LIBRO 1
CAPÍTULO 2: UN NUEVO PADRINO.
Tres meses después del ataque del grupo de mortífagos a la residencia de los abuelos Longbotton, el grupo de magos conocidos como la Orden del Fenix, en vista de que no había podido realizarse un funeral apropiado para la difunta Alice Longbotton por no existir un cuerpo que poder sepultar, se habían reunido, como acordaron previamente, para realizar un servicio especial de despedida, en el que dedicarían una especie de sepultura conmemorativa, ubicada en el patio trasero del nuevo hogar de Frank y el pequeño Neville, justo en donde éste terminaba y comenzaba el bosque que rodeaba la cabaña campestre, a la sombra de los altos robles cuyos abundantes frutos daban su peculiar nombre a la residencia familiar.
Más de treinta magos y brujas, varios de ellos con sus hijos, se habían convocado en el lugar, ahora adornado con las primeras flores de la primavera y los aromas característicos de la zona de mediados de abril.
Dentro del hogar se encontraba la familia más cercana de la difunta, a quienes acompañaban los hermanos Dumbledore, del cual el mayor de ellos, Albus, presidiría la ceremonia.
En la espera de aquella hora, ya pasado el mediodía, bajo un hermoso cielo salpicado de unas pocas nubes blancas, se encontraban reunidos en grupos los diferentes asistentes. En el centro del más numeroso, rodeando a una mujer pelirroja que permanecía con una sonrisa notoria, que compartía atención aquellos que la rodeaban y felicitaban por la última incorporación a la familia Weasley y la bebé de pelo rojizo que sostenía en sus brazos, la que miraba con curiosidad inusitada a los adultos que le sonreían y hacían morisquetas.
Corriendo alrededor, una jauría incontrolable de niños revoltosos, todos con cabello rojo. A los pies de los adultos, jugando en el suelo, gateando y caminando con evidente esfuerzo dos pequeños de similar edad, uno de los cuales destacaba por su cabello negro, tan diferente al resto de los pequeños alrededor.
Mientras veía como la pequeña Ginny mordisqueaba su dedo índice, el que había ofrecido gustoso para la distracción de la bebé, Sirius Black le comentaba a la orgullosa madre:
- Me alegro que se cumpliera tu sueño, Molly, aunque sinceramente todos creíamos que esta pequeña acabaría siendo varón, como sus hermanos.
- Yo también temí eso…
La madre pudo ver como su marido la miraba molesta por sus últimas palabras, por lo que ella le replicó:
- ¡No me veas así, Cariño! Sabes que mi sueño era tener una niñita, y no me habría rendido hasta poder tener una en mis brazos. Amo a todos nuestros hijos, pero esta pequeña princesita era lo que más deseaba.
- Lo sé, mi amor, fueron largos nueve meses de ver como intentabas cada pequeño remedio casero y sortilegio extraño para conseguir que fuera niña -aunque ninguno de esos trucos te funcionó con los otros seis-.
- (Sirius interviene) Pero los muggles, según tengo entendido, tienen formas para conocer el género de un bebe dentro de la mamá, podrían haber probado aquello. Al menos les habría ahorrado un par de meses de ansiedad.
- (Arthur responde) Se lo sugerí, te lo aseguro, pero no hubo forma de convencerla. No tiene ninguna confianza en los aparatos muggles.
- (Molly mira incrédula a su marido) ¿Piensas que puedo confiar en alguno de esos cachivaches después de ver los destrozos que has hecho con ellos en nuestra casa?
Habiendo sido puesto en evidencia, el señor Weasley, avergonzado, elige no continuar la conversación por ese lado. Remus Lupin, viendo el silencio creado, decide retomar la plática:
- Molly, todos creímos que cuando fuesen siete niños varones podrían animarse a armar su propio equipo de quidditch, si era cosa de verlo: resulta evidente que con el carácter de los gemelos serían muy buenos golpeadores, y Bill tiene todo el porte para ser portero y capitán, además que ya es el líder nato de sus hermanos. Los otros cuatro podrían repartirse en las posiciones restantes.
- Si sugieres que mi pequeña Ginevra se expondrá a un juego tan peligroso, estás muy equivocado, Remus.
- (Su esposo la contradice) Pero si a ti también te gusta el quidditch, amorcito.
- Hasta cierto punto. Una cosa es disfrutar como otros magos se lanzan las bludger entre ellos y una muy diferente es querer que mi bebé se ponga en tal peligro por un simple juego.
- (Sirius interviene) Podría ser buscadora. Hay muchas buscadoras muy buenas y es una posición relativamente segura.
- Mejor que recluten para su equipo soñado a tu ahijado, a él si quieres puedes ponerlo a recibir golpes por perseguir una snitch.
- Él será un gran jugador, Molly, si incluso ya vuela como los mejores.
- Además de que le viene de familia (intervino James, que se acercaba al grupo junto a su esposa).
- Cierto, Cornamenta.
- Dime James, Sirius, que ya no estamos en el colegio.
Mientras las mujeres conversaban animadas, haciendo planes para el futuro de la única hija Weasley, los cuatro varones reunidos se pusieron a conversar sobre los hechos relacionados al ataque de los cuatro mortífagos en ese mismo lugar, hace ya varios meses.
Diez minutos después llegó el que sería el último invitado a la ceremonia, el auror Alastor Moody, quien con paso veloz se acercó al grupo. Antes de alcanzarlos se entretuvo agitando el pelo de los pequeños Harry y Ron, quienes se le cruzaron entre sus piernas, a las que se sujetaron para no caer luego de su última carrera. Los niños levantaron la vista y, sacándole la lengua al auror, corrieron en dirección hacia donde jugaban los hermanos mayores de Ron.
Las noticias de Alastor eran definitivas: los cuatro mortífagos, luego de un juicio rápido y contundente, fueron condenados a Azkaban. Bellatrix Lestrange y Barty Crouch Junior a cadena perpetua, por usar las maldiciones cruciatus e imperio contra él y Snape. Los hermanos Rodolphus y Rabastan Lestrange a diez años por intento de homicidio, además de la destrucción de las varitas de todos ellos. Moody había llegado recién a la ceremonia porque había querido integrar el grupo de aurores que llevó a los condenados a la prisión, asegurándose de que quedaran instalados, confortables y calentitos (dijo lo último con una sonrisa en su rostro):
- Sé que puede parecer poco los diez años para los hermanos Lestrange, pero con algo de suerte en un par de años habrán estirado la pata. Si algo bueno tienen los dementores de Azkaban es que terminan provocando que los prisioneros acorten voluntariamente sus estadías entre sus paredes.
- (Sirius preguntó) ¿Snape asistió al juicio?
- No, pero no fue necesario. Con lo evidente del ataque y el testimonio de Albus y el mío propio, el tribunal autorizó el que los magos del Departamento de Misterios usaran hechizos de exploración mental y legeremancia para extraerles toda la verdad.
- Entonces Quéjicus se acobardó y se quedó escondido en su agujero, como siempre.
Las palabras de Sirius fueron oídas por Lilly Potter quien, dejando en ese momento su alegre charla con Molly, se acercó al padrino de su hijo en tres rápidos pasos y, mirándolo fijamente, le dijo en tono de amenaza:
- ¡Te prohibo llamarlo así, Sirius, no después de todo lo que ha hecho por nosotros en este último año!
- Comprendo que le tengas algo de aprecio a ese tipo, pero no pienso cambiar el concepto que tengo de ese, sobre todo cuando antes de ayudarnos estuvo lamiéndole las patas a quien tu sabes durante largo tiempo, haciendo quien sabe qué terribles cosas para él. Si me lo preguntas, ese sujeto debería estar en Azkaban, haciéndole compañía a sus antiguos socios.
- (Tratando de calmar la situación, James interviene) Calma, cielo, Sirius está molesto por todo lo ocurrido con Peter, y no puede evitar culpar a Snape de su muerte.
- Yo también apreciaba a Peter, pero nunca se me ocurriría culpar a Severus de aquello, y menos cuando gracias a él se salvaron las vidas de Neville y de nuestro hijo, al menos.
- (Sirius alega) [Pues podría haber matado a Voldemort antes de que todo esto pasara, así tendría al menos una cosa de la cual agradecerle].
- ¡No te atrevas a hablar así de él, Sirius, no cuando ningún otro pudo hacer aquello por lo cual lo culpas! Y tú, James, recuerdo perfectamente como tratabas a Severus en el colegio cuando aún era mi amigo, y te recuerdo que si bien te perdoné por todo eso cuando acepté ser tu esposa no toleraré que defiendas la actitud de tu amigo con él, no cuando no se lo merece.
- (James, molesto, le contesta a su esposa) Pues te recuerdo que tu amigo al final te abandonó porque para él no eras mas que una…
En apenas un segundo, James se calla, dándose cuenta de lo que estaba a punto de decir. Lilly, que se ha percatado de todo, le contesta, con voz triste: "te recuerdo que en realidad fui yo quien lo dejó de lado, James, y cada día, desde entonces, me he sentido culpable, pensando que si hubiese perseverado en nuestra amistad tal vez lo habría salvado de unirse a los seguidores de quien tu sabes. Traicioné a mi mejor amigo, al único que me apoyo cuando era pequeña y mi condición de bruja alejó a todos los de mi edad, simplemente porque a mis nuevos amigos no les agradaba; fui egoísta, y aunque no me arrepiento de todo lo que conseguí después de aquello, no puedo pensar que pude haber hecho mejor las cosas con él".
Después de decir aquello, Lilly le dio la espalda al grupo y, tomando del brazo a Molly, se alejó de ellos, para seguir con su amiga sin tener que escucharlos.
Remus se encontraba avergonzado por la escena, y se miraba con Arthur, sin saber qué rayos decir. Sirius había quedado molesto por la actitud de su amiga, defendiendo a ese cobarde, y James no pudo evitar sentirse traicionado, recordando lo mucho que tuvo que luchar para separar a la mujer que amaba de ese amigo que, sin que ella se diera cuenta, era su principal rival por el corazón de su ahora esposa. Un rival que alguna vez le provocó celos y que ahora resultaba un héroe a los ojos de su mujer.
Moody, rompiendo el silencio que quedó luego de la ida de las mujeres del grupo, les dijo, dirigiéndose a Sirius y James: "no sé los problemas que tengan ustedes con Snape ni me importa lo que piensen de él, pero no permitiré que se trate de cobarde, en mi presencia, a quien se mostró tan valiente combatiendo contra cuatro terribles mortífagos, y que salvó mi vida, así como la del pequeño Neville, ¿está claro?".
La discusión terminó cuando vieron como, desde el interior de la casa, salía la familia Longbotton, en compañía de Albus y Aberforth.
La ceremonia fue sencilla, pero hermosa.
Los suegros de Alice traían en sus manos las cosas que se dejarían en el lugar: ella, en una pequeña caja, unos cuantos objetos personales de la difunta (ropa, adornos, una cadena y un par de aros) que se dejarían allí enterrados, representando a la desaparecida; él traía la varita de Alice, la que sería puesta sobre la sepultura, como recordatorio perpetuo de su sacrificio.
Albus realizó todas las operaciones necesarias para levantar la sepultura. Frank, el viudo, observaba en silencio el último tributo de los amigos y familiares a su amor perdido. Una lápida de piedra fue levantada en aquél lugar, en donde Frank fue el encargado de tallar en la roca, con magia, un retrato ovalado de su esposa, tal como la recordaba, con su sonrisa siempre presente.
Lilly Potter había pedido el honor de redactar el epitafio de su amiga perdida, quien con su sacrificio había salvado no solo a su hijo Neville, sino que también a la luz de sus ojos. La inscripción decía:
"La vida siempre se superpone a la muerte, y quien deja como legado su propio sacrificio vive para siempre."
Los presentes, al leer esas palabras, comprendieron el propósito tras de ellas: Alice no moriría, ya que cada uno de ellos la mantendría viva en sus recuerdos, y su hijo llevaría con él el valor de su madre, perpetuándola.
La ceremonia terminó cuando fueron colocadas unas semillas, especialmente preparadas, las que gracias a la magia combinada de los asistentes germinaron en múltiples y coloridas flores, que cubrieron la sepultura con muchos e imperecederos colores. Finalmente, sobre la lápida, fue depositada la varita de Alice, la cual fue protegida por Albus Dumbledore con un poderoso sortilegio: permanecería oculta de la vista de cualquier persona sin magia, y sólo los miembros de la familia podrían tocarla, a fin de asegurar, de esa manera, que nadie profanara ese objeto sagrado.
Aberforth, quien era el que cargó al pequeño Neville durante toda la ceremonia, dejó un momento al pequeño en el suelo para dar sus respetos a los familiares. Allí todos pudieron ver algo que les sorprendió: el pequeño, que hasta ese día sólo había gateado, se levantó con esfuerzo y caminó hacia la lápida, con pasos torpes y acelerados, con el cuerpo inclinado hacia el frente como si fuese a caer, hasta que el contacto con la piedra le permitió sujetar sus pequeñas piernas; allí, señaló el tosco retrato en la roca, mientras dijo una sola sílaba, quien nunca antes había tratado de hablar: "ma". Luego, caminando de regreso, terminó alcanzando a su padre, sin caerse en ningún momento, sujetándose a su pierna, mientras lo llamaba por su nombre: "pa".
Frank, viendo a su hijo, no pudo evitar sentirse conmovido por el gesto de su pequeño, acariciando con ternura su cabeza. Pero esa ternura duró apenas un instante, endureciendo de inmediato su rostro a su hijo, para luego tomarlo y entregárselo a su abuela.
Esa sería la última vez que trataría con cariño a su hijo en años.
Los años de la primera niñez de Neville Longbotton fueron de una fría distancia entre él y su padre.
Frank, habiendo renunciado de facto al cuidado y crianza de su hijo, dejó esas tareas a sus padres y se había concentrado en su carrera como auror.
Aprovechando los tormentosos años que siguieron a la caida del que no debe ser nombrado, solicitó y obtuvo el ser puesto en una unidad especial de cazadores de magos tenebrosos, en compañía de Alastor Moody y de una joven postulante a auror de extraordinario talento para la magia de combate y una disposición natural para el disfraz, a la que Alastor había tomado bajo su tutela personal: Nymphadora Tonks, prima de Sirius Black. Pronto los tres magos se hicieron de una fama terrible por su fiereza y efectividad en la persecución de los patéticos intentos de magos que buscaban reemplazar al perdido Señor Tenebroso, así como de los últimos aliados en fuga del caído.
Gracias a la acción del afamado equipo de cazadores y otros similares las celdas de Azkaban estaban a rebozar como nunca antes en su historia.
Durante sus viajes el equipo se encontró muchas veces con Severus Snape, quien por su propia misión auto-impuesta se encontraba cerca de los fugitivos mortífagos o de los lugares siniestros donde podrían encontrarse rastros del Mago Oscuro muerto. Aunque Moody era bastante cordial con el mortífago traidor y la joven Tonks lo veía con curiosidad y admiración, después de todas las cosas grandiosas que su tutor le había contado del asesino del innombrable, el trato entre él y Frank era frío, por decir lo menos.
A Severus le era más que evidente el rechazo que causaba en el padre Longbotton la misma existencia de su hijo, atado todavía al amuleto asesino. No podía evitar verlo y recordar el propio maltrato que recibió él en su niñez de su propio padre, violento con él y con su propia madre, como si la existencia de ambos fuese una tortura para aquél.
Frank no era ciego, y percibía el reproche a su actitud que habitaba en los profundos ojos del mago de capa negra, como si lo juzgara. Pero él era consciente de que era injusto con el pequeño Neville, era sólo que no podía evitar pensar que, tal vez, lo que veía cada vez que se encontraban no era ya su hijo, sino que lo que fuera que controlaba el prendedor maldito había tomado control o habitaba de alguna manera, ahora, dentro del pequeño, y que ya no era sólo su hijo el que lo miraba a través de sus pequeños ojos, sino que el asesino de su esposa, burlándose tras esa mirada inocente. Si al menos hubiese una forma de separarlos, pero todos los magos que lo rodeaban se habían dado finalmente por vencidos con aquello.
Porque él sabía de las visitas de Snape al hogar de sus padres.
Su búsqueda sobre todo lo relativo al Señor Tenebroso lo había obligado a mantenerse en contacto, contra sus propios deseos, con Albus Dumbledore, quien sólo se reía de él cada vez que lo llamaba para solicitarle que se juntaran a compartir información.
Pero Severus era todavía mal recibido en todas partes, y juntarse con Dumbledore en Hogwarts no era opción. Por lo que, en la búsqueda de un lugar apropiado para sus reuniones, inevitablemente terminaron acordando como lugar de sus encuentros el hogar de los Longbotton, el único lugar donde el rechazado ex-mortífago encontraba una taza de leche caliente y una sonrisa de sus habitantes habituales, quienes no olvidaban su intervención salvando al pequeño Neville, no en una sino en dos ocasiones, a riesgo de su vida, así como de sus muchos intentos por ayudar al niño a separarlo del amuleto opalino.
Las visitas no eran muchas, unas cuatro o cinco por año, y nunca duraban más de un día. Pero la misma lejanía del hogar de los ancianos, que vivían alejados de cualquier otra familia de magos, sumado a la nueva actitud retraída del padre del pequeño, la que terminó distanciándolo de todas sus amistades previas, terminaron acostumbrado a Neville al rostro serio y la nariz aguileña del mago de la capa negra. A medida que pasaron los años el niño le cogió cariño al adusto mago (cuando en cualquier otro pequeño su rostro amargado y actitud estricta no habría causado más que pavor), quien en comparación a la actitud de frialdad y distancia que había adoptado su propio padre con él y la falta de otros mayores con quien comparar, se le presentaba como alguien agradable para tenerlo cerca. Al poco tiempo, para disgusto de Severus, el joven Nevile, ya de tres años y medio y con mayor dominio del habla, comenzó a llamarlo "tío" -y ninguno de sus abuelos hizo el menor empeño en convencerlo de que aquel serio señor no era nada suyo-.
Una visita de aquellas, en que había quedado de reunirse con el profesor Dumbledore en la residencia Longbotton, coincidió con el cumpleaños número cinco del joven Neville.
Severus Snape estaba derechamente furioso con el director de Hogwarts, quien no le había advertido de dicha ocasión, que de saberlo habría evitado con todas sus fuerzas. Pero ahora, habiendo aparecido, a sabiendas que el simplemente largarse habría sido demasiado grosero con los dueños de casa, decidió quedarse, ofreciendo su peor cara de amargura a todos los asistentes.
Y esos asistentes al cumpleaños del mocoso eran realmente pocos.
Lo primero evidente era la ausencia de otros niños, no sólo de la edad del festejado, sino de cualquier otra edad. Los únicos presentes eran los abuelos del pequeño, sus tíos abuelos, su padre y sus compañeros aurores (Moody y Tonks), Albus y él.
A pesar del ambiente adulto que se respiraba, el pequeño Neville corría contento entre los asistentes. Snape, al verlo, asumió que su alegría se debía más que nada a la cantidad de gente presente en esa casa, habitualmente más vacía, que a la comprensión de lo que significaba para él ese día.
La conversación fue animada, y la torta (cortesía de una muy esforzada Dora, quien insistió ser quien aportara ese detalle a falta de un mejor regalo) más que pasable. Snape comió poco, mientras esquivaba la conversación respondiendo con monosílabos cuando se dirigían a él.
En un momento dado, los abuelos del pequeño tocaron un tema que habían evitado durante los primeros años, por respeto a la difunta Alice: cuando el pequeño Neville nació, ninguno de los padres se había decidido por algún mago o bruja para que fuese su padrino, considerando que con los peligrosos tiempos que corrían aquello sería como llamar a la mala suerte (ya que, según la costumbre seguida en el mundo mágico, el padrino o madrina sería el responsable del cuidado personal y la crianza del niño o niña en caso de faltar sus padres). Luego, con la muerte de su madre, las labores de padrinaje de Neville habían recaído sobre sus abuelos, pero ellos ya se hacían mayores y probablemente sería más conveniente darle al pequeño un posible futuro tutor que velara por él cuando ambos le faltaran.
Dumbledore, intuyendo hacia donde iba la cosa, alzó la voz y muy ceremoniosamente dijo: "lamento decepcionarlos, amigos míos, pero mis múltiples obligaciones me impiden aceptar el honor del que quieren hacerme partícipe. Eso, sin considerar que, por mi edad, es muy probable que muera antes que tan venerables señores, lo que impediría cumplir con el propósito tras vuestro ofrecimiento". Todos los comenzales se miraron anonadados; era evidente que nunca nadie elegiría a alguien tan importante (y, sobre todo, tan viejo) como padrino de ningún infante. Tonks fue la primera en reír ante el discurso del mago mayor, siendo su risa seguida por todos (excepto Frank y Severus, que se miraban seriamente).
Mientras despejaba su garganta haciendo silencio, Augusta, la abuela, aceptó con gratitud las excusas del profesor Dumbledore, mientras señalaba que el prospecto que tenían pensado era alguien a quien el muchacho debía mucho, y que seguramente se sentiría honrado de que se le permitiese ocupar tal posición dentro de la familia. Intuyendo una posible oposición a sus planes de parte de su hijo, la anciana le preguntó, en frente de todos: "Frank, ¿qué opinas acerca de pedirle al señor Severus Snape de que sea el padrino de Neville?"
El padre, apartando la mirada del mencionado mago, se dirigió a sus padres, señalando que en realidad no le importaba el asunto y que, si ellos consideraban apropiado a Snape, él no se opondría.
Severus, en cambio, antes de siquiera ser consultado, respondió: "No creo ser el indicado para dichas tareas, señores, y mi estilo de vida actual no harían aconsejable entregarme el eventual cuidado del joven Neville a mi, un mago errante. En cualquier caso, aunque le faltaran sus abuelos es seguro que el pequeño seguiría contando con el cuidado de su padre. Pero si aún así insisten en darle un padrino al pequeño, sugiero la búsqueda de un candidato más apropiado".
La abuela Longbotton, decida a conseguir su deseo, como lo mejor para su nieto, le respondió: "Si su objeción es sólo su estilo de vida actual, creo que podemos diferir este asunto para un futuro más apropiado. En todo caso, no creo haber conocido nunca ningún mago más apropiado para cuidar de mi nieto, señor, por lo que me abstendré de buscar en el inter-tanto otro prospecto, confiando en que algún día pueda usted cambiar de opinión".
Viendo Snape que no podría doblegar la voluntad de la mujer, y no sintiéndose dispuesto a iniciar una discusión que seguramente perdería por agotamiento, decidió tan sólo inclinar su cabeza y darle la razón a la anciana. Al menos sabía que no podrían obligarlo a ser padrino a la fuerza (o, al menos, no conocía precedentes de aquello).
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Cuando llegó finalmente el término de la reunión, y viendo que se hacía de noche, Severus llevó aparte al profesor Dumbledore a fin de fijar una nueva cita para una fecha próxima, para así no verse obligado a pasar allí la noche.
Mientras ambos magos conversaban, el pequeño Neville llegó corriendo donde ellos se encontraban, interrumpiéndolos. Al ver que parecía querer dirigirse a él, Snape le hablo, preguntándole qué quería. El niño, mirandolo fíjamente, le dijo: "regalo, tío". Por lo visto, aquel infante creía que él había venido específicamente a su cumpleaños y esperaba algún tipo de presente de parte de él. Severus, con su usual cortesía y tino, le dijo: "Ningún regalo. A mi nadie me regaló nunca nada en mi cumpleaños, a excepción de mi madre. Y no soy tu tío". Viendo que con esa respuesta el pequeño se alejó corriendo, el mago se dio por satisfecho y continuó su conversación.
O al menos así fue hasta que Neville reapareció, pidiéndole a Severus que le enseñara su mano. Curioso e incómodo por la persistencia del pequeño en tratarlo, el mago le hizo caso. Sobre su mano abierta Neville depositó el prendedor de ópalo, mientras le decía: "tío, regalo". Por lo visto, el niño había encontrado injusta la infancia de su pretendido tío y no había encontrado nada mejor que regalarle su más importante posesión.
Mientras contemplaba el amuleto en su mano, el pequeño Neville echó a correr, sin esperar la respuesta del mago. Pero pudo dar apenas tres pasos antes de chocar contra una pared invisible y caer sentado en el suelo. Snape pudo notar la acción del amuleto sobre el niño: por lo visto, el propósito del pequeño había sido hacerlo a él el dueño del mismo, pero esa cosa se había negado a ello y habría actuado, frenando la separación entre ambos. Severus se acercó caminando al infante y le ayudó a levantarse, mientras le devolvía el prendedor, diciéndole: "te lo devuelvo". Neville lo tomo, mientras se preguntaba: "pero regalo..."
El de la capa negra recordó algo que llevaba consigo: un brazalete de plata de duendes, pero manufactura humana, algo sencillo y tosco que seguramente no costara más de un par de galeones y que le habían regalado en una aldea de magos francesa, ubicada en el bosque de Normandía, al norte del país, como agradecimiento por derrotar a un intento de mago tenebroso que había intentado aterrorizar al pueblo con unos patéticos inferi que creó de cadáveres enterrados en una playa cercana. Afortunadamente Severus no tenía apego por ese tipo de obsequios, por lo que con un pase de su varita transmutó la plata de su joya en una fina y ornamentada cadena, la que aseguró al prendedor de ópalo, el que luego colgó en el cuello de Neville, mientras le decía que ese era su regalo de cumpleaños y que nunca debía dársela a nadie. El niño, emocionado, agradeció a su tío mientras corría a mostrarle su obsequio a sus abuelos.
Temeroso de las reacciones de los presentes ante ese gesto de debilidad para con el pequeño Neville, Severus Snape se despidió rápidamente y se marchó, comprometiéndose a contactarse con Dumbledore en una fecha próxima.
Neville Longbotton no había mostrado mayores señales de magia en toda su primera infancia, y ahora que ya tenía más de cinco años sus abuelos, los encargados de su crianza y educación, se debatían entre seguir esperando o integrarlo en algún colegio muggle ante la posibilidad de que el pequeño resultare ser un squib (hijo de magos sin magia).
El día en que le plantearon dicha consulta a Severus Snape, cuando los visitaba (mientras esperaba al siempre impuntual Dumbledore para su reunión habitual) el mago se tomó unos momentos para pensar su respuesta: en ese punto era imposible saber si la magia del niño existía en cantidad suficiente para procurarle una educación mágica, y estaba siendo retenida o anulada de alguna manera por el prendedor que ahora llevaba colgado del cuello, o si tal vez el niño realmente había nacido sin magia, condenándole a la vida de ostracismo del mundo mágico que sufrían todos los squib.
Finalmente aconsejó a los atribulados abuelos que ingresaran al pequeño en un colegio de primaria para muggles. Si, como resultaban sus temores, el niño nunca desarrollaba poder mágico alguno, contaría ya con la experiencia necesaria y la educación típica muggle para vivir entre ellos (proceso que sería más dificultoso mientras más tardaran en realizarse); en caso contrario, siempre podían trasladarlo a un colegio de magia o contratar algún tutor privado si, llegado el momento, el pequeño despertaba el poder latente que pudiera tener. El consejo de alguien que tenían en tanta estima salvó al infante de unos años de aislamiento que probablemente habrían anulado su capacidad de relacionarse con otros niños.
Así comenzaron los días de escuela de Neville Longbotton entre los no-magos.
Fueron días felices, donde pudo compartir, finalmente, con los primeros niños de su edad. La rutina de las tareas, los trabajos manuales (escribir, hacer manualidades, el ejercicio diario), la comida llevada de casa y compartida con otros niños. Todo eso le fascinaba.
Lo más difícil de los primeros días fueron las extrañas historias que contaba a sus compañeros y maestras respecto de los extraños sucesos en su hogar y la forma en que se hacían las cosas. Relatos que en años posteriores lo habrían marcado como un mentiroso compulsivo ahora eran vistos como creaciones de una mente vivás o repeticiones de los cuentos de sus abuelos. Pronto aprendió que las cosas que en su hogar se hacían de diferente manera debía mantenerlas en secreto.
Y así transcurrieron dos años, entre libros, juegos infantiles y cumpleaños en casas de sus compañeros muggles, pero nada de magia.
Neville, ya con siete años cumplidos, miraba su regalo dado por su no-tío Severus: un par de guantes de invierno, de piel y con forro interior peludo. Ciertamente esos regalos, los de su cumpleaños, eran los únicos que recibía del extraño tío a quien veía no más de seis veces en el año y sólo por un par de horas cada vez. Pero le quería, casi de la misma forma que a su padre, pero de diferente manera.
Su relación con su propio padre estaba en un punto muerto. No podía quejarse de su papel como proveedor. Eran evidentes las mejoras hechas en la antigua casa Longbotton y las buenas cosas que él mismo vestía y usaba. Por lo que su abuela (viuda luego de la repentina muerte de su abuelo hace ya medio año) le decía, todo aquello se debía al duro trabajo de papá persiguiendo tipos malos, siempre con la compañía de los dos raros con que hacía equipo: el viejo tío Moody, quien ahora lucía un muy extraño y tétrico ojo artificial, además de marcas profundas en su rostro; y la tía Dora, que tenía la costumbre de que cada vez que llegaba a la casa lucía un rostro y cabello diferente, por lo que nunca era capaz de reconocerla hasta que ella lo abrazaba y habría su boca para saludarlo.
La vida de su padre era bastante errática, desapareciendo un par de meses del hogar para llegar un día, sin aviso, y descansar un par de semanas, para luego partir de viaje. Las únicas fechas seguras en que podía encontrarse en casa era en su cumpleaños (donde siempre terminaba chocando con tío Snape, aunque nunca llegaron a las varitas), en su aniversario de matrimonio y en la fecha de la muerte de mamá Alice, fechas en las cuales dejaba flores frescas y tocaba la varita de su difunta esposa.
Neville, luego de ver a su padre hacer eso, había tomado como un reto el poder tomar esa varita: desde hace algo más de un año había manifestado suficiente magia como para lograr verla, pero su magia interna era insuficiente para poder tomarla sin ser rechazado por el sortilegio de Albus Dumbledore que la protegía de extraños. Cada día, antes de ir al colegio o después del desayuno en sus días libres y vacaciones, corría a la sepultura de su madre y probaba, pero inevitablemente fallaba en sus intentos.
Ahora, siendo domingo, había regresado para probar suerte nuevamente, esperando que su magia fuese de nivel suficiente para lograr su recompensa.
Aprovechó que su padre, presente como pocas veces, tomaba el té con su abuela y sus tíos abuelos, que estaban de visita, para irse silenciosamente al patio. Augusta, que ya sabía a lo que salía su nieto tan presuroso, simplemente le recordó que tenía que regresar pasado el medio día para hacer su tarea y tomar su almuerzo junto a su padre.
Parecía extraño llevar guantes para el frío en pleno verano, pero el bosque, en esas horas de la mañana, todavía era helado, por lo que ese extra de calor no le parecía excesivo al niño.
El ambiente, lleno de los ruidos de las aves mañaneras, resultaba agradable, mientras el pasto todavía mojado, marcaba sus zapatos con su humedad. A lo lejos, un grupo de gnomos, con sus enormes cabezas de patata, hacían su recorrido diario para saquear la huerta de repollos de su abuela.
Una vez llegó junto a la sepultura de su madre, Neville saludó respetuosamente a su retrato, pidiendole permiso, como siempre lo hacía, para tomar su varita. Sin esperar una respuesta que sabía no tendría, el niño se sacó uno de sus guantes, para hacer nuevamente el intento de alcanzarla con su mano derecha desnuda, concentrándose en ese sólo objetivo, como hacía cada vez que lo intentaba con nulos resultados.
Pero esa mañana fue diferente.
Finalmente pudo tomarla. La varita de mamá.
Emocionado y asustado, como si estuviese haciendo algo indebido, Neville corrió al interior del bosque, confiado en que podría tener ese preciado recuerdo sin que nadie se lo arrebatara, al menos por un par de horas. Nadie le contaba nada de mamá, pero él la recordaba, así como sabía todo lo que había sucedido en su muerte. Alegre, agitó la varita, imaginando como su madre le había salvado con aquél último hechizo, antes de irse para siempre.
La varita no hizo absolutamente nada, pero el niño no podía estar sentirse más feliz.
Pero algo inesperado paso, y la vibración de su amuleto, que siempre llevaba colgado al cuello, le advirtió del peligro.
Neville se puso a correr, a sabiendas que la bestia quería su vida.
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Severus Snape apareció, como siempre, en lo bordes del bosque que rodeaban la residencia Longbotton. Confiaba poder tomar una taza de café y una comida caliente luego de estar durante casi dos semanas recorriendo los pantanos de Escocia, donde lo llevó una pista sobre un supuesto refugio secreto del Señor Tenebroso, según las palabras del último mortífago capturado por él. Obviamente la búsqueda había sido en vano, una última venganza de un inútil que se dejó vencer tan fácilmente.
Iba a dirigirse a la cabaña cuando pudo percatarse de los extraños ruidos en el bosque. Desconfiando de lo que aquello pudiera ser, se dirigió a ver a la carrera, suponiendo que pudiera ser algún tipo de ataque o bestia salvaje que pusiera en peligro el único lugar que podía considerar como su refugio.
Pero luego de un minuto de correr, lo que vio lo dejó paralizado, porque era imposible que una cosa como esa hubiese llegado a ese lugar: "mantícora".
La enorme bestia, de tres metros de alto, con rostro humano, cuerpo de león y cola de escorpión, había lanzado su ponzoñosa cola en un ataque directo contra el niño Longbotton, al que tenía arrinconado contra el suelo. Pero el aguijón, en vez de atravesarlo, revotó contra una especie de campo de fuerza que rodeó al niño en el momento del impacto.
Sin comprender como había logrado hacer eso el niño, pudo notar al acercarse raudo que Neville tenía en su mano una varita mágica. Ahora todo tenía sentido: el niño manifestaba su magia innata de esa manera, la que reforzada por la varita que cargaba dio como resultado ese poderoso hechizo escudo.
Pero cada golpe de la bestia acercaba más su aguijón al pequeño.
Severus intentó distraer al monstruo con su hechizo sectumsempra, pero los poderosos cortes sólo rozaban la dura piel, reforzada con magia, de la bestia, que seguía concentrada en el pequeño. Probó después con poderosos hechizos de fuego, dirigidos a la cara humana del coloso, los que le hicieron verlo, así como al pequeño Neville notar la identidad de quien trataba de salvarlo. La mantícora giró su cuerpo hacia el mago de la capa negra, soltando un poderoso alarido, mientras se ponía en posición para correr hacia él. Con sorpresa, pudo ver como el niño, liberado de la presión de la bestia, se levantó y, tomando unos metros de distancia, en vez de huir se armó de valor y, apuntando la varita, hizo el intento de lanzar el único hechizo que se le vino a la mente en ese momento: "Avada Kedavra". Pero el hechizo, mal ejecutado, en vez de surgir como una rayo de energía verde asesina se manifestó como una gigantesca bola verde que golpeo a la bestia, empujándola.
La mantícora, viéndose atacada por dos flancos, dudo unos momentos sobre a quien atacar, tiempo más que suficiente para que Snape ejecutara un poderoso hechizo que creyó capaz de poder contener a la enorme criatura. En un segundo el pelinegro aisló su mente, girando su varita sobre su cabeza, mientras evocaba un único recuerdo de su niñez, uno compartido junto a la persona más importante de su vida, un momento de felicidad pura: "Lilly..."
Como un estruendo ensordecedor, la voz del mago surgió en medio del bosque, mientras su guardián se manifestaba: "Expecto Patronum".
Neville vió, asombrado, como de la varita de su tío Snape surgía una criatura plateada, dotada de enormes alas, pero sin plumas visibles, un rostro aterrador y patas con largos dedos filosos.
El enorme murcielago plateado, de casi tres metros de envergadura, se abalanzó contra la mantícora, la que clavó en medio del pecho de su agresor su aguijón venenoso, inútilmente. Snape vio como su creación combatía con fiereza contra la enorme criatura se acercó corriendo al pequeño Neville, quien se había quedado paralizado, maravillado por la luminosa creación.
Aunque los patronus no habían sido pensados como combatientes cuerpo a cuerpo, Snape era capaz de dotar a su propia invocación, un zorro volador gigante, de la resistencia y fuerza necesarias para esa tarea, gracias a su propia habilidad y control mental, el que le permitía reforzar el hechizo hasta niveles inimaginables potenciando el recuerdo feliz que lo alimentaba dentro de su propia psique.
Una vez sujeto el niño en sus brazos, se dedicó a reforzar con su magia a su patronus, el que ganaba poder y resistencia con cada extra de magia que le proporcionaba con su varita. Así, la terrible mantícora, la bestia asesina que en circunstancias normales requeriría de un numeroso y bien entrenado equipo de experimentados magos para reducirla, fue vencida en lucha cuerpo a cuerpo por la bestia alada de Snape, que se alzó victoriosa sobre el cadáver de su oponente antes de desaparecer.
Cansado, con su varita siempre en su mano y vigilante de los alrededores, Severus Snape retornó a la cabaña de los Longbotton llevando al pequeño Neville en brazos, mientras éste sostenía la varita de su madre, la misma que lo había protegido de la criatura que trató de asesinarlo.
Allí estaba él, junto a sus dos protectores: mamá y tío Snape.
Curioso, Severus no pudo evitar preguntarle al pequeño, antes de llegar a la casa, cómo había podido intentar hacer un hechizo tan oscuro como la maldición asesina. Neville, creyendo que era alguna especie de reto, le confesó que ese hechizo era el único que conocía de nombre. Snape le preguntó quien se lo había mostrado, pero la respuesta del niño le confundió: le dijo que recordaba como el hombre malo había tratado de atacarlo con ese hechizo, cuando estaba junto a mamá en el cuarto donde la mataron.
Severus se detuvo un momento, viendo el rostro del pequeño, tratando de descubrir si ocultaba algo siniestro. Pero nada, su mente estaba en limpio de cualquier otra idea, y al parecer decía la verdad sobre poder recordar el día de la muerte de su madre y del Señor Tenebroso.
Viendo que de la noche a la mañana se había vuelto un prometedor prospecto, y seguro que su padre no haría nada por su crecimiento personal, Snape finalmente cedió: si era realmente necesario, podría hacer el sacrificio y volverse el padrino de ese niño.
Probablemente el pequeño Neville era la persona que más lo habría necesitado nunca. Y sentía que se lo debía. Al menos por su madre.
Tan sólo esperaba que la oferta hecha ya hace dos largos años siguiera en pie. No pensaba hacer el ridículo por eso. No él.
Notas del autor.
Nuevo capítulo, y como siempre paso a responder las dudas manifestadas en los últimos reviews:
hpinvidente: sobre romance. Si, variado y de la mayoría de los personajes, pero tardará un tiempo (les falta madurar a los muchachos). Sobre las parejas, lo más probable es que un par terminen cambiando, y habrá parejas nuevas para personajes sin desarrollo romántico en el canon.
Melanny389: la relación del padre de Neville con su hijo es esencial para que Snape ocupe un lugar que en principio no desea en el cuidado del pequeño Longbotton, pero cambiará en un futuro (al menos así lo tengo planificado). No será pronto, y no prometo que sean felices ambos después de aquello. Tan sólo puedo prometerte hacerlo interesante y emotivo.
