CAPÍTULO 4

Aquel beso había desarmado a Terrunce por completo.

Pero conseguir que ella se enamorase de él, si no lo estaba ya, para después llevar a cabo su plan era de las peores cosas que había hecho. Candice no se merecía el engaño. Estaba de acuerdo con William en que ella debía ser feliz. Era demasiado confiada, siempre lo había sido, buena de corazón y de sentimientos. Pero él tampoco quería ser desdichado. Así que con pesar, borraría toda esa inocencia y sus sentimientos de un plumazo. Porque nada ni nadie haría flaquear sus intenciones y estaba dispuesto a llevar a cabo el plan que se había trazado hasta las últimas consecuencias.

Los invitados comenzaron a llegar ya entrado la tarde, Todo estaba dispuesto ya para la celebración de Candy. El salón de baile había sido decorado con rosas dulce Candy del invernadero.

La orquesta contratada para el baile amenizaba la llegada de los asistentes mientras los empleados repartían copas de champán, whisky, ron, y hasta brandy.

Las damas en particular se lucían con sus mejores joyas de mayor valor, como si de una competición, algo usual entre ellas por exhibir el mayor grado de ostentación se tratase; mientras qué los caballeros, impecables, con sus pañuelos de seda y sus chaqués de exquisita confección, hechos por un zastré se saludaban, cada cual con disimulada altanería.

Los corrillos se sucedían en cada rincón del salón o de la terraza que daba a los enormes jardines, donde se hacían los mismos comentarios y se especulaba sobre el gran anuncio que el señor William White había prometido.

En su habitación, Candice aguardó impaciente los últimos retoques que Eva le estaba dando a su vestido. Debatida entre la ansiedad y el nerviosismo, dejó que la institutriz arreglara los pliegues de su polisón, estirara la cola de su traje y terminase de ajustar los guantes, antes de mirarla de arriba abajo.

—Ya está, ya puedes mirarte —dijo Eva con orgullo.

Candy, despacio, temerosa de que la imagen no estuviese a la altura de sus expectativas, giró sobre sí misma y se miró en el espejo. Sin embargo, no pudo evitar el sentimiento de vanidad que la poseyó, e hizo que la sonrisa floreciera en su rostro. Se veía hermosa aun cuando ella jamás se había considerado así.

El vestido de un rosa pálido con bordados de perlas y encaje en el escote y el bajo de la falda era exquisito. Se sentía orgullosa de haber insistido a su padre que en esta ocasión fuese ella la que tratase directamente con la modista y no su madre, como había sido costumbre. Durante meses se cartearon y recibió varios bocetos y muestras de tela hasta que por fin encontró el idóneo para la ocasión. Llegó desde Londres hacía apenas una semana, y no había día que no lo sacase de su guardarropa para contemplarlo.

Según su madre Emilia, era demasiado sencillo y apocado, y por supuesto puso el grito en el cielo para que William consintiese que Candy llevase un vestido más adecuado a su condición social y menos simple. Pero gracias a Dios, William no se dejó convencer y hoy Candy lucía el traje que había deseado y con el que se sentía, por fin, una dama.

—Estás bellísima, Candy. No lo dudes. La joven se acarició el cabello trenzado y recogido a lo alto de la coronilla. Con la punta de los dedos tocó la joya que se lo sujetaba y volvió a sonreír.

—Creo que es la primera vez que me siento hermosa.

—Pues deberías tener esa certeza hasta si te vistieses con harapos.

—No busco halagos por vanidad. Sé que no soy fea, Eva. Al igual que también sé que destaco de un título. Pero hoy me siento distinta.

—Lo que te hace realmente hermosa es cómo eres por dentro, cielo. Es tu alma.

William escuchó la conversación detrás de la puerta de la habitación de su hija. Acarició el estuche de terciopelo azul que sujetaba entre sus grandes manos y, no por primera vez, se cuestionó si sería feliz al lado de Terrunce GrandChester. Sabía que quizá estaba anteponiendo sus deseos de emparentar con la nobleza a la felicidad de su hija, pero mientras él tuviese el futuro de los diques en sus manos, se aseguraría de que a Candy la dicha no la abandonara. Inteligente, educada y buena hija eso era Candice para él… Inspiró hondo y llamó a la puerta.

Sabía que se habría engalanado para la ocasión y que tenía especial ilusión en lucir el vestido nuevo, pero no estaba preparado para ver a una joven tan sofisticada y, aunque ella lo negase, hermosa, armoniosa, dulce y delicada.

—No creo que haya en el mundo padre más orgulloso que yo —dijo William con convicción.

Candice lo recibió con una amplía sonrisa y esperó a que él llegase junto a ella. William besó con delicadeza su mejilla y le tendió la pequeña caja en terciopelo.

—Este es uno de mis regalos de cumpleaños.

—¡Oh, padre! —Candy abrió el presente y con dedos temblorosos sacó el camafeo de oro, nácar y piedras preciosas.

En el centro una orquídea del mismo color que el vestido que lucía lo hacía el complemento perfecto—. Es lo más hermoso que he visto jamás —murmuró muy emocionada.

—Me alegro de que te guste. Espero que mi otro obsequio también te haga feliz.

—Padre, no tiene que regalarme nada más.

—No obstante, lo haré. —William tomó aliento y apretó las manos de su hija.

Eva, que había estado retirada en una esquina de la habitación, entendió que aquella conversación deberían mantenerla a solas. Se disculpó con una reverencia y se dirigió hacia la puerta, pero William la detuvo.

—Señora Eva, no es necesario que se marche.

—Como guste —asintió, incómoda, y se mantuvo alejada de la escena.

—Candice —dijo de nuevo su padre regresando a su conversación—. Esta noche anunciaré tu compromiso.

Candy estaba sorprendida y confusa, el temor comenzó a apoderarse de ella. ¿Quién sería su prometido? ¿Con quién debería casarse? Palideció y todo comenzó a rodar a su alrededor. ¿Qué haría Terry cuando se enterase?

—Señor —Eva llamó la atención de William al ver como Candice se iba desmoronando—. Perdone mi interrupción, pero quizá debería decirle ya a su hija con quién se casará.

—¿Con quién ha dispuesto mi enlace, padre? —lágrimas comenzaban a juntarse en sus pupilas, la voz le temblaba al igual que el resto del cuerpo.

—¡Oh, Candice! Eres tan inocente. Cualquiera se habría dado cuenta de mis intenciones desde hacía mucho tiempo, pero tú no, tú jamás te planteaste a qué eran debidas las reiteradas visitas de los Duques.

Entre la confusión que había embargado hacia un momento, Candy acertó a comprender la palabra Duques.

—¿Se refiere a lord y lady GrandChester? —preguntó con temor.

—Los mismos. Te casarás con Terrunce GrandChestet el próximo verano, después de tu presentación en sociedad.

Candy sintió ganas de llorar de alivio, dicha y emoción. De hecho no pudo evitar que una lágrima rodara de sus húmedos ojos.

—Lamento profundamente que mi decisión te haga infeliz —Dijo William malinterpretando la reacción de Candice —. Pensé que al ser ambos de edad casi similar y un joven apuesto, no te desagradaría esta unión.

—Padre —lo interrumpió Candy, esta vez con una sonrisa radiante—, me ha hecho la mujer más feliz que habita sobre la faz de la tierra. William la miró sorprendido. Dudó si Candice estaba siendo complaciente o, en realidad, el joven Terrunce estaba cumpliendo su palabra y la estaba enamorando.

—¿Me lo prometes?

—Doy gracias a Dios por su elección y le estaré eternamente agradecida.

—Se acercó hasta su padre y dejó un beso en su mejilla. William sonrió con afecto.

—Si tú eres feliz, yo también lo soy. Te espero en el salón, querida. —Tras besar sus manos enguantadas William salió de la estancia. Candice no cabía en sí de gozo. Rio, rodó y corrió a abrazar a Eva que, contagiada por la joven, también dejó que algunas lágrimas empaparan sus mejillas.

—Eva, ¿te lo puedes creer? Me voy a casar con Terry, con el hombre al que amo. Ni en mis mejores sueños habría imaginado un futuro tan perfecto.

—Te diré lo mismo que el señor William: si eres feliz, yo también lo soy.

Cuando los invitados ya estaban en el salón, los duqyes de GrandChester hicieron su entrada. Al igual que en las otras ocasiones, la mayoría de los invitados eran empresarios, médicos, abogados, pero no había nadie de la nobleza excepto ellos y, según lady Elyonor había podido saber de boca de su anfitriona, también se esperaba la asistencia del marqués Andry, aunque no se sabía con certeza si acudiría a la cena o directamente al baile. Lo que sí era una novedad en aquella fiesta era la presencia del señor Thomas Bridge, famoso por sus columnas de sociedad en el más prestigioso periódico de la ciudad. Ninguno de los miembros de la familia Terrunce tuvo dudas de por qué Bridge estaba allí.

A partir de esa noche, todo Londres conocería que los Duques emparentarían con los White. Serían la comidilla de su círculo social y los supuestos motivos de dicho enlace correrían de boca en boca. Quizás algunos se acercasen peligrosamente a la verdad y el rumor de su crítica situación económica se extendiese como la pólvora. Por ello, lady Elyonor se aseguraría de que a nadie le cupiese la menor duda de que ese matrimonio se llevaría a cabo porque su hijo se había encaprichado de Candice.

No obstante, ese argumento solo lo utilizaría si su plan inicial fallaba, que consistía en que Terunce comprometiera a la muchacha antes del anuncio del compromiso y con ello justificar la unión.

Ajeno a las maquinaciones de su madre, pero no muy lejos de sus propias intenciones, Terrunce fue saludando educado a todos y cuantos caballeros se cruzaron en su camino.

Candy temblaba como una hoja de papel expuesta al viento. Se agarró al pasamanos y comenzó a bajar las escaleras que la conducirían al recibidor y posteriormente al salón, desde donde llegaban murmullos amortiguados y música de fondo.

Sería la primera de muchas fiestas a las que acudiría, pero sin duda, ninguna sería como esta. Justo cuando alcanzó el último escalón e inspiró hondo para armarse de valor, se topó de frente al marqués Andry, sorptendida por su aparición. Candy pudo verlo mejor y vio que tenia un hermoso rostro pero con la habitual tristeza, la miró de arriba abajo y correspondió a su saludo con un ligero asentimiento.

—Señorita Candice, es usted tan hermosa como dicen.

—Lord Andry. Es un honor que haya aceptado la invitación para acudir a la fiesta —contestó educada.

—El honor es mío.

Lord Andry, miró hacia la puerta del salón y después a la joven.

—Creo que retrasaré mi entrada unos minutos. Mi reaparición restará atención a su presencia y no es justo que un viejo como yo reciba más miradas y cuchicheos que su elegante belleza.

Cabdy no estaba de acuerdo en la aseveración del marqués con respecto a su edad. Según Eva, tenía treinta y cuatro. Sin embargo, seguía tan apuesto pese a la tristeza que empañaba sus ojos y que lo dotaba de cierto halo de experiencia. La tragedia vivida por el marqués había dejado su impronta en el rostro a esa edad, y lo hacían parecer más mayor de lo que era en realidad. Según su buena amiga Annie le había hecho notar, el marqués tenía un porte atlético y un cuerpo bien formado debido a las horas que pasaba a caballo y a los trabajos que realizaba en su hacienda, aquella que poseía en América y que lo había mantenido alejado de Londres durante años.

—No me parece correcto que posponga su entrada por mí. Usted es un marqués; si alguno de los dos debe aguardar, esa seré yo.

Un asomo de sonrisa tensó los labios de Albert.

Era innegable que el señor William había educado a su hija para codearse con la alta sociedad londinense, como si ello fuese un regalo y no un nido de víboras que no tardarían en acecharla para analizar con minuciosidad cada gesto, mirada o comentario de la joven y la diseccionarían en sus selectos salones bajo falsas sonrisas y miradas de superioridad. En el fondo Candice era una buena muchacha. Sintió pena por su futuro y la ilusión que leía en sus ojos. Más le valía a William desposarla bien o sufriría lo indecible.

—No quisiera contradecir a una dama y menos en una fecha tan especial como esta, pero le agradecería que me concediese unos minutos antes de entrar y tener que hacer frente a miradas curiosas y preguntas indiscretas. Así que se lo pediré como un favor personal: ¿sería tan amable de salvarme de esa situación, señorita Candice?

Candy le dedicó una tímida sonrisa a sabiendas de la estrategia del marqués para salirse con la suya. Pero le agradeció que fuese lo suficientemente amable para no restarle protagonismo. Ya que en el fondo tenía razón, fue incapaz de negarle unos minutos de paz antes de que lo que lord Andry temía se hiciese realidad en cuanto pusiese un pie en el salón.

—Estaré encantada —sonrió radiante, hizo una reverencia y se retiró. Detuvo sus pasos delante de las puertas del salón y dudó en seguir.

—No tema, señorita Candice. Usted está por encima de todos ellos. Escuchó a su espalda la voz grave y tan varonil del marqués antes de que todas las miradas se dirigiesen a ella y, tras el silencio, comenzasen los cuchicheos.

Mientras Candy recorría la estancia, a lo lejos, divisó a Terry. Estaba al lado de otro joven, al que ella no conocía, pues su vida en el campo la mantenía alejada de la gente de sociedad que vivía en la ciudad. Terry bebía de su copa sin apartar los ojos de ella. Era arrebatadoramente atractivo. Tanto sus ojos como su cabello brillaban bajo la luz de las velas y le conferían un aspecto peligroso, casi siniestro. Cualquier dama convendría en que era el hombre más apuesto del mundo, y hoy se comprometería con ella. Todavía estaba en una nube. De todas las mujeres con las que Terry podría desposarse, la había elegido a ella.

Lo miró con disimulo, pero aun así, algunas de las damas presentes captaron la dirección de sus atenciones y empezaron a cuchichear. Deseó hacer desaparecer a aquellos extraños y quedarse a solas con su amado, no tener que disimular la necesidad de su compañía o la ansiedad de escuchar su voz. Ahora, más que nunca, entendió a qué se refería el marqués Andry.

—Querida, me veo en la obligación de decirte que estás preciosa. Ninguna joven te eclipsa hoy —comentó lady Elyonor. Acercó su rostro a la muchacha y susurró a su oído—. No me extraña que mi hijo ansíe tenerte solo para él. Candy se ruborizó, pero las palabras de la duquesa alimentaron más aún sus ilusiones.

—¿Usted cree?

—Jovencita, me consta que mi hijo desea verte a solas —cuchicheó—. Pero la duda de si aceptarás lo tortura.

—Nada me complacería más, duquesa —replicó Candy con cierta tristeza—. Pero me temo que será del todo imposible. Había demasiada gente, demasiados ojos pendientes de todos y cada uno de sus movimientos como para que pudiese retirarse sin pasar desapercibida.

—Querida, déjalo en mis manos. —Lady Elyonor sonrió ladina y se incorporó en su silla. De momento su plan marchaba viento en popa.

De pronto, el salón fue enmudeciendo y todos los presentes miraron hacia la puerta. A Candy ya no le cupo ninguna duda, el marqués acababa de hacer su aparición.

Terrunce no cesó en su propósito de incomodar. a Candice. De vez en cuando Candice lo sorprendía mirando la marfileña piel de su escote, lo que provocaba que su pulso se acelerase y retorciera las manos inquieta en su regazo, y que él se mostrase orgulloso por conseguir alguna reacción de una muchacha tan discreta como era Candice White.

Tras la tarta, Candy esperó a que su padre hiciese el anuncio de su futuro casamiento. Sin embargo, William parecía querer alargar unas horas más su agonía.

—Padre —Candy llamó su atención con delicadeza—, ¿cuándo va a hacer el anuncio? William palmeó la mano de su hija.

—El joven Terrunce bailará contigo un par de piezas antes de que yo haga oficial vuestro compromiso. Así lo he convenido con sus padres.

Y así quería él que se hiciese. Se aseguraría de que todo el mundo viera que el joven barón tenía interés en su hija y que por ello habían acordado el enlace. Si había algo más importante para William que emparentar con la nobleza, es que en apariencia se hiciese de mutuo acuerdo. Sin presiones y, por supuesto, sin mencionar que aquel enlace se debía a una deuda monetaria. Aunque si para conseguirlo debía renunciar a la última parte y filtrar los problemas económicos de los duques, sin duda alguna lo haría.

Candy apenas había podido cruzar un par de palabras con su amiga Annie, pero sí las suficientes para que esta le hubiese hecho saber que su enamorado, el encantador señor Archy, era el apuesto con el que conversaba Terrunce cuando ella entró en el salón. A partir de ese momento, las atenciones de Annie hacia su enamorado, descaradas según los comentarios de algunas de las damas de la sala, se sucedieron con naturalidad. Algo que, en secreto, Candy envidiaba. Ojalá ella pudiese reaccionar como lo hacía su amiga. Ardía en deseos de hablar con Terry a solas antes del anuncio de su compromiso. Esperaba que él delatara sus intenciones y, cual fantasía romántica, había imaginado bellas palabras de amor y una declaración sincera y emocionada de sus sentimientos. Al igual que desnudaba su corazón en todas y cada una de las cartas recibidas. Pero todo apuntaba a que no sería así. Decidió que no iba a dejar que la ansiedad de sus anhelos enmascarara una noche perfecta y una felicidad que a duras penas podía contener.

La Duquesa tomó por el codo a Candice al tiempo que la apartaba de oídos indiscretos—. Mi hijo desea hablar contigo tras el primer baile. A solas —enfatizó.

—¡Oh, Duquesa! Yo también lo deseo —confirmó Candy ansiosa a su futura suegra.

—Terrunce ha sugerido que el encuentro tenga lugar en el invernadero. Sabe cuánto te agrada aquel lugar y quiere que sea una ocasión que recordéis durante muchos años.

—Es el lugar perfecto. —Candy se emocionó aún más ante la idea de que Terry se declarase en un sitio tan especial para ella.

—Entonces, tan solo tienes que confirmarle durante vuestro baile el lugar. Él lo estará esperando. Candy se giró y tomó las manos de la duquesa entre las suyas.

—Ya la considero casi como una madre para mí, pero además, tengo el honor de poder compartir con usted confidencias. Es una de las mejores damas que conozco.

—¡Oh, querida! No exageres —soltó una pequeña carcajada—. ¿Qué no haría una madre por su hijo? Lord Richard se acercó hasta Terrunce y, con disimulo, retiró la copa de sus manos. Lo había estado observando durante toda la noche y era consciente de que debía detenerlo si no quería que se organizase un escándalo y William montara en cólera.

—Deja de beber —ordenó autoritario.

—¿También me va a prohibir fumar?

—No seas insolente. Tienes que sacar a bailar a la señorita Candice, ¿acaso quieres convertirte en el hazmerreír de la fiesta?

—No sería la primera vez —contestó indiferente, pero con una sonrisa socarrona en los labios. Sin embargo, estaba seguro de que para Candice sí sería la primera vez. La primera en acudir a una fiesta, la primera vez en bailar delante de los invitados, y sí, la primera en quedar en ridículo, y de esto último no se sentiría orgulloso.

Terrunce buscó a su futura prometida por el salón y la observó en la distancia. Hoy estaba realmente hermosa. No llevaba un peinado exagerado ni el vestido era ostentoso. Es más, encontraba sus labios más bellos y delicados. No, el problema no era Candice White, el problema era todo lo que rodeaba su compromiso. Iba de doblegarse ante una situación con la que no estaba de acuerdo y de la cual no le habían pedido su opinión. Aquello iba de rebeldía y de orgullo. Iba de él.

—¿Acaso importa mi opinión? —terminó por contestarle a su padre.

—Aunque no lo creas, es por tu bien. —Terrunce arrebató la copa de manos de su padre y se la bebió de un solo trago y antes de irse a acatar sus órdenes agregó—. No lo creo. Pero le agradeceré mi infelicidad cada día de mi vida, padre. —Terry se apresuró a acercarse hacia su inminente prometida antes de que William llegase junto a ellos.

—Lord Richard—saludó William.

—Señor White —correspondió Richard.

—Después del segundo vals anunciaré el compromiso de nuestros hijos.

—Sí, lo recuerdo.

—Sígame a la biblioteca un momento, pues. El duque comprobó que Terrunce estaba hablando con Candice antes de asentir y seguir a William fuera del salón de baile.

Una vez dentro de la estancia privada del anfitrión, William sirvió una copa de brandy para cada uno y lo invitó a tomar asiento frente a su escritorio, lo cual evidenció que no se trataría de una conversación distendida y el duque intuyó que, una vez más, se trataba de negocios.

—He decidido modificar las cláusulas de nuestro acuerdo —anunció William y acto seguido tomó un sorbo de su copa sin apartar la mirada de su futuro consuegro.

—¿Qué quiere decir? —palideció Richard—. Teníamos un trato. Nuestra deuda quedaba saldada en cuanto nuestros hijos se casaran.

—Y en cierta manera así será.

—Pero no del todo, ¿no es cierto?

—Cierto. Me reservaré cierta parte de su adeudo, una lo suficientemente grande como para asegurarme de que su hijo jamás le hará daño a mi hija.

—Terrunce jamás sería violento con ella —lo defendió su padre con vehemencia. William entrecerró sus astutos ojos verdes y el brillo peligroso que vio Richard en ellos, aquel que le recordaba que William había sobrevivido en la calle y que se había hecho a sí mismo, le hizo comprender que había cometido un error.

—Por supuesto que no lo hará si no quiere aparecer muerto en cualquier barrio inmundo de Londres. A lo que me refería, es a que su hijo hará lo que considere oportuno para que mi hija jamás sea infeliz en su matrimonio. Candice está enamorada de Terrunce y él se asegurará de que lo siga estando el resto de sus vidas, ¿lo ha comprendido?

—Terrunce también siente interés por ella, no es necesario que me amenace y falte a su palabra al negarse a saldar la deuda.

—Me toma por un necio —afirmó William con voz fría e impersonal—. He conocido a muchos hombres como usted. Jamás se habría relacionado conmigo si no hubiese necesitado mi dinero. Jamás habría accedido a emparentar con mi familia si yo no lo hubiese obligado a ello. Y por supuesto, su adorado hijo jamás habría fijado sus ojos en mi hija, ni la habría cortejado, si usted no lo hubiese forzado. Por lo tanto, no intente engañarme —William se sacó una llave que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta y abrió el primer cajón de su escritorio—. Este es el documento inicial que ambos firmamos.

Lord GrandChester lo recordaba perfectamente. Ahí escrita estaba la salvación o la vergüenza de su familia.

William hizo sonar la campana y su ayuda de cámara personal entró de inmediato. —Llama al señor Brittet —ordenó.

El duque lo miró atónito. El señor Britter, además de ser amigo íntimo de los White, era su abogado.

—¿Va a modificar ahora mismo nuestro acuerdo?

—Por supuesto.

—Pero está a punto de hacer el anuncio del compromiso… —Richard intentó presionarlo.

—Lo primero es lo primero, duque. —William se recostó en la silla y bebió de su copa mientras esperaba la llegada de su buen amigo James Britter.

Tan solo unos minutos después, el señor. Britter accedía a la estancia. Lord Richard presenció atónito la conversación entre su futuro consuegro y el abogado, así cómo entre ambos modificaban algunas de las cláusulas.

Richard reaccionó cuando William le tendió la pluma para que estampara su firma en el nuevo acuerdo. Parpadeó varias veces, como si intentara despertar de un sueño, pero fue incapaz de moverse.

—Puede firmar y cederme el uso de todas sus posesiones o negarse y avergonzar el buen nombre de su familia. Si todo sale bien, no tiene de qué preocuparse.

—Jamás estaré tranquilo mientras me tenga en sus manos.

—Si le sirve de consuelo, su futuro no depende de mí, sino de su hijo. Es a él al que debe controlar, no a mí.

—¿Acaso se me deja otra opción? William se encogió de hombros.

—Sea como fuere, yo salgo ganando. El Duque arrebató la pluma de la mano de su anfitrión y estampó su firma en el nuevo documento.

Terry movía a Candy por la pista de baile con destreza y elegancia al tiempo que iniciaba provocadores acercamientos. Mientras bailaban había elogiado su vestido, la belleza de su peinado y la exquisitez de la joya que adornaba su escote. Pero también la había hecho sonrojar con comentarios susurrados relacionados con la suave textura de sus labios, aludiendo al beso compartido en el alféizar de su ventana esa misma mañana.

Para Candy el tiempo para confirmar el lugar de su encuentro terminaba. Pronto tendrían que separarse y ella no encontraba el valor suficiente para hablar sobre ello.

Solo cuando entre vuelta y vuelta divisó a Annie, recordó cuánto había deseado ser tan intrépida y se dijo que ese era el momento.

—Espérame en el invernadero —le confirmó con voz trémula.

—¿Perdón? —se sorprendió Terry con una sonrisa pícara en los labios.

—Iré al invernadero contigo —aceptó con voz más firme—. Aguárdame allí. La pieza llegó a su fin y Terry se inclinó. —Te estaré esperando —confirmó antes de abandonar el salón y dirigirse hacia su sorprendente cita.

Candy regresó nerviosa junto a su madre, que satisfecha, palmeó su mano y empezó a elogiarla delante de las demás damas que las rodeaban.

--¿Querida serías tan amable de acompañarme a la terraza? --pidió Elyonor a Candice--. El ambiente aquí dentro resulta un poco asfixiante y necesitaría un poco de aire fresco. Candy, esperanzada, miró a su madre a la espera de que accediera.

—Por supuesto, hija. Acompaña a la Duquesa.

—Soltó su brazo y la dejó marchar.

Ya en la terraza, lady Elyonor la alejó de curiosas miradas. Tenía que darse prisa o la chismosa de la señora Emilia soltaría lo del compromiso antes del anuncio oficial de su esposo.

Bajaron en silencio, ambas con el mismo propósito en mente, los escalones que daban acceso al laberinto de jardines. Una vez seguras de que nadie las podía ver y escuchar, lady Elyonor la tomó de las manos.

—Querida Candice, corre a encontrarte con tu amado. Aguardaré aquí tu regreso para entrar juntas de nuevo en el salón. Confía en mí.

—¡Oh, duquesa! Jamás le agradeceré lo suficiente todo lo que está haciendo por mí. —Sin perder más tiempo, Candy se sujetó la falda y corrió por el lateral de la casa hacia el invernadero.

Lady Elyonor entró de nuevo al salón y miró a Emilia White, qué parloteaba sin cesar sobre las exquisitas telas que habían adquirido para ampliar su ropero.

—Querida —la interrumpió la duquesa—, además de su buen gusto para la costura, creo que nuestros invitados también deberían saber cuánto amor profesa a su invernadero. Es un lugar digno de admirar, cuidado al mínimo detalle… ¡Oh, señora White! Sería maravilloso que lo mostrase a sus invitados —la lisonjeó.

—Tiene razón, duquesa. ¿Cómo se me ha podido olvidar mostrarles uno de los orgullos más importantes de esta casa? Por favor, síganme.

—Será un placer —sonrió la lady Elyonor y se unió al séquito de mujeres y hombres que tuvieron a bien acompañar a la anfitriona.

Cuando Candy llegó no había ni rastro de Terrunce. Inquieta, se frotó los brazos y lo llamó por su nombre.

—Terrunce… —susurró. Pero justo cuando iba a darse la vuelta, un brazo envolvió su cintura y el cálido aliento de Terry acarició su cuello.

—No te asustes, Candice. —Terry respiró el aroma de la piel de Candy. Rozó con su nariz el lateral del cuello de la joven y dejó que los mechones de cabello sueltos cosquillearan en su rostro antes de colocar las manos en su estrecha cintura y girarla entre sus brazos. Hechizado, contempló las pupilas dilatadas, la respiración acelerada y el movimiento involuntario de su garganta. Realmente era deliciosa. Un dulce y exquisito bocado que debía estar loco para rechazar. Y no por primera vez sintió el deseo por ella correr por sus venas como si de veneno se tratara—. O sí. Témeme porque no tengo nada decente en mente.

Continuará...