LIBRO 1

CAPÍTULO 1: CONSECUENCIAS.

Los días posteriores a la muerte del así llamado Lord Voldemort fueron de regocijo para toda la comunidad mágica, con excepción del pequeño grupo de seguidores del infamado mago oscuro, algunos de los cuales anhelaban la oportunidad de vengar la muerte de su Señor y Líder Absoluto.

La noticia de su deceso en manos de uno de sus mas leales seguidores, Severus Snape, habían corrido como reguero de pólvora, no sólo en la isla de Gran Bretaña, sino en toda Europa y hasta los más lejanos lugares donde el terror del Señor Tenebroso se había extendido por ya largos años. Probablemente, de haber sido cualquier otro el verdugo, habría sido rodeado de honores, recompensas y gratitud de parte de todos aquellos que vivieron bajo el temor de ver algún día sus hogares bajo la siniestra luz de la marca tenebrosa. Pero el que fuese uno de los esbirros del mal encarnado el que los librase de la causa de sus pesadillas había causado nada más que desconfianza hacia la persona del matador: mientras unos especulaban respecto a una vulgar lucha de poder, que terminó resolviéndose en un ataque a traición de Snape (quien habría simplemente aprovechado la oportunidad surgida durante el enfrentamiento de Voldemort con la ya conocida Orden del Fénix para atacar sobre seguro), otros, incluso con un peor concepto del traidor, alegaban que en realidad el Lord había sido ya vencido por sus enemigos, y que el cobarde asesino había tomado la vida de su maestro tan sólo para tener algo con qué negociar su propia libertad y seguridad ante aquellos que habían empeñado años de sus vidas y su propia seguridad, en repetidas ocasiones, en aquella lucha mortal por la libertad de todos, misma que había cobrado una sustanciosa cuota de sangre entre los miembros de dicha orden.

Porque, si algo era seguro, es que con la muerte de su amo, quien con su poder los protegía y mantenía fuera del alcance del Ministerio de Magia, ahora a los conocidos como Mortífagos les esperaba tan sólo una larga y sombría estadía en las celdas de la isla prisión de Azkaban.

Pero la pérdida de su libertad no fue el merecido destino de la mayoría.

Conscientes de la terrible fama del Señor Tenebroso, muchos de sus seguidores habían alegado, luego de su caída, que habían sido obligados a seguirle, ya fuera por temor de sus vidas, ya sea para proteger a sus familias de represalias, o bien, por los terribles poderes del sombrío mago, quien habría recurrido a cuanto embrujo y poder oscuro existía para obligar a quienes él quería a ejecutar sus designios (destacándose la consabida maldición imperdonable imperius). Y es que, ante el peligro de que la justicia arrastrase a quienes eran nada más que víctimas con los culpables, la autoridad se mostró bastante tolerante con, aceptando cualquier muestra de arrepentimiento y aseveración de inocencia. Así muchos de los seguidores del mago oscuro fueron capaces de librarse de la terrible prisión de los magos.

Y el mismo secretismo que rodeaba las acciones de los mortífagos (el cual en su tiempo criticaban, alegando que deberían mostrarse públicamente como los victoriosos magos que eran) salvó a muchos de pagar por sus crímenes individuales: sin testigos ni pruebas, y protegidos por la misma ley que despreciaban de ser sometidos a métodos realmente efectivos para arrancarles la verdad, decenas de secuaces libraron con mínimas o ninguna pena del fiel y dedicado servicio prestado al ascenso del mago oscuro.

Aunque al principio aquellos que eran conocidos o sospechosos de alianza con el Señor Tenebroso fueron vistos con recelo y evitados por el resto de los magos: un pequeño precio a pagar por todas las terribles cosas hechas durante el tiempo en que su líder estuvo en el pináculo de su poder.

Sin embargo, la mayor parte de los librados de pagar el justo precio de sus crímenes eran, antes de su afiliación al bando oscuro, miembros respetables de la comunidad mágica, herederos de pomposos nombres y títulos y dueños de inmensas fortunas. Por todo ello, bastaron unos pocos años para volver a ser aceptados como personas respetables, lavando con caridad fingida y rostros mentirosos su contaminado pasado y sus ideas de dominio.

Pero quedaron unos pocos recalcitrantes, fanáticos furiosos de su perdido Señor, que en los años venideros no dejarían que su nombre se desapareciera de la memoria de quienes habían sufrido el miedo a aquél hombre, emprendiendo planes fantasiosos para volver a traer su existencia al mundo de los vivos, así como para volcar toda su furia en la venganza a la que se creían merecedores, la que se concentraría, principalmente, en tres flancos: la Orden del Fénix y su líder, Albus Dumbledore; la familia Longbotton; y, finalmente, el principal de ellos, el traidor Severus Snape.

Y fue gracias a esos pocos y al miedo que con sus acciones traían, a su recuerdo entre quienes habían vivido en carne propia el nefasto régimen de terror de tan oscuros años, que finalmente el nombre permaneció siento temido, incluso más que odiado. Y los adultos pasaron sus miedos a las nuevas generaciones, y, al menos en su fama y su recuerdo, el Señor Tenebroso conservó su tan anhelada inmortalidad.

Por que todos conocerían de aquel de quien todos se referirían con esa enigmática designación: "el que no debe ser nombrado".

Porque el miedo es irracional, ¿y quién sabe si un mal tan grande pudiera volver a levantarse, incluso de entre los muertos?


El director Dumbledore había dedicado los días que siguieron a la emboscada en la casita costera de Saint Helens a dos cosas: poder brindar apoyo al esposo de la fallecida Alice Longbotton y tratar de separar al pequeño Neville del amuleto que se había aferrado a él, como una marca indeleble sobre su persona.

Respecto de lo primero, el ahora solitario padre había decidido no sólo dejar el refugio temporal que terminó siendo el escenario de la muerte de su amada esposa, si no también el hogar en que su rota familia había elegido al comenzar su vida en común. Decidido a dejar atrás aquellos recuerdos de muerte y felicidad perdidas, no había tardado en encontrar compradores para sus pocas posesiones materiales: la gratitud hacia los héroes que con su sacrificio habían permitido la caída del que no podía ser nombrado era palpable en todos, y no faltó quien quiso tener la oportunidad de hacerse dueño de cualquier cosa relacionada con los Longbotton, como si de amuletos de la buena fortuna se tratasen.

Consultado por Dumbledore, Frank sólo le dijo que pensaba radicarse con sus padres, en Lancashire, y que se concentraría en su trabajo de auror. Aquello le daría una distracción de su tristeza y su hijo podría ser cuidado por sus abuelos con la dedicación y mimos que él no podría brindarle por si mismo.

Pero el anciano mago había visto la verdad en los ojos del abatido joven: era como si la presencia de su pequeño, cuya alma misma parecía haberse prendado del instrumento de muerte de su propia madre, fuesen una tortura constante para el padre. Y temió lo peor, que si él o cualquier otro no eran capaces de separar al pequeño de aquella cosa maldita, su padre, que debía amarlo y cuidarlo, atesorándolo como la última prueba viviente de su difunta madre, terminase volcando en él todo el resentimiento por su pérdida, al no ser capaz de diferenciar uno de otro.

Dumbledore tan sólo suspiró cansado, deseando, como muy pocas veces lo había hecho en su ya larga vida, equivocarse respecto a sus temores. Porque, si aquello terminaba siendo así, sería una victoria más para Voldemort, una nueva familia deshecha por su nefasta influencia.

Lo de poder librar a Neville del amuleto asesino se terminó presentando como algo que excedía sus fuerzas y su amplio conocimiento de la magia, lo cual era particularmente malo. No era soberbio (al menos no al grado de otros magos tan dotados como él), pero Dumbledore sabía que si él mismo no lograba cortar el lazo que unía al pequeño con aquel objeto, probablemente nadie más podría hacerlo.

De allí sus incontables intentos, sus pruebas, sus experimentos. Los hechizos más poderosos conjurados para destruir aquél aparato, para aprisionarlo. Nada resultaba. Incluso recurrió a la ayuda de su amigo Alastor, confiando que la amplia experiencia del experimentado auror y cazador de magos tenebrosos pudiesen darle acceso a algún medio o recurso con el que él mismo no contara.

Pero Moody tampoco pudo hacer más, por más que buscó y rebuscó entre sus libros y experiencias pasadas con objetos tenebrosos.

Al menos, sus repetidos e infructuosos intentos le habían dado mayor conocimiento de la acción del amuleto opalino sobre el bebé Longbotton. Mudando en algo su idea original respecto del objeto, pudo percatarse que, en realidad, el amuleto no parecía ser en lo más mínimo peligroso para el pequeño: no lo lastimaba, no estaba extrayendo su vida ni su magia, no había provocado cambio alguno en su conducta, ni mostraba señal alguna de querer poseerlo. Tan sólo estaba allí, presente. El poderoso objeto no mostraba señales de violencia ni provocar dolor o cualquier otro tipo de represalia contra el bebe o contra quienes actuaban en contra de él cuando intentaban separarlos, limitándose a usar un extraño y desconocido poder que impedía alejar o mover al pequeño o a si mismo cuando percibía el propósito de romper el lazo que los unía. Y no era como si el pequeño Neville no pudiese dejar el objeto cuando lo quisiera: cuando quería jugar, simplemente dejaba el amuleto en el suelo y gateaba por todas partes, pudiendo incluso ser llevado fuera de su nuevo hogar, más allá de la vista del amuleto. Pero era que tan sólo quien tuviese al bebí manifestase el propósito o siquiera el pensamiento de llevarse al pequeño lejos del amuleto, separándolos, para que la poderosa magia que los vinculara actuara: como parecía ser, el amuleto tenía no sólo la capacidad de pensar, si no que también leía la mente y las intenciones de quienes estaban cerca de él o de Neville.

Dumbledore no podía dejar de pensar que, probablemente, aquella pequeña cosa era probablemente el objeto mágico más poderoso jamás creado. Quienquiera que lo hubiese construido debió ser el mago más dotado de su tiempo.

Tan sólo una duda le asaltaba: Él, como buscador incansable de objetos mágicos poderosos (como atestiguaba su obsesión con las así conocidas como las Reliquias de la Muerte, cuyo deseo por poseer se había renovado al descubrir la verdadera naturaleza de la capa de invisibilidad de James Potter), sabía de la fama que tales creaciones alcanzaban y de las leyendas que se tejían respecto de ellas. Pero esa cosa era una maravilla desconocida, poderosa pero oculta de todos, Y lo último no tenía sentido -por que si algo buscaban los creadores de aquellos objetos era recibir la gloria del mérito de su creación-.

Pero, si de algo estaba seguro, era que Tom Ridley no era su creador. No, aquel objeto no tenía su sello sombrío, y ninguna cosa había en ella que pudiera ligarlo con el muerto salvo por ese adorno en forma de "S" que adornaba la parte de atrás del prendedor opalino, que le evocaba el recuerdo de Slyterin, la casa a la que perteneció Voldemort en sus ya lejanos días como estudiante del Colegio Hogward.

Mientras miraba su vieja varita de sauco, pensó en qué le quedaba por intentar, a quién recurrir que pudiese ayudarle con tan compleja tarea. Y lo recordó; no era una alternativa segura, pero nadie más que él podría saber respecto del amuleto y su origen. Por lo cual, con rapidez, hizo aparecer a su patronus, el fénix plateado, enviándolo a encontrar a aquél que esperaba pudiera ayudarle.

Una vez despachado el mensajero, se sentó en el salón, en una silla frente a la chimenea, en la cual encendió un fuego con su varita. Y allí esperó, en silencio, por una respuesta que no estaba seguro si obtendría.

Moody se acercó a ver al anciano mago allí, junto al fuego. Eligió sólo observar, sin preguntarle respecto a quién había hecho llamar. Incluso a él le resultaba evidente el cansancio del anciano, y es que eran ya cinco días de lucha constante por lograr lo que, a estas alturas, parecía imposible.


El hogar de los ancianos señores Longbotton, los padres de Frank, se encontraba en las afueras de Backburn, en pleno campo, alejada de otras casas y rodeada por un pequeño bosque como los que crecían en el norte de Inglaterra. El invierno tenía todo el paraje cubierto con una ligera capa de nieve, y el suave viento que corría en el exterior tan sólo invitaba a arrimarse a cualquier fuego caliente. Pero no era ese el motivo que llevaba al anciano mago de larga barba a esperar junto a la chimenea encendida.

Los dueños de casa habían, por instrucciones del mismo Dumbledore, acompañado a su hijo Frank al hospital de San Mungo para poder ser revisado por cualquier posible daño mágico que pudiera haber sufrido producto de su último encuentro con Voldemort. Albus sabía que no había tal, pero había sido lo suficientemente convincente como para lograr que los preocupados padres abandonaran el hogar, dejándolo a él y a Moddy al cuidado de su casa, pero principalmente al cuidado del pequeño Neville. Calculaba que la gestión les tomaría toda la tarde, lo que le daría el tiempo necesario para probar alternativas "más oscuras" para afrontar el problema del pequeño.

Tan sólo esperaba que aquél a quien había hecho llamar contestara con prontitud.

Mientras Alastor se dirigió a la cocina, a preparar té negro para ambos, con unas gotitas de "malicia" (aprovechando el whisky de fuego que siempre llevaba en un a pequeña petaca de viaje), Dumbledore pudo notar como un rostro aparecía sobre las cenizas incandescentes de la chimenea, las que le hablaban:

- Su mensajero fue demasiado vistoso, Dumbledore. Recuerde que se supone que me estoy ocultando.

- Disculpa, pero era el medio más seguro para encontrarte con prontitud, me encuentro apremiado por el tiempo.

- Se supone que luego de separarnos no me buscaría más, ya cumplí con todo lo que acordamos.

- Lo sé, Severus, pero tengo un problema y creo que sólo tú puedes ayudarme.

- Exige demasiado de mi, Albus.

- No lo haría si no fuese de vital importancia, lo sabes.

- Claro que lo sé, todos los encargos que he realizado para usted en estos últimos meses han puesto en peligro mi propia vida.

- Y agradezco cada pequeña cosa que haz hecho por nosotros.

- Es el único que lo hace…

- Era necesario el secretismo para poder cumplir nuestro objetivo.

- Y eso ya fue cumplido, ya no le debo nada.

- Considera mi petición como un favor personal, que podrás cobrarme en cualquier momento en el futuro.

- ¿Acaso trata de tentar a mi codicia, Dumbledore?

- Sólo reconozco que eres lo suficientemente inteligente como para no dejar pasar una oportunidad de oro.

- ¿Le han dicho que es demasiado engreído? Por más que ahora sea el mago vivo más poderoso, no se ve bien en alguien que pretende mostrarse humilde ante todos.

- Sabes, por eso he llegado a apreciarte, Severus: eres el único que se atrevería a hablarme así. Aunque cuando nos vimos por primera vez, desde que saliste del colegio, te veías mucho menos confiado.

- En aquella ocasión fui a encontrarme con un enemigo, uno lo suficientemente poderoso como para hacerme desaparecer con un sólo pensamiento.

- Y ahora somos amigos…

- (interrumpiendo) No diría eso… Dejémoslo en aliados con algunos intereses en común.

- Bien, si es lo que piensas. Supongo que te he exigido demasiado.

- No me he negado, sólo quería averiguar sus propósitos. Su mente es en extremo compleja y resulta interesante ver como piensa.

- ¿Tratando de mejorar tus habilidades experimentando con un viejo como yo?

- Con todos, Albus.

- Entonces…

- Iré allí. Siempre resulta útil que un mago tan prominente y con tantos contactos te deba un favor, sobre todo cuando puedo llegar a necesitar de su protección en algún momento.

- ¿No estarás metiéndote en problemas, verdad?

- Sólo en los que me he metido por su culpa.

- ¿Acaso…?

- Si. Mortífagos, pero nada que no pueda manejar sólo, por ahora.

- Bien. Recuerda, me encuentro en la residencia Longbotton, en "Toasted Acorn", en el campo a las afueras de Blackburn.

- Nos vemos allí, Albus.

Y después de decir lo último, el rostro del mago desapareció de las brazas.

Veinte minutos después, mientras se encontraba sentado en la mesa del comedor, compartiendo lo último de su té en compañía del auror, Dumbledore escuchó como golpeaban la puerta. Con calma, Moody se levantó para abrirle a quien quiera que se encontrase allí, esperando.

Al abrir, pudo notar el recién llegado, el mortífago traidor, con su mismo aspecto descuidado de siempre. El saludo de ambos fue en extremo frío:

- Snape…

- Moody…

Luego, viendo que el auror no se apartaba de la entrada, Snape forzó su entrada, obligando a su interlocutor a hacerse a un lado. Antes de que el auror sacara su varita para detener al invasor, Dumbledore se levantó de la mesa para recibir al recién llegado, sonriéndole y estrechando su mano, gesto que el de la túnica negra contestó con frialdad y rostro serio:

- Te esperaba más pronto, supuse que vendrías de inmediato, luego de que dejamos de hablar.

- Lo hice…

- ¿Entonces?

- Me aparecí a casi un kilómetro de aquí, no quise arriesgarme a algún accidente chocando con cualquier protección con la que supuse usted habría cubierto los alrededores.

- No hay ningún tipo de protección, Severus, salvo nuestra presencia, lo que considero más que suficiente para las circunstancias actuales.

- Pude percatarme de ello al aproximarme a la casa. Usted es demasiado seguro de si mismo, Dumbledore. Tal vez el Señor Tenebroso ya no se encuentre entre nosotros, pero sus seguidores son fuertes y tienen las ganas, la habilidad y la desesperación necesarias como para tratar de atentar contra cualquiera de ustedes.

- (el auror, aún sujetando la puerta abierta, interviene) Te lo dije, Albus. Hasta Snape piensa como yo.

- (contestándole a su compañero) Supongo que tienen razón, pero después nos preocuparemos de aquello, ahora hay algo más importante que tratar y el tiempo es escaso.

Visto lo anterior, Moody se concentró, dirigiendo una última mirada afuera del hogar, para luego cerrar la puerta.

La conversación fue entre el visitante y el anciano fue larga, mientras Moody se dirigía al dormitorio donde dormía el pequeño Neville, para traerlo. Cuando el pequeño estuvo con ellos, acomodado en una manta en el suelo del salón, Snape pudo observarlo con cuidado, mientras escuchaba a Dumbledore hablarle respecto a las cosas que había descubierto respecto al prendedor de ópalo. Al terminar, y viendo como Moody traía el amuleto con él, es su mano, para dejarlo al lado del pequeño, que aún dormía, Severus dijo:

- Veo que tiene razón, Dumbledore, seguramente ese objeto tiene, de alguna manera, la capacidad de pensar. Algo muy raro en cualquier aparato mágico; poco deseable, diría, considerando que eso podría hacer que funcionase cuando y como quisiese.

- Resulta claro que Voldemort no debe haberlo sabido, si no no hubiese puesto su confianza en una herramienta que pudiese mostrarse, a falta de una mejor palabra, "temperamental".

- O tal vez el Señor Tenebroso sabía de aquella característica y creyó poder dominarla, como pareciera ser que lo hizo.

- Pero el amuleto al final no lo salvó.

- Sólo porque lo había perdido antes de que lo atacase…

- Y no tenemos como saber si hubiese actuado de manera diferente llegado el momento.

- Especula usted demasiado, profesor.

- Y tú demuestras demasiada confianza en tu maestro perdido.

- ¿Porqué no habría de hacerlo? Soy consciente de que me vi en la necesidad de eliminarlo, pero no por ello voy a negar su genio.

- Le das demasiado crédito.

- ¿Lo dice el mismo mago que ahora que está aquí, confundido, tratando de entender lo que él consiguió? Hasta usted reconoce el valor de aquél artefacto y su ignorancia respecto del mismo.

- Bien, mejor paremos, que no es mi propósito discutir los méritos intelectuales de Tom Ridley. Tan sólo quiero saber si conoces alguna forma o hechizo que pueda deshacer el lazo que ata al amuleto con el pequeño Neville, o tal vez algún escondite donde tu maestro haya podido ocultar información relativa al mismo.

- Sobre escondites, ninguno que supiera. A diferencia de los otros tontos que lo seguían, siempre fui consciente del grado de desconfianza que nuestro Señor mostraba hacia nosotros, sus mortífagos…

- (interrumpiendo) ¿Y aún así lo defiendes?

- La grandeza trae desconfianza, ¿o acaso me quiere decir que usted no esconde sus propios y oscuros secretos, Albus Dumbledore?

Mientras Snape lo mira a la cara, como esperando una respuesta, el anciano mago tan sólo sostiene la mirada, tratando de parecer seguro, invulnerable. El antiguo mortífago nota una sombra de duda y temor en la mirada de Albus, por lo que aparta su mirada y le dice, mientras se aproxima al niño:

- No necesita responderme…

Moody, observando toda la situación, se queda en silencio, esperando para intervenir en caso de ser necesario. Mientras contempla como el líder de la Orden del Fenix se repone del interrogatorio, no puede dejar de sentir un poco de admiración por el de la capa negra: ciertamente pocos magos sobre la tierra se atreverían a encarar de tal forma a Albus Dumbledore.

El resto de la tarde los tres magos se concentraron en realizar diferentes embrujos y maldiciones oscuras, de alta complejidad, señaladas por Snape y destinadas a destruir o aislar aquello que permitía al amuleto pensar por si mismo (o, en otras palabras, a eliminar el "alma" del mismo). Pero luego de casi cinco horas de esfuerzo e intentos vanos, se percataron que no conseguirían nada.

Ya sin otras ideas, y sordo a la sugerencia de Snape de dejar al muchacho tal como estaba, si resultaba claro que el amuleto no lo dañaba de ninguna forma perceptible, Dumbledore decidió partir a su oficina en el Colegio Howard, desde donde se supone volvería en corto tiempo con algunos cuantos libros de magia tenebrosa, a los que no había querido recurrir al no tener nadie con el conocimiento suficiente como para desentrañarlos (y que no fuese un criminal encerrado en alguna prisión para magos). Considerando lo anterior, le solicitó a Severus que esperase junto con Moody, encargándole a ambos el cuidado del pequeño Neville. Afortunadamente, el bebé todavía dormía.

Incómodos por la situación, ambos magos prefirieron ignorarse, sentándose en ambos extremos del salón, con el pequeño acostado entre ambos, al medio de todo.

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.

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Apenas habían pasado cinco minutos cuando la explosión los alcanzó, abriendo un agujero en todo el frente del hogar, cuya puerta de entrada, así como toda la pared, se derrumbaron por la fuerza del impacto. Afortunadamente, los dos magos, con amplia experiencia cada uno ante el peligro, habían percibido la formación del hechizo que destruyó el lugar, corriendo ambos para cubrirse y cubrir al niño. Viendo que Alastor Moody había logrado cubrirlos con una capa de invisibilidad que siempre traía consigo, esperaron.

Una voz femenina, chillona y molesta, fue reconocida por Snape:

- ¡Sal de ahí, ahora mismo, sabemos que hay tres personas allí, y uno de esos eres tú, Snape, sucia rata!

- …

- ¡Sal de una vez, o derrumbaremos esa pocilga en que te ocultas pedazo a pedazo! ¡Y ni creas que podrás engañarnos, sabemos perfectamente que ese viejo decrépito de Dumbledore no está con ustedes, lo vimos marcharse!

Viendo que no tenía más alternativas, Severus le hizo señas al auror, a fin de que aprovechando su capa sacara de allí al pequeño Neville, mientras el salía a ganar algo de tiempo con sus atacantes. Mientras Alastor le respondía afirmativamente, el ex-mortífago salió, con la varita en posición de ataque, dispuesto a no dejarse matar sin dar pelea.

Cuando cruzó los escombros de la derruida pared y pudo llegar al patio frontal, pudo notar a sus atacantes, cuatro magos en total, los que apuntaban sus varitas en su dirección, esperando al menor descuido del mago que los confrontaba. Allí estaban los hermanos Lestrange, Rodolphus y Rabastan, la esposa del primero, Bellatrix, y uno de los últimos mortífagos en sumarse a las huestes del Señor Oscuro antes de su caída, Barty Crouch Jr.

Decidido a ganar algo de tiempo, con la esperanza de que Dumbledore regresara, se dirigió a Bellatrix, aparentando calma absoluta ante el rostro furioso de ella y sus compañeros:

- Un grupo impresionante, Bella, demasiado tal vez para alguien tan poco importante como yo.

- ¡Es verdad, mucho más de lo que merece un bicho rastrero como tú! ¡Infeliz! ¡Serpiente rastrera!

- Tienes razón en todo lo que dices. Pero, con todo, veo que ninguno lanza un ataque. Reconocen que esta serpiente todavía puede morder, y que aunque la maten aún puede llevarse un par de ustedes con ella…

- (interrumpiendo) ¡Silencio, Snape! ¡No te sientas tan importante, si estamos aquí es por el mocoso Longbotton y por Dumbledore!

- Me resulta difícil de creer, considerando que acaban de decir que lo vieron irse.

- ¿Nos crees imbéciles? ¿Crees que lo atacaríamos cuando se encuentra junto a un pedazo de basura y a un auror, ah?

- Entiendo, pretendían un ataque a traición. Y pensar que una vez fuí de los suyos, montón de cobardes…

- ¡NO TIENES DERECHO A DECIR NADA, MALDITO SANGRE SUCIA!

- ¿Cómo me llamaste, Bellatrix?

- Ya oíste, Snape, un apellido inmundo, como el de tu sucio papito muggle.

- Miserable…

- ¿Acaso creíste que no lo sabíamos, infeliz? Si nunca nadie dijo nada fue por el aprecio que te tenía nuestro maestro. Y aún así, Tú… Tú…

En ese momento, Barty les gritó a todos, mientras señalaba una salida lateral de la casa, la que estaba en la cocina y daba acceso a la leñera, apegada a la pared exterior de la residencia: "¡allí, en la parte de atrás, note algo moviéndose!".

Como si ese grito hubiese sido el tiro de largada, el duelo comenzó.

Tres ráfagas del hechizo paralizante se dirigieron hacia donde el joven mortífago había indicado, golpeando una de ellas algo en el aire. Moody, alcanzada su capa por el hechizo, la dejó caer por la fuerza del impacto, irremediablemente rota. Viéndose descubierto, dejó al pequeño tras unos leños apilados, mientras dirigía su varita contra los atacantes.

Snape, por su parte, fue blanco de un hechizo aturdidor de parte de la bruja, pero logró evadirlo y lanzar un hechizo paralizante a su atacante, la que logró evitarlo a su vez.

Durante tres minutos fue un fuego continuo desde ambos frentes en un vano intento por alcanzar a sus enemigos con los propios hechizos y maldiciones, evitando los contrarios. Sin embargo, la situación cambio en apenas un momento. Moody logró impactar a Rabastan en el pecho, derribándolo pesadamente, noqueado; sin embargo, lograr dicho impacto lo expuso de manera tal que Bellatrix pudo usar la maldición cruciatus contra aquél: treinta segundos de tortura bastaron para obligarlo a soltar su varita, cayendo inconsciente. Quedando tres contra uno, Bellatrix aprovechó de dirigirse hacia donde suponía se encontraba el pequeño Neville, mientras su esposo y el joven contenían a Snape.

Sin saber el motivo, Severus decidió exponerse, a fin de tratar de proteger al pequeño. Dejando su parapeto, salió y embistió contra los tres magos: sus dos primeros hechizos fueron evitados por Bellatrix y Barty, pero el tercero, un simple encantamiento no verbal de desarme logró dar en Rodolphus, cuya varita salió disparada, a varios metros. Pero su suerte acabó allí, y un nuevo hechizo aturdidor terminó derribándolo, semi-inconsciente.

Bellatrix, satisfecha con el resultado de su ataque, reía mientras llegaba donde se encontraba el pequeño Neville, despierto, mirándola. Con desprecio, lo tomó del suelo para llevarlo al lado de donde se encontraba Snape, quien era vigilado por Barty, con su varita a dos metros de distancia. Cuando el pequeño fue puesto a medio metro, frente a su rostro, Severus pudo notar como Neville permanecía en silencio: se notaba el miedo en su rostro, mientras contenía su llanto, arrugando su pequeña carita.

Cuando Rodolphus llegó finalmente al lado de su esposa, con su propia varita recuperada, vió como ella le decía a Snape que contemplara su fracaso, mientras apuntaba con su varita al pequeño en el suelo, lanzando la maldición asesina, para así acabar con la vida del mocoso. Pero la luz verde se desintegró antes de golpear al pequeño, ante la sorpresa de los mortífagos.

Furiosos, los esposos Lestrange repitieron su intento un par de veces, pero el bebé pareció intocable para sus hechizos. Bellatrix, temerosa, le dijo a sus acompañantes: "Debe ser algún tipo de encantamiento protector de Dumbledore. Pero tal vez la rata traidora pueda lograrlo". Satisfecha con su deducción, la bruja ordena al joven Barty que realice la maldición imperius en Snape, a fin de que sea él quien mate a la criatura.

La maldición, perfectamente ejecutada, obliga a Snape a levantarse del suelo y tomar su varita, con la que apunta al pequeño. Pero el mago se resiste al dominio de su amo, y en apenas un segundo, antes de lanzar su propia maldición asesina sobre el pequeño, se libera de la maldición controladora y lanza su propio ataque a los esposos Lestrange, que estando muy cerca uno de la otra, lo reciben de lleno: "Sectumsempra".

La espada invisible surge veloz e implacable, cortando la piel de ambos esposos: la varita, junto a dos dedos de Rodolphus, son cortados limpiamente, mientras un corte profundo aparece en su brazo, por lo que cae, imposibilitado por el dolor de su herida y la sangre que pierde copiosamente. Habiendo el hombre recibido la mayor parte del ataque, la maldición de Snape alcanza tan sólo el rostro de Bellatriz, cortando profundamente su mejilla, alcanzando su ojo derecho, el que revienta, y extendiéndose hasta su frente, cayendo momentáneamente de rodillas, mientras se sujeta su ojo, irremediablemente perdido.

Barty Crouch, reaccionando tarde, trata de usar la maldición torturadora sobre Snape, pero no logra acertarle. Bellatrix, recuperándose de la impresión del golpe y del dolor de su herida, le grita al joven: "¿QUÉ HACES, IMBÉCIL? ¡MÁTALO DE UNA BUENA VEZ!".

Pero en ese momento hace su entrada Albus Dumbledore.

Sintiéndose perdida, Bellatrix arremete contra el líder de la Orden del Fénix, pero sin mayor éxito. Barty, por su parte, tan sólo cae de rodillas, temeroso, arrojando su varita a fin de no ser asesinado por tan formidable enemigo. Snape aprovecha y corre para cubrir al pequeño Neville, asumiendo lo que sucederá a continuación.

Albus da una rápida mirada al lugar, notando a los cuatro atacantes y a los guardianes del bebé. Aprovechando que Severus cubre la vista del pequeño, decide hacer una demostración de su poder para obligar a los mortífagos a rendirse: Arrojando los libros que trae lejos de él, hace surgir llamas de su varita, las que se elevan sobre las cabezas de todos, bajando luego y rodeándolos como un domo; luego, hace girar su varita sobre su cabeza, en movimientos circulares, movimiento que es imitado por las llamas que rodean a todos, los que ven con espanto como ese fuego gira y se acerca cada vez más; junto con las llamas en movimiento, se levanta un viento fortísimo, que termina arrancando de la mano de Bellatrix su varita, desarmándola, la que vuela sin control hasta chocar con la pared de llamas, calcinándose al contacto la varita en sólo un instante. Mientras el calor al interior del domo sube, el aire comienza a hacerse caliente e irrespirable. Viendo que sus enemigos no hacen ademán de querer rendirse, el mago de larga barba decide hacer un último pase con su varita, lo que obliga a las llamas a entrar por la boca de Bellatrix y Barty, los únicos que aún resisten conscientes. Dichas llamas mágicas consumen el oxígeno en los pulmones de sus víctimas, las que, sin más, caen desmayadas.

Viendo que ha cumplido su propósito, Dumbledore mueve nuevamente su varita, haciendo desaparecer las llamas en un instante, mientras le dice a Snape, que permanece todavía agachado en el suelo, con los ojos cerrados y cubriendo al pequeño Neville de lo que sea que haya hecho el anciano mago: "ya puedes levantarte, Severus".

La pelea había terminado.


Los cuatro mortífagos capturados fueron entregados a un equipo de aurores del Ministerio de Magia. Aunque sus heridas fueron tratadas con prontitud, tanto los dedos cercenados como el ojo perdido por los Lestrange resultaron intratables. Mientras eran llevados, Bellatrix, como una loca poseída, no dejaba de gritar respecto que aquél no era su fin y que tarde o temprano su Señor volvería y ellos se alzarían sobre todos sus enemigos.

Dumbledore se dedico a reparar los destrozos en la casa de los Longbotton, suponiendo que les habría sido comunicado por las autoridades sobre el ataque y la captura de esa partida de asesinos. Alastor Moody, por su parte, no dejaba de elogiar a Snape, sugiriéndole que siguiera una carrera como cazador de magos tenebrosos, como él: con sus últimos logros y una recomendación personal del mismo Albus no dudaba en que lograría entrar al cuerpo sin mayor problema.

Severus Snape, por su parte, tan sólo veía su varita, mientras pensaba en qué haría, ahora que estaba claro que los mortífagos seguramente irían tras él.

Cuando Dumbledore terminó de reparar la casa, le pidió a Snape que llevara al pequeño Neville para el interior, por lo que lo tomó en brazos y lo cargó. Pero, antes de llegar a la puerta de entrada, pudo notar, como todos, que los Longbotton aparecían en el patio, a tan sólo unos metros de ellos.

Severus se extrañó del rostro del padre del pequeño, Frank: no veía preocupación ni miedo, sino indiferencia, lo que no tenía sentido, considerando que casi asesinan a su hijo. Lo esperó, de pie, suponiendo que correría a tomar al pequeño Neville, pero le dedicó tan sólo una mirada fría y entró en su hogar. Mientras su molestia con el padre de la criatura crecía, notaba como era la abuela la que le pedía al bebé, agradeciéndole, ella y su esposo, por sus esfuerzos en proteger al pequeño.

Una vez entraron los Longbotton, seguidos por Moody, pudo ver como Dumbledore levantaba los libros que había ido a buscar para afrontar la tarea pendiente. Con extrañeza, Snape vio el que encabezaba la lista, de aspecto sombrío y muy antiguo, titulado "Secretos de las Artes más Oscuras"; los de más abajo de la pila, tres de ellos, parecían ser igual de sombríos y antiguos que el primero. Dumbledore, notando como el mago veía lo que llevaba, le dijo:

- Estos cuatro libros los separé de la biblioteca cuando llegué a Director del Colegio Hogwarts. Si bien hay muchos libros de magia sombría en la sección Prohibida, estos cuatro, según pude descubrir de los registros de la misma, fueron muy consultados por Voldemort en sus últimos años de estudio. Cuando comenzó a hacerse conocido, asumí que lo que hay escrito en ellos era demasiado peligroso para los alumnos, por lo que los guardé en mi oficina.

- Podría simplemente haberlos destruido, si son tan peligrosos como supone.

- No me malentiendas: estos libros no son peligrosos en si; la información por si sola nunca ha matado a nadie. Pero en mentes frágiles o demasiado ambiciosas, los secretos contenidos en éstos puede torcer los pasos de cualquiera que no esté mentalmente preparados contra ellos.

- Pero eso no es todo, ¿verdad?

- Al menos hasta hace poco. La otra razón que me llevó a conservarlos fue el suponer que podría haber en ellos alguna pista sobre las capacidades o intenciones de Tom Ridley, pero debo reconocer que al no tener la disposición necesaria para ello nunca pude hallar nada que me ayudara en mi lucha contra él.

- Bien, pero quisiera sugerirle que no intentara más separar al niño del amuleto, al menos hasta que sepa defenderse por si mismo.

- ¿Porqué lo dices, Severus?

- Hoy he sido testigo de como esa cosa le ha salvado la vida, en más de una ocasión.

- Acaso tus antiguos compañeros trataron de…

- Sí, y lo habrían conseguido de no ser por el prendedor de ópalo.

- Pero…

- Sabemos que el amuleto no lo está dañando de ninguna forma, y resulta más que evidente que su padre no hará nada por proteger al pequeño.

- ¿Acaso te preocupas por él?

- Simplemente no deseo que mis esfuerzos se pierdan.

- Creo que te haré caso, Severus.

- No piense que halagándome podrá retenerme cerca.

- No es eso, simplemente confió en tu buen juicio. Desde el momento en que buscaste mi ayuda, tus consejos sólo me han dado buenos resultados.

- Bien.

- ¿Y qué harás ahora, Severus?

- Buscaré información respecto al Señor Tenebroso…

- No deberías gastar tu vida en eso, si ya está muerto.

- Pero las palabras de Bellatrix, respecto a que podría volver algún día.

- ¿No piensas que son los desvaríos de una lunática?

- Quizás lo sean, pero no puedo suponer haber conocido todos los secretos de mi maestro, y tal vez ella conocía algo sobre el Señor Tenebroso que nadie más sabía.

- Probablemente los funcionarios del Ministerio le saquen la verdad.

- Lo dudo, y aunque algo consigan probablemente no lo creerían.

- Entonces es la despedida…

- Adiós, Dumbledore.

- Hasta luego, Severus…

- No pierde la esperanza de tenerme cerca, vigilado, ¿verdad?

- Simplemente no quiero que mueras, no después de todo lo que has hecho por todos.

Ignorando la frase final del mago de barba, Snape le da la espalda y camina unos pasos, desvaneciéndose en sólo un instante, con rumbo desconocido.

Dumbledore, viendo que esos libros le son ya inútiles, decide regresar con ellos a Hogwarts, antes de reunirse con la familia Longbotton y explicarles como procederá con el pequeño.


Notas del Autor.

Holas nuevamente.

Retomando mi segundo proyecto grande, quiero avisarle al par de lectores que seguramente se asomarán por aquí mi planificación para este fic:

a) La publicación de nuevos capítulos se hará dos veces al mes, como mínimo.

b) La historia será larga, estructurada en arcos titulados como libros. Aspiro a al menos cinco.

c) No seguiré la estructura de un libro = un año de colegiatura. Un libro podrá contener dos años o menos de un año de colegiatura, lo que se dará a medida que vaya construyéndose la historia.

d) Los protagonistas de esta historia (o conjunto de historias) son Neville y Snape, en ese orden (aún cuando la página tenga su propio sistema para ordenar los personajes etiquetados).

Sobre lo comentado en las dos reviews publicados con motivo del capítulo introductorio de esta historia (y que agradezco enormemente, por lo visto mi marca personal es de dos reviews por capítulo publicado, oh yeah!):

albus potter-greengras: trato de mantener los personajes en mis fics realistas; entiendo que la timidez de Neville fue provocada por su niñez, principalmente por su trauma por la condición de sus padres. Harry, en este fic, tiene a sus padres vivos, un padrino genial como Sirius, y muchos amigos magos de su edad; siendo así, ¿cómo podría ser tímido?. Sobre una posible amistad, es lo más probable que se dé, considerando que los enemigos serán otros (y que tienen un némesis en común). Y sobre los duelos, teniendo a Snape de un lado y a Sirius del otro, no se como podría no hacerlos buenos duelistas

Melanny389: ¿Ron amigo de Harry? Totalmente, siendo que sus familias son amigas y miembros de la Órden; sobre Hermione, es más difícil, considerando que ambos muchachos la trataron con bastante desprecio cuando la conocieron y que si no hubiese sido por el evento del troll en el baño de niñas en primer año probablemente nunca se habrían llegado a tratar amablemente (o habría tardado mucho más tiempo).

Nos leemos luego.