CAPÍTULO 8

No te importa nada, si te da lo mismo que todo se eche a perder, que sea Candice quien lo reciba. Sabes que es una muchacha dulce, inteligente y preciosa que no merece lo que le ha sucedido —repitió William sus palabras—. Si aprecias a mi hija como creo, comprenderás que eres su única opción. Albert se levantó del sillón y se acercó a la chimenea. Maldito fuera William y maldito él por dejarse embaucar

Terry llegó a su apartamento ya era noche, su madre había partido. No encontró ni siquiera una carta de despedida, ni un adiós en boca de Susana, nada. No pudo evitar la misma sensación que había tenido desde niño de que ansiaba desembarazarse de él. Se quitó la chaqueta y aflojó el nudo de su corbata, que parecía querer asfixiarlo.

—¿ Has conseguido dinero? ¿Alguien se ha ofrecido a ayudarte? —Fue el recibimiento de Susana acercándose a él y acosarlo con preguntas.

—Nadie quiere ayudar a un duque caído en desgracia como es mi caso.

—Pero no puede ser. Tiene que haber alguien al que acudir. Habla con William dile que estoy embarazada y que necesitamos un hogar en condiciones para nuestro hijo.

Terry la miró sorprendido.

—Pero no lo estás. Al menos de mí. —Terry habia tenido cuidado de eso.

—No, pero podría estarlo —se acercó y comenzó a desabotonar la camisa—. Necesito cubrir ciertas necesidades a las que he estado acostumbrada últimamente.

Terry no pudo soportar su contacto y se apartó de ella.

—Si son económicas, no puedo ayudarte.

—Tienes que hacerlo. Eres mi esposo y prometiste mantenerme.

—Pues ya ves. Ni para eso valgo.

—Si no lo haces tú, buscaré a alguien que sí lo haga —lo amenazó Susana sin pudor.

Terry se encogió de hombros.

—Si crees que así puedes mantenerte, adelante. —Dijo, cogió de nuevo su chaqueta y salió de aquel apartamento que lo asfixiaba—. Una boca menos que alimentar.

Terrunce anduvo por las calles de Londres, recordando mentalmente a cuántas de sus amistades había visitado o le faltaban por visitar, cuando se vio de pie frente al Gentlemen's Club. Su inconsciente lo había llevado hasta allí porque sabía que muchos de sus conocidos acostumbraban a visitarlo prácticamente todas las noches. Inspiró hondo y se preparó para los desplantes y comentarios ladinos, pero eso no lo detuvo para entrar.

Tal y como había previsto, los rumores se sucedieron a su paso. Muchos le dieron la espalda y otros lo miraron por encima del hombro. Los obvió a todos hasta llegar a la estancia en la que acostumbraba a reunirse con sus amigos. Y allí estaban, Charlie entre ellos. En cuanto lo vieron, enmudecieron, pero él fingió no haberse dado cuenta de lo que su presencia había enfriado el ambiente.

—Caballeros —los saludó.

—GrandChester—Charlie se levantó para saludarlo, pero el resto permanecieron sentados.

—¿ De qué hablabais? Se os veía muy locuaces. —Terry tomó asiento junto a Charlie.

—No creo que sea de tu incumbencia —respondió uno de ellos.

—Quizá os podría aportar información de primera mano —atacó consciente de que él y sus asuntos personales eran el tema de conversación. Uno de ellos se levantó en silencio y salió de la estancia con discreción. Al momento lo siguieron varios más, hasta que solo quedaron dos aparte de Charlie y él.

—No deberías estar aquí. No se te debería permitir el paso a un club tan selecto como este. Me encargaré de quejarme al dueño para que se te prohíba la entrada —sentenció el hijo del duque de Whitechapel. Terrunce apretó los dientes y se incorporó en la silla dispuesto a acallar de un puñetazo al que hasta entonces había considerado como uno más de sus amigos, pero la aparición del marqués Andry impidió que aquella reunión acabase en reyerta.

—Lord Terrunce, si es tan amable, acompáñeme. —La voz del marqués no dio opción a desobedecer. Con una última mirada amenazante, Terry abandonó aquella estancia para seguir al dueño del club. Tal y como hizo Albert con William, guio a Terry hasta su despacho. Una vez dentro, se dirigió hasta la licorera.

—¿ Una copa? —ofreció Albert.

—O la botella entera. —Albert sonrió y sirvió dos vasos de whisky. Se acercó hasta Terrunce y se lo tendió antes de invitarlo a tomar asiento.

—No sé si considerarle un valiente o un completo inconsciente por haberse acercado hasta aquí. Terrunce bebió del vaso y sintió el líquido resbalaba y quemaba en su garganta.

—No tengo nada que perder, lo único que puedo hacer es usar todas las balas para intentar salir adelante —dijo Terry justificándose ante el marques.

—Eso es algo que tendría que haber previsto antes de montar todo el circo de mal gustó, que hizo.

—Si hubiese sabido la situación de mi familia, no le quepa duda que ahora mismo estaría prometido con Candice.

Albert no supo por qué, pero que la única opción favorable que considerase el joven GrandChester para desposarse con Candice fuese la económica le disgustó.

—Ella no merecía ese escarnio público —dijo Albert en defensa de Candice.

—No —convino Terrunce antes de apurar su copa. Movió el vaso y escuchó el hielo tintinear. Las palabras brotaron de sus labios sin que pudiese detenerlas—. Jamás olvidaré la decepción de sus ojos. Esos ojos verdes y brillantes que a veces, cuando le daba el sol eran dorados y otras verdes malva. Esos que siempre me habían mirado con admiración. Permanecerá grabada en mi mente, su imagen destrozada, y sus lágrimas...

El marqués lo observó con atención.

—Ella estaba enamorada y usted le hizo creer que era correspondida.

—No sé cómo lo pude conseguir, porque mi carácter siempre ha jugado en contra. Desde hace años me empeñé en decepcionarla.

—Enhorabuena. Por fin lo ha conseguido.

El sabor de esta victoria le supo amargo

—Ahora ya no importa, pago por todo ello y lo haré toda mi vida. Tenemos que ser lo suficientemente hombres para acarrear con las consecuencias de nuestros actos y yo llevo a mis espaldas la muerte de mi padre y la desgracia de una buena mujer. Albert no pudo estar más de acuerdo.

—¿ Qué ha venido a buscar a mi club?

—Necesito salir adelante. No me queda nada, solo tengo mi cabeza y mis manos para poder subsistir.

—Puede decir claramente que buscaba empleo sin tanto rodeo.

Terrunce se sentió humillado, pero el marqués estaba en lo cierto y a estas alturas ni emocional ni económicamente tenía nada que perder.

—Tenía algunos amigos, si es que pueden considerarse así, que me debían algunos favores. Pensé que podría cobrármelos.

—Pensó mal. Ahora es un paria de la sociedad, nadie de la élite querrá codearse con usted.

—Entiendo que usted tampoco —Terrunce se levantó dispuesto a marcharse.

—Yo no soy como los demás. Que tenga negocios y me haya alejado de la vida social son un claro ejemplo. Tome asiento —ordenó con voz calmada. Terry solo tuvo que pensar en lo poco que le apetecía regresar a la que ahora era su casa antes de obedecer al marqués.

—Candice es la esposa que todo hombre podría desear -- siguió Albert con el tema, quería estar seguró de lo que haría.

—No tiene nada que ver con mi decisión, no ha sido por ella. —Albert añadió más licor al vaso de Terrunce y esperó a que se explicara—. Es una joven demasiado buena, en ocasiones hasta me molestaba que siempre tratase de ver el lado positivo de las cosas. Creo que es la única persona que me ha tenido estima y que tenía las expectativas tan altas conmigo. Ni siquiera mis padres confiaron nunca en mí. Me sentí ahogado por su constante presión y no ayudó que William estuviese siempre vigilando mis espaldas.

—Así que decidió retarles —añadió Albert.

—Fue un acto de rebeldía.

—Fue un gesto sumamente infantil que ya ha empezado a pagar. Terry asintió, ¿qué otra cosa podía hacer? Tras unos minutos de silencio, confesó lo que ya intuyó la primera vez que la vio.

—No la merecía.

—Terrunce levantó la cabeza y miró directamente a los ojos del marqués—. Ni ella merecía lo poco que yo, emocionalmente, podría aportarle. Ni soportar el egoísmo de un hombre como yo.

—Sin embargo, ella creyó que sí, que usted podría hacerla feliz, y la considero una muchacha muy inteligente.

—¿ Piensa que la hubiese hecho feliz? —al darse cuenta del anhelo en su pregunta, se avergonzó—. Da lo mismo. No responda, es demasiado tarde. Pero desoyendo las palabras de Terrunce, el marqués contestó.

—Creo que no solo la hubiese hecho feliz, sino que ella le habría dado el sentido que busca en la vida. Habría sido una compañera perfecta para usted. —Albert vio el momento exacto en que sus palabras hacían comprender al joven Duque el alcance de su error, y ya no por el tema económico. Vio cómo se le descompuso el gesto y como veía desde otro punto las consecuencias de sus actos—. Le voy a ayudar —resolvió Albert. Las palabras del marqués lo sobresaltaron.

—¿ Cómo podría ayudarme? —murmuró hundido.

—Ofreciéndole lo que ha venido a buscar. Seamos sinceros, nadie en su sano juicio accederá a tenderle una mano y menos aquí, en Londres. Yo le ofrezco trabajar para mí, pero lejos. Hace poco empecé a negociar con varios proveedores en las Indias Orientales y necesito a alguien que tenga formación y haya sido educado por los más prestigiosos colegios para que esa persona sea mi contacto con los demás comerciantes. Tras unos minutos de silencio, en los que Terry intentó asimilar la situación, encaró al marqués con recelo.

—¿ Y qué quiere a cambio?

—Quiero total y absoluta lealtad. Allí estará, además, a las órdenes de mi capataz para acatar cuantas tareas considere necesarias. No piense que será fácil. Y si me entero, porque tenga por seguro de que lo haré, de que intenta jugármela, dudo que vuelva a visitar Londres. En cambio, si accede y me promete fidelidad absoluta, le aseguro un salario más que digno y una salida honrada a su situación. ¿Qué me dice? Terrunce solo tuvo que pensarlo unos pocos segundos para comprender que no tenía opción.

—¿ Cuándo partiré?

Terrunce embarcó esa misma madrugada en uno de los navíos del marqués, junto a su disgustada esposa, hacia las Indias Orientales. Habían pasado cinco días desde la fatídica fiesta de compromiso y todavía no podía creer el cambio que había dado su vida.

Desde el momento en que se casó con Susana supo que su rutina se vería alterada, pero dentro de lo posible esperaba continuar con su ritmo de vida. Jamás esperó que conllevara la muerte de su padre y mucho menos la ruina económica y por lo tanto social de su familia. A su lado, Susana protestó de nuevo por su decisión de abandonar Londres, pero era igual de consciente o más que Terrunce de que allí estaban vetados.

Mientras el barco se alejaba del puerto, miró por última vez la ciudad y pensó en Candice.

Había tenido la osadía de acercarse a su casa en Chester Square con la esperanza de poder verla, excusarse y comprobar cómo se encontraba. Pero no tuvo esa suerte. Nadie salió de la mansión a excepción de algunos criados, entre ellos la institutriz de Candy. Contra todo sentido común, se acercó hasta ella y la llevó a un lado del callejón.

—Señora Eva —susurró. La mujer, asustada, estuvo a punto de proferir un grito. Pero él se encargó de calmarla, o al menos esa fue su intención.

—Lamento haberla asaltado.

—No lo suficiente, porque si no se habría detenido a tiempo. ¿Qué quiere? —dijo con desprecio.

—¿ Cómo está Candice.? —La vergüenza que sentía Terry no impidió que fuese al grano.

—No intente hacerme creer que le importa —contestó Eva indignada.

—Sé que no podré verla.

—Por supuesto que no —lo interrumpió.

—Sé que no podré verla —repitió—, pero no podía marcharme sin decirle una vez más que... --quiso decirle que la quería y que ahora su vida ya no tenía sentido sin ella pero se lo guardo, lo siento. - fue todo lo que dijo.

—Sus palabras no tienen ninguna credibilidad, duque. Ahórrese lo que sea que ha venido a decir. —Eva intentó apartarse y salir de nuevo a la avenida principal, pero él le impidió el paso de nuevo.

—Espere un momento -- Terry pidió con desespero—, por favor. Solo dígale que lamento haberle destrozado la vida y que si fuese ahora, haría todo lo posible para no lastimarla.

—Por supuesto que no lo haría, porque ahora sabe que si el enlace con ella se hubiese realizado, no se encontraría en esta situación.

—Si hay una víctima en todo esto es ella, no yo. Por favor, hágaselo saber. Se encajó el sombrero y subió las solapas de su abrigo antes de salir del callejón y de que William lo descubriese.

Cuando la ciudad ya no era nada más que un punto en la lejanía, giró sobre sus talones y bajó a su humilde camarote.

Candy lloró desconsolada cuando Eva decidió trasladarle las palabras del duque. Había dudado si hacerlo o no, pero finalmente concluyó que a ella le hubiese gustado saberlo de estar en su lugar.

Y la joven siguió llorando en silencio con la noticia de que Terry había abandonado Londres. Nadie sabía con exactitud hacia dónde, ya que su huida —como algunos la calificaban—había sido planeada con extrema discreción. Los rumores lo situaban viajando hacia Francia, otros en España, pero nadie fue capaz de descubrir su destino.

De eso ya se había encargado el marqués.

El sentimiento de Candy se debatía entre la tristeza y el alivio de saber que no se lo encontraría por la calle con su esposa. Que no lo volvería a ver del brazo de aquella mujer. Pero su corazón, roto, lloraba su ausencia, su pena.

—Ha sido lo mejor. —Eva la peinaba frente al tocador mientras la mirada de candy estaba perdida en el espejo y las lágrimas se derramaban por su rostro—. Ahora puedes salir a la calle sin miedo a encontrártelo. No sufrirás al verlo con ella —dijo con tiento.

—Sufro cuando me lo imagino, cuando lo pienso —murmuró con tristeza.

—Pero es mucho peor verlo, querida. Créeme. Candy levantó los ojos y miró a Eva.

—¿ Es eso lo que te ocurrió? ¿Él te dejó por otra mujer? La institutriz enrojeció y ante el nerviosismo que le produjo la pregunta, el peine resbaló de sus manos.

—Él está casado con otra mujer,

—sí —respondió al fin. —¿ Todavía lo amas? Eva dudó si responder, pero finalmente asintió.

—¿ Por eso no quieres desposarte con nadie? —insistió Candy. La institutriz sonrió con tristeza. —Nadie me lo ha pedido, cielo.

—Pero si algún caballero lo hiciese, ¿aceptarías?

—Es posible que hace unos años me lo hubiese planteado. Cuando todavía tenía esperanza de tener hijos y de formar una familia propia. Ahora ya no, Candy, ahora soy toda una solterona.

—Mi futuro se me antoja como el tuyo —concluyó Candice.

—Algo me dice que no será así, mi niña. Te mereces ser feliz.

—Tú eres un ejemplo de que no todos obtenemos lo que merecemos.

—Escúchame, Candice. —La tomó de los hombros y la obligó a girarse para que la mirara de frente—. Soy feliz. No deseo estar en otro sitio que aquí, no soportaría estar alejada de esta familia, ¿entiendes? He aprendido a buscar mi felicidad y a conformarme. Tú debes hacer lo mismo. Por favor, hazlo por mí. La joven la miró con la misma desilusión y desgana con la que miraba la vida desde hacía cinco largos y espantosos días, pero vio tanta esperanza en Eva que no pudo más que asentir.

William estaba en la biblioteca leyendo la poca información que le habían proporcionado sus contactos sobre el paradero de Terrunce Grandchester cuando le avisaron de la inesperada visita del marqués.

Cuando Albert entró y vio todas las hojas esparcidas por la mesa, al instante supo qué estaba indagando. Tras los saludos iniciales, tomó asiento frente a su escritorio.

—¿ Has averiguado algo? —Albert señaló los papeles y sonrió ante el ceño fruncido de su amigo.

—Es como si se lo hubiese tragado la tierra —dijo William malhumorado.

—Creí que te alegraría haberte deshecho de él.

—Te equivocas. Quería verlo sufrir, desmoronarse e incluso llegar al punto en que se rebajase y tuviese que pedirme ayuda. Albert soltó una carcajada que todavía molestó más a William.

—Al menos espero que mi visita mejore tu humor.

—Eso no depende de mí. —William se recostó en el sillón, enlazó las manos y contempló al marqués con atención.

—Entonces decirte que debes empezar a preparar un enlace quizá sí lo haga. Ahora William sonrió como hacía días que no lo hacía.

—No podría haber noticia mejor. —William se levantó y estrechó la mano de su futuro yerno.

—Solo tengo una condición —informó Albert—. Quiero ser yo quien informe a Candice de nuestro compromiso.

William dudó, en aquellos momentos la estabilidad emocional de su hija estaba al borde de un precipicio y temía que la noticia de un matrimonio no deseado la hiciese caer del todo en un abismo de autodestrucción.

Él la convencería con buenos argumentos, resaltaría todo lo positivo que aquel matrimonio le aportaría y lo haría con todo el cariño que el amor de padre le otorgaba. Pero no tenía ni idea de cuáles serían las palabras que Albert ni de si serían convenientes o no. No obstante, el marqués se mostró implacable.

—Será mejor que vayas a buscarla —lo acicateó.

—¿ Ahora mismo?

—William se sorprendió de la premura de Albert. —Confiaste en mí para entregarme a tu hija en matrimonio. Deja que te demuestre que no estás equivocado. Tras pensarlo durante unos instantes accedió.

—Está bien.

—William llamó al mayordomo y solicitó la presencia de Candice en la biblioteca.

—A solas. Hablaré con Candice a solas.

—No creo que sea muy conveniente.

—Viejo amigo, ni a ti ni a mí nos importa el qué dirán. Es poco lo que te pido a cambio de mucho —le recordó.

—Solo te pediré que tengas mucho tacto. Candice está sufriendo y no quiero que esto suponga una angustia añadida. Es pronto para hablarle de un nuevo compromiso, sin embargo he de hacerlo por su bien.

—Para tu tranquilidad, te diré que lo último que haría sería lastimar a mi futura esposa.

Candy llamó con delicadeza y esperó. El permiso para entrar del otro lado no llegó. Para su sorpresa, su propio padre abrió la puerta, la besó en la frente y con suavidad la condujo dentro del despacho. Antes de marcharse, se inclinó y susurró en su oído que no se preocupase. Giró sobre sus talones y la dejó a solas con Albert.

—Lord Andry —murmuró la joven e hizo una perfecta reverencia.

—Señorita Candice. —Albert caminó hacia ella, tomó una de sus frías y delicadas manos y depositó un suave en beso sobre el dorso—. Tome asiento, por favor.

Ante la frialdad que mostraba su piel, la acomodó cerca de la chimenea e hizo lo propio frente a ella.

—No haré preguntas banales cuya respuesta es obvia.

—Se lo agradezco. Albert la observó. No quedaba nada de la muchacha ilusionada que él había conocido. Seguía manteniendo el porte que la estricta educación le había otorgado, pero no había brillo de emoción en sus ojos. Estaba apagada, sin alegría, sin color, como una planta sin flor.

—¿ Sabe? Cuando falleció mi esposa y con ella mis dos hijos, recibí infinidad de visitas que yo no deseaba. Solo ansiaba estar solo con mi pena y que nadie me molestase. Candy abrió los ojos como platos ante su sinceridad y Albert comprobó que había captado su atención.

—Amaba a mi esposa más que a nada en este mundo y deseaba aquellos niños como jamás pensé que se podría desear nada. Soy marqués y pocas cosas no puedo conseguir —dijo con ironía—. En cuanto Amelia descubrió que estaba embarazada, la dicha nos embargó. Sin embargo, desde el principio fue una gestación complicada. Los médicos nos aconsejaron interrumpir el embarazo, por la salud de la madre y del niño. Todavía no sabíamos que eran mellizos. —Albert guardó unos segundos de silencio para retomar la historia sin derrumbarse y Candy no se atrevió a interrumpirle—. El caso es que la presión de la sociedad hizo que desoyéramos los consejos del médico aun cuando yo estaba decidido a obedecerle. Pero no fue así, cedí a la presión social y me convencí de que no pasaría nada malo. Al fin y al cabo nacen niños todos los días y yo pagaba a los mejores especialistas para que nos visitaran casi a diario. Un marqués debe tener descendencia, alguien que herede su título y sus posesiones y siga la línea de sucesión. Ese sermón lo escuché desde que heredé el marquesado. No le diré cuántas veces lamenté mi decisión de seguir adelante, ni cuántas veces me odié —y lo sigo haciendo pensó—, por haber escuchado las opiniones de los demás en lugar de haber hecho lo que yo consideraba, aunque hubiese supuesto enfrentarme a muchos de aquellos «amigos» que opinan a la ligera y condenan y castigan actos ajenos, mientras que no son capaces de reconocer sus pecados.

Candy sintió un nudo que atenazaba su estómago ante el sufrimiento y la culpa que cargaba aquel hombre.

—Nadie puede culparle —se atrevió a decir.

—Me culpo yo. Fui egoísta y no calculé las consecuencias. Perdí todo lo que era importante para mí.

—Todavía no podemos prever el futuro, lord Andry. Si así fuese, no habría errores que enmendar ni sufrimientos que paliar. Albert sonrió ante la inteligencia de la joven y el buen acierto al elegir sus palabras.

—Correcto. En aquel momento Candy se dio cuenta de que aquel consejo bien se lo podría aplicar. Terry la había abandonado por otra mujer, se había casado con ella y la había exhibido delante de la flor y nata de Londres. La enamoró para luego burlarse de ella públicamente y ahora ella le lloraba por todos los rincones. Se sintió más ridícula que nunca. Porque muchos de aquellos que presenciaron su vergüenza ahora estarían regocijándose de su dolor, y ella, con cada lágrima, no hacía más que darles la razón.

—Querida Candice, usted tampoco sabía lo qué iba a ocurrir. Ambos hemos sido víctimas de la vida y sus circunstancias.

—En mi caso, he sido víctima de él —expresó con rapidez.

Albert comprendió que Candice estaba llegando a la segunda fase de su particular duelo. Primero sobrevenían la pena y la tristeza, la autocompasión. Pero luego venían la rabia y el despecho, la desesperación. Particularmente, él la prefería en ese estado que tan destrozada.

—Solo nosotros podemos decidir si deseamos seguir siendo víctimas o, por el contrario, afrontar lo sucedido y seguir adelante.

—No quiero ser más una víctima —contestó ella con presteza—. No quiero la conmiseración de nadie.

—Me alegra oír eso porque si estoy aquí es para ofrecerle una salida a su situación. Una que me halagaría que aceptara y que me permitiría ayudarla, no solo ahora. También en un futuro.

—No le entiendo —dudó la joven. Albert se levantó y caminó los escasos pasos que les separaban hasta hincar una rodilla a los pies de la joven, que conmocionada, dejó que el marqués le cogiese la mano.

—Estoy aquí para pedirla en matrimonio, querida Candice. Estoy aquí para convertirla en marquesa y que nadie ose siquiera a mirarla con desdén. Estoy aquí para acallar bocas y ofrecerle una libertad que jamás soñó tener, porque además de mi esposa, será mi compañera, mi amiga y, tras nuestra conversación, también mi confidente. A cambio, prometo hacerla lo más feliz que pueda dentro de nuestras limitaciones sentimentales. —Albert guardó silencio para que ella asimilase sus palabras antes de proceder a hacerle la proposición—. Señorita Candice White, ¿me haría el honor de convertirse en mi esposa? La cabeza de Candy daba vueltas. Tras estar convencida de que su destino sería cuidar de su madre y recluirse en la casa de campo de Oxfordshire, un nuevo futuro se abría ante sus ojos. Uno en el que no tendría que soportar más los comentarios ácidos de su madre y en el que le demostraría a Terrunce que no le había destrozado la vida. Uno en el que podría volver a sentirse viva.

Levantó la cabeza y enfrentó la mirada comprensiva del marqués. Porque con aquella proposición le había abierto muchas puertas, la primera, la de darle la confianza suficiente como para decidir si aceptaba ese matrimonio o no, aunque en realidad no tuviese opción. Y la segunda, la posibilidad de resarcir su orgullo.

—Será un honor convertirme en su esposa, lord Andry...

Continuará...

Saludos... JillValentine.