LIBRO 1

CAPÍTULO 3: EL PUNTO DE PARTIDA.

Las cosas habían salido mucho mejor de lo esperado para Augusta Longbottom. Como si todo se confabulase para que su muy amado nieto saliera adelante de toda la terrible condición que se le vaticinaba luego de la muerte de su madre y el cuasi-abandono de su padre.

El pequeño había crecido sano y fuerte. Mostraba para su corta edad una perspicacia e inteligencia destacable. Su habilidad y potencial mágico eran ya evidentes. Y lo que era lo mejor de todo, crecía bajo la tutela de un muy hábil y reputado mago, un maestro envidiable para cualquiera que quisiese que su descendiente fuese el mejor de su generación.

Y es que un padrino como Severus Snape no se conseguía así como así. Menos aún tenerlo como profesor particular de un insignificante niño.

Augusta no podía dejar de sentirse orgullosa de sus esfuerzos, y lo dejaba en evidencia cada vez que se reunía con sus amigas a tomar el té.

Esa tarde, apenas dos semanas después de que el señor Snape les llegara con la noticia que había aceptado ser el padrino del joven Neville (impulsado por un muy extraño y peligroso encuentro con una bestia asesina en el bosque cercano al hogar Longbottom), departía con su habitual grupo de amigas mayores respecto de la fortuna de su nieto de haber salvado la vida de tan terrible atacante y de como la cercanía del señor Severus parecía ser alguna especie de seguro de vida para el niño, además de ser una influencia positiva de tal grado que le permitía vaticinar un futuro brillante para su educación en el Colegio Hogwarts. De todas las asistentes, las más animadas en la discusión eran Pomona Sprout y Minerva McGonagall, profesoras de dicho colegio y jefas de dos de sus casas, quienes departían animadamente sobre los méritos del niño y el hecho de que probablemente, cuando alcanzara la edad adecuada para ingresar al colegio, terminaría en sus respectivas casas.

La discusión sólo terminó con la llegada de Neville, quien saludó rápidamente a las señoras reunidas en el salón de su casa, para luego subir a su habitación para quitarse su uniforme del colegio.

Ante las dudas de sus invitadas por el uniforme que exhibía el muchacho, la señora Longbottom les explicó que mientras llegara la época en que el niño tuviera que asistir al colegio de magia, seguiría asistiendo al colegio muggle, a fin de que contara con compañía de su edad -todo por consejo de su padrino-.

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Neville se quitó rápidamente su uniforme y, vestido sólo de su ropa interior y una polera blanca, se echó sobre su cama.

La habitación del muchacho estaba en el segundo piso de la casa, junto a la de su abuela, ahora viuda. No era precisamente grande, y la mayor parte del espacio estaba ocupada por muebles: cama de una plaza, un velador de madera rústica, un escritorio con un banco de madera sin respaldo y un par de roperos de dos metros de altura, que llegaban al techo; ocupando la pared exterior, una enorme ventana ovalada de casi metro y medio de alto por uno de ancho, que iluminaba todo el cuarto. En el suelo, arrinconado a una de las paredes del cuarto, el terrario donde dormitaba "Trevor", su sapo mascota (regalo de su tío abuelo). Bajo su cama, un pequeño cofre que había sido de su abuelo, en donde guardaba sus tesoros: los pocos regalos de su ahora padrino, un chivatoscopio roto (que según su abuela había sido de su padre) y la varita de su madre, ahora en su poder.

La varita, rígida, de madera de olmo y núcleo de corazón de dragón, media apenas veinte centímetros, pero con su todavía corta estatura se veía grande en su mano.

La discusión sobre el permitirle conservarla había sido corta pero intensa. Apenas lo vieron llegar con ella, en brazos de su ahora padrino, luego de su encuentro con la mantícora, su padre le había ordenado dejarla; esa fue la primera vez que el pequeño Neville desobedeció a su padre, alegando que la varita de su madre le había protegido y que no aceptaría dejarla así como así. Tampoco lo convencieron las súplicas de su abuela y sus tíos abuelos, temiendo que la tozudez del niño le atrajera la animadversión de su padre, quien veneraba esa varita como una reliquia sagrada. Neville no quiso ceder.

Viéndose superada, Augusta había recurrido a Severus Snape, consciente del ascendiente que tenía sobre el pequeño. Su tío, con rostro serio, le había señalado al pequeño sobre lo poco aconsejable que era para un mago usar la varita de otro: por lo que él sabía, las varitas mágicas tendían a aprender del temperamento y la forma de hacer magia de su dueño, por lo que al ser usadas por otro podían dar problemas o no funcionar de manera correcta. Pero él había insistido: la varita de su madre no lo perjudicaría, y él le demostraría a su tío (ahora padrino) que ella funcionaría con él de la misma manera que con su difunta madre.

Viendo la decisión en las palabras del niño, Severus Snape aceptó su propósito, poniéndose de su lado, pero indicándole que tendría desde ese día hasta cuando tuviera que ir al colegio de magia para demostrarle que la varita funcionaba correctamente para él. Y le puso una prueba imposible, según la propia Augusta: tendría cuatro años para lograr crear un patronus corpóreo, similar al que le vio hacer en el bosque. Si llegaba a rendirse en algún momento, debería entregar esa varita a su padre y aceptar una nueva, escogida específicamente para él.

Neville, sin dudarlo, aceptó la prueba de su tío.

Visto que el pequeño nunca había realizado hechizo alguno, y que la prueba impuesta por el mago era una que incluso excedía las capacidades de muchos experimentados magos y brujas, su padre aceptó la solución de Severus Snape y dejó al niño persistir en su deseo, confiando en que antes de que se cumpliera el plazo desistiría de dicho logro. Además, Frank contaba con que había un requisito necesario para poder realizar el encantamiento patronus que el pequeño, por las circunstancias de su propia corta vida, no podría llegar a cumplir.

Pero lo que en ese momento no había entendido eran las palabras de despedida de su tío Snape, quien ante el alcance de su abuela de poder sacarlo del colegio muggle ahora que sabían que tenía la magia necesaria para poder asistir, llegado el momento, al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, le insistió en dejarlo los años que restaban con sus compañeros muggles, señalando: "necesitará alguna memoria feliz para poder siquiera intentar superar su prueba, y dudo que pueda conseguirla de otra forma". Cuando luego de la partida de su tío-padrino pudo preguntarle al señor Dumbledore respecto a cómo se supone que hacía el patronus (información que su padrino no le había facilitado, lo que él suponía era una manera más de probarlo) pudo comprender la advertencia: debería encontrar su propio recuerdo de plena felicidad para poder ejecutar el hechizo, y tío Snape pensó que entre sus amigos podría conseguir alguno. La prueba era difícil, pero su padrino no la había hecho imposible de cumplir.

Animado por la idea de que, en alguna parte de su cabeza, tío Severus lo apoyaba, se puso a la tarea de cumplir el desafío.


Las visitas de Severus Snape al hogar Longbottom se hicieron más habituales: normalmente aparecía cada tres o cuatro semanas, y se dedicaba más que nada a enseñarle magia o conversar sobre la vida con el pequeño Neville, en la medida que consideraba apropiado conversar de dichos temas con un niño.

El tiempo pasó, y cuando Neville llegó a los ocho años ya podía sostener apropiadamente la varita y realizar un par de encantamientos sencillos: el encantamiento levitador y el iluminador, como conocimiento básico respecto a como realizar correctamente un encantamiento. Si bien hubiese querido que su padrino le ayudara a conseguir el patronus, él se tomaba su papel de examinador demasiado en serio, y no le facilitó ningún consejo respecto a cómo lograrlo; es más, ni siquiera quiso repetir el hechizo ante él. Afortunadamente, Alastor Moody -a instancias del profesor Dumbledore- aceptó enseñarle todo lo que necesitaba saber para lograr el hechizo: la forma de sostener la varita, las palabras del encantamiento, la idea que debía tener en su mente al conjurarlo.

Pero el auror le advirtió al joven Neville que no se esforzara demasiado en conseguir aquello, que probablemente nadie esperaba que lo consiguiera, aún con cuatro años de plazo (de los que ahora sólo quedaban tres).

La desaparición de tía Tonks fue inesperada. Su padre no le dio razón de su repentina ausencia en el hogar familiar. Fue Moody quien le contó que la muchacha, a la que había tomado como aprendiz apenas cumplió los diecisiete años (meses antes de la celebración de su quinto cumpleaños), había tenido que regresar ahora, a sus veinte años, a Hogwarts para completar su último año de estudios, como requisito necesario para poder recibir formalmente su título de auror del Ministerio.

Al menos sus incesantes prácticas de magia le evitaban a Neville el problema de tener que controlar sus poderes en presencia de sus amigos muggles, siempre recordando que tales prácticas sólo podía hacerlas cerca de su propio hogar (no fuera que terminara llamando la atención de extraños y se ganara algún tipo de censura del Ministerio, principalmente con motivo de la prohibición de la práctica de la magia para los menores). Terminaba con su energía mágica tan agotada que pasaba por un niño tranquilo en clases (incluso algo soso).

Pero se llevaba bien con todos sus compañeros y maestros, e incluso le habían permitido participar en las excursiones del curso, en las que, con su padre ocupado en su trabajo y con su abuela incapaz de interactuar con muggles sin delatar su propia condición de bruja, terminaba siendo acompañado por un silencioso y poco participativo Snape -quien aparentemente sabía como comportarse correctamente según el estilo de vida de los sin magia-.

Al menos, pensaba el amargado mago, esas responsabilidades eran sólo un par de veces al año, por unas cuantas horas, nada que no pudiera soportar para honrar sus responsabilidades como padrino. Y es que, imposibilitado de ofrecerle los regalos con que otros padrinos colmaban a sus ahijados, el cedía en lo único que tenía para dar: tiempo y conocimiento.

Por que, si bien el patronus era tema tabú entre ambos, Severus Snape se esforzaba por alimentar la cabeza de ese mocoso rubio con libros de magia, consejos sobre ingredientes de pociones e historias sobre su vida en Hogwarts, éstas últimas que le interesaba a Neville por sobre todas las cosas (y es que recordaba lo dicho por tío Moody respecto a necesitar un recuerdo feliz para hacer funcionar el patronus y no podía evitar preguntarse cuál era ese recuerdo en alguien que se veía tan serio y poco afortunado como su padrino). El niño aprovechaba al máximo el tiempo con su padrino, y no sólo por todo lo que ganaba con sus enseñanzas y consejos, sino porque sabía que aquello era lo único que podía regalarle y no quería hacerlo sentir mal recordándole su propia condición miserable.

Porque si algo era evidente era la pobreza franciscana de Severus Snape.

El antiguo mortífago era pobre. Muy pobre, de hecho, lo cual era extraño en cualquier persona tan hábil en las artes mágicas y que no cargara con una gran familia a cuestas.

Pero no era como si su pobreza lo envileciera o avergonzara de alguna manera. Era más bien una especie de voto solemne, el compromiso de alguien consagrado a su propia misión y que, por lo mismo, no aceptaba que algo tan banal como la búsqueda de riqueza lo distrajera de sus objetivos. En una ocasión, incómodo por la situación de su tío Snape, Neville le había sugerido conversar con su abuela para poder regalarle un par de túnicas nuevas (esa cosa negra que cargaba para todos lados lucía ya bastante gastada); pero él, viendo con molestia a su ahijado, le dijo: "¿acaso mi ropa te desagrada?". Creyéndolo ofendido, Neville se disculpó con él, señalando que sólo quería ayudarlo. Snape le contestó: "¿Crees que un mago tan hábil como yo no es capaz, de quererlo, de transmutar un árbol en un nuevo guardarropa? ¿Que si el dinero fuese un problema no sería capaz de partir una montaña en dos y con un sólo pase de mi varita extraer todas sus riquezas?"

Obviamente el mago exageraba (o eso quería pensar el niño), pero no necesitó más explicación del mismo.

Y resultaba claro que su propia pobreza le era indiferente: nunca cobró recompensa alguna por sus logros o los criminales que capturó o eliminó en sus viajes, ni intentó buscar alguna ocupación lucrativa o una unión ventajosa con alguna heredera, o se vio tentado a ceder ante los incesantes ofrecimientos de Albus Dumbledore para que aceptara un puesto de profesor en Hogwarts (pociones, encantamientos e, incluso, defensa contra las artes oscuras fueron sus ofertas), entusiasmado con lo que alguien de su nivel podría aportar a la educación de sus alumnos, la única cosa realmente importante para el anciano director.

Un día, curioso por la condición económica de su padrino, luego de escuchar las críticas respecto de lo mismo que una de sus amigas le hizo a su abuela, Neville le preguntó a ella el porqué lo había escogido como tal. Viendo que al muchacho le interesaba el tema, Augusta le hizo sentarse en el suelo, a sus pies, y le dijo: "Un niño como tú no tendrá nunca problemas de dinero. Tal vez no seamos ricos, pero yo tengo una casa y unos ahorros que serán tuyos cuando me vaya, y tu papá trabaja mucho y gana lo suficiente para poder darte todo lo que puedas desear. Por eso, a diferencia de otras personas, no elegí a tu padrino pensando que tal vez, algún día, él necesitara mantenerte; lo elegí para darte lo que te faltaba: un ejemplo a quien admirar, de quien aprender; alguien que pudiera protegerte y servirte de meta. En suma, elegí a Severus Snape con la esperanza de que te diera lo que tu propio padre, mi hijo, ha insistido en negarte, y creo que he acertado en todo eso; ¿no es cierto, querido nieto?". El niño, asintiendo con la cabeza, se levantó y besó la mejilla de su abuela, dándole las gracias por todo antes de volver al patio a sus prácticas de magia.


Los esposos Granger se encontraban esperando junto a su hija en un salón, junto a la Dirección de su colegio, habiendo sido citados por la directora del mismo, producto de un muy extraño incidente que tuvo lugar en el patio, durante la clase de educación física.

Como ya había pasado en otras ocasiones, unas niñas de un curso contiguo, del mismo año, con el cual el curso de la pequeña Hermione compartía la clase se habían burlado de la niña por sus muy extraños y vistosos dientes (lo que le habían ganado el apodo de "coneja", cosa que a la niña le molestaba sobremanera). Estaban jugando quemados, lanzándose pelotas de goma de un lado al otro de la cancha de baby fútbol, en equipos formados por sus propios compañeros, y una mocosa del equipo contrario no había perdido oportunidad de recordarle aquella parte de su fisonomía que tanto le incomodaba, con lo que la molestia se había ganado de parte de la niña Granger un pelotazo en toda la cara, con fuerza.

Pero lo que normalmente habría terminado con un simple regaño para ambas niñas había concluido de muy extraña manera, con la pelota estallando al impacto y empapando completamente a su blanco, como si hubiese estado rellena de agua.

Nadie sabía como había pasado, pero Hermione (sin que nadie la acusara de aquello) había reconocido apenada su propia culpa, disculpándose por su arrebato.

Y ahora estaba esperando con sus padres en dicha oficina, con los maestros y administrativos del colegio sin saber como rayos había hecho aquello la niña -y, por lo mismo, sin saber con exactitud sobre qué castigarla-.

Aunque veían el arrepentimiento de su pequeña y sabían que probablemente la mocosa agredida se lo había buscado (su hija tenía una justa fama de niña diligente y obediente, respetuosa de sus mayores y buena amiga de sus compañeros), los señores Granger esperaban pacientemente: oirían lo que le dijeran respecto de la conducta de su hija y luego decidirían como proceder con ella.

Pero en vez de ver entrar a la pequeña oficina a la Directora del establecimiento o a la maestra de su hija, notaron como quien entraba era una mujer de edad (probablemente cercana a los sesenta años), de mirada seria, pelo castaño cano, atado en un moño alto, y gafas redondas, pequeñas, quien vestía zapatos sencillos y un largo abrigo café abotonado.

La mujer, sin presentarse, vio unos momentos a los mayores, para luego concentrar su atención, por unos segundos, en la niña, que le veía con cara asustada. Por toda respuesta, le dedicó una tierna sonrisa, como si fuese alguna tía mayor, mientras tomaba una silla próxima y se sentaba frente a la familia Granger. El padre de la pequeña, extrañado por la actitud de la desconocida, le preguntó: "¿es usted acaso alguna sicóloga, o algo parecido?"

La mujer mayor, acomodándose las gafas, le contestó: "No, y tampoco estoy aquí para castigar o tratar de alguna manera a su hija, si es lo que supone. Mi nombre es Minerva McGonagall y vengo del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería."

La mujer mayor pudo notar de inmediato dos cosas: las caras de los padres, mezcla de confusión y sorpresa, así como el rostro animado de la niña. Mirándola fijamente le dijo a Hermione:

- Veo que no te sorprenden mis palabras, pequeña, ¿desde hace cuánto lo sabes?

- Hace un año, creo…

- ¿Y has podido controlarla sin problemas?

- Si, señora, aunque si me molesto o me entristezco tiende a aparecer, así sin más.

- Ya veo, ¿tienes ocho años, verdad?

- Así es, señora.

- Dime profesora. O al menos espero serlo tuya dentro de unos años.

- Esta bien, profesora. ¿Estoy en problemas?

- No, pequeña. Ya he arreglado todo con tus maestras y con la niña, ninguna recordará nada de lo ocurrido.

- Gracias…

- No pienses que estoy amparando ese descuido, simplemente en tales casos se asume que ha sido un accidente y se actúa de esa manera. El secreto de nuestras habilidades es necesario, como pronto aprenderás, pequeña.

Viendo que los padres de la niña permanecen extrañados de la singular conversación sostenida entre su hija y la mujer, Minerva les explica lo ocurrido: la condición de su hija, su poder mágico y el como lo desarrollará a medida que crezca. Les cuenta sobre el mundo de los magos y brujas, su existencia paralela al de los muggles (humanos sin magia) y como existen leyes y gobierno entre ellos. Luego continúa con las posibilidades que se le abren a la joven Hermione y de la oportunidad que viene a ofrecerle de incorporarla en el más prestigioso colegio de magia de toda Europa, del cual ella forma parte.

Notando que los padres dudan de la existencia de la magia y de quienes la controlan, la profesora les hace una demostración sencilla, trasmutando del aire una fina copa de cristal. Mientras los incrédulos señores Granger la toman en sus manos, como queriendo convencerse de que eso ha sido real, ven como la mujer se transforma en un gato ante su vista, para luego volver a tomar forma humana. La imagen resulta demasiado impresionante, y los adultos sueltan la copa, asustados, pero Minerva, con un movimiento de su varita, la hace flotar en el aire para luego llevarla flotando hasta una mesa en el rincón de aquella oficina.

Más abiertos a lo confesado por la extraña mujer mayor, comienzan las preguntas, pero ella interrumpe a los señores Granger señalándoles que durante ese día los visitaría un empleado del Ministerio de Magia para explicarles todo lo que necesitan saber sobre su mundo, y que la visita de ella ha sido sólo para darle una bienvenida anticipada a una nueva y prometedora bruja.

Antes de dejarlos, les hace una última advertencia respecto a no contar a nadie sobre la existencia de los magos y brujas, además de indicarle a la niña sobre abstenerse de hacer magia hasta que no ingrese al colegio, en donde le enseñarían como poder usar sus dones de manera correcta. Nerviosa, Hermione le pregunta sobre qué puede hacer en el inter-tanto, considerando que muchas veces siente como su propia magia quiere salir.

Callando lo que esa revelación significa (que probablemente aquella hija de muggles oculta un enorme potencial para la hechicería), la profesora McGonagall le enseña un pequeño truco para hacer chispas tronando sus dedos: eso no es precisamente hacer magia -ya que el truco no tiene utilidad alguna-, pero le servirá para mantener a raya su propia energía mágica mientras aprende otras maneras más avanzadas en un futuro.

Cuando finalmente se va, se despide con estas palabras para sus padres: "No es obligatorio el que su hija se integre a nuestro mundo, pero les aconsejo que se lo permitan si su deseo es que alcance su máximo desarrollo personal. Adiós y suerte." Luego, mirando por última vez a la niña, le dice: "Y a ti, pequeña, espero volver a verte cuando tengas once."


1ro de Agosto de 1991

La Madriguera.

Unas pocas nubes se veían en el cielo sobre la muy ampliada y desordenada casa de una muy numerosa familia de magos, frente a la cual volaban un grupo de niños y jóvenes sobre sendas escobas.

Sirius Black contemplaba de pie a la manada de niños revoltosos que volaban imprudentemente en sus escobas, en las cercanías del hogar Weasley, en un partido improvisado de quidditch. Eran dos equipos de tres integrantes, todos hermanos menos uno: en uno, Bill (capitán y cazador), Fred (golpeador) y Ron (guardián); en el otro, en sus mismas posiciones, Charlie, George y Harry Potter. Sentado en el pasto, frente a la casa, Percy, (nombrado prefecto para el año académico a iniciar en Hogwarts) revisaba sus libros mientras observaba el partido. Sin una snitch que perseguir, habían acordado llegar a los doscientos puntos para declarar una victoria, sirviéndose de dos aros levantados a diez metros de altura, a modo de portería improvisada.

A los pies del mago adulto que observaba el partido, con su espalda apoyada en sus piernas, su hija de cinco años, Casiopea, una pequeña de pelo negro encrespado como su padre y tez pálida como la de su madre, que veía maravillada el vuelo de baja altura que sostenían todos esos revoltosos, riendo con cada pobre muchacho golpeado por la única bludger que ocupaban, que Bill Weasley había tenido el cuidado de encantar para que fuese un poco más suave al contacto (como si de una pelota de goma dura se tratase).

Pero el partido, en sí, no era una ninguna espectacularidad: los gemelos no hacían más que aventarse la bludger el uno al otro, tratando de derribarse de sus escobas mutuamente, por lo que el juego terminó siendo más un enfrentamiento entre Bill y George, con los menores tratando de aguantar las envestidas del cazador contrario en sus muy precarias porterías, así como de esquivar a la bludger cada vez que era evadida por el gemelo contrario y terminaba, indefectiblemente, llegando donde ellos.

Ron tenía ya cinco caídas. Harry, un poco mejor esquivando que su amigo, sólo tres. Y apenas iban treinta a veinte, con quince minutos de juego.

Al rato llegaron a observar el juego el resto de los reunidos ese día: los señores Weasley, acompañados de su hija Ginny junto a los esposos Potter. Y detrás de todos ellos, una mujer alta, de unos treinta años, de pelo negro liso y largo hasta su cintura, cuerpo delgado y vistiendo un vestido azul escarchado, que traía en sus brazos un pequeño bebé de seis meses de pelo negro liso, dormido.

Ella, su esposa Miliana.

Luego de la muerte del que no debe ser nombrado, Sirius había permanecido indeciso sobre el rumbo de su vida a partir de ese punto. Pero comprendió que tenía responsabilidades para con su anciana madre y, con gran esfuerzo, hizo el sacrificio de volver al hogar paterno, a fin de retomar su lugar en la antigua casa de los Black, en memoria de su difunto hermano Regulus. Por él, más que por cualquier otro, el mago rebelde eligió humillarse buscando la reconciliación con los suyos.

Seis meses le tomó armarse de valor suficiente para esa desagradable tarea.

Su madre le recibió con frialdad. Sin embargo, la terrible realidad de que su hijo menor, en quien cifraba sus esperanzas, estaba definitivamente muerto, en manos de aquél en quien ellos, como muchos, cifraban sus esperanzas de grandeza (que era lo que se decía en los círculos del mago oscuro caído), le llevó a aceptar la mano que le tendía su hijo mayor, hasta ese momento su vergüenza.

Sirius se hizo cargo de los vastos negocios de la familia Black, lo que lo hacía mantenerse en contacto con las casas de magos de mayor alcurnia y antigüedad de toda Europa. Fue en una de aquellas visitas de negocios donde conoció a la belleza que lo haría caer en la trampa del matrimonio, a quien hasta ese momento se juraba a si mismo que permanecería libre y sin ataduras.

Miliana era hija de Milovan Volkov, el jefe de una familia de magos eslava radicada el Lituania y que comerciaba con piedras preciosas. De gran tradición y estrictas costumbres, el padre de su futura esposa había roto la costumbre familiar y, al quedar viudo de su primera esposa bruja, se enamoró de una joven muggle, de profesión modelo, que le había dado dos hijas. Miliana era la menor y, por lo mismo, una bruja de sangre mezclada.

Ni por su estatus de sangre ni por su fortuna (por su posición dentro de su propia familia ella probablemente no heredaría nada) era un matrimonio deseable para un Black, y eso sin considerar que la joven, como bruja, no era ninguna maravilla. Pero tenía otros atributos que fueron mucho más preciosos para el soltero empedernido: era hermosa, alta (llegaba al metro ochenta y cinco de estatura), con un cuerpo de modelo (como el de las chicas muggles en los posters que adornaban la pared de su habitación), inteligente y atrevida. Además, fue la primera bruja que expresó admiración por su ruidosa y sucia moto (su otro amor).

El cortejo fue corto y la boda sencilla, ya que la suegra de la joven no ocultaba su desagrado por la mujer elegida por su hijo y ni siquiera intentó hacer de dicha unión un evento. Pero la ahora Miliana Svetlana Black supo ganarse a su nueva familia con dos pequeños logros personales.

El primero fue domar al potro salvaje que su suegra tenía por hijo. Si bien una segundona dentro de su familia de origen, la mujer tenía una educación y modales acordes a las clases acomodadas, por lo que con paciencia y cariño pudo pulir los torpes modales de su esposo, quitando mucha de su rebeldía y desorden en su vida diaria. Así, lo terminó volviendo aceptable a los ojos de su estricta madre.

Lo segundo, lejos lo de mayor importancia, habían sido esos dos pequeños que perpetuaban la familia. La mayor, Casiopea Natasha, había sido concebida al par de meses de celebrado el matrimonio, y su sola visión, luego de que llegó al mundo, fue una alegría incomparable para la anciana Walburga Black, que pareció tomar nuevos aires, como si esperara alguna otra sorpresa de parte de su ahora amada nuera. Ésta le correspondió con su segundo nieto, un varón, al que los padres bautizaron Regulus Orion, y que fue el culmine de la felicidad de su abuela, por que con aquél pequeño su apellido se perpetuaba, garantizando que la muy antigua y noble casa de los Black permaneciese luego de su muerte, la cual llegó a los meses de nacido el pequeño Regulus, rodeada de los suyos y bendiciendo a su bien encausado hijo y a aquella que había hecho todo eso posible.

Sirius observó al grupo que llegaba, y no pudo evitar reclamarle a su amigo y compadre por el hecho de que por su negligencia sus hijos no tenían ningún pequeño de su edad con quién jugar. Y es que los Potter parecían haberse resignado a aquél único hijo (y con Remus mejor ni contar, que a pesar de su edad y de su ya más holgada condición económica, seguía de soltero -sin contar que su condición de licántropo era suficiente para alejar a las pocas brujas que se mostraban interesadas en él-). James, fingiendo molestia, le reclamó el porqué no se quejaba de eso con Molly, pero la mujer le alegó que no podía pretender exigirle otro pequeño cuando ya tenía siete retoños a cuestas.

Esas reuniones de las tres familias (Weasley, Potter y Black) se habían vuelto bastante comunes en los años que siguieron a la caída del Señor Tenebroso. James y Lily habían reforzados sus lazos con sus amigos Molly y Arthur aceptando ser los padrinos de su única hija, lo que había aligerado bastante la carga que representaba para el sostenedor de la familia el mantener a un grupo tan numeroso. Y, aprovechando lo unidos que habían resultado los pequeños Harry y Ron, se había vuelto costumbre el celebrar los cumpleaños de ambos en la casa del otro.

Pronto los niños, ya de once años, entrarían juntos al Colegio Hogwarts. Apenas habían recibido sus cartas hace un par de días y ya se habían provisto de todo lo necesario. Fuera de sus artículos de estudios y libros de clases, habían conseguido cada uno sus nuevas mascotas y sus varitas, lo que más les entusiasmaba de aquello.

La mascota de Ron era "Scabbers Tercero", una muy inteligente y fina rata café que según la vendedora de la tienda de mascotas mágicas servía muy bien de vigilante nocturno -cosa que realmente dudaba su dueño-. La rata mascota era casi una institución entre los hermanos Weasley, desde que Bill se ganó al primer Scabbers en una rifa en su primer año en Howgarts, y que siendo propiedad de los tres mayores había podido tener una larga vida y tranquila vida; el segundo Scabbers tuvo la desgraciada suerte de caer en manos de los gemelos, que a los cuatro meses de poseerla, estando todavía en su primer año de estudios, lo habían transmutado en un salero con patas, el que del trauma salió huyendo disparado y nunca nadie supo más de aquél pobre (la verdad es que la profesora McGonagall lo había atrapado y reconvertido, pero consideró que el pobre roedor no tenía ningún futuro en manos de sus dueños, por lo que le había dado su libertad, soltándolo en el bosque que rodeaba al castillo que servía de sede al colegio).

Harry, merced de su cumpleaños y de la amistad del guardabosques de Hogwarts, Rubeus Hagrid (íntimo amigo de sus padres), tenía como mascota una lechuza blanca de nombre "Hedwig" (nombre que le dio el muchacho tomado de uno de sus libros de texto), la que le serviría no sólo de compañía sino que como ave mensajera. Esto descolocó un poco a sus padres, quienes hubiesen deseado que pasaran un par de años antes de darle la libertad de escribirle a cualquier persona (y es que las lechuzas del colegio tenían la ventaja de contar con un mínimo de restricciones de seguridad para su uso por los estudiantes de los cursos menores).

La varita fue una situación extraña, para ambos niños: supuestamente Ron ocuparía la varita de su hermano Percy, ya algo gastada, pero en el último momento su hermano Charlie había aparecido en el hogar familiar, aprovechando una semana de muy postergadas vacaciones, para darle su regalo de cumpleaños atrasado al pequeño Ron, en forma de una varita de veintiséis centímetros y madera de espino con núcleo de fibra de corazón de dragón, hecha a pedido del joven por el ya retirado fabricante Gregorovitch. El regalo fue acompañado con una advertencia: el joven Ron debería ser en extremo cuidadoso con esa varita, que era una contradicción en si misma, por sus materiales, por lo que si ésta superaba sus habilidades debería abandonarla. Cuestionado por su padre, Charlie le reveló que había conocido hace poco a un vidente que le había pronosticado gran peligro para su hermano menor, por lo que le había sugerido recurrir al famoso fabricante de varitas para proveerlo de esa ayuda como forma de protegerlo, y aquél habría aceptado su extraño encargo, en razón de las palabras del vidente, ya famoso por esos lares.

El caso de Harry fue todavía más extraño: llevado a la tienda de Ollivander en el callejón Diagon, el anciano fabricante y vendedor, después de varias pruebas, le había terminado entregando una varita cuyo núcleo, pluma de fénix, era compañera de aquella que perteneció a Lord Voldemort (información que el tenebroso fabricante no se guardó para si mismo, como si el ser el responsable de la creación de una varita con tanta muerte y destrucción a cuestas lo enorgulleciera). Lilly, que era quien acompañaba a su hijo en la compra, quiso cambiarla por cualquier otra, pero había terminado cediendo ante la advertencia de Ollivander de que, habiendo ya una de sus varitas elegido al muchacho, ninguna otra ocuparía su lugar.

Pero ambos niños, inconscientes de los temores de sus mayores, eran felices con sus varitas y ya soñaban con las grandiosas cosas que harían con ellas, una vez recibieran la enseñanza adecuada en el colegio.


Draco había abandonado la biblioteca de su hogar, la mansión Malfoy, bastante incómodo por las palabras de su padre. Llamó enojado a Doby, el elfo domestico de la familia, ordenándole que le llevara un jugo frío y un trozo de pastel de melaza a su habitación; había decidido que pasaría allí el resto de la tarde.

Recién lo habían llamado para leerle la cartilla respecto a como tendría que actuar y con quienes tendría que relacionarse cuando ingresara al colegio. Por lo visto sus padres, Lucius y Narcissa, creían que todos los años con ellos martillándole en su cabeza sus propias ideas sobre la superioridad de su familia y el desprecio debido a quienes no compartían su prestigio y pureza de sangre no habían sido suficientes y le habían tenido por casi una hora escuchando un monólogo de su progenitor, quien le indicaba con minuciosa proligidad qué hacer, dónde ir y con quien juntarse. Y lo peor había sido su madre, normalmente más comprensiva que el idiota que tenía por padre, pero que ahora no había hecho más que asentir con su cabeza a las palabras de su esposo.

Draco Malfoy, el único vástago de su antiquísima familia, era ya suficientemente orgulloso de su herencia, su nombre y su fortuna como para que tuvieran que venir a recordárselo. Pero había tenido hace un par de días un desagradable encuentro con un niño de su edad de nombre Harry cuando, acompañados de sus respectivas madres, compraban sus uniformes para Hogwarts. Allí le habían dado una pequeña probada de realidad, cuando ese muchacho, a quien con despreocupación se había dirigido pensando que podría trabar amistad compartiendo con él las ideas de su familia respecto de los magos y los nacidos de muggles, le había -luego de una conversación que fue subiendo de tono hasta volverse pelea- terminado echado en cara las antiguas afiliaciones de sus padres (que según el de lentes le habían sido reveladas por su padrino), lo que casi los llevó a enfrentarse a los puños, lo que no se logró tan sólo porque sus madres intervinieron; por un momento, Draco pensó que su madre se haría respetar, pero fue como si la alusión a su condición de antiguos mortífagos (de los cuales él sabía por las lecciones de historia de sus preceptores privados) le quitara a su madre todo su orgullo y altivez, dejándola reducida a menos que nada. Por lo visto, su padre se había enterado de todo eso y había considerado necesario reforzar las ideas del pequeño Malfoy, como si unas palabras pudieran quitar de él el recuerdo de su madre humillada.

Pero él hubiese preferido no tener algo de qué avergonzarse respecto de sus padres. Era como si los errores de ellos pudieran mancharlo a él, un verdadero sangre pura. Y eso sin contar que las amistades de sus padres le habían endilgado un par de imbéciles que tenía que tratar como amigos, por temor a ofender a sus respectivos padres: Crabbe y Goyle, útiles cuando necesitaba "secuaces" pero imposibles de lucir como amistades, por que simplemente no estaban a su altura.

Su altura, la medida con que sus exigentes padres le agobiaban cada día de su insoportable vida. Porque de él se esperaba todo, y aunque podía disimular sus temores con ellos, la verdad era que Draco se sentía ahogado por todo aquello. Tal vez Hogwarts era algo esperado para la inmensa mayoría de los niños que esperaban su entrada; para él, era sólo otra tortura más.

Y que Harry Potter, un mestizo (como tuvo a bien señalarle su madre cuando llegaron a casa), se creyera mejor que él por algo que sus padres habían hecho, le había resultado humillante. Y para un sangre pura, para un Malfoy, las humillaciones se cobraban.

No sabía cuando lo lograría, pero esa vergüenza se la cobraría, y en público, tal como él lo hizo.

Como que su nombre era Draco.


El treinta y uno de agosto, justo el día anterior a su partida en el Expreso de Hogwarts (el tren impulsado por magia que llevaba cada inicio de año a los alumnos del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería), Severus Snape se apersonó en al residencia Longbottom a primeras horas de la mañana, a fin de poner a prueba al joven Neville: su tiempo se había acabado, y si no lograba el patronus corpóreo el niño debería renunciar a la varita de su madre, como lo prometió.

Habiendo entrado al hogar, y encontrando que su ahijado todavía dormía, gritó hacia el segundo piso, esperando que el niño lo escuchara y descendiera rápidamente. Al par de minutos pudo ver como un flaco y desarreglado Neville bajaba corriendo, saludando a su abuela y a su padrino e invitándolo a desayunar juntos, antes de someterse a la prueba exigida.

Mientras veía al niño subir a su habitación para terminar de arreglarse, pudo percatarse de que el pequeño se veía confiado. De boca de Albus Dumbledore se había enterado que hace apenas un par de semanas había logrado completar un patronus incorpóreo: una nube plateada, sostenida y con poder suficiente (según Moody) como para rechazar a un dementor, pero no había novedades respecto de lograr darle forma de animal. Pero Snape era estricto, por lo que no toleraría un éxito parcial, así como tampoco aceptaría darle más plazo: si en su primer intento no lo lograba, partirían a comprar una varita para el pequeño (y sin importar lo que aquello significara para su muy precaria economía).

El desayuno fue silencioso, con Neville preguntando a su padrino si lo acompañaría a la estación al día siguiente, y él negándose, bajo la excusa de tener una importante misión ese día. Cuando terminaron, ambos agradecieron la comida y salieron al patio trasero. La abuela del niño se quedó viendo por la ventana de la cocina del hogar lo que ese par haría.

Se alejaron par de minutos, hasta quedar a una distancia apropiada de la casa. Allí, Snape le dijo al muchacho:

- Supongo que sabes que sólo te daré una oportunidad, ¿verdad?

- Entiendo, tío-padrino.

- No trates de ser simpático, niño, ahora soy tu examinador, y no pretendo ser tolerante contigo.

- Lo sé.

- Entonces comienza ya, Neville.

El mago pudo ver como su ahijado se concentraba, alzando la varita de su madre y ejecutando movimientos circulares sobre su cabeza. Cerrando los ojos, el niño dio muestras de estar concentrándose unos instantes, luego de lo cual abrió sus ojos y pronunció con voz segura el conjuro: "Expecto Patronun".

De la varita del menor surgió una corriente plateada, como una nube. Aunque tardó un poco, la vaporosa luz plateada se asentó en el suelo frente a él, en donde con dificultad tomó la forma de un animal, el que se mantuvo en el suelo, moviéndose con lentitud. Cansado, el niño miró al mayor, esperando sus palabras:

- ¿Y, qué le parece, padrino?

- Extraña elección… Te tomó más esfuerzo del necesario, y aunque tiene forma completa, tu patronus seguramente no aguantaría un enfrentamiento con el de algún mago más experimentado.

- ¿Pero he aprobado, verdad, padrino?

- Si, has aprobado, Neville. Pero si pretendes hacer uso de él debes mejorarlo más o limitarte a su forma incorpórea.

- No hay problema con eso, tío; no pretendo enfrentarme a algún dementor. Y no creo que en Hogwarts haya de esos.

- No te confíes, niño, ahora que dejas tu hogar hay muchos peligros nuevos que pueden aparecer en tu camino.

- Usted es demasiado dramático, padrino.

- Cuidadoso, sólo eso, muchacho.

- ¿Y qué me dará, ahora que le he ahorrado el tener que comprarme una varita?

- No me presiones, niño. Pero tienes razón, supongo que lo apropiado es premiar tu esfuerzo por lograr superar la tarea que te asigné. Pero no será con algo comprado, tengo planeado algo diferente…

- (interrumpiendolo) ¿Y qué sería?

- Una sorpresa; tardaré algún tiempo en prepararlo, y probablemente necesite cobrar un par de favores del Ministerio y de Dumbledore…

- ¿No será nada peligroso, verdad, padrino?

- No, es que simplemente lo que quiero hacer entra dentro del listado de actividades prohibidas, a menos que se cuente con los permisos apropiados, pero es algo que siempre quise intentar, y tu pequeño logro me da la excusa para hacerlo. Aunque hubiese preferido cobrar esos favores en otra cosa...

Viendo que el mago mayor se queda pensando en su decisión, el pequeño le agradece efusivamente, temiendo que termine arrepintiéndose de su ofrecimiento, sea lo que sea (pero, conociéndolo, seguramente será algo digno de tener).

Ambos regresaron de inmediato al interior de la casa, con Augusta viendo como su nieto correteaba alrededor de Severus Snape. La anciana sonrió satisfecha: su nieto había sobrellevado exitosamente su primera infancia, y ahora comenzaría una nueva etapa, por primera vez rodeado de magos de su edad, en donde esperaba pudiera hacer nuevas amistades.

Mientras Neville invitaba a su padrino a una pequeña fiesta que, a modo de despedida, reuniría a sus compañeros muggles a quienes dejaba para ingresar a un prestigioso internado privado (que era la versión dada a los niños de su clase, y en la que finalmente ellos conocerían la cabaña campestre que era su hogar), su padrino no pudo evitar preguntarle respecto al recuerdo feliz que había usado para conjurar a su patronus, pero el niño, sintiéndose extrañamente confiado luego de su logro, le contestó a su mentor que se lo diría si él le confesaba respecto del suyo, el que había logrado materializar ese poderoso murciélago que lo salvó de la mantícora. Severus miró al niño con dureza, como si le quisiera reprochar su atrevimiento, pero Neville sólo le sonreía, mientras esperaba su respuesta.

Sin contestarle nada, el mago mayor se detuvo antes de entrar nuevamente en la cabaña, diciéndole a su ahijado que se iría de inmediato, rechazando la invitación para la reunión de la tarde y pidiéndole que esperara carta suya, que seguramente llegaría en unas semanas, cuando ya estuviera en Hogwarts. Dicho lo anterior, Snape simplemente desapareció.

Esperando no haberlo hecho enojar con su indiscreta pregunta, el joven Neville entró presuroso a su hogar, en donde debía preparar todo, junto a su abuela, para la llegada de sus invitados de ese día.


Notas del Autor:

En vista de que no hay reviews que contestar, paso a hacer un par de aclaraciones.

Primero, sobre Tonks: en un descuido mío (producto de no verificar su data) terminé asignándole una edad mayor a la canon, por lo que me haré el leso y diré que, para efectos de este fic, su año de nacimiento es 1968.

Lo segundo, respecto a Voldemort: a diferencia del canon, en donde el sujeto simplemente desapareció luego de su intento fallido de matar a Harry, aquí hay testigos de su "muerte", así como un cadáver y su varita (recordar que el avada kadabra bien ejecutado deja un cuerpo muerto pero sin marcas visibles), por lo que todo mundo, incluido Dumbledore, ha bajado la guardia y no se espera que vuelva a aparecer. El único que está buscando señales del Señor Tenebroso es Snape, y es simplemente por desconfianza, no porque sepa que su maestro sobrevivió. Todo esto condicionará mucho de la historia a futuro.