CAPÍTULO 15.
Terrunce iba perdido en sus pensamientos cuando tropezó con un hombre.
— Disculpe —murmuró e intentó rodearlo, pero volvió a chocar con él. Sólo tardó un segundo en comprender que el encontronazo no había sido casual.
—-Acompáñame —ordenó aquel hombre mientras lo sujetaba del brazo con disimulo.
Terry se soltó de su agarre sin delicadeza y estiro la manga de su abrigo. En caró aquel hombre que le resultaba tremendamente familiar, tanto como si hubiese sido el causante de la ruptura de sus costillas, una vez.
—No me ponga un solo dedo encima --pronunció con calma.
—Entonces entre por su propio pie Duque --dijo mientras que con la cabeza señalaba el coche que había parado a su lado. Acto seguido la puerta se abrió y Terry vislumbro dentro a William White.
Había llegado el momento.
Pese al frío y la nieve que había comenzado a caer, Candy llegó a su casa acalorada, angustiada se dejó caer sobre su taburete de su tocador, y se miro en el espejo comprobando que tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de emoción, Colocó una mano en su cuello y percibió el latir desbocado de su corazón.
—¡Maldito seas Terrunce Grandchester! Estaba enfadada consigo misma, por dejar que Terrence la alterada tanto. Había sentido su presencia ocupar casi toda la totalidad en el despacho el mismo momento en que hizo su aparición.
Al retirar los ojos del espejo reparo en la carta de Albert, allí debía estar la explicación de aquella descabelladas encerrona que la instaba traer con el indeseable de Terrunce. Porque así como ella lo vivía como una inesperada traición de su difunto esposo. Inspiró hondo y abrió el sobre que el señor Britter le había entregado. Con sólo las primeras líneas, sintió el nudo que le oprimía el estómago.
A partir de ese momento en su mente, fue la voz de Albert la que le susurro cada palabra.
Querida candice;
Si esta carta ha llegado a tus manos es porque la muerte me ha sorprendido de manera inesperada y no he tenido tiempo de explicarte los motivos que desencadenaron mis actos. Lamento haberte dejado así, créeme. Como también Lamento la situación que habrás vivido en el despacho de mi estimado James Britter. Si todo se ha desarrollado como estaba previsto.
Sé qué debes estar muy enfadada puede que incluso decepcionada conmigo. Primero, por haberte dejado sola y después porque ya debe saber que yo fui el protector de Terrunce. Con respecto al primer motivo de tu enfado, espero al menos haberte dicho antes de mi marcha, la imprevista felicidad que me ha aportado nuestro enlace. Una que jamás pensé podría volver a saborear. Gracias por estos años. Sé qué necesitas una explicación sobre Terrunce, como también sé que durante este tiempo, aunque me lo hayas ocultado. Su recuerdo haya aparecido en tú mente más veces de las que te hubiese gustado. Un recuerdo cargado de justificado rencor y deseos de venganza. Lo sé por qué cuando una persona en su juventud se enamora o cree que lo ha hecho, como tú lo hiciste del joven Terrunce, y el actúar de él de forma tan ruin. Como lo hace el recuerdo de aquel sentimiento. No, nos abandona con tanta facilidad como nos gustaría. ¿Cómo puedo explicártelo para que lo entiendas?
Quizá desde el principio.
Terrunce apareció en mi club pocos días después de la desgraciada noche de vuestro compromiso. No venía buscândome a mí sino a la gente que creyó que eran sus amigos, pero cuando se ha perdido todo el honor y se carece de dinero, también desaparecen las amistades.
Me pareció muy valiente por su parte hacer frente a los suyos y obligarlos a posicionarse. Por supuesto no obtuvo ayuda. Lo lleve hasta mi despacho y allí frente a la chimenea con una copa de licor en las manos, vi al hombre que podría llegar a ser. Admire también su valentía al desafiar a la sociedad, a sus padres, y, sí también al tuyo. Porque se necesita mucho valor para agraviar a William White... Sin embargo, él lo hizo con la convención de que nadie más que él era dueño de su destino. Y con el pesar, porque así lo vi de primera mano, de para poder conseguir su libertad, privarte de la tuya. No me concierne a mí excusar su equivocado proceder contigo. Es algo que siempre esperé que él pudiese hacer personalmente, porque me costa que se arrepiente del trato que te fue dispensado. No sé si me comprendes, pero deseé, mientras hablaba con aquel muchacho destrozado por la muerte de su padre, el desapego de su madre y su desgraciado matrimonio, poder haber tenido en el pasado la misma fuerza de voluntad para enfrentarme a una sociedad que dictaba mis actos. Porque si lo hubiese hecho, mi querida Amelia seguiría conmigo. Te conozco, querida mía. Sé que necesitarás un tiempo para asimilar todo esto y que te preguntarás que hubiese sucedido si mi final no nos hubiese sorprendido.
Si hubiésemos regresado a londres y el duque hubiese a parecido en nuestras vidas. Te hubiese explicado mirándote a tus enormes ojos verdes lo que acabas de leer, y hubieses discutido conmigo mi decisión. El señor Britter te habrá informado de que te cedo mis negocios. El buen hacer de estos años junto con la formación que te dio tu padre, me han demostrado que estás más qué capacitada para dirigirlos.
Sobre el año que dispuse para que lord Grandchester, continuara negociando por ti. Eres libre, pequeña. Puedes deshacer esa cláusula sea sí lo deseas y buscar a otra persona que se encargue de tu bienestar económico y sea tu cara en las reuniones. Pero me gustaría que aceptarás mi voluntad y dejar al duque por lo menos un año. Sabes que su trabajo ha sido excelente y quizá, con esta nueva cercanía, descubras, que lo que creíste que era ya no es, o quizá no, ¿quién sabe? Vas a necesitar apoyo de gente leal para defenderte de mi familia, y creo firmemente que nadie te dará tanta lealtad como Terrunce.
Siempre he querido que fueras feliz. Y siempre he pensado que amamos una vez en la vida. Busca a esa persona. Busca ese amor. No dejes que nadie decida por ti, ojalá lo encuentres y sientas lo que es ser amado por la persona que amas, ojalá te dejes llevar. No te prives de ese sentimiento. Disfrútalo, a mí no me hubiese importado, lo sabes. No te encierres en casa por mí. No mal gastes tu vida por el que dirán. Nuestra relación siempre fue sincera, y ambos sabemos el cariño que nos profesamos, el amor que llegamos a sentir, fue un sentimiento tranquilo, dulce, relajado. Vive libre, con pasión. Querida Candy. Y si en caso decides lo contrario, te arrepentirás todos y cada uno de los días que tú vida. Tu querido esposo.Marqués Albert Andry.
Candy apartó la carta antes de que las lágrimas emborronaran la tinta en el papel. Sollozo de nuevo por su marcha, por aquella segunda despedida que le volví a dejar el sabor amargo del abandono, y porque sabía que en el fondo Albert tenía razón.
—Entre, Duque —ordenó William desde dentro de su coche. Había empezado a nevar y los copos de nieve empezaban a empapar su gabán.
—Señor White —saludó Terrunce con una ligera inclinación de cabeza—. Será un placer acompañarle —replicó con ironía.
Sin dudarlo ni un momento entró y el lacayo de William cerró la puerta tras él.
Ambos hombre se evaluaron en silencio con evidente hostilidad.
Los años también habían pasado para William seguía siendo el hombre frío e intimidante que él conocía, pero ya no le pareció tan imponente. Las canas habían poblado su cabello y las arrugas marcado su piel.
—¿Qué pretendes ? —William fue al grano sin importarle dejar el trato de cortesía un lado.
—¿Con respecto a qué? —dijo Terrunce, por un momento se quedó aguantando dentro de su pecho un rugido, y diablos, contenerse le estaba costando lo suyo, pero lo había conseguido.
—No te hagas el estúpido conmigo. ¿Qué hacías en el despacho de Britter con mi hija? ¿Y por qué has regresado justo cuando ella lo ha hecho?
—Creía que William White era capaz de averiguarlo todo y el primero en enterarse de las cosas. Quizá esté perdiendo sus facultades.
William entrecerró los ojos y apretó los labios en una fina línea.
—Es evidente que la perdí hace tiempo si he sido incapaz de encontrarte.
—Si le sirve de consuelo, no se culpe. Simplemente, no sospechó de la gente que tenía más cerca
—¡Basta de jueguitos de palabras! —William se incorporó en el asiento y se acercó a Terrunce para enfrentarlo—. No me importa que no quieras decirme que hacías en el despacho de Britter, porque tardaré minutos en enterarme. Pero que te quede esto bien claro. No voy a dejar que te acerques a mi hija de nuevo, Grandchester te quiero lejos de ella y de Londres y por tu propio pie. A menos que quieras que sea yo quien se encargue de sacarte de aquí y No garantizo que sea en "buenas condiciones"
Terrunce espero calmado a que William terminase con sus amenazas, antes de obsequiarlo con una sonrisa ladeada, que enervo al padre de Candice.
Tal vez lo comprendió, y volvió a mirarlo pero con decisión.
—Lo que me pide es del todo imposible. No pienso marcharme señor White. Ni usted ni nadie conseguirá que lo haga, sino es por por voluntad propia. Y tampoco me alejaré de Candice.
—Estás muerto, Grandchester —El bastón golpeó contra el suelo del coche y el cochero se detuvo.
—Escúchame a mí ahora —Terry se retiró del respaldo del cuero del asiento y apoyo los antebrazos sobre las rodillas—. Le debo una disculpa usted, y a su familia. Pero sobre todo a Candice. En realidad más que eso. Pero no se me ocurre ninguna palabra que abarque todo el agravio que cause. Me arrepiento de lo que hice todos y cada uno de los días que han pasado desde entonces lo he lamentado. Sin embargo, no puedo hacer nada para enmendar el pasado, pero sí para mejorar el presente. He pagado por mi culpa, señor White.
No crea que mi vida ha sido fácil. Pero no soy aquel joven malcriado, en el mal sentido de la palabra, que era entonces. Ahora soy un hombre con las cosas claras que no se deja intimidar por matones como usted. No estoy aquí para hacerle daño a su hija. Al contrario quiero protegerla porque se lo debo sobre todo a ella. Así que háganos un favor a todos, guárdese sus amenazas y deje de entrometerse en mi vida y en la de Candice.
El matón que escoltaba a White abrió la puerta, observó a su jefe a la espera de que éste le diera una orden, pero ni Terry ni White apartaron los ojos el uno del otro.
—La cuenta se verá saldada cuando yo diga, Grandchester. Qué te quede claro qué sólo yo tengo la potestad de proteger a mi hija.
—Si hubiera querido protegerla, no la hubiese prometido con alguien como lo era yo—. Terry vió que sus últimas palabras calaban en el hígado de William, por que por mucha culpa que Terrunce tuviera, William también lo era—. Qué tenga un buen día señor White.
Terrunce salió del coche dándole un empujón al hombre de White, quien lo fulminó con la mirada, Pero no lo detuvo. Terrunce levantó las solapas de su abrigo y se caló el sombrero antes de comenzar a andar sin prisa hacia su nuevo hogar,
Charlie salió de la nada y se unió a él
—¿Todo bien con White? —preguntó Charlie preocupado. Se había venido siguiendo a Grandchester en cuanto vio con quien se iba.
Habían quedado de reunirse, después de la lectura del testamento. Pero vio a William, y optó por mantener la distancia. En caso de ser necesario intervendría. Sabía que Terrunce le debía una plática.
—Como era de esperar —respondió Terry de manera escueta.
Charlie asintió imaginándose la amenazante plática de William. Y juntos y en silencio, emprendieron la marcha.
Candy soltó un resoplido muy poco correcto y femenino. Se dejó caer en el sillón que había frente a su padre.
—De eso ya hablamos ayer cuando llegó hasta aquí hecho una furia. El duque trabajará para mí, estará a mis órdenes. Ahora tengo yo el control de la situación.
¿A qué le teme padre?— preguntó Candy enfadada, ya no era una chiquilla. Se creía lo suficientemente segura de sus decisiones. Pero su padre sólo quería protegerla. Extrañaba la vida tranquila en América.
William, observó a su hija, era verdad le temía muchas cosas, por que la vida le había enseñado que las palabras se las lleva el viento, y que las voluntades muchas veces se quedaban en nada. Temía que Terrunce tuviera la intención de encamaliarse a su hija, para hacerse de su fortuna. Temía que Candy volvería a creer en Terrunce y éste la hiciera sufrir de nuevo.
Pero se limito a resumir todos aquellos temores en una frase;
—No me gusta que GrandChester esté cerca de ti.
—¡Es que no va a estar cerca de mí!— exclamó con desesperación—. Me ocuparé de que no me molesté con su presencia.
-No seas ilusa, Candy, qué crees qué sera lo primero que hará en cuanto sepa qué has instalado en la casa que era de su familia—. William le había dicho que se mudará con su familia, pero Candy se resistía a irse con ellos entendía que su hija ya era una mujer y quería ser independiente. Pero hacerse enterado que GrandChester había estado trabajando con ella, Prefirio insistirle a que la mejor manera de callar habladurías era que estuvieran con su familia y estar alejada de GrandChester. Aun no podía entender porque Albert había ayudado a Terrunce. Pero él estaría muy cercas de su hija para cuidarla. Eso y que Terrence desapareciera. Ya se encargaría él de eso.
Después de Tres días, al no saber nada sobre Candice. Terrunce decidió hacer una visita al abogado para ver si podía averiguar algo más. El abogado lo recibío con la misma fria hostilidad conla que lo despidió en la lectura de testamento. En apenas un par de frases le dijo que Candice lo mantendría bajo sus órdenes por el tiempo estipulado por lord Andry, y que ella se pondria en contacto con él cuando estimase oportuno, puesto que ahora estaba ocupada con la mudanza.
—¿La marquesa viuda deja ya la mansión de Westminster? —Terrunce había preguntado con interés al abogado, procurando ocultar la desesperación de aquella conversación.
—No me concierne a mí —volvio a decir el señor Britter—. Decirle o darle ningún tipo de explicación, le repito. Lady Andry se pondrá en contacto con usted cuando estime oportuno.
—De eso estoy seguro, pero quizá yo quería saberlo antes. Gracias por su tiempo señor Britter—. Dijo Terrunce u salió de allí con un destino en mente subió al coche de alquiler que lo habia estado esperando con Charlie dentro. Dio la dirección al cochero.
—Pareces enfadado. ¿Mi Lady ha decidido prescindir de tus servicios? —lo incitó Charlie.
—No, Candice ha aceptado, la propuesta del marqués —dijo Terry con aspereza.
—Estupendo. Entonces a qué se debe esa cara.
—Se traslada, abandona su mansión. No voy a esperar a que decida Cuándo es el momento oportuno para informarme. Los negocios no admiten demora. No sé quien se encarga del envío del próximo cargamento ni cuándo llegará a Londres. Debo avisar a los hombres y organizarlo todo para que sea trasladado a los almacenes. Candice esta actuando como una inconsciente.
Charlie silbó
—¿Qué? — preguntó Terry con enfado.
—No conozco a la marquesa pero sin una cualidad especial de sacarte de tus casillas. En estos años has vivido situaciones que bien podrían haberte hecho sucumbir a la desesperación. Sin embargo siempre te has mantenido impertérrito, ¿qué importa si se pone en contacto contigo cuando se haya mudado? Paciencia hombre, Tiene que asimilar muchos cambios.
—Me está ignorando a propósito —dijo Terrunce enfadado y también con tristeza.
—¿Y la culpas?
— No, pero eso no tiene que ser impedimento para que actúe de forma racional —Cuando Charlie iba a contestar, Terrunce lo señalo con un dedo—: No me vale ninguna excusa.
—Pues yo creo que es justo esto lo que has estado buscando para ir a su casa, una excusa.
Terry gruñó por lo que Charlie soltó la carcajada y se cubrió la cara con el sombrero, fingiendo dormir hasta que llegasen a la mansión de la marquesa viuda.
Apenas veinte minutos después Terry subía acompañado de Charlie los escalones de la que hasta el momento había sido la casa de Candice.
Terrunce llamó con decisión y guardo Hasta que el mayordomo le abrió la puerta.
—Avísele a la marquesa viuda que el Duque de Grandchester necesita "con urgencia" unirse con ella.
El sirviente no pareció reconocerlos, hasta que pronunció su nombre. Abrío los ojos asombrado, y les pidió que guardaran hasta que informaba a su señora.
En el recibidor de la casa. Terry se permitió avanzar hasta las escaleras y mirar hacia arriba. Escudriño los pasillos a ambos lados estudio las puertas de las habitaciones a la espera de verla aparecer en algún momento. Regreso al lado de Charlie cuando escuchó un sonido inconfundible de unas bisagras abrirse y miro con atención en aquella dirección. Sin embargo no fue Candice la que salió; otra joven cargada de libros apareció ante ellos.
Sorprendida Camila, quien había llegado esa mañana a visitar unos dias a Candice detuvo sus pasos y evaluó sin reparos a los dos hombres que había apenas unos pasos de distancia.
Camila jamás había visto hombres como ellos. Sin duda eran los más apuestos que había visto en su vida.
—Señora, ¿necesita ayuda? —La sonrisa socarrona de Charlie todavia la turbó más, lo que provocó que los libros cayesen al suelo en unsonoro estruendo.
Presurosa, sea rodillo sin impórtale lo poco adecuado de su actuación.
Charlie y Terry no dudaron en acudir en su ayuda y se acuclillaron junto a ella para ayudarla.
—¿Vive aquí? —preguntó Terry despacio para no sobresaltarla más. La joven no era de Londres. Notó, tenía modales más liberales.
—Si y no —contesto Camila afanada enrecoger todo e incorporarse.
—Esa respuesta lo explica todo —se burló Charlie.
Aquel comentario la hizo reaccionar por lo que giró la cabeza y dirigió su mirada hacia el hombre con la duda sembrada en los ojos, pero sin atisbo de vergüenza o reparo.
—¿Se está mofando de mi señor? —la pregunta tan directa sorprendió a Charlie que no supo qué contestar. Y entonces fue el turno de sonreír de Terry. Por que aquella joven había dejado sin palabras por primera vez a Charlie desde que lo conocía.
—Estoy seguro de que esa no era la intención de mi amigo señora.
—Señorita —puntualizó Camila sin apartar la mirada de Charlie.
No necesito que me defiendas, Terrunce puedo hacerlo solo —rebatió molestó Charlie, quien percibió al instante cómo los ojos de aquella Joven se abrían y giraba en la cabeza en dirección al Duque.
—-¡ Oh, Dios mío! ¿Usted es lord Grandchester?
—Vaya parece que mi familia me precede.
Los tres se levantaron, y Camila con ayuda de los hombres que sujetarons los libros hasta que ella se los pidiese. En aquel momento el mayordomo apareció.
— Duque. La marquesa está ocupada en estos momentos y no puede atenderlo. Ruega la disculpé y me pide que le informe que en cuanto pueda se pondrá en contacto con usted. Terry levantó las cejas de forma insolente, no obstante se limito a sentir.
—No se lo tome mal —intervino Camila al percibir el gesto de Terrunce—. Candice está ocupada con la mudanza. En cuántos nos traslademos a la casa en Holland Park, seguro que lo cita para atenderlo.
—¿Ha dicho Holland Park ? —preguntó Terry sorprendido.
--Si... —dudó la joven —seguro que he dicho algo que no debía —afirmó en su susurro avergonzada.
—Le aseguro que no —Terry intentó tranquilizarla—: No sabía que había comprado una propiedad allí —preguntó fingiendo inocencia.
—Oh, no señor. Se la ha cedido su padre, parece ser que aunque no es de la familia White, puede disfrutar de ella.
—Entiendo.
El mayordomo carraspeó, visiblemente incómodo.
—Lady Camila. La señora la estará buscando.
—Caballeros. Sin más Camila se giró sobre sus talones y subió las escaleras.
Terry y Charlie abandonaron la casa después de que el mayordomo los acompañase con presteza a la puerta. El segundo todavía sorprendido por el torbellino de mujer que lo había puesto en su lugar, nunca nadie lo había hecho antes y menos una mujer, y el primero por lo que había averiguado.
—¿Por qué sonríes, si la marquesa no ha querido recibirte? —preguntó Charlie confundido.
—Viejo, por que ya se donde puedo encontrarla.
—La casa de tus padres. Es cierto.
—Terry asintió y sonrió.
Una sensación de tristeza embargo a Candy en cuanto entró a la propiedad. Era evidente que su padre había mantenido abandonada aquella propiedad. No porque no pudiese arreglarla, más bien por castigar psicológicamente a los dueños. Que la desidia con la que era tratada su casa les carcomise y vieran el declive de lo que una vez fue su hogar, y el símbolo de su linaje. Sabía que durante meses los periódicos de la sociedad habían comentado que la casa estaba cerrada tras la huida del Duque y la Duquesa viuda. Al igual que ahora varios periodistas habían rondado la casa al ver movimiento y no tardaría en aparecer la noticia, de quién ahora esta en el lugar de los GrandChester. Del regreso de ambos y ya se había hecho eco, ahora la máxima expectación resadía en verlos junto, cosa que Candy estaba dispuesta a evitar a toda costa.
—Qué triste es ver las plantas marchitas comentó Candie y Camila a su lado.
—Sí sabía qué habría mucho trabajo pero no pensé que tanto. Pasearon por el pasillo de los jardines centrales mirando los lados, hasta que frente a ellas una mesa redonda de hierro blanco encontraron una planta viva, diferente a todas las demás, acompañada de una nota.
—¿Qué es eso?
—No lo sé —contestó Candy porque no se le ocurrió otra cosa no quería poner nombre a sus sospechas. Se acercó curiosa hasta allí y comprobó que él era su nombre el que estaba escrito en el papel.
—Es para ti —apunto Camila lo evidente.
—Lo he visto —Candy no pudo evitar que su contestación fuese demasiado cortante, pero es que su corazón latía desbocado y en ocasiones el parloteo incesante de Camila la ponía nerviosa.
—No piensas leerla —la animo su amiga, y Candy asintió con dedos temblorosos tomó la nota y despacio la abrió.
Qué mejor manera de empezar a arreglar el invernadero que con tu planta favorita. Atentamente.
Terrunce Grandchester
Efectivamente era de quién ella temía.
—¿Qué dice? Te has puesto pálida.
—Es un regalo —murmuró mientras releía la nota una y otra vez.
—-Un cactus. ¿Te han regalado un cactus? ¿Quién es su sano juicio considera Es un regalo?
Sin embargo, Candy no pudo evitar que sus labios aflorar a una media sonrisa. Porque aquella chanza que solo entenderían Terry y ella. Pero aquel particular presente le dio la certeza sobre que él había averiguado su dirección. Inquieta por si todavía seguía allí miro, alrededor pero no vio nadie. Tendría que pedir que cambiasen la cerradura de la puerta.
Terry caminaba en dirección a su casa consciente de todas las miradas que despertaban a su paso. Los periódicos se habían llenado de las noticias pretenciosas y espectaculares sobre su regreso. Y los ciudadanos londinenses, dispuestos a divulgar cotilleos en el aburrido invierno antes de que la vorágine de las fiestas de sociedad de la primavera pareciese, habían recibido la noticia del regreso de candice y el suyo propio como agua de mayo. A estas alturas toda la ciudad conocía la fama que se había labrado en las indias orientales, administrando los negocios del Marqués. Por lo tanto también eran consciente de quién lo había ayudado cuando le dieron por fugado, años atrás.
Ahora sin la presencia del Marqués todos los ojos estaban al acecho para ver a Terry y Candy juntos, algo que no tardaría en suceder, si tal como ella había aceptado trabajaría para ella.
En cuestión de segundos empezó a llover primero con solitarias y dispersas gotas pero conocía el clima de su ciudad demasiado bien como para no saber que pronto la lluvia arreciaría.
Giro para atajar la vuelta y de reojo percibió a alguien, lo seguían. No aceleró el paso se limito a seguir al mismo ritmo a la vez que advirtió otro hombre más se unía al anterior y acordaba la distancia con él. La lluvia empezó a coger ritmo y no tardó estar empapado.
Sus músculos se pusieron en tensión y el corazón comenzó a bombear con fuerza. Se preparo para lo que sabía, sería una pelea. Había trabajado muchos años en los muelles como para no saber el ambiente tenso que se creaba cuando estaba a punto de suceder una refriega. Decidido se dio la vuelta y enfrentó a sus seguidores que se vieron sorprendidos por su reacción. Reconoció a los esbirros de William White
—Empiezo a pensar que el señor White no tiene más hombres de confianza --los encaró.
—Tan eficientes como nosotros, no --sonrío ladino al que Terry consideraba menos amenazante de los dos.
—En otro tiempo quizá ahora lo dudo mucho.
Aquel individuo soltó una risa estridente como si el comentario de Terry hubiese sido lo más gracioso del mundo. pero el otro al que había acompañado a William en su "paseo" en coche, lo observó con atención.
—Tenemos un mensaje del señor White — habló por fin.
—Decidle a vuestro jefe que estaré encantado de recibirlo en mi casa para escuchar lo que tenga que decirme con su propia boca —dicho eso se dio la vuelta dispuesto a seguir su camino alerta cualquier movimiento a su espalda. Los reflejos le hicieron reaccionar, al tiempo cuando escribo uno de los puñetazos que iba a recibir por la lateral, a la vez que al agacharse respondía hundiendo un puño en el abdomen de su adversario. El golpe fue tan fuerte que lo tumbó en el suelo e intentó esquivar el golpe del otro pero aún así logró impactar contra su pómulo. El gesto rápido, aprendido en los más bajos fondos de la India, estampó el puño en la nariz de su oponente, y con el otro puño golpeó en su costado. Los dos hombres ya dieron en el suelo mientras Terry inspiraba hondo el aire frío y húmedo de la lluvia.
Aquella pequeña victoria le supo a Gloria.
—El señor White puede hablar conmigo cuando lo deseé —repitió—. Mientras tanto no volváis acercaos a mí porque no seré tan benevolente.
—Voy afearte esa bonita cara que tienes para que ninguna jovencita inocente vuelva a enamorarse de ti —escupió con sangre uno de los hombres con cada palabra que decía.
En el fondo Terry lo admiraba Por qué aquella frase en defensa de Candice decía mucho de él.
Significaba que más allá de las órdenes de su jefe apreciaba Candy, ¿y quién no? pensó con amargura, ya desde pequeños había sido una niña adorable lo que lo sacaba de sus casillas por su buena voluntad. Ahora echa una mujer estaba seguro de que lo desquiciaría de formas muy diferentes.
Continuará...
Mil disculpas por quitarles el capítulo, puse el equivocado, y lo peor fue que lo borré de mis archivos. Tuve qué hacerlo nuevamente, espero no tener tantos errores he estado un poco ocupada, pero sabrán que si puedo subo los capítulos seguidos. Esperó su paciencia y compresión. Mil gracias por seguir con migo la historia. Saludos.
JillValentine
