- Kairi dice que necesita tiempo para pensar – explicó Naminé a Xion. La morena asintió. – Es todo lo que me ha dicho.

- Démosla tiempo – añadió la chica. - Nos veremos pronto – y se despidió, subiendo a la nave. Mickey despegó mientras se despedía desde la cabina junto con los demás. Naminé movía la mano para despedirse de ellos hasta que los perdió de vista. Terra, Aqua y Ventus hablaban con Riku, apartados de el lugar donde habían despegado, así que tras terminar, se acercó a ellos.

- Cuéntanos todo lo que sepas, y si necesitas algo, tan solo tienes que utilizar el Gummífono, ¿vale? – pidió Aqua, poniendo una mano sobre el hombro de Riku. – Encontraremos a Sora.

- Claro – afirmó el peliplateado.

Los tres amigos asintieron a la vez y luego desaparecieron tras la nave, quedando únicamente Naminé y Riku allí. El joven, que no se había dado cuenta todavía, se giró y la encaró.

- ¿No te vas a Villa Crepúsculo? – preguntó, girando ligeramente su cabeza.

- No – negó ella. – No sé a donde ir, no tengo un sitio al que volver, ni alguien quien quiera pasar tiempo conmigo – murmuró. – Además, creo que me quedaré aquí, Kairi… Kairi está afectada, y quiero que sepa que tiene a alguien aquí cuando la necesite, después de todo, Sora me dijo que ella quería que volviese.

Riku sonrió y se sentó sobre la arena, mirando como el sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte. Naminé, sorprendida, lo miró sin comprender.

- ¿No te vas a casa? – preguntó. Él negó.

- Pasé mucho tiempo solo la primera vez que me marché de estas islas – explicó él, apoyando su brazo sobre la rodilla. Al escuchar como se abría con ella, Naminé se sentó a su lado, mirándole fijamente. – Creo que conoces lo siguiente que ocurrió: caí en la oscuridad, Mickey me ayudó en el Castillo del Olvido, y luego tú también, diciéndome que utilizase la luz y la oscuridad a partes iguales.

- Pero no volviste a usar la oscuridad.

- No la necesito – negó él. – Pero en ese momento sí, y tú fuiste quien me lo dijo, aunque lo hicieses a través de la imagen de Kairi.

Naminé se ruborizó ante las palabras del chico, pensaba que no se acordaría de aquel detalle, él sonrió por el efecto que habían hecho sus palabras, pero luego borró la sonrisa de inmediato, llevándose una mano al rostro, tocándose la frente y frotándose los ojos. ¿Qué le ocurría?

- La verdad es que solo tengo agradecimientos hacia ti – murmuró, abrazándose a sus piernas. – Imagino que a esto se refería Sora con que tenía un amigo que no me decepcionaría.

- ¿Eso dijo de mí? – preguntó, girándose. Naminé sonrió.

- Sí, me dijo que tanto él, como Kairi, Roxas… Todos querían verme de nuevo, y que tenía un amigo que no me decepcionaría, imagino que se refería a ti.

- Sora siempre sabe qué decir en cada momento para que nos alegremos – añadió él, la rubia asintió, dándole la razón. – Tarde o temprano iré a por él, solo necesito una pista, una pequeña pista.

Naminé puso una mano en el hombro del chico, transmitiéndole comprensión y confianza. Encontrarían a Sora de nuevo y volverían a estar juntos, los tres, estaba segura de ello. Él sonrió y se inclinó sobre el rostro de la chica, justo cuando los últimos rayos del atardecer desaparecían y daba inicio la noche en las Islas del Destino.

Riku colocó, por un impulso, uno de los mechones sueltos de Naminé tras su oreja, y ella amplió la sonrisa, dejando caer su cabeza hacia el tacto de los dedos del chico. No entendió por qué, pero Riku se sintió bien ante aquel simple gesto, y notar como ella se ruborizaba o sonreía le hacía sentir feliz, a pesar de saber que su amigo estaba ahí fuera buscando una manera de volver a casa con todos ellos.

Retiró su mano y ella dejó caer su rostro, comprendiendo qué le ocurría. No podía ilusionarse, pese a todo lo que sentía en su interior, pese a los pequeños y traviesos sentimientos que se arremolinaban en su estómago, pese a que ella tendría que estar en Villa Crepúsculo junto a Roxas en vez de estar allí… allí estaba, frente al primer Maestro de la Llave Espada de su generación, sintiéndose ligeramente querida, al menos por un día. Todavía sentía aquella sensación de vértigo cuando lo vio venir a buscarla, tendiéndola la mano con una sonrisa.

Riku se levantó, sacándola de sus pensamientos, y luego volvió a ofrecerla una de sus manos para que se levantase con él. No dudó en aceptarla, esperando por conocer qué querría hacer el chico a continuación.

- Ha sido un día largo, la verdad es que deberíamos descansar – explicó el chico, ella asintió.

- ¿Hay algún sitio donde pueda pasar la noche por aquí? – preguntó Naminé.

- Ven, conozco uno.

Riku caminó hacia el camino que había fuera de la arena y ella lo siguió en silencio. No parecían necesitar muchas palabras para comunicarse, al igual que sucedía cuando estuvieron bajo órdenes de DIZ, o Ansem el Sabio. Riku ofreció a la chica subir unas escaleras de madera antes que él, pero tuvo que evitar mirar hacia arriba todo el tiempo, sintiéndose un estúpido por lo que acababa de hacer, aunque, con suerte, ella ni cayó en lo que ocurría, llegando al piso superior sin ningún contratiempo. Una vez allí, un ruborizado Riku señaló el interior del árbol, abierto por una pequeña puerta de madera.

Naminé se acercó y abrió la puerta, encontrándose con una pequeña estancia con una mesa, tres sillas, una estantería rota y un colchón viejo con un par de sábanas encima, o al menos eso podía distinguir por la luz que se filtraba a través de la ventana que había en la pared de madera del árbol.

- Aquí hemos dormido Sora y yo varias veces, sobre todo cuando éramos niños – mencionó Riku. – El sonido de las olas es la mejor nana que puedes escuchar.

- Tenéis recuerdos muy buenos aquí, en las islas – murmuró ella, acercándose a la estantería rota. Riku se acercó a ella cuando cogió un trozo de madera que se había caído. – Os envidio.

- No tienes por qué envidiarnos, Naminé – dijo él, y la susodicha se giró para mirarlo. – A partir de ahora puedes construir tus propios recuerdos – animó, acariciándola el cabello desde arriba.

Naminé cerró los ojos ante el contacto, relajándose de inmediato y centrándose en escuchar el sonido de las olas que había mencionado el chico, aunque no había olvidado responderle, le llevó un rato pensar en las palabras adecuadas para hacerlo.

- Si son contigo, entonces serán buenos recuerdos – musitó, formando una pequeña sonrisa.

Riku volvió a sonrojarse ligeramente, llevándose una mano a la nuca, sorprendiéndose con su respuesta. No mucha gente le daba importancia más allá de Sora y Kairi – probablemente el Rey Mickey también -, pero la confesión abierta de la chica era arena de otro costal, y supo que en parte seguramente lo que sentía era por culpa de su réplica, pero, sin duda, se sentía bien.

- Vayamos a dormir, Riku – añadió la chica al solo recibir silencio de su interlocutor, y él asintió. – Nos vemos… Mañana.

- ¿Qué? – preguntó, frunciendo el ceño, luego vio como ella se dirigía a la cama. – Yo también dormiré aquí.

- ¿Qué? – esta vez fue su turno de sorprenderse. – Pe-pensé que… Bueno, que yo me quedaba aquí…

- Oh, no, no quiero dejarte sola – aquello le había salido demasiado natural, tanto que el turno de sonrojarse llegó para la rubia. Él también se sorprendió de su contestación, pero no la retiró, haciendo más extraña la situación. Al final, Naminé sonrió y tomó su mano.

- Vale – asintió, acercándolo a la cama. Removió las sábanas y se metió entre ellas, descalza, luego invitó a Riku a unirse a ella. – Ven.

Él hizo lo mismo, tapándolos a los dos en aquella extraña situación que crecía por momentos. Naminé miraba hacia su posición y él a la de ella, admirando su sonrisa y sus mofletes tintados de color carmín, hasta que por fin cerró los ojos.

- Gracias, Riku – agradeció en un susurro. – Buenas noches.

- Buenas noches, Naminé – deseó el también, y ambos se perdieron entre sueños.