Dos días pasaron similares a los anteriores. Riku desaparecía sobre el alba y volvía al atardecer, y ella iba a visitar a Kairi y dibujaba. Cuando estaba con él hablaba, pero no habían vuelto a tener ningún tipo de acercamiento. Naminé intuyó que era porque el chico temía al sentimiento que empezaba a sentir en su interior, y ella no quería ser una molestia para él, así que simplemente dibujaba, en silencio, hasta que una de las noches se desveló a medianoche y no encontró a Riku allí. Tanteó con la mano hasta que, tras frotarse los ojos, miró por la ventana, buscándole en la penumbra de la noche.
Al no encontrarlo por ninguna parte, se calzó y bajó a la zona de la playa, encontrándolo con los pies descalzos en la orilla. Se acercó a él y Riku, al sentirla, se dio la vuelta, revolviéndose el cabello.
- Pensaba que dormías – alegó, inocente.
- Me he desvelado – confesó. – Y tu no estabas, ¿estás bien? Normalmente te vas más tarde.
Riku caminó por la playa hasta quedar frente a ella.
- No podía dormir – dijo, encogiéndose de hombros.
- ¿Por qué? – preguntó la rubia, dando un paso hacia delante.
- Porque tengo demasiadas cosas en la cabeza.
- Cuéntame qué te ocurre.
Riku suspiró.
- Al principio pensaba que estaba simplemente confuso por culpa de mi otro yo, pero poco a poco me doy cuenta de que no es así, y creo que no puedo evitarlo – explicó, inclinándose hacia la chica. – Me gusta sentirme así, y por eso no quiero sentirlo, porque no lo merezco, Naminé, mi tarea ahora mismo es encontrar a Sora y no enamorarme.
Naminé sonrió, subiendo la mirada para encontrarse con la del chico, quien acababa de confesar lo que ambos creían saber desde hacía días. Riku quiso seguir, pero ella posó su dedo índice derecho sobre sus labios, haciéndole callar.
- Riku, sé que Sora, esté donde esté, quiere que tú seas feliz – murmuró muy cerca de él, transmitiéndole su ánimo. – Tú mereces serlo.
- No puedo serlo si él no está aquí – replicó, dejando caer sus hombros. – Se merece más que nadie poder estar aquí, disfrutar de la victoria, y sin embargo está perdido, y necesitamos encontrarle.
Naminé levantó las manos y las posó en las mejillas de Riku, cerró los ojos y lo acercó a ella, posando su frente en la de él.
- Lo encontraréis.
No iba a continuar replicando porque sabía, que en el fondo, ellos darían con la manera de encontrarlo, igual que él había hecho con sus amigos: no desistir nunca. Y Naminé le daba fuerzas para continuar creyendo que aquello era cierto, porque tenía que creer, tal y como Sora haría.
Naminé se separó de él y le dedicó una de sus mejores sonrisas, tomando su mano y tirando de él. Volvieron a la cama hasta que el chico se marchase, pero Riku no pudo dormir más aquella noche, aunque la dedicó de la mejor manera posible: acariciando el liso cabello de su rubia acompañante, quien había acabado acurrucada cerca de él, con una mano sujetando su camiseta fuertemente.
Naminé no lo vio al despertar, aunque la nota que había dejado la animó para continuar con su día como los anteriores. Estaba sola la mayoría del tiempo, pero ya no se sentía sola como antes, así que simplemente se dedicaba a aprovechar su pequeña libertad. Ese día, sin embargo, tras visitar a Kairi y dibujar durante un rato, terminando por comenzar a empapelar aquel lugar con sus dibujos; decidió dormir un poco hasta que llegase la hora del atardecer, donde volvería a ver a Riku.
La imagen en su cabeza hizo que sintiese impaciencia por volver a verlo, aunque logró poder dormir unas horas donde pesadillas envueltas por una oscuridad densa la amenazaban con succionarla, sintiéndose asfixiada, incapaz de escapar, acabando presa de nuevo. Se levantó tomando una gran bocanada de aire, notando que ya caía la noche sobre las islas, pasado ya el atardecer.
- ¿Riku? – preguntó al aire, pero no obtuvo respuesta.
Salió corriendo del lugar cuando lo descubrió vacío y se acercó corriendo a la playa, donde la silueta del joven se veía gracias a la luz nocturna de la luna. No tardó en lanzarse sobre él, todavía con la pesadilla reciente, buscando su contacto, y él cayó contra la arena, sujetándola con fuerza con su rostro lleno de confusión.
- ¿Naminé? ¿Qué pasa?
- ¡R-Riku! – exclamó, sujetando fuertemente su camiseta. – He tenido una pesadilla…
El peliplateado se incorporó lo suficiente para que ella también lo hiciese y ambos quedasen sentados sobre la arena, aunque Naminé seguía cerca de él, con el pulso acelerado, sujetándose fuertemente a su camiseta, arrodillada frente a él. Riku no pudo verla más hermosa, bajo la luz de la luna, con los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas y su blanca mano aferrada a él.
Llevó una de sus manos a la mejilla de la chica y la acarició con cariño, transmitiéndole seguridad, y luego sonrió, mirándola directamente a los ojos.
- No ha pasado nada, estás bien – afirmó, a la par que seguía acariciándola, y ella comenzó a sonreír de forma tímida, dejándose acariciar, deshaciendo el agarre que ejercía sobre su ropa, arrugándola, mirándole directamente a los ojos, memorizando cada detalle de su rostro.
Hasta que su mano paró, y él se quedó paralizado. Ahí estaba de nuevo aquello que intentaba evitar, pero era tan placentero que su mente se nublaba al verla. Solo le bastaba inclinar más su rostro sobre el de ella y…
- No lo pienses dos veces – musitó la chica, sin moverse, esperándolo al igual que él.
Y Riku bajó su rostro, deslizando su mano hasta llegar a la nuca de la chica acercándola a él, cerrando los ojos en el proceso hasta rozar los labios entreabiertos de Naminé, quien no se resistió, cerrando los ojos con él, disfrutando el anhelado roce que ambos estaban compartiendo en aquel momento. Lo habían querido, deseado y ahora lo compartían. Riku rodeó su cintura con su mano libre, y ella echó las manos a su cuello, profundizando el contacto, bebiéndose hasta saciar aquella extraña sed que había nacido de entre ambos.
Fue él quien cortó el contacto tal y como lo había iniciado, separándose de ella unos segundos para contemplarla, para debatir en su interior si aquello era lo que podía hacer, lo que merecía tener. Quiso odiarse a sí mismo por no poder controlarse, sin embargo la segunda vez que se unieron fue ella la que cortó el espacio que los separaba para volver a unirse, profundizando el contacto.
Era una sensación extraña, nueva, que les hacía desear más a cada segundo, hasta que al final ambos necesitaron aire y por esa razón se separaron, mirándose directamente a los ojos. Naminé sonrió, apoyando su frente en la de él, y Riku poco a poco también fue curvando sus labios hasta que al final sonrió con ella, dejando caer sus manos hasta encontrar las suyas, envolviéndolas.
