LIBRO 1
CAPÍTULO 6: SER UN SLYTHERIN.
La selección de los alumnos nuevos para sus respectivas casas había ya terminado.
Para Neville, sólo dos cosas habían tenido interés más allá de lo ocurrido con Hermione y consigo mismo. La primera era que Draco, conforme lo había aseverado, había quedado en su misma casa (a cuya mesa se arrimó luego de pasar escasos segundos con el sombrero, con los brazos en alto en son de triunfo y provocando, de esta manera, aplausos furiosos de parte de sus nuevos compañeros de casa). La segunda fue el que, para desgracia de su amiga, tanto Harry Potter como Ronald Weasley eran compañeros de casa suyos.
La ceremonia de inicio de año continuó con el discurso de bienvenida del Director del Colegio, Albus Dumbledore, palabras acompañadas de lo que parecían ser advertencias usuales sobre el cómo debían comportarse todos. La entonación del himno del colegio fue algo fuera de lo que Neville estaba habituado; no era sólo por su muy extraña letra, sino por la permisividad que notó en cuanto al como entonarlo -incluida el extraño remate de los gemelos hermanos de Ron-.
Después vino la cena, el momento para relajarse. Al fin.
Draco había quedado sentado a varios puestos de distancia, y se veía demasiado distraído con otros niños como para querer interrumpirlo, por lo cual Neville se dedicó a escuchar las conversaciones de aquellos que estaban alrededor suyo.
Lo primero que notó fueron los comentarios respecto al profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, uno de los cursos obligatorios durante toda la primera etapa educativa. Extrañamente no era uno sólo el encargado de impartir la clase, sino dos: el principal era el mismo profesor que se había topado en el tren, de aspecto relajado y corbata, bastante delgado, pelo corto y varias marcas en su rostro, que aunque a él no le habían incomodado al verlo (el auror compañero de su padre, Alastor Moody, eran un compendio de cicatrices y marcas corporales) causaba bastante revuelo entre los alumnos nuevos. Intrigado, Neville le consultó al muchacho más cercano a él, tal vez dos años mayor, porqué tanto alboroto, a lo que éste le contestó: "¿Acaso no lo sabes? Ese es el profesor Lupin, y es un hombre lobo".
Ahora tenía sentido todo ese alboroto.
Si bien el chico sabía que la condición de los licántropos había mejorado mucho en los últimos años (con las leyes de tolerancia e integración dictadas por el Ministerio a favor de éstos y otros grupos semi-humanos y el trabajo del mismo Albus Dumbledore para lograr su aceptación en la comunidad mágica), era impresionante que hubiese uno de ellos dentro del mismo colegio. Según pudo escuchar, el profesor Remus Lupin ya llevaba cuatro años en el cargo y (según lo que oía decirse en la mesa de Griffindor, la más cercana de las mesas vecinas) era el mejor profesor que tuvo dicha asignatura en años, y el único que había logrado conservar el puesto más de un año seguido.
Y para asistirlo se había re-contratado al profesor Quirrell, quien ocupaba en asiento a la derecha del profesor Lupin.
Quirinus Quirrell, un adulto de ojos azules y cabeza calva, que anteriormente había enseñado la asignatura de Estudios Muggles y cansado de la pedagogía había viajado alrededor del mundo un par de años, regresando recién el año pasado. Cuando Dumbledore supo de su regreso, lo buscó para ofrecerle aquel trabajo de medio tiempo, en el cual sus talentos serían usados para cubrir al profesor Lupin en sus "días problemáticos" y así no perjudicar a los estudiantes con esas clases perdidas. Aparentemente ambos profesores se llevaban bastante bien: tenían edades parecidas y cierta inclinación por lo intelectual, y el arreglo de las clases beneficiaba a ambos educadores.
El resto de los profesores no ofrecía mayores sorpresas: identificaba a las profesoras McGonagall y Sprout (viejas amigas de su abuela), así como al profesor obeso y pretencioso del tren, quien resultaba ser el jefe de su nueva casa (y cuya invitación había rechazado ese mismo día). Y claro, el enorme gigante barbudo que los había guiado al castillo.
Por lo que oía, realmente el único sujeto de cuidado era ese señor de aspecto gruñón que resultaba ser el conserje (del cual escuchaba horrendas cosas alrededor suyo, tanto de aquél como de su extraña gata).
Cuando finalmente el banquete de recepción se dio por finalizado, Neville aprovechó que Hermione pasó cerca de él en su camino a su cuarto común para decirle en voz alta: "Recuerda lo que hablamos, y si tienes algún problema ya sabes donde encontrarme". Harry y Ron, que se encontraban apenas unos pasos detrás de la chica, oyeron las palabras del muchacho Longbottom claramente; era evidente que ese mensaje había sido para ambos más que para ella.
Cuando los cuatro grupos de estudiantes se separaron, cada uno en dirección a su sala común, Neville se entretuvo viendo los cuadros que rodeaban el pasillo en dirección a donde suponía se encontraba su sala común y las habitaciones de su casa (no es que fuese ajeno a los cuadros en movimiento, usuales en toda residencia mágica, pero el número de los presentes en Hogwarts era mayor a todo lo que alguna vez vio), hasta que notó como los retratados dejaban de mirar a los alumnos y dirigían sus ojos a lo que flotaba sobre ellos: el Barón Sanguinario, el fantasma de Slytherin, de rostro sombrío, siempre silente (aunque algunos de los alumnos mayores les comentaban a los nuevos que en realidad el Barón, al igual que los demás fantasmas del colegio, tenía la capacidad de hablar, pero que los que lo oían terminaban locos). Recordaba lo que le había dicho su padrino sobre el fantasma de Slytherin, el único que podía controlar a la plaga del colegio, un ser capaz de causar pavor aún después de muerto, un digno miembro de su casa (a pesar de su demacrado aspecto).
Mientras comenzaban a bajar unas complicadas escaleras, que daban la impresión de introducirlos a unas catacumbas lúgubres y oscuras, Neville sintió como una mano le tomaba del hombro: una extraña aparición flotante le sonreía, de forma humana, pero pequeño; parecía un fantasma, pero era mucho más "sólido": Peeves, el poltergeist del castillo, ruidoso y bromista consumado. El verlo allí, atajando a uno de los alumnos, provocó que el Barón se acercara al pequeño; no le dijo nada, sólo hizo un pequeño sonido metálico, ante al cual la pequeña aparición retrocedió, para luego dirigirse al fantasma con voz reverente: "siento mucho mi atrevimiento, excelencia, pero el Director necesita al muchacho, y como escuché su solicitud quise ser útil". Detrás de la aparición, bajando las escaleras con mucho esfuerzo, llegó el jefe de la Casa Slytherin, el profesor Slughorn, quien agitado le dijo a Peeves: "es a mí a quien envió Albus a por el chico, nadie ha pedido tu intervención; seguramente querías aprovechar y llevártelo a algún lugar peligroso"; el pequeño, fingiéndose ofendido, le respondió, sacándole luego la lengua al profesor: "el viejo sólo pidió que le llevaran al mocoso Longbottom; tan sólo iba a darle un paseo por el colegio, vieja morsa, que probablemente termine expulsado y pensé que sería penoso que se fuera sin conocer las bellezas del lugar, en especial el hermoso sauce boxeador, tal vez probar un uno-dos con él, irse con algo que contar..."
Slughorn simplemente ignoró el gesto grosero y le hizo señas al muchacho para que le siguiera, mientras el grupo de alumnos Slytherin se había frenado en las escaleras, observando el espectáculo. Draco, un par de metros adelante de Neville, tan sólo sonrió: si te llamaban ante el director nada más entrar te asegurabas una reputación en el colegio; dudaba que lo que fuera que hubiese hecho fuese algo grave (era imposible que se hubiese metido en problemas en los pocos ratos que pasó lejos suyo) y cuando volviera podrían decir cualquier cosa que les sirviera para impresionar a sus nuevos compañeros. Lo único que no permitiría era que el chico se codeara con sus amigos habituales: esos idiotas sólo echarían a perder la imagen que quería proyectar tanto con Neville como con Hermione, y debía cuidarlos si quería que permanecieran alrededor suyo.
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Neville, mientras caminaba detrás del jefe de su Casa, trataba de pensar el motivo para llamarlo. Por un momento pensó que tal vez algo había pasado en su hogar, pero lo descartó al recordar las palabras de Peeves, quien había entendido que era un problema en que él se había metido y que ameritaba la expulsión. Tal vez lo último fuera una exageración del incorpóreo bromista, pero no podría haberse equivocado tanto.
O sea, el problema, fuese cual fuese, era real.
El profesor Slughorn lo dejó, luego de largos minutos de caminata, junto a una horrenda gárgola de piedra. Al no conocer la disposición del castillo, el chico no sabía realmente donde se podían encontrar, y sólo pudo notar que todo ese pasillo parecían ser oficinas, aunque ninguna puerta tenía alguna indicación. Antes de dejarlo, el profesor de pociones le dijo que no se preocupara, y que se alegraba que hubiese terminado en su Casa (lo que nunca hubiese esperado sabiendo quienes eran sus padres y lo que había oído del muchacho tanto de Dumbledore como de las profesoras Sprout y McGonagall).
Antes de irse, el profesor se dirigió a la gárgola, hablándole: "soda de limón".
La gárgola se apartó, dejando una puerta visible. Por lo visto, la forma de entrar era con una contraseña.
Inquieto, Neville cruzó el umbral, notando como la estatua de piedra volvía a su posición tras de él.
La vista de ese lugar era impresionante: entre las muchas velas y los objetos maravillosos que tapizaban cada rincón de ese amplio cuarto, junto con los muchos retratos que cubrían la parte más alta de la habitación; en uno de los costados, una gran jaula dorada, vacía.
En un segundo nivel, como si estuviese a lo alto, en una posición que junto a su gran estatura le daba una presencia imponente, le veía el Director del Colegio, Albus Dumbledore, quien sostenía en sus manos el sombrero seleccionador. Con lentitud el joven Longbottom se aproximo al anciano.
Cuando estuvo suficientemente cerca, Dumbledore se agachó un poco, a fin de mirarlo de más cerca. Sus ojos, refulgentes tras sus pequeñas gafas, le miraban fijamente, como si tratara de entrar en su cabeza. Recordaba esa mirada, la misma que muchas veces su padrino usó con él… legeremancia, y al igual que su padrino el Director podía usarla sin varita y sin emitir palabra.
Por alguna razón que desconocía el profesor Dumbledore no confiaba en él, y trataba de descubrir la verdad directamente.
Molesto por ello, el chico le habló: "Señor, si quiere saber algo puede preguntármelo directamente… lo que hace es grosero". Dumbledore, relajándose, le respondió: "Veo que realmente eres el ahijado de Severus… has cambiado mucho desde la última vez que te vi, Neville".
El percatarse que el chico sabía lo que había tratado de hacer tan subrepticiamente incomodó un poco al anciano, pero supo disimularlo a la perfección. Al menos el hecho de que el chico, aunque supiera lo que estaba haciendo, no tratara de cerrar su mente, dejando que él viera a su gusto, le tranquilizó un poco. Era claro que el niño creía que no tenía nada que ocultar.
El anciano de barba blanca le hizo subir, indicándole que se sentara en su escritorio, con él mismo ocupando su lugar, en su propio asiento, para luego colocar el ajado sombrero entre ambos:
- Disculpa mis precauciones, pero sucesos anteriores a tu propio nacimiento me han hecho ser más precavido…
- No entiendo que tiene que ver Voldemort con ésto.
- Me impresionas, muchacho. Has logrado que tu padrino te cuente muchas cosas.
- Me tomó mucho tiempo, pero tío Snape entendió que era natural que tratara de saber lo más posible del responsable de la ausencia de mi madre y de que mi vida esté atada a ésta cosa (dijo mientras señalaba su pecho, en donde apenas sobresalía el bulto que formaba el prendedor opalino). Según tío Snape el conocimiento es algo necesario.
- Ya veo… entonces entiendes mi reticencia.
- No completamente, señor.
- Dime Director o profesor, ahora eres alumno del colegio, aunque tu situación final debe todavía decidirse.
- No comprendo.
- Tu Casa. Es por eso que te encuentras aquí; el Sombrero Seleccionador ha hecho una acusación muy grave en tu contra.
- ¿Acaso esa cosa está molesta porque lo convencí de hacer lo correcto?
- No es lo que piensa. Y lamento decir que yo tampoco lo pienso. Pero me asaltan unas dudas, principalmente sobre el poder que usaste para doblegar su propia opinión… ese tipo de control sobre un objeto de tal poder mágico es imposible; a menos, claro, que se cuente con un poder aún mayor.
- Y sospecha…
- Del prendedor. Lo que no sería extraño, salvo por el hecho de que supuestamente no sirve para eso, sólo absorbe magia.
- Y destruye…
- Suenas frio, me recuerdas a alguien que prometía mucho en su tiempo. Pero tu actitud, esa frialdad no es normal, no habiendo crecido con una abuela tan amorosa a tu lado.
- Me disculpo, tiendo a usar esta careta cuando me veo amenazado… hoy mismo he debido hacerlo un par de veces.
- Si… tu encuentro con Harry Potter; el profesor Lupin los vio en la estación. Por un momento pensó que se irían a las manos.
- Fue grosero y tuve que ponerlo en su lugar.
- Eres tan parecido a Snape. Resulta claro que fue él quien formó tu carácter y no tu padre.
- No me gusta hablar de eso, profesor.
- Claro, comprendo, no deseo incomodarte. Como decía, el sombrero se ha quejado de que tú no posees cualidades para pertenecer a Slytherin, y que durante tu selección te dio a elegir entre otras dos casas, ninguna de las cuales quisiste considerar; sinceramente no imagino que Severus te haya convencido o siquiera puesto en tu cabeza que debías pertenecer a su misma Casa.
- No lo ha hecho, incluso creo que se molestará conmigo cuando le sepa.
- Lo que hace más extraña tu elección, si es verdad. Seguramente Augusta se decepcione también cuando sepa que no haz quedado en Griffindor. Todo eso hace que me pregunte qué pretendes con una elección que seguramente molestará a las dos personas más importantes en tu vida, Neville.
- Algún día lo sabrá… pero no se preocupe, es algo bueno. No pretendo convertirme en un imitador de Tom Ridley, si es lo que le preocupa, profesor. Ahora, por favor, dígame: ¿estoy en algún problema por interferir en la selección?
- No en realidad. Aunque diferente a la usual, siempre se ha pretendido durante la selección el tomar en cuenta las opiniones de los propios alumnos; el Sombrero no es infalible, aunque a él le guste pensar lo contrario. Además, no existe regla alguna que prohíba hacer lo que has hecho… aunque creo que es porque que nunca nadie pensó que un alumno de primero podría usar magia para hacerle cambiar de opinión.
- No precisamente magia… lo que hice fue canalizar mi deseo a través del amuleto. En realidad no comprendo como funciona, supongo que lo que hizo el prendedor fue debilitar la magia del sombrero, lo suficiente para que considerara mi deseo, pero nunca pretendí lastimarlo.
Neville, dirigiéndose al sombrero, le dijo: "siento mucho si lo lastimé de alguna manera, señor, pero nunca fue mi propósito: usted simplemente no quiso escucharme". El Sombrero Seleccionador, reaccionando, le responde con voz gruñona: "un mocoso como tú no podría lastimarme aunque lo intentara, e insisto en mi conclusión previa: no tienes nada que hacer en Slytherin, muchacho; te iría mucho mejor en Griffindor o Hufflepuff".
Viendo que aquello estaba medio aclarado, el chico le preguntó al director si podía ir a su sala común, considerando la hora que era. Dumbledore, sin estar todavía muy seguro, le dejó partir con una advertencia: "Te sugiero, Neville, que no trates de usar ese amuleto en alguno de tus nuevos profesores o compañeros, aún cuando creas que sea para algo bueno. No sabemos lo que puede hacer y sería penoso el que tuvieses que ser expulsado por un error o un descuido".
Neville, no muy convencido, asintió a las palabras del Director, pero se retiró sin despedirse. Seguramente cualquiera que hubiese visto la escena habría determinado que el niño había sido grosero al partir así, pero él consideraba que era lo apropiado, después de como el profesor Dumbledore se había comportado con él.
Porque si algo era claro para Neville era el hecho de que Albus Dumbledore desconfiaba de él. Lo que era particularmente malo, tratándose de alguien que, en palabras de su propio padrino, tenía el gran defecto de confiar demasiado en todo el mundo.
Mientras veía al chico partir, Albus tomó el Sombrero Seleccionador, a fin de colocarlo en un estante alto, mientras se decía en voz alta: "realmente se nota tu mano en ese chico, Severus. Lástima que eso no sea algo que hable precisamente bien del mismo".
Porque para Albus Dumbledore tal impronta en el muchacho no podía ser buena. Y es que una cosa es la opinión que tenía de la persona de Severus Snape, y otra muy distinta era aquella sobre sus inclinaciones, en particular sobre la admiración que todavía profesaba respecto del difunto Lord Voldemort. Era inevitable para el anciano sospechar que tal vez, y sólo tal vez, el antiguo mortífago algo había visto en aquél muchacho menudo. Algo sombrío, que él mismo no era capaz de detectar.
Y ya se había equivocado una vez con un muchacho huérfano de nombre Tom Ridley. No cometería ese error de nuevo.
Cuando finalmente llegó al final de la escalera descendente, la que se supone conducía a la entrada de la sala común de Slytherin, notó como lo único visible era la figura de una puerta, sin manilla ni forma de abrirla.
Por lo visto, se necesitaba una clave secreta para poder entrar, de la misma forma en que había sido necesaria para ingresar a la oficina del profesor Dumbledore. Y él no la sabía. Ni siquiera sabía a donde debería decirla o introducirla, para el caso que intentara adivinar. Pensó que quizás alguno de los cuadros podría darle una mano, pero extrañamente los pocos que se veían colgados cerca estaban desocupados.
Neville no pudo evitar pensar que quizás ese preciso lugar del castillo era demasiado tenebroso como para que los ocupantes de las pinturas quisiesen pasar la noche allí. Se rió para si mismo con esa tonta idea: realmente no importaba.
Cuando se ha estado frente al Señor Tenebroso y a una mantícora ya no quedan cosas en el mundo que puedan provocarte miedo.
Tal vez un dementor, pero para eso tenía su patronus.
Viéndose en dicha situación, se sentó a esperar al pie de la escalera. Seguramente alguien, en algún momento de la noche, pasaría fuera por allí o saldría de la sala común, y le daría una mano con su predicamento.
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Cuando ya habían pasado al menos veinte minutos de silenciosa y solitaria espera (lo que no sabía con certeza, no tenía un reloj en el cual verificar ese detalle), se puso a pensar en todo lo que le había acontecido ese día, con lo de la selección y ese incómodo llamado de atención del Director del colegio.
Recordaba lo que su padrino le había dicho sobre el sistema de casas y su conclusión respecto del mismo: lo detestaba.
Las veces que habían conversado sobre esa forma de clasificar a los alumnos tío Snape le había recalcado que no era más que un resabio de una época extinta, de tiempos mucha más primitivos. Criticaba el doble estándar de los diferentes directores de la escuela, quienes a pesar de insistir en la integración de todos los magos y brujas, sin distinciones, insistían en mantener aquella "tradición" que no hacía más que separar a los estudiantes como si fuesen fruta, poniéndolos unos contra otros. Al menos, decía, los de Slytherin eran lo suficientemente honestos como para evidenciar sus ideas sobre el hacer distinciones entre los diferentes tipos de magos, lo que los integrantes de todas las otras casas ocultaban.
Es que era sólo cosa de verlo: hasta antes de la selección, todos se trataban como iguales; luego de ella, los Griffindor, Ravenclaw, Hufflepuff y Slytherin se odiaban a muerte, sin mayor razón que el dictamen de un viejo sombrero sobre el lugar a donde pertenecías. Determinismo puro, y todos lo aceptaban sin chistar. Y no terminaba en el colegio; los padres terminaban orgullosos de sus casas y le pasaban esas preferencias a sus hijos, llenándose de orgullo si éstos seguían su misma fortuna o despreciándolos si terminaban ocupando una casa que alguna vez ellos odiaron sin tener un motivo real para aquello.
Ahora había podido experimentar lo que tanto criticaba su padrino de primera mano. La reacción del director del colegio porque quisiera optar por una casa en vez de otra, algo que no debería tener mayor importancia, prácticamente lo había marcado ante los ojos de Albus Dumbledore como candidato a próximo mago tenebroso.
Precisamente a él, una víctima del más terrible de ellos.
Sus divagaciones terminaron cuando una pareja de alumnos mayores, dos de los prefectos de Slytherin, lo encontraron durante su patrullaje, sentado y con la espalda apoyada en la entrada de la casa.
Al final resultaba que sí tenía razón, y la entrada sólo aparecía con una contraseña (algo que parecía demasiado común en el castillo). Como si quisieran reforzar el prejuicio que todos los demás tenían con los miembros de la casa de la serpiente y su desprecio por quienes consideraban inferiores, la contraseña era una singular frase: "Sangre Limpia".
Nunca lo reconocería abiertamente, pero en ese momento agradeció que sus padres y abuelos fuesen magos. No habría soportado siete años de fingir ser quien no era por temor a no encajar entre sus compañeros de Slytherin, su nueva familia (como había indicado tan ostensiblemente la Directora Adjunta en sus palabras previas a la selección).
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Ya era medianoche, y como si todo el ajetreo del viaje hasta el colegio hubiese dejado a todos rendidos, Neville se encontró con que todos sus compañeros estaban en sus respectivos dormitorios.
El chico se quedó contemplando unos instantes la majestuosidad de la sala común de Slytherin, en donde los reflejos verdes y plateados de las profundidades del lago, que se veía tras los ventanales que adornaban una parte del techo del salón, fulguraban en medio de los ostentosos candelabros, tétricos adornos y ornamentados muebles que adornaban aquél espacio. En una de las paredes unos enormes libreros, cuyos empapelados ocupantes parecían no haber sido tocados en décadas, como si su función no fuese más que ser un adorno del lugar.
En una mesita de centro, rodeada de varias sillas señoriales, vio un papel, escrito en fina caligrafía, con un mensaje para él: "Tercer cuarto superior, a la derecha. Te guardé la cama debajo de la mía. Avísame apenas llegues, no quiero enterarme de todo durante la mañana. Draco".
Cuando el joven Longbottom llegó a su dormitorio, pudo percatarse que era una pieza de cuatro literas, un espacio suficiente para ubicar a ocho de ellos. Con lo que recordaba de la selección, significaba que los varones de primer año estaban acomodados en dos de esas piezas.
Realmente no había ninguna privacidad. Eso era algo que dificultaría en parte sus planes, pero ya vería la forma de hacerse de un espacio personal; recién comenzaba su estadía en Hogwarts y debería ser paciente si quería que todo resultara.
No necesitó despertar a su rubio compañero: Draco estaba todavía despierto. Sin preocuparse si sus demás compañeros de habitación escuchaban, el chico Malfoy dejó que su nuevo amigo llegara a su cama para preguntar, en medio de la oscuridad:
- ¿Qué quería el Director?
- Nada, sólo preguntarme el cómo había hechizado al Sombrero Seleccionador.
- ¿En serio hiciste eso? Ya veo porqué tardaste tanto en tu selección.
- No. Sólo que tuve que esforzarme por convencerlo. Me quería mandar a Hufflepuff.
- ¡Aja! Entiendo perfectamente eso. A mi me daría vergüenza el haber acabado con esos tontos; Hufflepuff es la casa donde quedan los que no destacan en nada.
- Te recuerdo que suponías que yo terminaría allí.
- Si, pero recuerda lo que te dije: todavía estas a prueba para mi.
- Gracias por ese voto de confianza, amigo mío.
- De nada... Y bien, ¿qué sucedió al final?
- El profesor Dumbledore me amenazó con expulsarme si no me iba con cuidado. Creo que piensa que soy peligroso.
Unos suspiros de sorpresa, junto a unos acallados "Guau", se escucharon entre los supuestamente dormidos otros ocupantes del dormitorio. Draco, si bien envidiaba a su nuevo amigo por lo que había logrado con apenas unas horas en el colegio, no dejaba de sentirse satisfecho por su buen ojo; seguramente para mañana en la mañana todos sabrían el tipo de sujeto que era Neville, y podría regodearse de su amistad.
Un poderoso aliado que seguramente haría mucho ruido durante su estancia en Hogwarts (si es que no le expulsaban, claro).
Malfoy continúo con sus palabras:
- Me alegro que no te expulsaran.
- Yo también. Ahora quiero dormir, Draco.
- Entiendo.
- Buenas noches.
- Espera, necesito avisarte para que tengas cuidado: los cuartos de la izquierda son de las niñas, y tenemos prohibido ir hacia allá.
- Lo sé, Malfoy.
- Déjame terminar: si llegas a ir allí por error, una armadura que se encuentra en el pasillo te tomará de la ropa y te dejará colgado de unos ganchos que hay en la pared.
- Gracias por el aviso. Aunque no creo que pueda equivocarme tanto como para terminar colándome allí.
- Pero podrías tener interés en ver como es todo, o simplemente ser idiota.
En eso, una voz surge en la litera más lejana: "¡Yo no soy ningún idiota!". Malfoy le responde al que ha interrumpido: "No, sólo eres un pervertido, Crabbe"; el aludido se defendió: "Tampoco soy eso, sólo tenía un poco de curiosidad, ¿acaso eso es tan raro?". Draco terminó la discusión con una sola frase: "Tienes apenas once años; toda esa curiosidad no es normal, tonto".
Risas contenidas se escuchan, mientras Neville se coloca como mejor puede su pijama, que ha sacado de su maleta que ha sido acomodada allí por quien sabe quien.
Antes de cerrar los ojos Neville tomó su recordadora, agitándola: ninguna reacción. Realmente no sabía qué haría el día en que esa cosa redonda se oscureciera y se viera en el problema de saber que había olvidado algo y no saber qué rayos podría ser.
Allí se dio cuenta que el tipo que inventó esa cosa no sabía realmente lo que hacía.
El primer día en el internado de Hogwarts era de asueto, a fin de que los recién llegados conocieran con total libertad el castillo y sus diferentes secciones.
Al despertar cada uno de los nuevos educandos descubrió, debajo de sus respectivas cabeceras, un pequeño mapa en que se detallaban las áreas más importantes del imponente edificio. Al reverso de los mismos, tenían inscritos sus horarios de clases, señalando cada una de ellas con un número que, reflejado en el mapa, les mostraba el lugar donde dichas clases se impartían.
Lo primero evidente era que los salones de clases estaban muy distanciados unos de otros. Lo segundo era que la mayor parte del castillo no estaba claramente identificado en sus mapas, como si grandes partes del mismo no tuviesen ninguna función en las labores educativas.
Ese inocente mapa, más que una guía, parecía querer invitar a los alumnos nuevos a descubrir los secretos que ocultaban esos salones, pasillos y mazmorras desconocidas.
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Neville se tomó su primera mañana con calma.
Luego de su aseo matinal y de vestir su uniforme reglamentario (de uso obligatorio todo el tiempo, salvo dentro de la sala común de su respectiva casa), se dirigió al salón comedor. Aunque día libre, los horarios de las comidas permanecían tal como en uno de clases, a fin de que los alumnos se acostumbraran desde el primer día a la rutina del colegio.
Al llegar a las largas mesas se percató de que, al igual que durante la ceremonia de recepción, cada casa se sentaba en una posición fija, sin que se mezclaran los de una casa con otra. Eso fue algo que le molestó terriblemente.
Decidió dar su primera muestra de rebeldía buscando a su amiga Hermione.
La chica estaba sola, con un espacio a cada lado de ella. Comía sin levantar la mirada a sus compañeros de casa.
A pesar de que se encontraba feliz de su asignación y había quedado muy contenta con todo lo que involucraba ser una Griffindor (en particular la peculiar guardiana de la entrada a la sala común), la acogida de sus nuevos compañeros no había sido la mejor. Aparentemente tanto Potter como el molesto Weasley tenían muchos contactos entre los demás Griffindor, por lo que bastó unas pocas palabras del pelirrojo chillón para que la viesen con desconfianza.
Y su tendencia natural a querer destacar no le ayudaba para nada. Al final, se había hecho evidente el desagrado con que la miraban sus compañeros varones (salvo por los gemelos, que por alguna razón extraña la veían con admiración, como si lo sucedido en el tren hubiese sido una gran hazaña -admiración que por amor a su hermano pequeño no manifestaron más allá-) y la indiferencia de sus compañeras mujeres.
Sinceramente no sabía cómo reaccionar. Siempre le había costado hacer amigos y parecía que en el colegio de magos no sería diferente.
De allí que se sorprendió cuando Neville se sentó a su derecha, tomando la taza junto a ella y sirviéndose leche chocolatada de una jarra cercana, al igual que un trozo de queque de almendras.
Viendo como el chico comía sin darse por enterado de las feas miradas de los demás Griffindor cerca, Hermione dedujo que debía hacerle entender su error:
- Er… Neville…
- Si, Hermi.
- ¿Disculpa? ¿Cómo me llamaste?
- Hermi. Lo siento, tu nombre se me hace demasiado complicado y pensé en una forma más tierna de llamarte. Ya sabes, como amigos.
- Gracias… creo… Aunque prefiero mi nombre. Por más que suene a tragedia griega.
- ¿Decías?
- Ah, sí. Tal vez no lo sepas, pero esta mesa es de los Griffindor.
El muchacho terminó el bocado que tenía en ese momento, para luego levantarse y ver con detenimiento la mesa, la silla, e incluso por debajo. Luego se volvió a sentar antes de responderle a la chica:
- Creo que te equivocas, no veo nada que indique que les pertenece. Creo que son del colegio; al menos el escudo de Hogwarts está en las sillas.
- No es por eso, se supone que las casas se sientan con sus respectivos compañeros.
- Disculpa, no sabía que el reglamento del colegio prohibía compartir con los miembros de las demás casas durante el desayuno.
- No lo dice el reglamento, es sólo… la forma en que siempre se ha hecho.
- ¿Siempre?
- Ya sabes, la costumbre. Al menos eso se explica en "Historia de Hogwarts".
- Pero nada me lo prohíbe, ¿verdad?
- Podría traerte problemas.
- ¿Como cuál? ¿Que me miren feo acaso? Mi propio padre me ha visto feo toda mi vida, dudo mucho que unos rostros arrugados extras puedan afectarme.
La chica se quedó muda, sorprendida por la sinceridad del muchacho. En eso, unos chicos mayores de la casa del león se aproximaron a donde estaba esa descarriada serpiente, tratando de echarlo. Neville los ignoró, hasta que uno de los prefectos de Griffindor se levantó de su puesto en la mesa y le ordenó dejar ese lugar, bajo la excusa de que su permanencia podía provocar una pelea, y si aquello sucedía le quitaría cinco puntos a su casa por provocarlos.
Molesto, el chico Longbottom se levantó, tomó una de las bandejas de pan y, vaciando su contenido en otras bandejas cercanas, seleccionó varias piezas de pastelería y un par de frutas, las que acomodó en el platón. Luego, tomó la mano de Hermione, invitándola a comer al jardín, donde seguramente disfrutarían de un ambiente más agradable.
La chica, que luego del vacío que le habían hecho sus compañeros de casa no tenía ningún motivo para permanecer allí, ignorada de todos, se soltó de su compañero y tomó tu tazón y el de su amigo, siguiéndolo.
Viendo que el prefecto trataba de impedir su partida, incómodo por la posición en que ese novato lo había dejado, Neville miró alrededor, pudiendo notar como en la mesa de maestros la profesora McGonagall tomaba su té, acompañada del profesor Lupin. Allí, viéndose bloqueado por los Griffindor, le gritó a la directora adjunta: "Profesora McGonagall; ¿podemos comer en el patio? Le prometo traer la vajilla antes de que la hora de desayuno termine". La aludida sólo le hizo un ademán, que podía interpretarse como un "ve rápido".
Así, autorizado por la mismísima jefa de la casa de sus agresores, Neville y Hermione salieron, dejando a todo mundo anonadado.
Draco, que recién llegaba al comedor (se tomaba mucho tiempo en arreglarse) pudo ver el final de toda la escena, y ni corto ni perezoso tomó para si un tazón de jugo y un par de panes con jamón, siguiendo a sus dos amigos a fin de compartir algo de su gloria.
Al llegar a la carrera junto a Neville, Malfoy le dijo: "¿Sabes que te estás haciendo de enemigos, verdad?". Neville le responde: "¿Acaso te molesta destacar?"; el rubio le contestó: "Para nada; todo esto es genial".
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La escena del desayuno, sumada a lo sucedido con la citación de Neville Longbottom a la oficina del director, causaron un muy extraño fenómeno.
Contrario a lo que se podía pensar, aquello fue lo que Hermione necesitaba para poder encajar entre sus compañeras. Es que verla codeándose con el galán de Draco (cuyo alcurnia, fortuna y talento eran conocidos en los círculos más elevados de magos, cuya familia y su cercanía eran buscados de todos -por más que hubiesen quienes a sus espaldas los atacaran por su supuesto pasado oscuro-) y con el nuevo rompe reglas y prospecto criminal que era Neville, del cual su aventura ante el director del colegio (difundida y muy tergiversada por Peeves en persona) le generó una fama que él consideraba inmerecida.
Y Hermione era la amiga de esos dos, alguien tan interesante como para que esos dos rompieran las reglas no escritas sobre no confraternizar con el enemigo con tal de mantenerse cerca suyo.
Al menos la chica tuvo algo positivo que contarle a sus padres en la primera carta que les envió, ese mismo día.
Mientras Hermione escribía, usando una de las mesitas del cuarto adjunto a la lechucería, Draco miraba sobre su hombro, curioso de cómo le explicaría a sus padres muggles las cosas que sucedían allí. Neville, entretenido por la escena, le escamoteaba a Malfoy de su bolsa de golosinas (recibido en el correo de esa mañana, enviadas por la madre del chico) unas píldoras ácidas, que hacían que su boca se arrugara horriblemente cada vez que se animaba a comerse una de esas.
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Los tres amigos estuvieron juntos hasta después de la hora de almuerzo, en que la chica devolvió el gesto de Neville moviéndose a la mesa de los Slytherin, quienes más sagaces que sus contrapartes de Griffindor, y habiendo olfateado lo que se cocía en el ambiente luego de las acciones de dos de sus miembros más recientes, recibieron a la descarriada Hermione con los brazos abiertos, como si fuese una de ellos.
Era una actitud en su mayoría fingida, cuya finalidad era avergonzar a los Griffindor mayores pintándolos como unos amargados intolerantes, pero que produjo resultados inesperados. Para la cena de ese primer día, ya varios miembros de diferentes casas se habían cambiado a otros lugares del comedor, incluso de los cursos mayores, quienes por un motivo u otro tenían interés en pasar ese momento con alguien de otra casa (un amigo, un pariente, un novio o novia).
Ese pequeño cambio del orden de las cosas alegró tanto al profesor Dumbledore que otorgó los primeros puntos de ese año para la Copa de la Casa, el gran trofeo que señalaba a la mejor casa cada fin de año y que se llevaba junto con el trofeo el honor de lucir sus colores en la cena de término del año académico: veinte puntos a Slytherin (diez por Neville y por Draco) y diez a Griffindor (por Hermione).
Neville no pudo evitar alegrarse al ver esos rubíes que, como cuentas, aparecieron en los relojes marcadores en el muro del comedor.
Su primer gran triunfo.
Notas del Autor:
¡He vuelto!
Me disculpo con quien quiera que haya leído esta historia en sus inicios, pero el poco tiempo y mi lentitud al escribir atentaron contra mis deseos de publicar periódicamente. Al final, sacrifiqué mis fics más nuevos por mantener el ritmo en mi historia más desarrollada.
Pretendo retomar el ritmo. No diré cual ritmo, que pareciera que cada vez que me fijo una meta de ese tipo la incumplo (si, lo sé, doy vergüenza).
Caro (usuario sin registrar): Gracias por tus review, y siento responder tan tarde. Debo reconocer que Harry se lo puso demasiado fácil a Neville (lo siento, pero al lado de Snape y lo que le ha inculcado a su ahijado Sirius Black sólo lo ha malcriado al suyo). Sobre el trío, el único que ha cambiado realmente respecto de sus personalidades canon es Neville, por las razones señaladas: Draco sigue siendo el mismo pomposo petulante de siempre y Hermione la sabelotodo incómoda, pero de alguna manera muy extraña pegan bastante bien juntos (al menos en este punto de la historia, cuando recién comienzan).
