues, cuando se le otorgó mi mano, primero quiso llevarse mi virginidad antes de tiempo, impulsado quizás por mi misma fama de no tener de hecho ninguna virginidad que proteger ni por la cual masculinamente ansiar hasta la noche de bodas.

De mis supuestos amoríos, una vez fue mi prometido, no le di explicaciones, ni él las pidió.

Se decía que tenía yo amantes desde los trece años, todo cubierto por el hálito de la secrecía absoluta en los salones de té de las damas respetables, pues de hablarlo en lo público mi padre podría borrar su estampa de esta tierra de un plumazo y hundirlos en la desgracia tan fácilmente como los maridos de ellas matan un mosquito pendenciero con su ejemplar diario de periódico.

¿A qué se debía tanta habladuría? He de tomar el crédito por ello. Lo daba a entender con todo gusto y en todas partes, por el simple y llano motivo de que se me daba la gana.

Si los hombres solteros de mi edad podían acostarse con cualquier mujer que les apeteciera, se les aplaudía al ser vividores y pícaros; ¿Por qué yo no? ¿Sólo porque no tengo eso que les hace hombres? Pues he de decir que aún sin ello soy mucho más hombre que la mayoría.

Además, siendo mujer les aventajo en que a mí no se me controla tan fácilmente como a ellos, manojos de impulsos, casi todos sexuales, como mis pesquisas me han dejado ver.

Porque una cosa es que siga siendo virgen a la edad en la que muchas ya parieron cinco hijos, y otra muy distinta es que no tenga experiencia alguna.

Sí la tengo, y bastante interesante, pero ninguno de mis casi amantes me ha enloquecido tanto como para de hecho entregármele; y no es recato, es que no se lo han ganado.

Mucho, pero mucho les falta de hombres para merecerse a una mujer como yo. Él deberá ser un hombre en toda la extensión de la palabra. Un hombre de verdad.

No caricaturas enclenques, títeres que una mujer inteligente como yo puede mover a su antojo. Así, con tan bajo intelecto y siendo tan masculina y estúpidamente manejables, pierden lo que inspiren de interés, el respeto, la admiración, y no hay nada como un hombre sin carácter para quitarme cualquier impulso carnal.

El problema es que no he conocido ninguno con el temple suficiente, y el motivo es que no los hay.

Así que accedí a casarme con Charles, de lo conocido, lo menos peor. Y si tendría un marido sólo por tenerlo, él o cualquiera daba lo mismo. Además era muy atractivo, y de saber cómo manejarlo bien estaba segura que podríamos pasar un rato muy agradable retozando entre las sábanas.

Me gustaba, sí, me le entregaría, también; pero no me enloquecía, así que prefería esperar a que llegara el día.

Así que, gracias a mi fama, muy contrariado y hasta algo molesto, mi afable prometido reaccionó alterado cuando me negué a sus deseos aquella noche en los jardines.

-No has de revolcarme aquí en la hierba como si fuese yo una simple doncella le dije al soltarme de sus brazos. Contraatacó con el típico No será la primera vez él siempre tan ordinario y falto de imaginación.

De nuevo, no es su culpa, lo disculpo porque es hombre y lo brutos ya no se les quita ni a fuetazos.

-Si ese es tu problema – dije caminando lentamente hacia la casa, con él siguiéndome – podemos cancelar los preparativos. Cancelemos el matrimonio, ¿Eso quieres?

-No – me tomó del brazo y caminó a mi lado - ¿Eso quieres tú?

-Te he dado mi palabra, yo siempre cumplo lo que prometo.

Pensaba que a él o a cualquiera, a alguno habría yo de entregarle mi belleza, mi juventud; y el elegido cual parásito habría de dejarme seca y sin vida, con los pechos flácidos, las piernas flojas, la piel reseca y el cabello en manojos, vieja y arrugada.

Antes lo acepté porque pensaba que no tenía elección. Que de cualquier forma habría de casarme. Con quien sea.

Pero hoy sé que no he de casarme jamás. Y que mi padre me desherede si así le place. Que me mande sola a una villa cualquiera, la lejanía no será tan diferente a la desazón de vivir en este cuerpo de veinticuatro años, sintiéndome de cuarenta.

A mis veinticuatro años ya tengo en la frente tatuada la leyenda "Solterona", pero no me importa, así me quedare toda la vida, y no porque no pueda tener al hombre que desee. Quisiera ver a aquel que sea capaz de resistírseme, pero me quedare sola porque soy yo la que no considero a ninguno digno de mí.

Separé los pliegues de mi camisón blanco de seda y mis piernas largas, blancas y, he de decirlo, perfectas, se asomaron cuan largas son entre la tela, flexionadas sobre la arena.

Pensé que precisamente en estos días estaría yo viviendo mi luna de miel, sabiendo por fin lo que es el sexo, no que con Charles me apeteciera demasiado, pero era fuerte y atractivo, estaba segura que con él podría poner en práctica mucho de lo que leía en mis libros prohibidos. Eso, si no me hubiera abandonado el día de la boda.

Vestida de novia, de blanco perfecto, para comidilla de quienes me veían y aburrimiento mío; estaba ya en la iglesia cuando un emisario de su casa arribó con una nota.

"Mi muy amada hermosura"; estúpido.

"Perdóname, debo retirar mi juramento de amor de tus manos, es imposible para mí el desposarte"; gracias por decirlo el preciso día de la boda. Animal.

"No me guardes rencor"; para nada, sólo puedes meterte tus disculpas por el culo, eso es todo.

Humillada públicamente, entré yo misma a la iglesia atestada de personas y les di la noticia. Terminé con la invitación de que pasaran al banquete, si era mi día de bodas, y el mequetrefe de mi idiota y púdrete en el infierno prometido no apareció, al menos bebería champagne y bailaría hasta desfallecer. Y así lo hice por algunas horas, hasta que mi padre y unos empleados me llevaron casi a rastras a mis habitaciones.

Mi padre y el qué dirán, siempre tan preocupado. Debió retar a Charles y matarlo, pero ambas familias dependían demasiado una de otra como para cometer estupideces.

Papá me adora, no lo dudo, pero la vida de los nobles no es siempre lo que se desea, hemos de comportarnos a la altura de nuestros apellidos, con esa misma honra y dignidad. Fueron sus palabras exactas cuando le reclamé no ir y matar al culpable de mi deshonra pública.

De ser hombre lo habría retado yo misma. Aún siendo mujer lo habría hecho, si eso no significara darle demasiada importancia a un gusano como él.

Se decía que estaba ya envuelto con alguien más, una mujer americana, prostituta como todas las de ese país, al menos eso se decía en mi círculo.

Aunque la idea de andar en pantalones y fumar tabaco me hacía desear mudarme al nuevo continente y ser yo también una de esas proclamadas rameras liberales. De cualquier forma ya lo dicen de mí viviendo en Londres. Al menos allá disfrutaría realmente.

Así que la servidumbre eso chismorreaba, que Charles tenía una mujer con él, yo me inclinaba a creerlo sodomita. ¿De qué otra forma se explica que haya dejado pasar la oportunidad de meterse en mi cama? En la de otra mujer, lo comprendería. ¿Pero en la mía?

Al menos debió casarse conmigo, quitarme la inocencia, y luego irse y tener cuanta amante deseara, a mí no me hubiera molestado. Yo habría tenido los míos y a quién le importa un carajo.

Definitivamente, los hombres además de malditos, son estúpidos. Ni siquiera saben aprovecharse de las mujeres como debieran. Andan por la vida causando daño como un mamut con los ojos vendados. Si al menos se quitaran la venda ocultarían un poco la idiotez que caracteriza su cerebro. Si los rumores son ciertos y de hecho tienen cerebro.

Así que el bastardo me dejó el día de la boda. Pero al parecer decepcionó a todo el mundo que yo no reaccionase como era de esperarse. Si suponían que me quedaría en mis cámaras llorando mi pena, me recluiría en un convento, cortaría mi cabello y dejaría de comer, estaban equivocados.

Más que nunca quería estar en todos los eventos sociales, los salones, los tés, tertulia cualquiera. Así que por eso estoy aquí. Porque nada mejor para la sociedad londinense que pasar los meses veraniegos en Puerto Príncipe.

Hospedada en este lujoso recinto vacacional, el único en la isla, de los más exclusivos y solicitados para la gente como nosotros, no me perdería de ningún evento. Todos los días había bailes, cenas, paseos, cabalgatas; corría el champagne, olía a seda y zapatos hechos a la medida. Este era mi lugar.

Así que vine sola, pero me alcanzaron esas dos traidoras, doncellas de mi casa, espías de mi padre. Con la encomienda seguramente de cuidar que no manche su apellido, al menos no más de lo que ya lo he manchado.

Zorra y dada al vino por naturaleza, como sabía que me llamaban a mi espalda, no era difícil imaginar que provocaría problemas en la isla. Y quien me conociera bien sabía que además los estaba buscando.

Tomé un trago de champagne y salpicó la bebida mi escote, estaba ya mareada y me costaba trabajo equilibrar mis movimientos, era mi segunda botella esa noche y ya estaba casi vacía. La dejé a mi lado, sacudí la cabeza y vi al mar.

Me pregunté cómo sería poder huir. A un lugar donde nadie me conozca, donde no deba guardar las apariencias, ni sienta estos deseos de contrariar a todo el mundo. A donde pudiese ser yo misma, a donde pudiese vivir.

Estuve largo rato en silencio. Observando el mar y escuchando el romper de las olas en la arena. La luz nocturna se reflejaba plateada en el oleaje como un espejo pulido y vibrante.

Me levanté y caminé al mar, me adentré en el agua que cálida me cubrió rápidamente, el blusón se me enredó en las piernas, pesando como condenado, así que lo saqué de mí soltándolo en el agua a su suerte.

Me quedé desnuda en el agua y caminé mar adentro. Las olas me empujaban como si luchasen contra mi cuerpo, pero no me rendí. Pronto me cubrieron completa. Cerré los ojos y me sumergí llenándome de la tibia sensación de libertad del agua rodeando mi cuerpo.

Entonces empecé a flotar muy lentamente, la marejada me sostuvo y quedé horizontal sobre el agua, respirando sin dificultad en un mar que se me antojaba tranquilo y reposado, revitalizador.

Vi al cielo y acepté que realmente me gustaba estar viva.

Es decir, me sentía humillada, burlada y usada por un mequetrefe, pero nada de las acciones de otros podrían dictar las mías propias, ni mucho menos mi ánimo por la vida. Eso era absolutamente mío.

Quise incorporarme y nadar hasta la orilla de regreso, pero una abundante ola cayó encima de mí hundiéndome pesadamente. Me sentí sin aire y entré en desesperación.

Pataleé y forcejeé, salí a la superficie, intenté tomar aire, pero otra ola me sumergió de nuevo y el agua de mar empezó a quemarme en la garganta. Las piernas ya no me respondieron y algo como un sueño me hizo cerrar los ojos. Me hundí en el agua y ya no salí de nuevo.

Entonces, entre la nebulosa inconsciencia, sentí la calidez de algo que me rodeaba, suave y firme al mismo tiempo, fresco y cálido, tan sereno como un atardecer somnoliento, y extrañamente confiable como descansar en la arena al amanecer, llena de plenitud y con todos los sueños cumplidos. Me sujetaba aquello y era como si siempre mi cuerpo y alma hubieran necesitado esa clase de soporte.

Entendí que me había muerto. Y si esto era el más allá, por Dios que me gustaba.

Porque lo que me rodeaba era, sin duda, la gloria.

Diario de Candice White-DuPont y Nightingale

Dícese que la vida es para disfrutarla, los que me rodean deberían entenderlo y vivir las suyas, y así dejarme a mí vivir la mía. A mi manera.

Continuará…


Escrito por:

Fabiola

Habiendo descubierto que no existe poder más grande que la misma capacidad de expresar lo que quieres, como quieres y cuando quieres sin dejar atrás tu esencia, presentamos…

ESCANDALO

"Una tempestad de amor"


Gracias por acompañarnos en esta nueva aventura. Estaremos publicando cada Lunes, sin falta, prometido :D

No se olviden de comentar ok, la falta de sus palabras sería lo único que nos haría desistir, mientras sigan brindándonos su amistad, nosotras aquí estaremos, besos a todas!

Josie & Fabs