CAPÍTULO 10
Albert había pedido referencias de todo lo que hacía Terrunce a Adam, pero al parecer, había llegado el momento de demostrarle su confianza. Mal momento, pensó Terry. Tenía mucho que agradecerle, pero no podía evitar pensar que la que hubiese sido su esposa, una mujer hermosa, inocente, dulce y buena, ahora era la de su jefe. La suya, la que él eligió para castigar a William y a su propia familia, no era más que una ramera de lujo que todos los adinerados comerciantes conocían y con la que se satisfacían.
--Me has oído? —llamó Adam su atención.
—Alto y claro. Mañana mismo escribiré al marqués.
—Pues cuando lo hagas, envía la carta a esta nueva dirección. Adam pasó el papel a Terry y este lo leyó de arriba abajo.
En aquellas escuetas líneas, Albert les informaba que él y su esposa se trasladaban a Estados Unidos, para atender las plantaciones y negocios del marqués. No tenían prevista fecha de regreso a Londres, por lo que era preciso que de ahora en adelante se cartearan a su nueva dirección. Y poco más. Aparte de lo que Adam le había dicho, tan solo una anotación en la que le indicaba que se comunicara con él con su falso nombre tal, y como se había estado haciendo llamar desde que llegó. Así evitaría que nadie supiese quién era él y quién lo había ayudado. El marqués lo tenía todo bien planeado. Dobló la carta y se la entregó al capataz.
Se preguntó si Candice sería feliz, si el marqués habría sido atento y cuidadoso con ella en la intimidad, pero se le agrió la bebida en el estómago y decidió cambiar el rumbo de sus pensamientos. ¿Estaría enamorada de él? ¿Lo habría olvidado? Esperaba que no. Egoístamente porque era la única persona que lo había apreciado de verdad, sin reservas. Con todo lo imperfecto que era. Frustrado, lanzó una maldición, como si él tuviese algún derecho por ella o a desear que su recuerdo se mantuviese vivo. Como si alguno de esos días la hubiese podido mantener alejada de sus pensamientos…
—¿ Qué te sucede? Te has quedado muy callado.
—No tengo nada que decir —bebió de su vaso y evitó la mirada curiosa de Adam.
—¿ Y esa maldición que has soltado?
—Una liberación mental.
—¿ Es por tu esposa? ¿Estás así por ella?
—Ya sabes que nuestro matrimonio no es convencional. Ella puede hacer lo que quiera con su vida.
—Ella sí. ¿Y tú?
Terrunce se encogió de hombros y esquivó de nuevo la mirada del capataz. Llamó con un gesto al camarero y pidió una ronda más.
Illinois, Chicago
Septiembre 1827
Albert sabía que para Candy había sido muy duro alejarse de su familia. La había escuchado llorar por las noches durante muchos días, pero al mismo tiempo, confiaba en que al alejarse de allí podría superar el pasado, olvidarse de los errores y convertirse en la mujer que él veía detrás de aquella joven insegura, demasiado curiosa y lista, que todavía no había florecido en todo su esplendor como mujer. Candy bajó al salón y se encontró con Albert desayunando. Al momento, se levantó y la ayudó a tomar asiento.
—¿ Has descansado bien? —se preocupó por ella.
—Sí, muchas gracias. —Sonrió agradecida y tomó un sorbo del té con leche que le acababan de servir.
Al igual que en Londres, dormían en habitaciones separadas. Pero Albert todas las noches la acompañaba y charlaban un rato hasta que se decidía a dirigirse a la suya. Durante los meses de matrimonio se había establecido aquella rutina entre ellos y Candice la agradecía. Aquellos interludios les daban la posibilidad de actuar tal y como eran y de hablar de infinidad de cosas: los negocios de Albert, en los que ella había empezado a participar activamente llevando las cuentas y ayudándolo a tomar decisiones; a conversar sobre el dolor que arrastraba todavía el marqués por la muerte de su esposa; la vergüenza que sentía Candice sobre lo ocurrido con Terrunce… Nada parecía ser un tema tabú y ella aprendió a relajarse en su compañía, a confiar en él y a quererlo más como un amigo que como se debería amar a un esposo. Sospechaba que del mismo modo que él a ella. A veces su preocupación por ella tomaba tintes tan fraternales que los criados los miraban con suspicacia.
—He pensado que cuando estés más recuperada del viaje podrías acompañarme a la plantación. Tengo que supervisar cómo va la cosecha de algodón y estoy seguro de que Mel's Flowers te gustará.
—Eso será maravilloso. Podemos viajar cuando quieras. No temas por mí, ya descanso mucho mejor. Parece que mi cuerpo se está acostumbrando al cambio de horario y de comida.
—En ese caso prepararé nuestra partida para la semana próxima. Candy asintió y mordisqueó la tostada.
—También me gustaría pedirte un favor —continuó Albert—. Además de supervisar la correspondencia de Londres sobre el club y ayudarme con las cuentas de mis negocios, quisiera que también te encargases de las noticias que llegarán de las Indias. ¿Será demasiado para ti? Albert sabía que no. Es más, percibía lo que la entusiasmaba el mundo de los negocios. Era digna hija de su padre.
—Por supuesto que no. Estaré encantada. Cada vez me das más responsabilidades, ¿tanto confías en mí? —preguntó con extrañeza.
—¿ Buscas un halago, querida? —bromeó con ella—. Sé que William te educó para que pudieses hacerlo, así que no veo qué hay de malo. Ahora estaré absorto con los negocios que tenemos aquí y necesito que alguien aligere mi carga. ¿Quién mejor que mi esposa para velar por nuestros intereses?
—Pero siempre he sido supervisada por mi padre, jamás he tomado ninguna decisión sola. —Y yo también lo haré, pero confío en ti. Además, normalmente serán cartas informativas de mi hombre de confianza allí. Tan solo debes leerlas y contestarlas. Anotar la información y comprobar que los trámites son los correctos. Después solo tendré que verificarlo.
—Si crees que puedo hacerlo… —titubeó. No obstante, no pudo sentirse más emocionada ante la responsabilidad que se le presentaba.
—No lo creo, estoy seguro. —Colocó una de sus grandes manos sobre las de ella y las acarició con ternura. La levantó despacio y depositó un beso sobre ella antes de tomar el sobre que tenía al lado y entregárselo—. Puedes empezar por esta. Hoy no me esperes a cenar. Albert se retiró y la dejó sola en el salón con el sobre entre sus dedos. No era la primera vez que su marido faltaba a la cena y que regresaba de madrugada, de hecho, sucedía como mínimo una vez por semana. Algo que no le molestaba, pero que le creaba curiosidad. En alguna ocasión había tratado de indagar en el tema, pero Albert se había limitado a desviar la atención y evitar darle detalles de sus salidas. Negó con la cabeza y sacó el papel para leerlo con avidez.
Lord Andry, permítame en primer lugar que le felicite por su matrimonio. No me cabe duda de que usted ha sabido ver y apreciar lo bondadosa, dulce, e inocente y lo divertida que es la señorita Candice White. Acepte también mi agradecimiento por todo lo que usted ya sabe. En cuanto a los negocios, debo decirle que he cerrado varios tratos con algunos comerciantes franceses y españoles muy satisfactorios. He conseguido duplicar el valor de venta de las telas por la excelente calidad del algodón y el buen acabado. Y al mismo tiempo les he convencido para que se interesen por sus nuevas cosechas. Espero sus indicaciones para iniciar los trámites de ventas.
Siempre agradecido, J.R
Candy releyó la carta varias veces y todas ellas tuvo la extraña sensación de que aquel hombre la conocía. De que hablaba de ella con conocimiento de causa, cuando era del todo imposible. Todavía recelosa, se levantó y se dirigió a la biblioteca para escribir una carta de felicitación a aquel hombre e informarle de que, de ahora en adelante, sería con ella con la que se cartearía.
¡Jey!—gritó uno de los trabajadores hacia la oficina que utilizaba
Terrunce. Sonrió y abandonó las hojas con números que había sobre la mesa para asomarse a la ventana a atenderlo. Daba igual cuántas veces repitiera su nombre, que aquellos hombres parecían incapaces de pronunciarlo. Finalmente habían hecho un extraño apócope y él había terminado por conformarse.
—¿ Qué sucede? -- preguntó Terry.
—Tiene correo, señor.
—Ahora mismo bajo. Abandonó su despacho en uno de los edificios del puerto y bajó para recibir la carta. Ese día había amanecido nublado y aunque la humedad parecía no darles tregua, el viento que se había levantado amenazaba con descargar una tormenta antes de que llegase la noche. Solo tuvo que mirar la letra para comprender que no era la del marqués. Subió los escalones de dos en dos y se encerró en su despacho. Abrió el sobre con dedos temblorosos y leyó.
Señor J.R.: Mi marido ha decidido que de ahora en adelante me encargue yo de mantener contacto con usted. Espero que no suponga ningún problema, ya que sé que no es lo habitual. Pero si conoce a mi esposo, sabrá que no es una decisión inconsciente ni poco meditada, por lo tanto, comprenderá que estoy preparada para tal función. En primer lugar, me gustaría felicitarle por la excelente labor que está llevando a cabo y darle carta blanca para que siga negociando. El próximo cargamento llegará a finales de septiembre y espero que tenga el mismo éxito que el anterior. Por otro lado, quizá le suene extraño y puede que del todo inconveniente, pero me asalta una duda… ¿Me conoce? Lamento si le parezco inapropiada, pero tuve esa sensación cuando nos felicitó por nuestro enlace. En todo caso, estaría encantada de que me dijese su nombre para poder dirigirme a usted en nuestras próximas comunicaciones.
Atentamente, Candice Andry.
Terry apretó la carta en su pecho cuando terminó de leerla. —No debiera ser así. No tendría que haber sentido un puñetazo en el estómago cuando leyó «mi marido» ni cuando hizo alusión a su enlace, ni rematarlo al leer su nombre acompañado por el del marqués. Pero lo hizo. Le repateó el hígado cuando no tenía ningún motivo para sentirse agraviado y todo ello aderezado con el amargo sabor de haber perdido a Candy, cuando la había tenido...
Continuará...
Gracias por acompañarme en esta ficticia, y por comentar.
Les regaló este cortito Capítulo, Y ahora si buenas noches.
JillValentine
