CAPÍTULO 6

La amplia sonrisa de Candy iluminó la habitación.

—Debo reconocer que mis recelos eran infundados. Estoy segura de que seremos muy felices. Eres un buen hombre, Terry.

--Ante aquellas palabras, y el diminutivo de su nombre, Terry sintió como si un nuevo puñetazo lo golpeace en el pecho. Depositó un suave beso en el dorso de su mano y presionó sus labios contra la piel de su todavía prometida más tiempo de lo que debiera.

—No deseo otra cosa —murmuró antes de soltarla y girar el rostro hacia el otro lado de la habitación, avergonzado por lo que iba a hacer.

—No tienes nada de lo que preocuparte, yo me ocuparé de que nada empañe nuestra felicidad. —Acarició con los dedos el lugar del beso y salió de la habitación dejando a Terry mucho más destrozado por aquella visita que por la paliza recibida.

Dos días después, los duques y su hijo regresaron a su mansión en la capital.

Aunque Candy intentó visitarlo de nuevo, no pudo hacerlo. Siempre parecía haber alguien rondándolo o vigilándola a ella, en especial Eva.

—No te apenes —comentó la institutriz—. Pronto viajarás a Londres para tu presentación en sociedad y lo verás de nuevo.

—Este será uno de los inviernos más crudos que viviré, Eva.

—Ojalá sea cierto y solamente esta espera sea lo peor que te suceda en la vida —le deseó de todo corazón.

Terrunce Acudió a todas las fiestas de sociedad a las que fue invitado y algunas otras no tan oficiales, y de dudosa reputación, también. Desoía las recriminaciones de sus padres con los que discutía a menudo y cuya vida se convirtió en un infierno.

Su único hijo se esmeró en que sus correrías fuesen la comidilla de los salones y puso su nombre en boca de todos, más porque el mismo periodista que se encargó de narrar con pelos y señales el encuentro con Candice en el invernadero de su propia casa se preocupó por seguir y contar sus salidas, lo que empeoró la salud del duque y el carácter de la duquesa.

Fue en una de aquellas reuniones faltas de cortesía donde Terrunce conoció a la exuberante Susana Marlow. Aquella joven de cabellos lacios rubios y ojos de un azul cielo. Tenía un descaro innato Con solo estirar sus bien delineados labios tenía rendidos a sus pies a cuantos hombres deseara. Y para mayor satisfacción, lo deseaba a él.

Susana no pertenecía a la nobleza, sus padres no tenían título alguno, ni negocio próspero, pero su belleza era suficiente garantía como para que su suerte cambiase y Terry no pudo estar más de acuerdo. Encontró en Susana su venganza perfecta.

Candy, emocionada, bajó del carruaje y miró a su alrededor. Su mansión en Chester Square la esperaba con las puertas abiertas, pero ella solo deseaba empaparse del bullicio de la calle, disfrutar al ver a las parejas pasear con sus hijos e imaginarse así en un futuro próximo. Miró al cielo y dejó que el sol calentara sus mejillas, pero sobre todo, lo que en verdad ansiaba era la visita de Terry. En su última carta lo había avisado del día de su llegada, por lo que de un momento a otro los Duques acudirían a su hogar y volvería a verlo de nuevo. Inspiró hondo y con una sonrisa entró en la casa. Ya no extrañaría a Terry por más tiempo. Ahora más que nunca deseaba tener su propio hogar junto con su esposo y formar una familia. Pero Terry no la visitó a la hora del té ni durante la tarde. Nadie entró ni salió de la mansión a excepción de su padre, que se marchó con el semblante serio y preocupado y tras la cena todavía no había regresado.

William entró en el club de caballeros más prestigioso de Londres como si lo hiciese en su propia casa. Los cuchicheos lo seguían a cada paso que daba e incluso algunos se atrevieron a seguirlo en la distancia para saber dónde se dirigía y, en especial, para saber a quién andaba buscando. El Gentlemen's Club estaba lleno a esas horas. White saludó de manera escueta a los conocidos que se encontraba en su camino hasta que llegó a la sala preferida de los jóvenes. En ella las conversaciones eran mucho más escandalosas y el alcohol corría a raudales entre los insignes miembros del club. William divisó a Terrunce mucho antes de que este tuviese tiempo para reaccionar.

—Caballeros, déjennos solos —ordenó con voz lúgubre. El silencio se hizo en la pequeña sala. Los amigos de Terry dudaron si obedecer o no, al fin y al cabo William no era nadie allí para darles órdenes. Sin embargo, la inesperada aparición del marqués Andry, dueño del club, cambió las cosas. Albert se posicionó del lado de William y los invitó a marcharse. Nadie osó a contrariar al dueño, por lo que en apenas un par de minutos, los dos hombres se quedaron solos.

—Señor William, qué grata sorpresa —ironizó Terry.

—Permítame que lo dude.

—William tomó asiento frente al joven—. He sabido que ha estado muy ocupado últimamente.

—Lo suficiente como para no haber podido visitar a Candice hoy, si eso es para lo que ha venido.

—Que no haya visitado a mi hija le ha hecho más daño a ella que a mí. —Aquellas palabras lo golpearon en el pecho y le hirieron más de lo que quería reconocer—. Sin embargo, que sus escarceos estén en boca de todo Londres y que hasta se escriba sobre ellos me atañe más.

—¿ Y qué va a hacer? ¿Ordenar que me den otra paliza? Todavía soy un hombre libre. William tuvo la desfachatez de carcajearse en su cara, lo que hizo que el semblante de Terry cambiase.

—Aún no lo ha comprendido, ¿verdad? No es ni será libre jamás. Tengo a su familia en mis manos. Así que le voy a decir lo que va a pasar: mañana visitará a Candy y pasado será la fiesta de compromiso.

—¿ Pasado? —Terry se incorporó en el sillón—. Se suponía que sería dentro de dos semanas.

—Después de lo ocurrido en el invernadero, no tiene sentido demorarlo más.

—Es todo demasiado precipitado.

—El amor de juventud no puede esperar —ironizó. William se levantó, estiró su chaqueta y caminó hacia la puerta, pero justo antes de salir, giró la cabeza y se dirigió de nuevo a su futuro yerno—: Con respecto a la otra cuestión que le preocupaba, la… «caída del caballo», fue un inocente aviso en comparación con lo que le sucederá a usted o a algún miembro de su familia si falta a su palabra. Y la cuestión del dolor físico no es lo que más le debe preocupar. Sin más, abandonó el salón y dejó a Terrunce solo. De nuevo, frustrado y rabioso.

El marqués Andry esperaba a William en la antesala donde se había producido la conversación entre el joven duque y su consuegro.

—Señor White, acompáñeme.

—Albert guio a su amigo a su despacho a través de una escalera privada para alejarlo de las especulaciones que los miembros del club estaban haciendo sobre su encuentro con Terrunce.

Una vez dentro, Albert sirvió una copa para ambos y lo invitó a tomar asiento frente a la chimenea.

—¿ Así que has vuelto a tomar las riendas del club?

—Una vez a solas, dejó de tratarlo con cortesía. Desde su primer encuentro hacía ya varios años, habían entablado una sincera amistad además de embarcarse en varios negocios juntos. William era el encargado de fabricar las telas con el algodón que recibía de Charleston, donde el marqués tenía sus plantaciones, y que después enviaba la India para comerciar. White aceptó la bebida y tomó un generoso trago.

—Una vez instalado en Londres de nuevo, no veía motivo alguno para desatender mis finanzas. Además necesitaba algo en lo que ocupar mi tiempo, sobre todo por las noches.

—La mirada del marqués se volvió ausente y William comprendió lo que supondría para aquel hombre regresar a la casa en la que había fallecido su familia.

—¿ No te tienta volver a América?

—Cada día y casi cada hora. Y lo haré porque no me puedo alejar mucho tiempo de la plantación. Pero regresar a casa era algo que tenía que hacer tarde o temprano.

—La fuerza de espíritu te honra.

—Levantó el vaso y brindó por él.

—Me consideras demasiado bueno, querido amigo —sonrió de mala gana—. Lo cierto es que mis sobrinos me habían vuelto a pedir ayuda. Parece ser que Neal dilapida la herencia familiar a pasos agigantados mientras el joven Andrew lidia con la enfermedad de su madre. Ojalá y con el tiempo, Andrew forje un carácter diferente al de su hermano, pero creo que su influencia es demasiado grande y terminará siguiendo sus pasos. William negó con la cabeza consciente de la perdición de algunos jóvenes aristócratas.

—Ojalá te hubiese conocido antes de prometer a mi hija con ese petimetre de Terrunce —se lamentó White.

—Me halaga que me consideres digno de tu hija, pero algo me dice que ella está mucho más satisfecha con el actual acuerdo.

—Y así debe seguir siendo, pero no puedo borrar el presentimiento de que estoy cometiendo un error que hará infeliz a Candice.

—Terrunce no es un mal muchacho. Es joven, rebelde y no ha tenido en sus padres precisamente un buen ejemplo al que seguir. El duque ha sido un derrochador y un pésimo inversor. Mientras que su madre ha cuidado más las apariencias que a su único hijo. Estoy seguro de que con el tiempo, madurará y se convertirá en el hombre que Candice merece.

—Ojalá estés en lo cierto.

—Brindemos por que así sea.

—Ambos levantaron el vaso y, en silencio, bajo el calor de las llamas, cada uno volvió a sus preocupaciones.

—Lady Elyonor, es un placer volver a verla —Emilia saludó a la duquesa—. ¿No nos acompañará su esposo? La duquesa hizo un gesto de pesar.

—Lamenta profundamente no asistir a su invitación, pero este invierno ha mermado su salud y apenas sale de casa. De hecho, dudamos que pueda asistir a la fiesta de compromiso.

—¡ Oh! No sabe cuánto lo lamento. ¿De qué adolece en concreto?

La conversación entre las dos mujeres se escuchaba de fondo, pero los ojos de Terrunce y de Candice estaban fijos el uno en el otro. Al final, ella le dedicó una tímida sonrisa y él fue incapaz de no corresponder el gesto.

Se sirvió el té y ambos permanecieron en silencio, sentados el uno frente al otro con la pequeña mesilla entre ellos. Terrunce agradeció que la conversación la acapararan la señora White y su madre, y que no se le brindara la oportunidad de hablar con Candy. ¿Qué se le dice a alguien tan inocente al que vas a destrozar?

—Creo, lord Terrunce —interrumpió William la conversación intrascendente de su esposa—, que ha llegado el momento de anunciar, tal y como acordamos ayer, que ha decidido adelantar la fiesta de compromiso. Candice, que había estado ausente hasta el momento, desvió la mirada interrogativa hacia su padre, que respondió a su silenciosa pregunta con un asentimiento de cabeza.

—¿ No es cierto? —lo presionó William. Terrunce lo fulminó con la mirada. Y habría negado las palabras de William si no hubiese sido por su madre, que se apresuró a interceder.

—Señor William, la impaciencia de mi hijo nos tomó por sorpresa. Hemos reaccionado todo lo rápido que hemos podido, pero no creo que la confirmación de asistencia de los invitados llegue hasta mañana o a lo sumo pasado. He hablado con Terrunce para convencerlo de retrasar la fiesta y, aunque renuente, por fin ha comprendido que no conviene precipitar las cosas o podrían sucederse comentarios malintencionados.

—Lady Elyonor, agradezco profundamente el interés que se ha tomado, pero mucho me temo que es tarde para preocuparse por dichos comentarios. Le aseguro que mañana se realizará la fiesta, haya diez o quinientos invitados. Y si tuviese que apostar, lo haría a favor de que no cabrá ni una aguja en la fiesta. Es demasiada la expectación que este futuro enlace ha despertado —dejó claro así William que no pensaba cambiar de opinión.

—Pero si ni siquiera nos ha dado tiempo a presentar a Candice en sociedad…

—Estoy seguro de que no habrá mejor presentación en sociedad que saber que Candice se desposará con su hijo.

—Me preocupa que la fiesta no esté a la altura —interrumpió desesperada la duquesa.

—Sin embargo, estoy seguro de que usted sabrá cómo conseguirlo. Lady

Elyonor no tuvo más opción que guardar silencio. Si William quería que se celebrase el compromiso de su hija el día siguiente, nada ni nadie podría detenerlo. Terry apretó los puños en su regazo. Aquel hombre lo asfixiaba. Incluso si el matrimonio llegase a celebrarse, lo tendría siempre a su espalda, vigilante.

—Candice, querida. Sé que te hubiese gustado disfrutar un poco más de los preparativos, y sé lo duro que ha resultado este invierno para ti. Espero que comprendas los motivos por los cuales insisto en que es la mejor solución. El corazón de Candy latía desbocado. Sabía que su padre pretendía que la presentación en sociedad ocurriese al mismo tiempo que el compromiso para, en cierto modo, protegerla de las habladurías. Pero qué podía ella objetar si el tiempo no pasaba lo suficientemente rápido como para que llegase el día de su enlace.

—Me hace muy feliz la decisión de lord Terrunce de adelantar la fiesta —contestó al fin con las mejillas sonrosadas y una sonrisa radiante. Terry deseaba casarse con ella lo más pronto posible, qué mejor demostración de amor podría tener.

—Perfecto entonces. No se preocupe, lady Elyonor, yo también he estado ocupado con los preparativos y puedo asegurar que la celebración estará a la altura de un compromiso tan importante como es el de nuestras familias.

—Yo también puedo asegurarlo —el murmullo de Terry pasó desapercibido porque Elyonor comenzó a farfullar sobre detalles de la fiesta y William se había levantado para colocarse tras su hija.

—Creo que hace un día espléndido para que los jóvenes paseen por la ciudad —sugirió William—. Candice no ha tenido tiempo de salir de casa y seguro que lo agradecerá.

—Sería maravilloso. —Los ojos de Candy brillaron de emoción. Por fin saldría de la mansión y además pasearía acompañada de su prometido.

—Una sugerencia muy acertada, señor William —apoyó la duquesa. Poco o nada tenía que decir Terrunce al respecto, como siempre.

Ahora debía hacer frente a su agradable compañía, a sus dulces palabras, a su mirada enamorada. Eva caminaba apenas unos pasos detrás de la pareja mientras contemplaba con una sonrisa la expresión de Candice. Para ella todo era nuevo: la elegancia con la que las damas se vestían en Londres, los escaparates de las tiendas, los parques con niñeras que se hacían cargo de los pequeños mientras los matrimonios

—Mis padres sí que han acudido a veces a fiestas aquí en la capital, pero yo jamás había estado. Londres es mucho más hermoso de lo que en un principio me había imaginado —comentó a Terry—. Bueno, pero eso tú ya lo sabes —sonrió avergonzada.

—¿ Perdón? —acertó a contestar confuso por el comentario y atribulado por la cantidad de gente que cuchicheaba a su paso—. ¿Es tu primera vez en la capital? Candice detuvo sus pasos y entrecerró los ojos al mirarlo.

—Te lo conté, ¿recuerdas? —Si Candy no recordaba mal, fue en la primera carta tras el anuncio de su compromiso donde le confesó sus ganas de trasladarse y visitar por primera vez Londres.

—Perdóname, no lo recordaba.

—Y seguía sin hacerlo, pero era probable que surgiera una conversación al respecto y su mente estuviese ausente.

—No tienes por qué disculparte. Entiendo que te muestres algo taciturno y que no estés del todo cómodo. Ahora fue el turno de detenerse de Terry y mirarla inquisitivo.

—¿ Ah, sí?

—Por supuesto. Esto debe ser muy duro para ti. —¿El qué exactamente? —preguntó con precaución.

—No tienes que contarme cómo te sientes si no quieres, pero me gustaría que pudieses confiar en mí. Terry pensó que no existía mujer más dulce, comprensiva y sin artificios que Candice. Pese a todos sus recelos, tenía que reconocer que su naturaleza distaba mucho de la de su padre. No había ni un ápice de egoísmo en ella, y el darse cuenta de ello todavía lo hizo sentir peor.

—Candice… —empezó a hablar. Tuvo la ínfima esperanza de poder sincerarse con ella, de poder evitarle el sufrimiento. Y lo que es peor, aún la más pequeña posibilidad de que se pusiese de su lado y rechazase el compromiso. Pero solo tuvo que observarla un instante para comprobar con cuánta adoración lo miraba. Estaba seguro de que lo amaba, Dios sabría por qué. Porque él tenía claro que no era merecedor de ese sentimiento, aunque lo hacía sentirse puro. Que ella lo considerase en tan alta estima, que pensara que era un dechado de virtudes, también lo incomodaba, porque nada estaba más lejos de la realidad.

—Sé que estás preocupado por la salud de tu padre —interrumpió sus pensamientos—. Pero quiero que comprendas que si eso es lo que te aflige, nuestro compromiso no supondrá un dolor de cabeza más añadido. La familia es lo primero y la tuya será también la mía.

—Mi padre… —Su ánimo se desinfló y empezó a caminar de nuevo.

—¡ Oh, Terrunce! Debes sentirte angustiado por su estado de salud. Si fuese mi padre, yo tampoco podría disfrutar de los momentos tan dichosos que se avecinan como lo estoy haciendo —dijo sonriente, pero al momento se arrepintió y se mostró azorada—. Lo lamento, no pretendía parecer tan superficial. No quiero que pienses que no me preocupa el estado de tu padre, me apena profundamente que no se encuentre en situación de celebrar con nosotros nuestro compromiso. Ante tanto parloteo, Terry la detuvo, incapaz de seguir soportando por más tiempo la buena disposición de la joven, pero sobre todo el peso de la culpa.

—Está bien. Te he entendido. Será mejor que cambiemos de tema —dijo mucho más contundente de lo que quería.

—Sí, cierto —musitó avergonzada—. Disculpa.

—¡ Por el amor de Dios, no vuelvas a disculparte! —Terry perdió los nervios de nuevo—. ¿Acaso es culpa tuya que esté enfermo? ¿Que pueda o no acudir a la dichosa fiesta de compromiso? La joven, ruborizada, negó con la cabeza y miró a un lado y a otro con disimulo. La mayoría de gente de su alrededor se había parado a observarlos y cuchicheaba.

—Entonces no vuelvas a disculparte por algo de lo que tú no tienes culpa —siguió Terry ajeno a la curiosidad que había despertado su acalorado diálogo—. A veces dudo de si las cosas que dices son por compromiso o porque realmente eres así de bondadosa. Si es por lo primero, ahórratelo. Y si es por lo segundo, quizá deberías haberte planteado la posibilidad de consagrar tu vida a Dios. Candy parpadeó varias veces para ocultar las lágrimas que amenazaban con desbordarse de sus ojos. Entrelazó las manos en su regazo y agachó la cabeza, como si fuese una niña pequeña ante la reprimenda de sus padres. Pero eso era mucho peor, era su prometido el que había alzado la voz y recriminado su comportamiento en pleno barrio de Mayfair.

—Lord —interrumpió Eva incapaz de permanecer por más tiempo callada—. Creo que el paseo se ha excedido suficiente y deberíamos regresar.

Hasta ese momento, Terrunce no fue consciente de la situación que había desencadenado. Candy parecía a punto de llorar y a su alrededor, con mal disimulada discreción, se había congregado un generoso grupo de gente. Su comportamiento lo hundió más en su miseria personal y acrecentó los remordimientos.

—Cierto. Regresemos —Tendió el brazo a Candy, que lo tomó con manos temblorosas y lo sujetó con menos entusiasmo que al principio de su paseo.

Candy no volvió a pronunciar palabra, lo que todavía mortificó más a Terry. Estaban llegando ya a la casa de la muchacha cuando sintió deseos de disculparse con ella, de no dejarla marchar.

—Candy, lo lamento. No debí alzarte la voz ni dedicarte palabras tan desagradables. Mi comportamiento ha sido del todo inadecuado. No mereces que nadie te trate así. Estaban ya en los escalones de la casa y pronto el mayordomo abriría la puerta. Candy solo deseaba entrar y retirarse a su habitación. Pero la mirada torturada de Terry apaciguó un poco su desilusión.

—A-Acepto tus disculpas —murmuró con voz trémula—. Puedo imaginarme la presión a la que estás sometido. Solo espero poder aligerar tu carga y que no sientas que soy un lastre. El nudo en el estómago de Terry se apretó todavía más, causándole un dolor físico que lo hizo sentirse enfermo.

—Tú no tienes la culpa de nada de lo que va a suceder. Lamento que tengas que estar en medio de todo este asunto. Por favor, recuérdalo. No es por ti.

Candy asintió. Comprendió que él se refería a la salud de su padre y a las obligaciones a las que tendría que hacer frente cuando heredara el título y las posesiones del ducado. Nada más lejos de la realidad.

El mayordomo abrió la puerta principal y la pareja, acompañada de Eva, entró en la casa para ultimar los detalles de la fiesta del día siguiente. Sin duda, la más sonada que se viera en años en la capital.

Tal y como había previsto, las familias más influyentes y gran parte de la aristocracia de Londres se dieron cita el 26 de agosto de 1825 para ver cómo el único hijo de los duques de GrandChester se prometía en matrimonio con una plebeya, de gran dote y familia influyente, pero sin título aristocrático. Candy, radiante, llegó del brazo de su padre y de la compañía de su madre. Llevaba un precioso vestido blanco con flores bordadas en hilo de plata que lejos de apagar su pálida piel parecía resaltar el tono rosado de esta. Las peinetas que adornaban su cabello habían sido obsequio de su padre, así como los zarcillos de amatista y diamantes que brillaban con cada movimiento de su cabeza, por delicado que fuese. Tanto ella como su atuendo despertaron admiración e interés. Muchos eran los que habían especulado que la joven no era agraciada o por el contrario lo era en demasía, y por ello William la mantenía recluida y alejada de la capital. No obstante, tras comprobar que era una muchacha de belleza elegante era realmente hermosa. Ahora solo quedaba que llegara el prometido y ver a la pareja junta. Los duques hicieron acto de presencia apenas unos minutos más tarde. Lord Richard entró apoyado en un bastón, mucho más demacrado y delgado que desde la última vez que Candy lo había visto, pero la duquesa lucía su habitual porte erguido para hacer gala de su mejor atuendo y de las joyas más caras. Bajo toda aquella fachada elitista se escondía un temor, un presentimiento de que aquella noche algo grave iba a suceder, empezando por la desaparición de Terrunce horas antes de la fiesta. Excusaba su ausencia con una austera nota y prometía acudir más tarde sin su compañía. Si algo sabían los duques es que no podían confiar en su hijo.

Tanto para los invitados como para la propia familia de la novia, la falta de la presencia del prometido creó desconcierto y los murmullos se sucedieron en todos los corrillos, por lo que lady Elyonor tuvo que excusarlo alegando que Terrunce tenía preparada una sorpresa para la joven Candice. Un detalle que por supuesto ella misma había tenido que improvisar y que llevaba el Duque guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, para que cuando su hijo se dignase a acudir y se lo entregara a Candice, cubriera su coartada.

Puede que los invitados creyesen en mayor o menor medida las palabras de lady Elyonor, pero William por supuesto que no lo hizo. En cuanto la gente comenzó a dispersarse, apartó a los duques a un discreto rincón.

—¿ Dónde está su hijo?

—Terrunce llegará de un momento a otro. No tiene nada de qué preocuparse. —Lady Elyonor intentó tranquilizarlo y que no se notase su inquietud, pero la mirada de William era demasiado astuta como para no captar el desasosiego de la duquesa.

—Así lo espero. Por su bien. Porque si su adorado hijo intenta jugármela, me encargaré de hacérselo pagar. Lord Richard ni siquiera osó contestar. Estaba demasiado cansado, le dolía horrores la cabeza, y sabía de sobra que William cumpliría con su amenaza. Porque no habría otra opción, conocía a su hijo y no tenía ninguna duda de que hoy, Terrunce firmaría la sentencia de su familia y la suya propia. Mientras, no muy lejos de allí, Candice miraba ansiosa a la puerta hasta que alguien reclamó su atención.

—Señorita Candice, permítame que le diga que hoy está muy hermosa.

El marqués Andry se acercó a saludarlas. Candy respondió con una vergonzosa sonrisa al tiempo que su madre acaparaba la atención de lord Albert.

—Lord Andry —interrumpió Emila y le tendió la mano.

—Usted también está hermosa hoy, señora White.

—Oh, tan galante como siempre. ¿Qué le parece la fiesta?

—Digna del compromiso de su hija.

—Mañana todos los periódicos de la ciudad hablarán de este compromiso —continuó la señora Emilia.

—Estoy seguro de ello. De pronto, el silencio fue imponiéndose en el salón como una ola que avanza sobre la arena de la orilla hasta alcanzar el lugar donde se encontraban los White y los GrandChester. Tras unos acordes, incluso la orquesta dejó de sonar.

Candy no podía ver nada desde donde estaba, la mayoría de los invitados ocultaban su visión. Pensó que, sin duda, algún invitado ilustre había llegado, pero empezó a dudar cuando escuchó la blasfemia de su padre y perdió todo rastro de decoro al alzarse de puntillas para intentar saber qué lo había molestado tanto.

Como si los hubiesen conjurado, los asistentes comenzaron a dejar un pasillo entre ella y la puerta.

Y fue entonces cuando lo vio. Ahí estaba su prometido del brazo de otra mujer hermosa, . Además de tener un rostro que parecía esculpido en porcelana, uno labios rojos llamativos y unos ojos enormes de azul como el cielo, llevaba un vestido rojo y negro que resaltaba su exuberante figura. Sonrió al ver a Terry y no pudo evitar levantar con timidez y emoción la mano para saludarlo.

—¿ Es familia suya? —susurró toda inocencia a lady Elyonor. Hasta aquel momento, la duquesa no había sentido lástima por aquella joven. Pero su inocencia y la capacidad de confiar en su hijo la hicieron flaquear. Ni siquiera pudo mirarla a la cara, por lo que fue incapaz de contestar.

—¿ Qué significa esto? —estalló William con voz lúgubre pero perfectamente audible. No le importó lo más mínimo su salida de tono frente a la gran cantidad de ilustres convidados allí reunidos. Terry, desafiante, sonrió. Sus ojos estaban clavados en William, sabía que Candice estaría a su lado. Intuía su mirada clavada en él, pero se prohibió mirarla.

—Le he hecho una pregunta —insistió William. Había llegado el momento. Inspiró hondo y con los ojos clavados en William alzó la voz.

—Queridos e insignes asistentes —No quería mirarla, no debía hacerlo, pero no pudo evitarlo. Mientras pronunció las siguientes palabras fue testigo de su dolor—: les presento a mi esposa, lady Susana GrandChester . Gritos de asombro recorrieron el salón, pero Candice fue incapaz de escuchar nada más que su corazón bombear con fuerza al tiempo que se descascarillaba en mil pedazos. No pudo moverse del sitio, quiso salir corriendo, pero las piernas no la obedecieron. Terrunce seguía mirándola y ella era incapaz de apartar los ojos de los suyos. Aquello sería una broma porque otra opción le parecía un sinsentido.

Candy avanzó unos pasos, titubeantes, que sonaron en el silencio del salón como leves repiqueteos, y se paró frente a él.

Terrunce jamás había visto tanta decepción y tanto dolor en los ojos de otra persona. Estaba hermosa, elegante y, hasta que él había hablado, radiante e ilusionada. Empezó a dolerle el pecho. El pañuelo que llevaba al cuello lo asfixiaba y un nudo atenazaba su garganta.

—¿ Es cierto? —murmuró ella. Que todavía dudase, que siguiera manteniendo esperanza en él lo destrozó del todo. —Candy, lo siento. Por favor, recuerda que…

Ella lo interrumpió al echar la mano hacia atrás y abofetearlo.

—¿ Por qué? —sollozó con voz apenas inaudible.

—No tiene nada que ver contigo. Candy, por favor… —No sabía cómo debía explicarle aquello. ¿Cómo se explica a la mujer que siempre lo ha defendido, que ha creído en él y ha visto lo bueno cuando su familia solo sabía hacerle notar lo malo, por qué le rompía el corazón? ¿Cómo hacerle saber que él se habría casado con ella gustoso si no se hubiese sentido obligado? Si su padre no fuese un mal hombre, si su familia no lo hubiese asfixiado con aquel compromiso, si al hacerlo no sintiese como si le coartaran la libertad que tanto ansiaba.

—¿ Por qué? —volvió a preguntar más avergonzada aún mientras algunas lágrimas escapaban de sus ojos—. ¿Por qué me haces esto?

—Querida, ¿acaso no es evidente? —Susana intervino en la conversación harta de dejar de ser el centro de atención. Miró a Candice de arriba abajo y se rio ante lo que ella consideraba obvio—. Entre tú y yo, me prefirió a mí. Candy palideció y desvió la mirada a Terry, que tuvo que apretar los puños para no limpiarle las lágrimas con tiernos besos. Le dolía verla así y se odió más que nunca por haberla decepcionado, porque en sus ojos ya no brillara la devoción, sino el más absoluto desprecio.

—Cállate —ordenó Terry con dureza a su esposa—. Candy, por favor —susurró—. No la escuches. Recuerda lo que te dije —pronunció con tiento—. Esto no tiene nada que ver contigo. Tú eres maravillosa. Se le quebró la voz porque comprendió el alcance de lo que acababa de hacer. En su espiral de autodestrucción y su falso convencimiento de que heriría a White, los había destrozado a ambos.

Candice necesitaba huir de aquella pesadilla y volver a despertarse esa mañana en su cama, ansiosa por asistir a su fiesta de compromiso y bailar con el hombre que amaba delante de todos los invitados. Alabarían la buena pareja que hacían, sonreirían a su paso y agradecería todas y cada una de las felicitaciones que les brindaran. La escena que tenía delante de sus ojos no tendría que haber ocurrido jamás. Escuchó las amenazas de su padre, los lloros de su madre y los reproches de lady Elyonor a su hijo, pero nadie de sus allegados le prestó atención a excepción de Eva. La institutriz llegó junto a ella dispuesta a sacarla de allí lo más pronto posible. Cuando empezó a perder el equilibrio, el marqués Andry se tomó la libertad de sujetarla por el codo. En su mente se repetían las mismas preguntas: ¿Terry se había casado? ¿Se había desposado con otra mujer y no había anulado su compromiso? Es más, la había llevado a su fiesta.

El sollozo tímido y ahogado de la joven lo hundió todavía más. Deseó acercarse a ella, sacarla del salón y explicarse. Hacerle comprender que quizá en otras circunstancias su matrimonio no hubiese supuesto un yugo para él. Que sin la asfixiante presión de su padre ni el constante desprecio de los suyos, ella le hubiese parecido la elección más acertada de su vida. ¿Pero qué le podría decir si él había propiciado su dolor? ¿Si para vengarse de William había decidido seducirla para después dejarla plantada? ¿Qué pretexto banal podría ofrecerle cuando se merecía todo su odio?

—Esta era nuestra fiesta —murmuró todavía confusa, pero de pronto alzó los ojos y lo traspasó con su mirada llena de dolor—. Me mentiste. Me dijiste que me amabas. Con cada frase se rompía más por dentro. Se sentía flaquear, pero no podía permitírselo. No allí delante de todo el mundo.

—Yo jamás… —comenzó a hablar, pero se detuvo antes de hacerle más daño. Nunca había pronunciado esas palabras, pero bien podía callar y concederle que la valorasen como lo que era, una víctima de todo este asunto y él el más ruin de los hombres.

—Ya basta —murmuró el marqués al tiempo que la instaba a caminar y avanzaba con ella y con Eva hacia la salida. Albert ayudó a sacarla del salón. Para ello tuvo que pasar por el lado de Terry, que jamás olvidaría el desconsuelo de la joven, de la única persona que siempre había visto algo bueno en él. Detrás avanzó William, quien mientras acompañaba a su esposa deshecha en lágrimas, se detuvo a su lado.

—Acabas de firmar la sentencia de tu familia, GrandChester. Disfruta de este momento porque el resto de tu vida será un infierno.

Tras la marcha de los White, el salón seguía en silencio. De pronto, una carcajada hueca, una risa histérica, llamó la atención y los cientos de ojos se dirigieron hacia el duque, que parecía haber enloquecido. Reía sin control.

Asustado, Terry se acercó hasta él, hasta que de pronto se sujetó a los hombros de su hijo, lo miró asustado y su cuerpo, ya sin vida, se desplomó.

Nada pudieron hacer los médicos que se hallaban en la sala para salvarlo. Lord Richard duque de GrandChester, falleció a causa de un infarto la misma noche en que su familia se quedaba en la ruina.

Tras llegar a su mansión en Chester Square, Eva se llevó a Candy a su estancia mientras que las demás criadas atendían a Emilia, y William y Arthur se encerraban en la biblioteca. El marqués esperó a que William se tranquilizase mientras lo veía caminar de un lado a otro de la estancia. Solo cuando se dejó caer en el sillón de su escritorio se atrevió a hablar. —¿ Qué vas a hacer?

—Acabaré con ellos.

—Bueno, si esa es tu intención, quizá no deberías hacer declaraciones delante de testigos —bromeó con él para intentar aligerar un poco el humor de William. —La muerte de Terrunce GrandChester sería un mal menor. Merece una agonía lenta, un sufrimiento continuo y diario que no le permita olvidar el agravio que ha cometido. A partir de hoy me serán cedidas para mi uso particular todas sus posesiones. ¡Todas! —repitió al tiempo que golpeaba con un puño la mesa.

—No te voy a decir que no lo merezca. Lo que ha hecho ha sido mezquino. Por ti, por tu familia, pero sobre todo por Candice. Ella no merecía esto.

—Me llevan los demonios, Albert. Cada vez que veo cómo ha destrozado a mi hija siento ganas de estrangularlo con mis propias manos.

—Menos mal que hemos acordado que preferimos una tortura lenta —le recordó el marqués.

—Agonizantemente lenta.

El mayordomo llamó a la puerta con precaución y esperó la orden de William para entrar.

—Señor William, disculpe, pero el señor Britter solicita que lo atienda.

—Hazlo pasar. Apenas unos minutos después, James Britter se unía a Albert y William.

—Lamento lo ocurrido, William. Y no era mi intención venir a molestar en momentos tan delicados.

—Tú jamás molestas, viejo amigo.

—Te lo agradezco, pero lo que venía a decirte no tiene demora. El duque ha fallecido de un infarto tras vuestra marcha. Albert se incorporó en la silla, pero William no hizo ningún movimiento.

—No puedo decir que lo lamente. Ahora solo quedan dos GrandChester para pagar por este agravio. Y uno de ellos comenzará mañana mismo. Como mi abogado, quiero que les hagas llegar una carta donde conste que voy a hacer uso de las cesiones que firmó su padre —ordenó a James.

—¿ Mañana? Los funerales por el duque comenzarán mañana —dijo James contrariado.

—Mejor avisarles antes de que no tienen dinero y de que planeen algo demasiado suntuoso, ¿no te parece?

—William , no hará falta que me recuerdes que debo mantener tu amistad —comentó el marqués antes de que Britten se marchase a cumplir las órdenes de su amigo.

Continuará...