Cuando se despertó se encontró sola entre las sábanas. Parpadeó varias veces y se levantó, calzándose y dejando viajar su vista hacia la mesa, donde había un cuaderno que la noche anterior no había visto. Se acercó y lo tomó, abriéndolo con cuidado para encontrar allí una nota:
"He ido a ver al Maestro Yen Sid, volveré por la noche".
Justo al lado del cuaderno había unas ceras de colores que también tomó, escondiendo su sonrisa tras la nota. Aquel pequeño detalle había hecho que se sintiese completamente alegre nada más levantarse, además de la nota, donde afirmaba que volvería, allí, con ella. La releyó una vez más y cerró el cuaderno, sintiendo algo cálido en su pecho. ¿Aquello era sentirse querida?
Miró la estantería y decidió que mejor dejaría el cuaderno en la mesa hasta que la arreglase. Se peinó con los dedos y se marchó de allí.
Se pasó toda la mañana y parte de la tarde hablando con Kairi, descubriendo que lo poco que recordaba de Sora era haber terminado con él sentados en la palmera de las Islas, sin embargo intentaba recordar todo lo posible, dispuesta a salir a buscarle cuando tuviera alguna pista sólida. Ella la animó, pero no necesitaba ánimos, pues Kairi era, sin duda, una persona llena de positividad.
Se despidieron por la tarde y ella se marchó con algo de comida y una lámpara a pilas a la isla.
Y cuando Riku volvió, ella se encontraba sentada en la mesa, con las ceras desperdigadas por la madera. Ladeó su cabeza, sonriendo ligeramente, mientras ella salía de su ensimismamiento y se levantaba para saludarle.
- Hola Riku, ¿habéis hallado una forma para…?
- No – negó él, tomando asiento al lado de la chica, dándose cuenta de los pequeños sándwiches que estaban tapados parcialmente por un trapo. - ¿Y eso?
- He pensado que quizás tenías hambre – murmuró. – He visto a Kairi hoy y hemos ido a hablar con tus padres, dicen que te pases algún día por casa, aunque no les importa que estés aquí.
- ¿Cómo estaba? – preguntó, apartando el trapo para coger algo de comida, hasta que se dio cuenta de que justo al lado de los sándwiches había un paopu algo pequeño. No dijo nada, sin embargo arqueó una ceja al verlo. Ella volvió a su cuaderno.
- Bien, sabe que vais a encontrar a Sora, solo está esperando una pista – explicó, tomando el color negro.
Él terminó con la comida que le había traído y se apoyó sobre sus manos para contemplar a la chica, quien estaba concentrada en retratar algo que parecía no salirle como quería, moviendo la cera de un lado para otro, cambiando los colores, frunciendo el ceño y repitiendo lo anterior. Estaba entretenido mirándola, observando cada detalle y memorizándola en su mente, a lo mejor para tener un buen recuerdo de ella cuando no estuviese allí.
Comenzaba a cogerla cariño, cariño ajeno a lo que su réplica parecía sentir, cariño original que provenía desde su propio corazón, y no parecía disgustarle. Después de todo, él también se encontraba solo, Mickey ya no estaba, Sora estaba perdido y Kairi buscaba la manera de encontrarle, porque le quería. Él tenía a todos sus amigos, pero también se sentía solo, y Naminé parecía llenar aquel pequeño hueco que la soledad creaba en él.
La chica levantó la mirada y lo miró, sonriente. Él sonrió de vuelta, y luego se revolvió el cabello.
- Ahora vuelvo – informó, levantándose. Ella asintió y lo vio marchar.
Unos veinte minutos después, justo cuando el sol bajaba y hacía que el cielo se volviera naranja. Riku traía algo entre las manos.
- ¿Quieres que nos bañemos? – preguntó el chico, dándole un bañador de color blanco. – Es de Kairi.
Naminé, sorprendida cogió la prenda y la contempló. No se había bañado en una playa, y lo más parecido había sido buscar conchas con Xion hacía un día, así que, curiosa, aceptó la proposición. Riku le dio su espacio para cambiarse y él se marchó a la playa, donde minutos después se acercó ella con el cuaderno tapándola parcialmente el cuerpo, ligeramente sonrojada por ir con poca ropa. El peliplateado, sin embargo, parecía disfrutar de la brisa marina, sin camiseta y con los pies en la orilla. Nada más verla la llamó, invitándola a acompañarle.
- Pero Riku… Me da vergüenza – admitió la joven.
Él alzó ambas cejas, y sonrió, divertido. Kairi y Naminé no eran para nada iguales, y eso lo demostraba.
- Venga, ven, Naminé – animó, pero ella negó de nuevo.
- Yo me quedo aquí mientras tú te bañas – propuso, señalando su cuaderno.
Pero Riku no aceptaba un no por respuesta, acercándose a la chica rápidamente, quien había retrocedido un par de pasos. No pareció perder tiempo, arrebatándola el cuaderno y dejándolo en la arena, visualizando cómo le quedaba el traje de baño que le había prestado.
- Dame la mano – pidió, ofreciendo la suya.
La chica desvió la mirada, avergonzada, pero tras unos segundos, se la dio, tomándola con fuerza. Él tiró de ella y la llevó hasta el agua, añadiendo durante su trayecto:
- Te queda bien.
El contacto con el agua, que en un principio creyó que sería terrible por el frío, fue en realidad agradable, hasta que, justo cuando Riku soltó su mano, ella aprovechó que le había dado la espalda para lanzarle algo de agua con las manos, y éste se tensó por la sensación, girándose con cara de buscar venganza.
- ¿No era que no querías bañarte?
Ella intentó alejarse de él pero correr por el agua era realmente patético y no recorrías muchos metros de esa manera, así que el chico tomó su brazo y la zambulló en el agua, pero ella no perdió el tiempo, agarrándole también por el brazo, dándole la vuelta para que quedase él debajo poniendo ambas manos sobre sus hombros y girándolo, soltando burbujas a medida que se reía. Él se dejó hacer, hasta que al final se impulsó hacia arriba para tomar aire, llevándola con él.
Tomaron una gran bocanada de aire al salir, ambos húmedos, Naminé con sus manos sujetas aún sobre los hombros del chico y el apresando su cintura por querer subir con ella a la superficie.
Sus sonrisas se hicieron más tenues, y sus ojos se encontraron. Los verdes del chico miraron fijamente los azules de la chica, y ella los inspeccionó con cierta curiosidad, como si aprendiese una nueva técnica de dibujo solo por mirarlos. Estaban cerca, muy cerca, y ambos se sentían, escuchando los latidos del otro.
El sol se perdió en el horizonte y ambos siguieron mirándose, hasta que lentamente, sin querer, como si una fuerza invisible le estuviera empujando hacia delante, Riku fue cortando poco a poco la distancia que los separaba, y Naminé cerraba los ojos a medida que él se acercaba, sintiendo a su corazón desbocarse, como si anhelase aquel momento desde antes de recordar que fuese capaz de sentir.
Pero no llegó, Riku se había separado de ella, intentando encajar en su mente lo que había querido hacer momentos antes pero que no había hecho. Sin embargo, aprovechó la cercanía y los ojos cerrados de ella para pasar una de sus manos por las piernas de la chica, cogiéndola por la espalda y por las piernas para sacarla del agua. Ella se sujetó a su cuello cuando lo sintió, aunque abrió los ojos rápidamente. Desvió la mirada, ligeramente abochornada por el momento, y ninguno dijo nada hasta que estuvieron en la arena, cuando él la dejó al lado de su cuaderno.
- Perdóname – murmuró Riku, revolviéndose el cabello.
- No te preocupes – restó importancia Naminé, desviando la mirada hasta las estrellas.
Naminé no estaba enfadada, no podía enfadarse con él aunque quisiera, y sinceramente sabía que las ilusiones eran muy normales, sobre todo en aquel tipo de situaciones. Quizá se estaba emocionando más de la cuenta con Riku al fin y al cabo.
Riku se sentó sobre la arena y Naminé lo imitó. Estuvieron allí, en silencio, mirando las estrellas hasta que terminaron de secarse.
Riku se cambió antes que Naminé, y ella hizo lo propio después, volviendo a la mesa donde había dejado su cuaderno. Bostezó, frotándose los ojos, y Riku lo notó mientras se deshacía de su chaqueta para dormir.
- Venga, Naminé, es hora de dormir – murmuró el chico cerca de su oído, y ella asintió, levantándose en silencio y ocupando el mismo lugar que la noche anterior. Él no tardó en unirse a ella, sin embargo aquella vez era más extraña que la del día pasado, pues la notó mirarlo bajo la luz de la luna, y él supo que algo raro sucedía en su interior, algo terriblemente agradable y que le aterrizaba ligeramente.
No era el hecho de querer a alguien, sino de sentirlo y que la otra persona pudiese devolvértelo. Ese pensamiento le hacía feliz. Pero él no quería estar feliz, no sin Sora allí, incapaz de disfrutar de aquella felicidad con él. A pesar de aquello, notó como Naminé buscaba su mano entre las sábanas y enlazaba sus dedos con los de él, cerrando los ojos.
- No te preocupes, Riku – susurró, acercándose a él.
Como si leyese sus pensamientos, fue capaz de transmitirle tranquilidad, algo que realmente necesitaba si quería salir a buscar a Sora cuando lograse dar con alguna pista sobre su paradero. Por eso Riku apretó el agarre que ella ejercía sobre su mano, y sonrió, dejándose llevar de nuevo al mundo de los sueños.
