CAPÍTULO 7
Los funerales por el duque comenzarán mañana —dijo James contrariado.
—Mejor avisarles antes de que no tienen dinero y de que planeen algo demasiado suntuoso, ¿no te parece?
—William , no hará falta que me recuerdes que debo mantener tu amistad —comentó el marqués antes de que Britten se marchase a cumplir las órdenes de su amigo.
Terrunce GrandChester aún no podía creer que su padre hubiese muerto, y era imposible que la culpa no recayese sobre él, porque era evidente que su muerte había sobrevenido por el espectáculo que él mismo había montado.
En sus pensamientos, mientras planeaba su venganza, había imaginado los gritos de William, las recriminaciones de su padre, pero jamás se permitió pensar en el dolor de Candy, era demasiado incómodo e imaginarla lo hacía flaquear.
El cuerpo sin vida del Duque fue trasladado a la casa familiar de los GrandChester en Holland Park. Mientras los criados se ocupaban de arreglar al difunto para las visitas y el funeral, lady Elyonor, su hijo y su reciente nuera, se encerraron en el salón. Terrunce todavía estaba asimilando todo lo ocurrido aquella noche cuando su madre comenzó a gritar.
—¡¿ Qué demonios has hecho?! Él parpadeó como si intentara salir de un sueño, o una pesadilla más bien. Tenía un nudo en el estómago y una presión sobre el pecho que le impedían respirar. Se sentía enfermo y asqueado de sí mismo. Ni tampoco pensó que tendría que acarrear con la culpa por la muerte de su padre. O al menos así lo había insinuado el médico al certificar que debido a su estado de salud, aquel disgusto había terminado por alterarlo demasiado.
—¡¿ No piensas decir nada?!
—Señora —intervino Susana—, no le grite a mi esposo, que por si no se ha dado cuenta, ahora ostenta el título de duque por pleno derecho. Elyonor deseó asesinar a aquella mujer con sus propias manos.
—¿ Quién es esa? —preguntó a su hijo con desdén.
—Mi esposa —murmuró y se mesó los cabellos oscuros.
—¿Tu esposa desde cuándo?
—Desde hace unas horas. Nos casamos en la parroquia de St.Pablo.
—¿ Qué has hecho, Terrunce? —Lady Elyonor giró el rostro de un lado a otro, incrédula ante los acontecimientos de las últimas horas—. ¡¿ Qué nos has hecho?! Ante la acusación de su madre, Terrunce estalló.
—¡¿ Qué me han hecho ustedes a mí?! Siempre han querido controlarme. Desde niño no he sido más que un estorbo en su vida y en cuanto fue posible se deshicieron de mí. Me manejaron como si fuera un títere. Dispusieron mi matrimonio pese a que ella no pertenecía a la aristocracia. Pues bien, querida madre, debería estar contenta. Me he permitido facilitarle las cosas. La situación de Susana es mucho peor que la de Candice. No pertenece a la nobleza y además no tiene dinero.
—No sabes lo que has hecho —repitió lady Elyonor y se dejó caer sobre el diván. Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de la duquesa—. Todo lo hemos hecho por ti. Era todo por ti.
—Si fuese por mí, me habrían tratado con cariño, en algún momento de mi vida habría sentido el amor de mis padres. Me habrían tenido en cuenta y consultado sus intenciones.
—¿ Y crees que ahora serás más feliz? ¡¿ Crees que esta oportunista te hará feliz?!
—Controle esa lengua, duquesa viuda, o nos veremos obligados a enviarla lejos de la capital —la amenazó Susana. --lo que provocó las carcajadas vacías de lady Elyonor y una mirada dura e intimidante de terrunce.
—No hay ningún sitio al que me puedas enviar, querida.
Terrunce intuyó la magnitud del error de su matrimonio en cuanto pudo ver juntas a la que había sido su prometida y a su esposa. Lo destrozada que había dejado a su Candice y cómo se había comportado Susana con ella, la falta de empatía ante su sufrimiento, las ansias de llamar la atención frente a la discreción de Candy. Ahora, tras la discusión con su madre, solo pudo confirmar cuán equivocado había estado.
—Ningún sitio… —repitió lady Elyonor ausente, una vez más.
—¿ Qué quiere decir? —Hasta el momento, perdido en sus pensamientos, no había sido consciente de las palabras de su madre. La conversación fue interrumpida por una visita inesperada, que a Terry sorprendió, pero a la viuda no pareció extrañar.
—Lord Terrunce —entró con tiento en la estancia el mayordomo—, disculpe la interrupción, pero el señor James Britter insiste en hablar con usted y con la duquesa. Me he permitido excusarles por lo inapropiado de la visita en estas circunstancias, pero ha insistido en que es urgente que lo atiendan.
—William no pierde el tiempo —murmuró lady Elyonor.
—¿William White? ¿Por qué nos visita su abogado, madre?
—Pronto lo sabrás —contestó hundida.
—Hazlo pasar al despacho de mi padre, John.
—Como ordene.
El mayordomo salió de la estancia y lady Elyonor se incorporó con dificultad, como si el peso de los años hubiese caído de golpe sobre su cuerpo.
—Ahora alcanzarás a ver las consecuencias de tu infantil desafío. Que Dios nos asista.
Terrunce, como en trance, siguió a su madre acompañado de su esposa hasta la estancia donde ya los aguardaba el señor Britter. Entraron en silencio, tensos, a la expectativa de las noticias que James les deparase.
—Lamento su pérdida. —El abogado hizo una reverencia y se volvió a excusar por lo inapropiado de su visita—. Sé que estos momentos son muy duros para ustedes, pero ante la falta de palabra de su familia, mi cliente ordena que se haga efectivo lo antes posible el documento que el difunto Duque firmó. --James tendió la carpeta con los documentos al confuso Terrunce.
—¿ Qué significa esto? ¿De qué documento habla?
James desoyó las preguntas que Terrunce dirigía a su madre y continuó con lo que había ido a decir para marcharse cuanto antes de aquella casa.
—Después del sepelio deberán abandonar esta residencia y buscar otro lugar para vivir. El señor White, desde hoy, dispone en cesión de uso de todos y cada uno de sus bienes.
—Necesitaremos algunos días para encontrar algún familiar que nos ampare en su casa. —Lady Elyonor rogó con la cara cada vez más pálida.
—No puedo hacer nada al respecto. Lo lamento, pero el acuerdo que firmaron en su momento se ha hecho efectivo desde que su hijo se desposó con…, con otra mujer que no fuese la hija del señor William —concluyó violento por aquella vergonzosa situación—. De nuevo, lamento su pérdida. James salió de la estancia y dejó a Terrunce más aturdido aún si cabía.
—¿ Qué son estos documentos, madre? -- Lady Elyonor miró hacia la chimenea donde las llamas lamían las paredes de piedra y devoraban los troncos, como a ella misma la devoraría William White.
—Estamos en la ruina, Terruce--. Empezó lady Elyonor, a contar la verdad que Terry desconocía--. Desde hace años en realidad. Cuando todavía eras un niño, tu padre, movido por la fiebre de la industrialización, invirtió en negocios que no reportaron los beneficios esperados. Cada vez que tu padre intentaba invertir en algún negocio nuevo, fracasaba y nuestras pérdidas aumentaban. Mal aconsejado o por su mala cabeza, no lo sé. Cuando no encontrábamos ninguna salida y ya nos creíamos arruinados social y económicamente, tu padre escuchó en el club hablar de William white. Los rumores, aparte de lo rico que se había hecho con su fábrica textil, insistían en que tenía un negocio paralelo al de sus fábricas. Dada su solvente situación, ofrecía préstamos. Sin preguntas. O eso fue lo que entendió tu padre. Situaciones desesperadas requieren de acciones desesperadas. —Lady Elyonor se tomó un momentó para respirar profundo y ordenar sus pensamientos—. A su favor, diré que parte de los rumores eran ciertos. -- siguió la duquesa--. William White era inmensamente rico. Pero William no dejó pasar la oportunidad, accedió cubrir las pérdidas y al mismo tiempo se ocupó de que nadie conociese las dificultades económicas en las que estábamos. ¿Gratuitamente? Por supuesto que no. A cambio de que en un futuro, su hija contrajese matrimonio contigo. En caso de que la unión no se produjera, podría disponer del uso de las propiedades de la familia White. —Lady Elyonor desvió la mirada del fuego y contempló el asombro en el rostro de su hijo—. ¿Comprendes ahora por qué pactamos tu matrimonio? ¿Comprendes por qué insistimos en que Candice White era la mejor opción?
—¿ Y no se les ocurrió que yo debería estar al tanto de dichas dificultades? ¿Que si hubiesen puesto en mi conocimiento cuál era nuestra situación nada de esto hubiese ocurrido? —Terrunce no podía creer que durante todos aquellos años hubiese vivido en la inopia.
—Teníamos miedo de que confiases nuestros apuros económicos a alguno de tus amigos durante las fiestas escandalosas a las que acostumbrabas a acudir, y se descubriese nuestra precaria situación. Pensamos que lo mejor es que siguieras actuando como siempre para no levantar sospechas. Nuestra «amistad» con William ya había suscitado muchos recelos. Hice todo lo que estuvo en mi mano para salvar a nuestra familia. Y tú, hoy, te has encargado de hundirla. El sacrificio que durante años hemos hecho al relacionarnos con los White, fingir que les estábamos haciendo un favor al tratar con ellos delante de nuestras amistades, todas las mentiras que tuvimos que decir… Todo para nada.
Terrunce comenzó a pasear por la estancia. Desde que había aparecido en la fiesta, su cabeza era un hervidero de pensamientos, recuerdos y, sobre todo, de sensaciones agrias y desagradables que se habían agravado con la muerte de su padre, lo que le había producido un gran remordimiento.
—¿ Quiere decir que no tienen dinero? —Hasta entonces la presencia de Susana había pasado desapercibida para madre e hijo. Elyonor la miró con desagrado. Aquella mujer carecía de decoro, saltaba a la legua que no había recibido ningún tipo de formación y era evidente lo que buscaba con ese matrimonio.
—Querida, lo único de lo que me alegro es de que no podrás disponer ni de un centavo —dijo con rabia la Elyonor.
—Pero tiene que haber algo que se pueda hacer. ¿Terrunce? —llamó la atención de su marido con desesperación—. Yo me he casado con un Duque. Podría haber elegido a quien hubiese querido, pero te elegí a ti por…
—Por mi dinero, lo sé, querida. Y yo a ti para fastidiar a mi familia, a William y por otras cosas que no comentaré delante de mi madre. Así que mala suerte la tuya —contestó Terry con abrumadora sinceridad.
—Mañana enterraremos a tu padre y abandonaremos Holland Park. No le daré el gusto a William de que nos eche con sus propias manos. —La duquesa se levantó para retirarse a su habitación y prepararse para el funeral, pero antes se detuvo frente a su hijo y le acarició la mejilla. Un gesto de cariño al que él no estaba acostumbrado y del que la duquesa pocas veces hacía alarde—. Eres digno de lástima, Terrunce. Toda tu vida lamentarás este día.
El día siguiente amaneció gris y lluvioso. Las tormentas se sucedían una tras otra sin dar posibilidad al sol de asomar entre las nubes. Candy fue incapaz de levantarse de la cama, permaneció acostada y sin tomar alimento alguno durante todo el día. Sabía por Eva que el Duque había fallecido la noche anterior en la fiesta y lamentó su suerte, pero no quiso saber nada más. No quiso pensar en la pena de Terry, que ahora compartiría con su esposa, e hizo todo lo posible por apartar los pensamientos en los que se imaginaba consolándolo entre sus brazos, besando sus lágrimas y ofreciéndole el consuelo que necesitaba. Porque serían otros brazos los que lo abrazasen, otros labios los que lo besasen y otra mujer la que ocuparía un lugar a su lado en el sepelio y en su vida.
Lloró sin consuelo durante horas, hasta que agotada se durmió. Y volvía a llorar cuando se despertaba y recordaba todo lo acontecido el día anterior. No quiso atender a Annie, que solícita acudió a hacerle compañía, ni deseó recibir visita alguna en su habitación que no fuese la de Eva.
Tan solo ella parecía comprender el sufrimiento de la joven y lograba apaciguarla sin utilizar expresiones vacías ni recriminaciones veladas, como había sido el caso de su madre.
—Cielo —dijo con tiento Eva—, está oscureciendo ya. ¿Quieres que te traiga algo?
Candy, acostada, miraba hacia la ventana, pero era evidente que sus pensamientos estaban en otro lugar. Eva se sentó a su lado en la cama y acarició sus cabellos con mimo. Aquel gesto de cariño hizo que una lágrima se derramase, solitaria, por su mejilla.
—¿ Padre está en casa?
—tenía la voz ronca por el llanto y la garganta áspera. La doncella le acercó un vaso de agua y ella se incorporó un poco para tragar.
—Está en su despacho. ¿Deseas hablar con él? —Cady asintió y se dejó caer de nuevo en las almohadas—. Iré a buscarlo, pues. Eva salió de la estancia y bajó las ornamentadas escaleras de madera hasta llegar al despacho de William. Llamó dos veces con algunos segundos de diferencia y esperó el permiso del otro lado para entrar. Cuando lo escuchó, abrió y tras pasar, cerró la puerta y se apoyó en ella.
—¿ Cómo está? —William estaba de espaldas, frente al enorme ventanal mientras observaba el ir y venir de los carruajes por la calle. Pero sabía que la que había llamado era Eva, era la única que lo hacía de ese modo.
—Destrozada.
—Me llevan los demonios. Y lo peor es que no puedo evitar pensar que todo ese sufrimiento se lo he causado yo.
— Usted no sabía lo que iba a suceder.
William negó con la cabeza
—Mi error fue creer que también lo hacía por ella cuando solo estaba pensando en mis ambiciones.
—Todos los padres toman las decisiones con respecto a sus hijos pensando que son para bien. Si de algo se le puede acusar, es de querer lo mejor para los tuyos, siempre.
William agachó la cabeza y posó los labios sobre los de Eva. La besó con toda la pasión, desesperación y agradecimiento que sentía por ella en aquellos momentos y fue correspondido de igual manera, como la mujer enamorada que era. Una vez finalizado el beso, apoyó la frente sobre su amante y la institutriz de sus hijas.
—No he sabido hacer feliz a ningún miembro de mi familia. A mi esposa no puedo amarla. A mi hija no he podido concederle el matrimonio que ella deseaba, y a ti, a ti no puedo tenerte. Eva acarició el rostro de William con ternura. A ella también le hacía daño verlo casado con Emilia, pero no iba a añadir más dolor a su pena. No tenía derecho a reclamar nada. Desde el mismo momento en que se enamoró de él y aceptó sus atenciones, se convirtió en su amante. La que roba tiempo a la esposa, la que se esconde y oculta sus sentimientos, la que jamás disfrutaría de su amor con libertad.
—A mí ya me tienes.
—No como me gustaría. Emilia había sido una compañera excelente durante los primeros años de matrimonio, pero tras el nacimiento de Candice cambió. Se volvió frívola y despreocupada, no atendía a la pequeña como debiera y empezó a gastar cantidades desorbitadas de dinero en vestidos, joyas y demás fruslerías. No iba a justificar su comportamiento porque sabía lo inmoral que era, pero cuando contrató a Eva para atender a Candy y comprobó el cariño con el que trataba a su hija y empezó a hablar con ella, a confiarle sus preocupaciones, comprendió que había encontrado en Eva aquello que su mujer no quería darle. Emilia no quería escuchar contrariedades, solo quería vivir en su nube de algodón, ajena a los problemas. Por ello, tras lo sucedido en el invernadero el otoño pasado y la horrible fiesta de la noche anterior, lo culpaba a él y a Candice de que el nombre de la familia estuviese en boca de toda la sociedad de Londres.
—No te castigues —Eva lo sacó de sus pensamientos y una vez más con las palabras perfectas—. Candy entenderá que no quisiste hacerle daño. Me ha pedido que te busque, quiere hablar contigo.
—Ya es un avance. Hasta el momento no ha consentido que nadie que no fueras tú la acompañase.
—Pues no la hagas esperar. Tu hija te necesita. William depositó un suave beso sobre sus labios antes de retirarse y subir presto las escaleras.
Tras llamar a la puerta y entrar en la estancia, lo destrozó ver el estado en el que estaba su hija. Se sentó al borde de la cama y con una de sus manos apretó las de la muchacha.
—Candy, lamento que tengas que pasar por esto. Jamás pensé que este enlace te causaría tanto daño —murmuró mientras observaba impotente el sufrimiento de la joven.
—Ya no hay ningún enlace, padre.
—Desvió los ojos de la ventana y los enfocó en él—. Quiero marcharme a Oxfordshire de nuevo. No puedo estar en Londres tras lo ocurrido. William había temido que Candice optara por huir, pero por mucho que entendiese su necesidad, haría todo lo posible por hacerle comprender que ella no había hecho nada malo, por lo tanto no tenía que esconderse.
—Tú no tienes nada de lo que avergonzarte, hija. Si alguien tiene que agachar las orejas y ocultarse del mundo, ese es el malnacido de Terrunce GrandChester. No tú. Y ten por seguro que ya me he ocupado de ello.
—Pero, padre, todo Londres sabe que me deshonró, jamás contraeré matrimonio y viviré repudiada. Si en verdad me quiere, si comprende mi dolor, aléjeme de la capital. No me obligue a verlo casado con esa mujer. William apretó los dientes ante la rabia que sentía. Sin embargo, le debía una salida digna a su hija y se la daría. Una nueva idea comenzó a rondar por su mente. Una demasiado buena como para no intentar llevarla a cabo.
—Te prometo que jamás tendrás que agachar la cabeza ante nadie. Por mi honor.
La familia GrandChester abandonaron Holland Park sin que nadie les viese, para trasladarse al apartamento de soltero que Terey había adquirido a espaldas de su familia y pagado el alquiler de varios meses gracias a la suerte en una mano de cartas. Era pequeño, de solo un dormitorio y decorado de forma austera. Evidenciaba el uso que Terry daba de él y la condesa viuda no se sorprendió de que su nuera se moviera por él como pez en el agua.
—Madre, puede ocupar el dormitorio. Nosotros nos las arreglaremos en el salón hasta que mañana pueda disponer de otra cama.
—No quiero estar en Londres cuando se corra la voz de que William nos ha dejado en la calle. Tengó un primo y se que no se negará a acogerme en su casa en Yorkshire. Mañana mismo partiré con él.
—Excelente noticia. Una boca menos que alimentar —intervino Susana, que no desaprovechaba la oportunidad de fastidiar a su suegra.
—Debo darte la enhorabuena de nuevo, hijo, por tu sabia elección a la hora de elegir esposa —añadió la duquesa con ironía.
Terry guardó silencio y se acercó hasta la ventana del pequeño apartamento. Escuchó a su espalda las recriminaciones de ambas mujeres y se sumió más en el infierno en el que se encontraba. Se imaginó cómo hubiese sido su vida si tal y como estaba previsto se hubiese prometido con Candy. Y una vez más, pensó en cómo estaría ella.
Durante el funeral había aprovechado cuando Archyse había acercado a darle el pésame para saber algo acerca de Candice. Sabía que Archy y Annie, la mejor amiga de Candy, estaban prometidos. Por lo que esperó que tuviese noticias de la joven. Sin embargo, fueron mucho peor las palabras que escuchó de sus labios que la incertidumbre que lo angustiaba. Según Archy, Candy se negaba a recibir visitas y estaba recluida en su habitación. ¿Qué podía esperar de un comportamiento tan ruin como el que había tenido? Ella merecía una explicación, pero sobre todo una disculpa. Sin embargo, ahora urgía solucionar su situación económica. Hablaría con su mejor amigo, Charlie, y se ofrecería para llevar sus negocios. Pese a sus correrías, había sido bueno en sus estudios y tenía muy buena formación. Sea como fuere, alguna salida debía encontrar.
Al día siguiente, Terry salió temprano del apartamento para hablar con Charlie. Que no fuera recibido con agrado por la familia de su amigo no fue una sorpresa y que, por supuesto, su padre le negase cualquier ayuda tampoco. Su amigo se excusó por el comportamiento de sus padres, pero nada podía hacer excepto ofrecerle dinero por si lo necesitaban, opción que Terry rechazó. Puede que estuviese arruinado, pero todavía tenía orgullo. Costara lo que costase lograría salir adelante.
El marqués Andry recibió a William en el despacho privado de su club. De algún modo había estado esperando su visita. Se saludaron con afecto y lo invitó a tomar asiento.
—El rumor de que ahora puedes disponer de todas las propiedades de los Grabdchester ha corrido como la pólvora por todo Londres.
—Albert tendió una copa de brandy a su invitado y se sentó frente a él.
—No puedo decir que lo lamente.
—He oído que la duquesa viuda se traslada con un familiar lejos de Londres, y que el duque está buscando ayuda entre sus contactos.
—Sí. Me mantienen informado. Algunos de esos contactos ya están avisados de que no deben ceder a sus… solicitudes.
—Permíteme decirte que eres un enemigo implacable —sonrió el marqués.
—Cuando se trata de mis hijas, sí. Y ese bastardo ha hundido a Candice.
—¿ Cómo está ella? —se preocupó el marqués con sinceridad.
—Destrozada. No quiere salir de su habitación. —William se frotó la frente—. Me ha pedido volver a Oxfordshire, no quiere seguir viviendo en Londres. Se suponía que esta iba a ser su primera y última temporada como joven casadera, que disfrutaría de las fiestas de la alta sociedad y que se desposaría con un joven que la haría feliz.
—Lo siento mucho por ella. No merecía lo sucedido.
—Si Terrunce quería vengarse de mí, no lo podía haber hecho mejor —admitió William.
—Sí, pero es posible que él haya salido peor parado. Ha perdido todos los privilegios que le otorgaba su título, nadie querrá relacionarse con él y lo has dejado en la calle. El hambre y la necesidad son peores que el desengaño amoroso.
—Con mi hija tampoco querrán relacionarse. La comprometió y la repudió públicamente el día de la fiesta de su compromiso. Candice está abocada a la soledad y, por ende, a la soltería.
Albert sabía que William tenía razón. Conocía demasiado bien la vida de la alta sociedad y sabía que bastaba con un pequeño rumor para destrozar la honorabilidad y el respeto de una persona. Y no era el caso de Candice, a ella la había visto todo el mundo en brazos del joven duque y en una situación que no se prestaba a equívocos.
—Ahora, quizá el problema se antoja demasiado grande y no te deja ver una solución, pero con el tiempo, estoy seguro de que alguien se dará cuenta de lo dulce, inteligente y preciosa que es tu hija. William ocultó la sonrisa tras el vaso de brandy, ya tenía a Albert Andry, marqués, donde quería.
—Es posible que ya haya encontrado a esa persona.
Albert mostró primero sorpresa, pero al momento recelo. Conocía demasiado bien a William y sabía que no daba puntada sin hilo.
—¿ Y quién es él? Si puede saberse.
—Es un hombre honrado, de palabra. Que jamás le hará daño a mi hija y que velará por sus intereses. Además, con su título acallará todo tipo de rumores sobre ella, sabrá protegerla.
—Todo un dechado de virtudes, sin duda. ¿Algo malo a destacar? —le siguió el juego el marqués.
—Ha sufrido demasiado y cree que no está preparado para tomar otra mujer.
—Es que no lo está —respondió Albert con severidad.
—Ni mi hija tampoco para desposarse tan pronto con otro hombre. Sin embargo, lo necesita.
—Me estás pidiendo que me despose con Candice —afirmó.
—Sí —dijo sin rodeos—. ¿Qué daño puede hacerte tomarla como esposa? Eres un hombre respetable y es justo esa respetabilidad lo que ella más necesita ahora mismo.
—No podré amarla. Jamás amaré a nadie como amé a mi esposa.
—Y es muy posible que ella a ti tampoco. Pero, y disculpa si te parezco demasiado sincero, necesitas herederos que reciban tu marquesado, que se hagan cargo de todos tus bienes.
—No quiero tener hijos. Tuve dos y fallecieron. No me importa mi marquesado, ni que los holgazanes de los hijos de mi difunta prima hereden el título y las tierras. No me importa nada en absoluto porque cuando yo muera, no estaré para verlo.
—Para no importarte te tomas muchas molestias cuidando de tus inversiones y de los negocios.
—Necesito tener la mente ocupada para no pensar en lo que perdí, para que se me olvide desear morir a cada instante.
—Si no te importa nada, si te da lo mismo que todo se eche a perder, que sea Candice quien lo reciba. Sabes que es una muchacha dulce, inteligente y preciosa que no merece lo que le ha sucedido —repitió William sus palabras—. Si aprecias a mi hija como creo, comprenderás que eres su única opción. Albert se levantó del sillón y se acercó a la chimenea. Maldito fuera William y maldito él por dejarse embaucar.
Continuará...
Hola. No había tenido tiempo de saludarlos pero aquí estoy Espero que esta historia sea de su agrado. Y sí es ( Terry fic) Feliz sabado lluvioso... en Los Angeles C.A.
JillValentine.
