De nuevo como el día anterior, Naminé se levantó y descubrió que Riku no estaba allí. Se desperezó y se levantó, encontrando de nuevo una nota en la misma página donde había encontrado la primera:
"Estoy en Vergel Radiante, volveré al atardecer".
Siempre volvía al atardecer, sin embargo no sabía a qué hora se marchaba, y a juzgar por la posición del sol, bastante temprano. Se frotó los ojos y tomó sus cosas, dispuesta a marcharse de nuevo aquel día, justo cuando vio una cabellera rojiza desde la ventana.
Mientras tanto, en un mundo diferente al que se encontraba Naminé, Riku caminaba hacia el gran castillo de Vergel Radiante dispuesto a hablar con Ansem el Sabio y su aprendiz, Ienzo. Quería saber si podían contactar con Sora a través del Gummífono o quizá había alguna manera de rastrearlo de alguna manera, ya que simplemente con pensar y usar la Llave Espada no parecía surtir efecto.
Sin embargo, sus posibles pistas lo derivaron de nuevo al mismo sitio donde estaba. Así que con las manos vacías y ligeramente decepcionado volvió a las Islas, pasando primero por su casa donde habló con sus padres y cogió algo de comida. Sopesó la idea de volver a su casa, sin embargo no quería dejar a Naminé sola, y sabía que ella no tenía ningún sitio donde quedarse, aunque quizá ya era hora de buscar algún sitio cuando…
Cortó sus pensamientos cuando la descubrió sentada sobre el puente de madera con el cuaderno entre sus piernas, disfrutando del atardecer. Él subió en cuanto la vio y se colocó a su lado, dejando a un lado lo que había traído.
- ¿Qué tal? – preguntó la joven sin levantar la mirada del cuaderno.
- Todavía nada – respondió el chico, dejando caer sus hombros hacia atrás, apoyándose sobre sus manos, desviando su mirada del atardecer hasta el dibujo de la chica. En él salía Kairi junto a Sora encima de una palmera inclinada, ambos compartiendo un paopu. La chica intentaba captar los colores del atardecer tras sus figuras, pero parecía resistirle el contraste de rojos con amarillos.
Sonrió de forma triste, recordando aquel momento, hasta que Naminé le acercó el cuaderno, con otra hoja totalmente diferente a la anterior. En ella estaba él sentado en la playa, justo como había hecho el día que habló con su réplica o con Naminé, y luego la miró a ella, con una ceja ligeramente arqueada.
- Veo que me recuerdas bien – bromeó el chico, y aunque ella pareció tensarse durante unos segundos, pronto pasó la página, enseñando una imagen de Lea, Isa, Roxas, Xion, Hayner, Pence y Olette encima de la Torre del Reloj en Villa Crepúsculo. – Parecen como fotografías – dijo Riku, acercándose más para mirar los dibujos. – Yo también puedo hacer fotos con el Gummífono, pero la verdad es que lo he usado poco.
- ¿Ah sí? – preguntó, curiosa. Él asintió. - ¿Puedo verlo?
- Toma – sacó de su bolsillo el teléfono y se lo dejó, y pronto ella curioseó todas las funciones que ofrecía, hasta que dio con la cámara. Se levantó y se alejó bajo la atenta mirada de Riku, hasta que se dio la vuelta con la pantalla muy cerca de los ojos.
- ¿Le tengo que dar al botón del centro? – preguntó. Riku reprimió una risa, la verdad es que le recordaba a él la primera vez que le dejaron el Gummífono. – Ven, mira, podemos hacernos una foto juntos – informó, y ella volvió a su posición y se sentó cerca de él. – Quédate quieta y sonríe.
El chico pasó una mano por los hombros de Naminé y la acercó a él, también sonriendo. Levantó el Gummífono y con un clic, ambos quedaron retratados. Ella se agarró a su camiseta y se acercó para ver la foto, sin embargo él notó la cercanía de la chica y por un momento no supo reaccionar, haciendo que el teléfono cayese al vacío. La rubia actuó lo más rápido que pudo, lanzándose detrás del aparato para intentar evitar la caída, y en una fracción de segundo Riku se lanzó tras ella, agarrándola por la mano y girándola en el último momento para que no recibiese el impacto.
- ¡Riku! – exclamó. - ¿Estás bien?
- E-espera… - murmuró, recobrando el aliento. Tenía a la chica entre sus brazos, agarrada fuertemente mientras dejaba que el dolor se alejase de su espalda, pero todavía perduraba. Su respiración era superficial, y ella, quieta, parecía que ni si quiera quería respirar para no molestarle.
Fue cuando sintió que el agarre se aflojaba que la chica levantó el rostro, buscando la mirada verdosa del chico, que la miraba de vuelta.
- Lo-lo siento, no quería que se rompiese… - murmuró, levantando la mano para que viera que el Gummífono estaba en perfecto estado.
- No te preocupes – murmuró él, recobrando el aliento poco a poco. – Ha sido mi culpa, se me había resbalado – antes de que pudiera replicar, él acarició su cabeza con cariño, y luego se incorporó lentamente. - ¿A ver? – pidió sobre la foto, y ella asintió.
Acercó el aparato a Riku y a éste se le formó una sonrisilla en el rostro.
- Creo que ya tengo foto favorita – musitó, tomando el teléfono y guardándolo de vuelta. Ella apartó la mirada, ligeramente avergonzada.
Sin embargo pronto se alejó del chico, dejándole levantarse al menos hasta quedar sentado. Naminé se excusó y fue a buscar su cuaderno, poniendo en orden sus pensamientos, hasta que una vez encima visualizó a Riku mirándola fijamente desde la arena, en la misma posición en la que lo había dejado. Tomó su cuaderno y lo miró desde arriba, sentándose de nuevo sobre la madera. Él se levantó y levantó las manos hacia la chica.
- Salta – pidió.
- ¿Quién ha dicho que quiera bajar? – preguntó ella, sonriendo ligeramente. Él sonrió de vuelta con una mirada juguetona.
- ¿Y si te lo pido por favor? – preguntó, y ella amplió su sonrisa.
- ¿Dónde está el caballero que vino a buscarme cuando desperté?
Riku rio, y poniéndose de rodillas, volvió a pedir:
- Sería tan amable mi princesa de dejarse caer sobre mis brazos, ¿por favor? – pidió con voz teatral, y Naminé, como si se lo pensase, puso un dedo sobre sus labios, desviando la mirada primero hacia arriba, luego hacia un lado, hasta que se impulsó sobre sus manos y se lanzó, siendo recogida por el peliplateado. – Bien, ahora vamos a comer nuestras perdices.
- ¿Y el final feliz? – bromeó la chica, sujetándose a su cuello, él la levantó y comenzó a andar hacia la pequeña casa dentro del árbol.
- No sé si mi final será feliz – añadió él, mirando hacia delante. Ella frunció el ceño.
- ¿Por qué? – preguntó Naminé.
- Porque yo no merezco un final feliz – al menos no hasta que Sora reciba el suyo¸ añadió en su propia mente, pero no quiso mencionarlo. Sin embargo la rubia parecía haberlo supuesto por su rostro, borrando su sonrisa hasta quedar solo un amago triste.
- Todos os merecéis un final feliz – argumentó, dejando caer su mano hasta el pecho del chico, acariciándolo lentamente. – Os lo habéis ganado.
Él negó, luego frunció el ceño.
- ¿Cómo que os? ¿Y tú? – preguntó, mirándola directamente. Naminé evadió su mirada.
- Yo solo molesté a Sora e hice que durmiese por un año entero, hice que perdieseis todos los recuerdos sobre él y ahora… Ahora todos sois demasiado buenos conmigo, y yo no me lo merezco, nunca lo he merecido.
Riku la dejó en el suelo cuando llegaron a las escaleras, sin embargo ninguno subió. Riku miraba a Naminé como si no la hubiera visto hasta ese momento: cabizbaja, con su cuaderno abrazado al pecho, con su vestido blanco que la hacía parecer un pequeño ángel y su culpabilidad.
- Naminé – llamó el chico, y ella levantó la mirada. Sabía que estaba triste, pero nunca la había visto desmoronarse, pese a todo el maltrato de Ansem cuando negaba la posibilidad de que ella fuese alguien, cuando Marluxia la tomó como peón para hacer a Sora una marioneta, pese a que él tenía órdenes de matarla y ella misma lo sabía. - ¿Recuerdas cuando querías ser como Kairi para Sora? – preguntó, y Naminé simplemente asintió, rememorando las memorias que tenía del Castillo del Olvido. – Yo siempre he querido ser como Sora – admitió, dejando viajar su vista hacia las estrellas que ya se veían en el cielo, pues el atardecer había acabado hacía ya un tiempo. – Pero yo no quiero ser Sora para ti, ni yo quiero que tú seas Kairi para mí, quiero que seamos Riku y Naminé, y ambos nos merecemos dejar de sentirnos culpables por nuestro pasado.
- Tú ya te redimiste – murmuró la chica, él sonrió ligeramente y luego volvió a acariciar su cabello claro, acercándose a la chica.
- Y tú – contestó, ella lo miró. – Me ayudaste, a mí, a Sora, a Mickey, avisaste a la armadura de Terra para que fuese a ayudarnos, y todo sin estar presente… Ahora que estás aquí todo es mucho mejor, y sinceramente, no me sentiría bien si volvieses a irte – admitió, tomando un mechón que caía libre cerca de su mejilla. – Contigo no me siento tan solo – lo colocó tras su oreja, y ella, bajando su mirada, dejó caer su cuaderno nuevo y se lanzó al pecho de Riku, abrazándolo con fuerza, como si hubiera deseado hacerlo desde el primer día.
Ninguno de los dos añadió nada, y estuvieron así, abrazados, hasta que lograron darse cuenta de que lo que surgía entre ellos era algo más que una amistad, y surgió miedo, surgieron dudas, pero también se sintieron queridos, y aquello era lo que a veces necesitaban sus corazones, aunque uno fuese primerizo y el otro sintiese demasiada culpa en su interior.
Naminé se alejó de él minutos después, buscando su cuaderno y apartándose de forma nerviosa los mechones que impedían que viera bien. Él la observó en silencio, y sin añadir nada más, ambos subieron arriba, decididos a dar por finalizado el día.
