CAPÍTULO 5.
No te asustes, Candice. —Terry respiró el aroma de la piel de Candy. Rozó con su nariz el lateral del cuello de la joven y dejó que los mechones de cabello sueltos cosquillearan en su rostro antes de colocar las manos en su estrecha cintura y girarla entre sus brazos. Hechizado, contempló las pupilas dilatadas, la respiración acelerada y el movimiento involuntario de su garganta. Realmente era deliciosa. Un dulce y exquisito bocado que debía estar loco para rechazar. Y no por primera vez sintió el deseo por ella correr por sus venas como si de veneno se tratara—. O sí. Témeme porque no tengo nada decente en mente.
Candy sabía que debía alejarse de él, que no era correcto lo que estaba haciendo, pero jamás había sentido tal estado de emoción ni la necesidad de estar cerca físicamente de otra persona como en aquel momento.
—¿Me besará? —Solo cuando vio la sonrisa ladina de Terry comprendió que había expresado su pensamiento en voz alta.
—Por supuesto. No solo ansío volver a probar el sabor de tus labios, también quiero comprobar la suavidad de tu piel bajo mis dedos y descubrir las curvas secretas de tu cuerpo. ¿Y tú, Candice? ¿Deseas que lo haga? —Acortó la escasa distancia entre ellos hasta que respiraron el mismo aliento—. Dilo. Di que deseas mis besos. Acercó los labios a los de su inminente prometida, pero en el último momento se retiró, haciendo que la frustración creciese en la joven.
—No te he oído. —Jugueteó con ella dejando besos como aleteos de mariposa en su mandíbula y debajo del lóbulo de la oreja—. ¿Quieres que te bese?
—Por favor, hazlo de una vez —rogó antes de rendirse en los brazos del que sería su esposo y dejase que sus sentimientos se apoderasen de ella.
—Como ordenes.
Esta vez no hubo tiento, ni dulzura ni contención. Hubo un beso apasionado y dominante, un saqueo de todos sus sentidos y una lucha de voluntades que Candy supo que había perdido incluso antes de comenzar. Jadeó en su boca y se abrazó con desesperación a sus hombros por temor a que las piernas no la pudiesen sostener.
Las curvas de su cuerpo encajaron perfectamente con las de Terry y la excitación se apoderó de él. Subió una mano hasta enredarla en el cabello de la joven y con la otra la guio por la cintura hasta obligarla a inclinarse hacia atrás. Bajó sus labios hasta el cuello de Candy y trazó espirales con la lengua que la catapultaron a un estado de excitación jamás descubierto. Murmuró su nombre, desesperada por conseguir más de aquellas atenciones y mostró una audacia que no sabía que tenía cuando enredó los dedos en los cabellos oscuros de su prometido y lo obligó a besarla de nuevo en los labios. Su cuerpo ardía en fiebres y lo único capaz de calmarlo eran los dedos de su amado Terrunce mientras se deslizaban por el borde de su escote en búsqueda de la turgencia de sus pechos.
Todo aquello era una locura, una embriagadora y dulce imprudencia que Terry debía detener. Y lo hubiese hecho si él no sintiese que lo necesitaba tanto como ella. Si entre sus brazos no hubiese encontrado cierto consuelo para su desdichada vida.
Si hubiese sido mejor persona. Si no hubiese pensado primero en él, y luego en la dulce y enamorada Candice. Si no sintiese el amargo deseo de vengarse de sus padres y de los de ella por obligarlos a contraer matrimonio cuando en otras circunstancias, aquella sorprendente y recién descubierta apasionada joven, habría despertado su interés de igual forma. Porque Candice tenía todo lo que un hombre podía desear, pero también un padre al que odiaba con toda su alma. Había demasiado orgullo y resentimiento en aquella relación. Y sí, también excitación y deseo, que era, en realidad, lo que le impedía detener aquella locura. Con la dificultad que el atuendo le confería, logró colar un dedo por el escote de la joven y bordear el corpiño por el montículo de sus senos. La poseería allí mismo. Porque lo había planeado, porque así debía ser, porque era demasiado obstinado para echarse atrás y sobre todo, porque aquello le producía tanto placer que era incapaz de detenerse.
—¡Oh, por todos los santos! —exclamó Emilia justo antes de desvanecerse y de que Thomas Bridge la sujetase entre sus brazos.
Terry se retiró de inmediato ante el grito de la señora White e impasible, observó la escena.
Mientras el afamado periodista sostenía a la anfitriona entre sus brazos, sonreía consciente de que aquel escándalo catapultaría su columna de sociedad al éxito.
Las damas que les acompañaban condenaban entre cuchicheos la actitud de aquellos jóvenes, sobre todo la de la muchacha, por haberse rendido tan fácilmente a los pecados de la carne como era costumbre en los hombres y deber de ellas detenerlos. La pobre Candice de la que él, como el caballero que no era, se había olvidado por completo, empezó a temblar a su lado. La miró y la descubrió llorando desconsolada.
La rabia comenzó a consumirlo. Volvió a girarse y se fijó de nuevo en los invitados allí congregados con más atención hasta que divisó saliendo a escondidas a su madre.
—Ya basta —la voz grave del marqués Andry los silenció a todos y pareció ser el antídoto para que la señora White recuperase la consciencia—. Márchense todos de aquí. -- volvió a decir el marques Albert Andry.
—¿Cómo has podido hacernos esto, Candice? —lloraba su madre mientras la acompañaban a la salida—. Necesito retirarme a mis aposentos. Esta vergüenza nos pondrá en boca de todos. ¿Qué he hecho yo para merecer una hija como tú? —seguía lamentándose Emilia.
En apenas dos zancadas, el marqués llegó hasta la muchacha, se quitó la chaqueta y cubrió el desordenado corpiño de la joven con ella, a la vez que la ocultaba de las miradas indiscretas mientras las damas allí reunidas abandonaban el invernadero presurosas por compartir lo allí acontecido con el resto de los invitados.
—Señorita Candice —llamó su atención cuando solo quedaron la joven, su institutriz y Terrunce—, salgamos de aquí. Al momento, Eva estaba junto a ellos y sostenía el brazo de Candy mientras la ayudaba a caminar. Terry no pronunció palabra alguna. Permaneció quieto, incapaz de comprender los motivos por los que su madre había orquestado toda aquella representación, hasta que el marqués volvió junto a él y le hizo frente.
—No es un caballero.
—No. No lo soy —confirmó a sabiendas de que había agravado la afrenta de la joven al no protegerla de las miradas indiscretas.
—Ni la merece.
—De nuevo estamos de acuerdo, lord Andry. No tengo defensa posible.
Albert entrecerró los ojos y lo miró con atención. Había algo en el gesto de ese muchacho, en su mirada, que le llamaba la atención. No parecía arrepentido por lo sucedido, pero sí incómodo por la situación y, de alguna manera, supo que preocupado por Candice.
—Le gusta la muchacha —afirmó.
—Sí —confirmó Terry. Porque era cierto y porque aquel hombre había sabido ver la verdad—. Pero no quería este compromiso —se sinceró con él.
—Sin embargo, ahora ya no tiene alternativa.
—Eso parece. Rodeó al marqués y salió del invernadero todo lo rápido que pudo. En la oscuridad, no localizó a Candice, supuso que se había retirado a su habitación. Le hubiese gustado verla una última vez, dedicarle algún gesto que la calmase. No obstante, sí encontró a su madre aguardándolo cerca del laberinto de jardines. La amplia sonrisa de la duquesa confirmaba las sospechas de Terry. Apretó los puños y se acercó hasta ella a grandes zancadas.
—¿Por qué lo ha hecho? —preguntó Terry con dureza.
—En lugar de recriminar mis actos, deberías darme las gracias, hijo. Te he salvado de emparentar con los White sin motivo. Pues bien, yo te he brindado el pretexto perfecto. Este matrimonio se llevará a cabo por obligación. Porque comprometiste a la muchacha.
Enfadado por aquella maquiavélica artimaña y por haber sido de nuevo el títere de sus padres, explotó.
—¿No lo entiende? No me importa el motivo por el cual la gente piense que me desposaré con Candice . ¡No quiero casarme! La mirada de lady Elyonor se endureció.
—Pues es un hecho. Así que deja de lamentarte. Algún día nos darás las gracias y sabrás por qué estamos haciendo todo esto. —Inspiró hondo y se ajustó los guantes, un gesto para relajarse que solía hacer a menudo—. Además, tampoco me ha parecido que te disgustara tanto tu prometida. Ahora, si me disculpas, debo preocuparme por el estado de salud de la señora Emilia y disculparme por tu deshonroso comportamiento. Cambió la expresión de su rostro y entró en la casa, en apariencia compungida y avergonzada.
Terry, en cambio, se dirigió al laberinto para estar a solas. Estaba harto de todo. De los desprecios y reproches de su familia, de que no le dejasen elegir el tipo de vida que quería vivir, de los padres de Candice… Pero no de Candice. Ella no era la culpable de nada de eso. Pensó que quizá había llegado el momento de hacer frente a sus responsabilidades y desposarse con ella. Una vez casados, podrían irse a vivir lejos de las maquinaciones de sus familias. Después de lo sucedido en el invernadero, no dudaba de que pudiesen llegar ser felices juntos.
—Padre, se lo suplico y le vuelvo a pedir perdón cuantas veces sea necesario, pero no me obligue a enfrentarme a los susurrados reproches ni a las miradas de burla y superioridad de los invitados. Se lo ruego —Candy lloró desconsolada, incapaz de encarar la mirada de su padre.
—Señor William, creo que en esta ocasión Candy merece un poco de intimidad —intervino Eva con tiento. Lo que no evitó que Willian la fulminara con una mirada de reproche.
—Déjenos a solas —ordenó a la institutriz.
—Creo que todos estamos alterados —insistió Eva antes de abandonar la havitación de Candy Aunque sabía que William jamás había levantado la mano contra sus hijas, pero en la situación de la joven, quizá resultaran más hirientes sus palabras que el dolor de unos azotes.
—¿Sabes qué, Candice? No has hecho nada que ninguno de los que hay abajo no hayan hecho ya. Sin salir de su asombro, Candy se secó las lágrimas con el dorso de su mano.
—¿No está enfadado? —pronunció con voz llorosa.
—Por supuesto que sí. Pero eso es algo que ahora tengo que controlar y gestionaré más tarde. En estos momentos, lo importante es que si Terrunce GrandChester puede volver a entrar en el salón, tú también.
—Pero a él jamás se le recriminará lo sucedido del mismo modo que a mí. Padre, lo lamento tanto —repitió de nuevo bañada en lágrimas—. No he actuado como una dama, he deshonrado y avergonzado a mi familia en mi propia casa.
—Amas al joven Terrunce —no lo preguntó, lo confirmó.
—Le prometo que si no fuese así, jamás habría arriesgado el buen nombre de nuestra familia.
—Amar no debe ser motivo de vergüenza, hija. No te mentiré y fingiré que no me importa lo que ha sucedido porque sí lo hace. Yo quería que el anuncio de tu compromiso fuese motivo de alegría, un orgullo que emparentásemos con la aristocracia y que lo disfrutases. Ahora todo el mundo pensará que tu matrimonio se debe a una cuestión de honor, de obligación, ¿entiendes? Candy asintió apenada.
—No obstante, seamos prácticos y pensemos fríamente. Lo importante es que lo sucedido no cambia los hechos. El anuncio del matrimonio iba a producirse de igual manera. Solo si decides esconderte y no hacer frente a la situación, les estarás dando la razón a todos los hipócritas que critican lo que ha sucedido mientras ellos se escondían en los jardines con sus amantes.
—William obvió el gesto de sorpresa de su hija—. Así que recomponte, cámbiate el vestido si lo prefieres, y deja que te acompañe de nuevo al salón.
—¿Todavía se siente orgulloso de mí? -- preguntó Candy y William la miró con calidez y acarició con sus grandes manos las mejillas de su hija.
—Hacen falta algo más que unos besos y unas caricias a escondidas para que mi opinión sobre ti cambie.
—Padre, lo quiero tanto.
—Y yo a ti, pequeña. Y yo a ti. —William besó a Candice en la frente y se levantó—. Esperaré en la biblioteca a que estés lista. Ordenaré que te ayuden y en cuanto me avisen regresaré a buscarte. Estaré a tu lado para lo que necesites.
—Gracias padre.
Terrunce entró en la casa por la puerta principal dispuesto a pasar desapercibido y retirarse a su habitación lo más rápido posible. No tenía ganas de aguantar habladurías ni de hacer frente a más situaciones embarazosas, sin embargo, William tenía otros planes.
William observó a Terrunce desde su sillón. Era un joven gallardo y apuesto, entendía por qué Candice se había enamorado de él. Sin embargo, el amor intenso y superficial de la juventud con el paso del tiempo debía ser alimentado por sentimientos más profundos para que la unión fuese feliz. Y William tenía serias dudas de que aquel muchacho tan egocéntrico lograse ocuparse de hacer feliz a alguien más.
—Tome asiento —ordenó.
—Estoy bien de pie, gracias —respondió obcecado.
—Como guste. Lo que le voy a decir no nos robará mucho tiempo. En cuanto Candice esté lista, ambos volverán a entrar en el salón y seguiremos la velada tal y como estaba planeada. Bailará con ella un segundo vals y haré el anuncio de su compromiso con mi hija. ¿Lo ha entendido?
Terry lo miró sorprendido. Tras ver el desconsuelo de Candy al retirarse a sus dependencias privadas, no esperó que volviese a aparecer en público.
—¿Qué sucede? ¿Acaso pensaba que después de su desliz en el invernadero se suspenderían los planes para anunciar el enlace? No me conoce, Terrunce. Cuando algo se me pone en mente no hay nada ni nadie que se interponga en mi camino. Terry se sorprendió a sí mismo por sentir rabia hacia aquel hombre, no por él, sino porque fuese capaz de hacer pasar por todo aquello a su hija.
—Habla todo el rato de usted, ¿pero qué sucede con Candice? ¿Ha pensado cómo se sentirá ella cuando entre de nuevo en ese salón?
—Yo sí. ¿Lo pensó usted cuando la comprometió en mi propia casa?
La rabia y el resentimiento hacia aquel hombre hicieron que el filtro de sus pensamientos saltase por los aires.
—¿Acaso no es eso lo que me pidió? —Terry lo retó—. No he hecho más que seguir sus indicaciones, demostrarle mi afecto y mostrar interés —dijo Terry insolente.
William tuvo que contenerse para no levantarse y estampar su puño en aquel bonito rostro. Así que reaccionó como los años y la experiencia le habían enseñado, atacando donde sabía que más le dolería. Mal que le pesara, reconocía en ese joven la fuerza de espíritu y la rebeldía que él mismo tenía y que lo habían conducido a ser uno de los hombres más ricos de Londres y, de manera discreta, temido.
—Me alegra que sea tan obediente y disciplinado con mis órdenes. No se preocupe por ahora de mi hija. Más adelante no tendrá otra función.
Ahora era turno de Terrunce de hacer gala de la exquisita educación que sus padres habían pagado. Si había algo que lo enervaba sobremanera era que lo considerasen dócil y servicial. Se había pasado su infancia retando la paciencia de sus progenitores y de sus tutores para reclamar una libertad que cada día se le antojaba más lejos. William había puesto el dedo en la llaga y lo sabía.
El mayordomo llamó a la puerta antes de que Terry pudiese contestar para anunciar que Candice ya estaba lista.
—Ha llegado el momento —anunció William—, adelante. Hizo un gesto con la mano y lo invitó a abandonar la biblioteca. Terry ardía de rabia qué bullía dentro de su alma, llegó a la impresionante escalera de mármol, pero se aplacó en cuanto vio a la que sería su esposa intentar mantener la cabeza erguida y aguantarse las lágrimas. Llegó junto a ella y con un dedo bajo su barbilla la obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Te encuentras bien? —susurró preocupado de verdad, un sentimiento que le dio la sensación de que caía al vacío.
--Candy asintió.
Terry supo con certeza en aquel momento en que lo miraba como si fuese el mejor de los hombres, el más valiente y honrado sobre la faz de la tierra, que Candice se había enamorado de él. Con la misma certeza que supo que merecía alguien mejor. Que Dios lo perdonara.
—¿Qué has hecho, Terrunce? —lo reprendió su padre mucho más pálido y alterado que al inicio de la noche.
—Obedecer —respondió escueto y zanjó la conversación justo a tiempo de ver aparecer a William y ofrecerle el brazo. a Candice. Sintió lástima por ella, por ser expuesta de aquella manera, por cómo habían sucedido las cosas, por ser un títere de su padre, como él, y también de su propia madre. Pero sobre todo porque tarde o temprano le rompería el corazón, porque ella no merecía un hombre como él. Ni él una mujer tan perfecta. Aquella verdad lo golpeó con fuerza en la boca del estómago.
William sujetó con firmeza a su hija y desafió con la mirada a cualquiera que se atreviera a mostrar algún gesto de chanza.
En cuanto las notas comenzaron a sonar, todas las miradas estaban fijas en ellos. Terrunce sabía lo que tenía que hacer, pero dar aquel paso suponía aceptar su destino. Dejó la copa que hacía un segundo había tomado, sobre la mesa dispuesto a darse la vuelta y marcharse para no seguir haciéndose daño de aquella manera, pero cometió el error de mirar a Candy y ver la esperanza reflejada en sus ojos.
—Por el amor de Dios, Terrunce, hazlo de una maldita vez —presionó el duque. No fueron las palabras de su padre, ni los discretos empujones de su madre lo que hicieron que se acercase hasta su inminente prometida. Fue su mirada ilusionada, la certeza de saber que ella lo consideraba mucho mejor persona de lo que era, lo que lo animó a salvarla de aquella situación. Caminó decidido hacia ella y le tendió la mano.
—Señorita Candice, concédame este baile. La enguantada mano de la joven tembló hasta que él la sujetó con firmeza entre las suyas y la condujo al centro del salón. Entre sus brazos comenzó a moverse y a confirmar lo que todos los invitados ya sabían: los White emparentarían con los duques de GrandChester.
—¿Seguro que estás bien? Lamento lo sucedido en el invernadero —las palabras surgieron de su boca antes de que pudiese detenerlas. Jamás se había disculpado con nadie y el sentimiento de querer responder a las expectativas de la joven era nuevo para él.
—¿Te-te arrepientes de haberme besado? —preguntó Candy decepcionada. Terry dejó aflorar una sonrisa triste y la acercó a su cuerpo más de lo adecuado.
—No, Candy—. dijo él, usando por primera vez el diminutivo de su nombre—. De eso no. En todo caso lamento la interrupción.
—Yo también —murmuró ella con sinceridad ante la sorpresa de Terry.
—Nada que no podamos subsanar.
—¿Eso, lo que compartimos en el invernadero, ocurrirá a menudo cuando estemos casados?
La alusión al matrimonio volvió a revolverle las tripas y agrió su gesto, lo que Candy interpretó como una falta grave de corrección.
—Las muchachas no deberían hablar abiertamente de estos temas, y menos con un hombre —la reprendió y confirmó así que había cometido un error.
—Lo lamento. No volverá a suceder. —Candy sintió ganas de llorar de nuevo. El nudo que atenazaba su garganta se apretó más e involuntariamente soltó un jadeo para ahogar un sollozo. Terry suspiró.
—No, Candice. Mírame, por favor. —Candy lo hizo y Terry sintió ganas de besar aquellos ojos verdes para absorber sus lágrimas—. Discúlpame. Es solo que todo lo sucedido me ha puesto más nervioso de lo normal. Me siento culpable y lo peor es que sé que lo soy.
—No te culpes, por favor. Yo también quise que sucediera. Se miraron a los ojos durante segundos, quizá minutos, incapaz de retirarse la mirada, hasta que el vals terminó y se vieron obligados a separarse.
William tomó la palabra. Terrunce y Candy permanecieron uno al lado del otro mientras se hacía oficial el anuncio de su compromiso y escuchaban el discurso de William.
—Lo que prometía ser una sorpresa, la impetuosidad de estos jóvenes la han convertido en una mucho más grande de la esperada —bromeó el anfitrión con una sonrisa tensa—. Os prometí un anuncio, pero me temo que se ha destapado la noticia mucho antes de que yo la hiciese oficial. Así que no me queda más que confirmar, con orgullo, que mi hija Candice White se desposará el próximo verano con el hijo de mis queridos amigos los Duques de GrandChester.
—Tomó una copa de champán y procedió al brindis—: Por la unión de nuestras familias y la felicidad de nuestros hijos. Los invitados imitaron el gesto de William y bebieron a la salud de la pareja.
A partir de ese momento los falsos deseos de felicidad para los jóvenes se sucedieron y las preguntas sobre el día o el lugar del enlace comenzaron a sobrepasarlos, sobre todo a Terry, que no quería oír hablar de aquella unión. Con una disculpa, se retiró a su habitación y dejó a Candy acompañada de la duquesa, encargada de aparentar una alegría que los GrandChester estaban lejos de sentir.
A la mañana siguiente, la casa amaneció en un incómodo silencio. Terry había salido a cabalgar igual que el día anterior, pero esta vez no tentaría a la suerte trepando hasta la ventana de su prometida, aunque lo deseaba y quería saber cómo estaba. Pero ahora más que nunca William la tendría vigilada. Sus familias ya tenían lo que deseaban y él ansiaba sobre todas las cosas abandonar ese lugar para deshacerse de ese extraño sentimiento que igual lo hacía sentirse eufórico y capaz de superar todas las adversidades, que lo sumía en la más absoluta inquietud. Un sentimiento que no sabía qué nombre tenía. Llegó a los establos y descabalgó dispuesto a entregarle al mozo el caballo, pero para su sorpresa no había nadie, se internó en uno de los cubículos y dejó amarrado al animal antes salir y dirigirse a su habitación y preparar su equipaje para regresar a Londres con el pretexto que fuese. Sin embargo, detuvo sus pasos al comprobar que dos hombres a los que no había visto nunca le cerraban el paso.
—Apártense —ordenó con el tono de voz innato en la gente que había nacido con los privilegios de los nobles y que, por lo tanto, tenían asumido que les debían obedecer. Ante la pasividad de aquellos individuos, Terry intentó rodearlos.
—No tan rápido, muchacho —contestó el que estaba más cerca, el otro permanecía apoyado en la pared de brazos cruzados.
—¿Muchacho? ¿Acaso no sabes quién soy yo? —Se irguió con insolencia. —Lord GrandChester, futuro duque . Único hijo de lord Richard y lady Elyonor. ¿Me equivoco?
—Entonces sabes qué trato debes dispensarme. —Para eso estamos aquí. Sin más preliminares, aquel hombre propinó un puñetazo a Terry en la ceja y lo tumbó en el suelo. La sangre y el dolor le nublaron la vista por un momento. Intentó levantarse, pero recibió una patada en las costillas que lo dejó sin respiración. Aquel individuo se inclinó y lo sujetó por el pelo para que lo mirase.
—¿Qué quieres? ¿Dinero? —preguntó Terry enrabiado.
—No nos hagas reír —se carcajeó el agresor—. ¿Quién nos lo iba a dar? ¿Tú? ¿Tu familia?
—Si no es dinero, qué es.
—Esto simplemente es una advertencia. ¿Lo entiendes, niño rico? —dijo con ironía—. Nadie ofende al señor White. Por tú bien, acepta el destino que ha sido planeado para ti o recibirás muchas de estas. Soltó el cabello del joven y lo dejó tumbado en el suelo. Antes de darse la vuelta para marcharse, le propinó otra patada en el estómago que le provocó arcadas. —Por cierto —se detuvo el hombre de William mientras Terry se sujetaba las costillas y se levantaba—, desafortunada caída la que has sufrido a caballo —advirtió así lo que debía decir y se marcharon silbando.
La rabia consumió a Terry mientras se dirigió hacia la mansión de los White y fue creciendo a medida que cada respiración enviaba una punzada de dolor a su costado. No se extrañó que ya hubiese dispuesto en su dormitorio una jofaina con agua caliente, paños y un ungüento. Miró en el espejo la brecha de su ceja y el ojo cada vez más morado e hinchado. Limpió la sangre de su rostro maldiciendo una vez más a William y aquel compromiso.
Si la intención de William con aquel «aviso» había sido que Terry se doblegara, es que no lo conocía en absoluto, ahora estaba más resuelto que nunca a alejarse de aquella familia para siempre. Porque aunque se desposase con ella, aunque hubiese albergado la esperanza de ser feliz con Candice, su padre jamás desaparecería de aquella ecuación. Se marcharía de allí lo más pronto posible y regresaría a Londres. Una vez en casa, pensaría cómo golpear a William donde más le doliese: en su orgullo.
Candice se levantó el día después de su cumpleaños con la noticia de la caída del caballo de su prometido. Lady Elyonor lo disculpó por su ausencia a la hora del desayuno y lo siguió haciendo el resto del día. Los pocos invitados que quedaban en la mansión se marcharon tras el almuerzo y a la hora del té, Candy seguía manteniendo la esperanza de verlo para comprobar que su estado no revestía gravedad, tal y como la baronesa le había asegurado. Pero deseaba verlo con sus propios ojos y si era preciso sanar sus heridas. La preocupación, la ansiedad y el enamoramiento eran un cóctel demasiado peligroso que convirtieron a la apocada y silenciosa Candy en una joven intrépida, capaz de escabullirse por los pasillos de la mansión hasta llegar a la habitación de su amado. Candy miró a un lado y a otro del corredor para cerciorarse de que nadie la veía y con timidez llamó dos veces a la puerta. Esperó escuchar alguna respuesta, pero no llegó ningún sonido del otro lado y el tiempo corría en su contra.
En cualquier momento podría ser descubierta, así que se apresuró a entrar sin ser invitada, cerró tras de sí y apoyó la espalda en la hoja de madera de la puerta. La habitación estaba casi en penumbra. Las últimas luces del atardecer se colaban por un hueco de la ventana que las cortinas no llegaban a cubrir y que parecían iluminar el lugar exacto en el que Terry descansaba. Despacio, acompañada por el sonido de sus enaguas y entretelas que crujían al caminar, se acercó hasta el lecho. Ahogó un grito cuando vio el ojo de su amado y se cubrió la boca con una mano mientras acortaba la escasa distancia.
Terry parecía dormir, no quería molestarlo, pero un mechón de cabello le rozaba la herida y no pudo reprimir apartarlo con sumo cuidado. En cuanto sus dedos lo tocaron, la mano de Terry voló hasta su muñeca y la apretó con fuerza. Solo cuando escuchó el grito lastimero de la muchacha y enfocó la visión con el ojo sano, comprendió que no era ningún asaltante. Al menos no uno que fuese a herirlo de nuevo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con dureza y la voz demasiado áspera.
—Es-estaba preocupada. Tu madre me aseguró que la caída no había sido grave, pero haberte ausentado incluso a la hora del té me ha hecho dudar.
—Pues ya lo has visto. Ahora márchate. —Soltó su mano y giró el rostro hacia el otro lado para zanjar la conversación.
Acongojada, Candy dio un paso atrás.
—Lamento si mi presencia ha perturbado tu estado. Pensé que te agradaría mi visita, pero es evidente que ha sido un error. Por favor, discúlpame. —Con las últimas palabras intentó tragar el nudo de pesar que la ahogaba. Giró sobre sus talones y presurosa se dirigió hasta la puerta. Terry aguardó en silencio mientras escuchaba las excusas de Candice, quería permanecer callado. Debía hacerlo. Dejarla marchar y causarle sufrimiento. Si no físico, como el que estaba sufriendo él, sí al menos emocional para que se desilusionase y viera la clase de persona que era. Pero en el último momento las palabras brotaron de sus labios. Aunque sabía que se arrepentiría más tarde.
—No es tu culpa, Candy. No eres responsable de nada de lo que sucede, sin embargo estás en medio.
—Ella se giró y lo miró sin comprender—. Por favor, entiende que nada de lo malo que suceda será por ti.
—No te comprendo.
—Lo sé. Pero llegará un día en que sí lo harás y mis palabras cobrarán sentido para ti.
--Te encuentras bien? ¿Tienes fiebre? —Candy se preocupó ante el alegato incomprensible de Terry. Se acercó hasta la cama y posó su suave mano sobre la frente de él.
—Es posible, porque si no, te aseguro que no habría abierto la boca —respondió sarcástico. —Oh, entonces ordenaré que alguien te suba un remedio. Aunque no podré decir con certeza que tienes fiebre porque delataría mi inapropiada visita —murmuró perdida en sus pensamientos.
—¿Sabes qué, Candy ? —sonrió Terry a su pesar y tomó la mano que reposaba en su frente entre las suyas—. Eres mucho más intrépida y divertida de lo que pensaba, y aunque corro el riesgo de agravar este escandaloso encuentro, debo reconocer que la pasión es otra de tus cualidades que me ha sorprendido gratamente. Candy enrojeció y a sus labios afloró una tímida sonrisa al recordar la intimidad compartida en el invernadero.
—Reconozco que he descubierto esa naturaleza de mis actos gracias a ti. ¿Es eso malo? —dudó. Terry hizo una mueca. Eso sería maravilloso si algún día fuesen marido y mujer, algo que no iba a suceder y que tenía la certeza que tras comprometerla, no sucedería con ningún otro hombre. Candice pagaría por la culpa de ambos, por el desprecio que sentía hacia su padre y por el resentimiento que tenía hacia los suyos. Una víctima inevitable.
—No puede haber nada malo en mostrarse tal y como uno es y luchar por aquello que se desea —se justificó a sí mismo también. La amplia sonrisa de Candy iluminó la habitación.
—Debo reconocer que mis recelos eran infundados. Estoy segura de que seremos muy felices. Eres un buen hombre, Terry.
--Ante aquellas palabras, y el diminutivo de su nombre, Terry sintió como si un nuevo puñetazo lo golpease en el pecho. Depositó un suave beso en el dorso de su mano y presionó sus labios contra la piel de su todavía prometida más tiempo de lo que debiera.
—No deseo otra cosa —murmuró antes de soltarla y girar el rostro hacia el otro lado de la habitación, avergonzado por lo que iba a hacer. —No tienes nada de lo que preocuparte, yo me ocuparé de que nada empañe nuestra felicidad. —Acarició con los dedos el lugar del beso y salió de la habitación dejando a Terry mucho más destrozado por aquella visita que por la paliza recibida.
Continuará...
