ESCÁNDALO
"Una tempestad de amor"
CAPÍTULO IV
Por Fabiola
"Te reto porque retarte me gusta, me incita y me enciende; enciéndete conmigo y rétame también. Enséñame a enardecerte, a enloquecerte, a hacerte sentir lo que en mí ya despiertas. Acepta mi reto y rétame en venganza, que dulce condena, verdugo mío, será perder contigo."
Capítulo IV
En la historia que me incluye en esta vida la protagonista soy yo, el centro de la trama soy yo, el punto central de todo cuanto sucede en lo que yo participe soy yo; he sido, soy y siempre seré yo; y si para ser la protagonista tengo que ser la villana, me importa un carajo. De hecho, es mucho mejor. -Diario de Candice White-DuPont y Nightingale
Caminé por el pasillo completamente desnuda. De cualquier forma este hombre ya me habría visto así y a sus anchas, así que ya no importaba demasiado. Me pregunté si me habría hecho algo y detuve la marcha un momento, concentrándome en hacer memoria, pero no.
Creo, supongo, quiero pensar que de haberme ultrajado eso sería algo que yo recordaría, y si no lo recordaba pues qué mala fortuna del desdichado. Pero no, algo me dijo que no había pasado este hombre de la mera inspección visual de mi figura.
Lo que seguramente le había sido un verdadero banquete. Bien por él.
Vaya, así que había dormido ahí en su habitación, estaba ubicada en la misma sección que la mía, guardé en mi memoria la tarea de averiguar quién era aquel hombre. Por lo pronto no quise dedicarle demasiado tiempo en mi mente.
Con todo cuidado de no ser descubierta abrí una de las puertas en el desértico corredor, que como yo bien estaba enterada, era un armario; tomé de ahí una afelpada bata de baño cortesía del servicio para los huéspedes; y, cubriéndome con ella, me dirigí a mi habitación.
Entré y abrí los cortinajes de par en par, la luz plena del día entró por el ventanal y abrí los brazos llenándome de sol.
Me acerqué entonces a la puerta a un costado, la que daba a la cámara para el servicio y llamé a las doncellas.
-Vamos, vamos – sonreí – que hace un día estupendo y quiero tomar un baño y arreglarme para salir.
Al pasar a mi lado las noté a las dos contrariadas, esperaban quizás que mi talante de la noche anterior continuara, pero de alguna forma nadar en el mar me había revitalizado, lo haría más a menudo. Lo que había ocurrido después eran menudencias.
Mientras una de las mucamas me ayudaba en el baño le hablé a la otra que disponía mi vestimenta sobre la cama.
-Marie, hazme el favor de ir a la suite de Lady Estefanía y decirle que la espero después de que tome su desayuno para ir a pasear al pueblo, hace un día estupendo. Y que se lo diga a las demás.
Marie salió inmediatamente de la habitación con el mensaje para mi amiga.
Estefanía era hija de un amigo de mi padre, no de muy buena cuna, nuevos ricos, como les llamaban algunos; su padre hizo fortuna con el comercio y se encontraba en tan buena situación como el mejor; sin embargo, desgraciadamente en esta sociedad la mayoría de las veces pesa mucho más el apellido que el carácter, o el mismo empeño.
De ahí que, aunque Estefanía era todo lo que una señorita educada y propia debe ser, se le dificultaba mucho ser aceptada en nuestro círculo; cuando yo, en cambio, se me tiene que soportar a pesar de ser quien soy, sólo por el hecho de ser quien soy. Si eso tiene alguna manera de comprenderse.
Incongruencias de este mundo, pero en fin que tampoco estoy aquí para cambiarlo, sólo para sobrevivirle.
Me había resistido a salir con ellas, más por aburrimiento que por otra cosa, pero este día había amanecido de un ánimo estupendo.
Así que una vez estuve ataviada para la ocasión salí al encuentro de las demás, dejando a las mucamas en mi pieza, no requeriría sus servicios por lo que restaba del día.
Junto con Estefanía y otra dos amigas nuestras, caminamos hasta la minúscula plaza del pueblo, apartada sólo un par de millas del puerto sede del recinto vacacional.
No era del todo aceptado que jóvenes solteras deambularan por ahí sin la compañía adecuada, a saber, marido, padre o chaperona, pero las reglas se hacían un tanto menos estrechas fuera de Londres, mucho más estando en un paraíso tropical, como aquella isla del Caribe ciertamente lo era.
Una punzada de incomodidad me atormentó repentinamente al percatarme del estado de pobreza en el que se desenvolvían los habitantes de aquella isla, pues en la plaza las ventas eran sencillas y andaban de aquí para allá niños pequeños pidiendo unas monedas para comer.
Era una abismal diferencia este ambiente en el poblado, al que veíamos en la zona dedicada a los nobles turistas.
Fijé la vista en uno de ellos, en uno de esos niños, a un par de metros de distancia, para ser más específica detuve mis ojos en sus pies, descalzos; luego vi los míos, mis propios pies que apenas se dejaban ver bajo las espesas enaguas de mi falda, protegidos por unos zapatos hechos a la medida en Paris, forrados de seda con aplicaciones en satín.
Tuve que tragar saliva y apartar la vista inmediatamente; no eran esos pensamientos que me permitiera a menudo.
-Hagan el favor de no molestar – le dije a uno de los pequeños cuando se acercara a nosotras.
No le ofrecí limosna alguna y cuando se alejó corriendo, asustado seguramente por mi tono, tuve que forzarme a retirar la vista de su cuerpo mal nutrido y tostado por el sol, cubierto de sencillas y maltratadas ropas.
Tragué saliva de nuevo y sacudí la cabeza.
-Estefanía – llamé a mi amiga a mi lado – vayamos a la playa, a tomar el sol, no les parece que estoy demasiado pálida?
Rieron ellas a mi comentario y nos dirigimos a la playa.
Conversábamos las cuatro animadamente; juntas habíamos compartido innumerables cenas y bailes en Londres, por lo que la charla fluía alegremente y sin contratiempos.
Mientras platicábamos pensaba yo en lo curioso que me parecía el que siendo yo tan poco, digamos, aplaudida en mi conducta y quizás por los mismos padres de ellas, a ninguna se le había prohibido frecuentarme.
Entendí que seguramente era una cuestión de los apellidos de mi Casa; que una jovencita se codeara con una White-DuPont era algo que la ponía en la estela social de la nobleza, sin importar la fama, cierta o no, de la White-DuPont en cuestión.
-Oh no, pero chicas – se lamentaba una de ellas al llegar a la playa – no podemos sentarnos en la arena, se arruinarán los vestidos.
-Pondremos a los gusanos a trabajar inmediatamente para un nuevo rodete de seda, no pierdas el sueño – dije eso dejándome caer en la arena a unos metros de distancia del rompimiento de las olas.
Con cierta curiosidad y algo de diversión vi a mis tres acompañantes luchar contra la idea largos momentos, hasta que convinieron en sentarse todas en un chal de una de ellas. Lo extendieron sobre la arena y ahí se acomodaron las tres, tan cerca una de otra que apenas si podían observar al frente.
Yo, en cambio, estaba estirada por completo en la arena viendo al horizonte, con las piernas alargadas al frente, los brazos flexionados con los codos sobre la arena para poder así estar de cierta forma sentada y admirar la belleza de la tarde que ya caía.
Me gustaba este lugar, era éste mi tercer verano en pasarlo aquí y cada vez lo disfrutaba más. Recordé en un instante que los motivos para estas vacaciones habían sido otros, unos muy distintos a los de antes, pero sacudí la cabeza decidida a no pensar en ello.
-Es maravilloso el viento del mar, ¿no les parece?
-A Candy le gusta tanto que pienso incluso que le gustaría quitarse la ropa y correr por toda la orilla de la playa.
Estefanía que bromeaba y todas reímos.
-Por todos los cielos que sería delicioso – dije sonriendo.
-Como ocurrencia es divino – intervino Claire; a quien habíamos conocido Estefanía y yo en una tertulia de costura hacía ya varios veranos; sacudió su espeso cabello color azabache, atrapando en él algunos destellos de luz solar y continuó hablando un tanto apenada por la idea –, pero no creo que nadie se atreva jamás a hacer tal cosa.
-Algún día yo lo haré – respondí.
-Por Dios Candy! – respondió Estefanía entre asustada y divertida – no lo digas ni de broma.
-Nadie bromea.
-Por la seriedad de una dama que no juegues con esas cosas.
-La de la idea fuiste tú, te lo recuerdo. Pero vaya, está bien, por la seriedad de esta dama – hice un gesto con la mano y todas rieron – que no bromearé con ello… no bromearé, sólo lo haré y listo!
Soltaron todas una carcajada y me tumbé completa con la espalda en la arena, eché a un lado la sombrilla que me cubría y cerrando los ojos dejé que el sol me acariciara entera.
-Vas a ponerte como un pedazo de carbón si sigues así sin cubrirte, Candy.
-Para eso se inventó el bicarbonato con limón – sonreí.
Conversaban ellas y yo las escuchaba en silencio, recostada por completo en la arena, con la cara hacia arriba y los ojos cerrados, cuando la plática dio un giro repentino.
-¿Qué se siente vestirse de novia, Candy? – preguntó Claire.
Antes de abrir los ojos me erguí y me senté, luego giré parcialmente hacia ellas. Vi a Estefanía propinándole un codazo en las costillas a manera de reprimenda.
-Exactamente, cuál es la pregunta? – alcé una ceja.
-Bueno… yo… lo siento… Estefanía por tu madre deja de golpearme que me romperás una costilla – contuve una sonrisa – yo jamás me he comprometido siquiera y sólo me preguntaba qué se siente portar ese vestido blanco como de princesa y verse tan hermosa como te veías tú ese día.
La observé callada un momento, evaluando el tono en su pregunta; me pareció inofensivo así que respondí relajadamente.
-Se siente como… - busqué la frase – como que el día te pertenece, como que es tuyo, así se siente.
-Como una reina – dijo algo emocionada.
-Algo parecido, aunque claro algunas lo somos todos los días – sonreí y ellas rieron.
-Debe ser maravilloso – suspiró.
Hice un ruido con los labios.
-Tanto como lo que la oveja se maravilla de dirigirse al matadero.
-No lo dirás en serio.
-Por supuesto – respondí –. Para las mujeres no es eso más que un asunto mercantil, casi una transacción comercial. Te entregan al mejor postor, vistiéndote de santa, a un estúpido que se cree el ser más iluminado de esta tierra y el que ha de mostrarte lo que es esta vida, completar a la mujer. Como si las mujeres fuésemos seres imperfectos, que nos falta un pedazo. Y si no nos casamos, qué? Somos despojos? Yo pienso que no.
-Tú ibas a hacerlo.
-Cambio de una forma de prisión a otra – respondí.
-Algo bueno debe tener el matrimonio.
-Sexo.
Las tres dieron un grito de espanto que me hizo poner los ojos en blanco.
-Ah vamos, no me digan que no lo han pensado, es ese el único aliciente en esa parafernalia ridícula. Yo por eso lo hacía.
-Sólo por eso?
-Y por curiosidad. Charles es un hombre con muchas cualidades, si ustedes me entienden – se sonrojaron las tres.
-Candy…
-Y muy experimentado – agregué.
No que yo lo supiera del todo; pero ellas bien podían pensar que sí. Les hacía bien algo de lo cual escandalizarse, coloreaba sus vidas.
-Esta no es una plática adecuada, cambiemos de tema, por favor – habló Violet que había estado silenciosa.
-Claire me preguntó, yo sólo respondí su pregunta.
-Y de forma demasiado extensa.
-Me censuras acaso? – la vi fijamente y mi tono fue tan amenazador como lo planeé.
-Por supuesto que no, sólo digo que no conversemos de eso, por favor.
-Convenido… mientras no me pregunten.
Del tema fue lo último que dije, me recosté de nuevo para tomar el sol en el rostro, con el vestido a las rodillas, enfurruñada por la poca piel de mi cuerpo capaz de recibir los rayos solares con esa vestimenta tan estorbosa.
Después conversaron de ropa y zapatos y de lo apuesto que era un joven del servicio en el hotel; ninguno de ellos era un tema que me atrajera en demasía.
Pero al escuchar la palabra apuesto un rostro se vino a mi mente y sonreí para mí misma. Se me había ocurrido algo.
Caería el sol en cualquier momento, así que decidimos regresar al recinto; me invitaron a acompañarlas en la cena pero me disculpé diciendo que estaba cansada; mentía.
Dejé en el recibidor del hotel mi sombrilla y guantes; y, luego de conversar un momento con el mozo y obtener de él cierta información que buscaba, me dirigí a la habitación.
Entré y me senté en una poltrona de amplio respaldo colocada en una de las esquinas de la pieza, crucé las piernas y poco a poco la iluminación proveniente de las ventanas decayó hasta dejar el lugar iluminado solamente con las velas en los candelabros.
No estaba segura de lo que estaba esperando; pero entonces, curiosamente lo que de verdad esperaba, sucedió; la puerta, que entendí era la del cuarto de baño, se abrió y alguien salió de él adentrándose en la habitación.
No era mi afán esconderme, pero él al parecer no me vio, posiblemente porque el lugar en el que estaba sentada era el menos iluminado o tal vez porque se dirigió al extremo opuesto hacia el vestidor dándome la espalda.
Había allanado, a propósito, la habitación de mi salvador nocturno, Lord Grandchester como se presentara, y estaba viéndolo con sólo una toalla cubriendo su desnudez de la cintura para abajo.
Fue él entonces a un extremo de la habitación y buscó algo en un armario, sacó un frasco de colonia, vertió algo de ella en una de las manos y uniendo las dos procedió a frotar su cuerpo desnudo con el líquido.
El aroma llegó hasta donde yo estaba y tuve que cerrar los ojos para aspirar admirando ese aroma, intensamente masculino y provocador. Madera y especias, almizcle, lavanda, cítricos, todo se mezclaba con el aroma propio de él como un elixir casi narcótico.
Aspiré un poco más, concediéndome cierta indulgencia, y luego abrí los ojos. Lo vi frotando con colonia su cuello, sus hombros, y luego desató hábilmente la toalla y ésta cayó al suelo. Lo vi por completo desnudo de espaldas a mí.
O más que verlo, lo admiré. Lo admiré en toda su perfección.
Y jamás, aunque viva mil años me arrepentiré de haber entrado a ese lugar. Esa era una visión que toda mujer debe tener antes de morir.
Se inclinó un poco al frente y frotó colonia en la parte delantera de sus piernas, frotando con las manos varias veces el lugar una y otra vez, luego se irguió de nuevo y pude contemplarlo entero otra vez.
Este hombre era perfecto.
Quise describirlo para mí misma, para tener el placer de no olvidarlo jamás pero mucho me costó encontrar palabras que le hicieran justicia, ninguna en mi mente le hacía la adecuada, y me conformé con lo que mis escasas palabras podían describir de su figura.
Terrence, como me juré a mí misma llamarlo siempre para mí, tenía una espalda ancha y alargada, con una línea vertical que denotaba la fortaleza de los músculos incluso en esa zona, sus hombros rectos eran firmes y equilibrados, y las fibras musculares se acordonaban en ellos dándoles volumen y continuando en sus brazos; bajaba su espalda en una perfecta pendiente y luego se hacía un tanto más angosta en lo alto de las caderas.
Se ensanchaba su figura ligeramente en un ángulo, puramente masculino, dando paso al trasero más maravilloso que hubiese yo imaginado. Nunca había visto un hombre desnudo, los únicos eran los dibujos en los libros de medicina que había ojeado alguna vez, porque en mis libros prohibidos de sexo los dibujos no eran tan detallados.
Pero los de los plasmados en los libros de medicina se le parecían mucho. Pero él era todavía más espectacular. Si todos los hombres son así, ahora entendía por qué las mujeres dejan todo con tal de estar con uno. Una noche de intimidad con un espécimen de este estilo ciertamente valdría la pena las jaquecas que sus hábitos sin duda provocaban.
Pero algo me dijo que no, no todos eran iguales. Porque él se veía mucho mejor con ropa que cualquiera. Así que entendí que esta perfección era suya y de nadie más.
Seguí comiéndomelo con los ojos. Su trasero era pequeño y firme, redondeado, con una piel que se extendía pareja y sin imperfecciones para luego fundirse en dos piernas igualmente perfectas, largas, de líneas decididas pero no toscas de ninguna forma, con el balance perfecto entre masculinidad y estética. Muy fuertes y recias, como columnas, esbeltas y fuertes, capaces sin duda de soportarlo todo.
No era demasiado exagerado en sus formas, sino calculado, simétrico, pulcro, bello; este hombre era bello.
Me di el gusto de volver a observar su trasero.
Ya había notado que era increíblemente atractivo de unos ojos azules intensos, con vetas grises, que lo mismo miraban sensuales que encendidos, lo que sólo los hacía más atrayentes. Unos labios carnosos y sensuales, firmes y definidos, exquisitamente tentadores.
De su garganta, acariciando esos sensuales labios, salía la voz más intensa, grave, viril que pueda tener hombre alguno. Quien haya pensado alguna vez en la voz que debe tener un hombre, esa voz la tenía Terrence Grandchester.
Como para que te susurre palabras de amor y deseo al oído; grave, lento y bajo, acariciándote todo el cuerpo.
Y unas manos… unas manos tan masculinas como todo su cuerpo gritaba que era él. Al verlo frotarse con colonia deseé… deseé que así me frotaran a mí esas manos, grandes, alargadas, fuertes, que tomaran mis senos, que los apretaran, que me tomaran las piernas, el trasero, que me estrujaran entera, como si con ellas me cubriera completa.
Pero aunque no negaba su innegable atractivo y la casi angustiosamente perfecta apariencia que poseía, nada se comparaba a ver su trasero, por Dios que quería levantarme de esa silla y darle un mordisco. Lo deseaba con cada célula de mi cuerpo. Quién era este hombre y de dónde había salido?
Al llegar de la playa había averiguado algunas cosas con el mozo de recepción, entre lo que más me interesaba saber estaba el que era soltero y se hospedaba solo.
Entonces apareció otra cosa en el horizonte, algo que me quitó el aliento y cuya visión no me dejaría dormir esa noche.
Terrence giró y vi lo que el frente de su cuerpo tenía para ofrecer, y vaya que era mucho. Muchísimo.
Me contrarié un poco ante la masividad de lo que veía, no tenía referencia alguna en físico, pero tampoco se veía así en los libros, ni siquiera en mis libros prohibidos. Era, en una palabra, grande. No hay otro adjetivo.
De tener que asignarle otro, este segundo calificativo sería, luego de grande, grueso.
Mucho.
Grande y grueso, y lo demás sale sobrando.
Sin ninguna imperfección, pulcro y definido, estético, y absolutamente intimidante. Se elevaba de él como un leño, juro que así de rígido se veía.
Mi corazón quiso palpitar agitado ante lo que veía, la visión era un tanto atemorizante, pero tragué saliva y controlé la respiración. Era yo la que controlaba esta escena.
Supuse que ya me había notado y tuve que forzarme a apartar la vista de aquello que me provocaba temor lo mismo que atracción y subiendo lentamente por su figura sonreí, sabía que me estaba viendo, pero me di el placer de observar su pecho, sin un solo vello, pues ellos habían terminado en una línea que desde abajo terminaba una pulgada debajo de su ombligo, y su torso era tan perfecto como la escultura de un artista.
Luego, un tanto resignada, pero sonriente, vi su cara. Era hermoso como un ángel, pero su cuerpo era un pecado.
Maduro y masculino todo él de los pies a la cabeza.
Había pasado sólo una fracción de segundo desde el momento en que giró y me vio, hasta cuando lo vi a la cara con el triunfo en mis ojos.
Me levanté de la silla y caminé lentamente a él, estaba enmudecido. Viéndome como si fuese yo una aparición.
Cuando estuve a dos pasos de distancia, con toda la intención aspiré fuertemente y mordí mis labios pasando la lengua por ellos, viéndolo a los ojos retadora.
Tragué saliva e intencionalmente solté un breve jadeo. Sus pupilas se dilataron y sonreí triunfante. Separé mis labios muy lentamente inclinando el torso a él y casi lo sentí retroceder; su reacción era para mí tan satisfactoria como la misma visión de su desnudez.
Con toda premeditación hablé con la voz más baja y lenta que pude encontrar.
-Ahora sí, Duque de Grandchester – sus ojos azules me miraban atónitos – ahora sí… estamos a mano.
Lo veía con la intensidad de un encantador de serpientes y para mi delicia él ciertamente parecía hipnotizado.
-Estamos a mano – repetí en voz baja desplegando una sonrisa muy lentamente.
Quiso decir algo pero me acerqué más a él y me vio expectante cuando puse mi dedo índice sobre sus labios.
-Shhh – lo callé e hice que mi aliento acariciara su rostro.
Cerré los ojos un segundo, tragué saliva y mordí mis labios otra vez. Dejándolo estático me alejé y caminé a la puerta. Cuando tomé el picaporte con la mano giré para verlo otra vez.
-Y Terrence – lo llamé por su nombre de pila, quería que escuchara cómo sonaba su nombre en mis labios – no tienes nada de qué apenarte.
Lo recorrí con la vista hacia abajo y me quedé un muy largo momento observando su miembro que para mi satisfacción estaba a todo lo alto. Cambio, que debo decir, ocurrió cuando me vio en su habitación.
Terrence Grandchester tuvo una erección sólo con verme.
Ese monumento de hombre me deseaba, no me cabía la menor duda. Por supuesto, imposible era que no lo hiciera. Con mayor razón ya habiéndome visto desnuda.
Estuve pues un largo momento observando su miembro recio y avasallador, que grandísimo se elevaba en mi honor; y luego lo vi a los ojos otra vez.
Hablé alzando una ceja y sonriendo levemente.
-De verdad Terrence no tienes nada de qué avergonzarte.
Mordí mis labios de nuevo y lo miré fijamente un momento.
Después convertí mi expresión en una de total seriedad. Dejé de lado toda insinuación, toda suave voz; hablé fuerte y claro y con el rostro rígido.
-Y esto es, Lord Grandchester, para que sepa usted de una vez, que conmigo la balanza sólo tiene dos instancias posibles. O de mi lado, o equilibrada. Jamás he de perder, eso vaya usted sabiéndolo desde ahora. Y siéntase dichoso porque no a muchos les permito igualarme, casi siempre yo gano; siempre, de hecho. Pero bueno… - me dejé sonreír en este punto, alcé una ceja – con este espectáculo, empatar se parece mucho a la victoria, así que puede considerarlo así – deslicé mi vista de nuevo abajo y lo vi otro instante.
Luego llevé mi mirada a su cara, él continuaba mudo e inmóvil; lo vi seria un largo momento.
-Estamos a mano – dije con voz firme.
Y con eso, salí de su habitación.
Diario de Candice White-DuPont y Nightingale
Si la virilidad tuviese nombre, éste sería sin duda Terrence Greum Grandchester.
Escrito por:
Fabiola
Continuará…
Gracias por acompañarnos en esta historia XD
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