LIBRO 1

CAPÍTULO 5: ELECCIONES E IMPOSICIONES.

La vista de Draco apareciendo allí, de improviso, animó a Hermione. Sin poder contenerse, se levantó de su asiento y, tomándolo del brazo, hizo que se sentara junto a Neville, haciendo las presentaciones.

Malfoy miró de arriba a abajo al muchacho Longbottom. Sabía que ese nombre lo había escuchado en algún lado, y necesitó unos instantes para poder recordarlo: familia de sangre limpia, pero con muchos traidores a la sangre entre sus miembros (no al nivel de un Weasley, pero si de cuidado); aspecto algo desarreglado, y ligeramente sombrío. Neville era a sus ojos un "tal vez", a diferencia de Hermione, la que estimaba como algo más seguro.

Sería cuidadoso con sus palabras, todavía recordaba la desagradable experiencia con el chico Potter y ni pretendía repetirla, no ante una compañera que tenía muchas posibilidades como añadidura a su círculo cercano.

Neville vio al muchacho de reojo: reconocía la petulancia a leguas, y aún cuando no lo evidenciara, el entrar de forma tan autoritaria a un lugar ya ocupado no dejaba presagiar nada bueno. Podría haber sido algo cortante con el extraño (había tenido al mejor maestro en ello), pero la actitud de la chica hacia su desconocido visitante le hizo darle el beneficio de la duda: el largo rato compartido con Hermione le hizo apreciar sus cualidades, y si ella se veía tan entusiasmada con el tal Draco, por algo sería.

Hermione, en cambio, estaba muy alegre: había tenido la fortuna de encontrarse con dos muchachos la mar de interesantes, ambos de familias de magos y que, por lo mismo, le serían de gran ayuda para no sentirse abandonada en medio de todo ese nuevo mundo. Comparándolos, ambos eran bastante diferentes: Draco lucía más ordenado, con la actitud de quien se sabe importante pero aún así accesible, y su cabello, sencillamente, brillaba; Neville, más sencillo pero bastante agradable, con aspecto algo desganado al lado del ultra producido Malfoy, y luciendo un pelo rubio opaco que estaba más cerca al castaño y la piel más oscurecida (lo que era un punto a su favor al lado del pálido Draco), tres dedos más bajo.

Si ambos muchachos fuesen chicas serían prospectos perfectos de amigas.


Harry y Ron corrían por el tren, buscando viejos conocidos y queriendo descubrir cada pequeño rincón del mágico medio de transporte.

Tropezaron varias veces, interrumpieron a un par de parejas que se besaban en los rincones más oscuros de los carros de servicio, lograron que Percy, fungiendo por primera vez de prefecto, los amenazara con quitarle puntos a sus futuras casas, fueran las que fueran, por no saber comportarse, y lograron que los echaran del vagón anterior a la máquina, a donde habían tratado de llegar para descubrir cómo rayos funcionaba todo eso.

Al final, un profesor de mirada tranquila y corbata de nudo, antiguo amigo de sus padres, los detuvo con su varita y los hizo girar, acompañándolos de regreso a los vagones de pasajeros y recordándoles que no debían salir de allí.

Al regresar a su propia cabina, notaron como un muchacho rubio, de aspecto formal, caminaba vigilando sus alrededores, como si temiera que lo siguiesen. Al verlo, Harry pudo recordar al niño odioso de la tienda de túnicas, y se lo señaló a su amigo Ron (quien ya conocía de antemano toda esa historia).

Al verlo ingresar a una cabina, supusieron que se escondía de alguien, por lo que Ron sugirió jugarle una broma: un pequeño hechizo que le enseñaron sus hermanos, los gemelos, que servía para embarrar en baba al oponente. Harry, algo dudoso, tardó en secundar a su amigo, pero el muchacho pelirrojo pudo vencer la resistencia de su compañero de aventuras apelando a sus años de amistad: el joven Weasley deseaba emular la fama de Fred y George, y si debía comenzar en algún punto, qué mejor que probando con un idiota prepotente que seguramente se merecía que lo dejaran en ridículo.

Ya decididos, ambos chicos, varita en mano y asegurándose que nadie los viera, caminaron presurosos a la cabina, donde los esperaba su incauta víctima.

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Con Neville y Draco todavía viéndose el uno al otro, Hermione trató de relajar el ambiente tratando de iniciar una conversación, pero su propósito fue interrumpido por un par que, sin el menor cuidado, irrumpió veloz en la cabina.

Y la chica no tuvo problema para reconocerlos: el pelirrojo idiota que se había burlado de ella y su tonto amigo de lentes.

Ronald, que no tuvo el cuidado de ver donde se metían se vio cara a cara, no sólo con su blanco, sino que con un chico desconocido y una muchacha, a la que pudo reconocer, apuntándole con su varita (la que traía en posición de ataque para encantar al rubio), mientras le decía a su secuas: "¡Mira Harry, la dientona!".

Neville y Draco, recuperándose de la sorpresa de tan intempestiva invasión, reaccionaron al unísono a las ofensivas palabras del pelirrojo, sacando sus varitas de entre sus ropas y atacando al impertinente:

- Expelliarmus...

- Wingardium leviosa…

Draco, que tenía experiencia entrenando para duelos en su hogar (nunca se sabía cuando debería hacerse respetar por la fuerza), lanzó el hechizo de desarme, arrebatando la varita de mano de Ron sin mayor problema.

Neville, viéndose en la necesidad de defender a su nueva amiga, usó el hechizo levitatorio (el único que realmente dominaba, junto al iluminador), provocando que el invasor pelirrojo se elevara hasta quedar con su espalda pegada al techo del tren, en posición horizontal, totalmente indefenso.

Harry, viendo lo ocurrido, guardó su varita, mientras veía como su amigo le pedía ayuda para bajar de regreso al suelo, pero fue inútil. Al ver que los segundos pasaban y cada muchacho que pasaba se quedaba, mirando como Ron seguía como pegado allí arriba, el chico Potter no tuvo mejor idea que buscar al profesor que se habían encontrado antes, a fin de que le diera una mano a su compañero.

Mientras reía viendo al idiota pobretón allí, pegado al techo (los Weasley eran más que conocidos y sus facciones evidentes para cualquier Malfoy), Draco notó quien era el otro que lo acompañaba, reconociendo de inmediato a su antiguo ofensor, pero su intento de atacarlo mientras corría en dirección a los vagones delanteros fue detenido por Neville, quien sujetó su mano y, sin decir nada, le hizo que "no", moviendo su cabeza.

Allí se percató que su aliado en su más reciente victoria tenía razón: esa primera pelea era de ellos, y atacar al de lentes por la espalda sólo malograría todo. Potter tendría lo suyo a futuro; tan sólo debía ser paciente.

Hermione, orgullosa por la rápida reacción de los muchachos (no sabía nada sobre hábitos de magos, pero suponía que lo que ambos habían hecho era el equivalente a darle un golpe en la cara por reírse de una chica, ella), tomó su propia varita y allí, con los estudiantes que se acumulaban allí como testigos, comenzó a dibujarle al pelirrojo con magia unos bigotes y unas pestañas grotescas, a modo de desquite por sus palabras. Al terminar notó como un par de gemelos pelirrojos habían llegado y la veían; luego le preguntaron:

- Ese de allí es nuestro hermano pequeño, ¿porqué le has hecho eso?

- El tonto se burló de mi, dos veces. Ustedes saben que es verdad, estaban allí cuando lo hizo la primera vez.

- ¿Eres de primer año? ¿acaso tú lo dejaste allí arriba?

- Si, soy de primero, pero quienes lo dejaron así fueron mis amigos, Neville y Draco. Yo sólo mejoré su fea cara.

- (ambos chicos se miraron a las caras un par de segundo, luego se dirigieron a la chica) Bien, nos parece razonable. Que tenga buen día, señorita.

Y así, inclinándose ante la chica a modo de desagravio, ambos le dieron la espalda al espectáculo. Ron, sintiéndose traicionado, les gritó a sus hermanos que lo ayudaran, a lo que ellos contestaron: "Tú te metiste en este lío por idiota, tú te sales de él".

Finalmente Harry regresó, trayendo con él al profesor, quien logró hacer bajar al pelirrojo, quien humillado por lo sucedido, tan sólo caminó de regreso a su cabina.

Mientras veía como el chico víctima de todo ese lío se alejaba, el profesor interrogó a los tres de la cabina, siendo Neville quien se adelantó y explicó todo, disculpándose por dejar al pelirrojo en el techo del vagón y asumiendo toda la responsabilidad del asunto. Afortunadamente, las justificaciones de su conducta por parte de Hermione, la férrea defensa que hicieron de él los estudiantes que se habían juntado en el pasillo y oído todo, además de una muy parcializada historia que Harry Potter hizo de los eventos, asumiendo la responsabilidad del choque (pero omitiendo la parte de querer emboscar a Draco) hizo que el profesor concluyera que todo ese lío era culpa de Ronald Weasley, un clásico caso de legítima defensa.

Cuando Harry llegó a la cabina que compartía con su amigo y los gemelos, pudo notar como Ron era regañado por Percy. Cuando éste finalmente los dejó solos, el de lentes le preguntó al chico donde estaban Fred y George, a lo que Ron respondió, molesto: "ese par de traidores se han ido a otra cabina. Dicen que no pueden estar en el mismo lugar que su fracasado hermano menor".

Viendo el rostro apesadumbrado de su amigo, Harry sólo se sentó junto a él, guardando silencio, mientras pensaba que quizás eso de hacer bromas no era lo de ellos.


Cuando finalmente el profesor desapareció y, con él, todos los que estaban de mirones, Hermione cerró la puerta de la cabina que compartía con sus dos nuevos amigos.

Draco, que seguía de pie al lado de Neville, analizaba cómo había terminado todo. Si bien él no era del tipo de sacrificarse por otros (más bien era todo lo opuesto), le incomodó el que su compañero de cabina pretendiera quedarse con la gloria de todo el hecho, asumiendo la culpa. Si algo le habían recalcado en el hogar paterno era que alguien de su distinción debía siempre destacar sobre el resto, en todo aquello en lo que se veía involucrado; pero el chico Longbottom se le había adelantado.

Si el chico lo había hecho adrede o no, eso era algo que tenía que resolver. Y es que si pretendía ser la voz cantante del grupo no podía permitirse dentro de su nuevo grupo alguien que pretendiera hacerle el peso.

Pero Hermione no le dejó mucho tiempo para divagar en todo eso.

La chica, viéndose nuevamente a solas con ambos muchachos, aprovechó que éstos seguían de pie y los abrazó, muy animada, mientras les decía lo feliz que estaba de haberlos encontrado y que nunca nadie, en toda su vida, le había defendido de quienes le molestaban. Ambos muchachos se vieron en apuros, allí, apretados uno contra el otro por una niña más baja y menuda que ellos.

Cuando ella los soltó y los vio a la cara, esperando alguna reacción, no pudo evitar notar que ambos chicos estaban ligeramente sonrojados, mirando al lado contrario de su compañero, como si quisieran apartar la vista. Viendo que los había puesto en una situación incómoda, Hermione tan sólo se sentó nuevamente frente a ambos, mientras les decía que no se preocuparan, que pronto sería tan hábil que ella sería capaz, por si misma, de hacerse respetar ante cualquier mocoso grosero.

Neville se relajó y, respirando profundo -para poder recuperar el semblante-, se sentó, sonriéndole a su nueva amiga y señalándole que lo que habían hecho no era nada.

Draco, en cambio, tardó algo más en serenarse, y adoptó un rostro más serio. El chico no podía evitar pensar que sus anteriores conclusiones estaban erradas, y quien amenazaba su posición dominante dentro del grupo era la chica (quien era capaz de dominarlos con excesiva facilidad, como acababa de comprobar).

Pero al menos, pensó, Hermione era ambiciosa. Eso era algo bueno… ciertamente sería una excelente Slytherin.


Ya eran casi las dos de la tarde, y junto con la monotonía del paisaje exterior, el tren rojo, para ese punto del viaje, había perdido el atractivo de la novedad para los muchachos de primer año.

Era la hora en que dos sucesos se manifestaban inequívocamente, como si cada niño y joven pasajero estuviese programado para aquello: el hambre y el deseo de socializar más allá del círculo cercano.

Dentro de la cabina de los tres nuevos amigos, el ambiente era bastante relajado, y la conversación bastante amena.

El pie de la plática lo había dado la propia Hermione, cuando diez minutos después del encontrón con el pelirrojo y su compañero de lentes, expresó admirada su curiosidad por el nivel de los hechizos mostrados.

De los libros de clase ella sabía que el hechizo levitatorio y el de desarme eran básicos, pero ese nivel de ejecución… ambos chicos fueron sorprendentes. La cara del profesor que los interrogó se lo dejó más que claro (en donde fuera, los profesores a quienes sus estudiantes impresionaban por su capacidad mostraban la misma cara).

Neville, sintiéndose más en confianza, se explayó en su justificación: en realidad no era ningún prodigio, sino que simplemente su padrino le había puesto una tarea muy dura, por un motivo personal, que le terminó tomando casi cuatro años, y que como preparación había aprendido apenas dos encantamientos, y el único de los dos que servía para atacar a otro era el de levitación.

Interrogado por la chica respecto a cual era el otro, Neville les comentó a sus amigos que no sabía cómo habría podido ayudarlos el iluminarle la cara al pelirrojo. Ante eso, Malfoy no pudo evitar reírse: es verdad, eso habría sido muy tonto.

Hermione, mientras secundaba las risas del muchacho, pensaba en lo hecho por Neville: si logró levantar al chico hasta el techo con tanta facilidad y mantenerlo allí, significaba que su encantamiento era realmente poderoso.

Draco, viendo que ambos muchachos esperaban su explicación, les contó que en realidad no le agradaba la perspectiva de estudiar lejos de casa, rodeado de mocosos que podían ser bastante molestos, y que de las pocas cosas que pensaba hacer en Hogwarts era labrarse un nombre conocido; que para ello había practicado mucho en su casa hechizos útiles para duelo: el hechizo desarmador era, simplemente, el que mejor se le daba. Luego, mirando fijamente el rostro de Hermione, les dijo que ellos le habían mostrado que seguramente no todos los que asistían al Colegio de Magia eran mocosos molestos y que había quienes valían la pena.

La chica supo que en realidad Draco hablaba refiriéndose a ella y se sonrojó, sintiéndose alagada.

Draco se sonrió para sus adentros, viendo que su labia y encanto seguía allí, y que podía recurrir a ello si la situación lo requería.

Neville le concedió un punto al rubio petulante: realmente sabía ser encantador cuando se lo proponía. Tomaría nota de ello.

La conversación entre lo muchachos siguió durante largo rato.

Sin tener ella mucho que aportar, fue más bien los chicos hablando de sus vidas y de las personas que les eran importantes, con la chica actuando como moderadora. Draco hablando de sus padres, pero principalmente de su madre, el motivo de su desmedido orgullo por su propio nombre y linaje, una verdadera princesa (aunque entre los magos no hubiese tales).

Neville con historias de su abuela pero, principalmente de su padrino, un ser sin nombre que el muchacho pintó como sombrío, solitario y muy poderoso, pero amable y generoso cuando debía serlo. Al oír aquello, si bien aprobaba la política de ese padrino de ayudar sólo a quienes importaban (así lo había concluido), puso en duda el que fuese poderoso, siendo que en todo el mundo, se supone, había sólo un mago realmente poderoso, Dumbledore. Cuando Hermione le preguntó a Draco si era algún tipo de admirador del Director de Hogwarts, él la miró molesto, mientras le decía que el reconocer la fuerza de alguien no significaba necesariamente ser admirador suyo.

Neville no pudo más que estar de acuerdo con las palabras de Draco pero, decidido a dejar en su justo lugar la fama de su padrino, les contó de su encuentro con la mantícora. Para el otro muchacho aquello parecía cuento (el mismo se había echado algunos de esos cuando trataba de impresionar a desconocidos), pero Hermione, que conocía del suceso por las páginas de un libro de historia contemporánea de la magia confirmó la realidad del hecho, mientras exigió detalles precisos de su interlocutor. Ella recordaba que ese extraño evento todavía no tenía explicación plausible: la única mantícora de la que se tuvo noticias en Gran Bretaña había sido vista en la costa de Gales hace novecientos años, y se suponía que las únicas existentes en la actualidad habitaban en islas agrestes del Mediterráneo cercanas a Creta, protegidas como inmarcables y custodiadas por numerosos grupos de magos por la peligrosidad de las mismas bestias.

Hermione, al oír la historia y todos sus detalles, abrió los ojos sorprendida: había leído en "Historia de la Magia" sobre la invención del Patronus y en lo que consistía, pero usarlo así, en combate, era… imposible…

Como queriendo relajar el ambiente, Neville comenzó a contarles a sus nuevos amigos sobre los compañeros aurores de su padre. Entre el paulatino descenso a la locura de Moody y las payasadas de Tonks tenía mucho material para entretener a su audiencia.

Draco, no queriendo ser menos, sumó su cuota de historias graciosas contando las desventuras de Dobby, el elfo doméstico. Allí fue el turno de que los otros se rieran, principalmente Hermione, que ya lo conocía (ni ella ni Neville sabían a ciencia cierta lo que significaba la vida del elfo doméstico y no tenían forma de asumir que lo que para Malfoy eran pasajes divertidos para el pequeño sirviente eran el reflejo de su diaria miseria).

Luego de veinticinco minutos de exposición, y sin tener más que agregar, Draco miró a Hermione, esperando que les contara algo de su vida como bruja. La chica, que sabía que en realidad no tenía ninguna historia interesante que aportar (la vida de un muggle seguramente les parecería sosa y monótona, en comparación), sólo pudo compartirles de sus vivencias con Evelinda. Aunque no esperaba una gran recepción para su historia, los chicos se mostraron particularmente interesados en un aspecto de ésta: información, de primera mano, de lo que era realmente Hogwarts; y es que, al no tener ninguno de ellos amigos o hermanos mayores que les compartiesen ese tipo de información, aquél relato eran los primeros datos fidedignos que recibían de lo que sería su colegio durante largos siete años de internado -ni padres ni abuelas servían como fuente de información, ya que tendían a idealizar al colegio que abandonaron hace ya largos años-.

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El conflicto llegó de la mano del acompañante menos esperado: el carro de golosinas.

Extrañados por el ruido que se sentía en el pasillo, Neville decidió asomar su cabeza afuera. Tardó un poco en percatarse de qué se trataba; luego, habiendo reconocido alguno de esos dulces y notando como la mercancía era adquirida por los hambrientos muchachos, recordó que tenía algo de hambre. Afortunadamente, su abuela le había dado algo de dinero para comprar algún pastel.

Entrando nuevamente, el muchacho les dijo a sus compañeros que pronto llegaría el carro vendiendo dulces, por si querían comprar algo, luego de lo cual regresó a su puesto: seguramente la vendedora golpearía la puerta de la cabina preguntando.

Draco, queriendo lucirse ante sus nuevos amigos, les señaló con sobrada actitud que él siempre comía de esos dulces a manos llenas, e incluso su mamá le había prometido surtirlo adecuadamente mientras estuviese en el colegio. Neville sólo se rió por lo bajo, mientras pensaba que incluso en esas circunstancias el muchacho era incapaz de no querer llamar la atención hacia lo fabulosa que era su vida.

En cambio, Hermione, sin saber como tomarse el alarde de Malfoy, le indicó que, al contrario de él, sus padres estaban en contra de que ella comiera azúcar, y que siendo dentistas eran bastante insistentes con aquello de que los dulces dañaban los dientes.

Allí reaccionó Draco, asustado, pensando: "no puede ser..."

Luego, queriendo confirmar sus temores, le preguntó a la chica:

- ¿Dentistas?

- Sí, doctores que ven los dientes y los arreglan…

- ¿Doctores?

- Disculpa, se me olvida que esos términos no son normales para ustedes.

- ¿Acaso alguno de tus padres son… muggles?

- (algo acomplejada, ella responde) Ambos, en realidad.

Viendo que su respuesta ha alterado el semblante de Draco, Hermione no puede evitar preguntarle, recordando la reacción que ya ha visto en otros respecto a su condición personal: "¿acaso… te molesta?"

Pero Draco, como si no la escuchara, tan sólo se dice a si mismo, en voz alta: "eso significa… que tú eres… una san..." Allí Neville pone su mano en el hombro de su acompañante, mientras se le acerca al oído y le dice en voz baja: "Ni se te ocurra decirlo". Recuerda las palabras de su padrino, y la única prohibición que alguna vez le hizo: nunca debía decirle "sangre sucia" a alguien ni permitir que lo hicieran en su presencia; Neville no conocía los detalles detrás de esa orden, pero conocía a tío Snape lo suficiente como para comprender la gravedad de sus palabras.

Draco, molesto por el atrevimiento del muchacho, quitó aquella mano de encima suyo violentamente, mientras le responde: "Diré lo que quiera cuando quiera, y tú no eres nadie para impedírmelo".

Hermione, notando la tensión entre ambos, se entristece: sabe que, de alguna manera, ella es la responsable de toda la escena, por lo que hace ademán de querer dejar a ambos muchachos solos. Al notarlo, Draco tiene un pequeño momento de debilidad y se levanta, para ponerse frente a ella, impidiéndole el paso; la niña se detiene, mirándolo, confundida por su actitud.

Treinta segundos pasan hasta que, aburrido por aquella inmovilidad, Neville interviene: "En realidad Draco pretende disculparse, pero no sabe como hacerlo. Sabe que ha sido grosero al molestarse por algo sin importancia: todos sabemos que en realidad no significa nada si uno es hijo de magos o no, si incluso el Señor Tenebroso, con todo lo poderoso que fue, era mestizo".

En ese momento, ambos chicos, olvidando su posición, miran asombrados a su otro compañero. Draco por la ligereza con que habla del que no debe ser nombrado; Hermione por la revelación de que el mago más famoso del último tiempo resulta no ser un "sangre pura" (como se señalaba en los libros de historia que ella leyó).

En ese momento la puerta de cabina es golpeada, mientras la vendedora pregunta a los ocupantes si van a comprar algo del carro de dulces. Neville se levanta a abrir la cabina, mientras le pide a la señora que espere.

Al notar como la puerta es abierta, Draco se apresura a regresar a su asiento.

La vista del hermoso carro de ventas, adornado y luciendo infinidad de extraños y desconocidos dulces, distrae a Hermione de su problema anterior. Avergonzada al no manejar bien todavía la mecánica del dinero de los magos, y no queriendo evidenciar su ignorancia con la vendedora, ella le pide a Neville que se acerque, mientras le muestra el dinero que porta y le pregunta si alcanzará para algo. El muchacho elige engañar a su nueva amiga, diciendo en voz alta que en realidad sólo le alcanza para algo pequeño.

Draco, oyendo la poco disimulada conversación, reacciona, diciéndole a los otros dos que él invitará los dulces ese día, que tiene más que suficiente para comprar para los tres. Hermione insiste en que no es necesario y elige un sapo de chocolate para si misma, mientras Neville compra tres paquetes de grageas de todos los sabores y las reparte entre todos, mientras le advierte a la niña que sea cuidadosa con esas cosas. Malfoy, sintiéndose ignorado, compra diez galeones en golosinas y las deja caer en el regazo de Hermione, mientras le dice, incómodo: "considera ésto mi disculpa..."

La chica le sonríe, mientras le regala su sapo de chocolate al chico, diciéndole: "disculpa aceptada, amigo".

Draco, descolocado por el gesto de la muchacha, adopta un color rojo furioso, tomado el chocolate con la excusa que el colecciona las estampas que vienen en esas cosas, por lo que eso le sirve bastante, para luego sentarse. Hermione mira a su regazo: entre las muchas cosas que le ha regalado el chico, deben haber como veinte sapos de chocolate. Al notarlos, les dice a ambos chicos: "entonces yo también comenzaré a coleccionarlos; soy una bruja como ustedes y pretendo hacer todo lo que se supone una bruja hace. Denme sólo un tiempo y ni notarán que vengo del mundo muggle".

Neville respira aliviado, satisfecho por que su movida ha resultado.

Mientras Draco mastica muy lentamente su sapo de chocolate, sujetándolo con fuerza para evitar que se escape, Hermione se hecha a la boca la última gragea del paquete que le ha dado Neville: una muy bonita, de color verde brillante con pintas moradas, pero al masticarla el rostro alegre que tenía muta al asco, mientras se levanta apresurada en dirección a la salida de la cabina.

Intrigado, Draco le pregunta qué le sucede, pero ella tan sólo responde: "Sabor a vómito… necesito baño", luego corre.

El chico mira Neville, tratando de contener la risa, mientras el aludido tan sólo dice para si mismo, en voz alta: "le dije que tuviera cuidado".

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Cuando logra relajarse nuevamente, mientras ve con pena como buena parte del obsequio de Neville flota sobre la superficie del sanitario, Hermione no puede evitar alegrarse: a pesar de todo lo ocurrido, aquél ha sido un muy buen día. De los mejores de toda su vida.


Cuando faltaban apenas un par de horas para llegar al colegio, un profesor, anciano y barrigudo, de los pocos que usaban el Expreso de Hogwarts para llegar al establecimiento, dispuso que sus mensajeros, menores que personalmente tomaba de los pasillos, distribuyesen las invitaciones necesarias para dar inicio a la excelsa reunión que tenía lugar en su amplio camarote, dotado de una mesa de muchos puestos y surtida de lo más suculento que los cocineros de Hogwarts podían proveerle.

Al verlos partir, el profesor rebuscó entre sus cosas la vistosa túnica que usaría para la velada; era la primera vez que muchos de ellos verían al más importante profesor de todo el Colegio al cual se dirigían y debía dejarles una impresión apropiada, de tal manera que cada uno de los afortunados invitados a su mesa supiesen apreciar el honor que se les hacía.

Porque el Club Slug era el grupo más exclusivo, y sólo lo mejor de lo mejor tendría parte en él.

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Una niña de doce fue la que interrumpió el reventón de azúcar de Harry y Ron.

Viendo que no había forma de animar a su amigo, Harry había aprovechado la llegada del carro de golosinas y había sacrificado todo el dinero que le proporciono su padrino Sirius "para emergencias".

Porque la cara que traía Ron era una verdadera emergencia. Y no lo decía sólo por el pintoresco dibujo.

Al principio, notando que por sus propios medios no podía borrar el pintoresco vello facial que la chica le había dibujado a su amigo, había tratado de salir a buscar ayuda, pero Ron se lo impidió: no permitiría que nadie le viera así. Ante tan absurda lógica, el de lentes aprovechó de recordarle que se supone tendrían que bajar del tren en algún momento, pero el pelirrojo le contestó que eso tenía una fácil solución: se pondría una bolsa de papel en la cabeza.

Pensando mejores opciones, Harry decidió llamar a la elfina de su padrino, pero Minnie fue incapaz de ayudar a Ron: era demasiado joven y no manejaba su magia a ese nivel, por lo que la pequeña no se arriesgaría a arruinar más el rostro del joven amo Weasley. Kreacher, la otra posibilidad, no era opción: no sólo porque probablemente no les obedecería, sino porque seguramente le terminaría contando a tía Molly, lo que sabían que sería aún peor.

En eso estaban, cuando se apareció el carro de dulces, y Harry decidió compensar el sufrimiento de su compañero agasajándolo con azúcar, a sabiendas que en su propio hogar las posibilidades de disfrutar de tan variados y sofisticados dulces eran escasas. Esperaba que tanta golosina lo volviera más razonable sobre pedir ayuda a extraños.

Y en eso estaban ambos, cuando llegó la invitación del profesor Horace Slughorn. Pero era una sola, para Harry: Ron no había sido considerado. La invitación iba con un recado del profesor, quien recordaba perfectamente a la madre del pelinegro e insistía en que él se hiciera presente.

Si bien en un principio Harry se resistía en dejar a su amigo allí, sólo y despreciado, Ron estaba tan ocupado elevando su azúcar sanguínea a niveles insalubres que le sugirió ir a la cita; con un poco de suerte y podría convencer al profesor que viniera a darle una mano con su problema. Harry le comentó que podría ir a buscar al amigo de sus padres, pero Ron se negó rotundamente: el sabía que ellos habían tenido la culpa de todo ese lío, por lo que seguramente su ayuda no sería gratuita (y no estaba de ánimos para otro regaño).

Mientras su amigo ordenaba su ropa antes de salir, Ron le deseo suerte con su pedido.

Así Ronald Weasley quedó sólo, él y sus muchos dulces, y continuó con su gula, aunque luego no pudiese mover un músculo.

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Un muchacho de quince años fue el encargado de llegar en búsqueda de Longbottom y Malfoy.

Draco comprendía que lo invitasen a ese tipo de reuniones. Era lo más natural del mundo, siendo hijo de sus padres.

Neville, en cambio, no tenía idea del porqué lo citaban a él. Sospechando que el muchacho mostraría desconfianza ante su invitación, el profesor había mandado recado al joven Longbottom: él era antiguo conocido de su abuela, además de que estimó mucho a su madre y conocía la fama de su padre, el cazador de magos tenebrosos, así como apreciaba particularmente a su padrino, el mejor alumno que jamás tuvo en su asignatura, un verdadero prodigio en pociones.

Toda esa palabrería, repetida mecánicamente por el mensajero, hizo que Neville rechazara la invitación: si algo había aprendido de su padrino, entre muchas otras cosas, era a desconfiar de la gente demasiado halagüeña, sobre todo cuando en realidad no había motivo para dichos halagos; los logros de su familia no significaban que el mismo fuese alguien especial. Y eso último fue la respuesta que envió, junto con la invitación rechazada.

Draco, habiendo oído a su nuevo amigo, decidió seguir su ejemplo. Es que Neville tenía razón, y si algo había aprendido ese día, entre aquél y Hermione, es que era ridículo sostener la propia fama en méritos ajenos: ya tendría oportunidad de regodearse en su nombre cuando sus propios logros hablaran por él.

El mensajero partió de regreso, derrotado, mientras se lamentaba en voz baja que ahora él tendría que aguantar las quejas de ese profesor tan odioso y presuntuoso.

Hermione le agradeció a ambos chicos que eligieran quedarse con ella con una sonrisa.

Por primera vez, en todo ese día, ambos muchachos coincidieron en algo: aquel sencillo agradecimiento pagaba con creces lo que fuera que estuviesen perdiéndose al quedarse en aquella pequeña cabina, los tres juntos.


Ya habían anunciado a todos los pasajeros que el tren llegaría a la estación de Hogsmeade en diez minutos.

Mientras los chicos esperaban fuera de la cabina a que Hermione se cambiara, notaron como un profesor de figura obesa y rostro añoso se les acercaba. Al llegar junto a ambos, pudo reconocerlos de inmediato (Draco era calcado a su padre de joven y ya sabía que Neville estaba junto a él).

Ambos chicos escucharon con aburrimiento como el molesto anciano les reclamaba su inasistencia a tan importante evento, mientras les recalcaba que sólo magos y brujas selectos eran invitados a pertenecer a su círculo cercano y que, en el caso de ellos, así como el de muy pocos más, hacía contadas excepciones con los alumnos de primero que por su parentela era más que evidente que serían grandes estrellas en el futuro, a los que él sólo les allanaba el camino.

Neville no sabía como reaccionar ante tanto alago absurdo. Draco, en cambio, zorro viejo en el arte de adular y ser adulado, le dijo al profesor, con su mejor (y más falso) rostro de culpa: "lamentamos nuestra ausencia, señor profesor, pero era demasiado importante para ambos el estar al lado de nuestra amiga Hermione para cuidarla. Tuvimos un encuentro incómodo con un par de idiotas y nos negamos a dejarla sola, y no quisimos abusar de su buena voluntad llevándola con nosotros sin haber sido ella invitada. Seguramente en el futuro ella logre destacar lo suficiente para estar a la altura nuestra, y cuando llegue ese día alguien con tan buen ojo como el suyo seguramente querrá integrarla en tan selecto grupo. Tenga por seguro que cuando eso suceda, nosotros también iremos; mal que mal, todos conocen su merecida fama y lo mucho que significa que quiera tendernos una mano con nuestro futuro, tan generosamente".

Ante tan ceremoniosa excusa, el profesor Slughorn simplemente sonrió tontamente, mientras pensaba alguna réplica, pero aquello fue interrumpido cuando Hermione salió de la cabina, vestida con su uniforme, y empujaba a los dos muchachos al interior para que ellos a su vez se vistieran (olvidando que Draco no tenía su equipaje con él).

El profesor Slughorn se quedó mirando a la jovencita con rostro serio, como tratando de entender qué tenía de especial para que ambos muchachos la hubiesen preferido por sobre su invitación, pero no pudo verle nada. Cuando Hermione comenzaba a ponerse nerviosa ante la mirada de ese viejo extraño, Horace simplemente dio la vuelta y, sin decir nada, se fue de regreso a su camarote.

Las divagaciones de la chica respecto a ese viejo tan raro fueron interrumpidas cuando Draco logró abrir la puerta tras de ella, mientras le avisaba que iría a cambiarse a su propia cabina.

Hermione se despidió de su nuevo amigo, recordándole que se verían cuando descendieran del tren.


Neville respiró el frio aire del norte, mientras estiraba las piernas, nuevamente sobre la tierra. Afortunadamente les habían avisado de que sus pertenencias serían llevadas directamente al castillo, por lo que no tendrían que cargar nada.

Y es que desde el pueblo en donde se encontraba la estación ni siquiera se veía la gran edificación que se supone era Hogwarts, y ninguno de los niños quería andar cargando maletas.

Hermione le había dejado sólo, partiendo a buscar a Draco a fin de seguir su camino los tres, juntos.

Allí pudo notar como a metros de donde él se encontraba estaba el muchacho de lentes que hacía de comparsa al pelirrojo grosero. No es que buscara una pelea, pero necesitaba aclarar un par de cosas con él.

Harry, mientras buscaba alguna ayuda para su amigo Ron (que se negaba a bajar del tren en su condición), vio como el niño que estaba junto al odioso de Draco Malfoy se le acercaba, con cara de pocos amigos. Al verlo llegar así, el de lentes revisó sus ropas, asegurándose que su varita se encontraba bajo su túnica, por lo que lo esperó, de pie e inmóvil, listo para lo que se le viniera.

Al llegar a su lado, Neville le preguntó:

- ¿Qué pretendían hacer?

- No entiendo…

- Cuando entraron a la cabina que compartía con mis amigos, entraron los dos con sus varitas en alto; sólo hay un motivo para ello: querer usarlas, y dudo mucho que su blanco fuese Hermione, incluso pareció que no esperaban verla allí.

- Tienes razón, nuestros asuntos eran con Draco.

- ¿Qué asuntos?

- Nada que te importe.

- ¿Acaso tu amigo tiene algún problema con él?

- Sus problemas son más bien conmigo, Ron sólo quería jugarle una broma.

- Eso es bastante tonto, ¿lo sabías?

- No pienso igual.

- ¿Y qué pretendías tú?

- Nada, sólo elegí acompañarlo.

- ¿Estabas de acuerdo?

- No, sólo no quise dejarlo sólo. Es mi amigo…

- Entiendo. Sabes, nunca entendí eso que decían mis maestras de primaria sobre saltar desde un puente si tu amigo lo hace, pero viéndote…

- No te comprendo.

- Cuando uno de mis compañeros hacía alguna idiotez sin otro propósito de imitar lo que hacía otro, mis maestras siempre retaban al imitador, diciendo si es que acaso era tan torpe que si su amigo saltaba de un puente él también lo haría. Eres la prueba viviente de que realmente existen tipos así: el pelirrojo es de los tontos que saltan, tú de los que los imitan.

- Suenas como muggle.

- Y si lo fuera, ¿algún problema con eso?

- No. Simplemente me extraña que te juntes con tipos como Malfoy.

- ¿Lo dices por su desprecio evidente por los que no son como él?

- Te diste cuenta.

- No cuesta ningún trabajo notarlo, no es algo que Draco oculte. En eso es mejor que tú, que pareces del tipo que disimula sus defectos y sus fallas.

- No me conoces.

- Vi cómo le contaste tu versión al profesor de todo lo ocurrido. En donde vivo, a eso se le llama mentir, y mi padrino no me lo perdonaría… es una actitud cobarde.

- Lamento que te desagrade, pero no me meteré en problemas por Malfoy.

- Te metes en líos solo, Potter.

- Sabes mi nombre…

- Draco me lo comentó.

- ¿Y qué mentira te dijo de mi?

- Nada, según él eres demasiado poca cosa para que le importes o quiera hablar de ti.

- Mejor pregúntale por sus padres.

- Porqué, ¿acaso son asesinos?

- Casi.

- Mi padrino era mortífago, y a pesar de eso es el mejor sujeto que existe en todo el mundo.

- Eres raro…

- Neville Longbottom, así me llamo.

- Tu nombre me suena… si eres quien creo que eres no deberías juntarte con Malfoy, no es buena gente.

- Lo dice quien apenas hace un par de horas estaba molestando a una niña que ni siquiera conocía por algo sin sentido.

- Si tanto te importa deberías decirle a tu amiguita que se disculpe con mi amigo Ron, y ustedes también deberían hacerlo.

- Yo no tengo problemas: si no veo a tu "amigo" dile que me disculpe por haberlo dejado allí en el techo, expuesto a la burla de todos. Sobre Hermione, si alguien debe disculparse son ustedes: técnicamente ella sólo les devolvió la mano.

- Te disculpas con demasiada facilidad, ¿estás mintiendo o simplemente no tienes orgullo?

- Para esto, lo segundo.

- Mi padrino me enseñó que un verdadero hombre nunca debe renunciar a su orgullo y a su propio valor.

- El mio, en cambio, me dejó bien claro que existen cosas más importantes que el orgullo de un hombre, y que dejarlo de lado muchas veces es bueno y necesario.

- Veo que no tienes remedio, Longbottom, Malfoy te ha engañado por completo.

- Deja de meter a Draco en esto, nuestros problemas son sólo nuestros. No sé que pasó entre él y tú, ni me importa, pero lo de Hermione ocurrió en mi presencia; tal vez tu padrino no te ha enseñado a comportarte como un verdadero mago, pero el mío si.

Harry, molesto con el muchacho, trata de sacar su varita, pero al ver quienes se aproximan elige alejarse de Neville, sin más. A varios metros de él se acerca Draco, mientras Hermione, que caminaba junto al muchacho, se aleja al ver llegar unas extrañas carrozas sin conductor ni tracción, que se mueven como por arte de magia.

Neville, viendo como Malfoy le señala a su amiga en común, viendo tan fascinada los carruajes, le dice: "habla mucho sobre querer parecer una bruja, pero a la primera deja a la vista que es una nacida de muggles". Neville fija su mirada en los tétricos animales que, como si fuesen caballos fantasmales, están amarrados a cada carruaje.

En eso, un gigante barbudo se acerca con una lampara en la mano, llamando a los alumnos de primer año, recordándoles que ellos viajaran con él en botes, cruzando el lago que se encuentra a unos minutos a pie.

Harry, viendo al guarda-parques del colegio, se le acerca a pedirle ayuda para su amigo. Molesto, Hagrid le dice que si lo que tiene Ron es algo que hizo una niña de primer año cualquier alumno mayor puede darle una mano; luego, llama al más cercano a él, un muchacho de nombre Cedric, al que envía junto a Harry a ayudar a limpiar la cara de Ronald y lograr que se baje de una vez del bendito tren, para poder irse todos al castillo.


El viaje en bote fue tranquilo y bastante animado, con los tres nuevos amigos compartiendo su bote con una chica de apellido Hanna Abbott, quien no quiso sumarse a la conversación del trio (mientras se lamentaba el haber terminado en un bote diferente al de sus cuatro amigas).

Entre el amplio paisaje, el atardecer que caía sobre las montañas y la vista imponente del castillo Hogwarts, a los tres amigos les dio por conversar sobre sus posibles casas: Draco se veía seguro en Slytherin, Hermione esperaba terminar en cualquiera menos en Slytherin (los libros de historia que había leído dejaban a la casa de la serpiente muy mal parada), Hanna (presionada por los tres) decía que su opción era Griffindor y Neville, extrañamente, señaló que esperaba ser un Slytherin, tal como su padrino.

Cuando trataron de adivinar, los resultados fueron dispares: Draco opinaba que Hermione sería una Slytherin como él, mientras a Neville le veía cara de Hufflepuff; Hermione decía que Draco tenía pinta de Griffindor, pero coincidió con Malfoy sobre el posible destino de Neville; Neville se la jugó por Slytherin para Draco (cosa que el muchacho tomó como un voto de confianza) y por Ravenclaw para Hermione.

Mientras los demás especulaban sobre lo que le esperaba para esa noche (conversación que era amenizada con datos curiosos proporcionados por Hermione, que por lo visto se sabía "Historia de Hogwarts" de tapa a tapa), Neville meditaba en las cosas que le había dicho tío Snape sobre el sistema de casas en Hogwarts y lo que significaba.

Cuando finalmente descendieron de los botes, una vez que Hanna corrió a reencontrarse con sus amigas, Neville tomó a Draco y Hermione, y acercándolos a sí mismo, les dijo: "chicos, pase lo que pase y quedemos en la casa que quedemos, no debemos dejar que eso nos separe". Hermione asintió rápidamente mientras Draco tardó un poco, para luego de un codazo de la chica asentir a su vez.

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Todos los de primer año fueron reunidos en un amplio salón que hacía las veces de recibidor entre la puerta de entrada y el gran salón donde se reunían las cuatro casas y los eventos de relevancia para el colegio eran celebrados, tal como ahora el inicio del año escolar y la recepción de los alumnos nuevos.

Una profesora ya mayor, de nombre McGonagall, se presentó ante los pequeños como la jefa de la casa Griffindor y Directora Adjunta colegio. Al reconocerla, Hermione la saludo con su mano alzada, mientras ella le devolvió el gesto cerrando sus ojos.

La profesora les explicó cómo los colocarían en cada casa y lo que significaba pertenecer a cada una de ellas, mientras las pinturas que habitaban las paredes de ese cuarto se arremolinaban para observar mejor a los nuevos estudiantes.

Cuando logró formar a todos esos muchachos inquietos, la profesora los hizo ingresar al salón, donde pudieron ver en toda su extensión el alto techo estrellado, las largas mesas que agrupaban a cada casa, el reloj de cuentas de la copa de la casa y, al frente de todos, la mesa en donde figuraba el cuerpo docente, a la mitad del cual se encontraba el Director, a quien Neville conocía muy bien.

Luego de la presentación del sombrero seleccionador y su canción de inicio de año, comenzó la selección.

De los tres, Hermione fue la primera en pasar.

Mientras esperaban, Draco le recordó a Neville su propia predicción; intrigado, aquél le preguntó si ya había superado si problema con el que Hermione fuera una hija de muggles, a lo que Draco respondió: "no del todo, pero pienso que tiene grandes posibilidades. Nuestra amiga promete; en cambio, tú apenas y calificas". Neville, sonriendo, le contestó: "en cambio, yo pienso que tú no tienes futuro, Draco..."

Casi cinco minutos fueron necesarios para que el sombrero se decidiera con la chica, señalándole Griffindor como su casa destinada. Ambos amigos se vieron, decepcionados por fallar miserablemente en su predicción.

Mientras Hermione era recibida con aplausos y gritos de júbilo de sus compañeros e iba a ocupar un lugar en la mesa de su nueva casa, saludando de paso a sus amigos que todavía esperaban su turno, Neville escuchaba como los alumnos mayores más cercanos comentaban lo mucho que había tardado el sombrero en decidir, esperando si alguno de ellos llegaba a tardar más de cinco minutos: una distinción poco grata por lo visto.

Cuando llegó su turno, Neville se adelantó al grupo de primero y, nervioso, se dirigió al sitial junto al cual la profesora McGonagall esperaba, con el ajado sombrero parlante en sus manos. Se sentó, con la vista al frente, mirando al vacío, y esperó…

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- Bien, bien… que tenemos aquí… veo… veo…

- ¿Qué vez…?

- Conocimiento, hambre de saber… como si necesitaras ese conocimiento… persigues algo… pero no logro ver… hay sombras…

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- ¿Porqué tardas tanto?

- Es difícil… muy difícil… hay valor, mucho valor… Griffindor sería el lugar apropiado, donde alguien como tú podría brillar con luz propia, pero…

- ¿Pero qué…?

- También hay un espíritu trabajador… veo tus esfuerzos, tu disciplina… Hufflepuff sacaría lo mejor de ti…

- ¿Nada más?

- Hay ambición, pero no es suficiente… y lo intelectual no es lo tuyo… no, Griffindor y Hufflepuff, uno de ellos, pero es difícil… muy difícil…

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Ya habían pasado cuatro minutos, y el sombrero parecía no querer decidir. McGonagall miró en dirección a la mesa, posando sus ojos en Pomona Sprout, la jefa de Hufflepuff; la última semana había sido tema entre ambas en cual de sus casas acabaría el chico Longbottom, y ambas tenían muy buenos argumentos a su favor: la jefa de Griffindor le recordaba que aquel muchacho era el mismo que con apenas siete años le hizo frente a una Mantícora de tres metros, sin huir ni acobardarse; si eso no era valor y tener agallas… la jefa de Hufflepuff, en cambio, arremetía con el logro del patronus del chico, un trabajo metódico y sostenido por largos cuatro años, sin rendirse ni dudar; ciertamente Neville era una pequeña máquina que se destacaba por el esfuerzo y su ánimo inquebrantable, lo que gritaba Hufflepuff a todo lo alto.

Extrañada, la profesora McGonagall se percató como el muchacho, que mantenía sus ojos cerrados mientras esperaba, acercó su mano a su pecho, como si tratara de tomar algo bajo la sus ropas.

Albus Dumbledore también notó el movimiento del muchacho, desde su lugar en la mesa de maestros, por lo que fijó nuevamente su mirada.

Pasaron cinco minutos, luego el sexto, luego el séptimo…

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- No me convencerás, muchacho… Griffindor o Hufflepuff son lo correcto…

- No, necesito quedar en Slytherin… hay algo que debo lograr y no podré hacerlo en ningún otro lugar…

- De ninguna manera… mis elecciones siempre son acertadas… si no eres capaz de decidirte entre ambas, yo elegiré por ti…

- ¡No…!

Neville sujeta su amuleto de ópalo, sin saber si eso servirá para doblegar la voluntad del sombrero seleccionador. No sabe lo que hace, sólo hay algo dentro de su cabeza que le dice que lo use, que el amuleto logrará convencer al sombrero.

Y la magia comienza a fluir, no la del chico ni la del objeto, sino la encerrada en el ópalo maldito.

Y el sombrero resiste lo más que puede, pero su propia mente se nubla, con una sola idea llenando su cabeza…

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Diez minutos pasan en total, y los alumnos esperan expectantes… algo nunca antes visto ocurrirá, seguramente.

Y el sombrero reacciona al fin, pronunciando una única palabra:

¡ SLYTHERIN!

Neville abre sus ojos. Al lado de ella, Minerva McGonagall tarda en reaccionar, hasta que el profesor Dumbledore hace sonar su garganta, sacando a la anciana de su sorpresa. Ella retira el objeto de la cabeza del chico Longbottom, quien camina en dirección a la mesa de su nueva casa; Hermione lo mira con sorpresa, saludándolo con la mano cuando pasa cerca de ella; los Slytherin mayores le indican un asiento vacío. Los usuales aplausos con que cada mesa recibe a sus nuevos miembros están ausentes, como si después de tanto rato hubiesen esperado algo diferente.

Las profesoras McGonagall y Sprout se miran con sorpresa. Luego, la Directora Adjunta vuelve su mirada al resto de los niños de primero, a los que comienza a llamar de nuevo.

La selección debe continuar.


Notas del Autor:

Con esto quedo al día para el mes de junio de 2017... en julio.

Caro: Gracias, y si, tienes razón; ahora que los veo bien, también me agrada como ese trio se ven juntos.