LIBRO 1

CAPÍTULO 4: PRIMERA MAÑANA.

La Madriguera amaneció ese día, 01 de Septiembre, mucho más temprano que de costumbre.

A pesar de que tan sólo eran cuatro los menores que partirían ese día al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería (cinco, con el invitado de esa mañana, un muchacho de lentes y algo mimado que había insistido en salir ese especial día, el primero de su nueva vida académica, junto a su mejor amigo), el hogar de los Weasley no era precisamente el lugar más ordenado y eficiente del mundo, incluso con la ayuda mágica con que contaban sus habitantes.

Eran apenas las seis y media de la mañana, y el portador de la voluntad de la ama de la casa se había apersonado en la habitación del joven Ronald, quien dormía junto a su amigo Harry Potter, y a quienes los ruidos del hogar que recobraba su vida luego de una noche de sueño (descanso que para ambos chicos había iniciado recién a las tres de la madrugada) no habían logrado sacarlos de su letargo nocturno.

Con voz estridente el pequeño sirviente trató de despertar a sus jóvenes amos, pero todo lo que obtuvo fueron murmullos ininteligibles. Tres veces repitió sus palabras; luego, viendo que los jóvenes Ron y Harry eran sordos a sus llamados, hizo chascar sus dedos, provocando con aquél mágico pase que las camas reaccionaran, arrojando a sus ocupantes al frio suelo de la habitación.

Ron fue el primero en reaccionar al golpe, quejándose ruidosamente: "¡Ya verás cuando te atrape, Kreacher!"; el elfo doméstico le contestó con la mayor frialdad del mundo: "Si el amo tiene algún reclamo por mi proceder, puede informarlo a su señora madre. Fue la ama la que me ordenó que los despertara por el medio necesario". El pelirrojo, molesto, le reclamó: "¿Porqué mejor no despiertas a mi hermanita así, eh? A ver si mamá está de acuerdo"; el pequeño elfo le contestó, indignado: "la señorita Ginevra es una damita digna, y nunca necesitaría que le despertaran a la fuerza recordándole sus obligaciones. Ahora me retiro, amos, hay muchas cosas que hacer esta mañana".

Y así, con un sonoro crac, Kreacher desapareció.

Harry, ya más repuesto de la sorpresa, le dijo a su amigo: "te dije que debíamos dormirnos más temprano; era de suponerse que tu madre mandaría a ese gruñón a por nosotros". Ron, mientras buscaba sus zapatillas, le contestó a su invitado: "Mamá nos la jugó a todos nosotros el día que le dijo a ese elfo que no debía obedecer ninguna orden de nosotros, sus propios hijos. Pero claro, tenía que dejar a su preciosa hijita fuera de todo eso; ¡es tan injusto!".

Harry, contrario a lo que pensaba su amigo, no le veía problemas a esa limitación (realmente no sabía lo que era tener un sirviente personal, y siendo hijo único nunca se sintió falto de atención), pero dejó que Ron se desahogara a placer, mientras buscaba sus propios zapatos.

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Cuando Sirius decidió regresar a su hogar familiar, en Grimmauld Place, una de las mayores molestias que tuvo que soportar fue la presencia de Kreacher, el último de una larguísima serie de elfos domésticos que habían servido a la casa Black durante generaciones (y cuyas cabezas cercenadas, recuerdos de una macabra tradición, adornaban las paredes de su morada). Fue tan sólo por el aprecio que le tenía su madre al pequeño quisquilloso y el hecho de que, a pesar de lo mal que ambos se llevaron, Kreacher siempre cumplió con sus obligaciones, obedeciéndolo como hijo de sus padres, como correspondía a su juramento de fidelidad, que Sirius soportaba su presencia alrededor suyo.

Cuando contrajo matrimonio, junto con la alegría, Miliana trajo a su nuevo hogar a una pequeña compañía: una elfina, regalo de matrimonio de sus padres. La pequeña criada, que ni siquiera tenía nombre al ser recibida por los nuevos esposos, resultó ser un contraste bastante notorio con el viejo Kreacher. Sirius nunca había tratado con algún elfo domestico sonriente y animado, y aprovechó los pocos años que sabía le quedaban a su madre para que el elfo de la familia le enseñara los secretos del oficio a la nueva agregada, la que fue nombrada por su esposa con un nombre bastante alegre: Minnie.

Y Sirius esperó pacientemente, con un sólo propósito en su mente, hasta el día que la matriarca Black dejó este mundo.

Apenas una semana después de la muerte de Walburga Black, él dejó claras sus intenciones reformistas: las grotescas cabezas de los elfos domésticos desaparecieron, la casa adquirió nueva luz y Kreacher, el fiel sirviente de cuatro generaciones de varones y mujeres Black, fue despojado de su posición en el hogar ancestral.

El viejo elfo gritó, pataleó, protestó, suplicó; pero nada de eso sirvió. Su fortuna estaba echada.

Si bien el propósito del nuevo Líder de Familia era dejar a Kreacher a su propia suerte, la intercesión de Miliana le deparó otro destino. Fue ella la que lo llevó a La Madriguera, sugiriendo a los esposos Weasley que lo acogieran. Ante al protesta inicial del elfo, que consideraba esa nueva colocación una degradación de su condición original, indigna de un sirviente de su alcurnia y talento, la señora Black le llevó ante la única hija de la familia, Ginny, de nueve años recién cumplidos. Al presentarlos, su antigua ama le dijo al elfo: "Ella es Ginevra. ¿Recuerdas el tapiz en tu antiguo hogar, aquél que muestra las relaciones de sangre de la Noble y Ancestral Casa de los Black? Bien, esta joven es pariente de la familia, como podrás recordar, una sangre pura de una antiquísima familia. Lamentablemente nunca ha tenido algún modelo ni quien la guíe en las maneras de las grandes señoras; sus padres son amorosos y muy buenas personas, pero hay cosas que desconocen, cosas que tú manejas mejor que nadie. Es una pena que hayas dejado de ser necesario para nosotros, pero aquí hay una pequeña que te necesita, así como sus padres, y es nuestro deseo que permanezcas aquí, con los Weasley como tus nuevos amos, haciendo tu excelente trabajo de siempre y ayudando a la pequeña Ginny a ser todo lo que puede llegar a ser, ¿Lo harás, Kreacher?" El sirviente, resignado a tan sólidos argumentos de su antigua ama, asintió con su cabeza.

Miliana, viendo que el pequeño aceptaba su nueva tarea, le dijo a la niña: "Te lo encargo mucho, Ginny". La pequeña tan sólo se acercó al elfo gruñón, sonriendo, para luego abrazarlo y darle la bienvenida.

La menor de los Weasley siempre admiró a tía Miliana, su porte y su distinción, y aprovechaba cada vez que estaba cerca de ella para imitar sus gestos y modos. La esposa de Sirius, consciente de la admiración que despertaba en la pequeña pelirroja, muchas veces la había invitado a pasar unos días en su hogar, a fin de enseñarle de todo, poco a poco. Ahora, por intermedio de la decisión de su marido, había podido matar dos pájaros de un tiro: la niña contaría con un guía que conocía todo lo necesario sobre como una dama debía comportarse, y el viejo elfo pasaría sus últimos años acogido en un hogar cálido, donde la mirada adusta de su anterior amo sería reemplazada por la sonrisa de una pequeña que esperaba mucho de él.

Aunque agradecía el obsequio y la ayuda extra que representaría el contar con un elfo doméstico para las muchas tareas hogareñas, Molly temía que el contar con un sirviente mágico podría perjudicar el desarrollo emocional de sus retoños (y eso sin contar el riesgo que representaba el dejar al alcance de sus gemelos un ayudante que, además de estar obligado a obedecerles en todo, podía ejecutar su magia sin restricciones), por lo que la primera orden que recibió Kreacher de su nueva ama fue: "No obedezcas nada de lo que te ordenen mis hijos". No le preocupaba realmente que Bill o Charles abusaran del elfo, pero no correría riesgos con una orden que pudiera prestarse para interpretaciones. Pero Kreacher, que tenía presente las palabras de su ama Miliana, eligió interpretar la orden como "hijos igual a varones", quedando por ende fuera de la limitación, para él, las solicitudes de Ginny. Y al notar que la pequeña nunca abusaba del viejo elfo, Molly decidió simplemente ignorar la errónea interpretación de sus instrucciones originales.

Y así, la nueva vida de Kreacher comenzó, con él obedeciendo a tan sólo cuatro personas en todo el mundo: a Miliana Black, a los esposos Weasley y, finalmente, a su única hija, Ginevra.

Y el viejo elfo, por primera vez desde los lejanos días en que compartió con el joven amo Regulus, fue feliz. Porque mientras hubiesen trabajos que realizar y amos a los que servir, la vida de un elfo doméstico era plena.

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Cuando ambos menores bajaron, pudieron notar como Ginny estaba sentada en la cocina, tomando leche y tostadas, mientras Kreacher caminaba alrededor acomodando las cosas para el desayuno de todos. Al notar como la niña le sonreía a Harry, el elfo tosió ligeramente, llamándole la atención: era evidente para todos en la casa que la pequeña Ginny sentía cierta atracción hacia el unigénito Potter, lo que causaba diversas reacciones en las personas que lo sabían.

Las mayores lo encontraban tierno; los mayores, divertido (salvo por Arthur, su padre, que no podía evitar sentirse incómodo por aquél enamoramiento infantil de su preciosa hija; no tenía nada contra Harry, pero… simplemente hay cosas que no son aceptables hasta que las hijas alcanzan cierta edad, entre los veinticinco y los treinta años). Harry, a pesar de lo incómodo que le resultaba, no podía evitar sentirse orgulloso: su padrino le había contado muchas veces de lo exitosos que él y su padre habían sido con las chicas en el colegio, y a pesar de que todavía no estaba en esa edad en que se comienza a ver al sexo opuesto como algo más que meras molestias, agradecía lo que veía en esos ojos inocentes de niña. Si no fuera por todo lo que Ron y sus hermanos mayores lo molestaban (junto con veladas amenazas, como si fuese el deber de ellos el espantarlo de su hermanita), sería perfecto.

Pero el viejo elfo, que tenía el peor concepto del muchacho de lentes, aprovechaba cada momento para reprender esos sentimientos en su damita: no era edad para dejar la cabeza divagar en esas cosas, y ya habría en el futuro prospectos mejores que ese desaliñado y poco ordenado muchacho (tan parecido en su forma de ser a aquél que lo torturó con su rebeldía por largos años, hasta que se dignó a dejar el hogar paterno).

Los minutos pasaron, y a las siete ya todos los Weasley, salvo dos, se encontraban compartiendo en la mesa. Allí Harry supo que sus padres y su padrino los acompañarían en la estación del tren, mientras tía Miliana, con sus pequeños, vendría a quedarse en la Madriguera para cuidar a Ginny, que no iría con ellos. Al oír aquello, todo mundo esperó escuchar a la niña protestar por ser postergada, pero ella quedó en silencio: siempre disfrutaba las visitas de Miliana, y quedarse allí no resultaba ser ningún sacrificio para ella.

Viendo que los gemelos no daban señales de vida, Molly le ordenó a Kreacher que los hiciera bajar. Allí el resto de la familia quedó en silencio, esperando lo que se vendría, mientras Harry y Ron se veían, temiendo lo peor…

Todavía el par de amigos recordaban cuando la señora Weasley le ordenó al elfo desgnomizar el jardín (la orden había sido "hacer desaparecer a todos esos sucios gnomos"). Cinco días pasaron y los gnomos no dieron señales de vida, siendo que normalmente regresaban al día subsiguiente de ser echados; los muchachos, preocupados por el destino de los mismos -que a pesar de los trabajos que les daban estimaban mucho a la pequeña plaga domestica- le rogaron a Ginny que pidiese al sirviente que los regresara, lo que la niña hizo: casi treinta gnomos aparecieron, congelados hasta los huesos, pero milagrosamente aún vivos; aparentemente Kreacher los había mandado al ártico. Tristes por el destino de los pobres pequeños, la niña hizo que el elfo los enviara a alguna isla tropical, donde pudieran superar tan cruel experiencia. Desde ese momento supieron lo peligroso que Kreacher podía llegar a ser.

El elfo, luego de oír la orden de su ama, inclinó levemente la cabeza, dando a entender su conformidad con sus órdenes. Luego, chasqueo sus largos y huesudos dedos: al instante dos pelirrojos, idénticos en forma y cabellera, vestidos tan sólo con calzoncillos y camisetas de manga larga, aparecieron en medio de la cocina, en la misma postura que tenían en sus camas, acostados, flotando a medio metro del suelo, al cual cayeron al unísono.

Mientras el elfo cubría los ojos de la niña (no era apropiado que viese a un hombre en esas fachas, aún si se trataba de sus hermanos mayores), Fred y George, todavía medio dormidos y adoloridos por la caída, no cesaban de reclamar por ese trato tan indigno, pero sus reclamos murieron cuando oyeron el timbre del hogar y supieron que los Black habían llegado. Presurosos, los gemelos regresaron a su habitación, a fin de estar presentables (con trece años a cuestas ya sabían lo que era sentirse avergonzados ante una mujer, y entre las pocas cosas que aún los avergonzaba estaba el ser vistos en ropa interior).

Recién allí los menores comprendieron la razón para despertarlos tan temprano: viajarían sobre ruedas a Londres, sirviéndose del Ford Anglia del padre de familia y de la moto de Sirius. Tal elección obedecía más que a la comodidad, a un viejo deseo no cumplido de Sirius y que ahora, con su ahijado lo suficientemente crecido, podría finalmente realizar, en el día en que Harry ingresaba a Hogwarts: ambos viajarían juntos por la campiña, con el muchacho montado en el sidecar de su motocicleta. Como si fuesen un par de rebeldes, pensó Harry.

Con Arthur Weasley sirviendo de complice a la loca y geníal idea de su padrino. Y mamá que sólo se enteraría cuando los vieran llegar a la estación.


No podía decir que no se sentía nerviosa. Es más, en realidad estaba muy nerviosa, pero procuraba mantener su entereza para no preocupar a sus padres más de lo debido.

El funcionario del Ministerio de Magia que les explicó todas las cosas, hace ya más de dos años, se había explayado largamente en lo confiable y seguro que resultaba el mundo de los magos. Pero fue esa misma insistencia en recalcar ese último punto, el de la seguridad, el que hizo que los esposos Granger desconfiaran: resultaba extraño que el joven mago insistiese en algo que debería ser obvio.

Afortunadamente, más que las vagas seguridades dadas por un extraño, resultaron mucho más instructivas las palabras dadas por una joven de diecisiete años y su madre bruja, que vivían en el vecindario. Aparentemente, la muchacha también era bruja (aunque, a diferencia de Hermione, de sangre mezclada) y cursaba el último año en el Colegio Hogwarts. Aunque no compartieron mucho tiempo (la muchacha, de nombre Evelinda Harper, consiguió un trabajo en el norte, en Escocia), el tener de primera mano la experiencia vívida de alguien que se veía "normal" y de como eran las cosas en realidad entre los magos, así como lo que representaba la vida en el internado de siete años que representaba la educación mágica formal, disiparon las dudas de los padres de Hermione sobre la conveniencia de aceptar tan extraño destino para su pequeña.

Y así, con la ayuda de tan fugaz consejera, la joven nacida de muggles comenzó la ardua tarea de adentrarse en aquél extraño nuevo mundo.

Fue Evelinda la que le facilitó sus primeros libros sobre magia e historia, a fin de que pudiera culturizarse y no pasar por ignorante de todo. También fue ella la que guió a la familia a su paseo de descubrimiento al callejón Diagon, el primer lugar verdaderamente mágico que conocían (y tan cerca de su propio hogar). Deslumbrados por todas las cosas extrañas y misteriosas que pudieron descubrir, aquella experiencia fue el detalle que faltaba para que los esposos Granger se convencieran de que integrarse en ese entorno era algo que su hija debía hacer si o si.

Eran las nueve, y aun faltaban un par de horas para tener que ir a la estación de King's Cross, por lo que la muchacha pudo darse el lujo de revisar todas sus cosas por enésima vez. A pesar de la sugerencia indicada en la carta de aceptación, no llevaba ninguna mascota con ella (nunca había lidiado con animales y no comenzaría con algo que se supone tenía habilidades superiores a los comunes) pero, en cambio, había adquirido varios libros extras aparte de los exigidos en el plan de estudios de primer año, lo que mermó mucho el dinero que sus padres le habían destinado para aquél año lejos de casa, Pero lo último no le preocupaba mayormente, ya que Evelinda se lo había confirmado antes de su partida: todo, con excepción de los materiales básicos y su vestimenta, sería cubierto por el Colegio.

Su vida en el último mes había sido leerse todos esos extraños y maravillosos libros, aprendiendo cada pequeña cosa en ellos; su vivaz inteligencia y buena memoria le ayudaron muchísimo, y a pesar de no contar con ningún mago o bruja cerca que le diera una mano, pudo incluso aprender algunos hechizos básicos con solamente leer las instrucciones de sus libros de texto. Y también estaba su preciado "Historia de Hogwarts", el más hojeado y consultado de todos sus pequeños tesoros de papel.

Es que si tan sólo la mitad de las cosas que estaban escritas en ese libro eran reales, Hogwarts debía de ser el lugar más genial del mundo.

Sus solitarios logros le hacían ansiar el momento en que pudiera lucirse con ellos en sus futuras clases, dejando en claro que ella, a pesar de ser hija de personas no magos, era tan capaz como cualquiera de sus futuros compañeros y, eso esperaba, amigos.


"Bien, Trevor, ésta es nuestra despedida."

Neville observó a su sapo mascota, sosteniéndolo con ambas manos, a veinte centímetros de su cara, con sus ojos fijos en los del anfibio de piel rugosa. La mirada de Trevor permanecía fija en su dueño, algo cansada… ¿qué podría pasar por la cabeza de un animal tan sencillo como un sapo?

La renuncia era algo dolorosa. Ya eran casi cuatro años juntos, haciéndose compañía mutua, pero luego de mucho pensarlo el muchacho había decidido que era lo mejor. Lo había visto crecer y desarrollarse, desde aquel lejano día en que su tío abuelo lo trajo a casa, oculto en una pequeña caja de cartón: apenas unos cinco centímetros de talla y unas decenas de gramos de peso; ahora, miles de insectos después, lucía su casi medio kilo de masa anfibia, un orgullo para su especie. Pero Neville sabía que Hogwarts no era lugar para él, no con tantos búhos y piernas yendo de un lado a otro, y ante el riesgo de verlo lesionado o extraviado prefería dejarlo allí, en medio del bosque, junto al estanque verde que era su paraje favorito; con algo de fortuna, la mascota podría encontrar alguna pareja y formar su propia familia (suponía que cuatro años era la edad de madurez para un sapo, pero en realidad no estaba del todo seguro).

Probablemente su abuela lo regañaría, reclamándole el no dejar que fuera ella quien lo cuidara en su ausencia, pero si algo le habían enseñado los últimos años era a no depender de otros para cumplir con sus propias obligaciones y metas.

Ciertamente lo extrañaría, pero el joven Longbottom sentía que ese pequeño sacrificio era lo mejor para todos.

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- Estoy listo, abuelita.

- Bien, nieto. ¿Estás seguro de tu decisión con Trevor? Todavía tienes tiempo de ir por él…

- Bien seguro, estará mucho más a gusto en el bosque que encerrado en una caja en el colegio.

- Entonces, si no hay nada más… toma, tu regalo por tu primer día en tu nueva escuela, tu primer día lejos de casa…

Neville tomó un objeto envuelto en papel café, redondo, algo mayor a una pelota de golf. Curioso, la abrió allí mismo: una recordadora, como la que había visto hace algo más de un año en compañía de su abuela en el aparador de una tienda del Callejón Diagon; aquél objeto había despertado su curiosidad, y la anciana le había contado qué era y para lo que servía.

Augusta, viendo como su nieto se quedaba mirando su regalo, algo confuso, le dijo: "Sé que tu memoria no es mala, pero cuando eras pequeño tendías a ser bastante distraído, y ahora tal vez te veas abrumado con todas las cosas que tendrás que hacer en Hogwarts. Todavía recuerdo mis días allí y sé lo duro que puede volverse con todas esas clases". El niño le respondió: "Gracias, abuelita… tío Snape decía lo mismo, por eso me hacía leer tanto; pensaba que aprender tanto ejercitaría mi memoria… supongo que tenía razón… la guardaré bien".

Mientras Neville cargaba una maleta de viaje de casi un metro de alto, con ruedas, donde iban todas sus cosas, la anciana preparó la chimenea para el viaje: usarían polvos flu para aparecerse en la casa de una de las amigas de Augusta, desde donde la estación del tren rojo quedaba a tan sólo diez minutos de caminata. Llegarían a Londres con más de una hora de anticipación y compartirían un té con la señora que los recibiría en su hogar antes de continuar a su destino final.

El joven Longbotton, a pesar de que conocía la respuesta, no pudo evitar preguntar: "Y papá… ¿no vendrá?". Augusta, viendo con pena a su nieto, le dijo: "Tenía trabajo urgente y salió mientras estabas en el bosque, dejando a tu sapo"; Neville, con voz resignado, le respondió: "entiendo… vamos, abuela..."

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Aprovechando la cortina corrida que permitía ver dentro de la cocina de "Toasted Acorn", la casa campestre de la familia Longbotton, una figura masculina observaba la partida de la anciana y el pequeño, quienes desaparecieron en medio de una llamarada verde, dentro de la enorme chimenea con que contaba la casa.

Sabía que no era lo correcto, pero una parte de él no pudo evitar permanecer allí, observando la ida de aquél que le provocaba sentimientos tan encontrados. Ya no lo vería en muchísimo tiempo, y no pudo evitar sentirse culpable; pensó: "tal vez… debí despedirme de él… decirle que se cuidara… que esperaba volver a verlo… ¿qué me dirías ahora, Alice?"

Pero ya no importaba.

Y así, Frank Longbotton despejó su cabeza y desapareció. Su trabajo le daría otras cosas más agradables en las que pensar.


Hermione no sabía a donde rayos tenía que ir.

Sus padres habían podido acompañarla hasta la estación King's Cross, a donde habían llegado con casi veinte minutos de anticipación, en donde se habían despedido rápidamente de su pequeña para luego partir a su clínica dental: antes de salir de casa habían recibido un llamado desesperado de la enfermera de su consulta, avisándoles de la aparición de tres casos que necesitaban atención de urgencia.

Aunque su propósito original había sido dejar cualquier compromiso profesional para la tarde, a fin de acompañar a su retoño y despedirla apropiadamente, tan inesperado suceso trastornó toda su planificación. Incluso por unos momentos barajaron al posibilidad de contactar a alguno de sus amigos colegas de profesión, pero su hija, dándoles ejemplo de responsabilidad, les había insistido en que bastaba con que la dejaran en la estación. Ciertamente, una vez dentro era imposible que se perdiera, ya que seguramente decenas de chicos y chicas de su edad estarían rondando el andén nueve y tres cuartos.

Confiando que así sería, los esposos Granger se aseguraron de dejar a su hija dentro de la estación, con su equipaje y el boleto de tren bien seguro, dándole muchos besos e insistiendo que si tenía algún problema se acercara a cualquiera de los numerosos guardias ferroviarios que vigilaban los transitados andenes, y que apenas llegara a su nuevo colegio viera la forma de avisarles que había llegado sana y salva (a lo que Hermione tuvo que recordarles que se supone que sólo podría comunicarse con ellos por carta, por lo cual seguramente tardaría un poco en poder darles noticias suyas).

Pero lo que suponía que sería fácil se volvió imposible; simplemente no había ningún letrero que indicara su andén ni alguien que pareciera un mago o bruja rondando el lugar: por lo visto, los magos manejaban a la perfección eso de pasar desapercibidos; tal vez tenían formas de llegar directamente al andén y por eso no veía pasar a ninguno tan cargado como ella; quizás el tren era sólo para los hijos de muggles, y tal vez ella era la única ese año…

Demasiadas posibilidades, pero ninguna solución.

Hasta que lo vio. La criatura más extraña que hubiese nunca visto; ni siquiera los duendes del banco de los magos se le comparaban.

Pero era como si nadie más pudiese verlo.

En otras circunstancias hubiese pensado que esa cosa bajita eran imaginaciones suyas, pero luego de todo lo que había visto y leído en el último tiempo, decidió darle una oportunidad. Con lentitud, pero dando a entender que le veía, Hermione se acercó a la criatura de aspecto humanoide, orejas largas y puntiagudas y vestimenta raída y sucia.

Dobby se sorprendió al ser interrogado por una joven niña, de la edad de su amo: "¿Eres real, cierto? ¿puedes entenderme?"; preguntó ella, mientras arrastraba un carrito de equipaje con sus cosas:

- Dobby es real, señorita…

- Disculpa, ¿Qué se supone que es un "dobby"?

- No un qué, señorita, un quién. Dobby es un elfo doméstico.

- Siento haber sido grosera, nunca había visto alguien como tú.

- La señorita confunde a Dobby con sus palabras… Dobby no sabe qué decir…

- No entiendo.

- La señorita se ha disculpado con Dobby…

- ¿He hecho mal?

- No, sólo es inusual… Dobby no recuerda la última vez que un amo se disculpó con él.

- ¿"Amo"?

- Una persona con magia… una bruja, en su caso, señorita.

- Por favor, dime Hermione. "Amo" suena abusivo.

- Discúlpeme, señorita. No quise ofenderla, es normal que los elfos domésticos traten así a sus amos… señorita Hermione.

- Pero yo no pretendo ser amo de nadie, Dobby.

- Al menos la familia de Dobby no ha oído a Dobby ser grosero, sino Dobby tendría que castigarse.

- Veo que estás sólo; ¿acaso nadie más puede verte?

- Los elfos domésticos tienen que realizar muchas tareas para los magos y las brujas, por lo que han aprendido a usar su magia para hacerse invisibles ante los muggles. El tiempo es escaso para estarse ocultando todo el tiempo, señorita Hermione.

- Y ahora estás en una de esas tareas, supongo.

- Algo así. Se me ha ordenado acompañar al joven Malfoy a tomar el expreso al Colegio Hogwarts. Sé que al joven amo no le agrada mi compañía, pero sus padres no pueden estar aquí, a la vista de tantos viejos enemigos…

El elfo doméstico, al darse cuenta de su indiscreción para con una extraña, se vio en la necesidad de castigarse, para lo cual eligió azotar su cabeza contra el duro suelo del pasillo. Hermione, al ver como el pequeño orejudo se arrodillaba y golpeaba su frente repetidamente en el piso, se puso a mirar con nerviosismo alrededor, mientras trataba de detener la auto flagelación de Dobby con palabras, sin saber si podía o debía tocarlo.

Justo en ese momento, Draco regresaba, encontrándose de lleno con tan patético espectáculo. Había dejado a su sirviente al cuidado de sus cosas mientras compraba un jugo de piña en caja; esos refrescos muggles cargados de azúcar eran de sus favoritos, pero nunca se arriesgaría a pedírselos a su elfo, ya que si sus padres se enteraban de que tenía esos gustos tan mundanales…

Caminando aceleradamente (no pretendía alarmar a los tontos muggles que caminaban alrededor, algunos de los cuales miraban extrañados a la asustada niña antes de alejarse, ignorándola) llegó hasta el par, ordenándole a su sirviente que se detuviera. Mientras le recordaba a Dobby en voz baja que si debía disciplinarse debía hacerlo en privado, notó como la niña le dirigía la palabra:

- ¿Ese elfo es tuyo?

- De mis padres, pero lo han dejado cuidándome.

- Ya veo… no debería golpearse así…

- Pienso lo mismo. Incluso creo que está un poco loco.

La niña no pudo evitar reírse ante la aseveración del muchacho rubio: seguramente ese elfo estaba algo chiflado; dicha conducta no podía ser normal.

Malfoy vio con detenimiento a la muchacha: un cierto atractivo (aunque esos crecidos incisivos desentonaban bastante), cabello cuidado y ropa elegante, como él. Pero lo más destacable era que entre sus cosas no había ninguno de esos extraños cachivaches muggles que delataban a los sangre sucia a la primera: ni reloj pulsera, ni revistas, ni algún aparato electrónico (que los tontos hijos de muggles tendían a llevar en su primer año a Hogwarts porque ninguno de ellos sabía que esas cosas no funcionaban en el castillo). Satisfecho, el joven Draco le sonrió a la muchacha: debía de ser uno de ellos.

Lo que no sabía el joven era que Hermione no sentía atracción por las modas usuales de las niñas, y que de sus lecturas ya había aprendido que nada electrónico funcionaría en su nueva escuela. Y su vestimenta, bastante producida, tenía una explicación simple: en su deseo de causar una buena impresión, había elegido la tenida que usualmente se lleva para ocasiones especiales, viéndose toda formal.

El muchacho le dirigió la palabra:

- Siento el espectáculo de Dobby, pero hay ciertas cosas que están fuera de mi control. ¿Y tú eres…?

- Hermione Granger.

- Tu apellido no me suena… pero al menos tu nombre demuestra cierta alcurnia.

- Mis padres son inmigrantes, tal vez por eso.

- Yo soy Draco Malfoy. Los míos son de una familia tradicional, muy antigua.

- Ya veo… ¿podrías ayudarme? Nadie me dijo como llegar al andén para tomar el tren a Hogwarts.

- ¿Hija única, verdad? ¿o tal vez la mayor?

- Única.

- Veo que tus padres son unos irresponsables. Te abandonaron aquí sin decirte como entrar.

- En realidad yo les pedí que se fueran. No pensé que sería tan difícil.

- Es verdad, ese tipo de entrada es muy diferente a nuestras formas usuales de ocultación. Alguien debió haber pensado que era una idea excelente para mantener alejados a los muggles.

- Seguramente, aunque habría bastado con decir que ese tren era un viaje privado. Nadie sube a un tren que no sea el propio.

- Eso no lo sé, nunca he necesitado subir a uno. ¿Acaso tus padres te enviaron a una escuela muggle?

- Si…

- Envidio a todos aquellos que los dejan vagar en casa hasta tener la edad para ingresar a Hogwarts; en mi caso mis padres me pusieron tutores privados desde que tengo cinco… los detesto…

- Pero al menos irás con ventaja…

- ¡Que va!, las lecciones de los tutores son tan inútiles como las cosas que te hicieron aprender sobre los muggles y sus extrañas costumbres.

- Supongo que tienes razón… seguramente un colegio de magia no se debe parecer en nada a lo que he hecho en mi vida.

- Eso es verdad. Bien, mejor sígueme, que se supone que el tren sale en cinco minutos.

Mientras Hermione sujetaba su carro, Draco ordenaba a su elfo doméstico que regresara a la mansión y le dijera a sus padres, si preguntaban, que lo había dejado en el tren. Dobby aceptó la orden de su joven amo, a sabiendas que si les mentía a sus amos tendría que castigarse luego.

Malfoy guió a su compañera al espacio entre los andenes, mientras le explicaba como se supone que llegarían a donde esperaba el tren rojo. Mientras le explicaba, vieron como un numeroso grupo de personas, la mayoría pelirrojos, corría con total descuido en dirección al portal secreto. Cuando terminaron todos de cruzar, y viendo como algunos muggles miraban en esa dirección, como preguntándose qué se supone que había sido eso, el joven le dijo a la chica, al notar la mirada sorprendida de ella: "algunos simplemente no saben como comportarse delante de los muggles".

Dejaron pasar un minuto, mientras los mirones se alejaban del lugar, antes de cruzar el portal de acceso al anden nueve tres cuartos, uno al lado de la otra.

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Ver tantos chicos juntos era algo desconocido para Neville (cosas de asistir a una escuela rural).

Pudo notar lo incómoda que su propia abuela se veía, principalmente cuando observaba a la gente alrededor suyo; dicha incomodidad era más evidente mientras se quedaba mirando a un numeroso grupo que había llegado corriendo, cuando apenas faltaban unos minutos para la salida del tren: cinco adultos y cinco niños, dos de ellos como de su edad. Al verla observando al gentío de recién llegados tan concentrada, el muchacho no pudo evitar preguntarle qué era lo que pasaba con esos extraños, pero Augusta Longbotton sólo disimuló su molestia, mirando a su nieto y sonriéndole, mientras le respondía: "nada ocurre, pequeño".

No sería ella quien envenenaría la mente de su nieto contándole del abandono en que lo habían dejado quienes se suponen eran los amigos de sus padres. Sin importar que esos malagradecidos merecieran todo su desprecio.

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Sirius, mientras ignoraba los reclamos de Lily respecto a andar llevando a su retoño en esa cosa tan insegura, no pudo evitar notar como a varios metros de ellos se encontraba un par: una anciana y un niño rubio, seguramente de la edad de Harry.

El rostro de la mujer mayor se le hacía familiar, y con un poco de esfuerzo pudo recordarla: la madre de Alice Longbottom, a quien todos ellos habían conocido durante el "funeral" de su hija. Mientras la miraba de reojo, pudo adivinar que el niño que la acompañaba debía ser hijo de Alice y Frank, el mismo que estuvo esa fatídica noche cuando el que no debe ser nombrado dejó la tierra de los vivos.

Trató de no darle importancia a su descubrimiento, hasta que notó la mirada fría y rencorosa de la anciana: los veía a ellos, a todos. Con los padres de los estudiantes distraídos con sus respectivos hijos, sólo él se había percatado del gesto de la mujer. Y recordó lo que había ocurrido en los últimos diez años.

Habían oído de Dumbledore (al que apenas habían visto desde hace ya muchísimo tiempo) de la horrible infancia de ese pequeño, huérfano de madre y despreciado por su padre, entregado al cuidado de su anciana abuela y con un padrino tan poco apropiado como el pestilente de Snape. Al menos parecía ser que el muchacho no se había echado a perder, pero no pudo evitar pensar que seguramente terminaría en un lugar tan sombrío como Slytherin. Y no pudo evitar recordar a su hermano Regulus y su horrible final.

Era extraño como pensamientos tan oscuros le venían a la mente con sólo ver el rostro taciturno del muchacho, en comparación a lo luminosos y revoltosos que eran los chicos Weasley y su propio ahijado. Por un momento pensó en saludar a la anciana y a su nieto, pero el primer pito del tren, que anunciaba que sólo quedaban un par de minutos antes de su salida lo distrajo: aquél sonido marcaba la señal de partida para las despedidas efusivas de los mayores hacia sus pequeños.

Cuando por fin cumplió su parte de buenos deseos para con Harry (lo que incluyó una buena cantidad de galeones pasados bajo mano, por si acaso) buscó nuevamente al par Longbottom, pero ya sin éxito: tanto la anciana como el muchacho habían desaparecido.


El antiquísimo tren rojo, el llamado Expreso de Hogwarts, corría veloz por la vía metálica, en medio de vastos campos y escabrosos bosques, atravesando cerros por estrechos y oscuros túneles, llevando su carga de muy ruidosos y desordenados niños, la mayoría deseosos de encontrarse nuevamente en aquél lugar, su segundo hogar por largos siete años (y, para algunos de ellos, un lugar más preciado que el propio hogar).

Hermione, mientras caminaba por los estrechos pasillos con sus maletas, buscaba un lugar donde acomodarse… aunque en realidad lo que buscaba era al muchacho rubio de la estación, el que acompañaba al extraño elfo doméstico.

Se habían separado cuando apenas entraron al andén nueve y tres cuartos.

Al principio no le dio mayor importancia a ese hecho, confiando en que seguramente lo vería de nuevo en Hogwarts; quería pensar que ese joven tan formal y ordenado podía ser su primer amigo mago. Y seguramente podría tratar a otros tan amables como él estando ya en el andén, antes de subir al tren.

Pero nada había pasado: aquellos que se conocían formaban grupos herméticos, y la mayoría de los de primero estaban demasiado apegados a sus parientes como para querer entablar cualquier tipo de relación amistosa en la estación. Y una vez arriba del tren no le había ido mejor: la mayoría de la gente la evitaba, e incluso un par de muchachos algo crecidos la trataron mal, al dejarse en evidencia que era hija de muggles. Reaccionando a ello, pensó que evidenciar que ella si sabía sobre magia y cómo realizar hechizos, pero eso tan sólo provocó que la trataran de engreída, e incluso un muy grosero muchacho pelirrojo se rió de sus dientes, lo que fue seguido de la risa de sus hermanos y de su amigo de lentes.

Con tal que su búsqueda de amigos nuevos había durado sólo media hora, y ahora tan sólo buscaba un lugar donde descansar. Ya tendría tiempo de encontrar a Draco.

Pero encontrar un lugar vacío era virtualmente imposible, y luego de varios intentos de ser acogida (intentos inútiles) había terminado llegando a una cabina para cuatro personas, ocupado por un muchacho de pelo rubio oscuro, algo desgarbado, que leía con sumo cuidado el manual de pociones para primer año. Parecía ser de los suyos (apasionado por los libros), lo que le aseguraba, si no una recepción amistosa, al menos una tolerancia silenciosa a su presencia. "Permiso", dijo la joven, mientras trataba de entrar sus maletas por la estrecha puerta.

Neville, viendo a la recién aparecida, dejó su libro a un lado mientras se levantaba a darle una mano, sonriéndole. No pensó en viajar acompañado, pero aquello no podría ser malo, ¿verdad?

Mientras acomodaban las maletas de la chica en los portaequipajes encima de sus cabezas, ambos muchachos se dieron sus nombres. El saber a ciencia cierta que ambos eran de primer año los hizo relajarse, mientras se sentaban, uno frente a la otra.

Hermione, para distender el ambiente, le consultó:

- ¿Estudiando pociones, eh?

- Si.

- Debes ser bastante bueno. Yo también me leí todos mis libros, quería estar preparada para lo que fuera… ya sabes, demostrarle a los profesores que puedo ser la mejor de la clase si me lo propongo.

- En realidad mi problema es que no soy bueno en esto, y mi padrino era de los mejores. Tan sólo no deseo decepcionarlo.

- Ya veo… disculpa, no quise sonar presuntuosa…

- No hay problema, no me avergüenzan las cosas que no sé.

- No tiene nada de malo no saber algo… digo, si vamos al colegio es para aprender…

- Suenas nerviosa…

- ¿Se me nota mucho? Mis padres no son magos, y realmente no sé como encajar. Además, parece que el ser hija de muggles fuera alguna especie de estigma, como si fuésemos de segunda clase.

- No te preocupes, mis padres son magos y me siento tan fuera de lugar como tú.

- Comprendo; creo que debo relajarme.

- Y tratar de pasar un poco más desapercibida. Si tratas de hacer que te noten terminarás molestando.

- Eso fue algo grosero.

- Lo siento, mi padrino es algo directo en su trato y creo que se me pegó.

- Ese padrino tuyo suena como el sujeto más raro del mundo… oh, disculpa, no quise decirlo así…

- (riendo) No te preocupes, creo que tienes razón. Eso es lo que lo hace tan especial.

Viendo que Neville no se había tomado a mal sus palabras (y era el segundo que lo hacía en ese día) Hermione respiró aliviada.

Mientras la tarde llegaba los muchachos, ignorando el paisaje fuera de su cabina, conversaron sobre muchas cosas: sus infancias, sus casas, los años de escuela muggle, sus impresiones sobre el callejón Diagon y las cosas maravillosas que allí se encontraban (lugar al que ella había ido más veces que su nuevo amigo, cosa que le sorprendió a Hermione); Neville le contó sobre Trevor y sobre su recordadora, enseñándosela.

Tan entretenidos estaban ambos chicos que no notaron como un joven entró en la cabina, luciendo agotado. Al verlo, Hermione no pudo evitar sonreírle: Draco había llegado justo donde ambos estaban.

El joven Malfoy había virtualmente huido de sus "amigos", que lo habían agotado con toda su palabrería, metiéndose en la primera cabina con espacio que encontró. Sinceramente no le importaba incomodar a sus ocupantes: si no eran capaces de agradecer la presencia de alguien de su alcurnia bien podría echarlos fuera.

Pero al reconocer a la muchacha que se había encontrado en la estación supo que aquello no sería necesario.


Notas del Autor:

Me disculpo, pero me atrasé mucho con mis proyectos, especialmente con éste, por lo que pretendo durante este mes avanzar al menos tres capítulos más para cumplir con mi planificación original.

Rebe Marauder: me alegra que te resulte agradable. Trato de mejorar cada día (disfruto las historias bien redactadas y trato de entregar lo mismo).

Lily jackson 1313: gracias. Sobre lo de las casas, casi todos permanecerán donde siempre (su asignación de casas corresponde a sus aptitudes personales y esas no han cambiado en esta historia). Lo que si cambiará es su forma de relacionarse entre ellos y su ubicación en cada casa.