CAPÍTULO 16
Aquella pequeña victoria le supo a Gloria.
—El señor White puede hablar conmigo cuando lo deseé —repitió—. Mientras tanto no volváis acercaos a mí porque no seré tan benevolente.
—Voy afearte esa bonita cara que tienes para que ninguna jovencita inocente vuelva a enamorarse de ti —escupió con sangre uno de los hombres con cada palabra que decía.
En el fondo Terry lo admiraba Por qué aquella frase en defensa de Candice decía mucho de él.
Significaba que más allá de las órdenes de su jefe apreciaba Candy, ¿y quién no? pensó con amargura.
Ya desde pequeños había sido una niña adorable que lo sacaba de sus casillas por su buena voluntad. Ahora, hecha una mujer, estaba seguro de que lo desquiciaría de formas muy diferentes.
—Siempre me quedará mi encanto —bromeó para irritarlo aún más. Con un resoplido, aquel hombre volvió al ataque.
A Terrunce solo le bastaron un par de certeros puñetazos, el último y definitivo en su mandíbula para derribarlo y dejarlo inconsciente.
Solo se oía el chapoteo de la lluvia en los charcos cuando se agachó a por su maltrecho y sucio sombrero. Se lo colocó bajo el brazo y caminó las pocas calles que quedaban hasta llegar a su casa.
—¡Señor! —se alarmó el mayordomo en cuanto lo vio llegar.
—No es nada, Bernard. El hombre asintió con seriedad.
—Haré que le preparen un baño y buscaré un ungüento. Apenas enfilaba las escaleras hacia su habitación cuando Charlie salió de la pequeña biblioteca y soltó un silbido.
—¡Vaya! Sí que es cierto que lady Andry te tiene inquina. Creía que era una dama dulce, pero no cometeré el error de agraviarla… —bromeó tras apoyarse de brazos cruzados en la pared con una sonrisa que a Terrunce le dieron ganas de borrársela en el acto. Pero ya había tenido bastantes puñetazos por hoy. Tras una blasfemia, subió las escaleras y se encerró en su habitación.
La carta que tanto ansiaba Terrunce llegó a media mañana.
Abrió el sobre y leyó las escuetas líneas que Candice había redactado citándolo esa misma tarde en su casa.
Más nervioso de lo que quería admitir, preparó todos los documentos sobre los próximos envíos que se había traído desde Bangladesh y esperó impaciente el momento de presentarse ante ella.
Acompañado de Charlie, llegó puntual a la que una vez había sido su casa. El mayordomo de Candice los acompañó hasta la biblioteca y los instó a esperar a su señora allí.
Terrunce miró a su alrededor. Los recuerdos del pasado acudieron a su mente. Visualizó a su padre sentado frente al escritorio y rememoró las charlas que había tenido con él respecto a su deplorable comportamiento. O cuando decidió enviarlo al internado, incluso el momento en el que le anunció que debía casarse con Candice.
Todo había ocurrido en aquella estancia sobria, oscura y carente de calidez. El recuerdo de lo que fue la relación con sus padres le dejó un sabor amargo que se instaló en su garganta.
—Lamento haberles hecho esperar.
La voz suave pero firme de Candice lo trajo de regreso. Se volvió para observarla. La contempló de la cabeza a los pies, incapaz de pronunciar palabra. Odiaba aquel vestido negro que llevaba. Lo odió cuando la vio en el despacho de Britter y seguía haciéndolo ahora. No concordaba con la imagen que él recordaba de ella, ni con la mujer vivaz y de sabiduría inquieta con la que se había carteado.
—No tiene que disculparse —dijo al fin—. Está en su casa.
Esta última frase hizo que ella entornase los ojos y lo mirase con suspicacia.
—Usted sabe que no.
Quizá le pareció que le estaba recriminando su nueva residencia. Pero nada más lejos de su intención. En el fondo, Terrunce se alegraba de que Candice hubiese elegido aquella casa para mudarse. Para él, aquello significaba que quería fastidiarlo. Hacerle daño. Y el hecho de que ella pasase tiempo pensando en él, aunque fuese en negativo, le gustó.
—Si creo que debo disculparme, lo haré —contestó Candice al fin.
Charlie dedicó a Terry una sonrisa burlona. Puede que en el pasado Candice White bebiera los vientos por él, pero lady Andry desde luego no. Ante aquel gesto de Charlie, ella reparó en aquel hombre que no conocía, por lo que Terrunce se apresuró a presentarlos.
—Lady Andry, le presento al señor Charlie Bens. Su nombre le sonará porque era el de los hombres respetables de Londres.
El rostro de Candice cambió y le dedicó una sonrisa amable, al tiempo que Charlie tomaba la mano de la marquesa y dejaba sobre ella un amago de beso.
—Un placer conocerlo, señor Bens. He oído hablar mucho de usted y de su buen hacer. Mi marido no tenía más que halagos hacia su familia.
—Es muy amable, marquesa. Si le soy sincero, yo también tenía ganas de conocerla después de años oyendo sin cesar su nombre.
Candice mostró sorpresa, pero Terrunce se envaró.
—¿De labios de quién, si puede saberse? —preguntó realmente intrigada. Charlie sonrió y miró a su amigo, que lo asesinaba con la mirada—. Entiendo. Espero que bien, entonces.
—Se lo puedo asegurar. No queriendo entrar en más detalles y turbada por el hecho de saber que Terrunce había hablado sobre ella—, dejó a un lado la vergüenza y avanzó hasta situarse tras el escritorio, que utilizó como barrera.
—Mi abogado ya le habrá puesto al tanto de que finalmente accedo a la voluntad de mi esposo.
—Sí —contestó escueto.
—¿Qué le ha sucedido en la cara? —Las palabras brotaron de sus labios antes de que pudiese detenerlas. No le importaba en absoluto qué hiciera de su vida Terrunce GrandChester, pero la había sorprendido encontrarlo en tal estado.
Ante la preocupación de Candice, y a todas luces arrepentida por haber verbalizado sus pensamientos, Terrunce sonrió.
—Un pequeño inconveniente en mi regreso a casa ayer.
—¿Lo asaltaron? —Candy volvió a maldecirse.
—Se puede decir que sí. Aunque su intención no fuese llevarse nada de valor, no al menos algo que se pudiese pagar con dinero. Una simple advertencia.
No supo por qué, quizá por la manera en que Terrunce había pronunciado aquellas palabras, pero no le cupo ninguna duda de que su padre había estado involucrado.
—Quizá si no se colara en casas ajenas no le sucederían cosas como esta.
—¿No habíamos quedado que no era ajena, lady Andry? ¿Ni siquiera le parece bien para entregar un presente? —sonrió de medio lado.
—Invadir la privacidad de un hogar jamás está justificado. Sin excepción.
—A veces, una sonrisa lo vale. Candice se movió inquieta y cambió de tema.
—Me alegro de que no haya salido más lastimado —dijo con cortesía.
—Me alegro de que se alegre. Candice carraspeó y apartó los ojos de los de Terrunce.
—De-de acuerdo. Entonces creo que ha llegado el momento de ponernos en marcha.
—Cómo desee —replicó Terrunce, que reprimió la sonrisa que pugnaba por aflorar a sus labios cuando la escuchó tartamudear. El Duque dejó sobre la mesa el portafolios que llevaba y sacó los documentos.
—El próximo cargamento desde los almacenes de Charleston llegará a Bangladesh a finales de mes. Podemos empezar a comerciar con nuestros clientes habituales para que cuando llegue, ellos mismos se encarguen de trasladar la mercancía.
—No creo que sea necesario —lo cortó.
—No la entiendo —Terry la miró con suspicacia.
—Me refiero a que no es necesario que todo quede cerrado desde aquí, ya que nuestros clientes podrán seguir tratando con nosotros como antes.
Terrunce no quiso creer lo que ella le estaba diciendo. Así que decidió ir al grano.
—¿Y quién se encargará de tratar con ellos?
Un brillo malicioso apareció en los ojos de Candice, que junto con una sonrisa falsa, acompañó a sus palabras.
—Usted, por supuesto.
—Ni lo sueñes. —Terrunce la tuteó. Apoyó las manos sobre la mesa y acortó la distancia con ella—. No pienso marcharme de aquí.
—Pues es una lástima que esté a mis órdenes. O lo toma o lo deja, Duque.
—Así que de eso se trata. Aceptas lo que Albert quería porque no quieres sentirte culpable por desobedecerlo, pero a cambio, me propones algo que sabes que no voy a aceptar para que sea yo el que rechace trabajar contigo.
—Un buen empleado sabe lo que es bueno para el negocio —respondió molesta porque la hubiese calado tan bien—. Mientras has trabajado allí todo ha ido bien, no veo por qué debemos cambiar la forma de proceder.
—Porque no pienso irme de Londres. Me necesitas aquí para…
—No te necesito en absoluto —lo cortó con brusquedad.
Charlie carraspeó porque al parecer, y desde que había empezado aquella conversación, se habían olvidado de él.
—Si me permite, creo que debería escuchar al Duque.
La mirada enfadada que Candice le dirigió lo hizo comprender que no le estaba haciendo ningún favor a su amigo—. Aunque quizá lo mejor sea que hablen a solas. Si me disculpan. El hombre cerró la puerta de la biblioteca y se apoyó en la pared de al lado para no perderse detalle.
—Es cierto —dijo Terrunce con voz más calmada. No había apartado los ojos de ella ni un momento—. No me necesitas. Pero te conviene tenerme cerca.
—Pues yo creo todo lo contrario. Me ha ido muy bien mientras has estado lejos.
—Me alegro, créeme —dijo con sinceridad—. Pero tu vida ha cambiado y no puedes pretender que siga como antes.
—Sé cuánto ha cambiado mi vida, Terrunce. Escuchar su nombre de aquellos labios enfadados le gustó y le hizo sospechar que estaba enfermo porque sí, también le excitó.
—Y lo lamento. Pero más allá del rencor y la culpa que sentimos respectivamente, debemos pensar con la cabeza fría. Las cosas están así: los sobrinos de tu marido no tienen dinero y lo van a necesitar para poder mantener todas las propiedades que han heredado. Tú, aunque nos parezca injusto y sabedores de que estás más que capacitada, no puedes tratar con nuestros clientes. No lo van a permitir. ¿Quién lo va a hacer por ti?
—Puedo encontrar a alguien. Mi padre sin ir más lejos podría encargarse.
—Nadie querrá tratar con tu padre. —Terrunce se incorporó y cruzó los brazos sobre su ancho pecho.
—Pues hasta el momento ha habido mucha gente que sí.
—Dime Pecas, Candice ¿qué sabes de los negocios de tu padre? El hecho de que la llamase así la hizo enrojecer porque le recordó tiempos pasados. Aquellos en los que se vio cortejada por el joven más guapo y enigmático que hubiese conocido jamás.
—Para ti soy lady Andry o marquesa viuda, como prefieras.
—Lo lamento —se disculpó con rapidez. No sabía por qué, pero aquel apodo fluyó de sus labios con total naturalidad—. Contesta a mi pregunta, por favor.
—Sé que tiene varias fábricas textiles donde procesa nuestro algodón. Una de ellas nueva y con la tecnología más avanzada. También trata con gente que tiene mucho dinero e influyente, algo que no le viene mal a nuestro negocio. Mi negocio —rectificó con rapidez.
—¿Sabes acaso por qué?
—¿Dónde quieres llegar?
—Nadie quiere tratar con tu padre voluntariamente, Candice. Si lo hacen es por interés. ¿Por qué crees que quiso casarnos? Necesitaba entrar en las altas esferas porque allí nadie lo acepta.
—Mi padre es mejor que muchos de los que creéis estar en la élite de la sociedad —lo defendió.
—No voy a discutir eso contigo. Basta con que sepas que hay mucha gente que haría lo que estuviese en sus manos por ver a tu padre en la ruina. Y eso te pone a ti en el punto de mira si aceptas que él dirija tu negocio.
Durante años, Terrunce se había encargado de averiguar por qué era tan poderoso William White.
Desde la distancia, recabó información y comprendió en qué consistían algunas de sus «transacciones». Puede que en un principio su fama de prestamista fuese infundada, pero tras el acuerdo con su difunto padre, llegaron más. Los duros años de crisis económica propiciaron que hombres como William fueran la tabla de salvación para muchos, y los métodos de White no eran fáciles de perdonar.
—¿Y tú no? ¿Tú no quieres hacerle daño? —lo atacó.
—No. Ya no —puntualizó—. No si con ello puedo perjudicarte.
Durante un tiempo, años en realidad, lo consideré responsable de todos mis males. Pero no hay nada como dejar de vivir como un niño mimado y enfrentarte al mundo para ver las cosas con otros ojos. William White es un luchador. Un hombre que contra todo pronóstico y gracias a su astucia, se hizo un hueco entre los hombres más poderosos de Londres. Y eso es de alabar. Pero como cualquiera que destaque, no está exento de envidiosos y menos de hombres resentidos. Más cuando olvidas la etiqueta y usas ciertos métodos poco ortodoxos para negociar.
—¿Qué significa eso? Me estás dando la razón. Si tan poderoso es y tan rodeado de hombres influyentes está, más protegida estaré yo. Terrunce contuvo las ganas de golpear con su puño la mesa por la obstinación de aquella mujer.
—Olvídate por unos momentos de que me odias.
Candice apoyó las manos en la mesa y se acercó hasta él, que permanecía de pie al otro lado.
—No mereces ningún sentimiento por mi parte. Ni siquiera odio —lo atacó de inmediato. Al momento, Terrunce la imitó y sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia. —Sin embargo, así es. Porque si yo fuese Jason, no estaríamos manteniendo esta conversación. Ella dejó escapar un jadeo de indignación que acarició los labios de Terrunce. Al momento, sintió ganas de sacar la lengua y saborearlo para no dejarlo escapar.
No obstante, se contuvo y siguió escrutándola con la mirada. De cerca, comprobó que sus ojos eran mucho más claros de lo que él recordaba. La piel era blanca y absolutamente perfecta. Sintió la repentina necesidad de enmarcar su rostro con sus manos para acariciarla y entonces reparó en sus labios. Carnosos y sonrosados, que aun con aquel gesto de enfado, eran adorables. Hacía años que no estaba cerca de una mujer tan exquisita como ella. Tras su desastroso matrimonio, había desahogado sus necesidades de manera automática y poco satisfactoria con algunas mujeres en la intimidad de su casa. Muchos de los trabajadores acudían a burdeles, y aunque él lo había hecho en una ocasión, no le gustó y se sintió miserable al ver las condiciones de aquellas muchachas. Por lo que estar cerca de una mujer que olía a flores y derrochaba exquisitez con cada movimiento lo perturbaba en exceso.
Candice permaneció atenta a las reacciones de Terrunce. Fue consciente de todos y cada uno de los movimientos de sus ojos azules e identificó el deseo brillar en la más absoluta oscuridad de su mirada. Sí, era deseo. Lo sabía, lo reconocía. Por lo que sin dudarlo, asomó su sonrosada lengua y con lentitud se acarició el labio inferior. Ahora fue la respiración profunda de Terrunce la que llegó hasta su boca. Le gustó, le otorgó cierto poder saber que ella podía perturbarlo, por lo que aprovechó para acercarse más, despacio, hasta casi rozar su boca.
El corazón de Terrunce latía desbocado. Quería besarla. Iba a besarla. De hecho, era ella la que parecía haber tomado la iniciativa, por lo que entrecerró los ojos, excitado y expectante mientras de manera agoniosamente lenta la sentía aproximarse.
—Pero dado que sois la misma persona —susurró de manera sensual e inclinó la cabeza para encontrar el ángulo perfecto para el beso—, tampoco quiero tener que tratar con él —contestó ella de manera seductora antes de apartarse y regresar a la seguridad tras su escritorio. Una sonrisa nerviosa y un cabeceo. Esa fue la reacción de Terrunce tras el instante más excitante e intenso que había vivido en años.
—Eres muy distinta a la Candice que una vez conocí —admitió mientras se incorporaba y hacía lo posible por relajar su excitación.
—Todos hemos ganado en experiencia —respondió con desinterés.
—Algunos de manera más satisfactoria que otros, supongo.
—Sin duda.
—Lady Andry, jugar con los instintos de un hombre es divertido, pero también peligroso.
—Menos mal que usted está a salvo de mis… intereses.
Terrunce se recompuso y comenzó a guardar los papeles en el portafolio. Esperaba que aquella estrategia surtiese efecto porque si no, tendría que ceder y dejar que Canduce se manejase a su antojo, algo que no quería que sucediese hasta que comprobara que todo marcharía sobre ruedas.
—Está bien —aceptó Terrunce—. Prueba con el club primero. Que tu padre te ayude. Que lo dirija y que trate con los clientes. Así comprobarás si lo que te digo es cierto o no. Si no hay ningún obstáculo en el camino que no pueda salvar, me iré por donde he venido. Pero si por el contrario, resulta que se cierran puertas y peligran tus inversiones, prométeme que aceptarás que trabaje para ti sin rechistar. Candice entrecerró los ojos y apretó los labios en un mohín que a Terrunce le pareció delicioso.
—No eres tú el que dicta las condiciones. Terrunce asintió.
—Ambos sabemos quién tiene aquí todo el poder. Así que dime si prefieres ceder al control de tu padre o por el contrario prefieres seguir manteniendo las riendas.
Maldito sea una y mil veces aquel hombre porque había dado en el clavo. La mayor duda al aceptar la ayuda de su padre era que su sobreprotección y el afán controlador que tenía coartasen la libertad de la que durante años había gozado. Porque su esposo, más que nadie, había demostrado confianza en ella y en su saber hacer hasta dejarla al mando de todo su dinero.
—Si necesitas pensarlo, es que no lo tienes claro —suspiró y por primera vez en años había ruego en su voz—: Déjame ayudarte, Candice.
—¿Por qué? ¿Por qué tienes tanto interés en ayudarme y protegerme?
—Te lo debo y se lo debo a Albert también. Pero sobre todo a ti.
—Así que es eso. Te sientes culpable y me tienes lástima. Aquella era una idea que Candice no podía soportar porque durante años se imaginó a Terrunce recordándola como una mujer destrozada, tal y como la vio la última vez cuando se presentó en su fiesta de compromiso, casado y del brazo de su exuberante esposa.
—Me siento culpable porque lo soy. Y sí, sentí lástima de ti porque no te merecías lo que hice. Como también la sentí de mí por haber sido un necio, un egocéntrico y un muchacho despreciable que odiaba la idea de desposarse contigo. No por ti —se apresuró a aclarar al ver como se endurecía su rostro—, pero mis padres parecían querer castigarme. Candice soltó una carcajada carente de humor que lo golpeó en el estómago. Había sido sincero, se había abierto a ella y parecía burlarse de sus sentimientos.
—¿Y ahora ya no es así? ¿Es eso lo que quieres que crea? ¿Que ya no piensas igual?
—Después de que mis actos propiciaran la muerte de mi padre, de que estuviese en la ruina sin techo ni alimento alguno, de que desapareciesen todos los «amigos», de que mi madre me repudiara, tuviera que marcharme para poder sobrevivir, ganarme la vida trabajando de sol a sol y mi esposa resultara ser la meretriz más solicitada de todo Bangladesh, puedo asegurarte que mi manera de ver la vida ha cambiado. No soy aquel muchacho, ahora soy el hombre que entonces creíste que era.
Aquel alegato la dejó sin palabras. Desde que habían vuelto a encontrarse, solo había estado pendiente de sus propios sentimientos. De la rabia y el resentimiento que la seguía consumiendo, pero ni un solo momento se había parado a pensar cómo había sido la vida de Terrunce durante esos años.
—Lamento la muerte de tu esposa —dijo en apenas un susurro. Terrunce rodeó la mesa y se situó delante de ella para poder mirarla y apreciar mejor su reacción a las palabras que iba a pronunciar, aunque la realidad fuese que le gustaba sentirla cerca y todavía estaba embriagado por lo sucedido momentos antes. Ella levantó la cabeza para mirarlo y al hacerlo, él apreció un atisbo de vulnerabilidad en sus ojos.
—Yo no, Candy. Sé lo duro que suena, pero odié cada minuto de mi matrimonio. Desde que pronuncié el sí hasta que le susurré el último adiós.
—Todas las decisiones que tomamos tienen sus consecuencias. Lo que dicta la diferencia entre unas personas y otras es la manera de afrontarlas—. Candice dio un paso atrás para alejarse de su cercanía—. Pensaré en todo lo que me has dicho y te haré llegar mi decisión. —Rodeó el escritorio por el otro lado para no tener que rozarlo y se dirigió hacia la puerta. De repente, recordar el pasado y conocer el punto de vista de Terrunce la sobrepasaron. Necesitaba estar a solas de nuevo y alejarse de él—. Buenas tardes, lord GrandChester.
Terrunce iba a protestar cuando ella alcanzó la puerta dispuesta a despacharlo. Charlie y Camila escucharon la voz de Candice cuando ya estaba demasiado cerca. Se movieron con rapidez, pero chocaron entre sí, lo que obligó a Charlie a sujetarla por la cintura para que no cayese. Y así fue como los encontraron segundos después cuando desde el interior de la biblioteca, Candy y Terry los sorprendieron.
—¡Camila! —exclamó Candice sorprendida.
Charlie soltó a la muchacha despacio, sin apartar los ojos de ella.
—Señor Benson, gracias por evitar que diera con mis huesos en el suelo —el tono de voz de Camila resultó demasiado agudo y tal y como sucedía con regularidad, y más cuando se ponía nerviosa, el filtro de sus pensamientos desapareció—. Estar entre sus brazos ha sido un placer. La sonrisa socarrona de Charlie la hizo enrojecer.
—Y eso que no he llegado a hacer nada, señorita Camila.
Terrunce fulminó con la mirada a su amigo. Lo último que necesitaba ahora es que Candice se pusiese más a la defensiva. Y si pensaba que Charlie iba a arruinar la reputación de su amiga, lo tendría todavía más difícil.
Continuará...
