CAPÍTULO 9
Estoy aquí para pedirla en matrimonio, querida Candice. Estoy aquí para convertirla en marquesa y que nadie ose siquiera a mirarla con desdén. Estoy aquí para acallar bocas y ofrecerle una libertad que jamás soñó tener, porque además de mi esposa, será mi compañera, mi amiga y, tras nuestra conversación, también mi confidente. A cambio, prometo hacerla lo más feliz que pueda dentro de nuestras limitaciones sentimentales. —Albert guardó silencio para que ella asimilase sus palabras antes de proceder a hacerle la proposición—. Señorita Candice White, ¿me haría el honor de convertirse en mi esposa? La cabeza de Candy daba vueltas. Tras estar convencida de que su destino sería cuidar de su madre y recluirse en la casa de campo de Oxfordshire, un nuevo futuro se abría ante sus ojos. Uno en el que no tendría que soportar más los comentarios ácidos de su madre y en el que le demostraría a Terrunce que no le había destrozado la vida. Uno en el que podría volver a sentirse viva.
Levantó la cabeza y enfrentó la mirada comprensiva del marqués. Porque con aquella proposición le había abierto muchas puertas, la primera, la de darle la confianza suficiente como para decidir si aceptaba ese matrimonio o no, aunque en realidad no tuviese opción. Y la segunda, la posibilidad de resarcir su orgullo.
—Será un honor convertirme en su esposa, lord Andry...
La noticia del enlace del marqués Albert Andry con la señorita Candice White ocupó columnas y columnas en los periódicos de sociedad más importantes de Londres. Un mes después de la marcha de Terrunce GrandChester, fue el propio Albert quien hizo oficial con una nota de prensa su intención de contraer matrimonio con la hija de William White y anunciaba la fiesta de compromiso en su mansión.
A partir de ese momento, la pareja pasó a suscitar todo tipo de comentarios. Si bien el marqués era un hombre discreto que se había mantenido alejado de la sociedad desde hacía años, entendían que buscara una esposa con la que poder tener por fin la descendencia deseada.
Sin embargo, que la elegida fuese la joven, que había sido estigmatizada por su escandaloso romance con el joven Duque de GrandChester, desató todo tipo de comentarios malintencionados.
Algunos hacían alusión a que la joven ya estaba en cinta, y que como el marqués deseaba hijos, se haría cargo del bastardo y salvaría el honor de la muchacha.
No obstante, nadie osó a hacer ningún tipo de crítica frente a los White ni frente al marqués, y estos optaron por hacer oídos sordos y planificar el enlace para no más tardar dos meses. Por la urgencia de Albert de viajar de nuevo a América para atender sus negocios.
Candice llegó a la impresionante mansión del marqués, situada cerca de la abadía de Westminster, un poco más tarde de la hora prevista, tal y como su padre había calculado. La expectación por ver a la joven de nuevo había reunido a gran número de invitados, pero no todos los que quisieron obtuvieron la invitación para asistir. Albert fue muy exquisito a la hora de elegirlos e hizo gala de su reputada fama de discreto. No quería que Candice estuviese incómoda delante de personas poco cuidadosas que no dudaran en chismorrear frente a ella. Esperaba que la joven pudiese disfrutar de la noche de su compromiso y resarcirla por su anterior experiencia.
La primera diferencia con la otra fiesta fue notable al descender del carruaje y ver a lord Albert aguardarla en las escaleras de acceso a la mansión. Los ojos azules del marqués la miraron con aprobación y ofreció una sonrisa tranquilizadora que ella correspondió con una especie de mueca que pretendía ser un gesto igual al de Albert.
Subió los escalones escoltada por Eva y del brazo de su padre. Emilia, que se apoyaba en el otro brazo de su marido, hizo una reverencia y esperó las palabras halagadoras de su futuro yerno.
—Señora Emilia —la saludó el marqués, pero de inmediato y sin ninguna lisonja, sus ojos se desviaron hacia los de la joven—. Señorita Candice, es la estrella que más brilla en esta fría noche.
—Tomó su mano y la enlazó en su brazo—. ¿Preparada? —Ella inspiró hondo y asintió.
Bangladesh, Indias Orientales
Cuando ya era de noche, Terrunce llegó desde el puerto a la casa que le habían asignado como trabajador del marqués. Era una construcción humilde —acostumbrado a su casa en Holland Park—, pero de las más nuevas y cuidadas de Bangladesh. Además, no tenía que compartirla como les sucedía a los demás trabajadores. Solo el capataz y él contaban con vivienda propia, una deferencia más que agradecer al marqués. Desde la madrugada había estado cargando fardos de tela de uno de sus barcos y haciendo inventario. A partir de la tarde, se había reunido con un par de comerciantes y el resto del día había transcurrido entre interminables negociaciones. Estaba cansado, famélico, y le ardían las manos, pero nunca se había sentido tan vivo y de tanta utilidad. Entró en la casa con la esperanza de que Susana hubiese preparado algo de cena, pero comprobó que en la cocina no había nada y que, al igual que otras noches, ella tampoco estaba. No tenía que ser muy audaz para saber con quién o qué hacía su querida esposa. Había escuchado rumores, de los que no dudaba en absoluto, de que sabía ganarse los favores de los comerciantes más adinerados para satisfacer sus propios caprichos, y tenía muchos. Casi desde que llegaron.
La había visto lucir joyas y vestidos nuevos que iban apareciendo en su habitación, una que por cierto ya ni compartían. No le recriminó su actitud ni tampoco fingió que le importara. Y ante la frialdad e indiferencia hacia su mujer, la gente comenzó a comprender que aquel era un matrimonio de conveniencia más, pactado por los motivos que fuesen, y que alejados de Londres no tenían la necesidad de fingir. Hacía tres meses que habían abandonado su país y poco o nada le importaba la reputación que allí se pudiese ganar su esposa. Él se preocuparía de que su trabajo fuese impecable y hablase por él, de ganarse el prestigio que sus acciones pasadas habían arruinado y de labrarse un futuro. Nada más.
Sacó de la despensa un poco de carne en salazón y un par de piezas de fruta. Se acercó hasta la mesa y tomó asiento para dar cuenta de la precaria cena.
Fue entonces cuando se dio cuenta del periódico que había a un lado. Sabía que Susana tenía contacto con todo aquel que pudiese informarla sobre los dimes y diretes de la sociedad londinense. Y que aunque con retraso, procuraba hacerse con ejemplares de las columnas de sociedad. Terrunce no había querido leer nada y había ordenado que ella los guardara en su habitación, lejos de su mirada. Sabía que su nombre había ocupado páginas enteras y no le interesaba lo que pudiesen opinar de él y de su situación. Sin embargo, el hecho de que aquel ejemplar estuviese tan a la vista llamó su atención, y que el nombre de Candice se pudiese leer con suficiente claridad hizo que estirara el brazo y cogiera las hojas con excesiva fuerza. Estaba fechado hacía tres meses, leyó con avidez hasta que asimiló aquella nota de prensa en la que se informaba del inminente matrimonio del marqués Albert Andry con la señorita Candice White. Contrariado, dejó el diario sobre la mesa, ya sin rastro de apetito. ¿Lord Andry se casaba con ella? ¿Qué clase de farsa era esa? Ante la noticia, se sintió inconvenientemente estafado.
Albert se había deshecho de él, lo había enviado lejos, y ahora se iba a casar con su exprometida. De hecho, quizá ya hubiesen contraído matrimonio. Se le revolvió el estómago. Inspiró hondo y trató de ordenar sus pensamientos, puesto que sus sentimientos iban por otros derroteros. El caso es que no tenía ningún derecho a enfadarse, a recriminarles nada a ninguno de los dos. Candice merecía rehacer su vida, merecía un hombre que la cuidara y la valorara, que le diera el prestigio que él le había robado. En definitiva, necesitaba al marqués. Nada más que por su posición, la salvaría de los rumores y las lenguas viperinas. Hasta eso le debía agradecer, pensó con amargura. Se levantó y se acercó hasta la ventana de la cocina; daba a la parte trasera de la casa y no se veía nada, solo la oscuridad de la noche. La puerta de la calle se abrió y escuchó los pasos de Susana. El perfume empalagoso de ella llegó hasta él antes de que le impusiese su presencia.
—Querido… —ronroneo su esposa.
—Susana —la saludó con frialdad. Ella se percató del estado de las hojas del periódico y sonrió, ladina.
—Veo que ya te has enterado de la buena nueva.
—Gracias a ti, debo suponer.
—No hay de qué. —Susana hizo un gesto con la mano—. Si hubiese estado al tanto de que el marqués buscaba esposa, no hubiese perdido el tiempo contigo. Ahora sería yo la que estaría a punto de convertirme en marquesa, y no la insulsa de tu exprometida. Y no estaría al...
Ante las palabras de su esposa, Terry sonrió con malicia.
—Querida —la interrumpió—, tú jamás habrías conseguido que el marqués se fijara en ti.
—Tú lo hiciste. Puedo seducir a cualquier hombre —lo atacó al sentirse insultada.
—Pero él es mucho más inteligente que yo. Se casará con una hermosa mujer y la mejor mujer. Sin más, se dio la vuelta y la dejó sola, gritando todo tipo de improperios a su espalda.
Londres
Junio 1827
La catedral de San Pablo parecía pequeña para la cantidad de invitados y curiosos que se habían acercado para asistir al segundo matrimonio del marqués, con la primogénita del adinerado William White.
Candy llegó tarde, con su espectacular vestido de seda color marfil, bordado en perlas y encaje francés, y completado su atuendo con un velo de chantilly que fue la envidia de todas las mujeres de la capital. Descendió del coche con el emblema de los Andry, que el propio Albert había enviado por ella, y se sujetó al brazo de su padre. A su paso, palabras de admiración y cuchicheos sobre su estrecha cintura llegaron a sus oídos. Durante los tres meses de noviazgo, había paseado con su prometido por los parques de Londres, asistido a los salones y bailado en todas las fiestas de sociedad que se habían organizado. Candy disfrutó de su peculiar temporada y comprendió que las palabras de su padre eran ciertas, nada como el dinero y el poder para acallar bocas. La sociedad londinense fingió haber olvidado su escandaloso romance con el Duque Terrunce y ella decidió hacer lo mismo, olvidar.
Llegó junto a Albert y su padre la entregó. La mano del marqués sujetó la suya y la besó con delicadeza.
—Soy la envidia de Londres. Candy sonrió con franqueza. Si algo había aprendido de su futuro esposo, es que siempre decía las palabras correctas en el momento adecuado,
—Siempre tan acertado. Albert sonrió y ambos se giraron hacia el altar.
Candice no supo cuánto duró la ceremonia, se dejó llevar como si fuese una barca a merced de la corriente. Pronunció sus votos y sintió como se deslizaba la fría alianza, milímetro a milímetro, hasta que quedó fijada en su dedo anular. La contempló absorta, como si aquel símbolo acabara de dotar de realidad todo lo acontecido meses atrás.
—… marido y mujer. Las palabras del obispo de la catedral la hicieron parpadear, el redoble de campanas la asustó y su mirada vagó de un lugar a otro hasta que Albert llamó su atención de nuevo al sujetarla por los hombros y obligarla a mirarlo.
—Confía en mí. Ella inspiró hondo y como cada vez que la miraba con aquellos ojos azules, como el mar limpio en calma, se tranquilizó. Avanzó de su brazo, ya convertida en la marquesa Andry.
—Te echaré de menos. —Los ojos de Annie se llenaron de lágrimas y contagió a Candice de su tristeza.
Los nervios de estas últimas semanas, más los acumulados por la incertidumbre de lo que debía ocurrir una vez quedara a solas con su esposo, hicieron que llorase abrazada a su amiga. Hasta que Eva tomó cartas en el asunto y envió a Annie al salón para ayudar a Candice a cambiarse y evitar así que el marqués sospechara del llanto de su esposa.
Albert entró y al momento se encontró con la mirada asustada de su joven esposa. Sospechó el tema de conversación al ver el rubor en las mejillas de las mujeres y decidió poner fin a aquel angustioso momento. El único que tenía la clave para solucionar la situación era él. —
—¿ Me tienes miedo? Preguntó después de que Eva saliera. Candice negó con la cabeza con demasiado énfasis, lo que provocó una sonrisa en el marqués.
—Quiero que seamos sinceros el uno con el otro. No quiero que me digas lo que me gustaría escuchar, quiero la verdad. ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo? —matizó con suavidad su pregunta. Esta vez Candy avergonzada, asintió.
—Eso me temía. —Besó con dulzura sus manos, se levantó y la ayudó a hacer lo mismo—. Jamás haré nada que no quieras que haga. Esta será tu habitación y tras aquella puerta está la mía. Candice desvió la mirada hacia donde señalaba el marqués. No se había percatado de aquel detalle porque estaba empapelada igual que la habitación, tan solo la manilla doraba resaltaba en la pared.
—¿ Cada uno tendrá su propia habitación? —insistió para asegurarse. Albert asintió.
—Me parece lo más acertado dada la condición de nuestro enlace. Sin presiones ni obligaciones. ¿De acuerdo?
Por primera vez, Candy pudo exhalar todo el aire que había estado conteniendo. La rigidez por el miedo dejó una sensación de flacidez en su cuerpo que incluso la hizo sentir mareada.
—De acuerdo.
—Ahora bajemos a atender a nuestros familiares. Tendió el brazo y esta lo tomó con mucha más confianza.
Después de la comida los nervios vencieron a Candy y dejó escapar algunas lágrimas, que con disimulo retiró con un pañuelo, pero que no pasaron desapercibidas para Albert ni para su madre, que no dudó en amonestarla.
—Candice, ¿qué va a pensar tu esposo? Cualquiera creería que no eres dichosa. Recuerda que eres una privilegiada. Muchas mujeres te envidian cuando hace unos meses se jactaban de nuestra desdicha. Valora lo que has conseguido y no seas desagradecida. Eva tuvo que sujetarse las manos para no sacudir a Emilia por su insensibilidad. Cualquier madre lloraría junto a su hija por la separación, ella misma tenía los ojos húmedos y una congoja que le impedía hablar. Pero cuando vio que Albert se posicionaba al lado de la joven para prestarle su apoyo, se relajó.
—Querida Emilia , como bien sabe, el privilegiado soy yo. No podría haber elegido mejor.
—Todas las cualidades heredadas de su madre, por supuesto —contestó Emilia ufana.
Albert se limitó a hacer una ligera inclinación de cabeza, pero ni afirmó ni negó las palabras de Emilia, gesto que no pasó desapercibido para ninguno de los presentes.
—Querida, ha llegado el momento de que nos retiremos. —Hizo una señal con la mano para que pasara delante de él y la guio escaleras arriba hasta la puerta de su nueva habitación. se giró para despedirse, pero él abrió, entró en la estancia con ella y cerró tras de sí.
El sonido de la puerta al cerrarse le produjo un particular escalofrío que le recorrió la columna hasta la nuca.
Confusa, se atrevió a mirarlo a los ojos para encontrar una respuesta a su actitud. Hacía apenas unas horas, su esposo le había dicho que no compartirían habitación. Pero allí estaba. Observándola con un brillo especial en sus ojos azules.
—Pensé que habías dicho que cada uno dispondría de su propia habitación —la voz le salió como un tenue murmullo. Albert sonrió y la instó a caminar hasta la banqueta del tocador, donde la acomodó y puso distancia entre ellos.
—Y así será, pero me temo que deberé aguardar aquí un tiempo antes de poder retirarme a la mía. Candy frunció el ceño todavía más turbada.
—¿ Por qué?
—Mi hermosa esposa —Albert se alejó unos pasos hasta apoyarse en la pared donde el fuego de la chimenea caldeaba la estancia—, tu inteligencia y agudeza hacen que olvide lo inexperta e ingenua que eres. Sé que no lo entiendes, pero lo hago por tu bien.
—Si tuvieras a bien explicármelo, te lo agradecería. Albert sonrió, pero asintió, dispuesto a satisfacer su curiosidad.
—La noche de nupcias, el esposo y la esposa comparten una intimidad especial, ¿comprendes? Hacen uso del lecho matrimonial y se prodigan atenciones íntimas. La espalda de Candy se envaró.
—¿ Cómo de íntimas? —Lo suficiente como para que no haya ropa que separé sus cuerpos y puedan tocarse con libertad. Candy enrojeció ante la explicación directa y sin titubeos del marqués. Colocó una mano sobre su pecho, donde el corazón había empezado a latir desenfrenado y se atrevió a verbalizar aquello que temía.
—¿Eso es lo que va a pasar? —El temblor de su voz delató su miedo.
—Eso es lo que todo el mundo creerá que ha sucedido —matizó Albert—. No quiero que el rumor de que no he estado en la intimidad de la habitación de mi esposa se extienda, primero por la casa, y luego corra de boca en boca gracias a las chismosas de Londres. No quiero que piensen que te repudio, ¿entiendes?
—¿Pero lo haces? —preguntó avergonzada. Siempre había pensado que Albert no le importaba lo sucedido meses atrás. Que no se avergonzaría de ella pese a haber sido mancillada. Pero tras su última frase, se sintió todavía más humillada de lo que ya lo estaba.
—¿Repudiarte? —exclamó sorprendido—. No, Candy. —Caminó hacia ella, hincó una rodilla en el suelo y tomó las frías manos de la muchacha entre las suyas—. Jamás. Si no lo hago, si no ejerzo mis derechos como tu esposo, es por ti. No por mí. No estás preparada y no lo deseas. Y yo no fuerzo a las mujeres a que me acepten. Si algún día estás dispuesta, si algún día ansías mis atenciones, no dudaré en satisfacerte. Albert levantó la mano, acarició la mejilla de Candice y deslizó la yema de su dedo por el cuello de la joven en una excitante caricia hasta casi llegar al borde de su corpiño. Candy contuvo la respiración ante aquel roce, solo cuando Albert cesó de tocarla y le sonrió con afecto, dándole a entender lo que podría pasar entre ellos, pero sin ir más allá, pudo inspirar hondo.
Sintió un extraño hormigueo por su contacto y a la vez tanto agradecimiento por sus palabras que fue incapaz de permanecer sentada. Se abalanzó sobre Albert con tanto ímpetu que a punto estuvo de derribarlo. Se abrazó a su cuello hasta que él se levantó, con ella en brazos, y correspondió al rodearla por cintura. Era tan pequeña y delicada…, pero al mismo tiempo, su busto se apretaba contra el pecho de Albert, y aunque él era buena persona, no era de piedra. Era un hombre que apreciaba la belleza y su esposa no solo era hermosa por dentro, también lo era por fuera.
—Querida —susurró junto a su oído al tiempo que aspiraba su aroma. No era la primera vez que percibía el perfume floral que flotaba en el ambiente cuando ella estaba cerca, pero al tenerla entre sus brazos, aquel suave y a la vez excitante olor lo poseyó por completo—, me será muy difícil cumplir con mi propósito de respetarte contigo entre mis brazos.
. —Creo que lo mejor es que te metas en la cama. Ha sido un día largo y necesitas descansar. Date la vuelta y te ayudaré con el vestido. Candy, por enésima vez aquella noche, volvió a sonrojarse.
—Puedo intentarlo yo.
—Creo que ambos sabemos que no podrás. Solo aflojaré el vestido para que puedas desprenderte de él cuando yo abandone la habitación. ¿De acuerdo? Aunque reacia, comprendió que no tenían otra salida. No podía llamar a una doncella para que la ayudase si se suponía que, tal y como Albert había dicho, habían compartido semejante grado de intimidad. Despacio, le dio la espalda y notó los dedos diestros de Albert desprender los botones de los ojales. Cuando notó el vestido lo suficientemente flojo, con ambas manos se lo apretó contra el pecho. Entonces, su marido aflojó las cintas del corsé y desabrochó el polisón. Lo hizo todo de manera mecánica, sin que sus manos rozaran su piel y sin que ella notase en ningún momento incomodidad por su cercanía.
—Listo.
Alberte alejó unos pasos de ella, se quitó la chaqueta y empezó a desnudarse. Candice, al oír el ligero sonido de la ropa, se dio la vuelta alarmada.
—¿ Qué haces?
—Cuando traspase esa puerta y me vaya a mi habitación, mi ayuda de cámara no tardará en entrar —explicó paciente—. No puedo hacerlo del todo vestido. Candy lo observó desprenderse del pañuelo que llevaba anudado al cuello, bajarse los tirantes del pantalón y desabrochar algunos botones de su camisa. Comprobó que Albert tenía un cuerpo bien formado. Jamás había visto a un hombre desnudo y sintió tanta curiosidad que permaneció inconvenientemente atenta a cada movimiento. Sin embargo, Albert se limitó a deshacer su cabello y sacar la camisa de sus pantalones, nada más. Despacio se acercó hasta ella y depositó un suave beso en su frente.
—Descansa. Tomó la chaqueta entre sus brazos y salió de la habitación por la puerta que comunicaba ambas estancias.
Una vez a solas, y con rapidez, Candy dejó caer el vestido al suelo, se desprendió de todas las prendas íntimas, sacó uno de sus camisones del cajón y se metió en la cama. Mañana sería otro día.
Terry estaba en una de las tabernas cuando surgió el tema de conversación que le amargaría la velada.
—Pues parece ser que nuestro marqués ya se ha casado —comentó el capataz de Albert tras leer una de las cartas que acaba de recibir. Ambos estaban solos en una mesa y entre ellos se había establecido una relación de amistad que Terry agradecía profundamente. Aquel rudo australiano era la única persona con la que podía hablar con total libertad, puesto que la sinceridad de Adam como se llama el capataz, le permitía mostrarse tal y como era. Terry dejó la bebida fría sobre la mesa y lo miró con atención.
Había esperado esa noticia desde hacía meses, se había preparado para ella, pero ahora que ya era un hecho, no pudo evitar que le molestase. —Lord Andry dice sentirse satisfecho con tu trabajo y pide que de ahora en adelante seas tú quien le informe sobre los avances comerciales realizados —siguió Adam al margen de la tormenta interior que sus palabras habían desatado. Hasta el momento, Albert había pedido referencias de todo lo que hacía Terrunce a Adam, pero al parecer, había llegado el momento de demostrarle su confianza. Mal momento, pensó Terry. Tenía mucho que agradecerle, pero no podía evitar pensar que la que hubiese sido su esposa, una mujer hermosa, inocente, dulce y buena, ahora era la de su jefe. La suya, la que él eligió para castigar a William y a su propia familia, no era más que una ramera de lujo que todos los adinerados comerciantes conocían y con la que se satisfacían.
Continuará...
