El sonido de su Gummífono los sacó de su sueño. Riku separó una de sus manos para alcanzar el aparato, dejando la otra entre las manos de Naminé, y cuando lo descolgó descubrió que había sido Mickey quien llamaba.
- Hola, Mickey, ¿qué ocurre? – preguntó.
- ¡Hola, Riku! – saludó con su voz habitual aguda. Por lo que parecía, estaba en su despacho del Mundo Disney. – Tenemos buenas noticias, Chip parece haber encontrado una pista sobre el paradero de Sora, y creemos que esta vez es importante: se trata de Caja de Juguetes.
- ¿Qué ha encontrado? – preguntó, apretando ligeramente la mano que tenía sujeta de Naminé, nervioso.
- Dentro del mundo existe algo llamado videojuego donde Sora estuvo ya una vez, es decir, se insertó dentro de un mundo virtual dentro de ese mundo, muy similar al Binarama, se llama Verum Rex, creemos que podrás insertarte allí pero… - Mickey hizo una pausa, frunciendo ligeramente el ceño. – A lo mejor no logras volver pronto.
Riku bajó la mirada, permitiéndose unos segundos en silencio para asimilar lo que acababa de escuchar. Naminé apretó su mano con cariño para llamar su atención y no dejar al Rey en espera, y fue justo cuando él levantó sus verdosos ojos para mirarla, y su sonrisa lo animó.
- Mañana partiré a Caja de Juguetes – informó, decidido. – Tengo que encontrar a Sora.
- ¿De verdad que no quieres que te acompañemos? – preguntó Mickey. – Donald y Goofy están preocupados, sí qu-
- No, Mickey, esta vez iré yo solo, nos comunicaremos por el Gummífono.
- Riku…
- Por favor, Mickey – pidió, y el Rey asintió.
- Cualquier cosa que necesites no dudes en contar con nosotros.
- Gracias.
La comunicación se cortó y la imagen de Mickey desapareció. Naminé se quedó callada durante unos segundos, los cuales decidió pasar acariciando los dedos enguantados del chico. Él la miró, sin atreverse a decir nada, hasta que al final hizo regresar su mano hasta posarla sobre las suyas.
- Lo siento.
Naminé sonrió ligeramente, sabiendo por qué se disculpaba, así que negó ligeramente con la cabeza.
- No tienes que disculparte – dijo. – Tienes que irte, Sora te necesita.
Levantó una de sus manos y acarició su mejilla. Riku dejó caer su cabeza contra la palma de la mano que acariciaba su rostro.
- Pero no te olvides que yo también te necesito.
Riku cerró los ojos y sonrió, sintiéndose extrañamente feliz gracias a esas palabras. Necesitaría ánimos suficientes para internarse de nuevo en un lugar desconocido en busca de su mejor amigo, pero él siempre estaría dispuesto a hacerlo, por Sora, por Kairi, por todos aquellos que tienen a Sora en sus corazones.
Por Naminé.
- Volveré con ese zoquete en cuanto lo encuentre – prometió el chico. Naminé amplió su sonrisa.
- ¿Es una promesa?
- Sí – afirmó. – Así, cuando volvamos, Sora te dará las gracias y… - hizo una pausa. – Y tú y yo podremos estar juntos.
- Gracias – aquel agradecimiento le salió de su interior mientras sus ojos, brillantes, acentuaban la belleza de la imagen que Riku tenía delante.
Un chillido los alertó, separándose de inmediato. Riku se puso en pie de un salto, tapando parcialmente a la chica con una mano mientras invocaba su llave espada con la otra, hasta que vieron a una silueta acercarse corriendo.
- ¡Riku, Naminé! – chillaba, hasta que se dieron cuenta de que era Kairi, acercándose a ellos desde la otra punta de las islas. Riku hizo desaparecer de nuevo su espada y Naminé se levantó, acercándose a ella.
- ¿Qué ocurre? – peguntó.
- Ya tengo lo que hablamos – informó, acercándole una maleta pequeña. – Cámbiate.
Naminé miró la maleta y luego asintió, alejándose. Riku miró a Kairi con el ceño fruncido.
- Y tú, Riku – señaló, acercándose a él mientras le señalaba con el dedo. – Sé muy bien que vas a ir tras Sora.
- Sí – afirmó el susodicho. – Pero…
- Ya, no quieres que vaya contigo – terminó su frase. – Sora me dijo lo mismo una vez, en Bastión Hueco, cuando Ansem te poseyó… No me dejó ir con él para rescatarte – dijo. – Parece que los dos os interponéis en que os sirva de ayuda.
- Ya eres de ayuda – afirmó el peliplateado, poniendo una mano en su hombro. – Eres la luz de Sora, Kairi, tú nos sacaste del Reino de la Oscuridad cuando quedamos atrapados allí una vez derrotamos a Xemnas, nos salvaste a todos cuando caímos ante Xehanort y los sincorazón. Eres de ayuda, Kairi, y ambos sabemos que cuando Sora te necesite, estarás ahí para guiarlo de vuelta.
Kairi sonrió tristemente, bajando el rostro.
- Por favor, Riku, encuéntralo – pidió,
- Lo haré – prometió.
- Y dale esto de mi parte – Kairi abrazó al chico, y él la envolvió entre sus brazos, sabiendo lo difícil que tenía que ser para ella saber que tenía que quedarse allí, cruzada de brazos, mientras Sora se encontraba perdido y Riku volvía a partir para buscarlo.
Se separó de él y sonrió con su habitual sonrisa, obligando a su tristeza interior contenerse, justo cuando Naminé aparecía de nuevo. No llevaba su vestido blanco normal, sino unas ropa diferente, compuesta por una camiseta blanca de manga corta, unos pantalones cortos azules claros y una chaqueta sin mangas de cuadros grises y blancos que le llegaba hasta la mitad del muslo. Sus sandalias terminaban el lote.
- Es genial Kairi, no sé qué decir.
- No tienes que decir nada, Naminé – dijo la chica, luego señaló su mano. - ¿Se lo has enseñado?
- ¿Enseñarme? – preguntó Riku, ceñudo, luego se giró a la rubia, que rio nerviosa.
- Esto…
- ¡Naminé! – riñó la pelirroja.
La chica giró el rostro y levantó su mano poco a poco, hasta que tras girar ligeramente hizo aparecer lo que parecía ser una llave espada blanca, metálica, con el mango y el inicio de la hoja cubierta por cadenas. El final de la llave se asemejaba a la parte superior de un corazón, abierta. Parecía sencilla, hecha exclusivamente para ella. Riku se quedó ligeramente conmocionado, incapaz de asimilarlo en un principio.
- Lo descubrimos cuando Kairi me enseñó lo que había aprendido con Merlín y Lea… - murmuró Naminé. – Decía que iba a ir a buscar a Sora cuando no miraseis.
Riku se giró a mirarla, rehaciéndose, enarcando una ceja.
- ¿Qué?
- Nada, ya sé que tengo que quedarme aquí – zanjó la pelirroja. – Hablemos de eso – dijo, señalando la llave espada de Naminé. - ¡Ella también es una portadora!
- Teniendo en cuenta que tú también lo eres, no veo por qué yo no puedo ser una ahora que ya no tengo ningún tipo de poder sobre los recuerdos – recalcó la rubia, haciendo desaparecer su espada.
- Ahí le tengo que dar la razón – dijo Riku, sumándose a Naminé.
- ¿Sabéis qué? Que es muy bonito hacer equipo entre los dos contra mí, pero ya veréis cuando vuelva Sora, ya veréis.
Y tras despedirse fugazmente, Kairi volvió a irse por donde había venido, dejando a Naminé y a Riku de nuevo solos en la playa. Fue entonces cuando Riku se giró y contempló a Naminé ataviada con sus nuevas ropas y su sonrisa angelical en el rostro, comprendiendo que ella podría ser quien lo guiase de vuelta, como Kairi hacía con Sora, como ya hizo una vez.
- Naminé – llamó Riku.
- Dime – dijo ella, girándose para quedar frente a él.
Pero él no dijo nada, solo tomó su mano y la guio durante unos segundos, en silencio. Naminé se dejó llevar hasta que ambos llegaron a la casa que llevaban compartiendo unos días y que pronto quedaría para Naminé únicamente. Fue entonces cuando el peliplateado sacó de uno de sus bolsillos una fruta con forma de estrella, algo pequeña, de color amarillo.
Y Naminé se llevó una mano a la boca, sorprendida.
- ¿La guardaste? – preguntó.
- Sí, no se me pasó por alto – admitió el chico. – Siempre quise comprobar si aquello que dicen sobre el paopu es cierto.
Naminé se acercó a él, mirándole, hasta que al final lo preguntó:
- ¿Qué es lo que dicen?
Ella lo sabía, por Sora, por sus recuerdos, pero nunca nadie se lo había dicho de verdad. Riku levantó una ceja, entendiendo la pregunta como una pequeña provocación de la chica, así que sonrió y se lo explicó.
- Cuando dos personas comparten un paopu, sus destinos se entrelazan, formando parte de la vida del otro por siempre.
- Eso quiere decir que si tú y yo compartimos uno…
- Sí – afirmó él, luego se llevó una mano al cabello, revolviéndolo. – La verdad es que ahora me da algo de vergüenza.
Fue el turno de Naminé para alzar las cejas, negando ligeramente con la cabeza. Caminó hasta la mesa, encendiendo la lámpara que se había traído unos días atrás; y rebuscó en su cuaderno hasta dar con un dibujo que no había utilizado en las paredes. Lo arrancó y lo dobló para luego girarse y tendérselo a Riku.
- ¿Qué es? – preguntó, curioso, mientras tomaba el papel entre sus manos.
- Ábrelo.
Riku obedeció y deshizo la doblez, encontrándose con una escena que le resultaba familiar: era un dibujo de Naminé y de él mismo, cogidos de la mano, con el atardecer tras ellos. Su corazón sintió calidez al recorrer con los dedos el papel, recordando los momentos que había pasado con ella bajo los últimos rayos del sol durante los días anteriores, y sonrió. Fue entonces cuando la rubia aprovechó para arrebatarle la fruta y darle un mordisco, probándola, encontrándola ligeramente ácida pero dulce. Él levantó la mirada y la posó sobre ella, que lo miraba directamente. Aquella chica era de otro mundo, y sin duda no iba a renunciar a ella ahora que… Lograba sentir que de verdad algo salía bien.
- Me avergonzaba enseñártelo, pero… Creo que ya no, porque quiero que te lo quedes… Así tendrás algo que hice yo mientras estés fuera – murmuró, y luego le tendió el paopu. – Si queremos algo, lo mejor es hacerlo, sin…
- Pensar dos veces – terminó el chico, tomando la muñeca de Naminé, acercando la mano que tenía agarrada el paopu, y mordió un pedazo de la fruta. – No está mal, aunque creo que sé cómo sabría mejor.
- ¿Cómo?
Y Riku tiró de ella, besándola de nuevo, apresando los rosados labios de ella con los de él. No fue ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que se besaron aquella noche, disfrutando de la compañía del otro, hablando sobre los dibujos de la artista, aprovechando el tiempo que les quedaba.
Hasta que el amanecer llegó.
Kairi, Riku y Naminé volvieron a encontrarse en la playa. El único chico de los tres se guardó un papel en uno de los bolsillos que tenía su indumentaria, mientras que las otras dos lo observaban algo nerviosas.
Era inevitable que Riku se marchase en busca de Sora, pero ambas temían por su destino, porque tenían miedo, porque querían que volvieran a salvo, tanto él como su mejor amigo. El chico abrazó a Kairi y prometió traerlo de vuelta, asintiendo varias veces ante las preguntas de la chica, hasta que llegó el turno de Naminé para despedirse.
- Me molesta que solo hayamos estado juntos desde el atardecer hasta el amanecer – recriminó la chica, y Riku sonrió ligeramente, acariciándole el pelo. – Ten mucho cuidado, Riku – pidió, esta vez mirándole a los ojos.
- Lo tendré – quiso pedirla que no se preocupase, pero sabía que ninguna de las dos podría evitarlo. – Y cuando vuelva estaremos juntos todos los días.
- Otra promesa que apunto a la lista.
- Pienso cumplirlas todas cuando vuelva.
- ¡Oh, basta ya, besaos de una vez! – alentó Kairi, ganándose varias miradas de reproche. – Aquí una también quiere que Sora esté de vuelta lo antes posible.
Naminé se encogió de hombros, pero al final fue la que se acercó a Riku, poniéndose de puntillas hasta llegar al rostro del chico, donde depositó un pequeño y corto beso en sus labios. Él lo degustó por unos segundos, disfrutándolo, intentando memorizar el roce para los días que venían, y la abrazó fuertemente.
Todavía pensaba que no se merecía ser feliz, pero durante unas horas lo fue, y no se arrepentía. Ahora era su turno de intentar arreglar todo de una vez por todas, y lo lograría, claro que lo lograría.
Los cuatro tendrían su final feliz.
Se despertó en lo que parecía ser una ciudad. Era de noche, y la verdad es que no conocía para nada ese lugar, pero nada le impediría seguir hacia delante y buscar a Sora, porque tenía el presentimiento de que lo encontraría muy pronto.
Y no tenía tiempo que perder.
Aquí termina esta pequeña historieta de lo que yo he pensado que podría pasar (porque por qué no) durante el final de KH3 y el episodio secreto, porque una chica puede soñar. El final del juego me dejó un sabor agridulce, y sinceramente me apeteció escribir algo así. Espero que os guste como a mí me gustó por fin ver a mi chica Naminé sonreír en libertad por fin.
¡Nos leemos!
