CAPÍTULO 17

Terrunce fulminó con la mirada a su amigo. Lo último que necesitaba ahora es que Candice se pusiese más a la defensiva. Y si pensaba que Charlie iba a arruinar la reputación de su amiga, lo tendría todavía más difícil.

Ansioso por hacerla olvidar el incidente, Terrunce sujetó por el codo a Candice para que le prestase atención.

—¿Cuándo te pondrás en contacto conmigo? —susurró.

Ella observó la mano de Terrunce. Cómo era posible que aquel simple contacto le produjese un escalofrío. De un suave tirón se liberó.

—En cuanto haya tomado una decisión. Ni más ni menos.

Terrunce apretó los labios en una fina línea, pero asintió. Con ella debía ir despacio pero seguro, aunque cada vez que la viera un sentimiento de precipitación y la sensación de no alejarse de ella lo hicieran cometer imprudencias. Como sujetarla del codo o presionarla para obtener una respuesta.

—Buenas tardes, lady Andry. —Pasó por su lado y se despidió de Camila también antes de apresurar sus pasos a la salida seguido de Charlie.

Terrunce se pasó todo el camino de vuelta a casa sermoneando a Charlie por su comportamiento. Pero Charlie parecía incluso divertido por el humor de Terry.

—Es evidente que las cosas no han ido como deseabas.

—No he conocido mujer más testaruda que Candice White. Pero eso no significa que tu actitud poco esté haciendo por ayudarme.

—Andry —le recordó Charlie con alzamiento de ceja incluido. Terrunce lo miró sin comprender—, has dicho Candice White y yo me permito recordarte que es Andry.

—Genial. Gracias —replicó con ironía.

—No hay de qué —dijo Charlie con sorna a la vez que cruzaba los pies—. ¿Al final embarcaras de nuevo a Bangladesh o la marquesa ha recapacitado?

—De momento se lo está pensando.

—Si no quieres marcharte, tendrás que convencerla de que no.

—¿Y qué crees que he intentado hacer todo el tiempo que hemos estado a solas? —contestó molesto.

—Se me ocurren otras muchas cosas y más satisfactorias que discutir.

—¿Como lo que has estado haciendo tú con lady Camila?

Charlie enfatizó cada palabra.

—No he hecho nada. Eso fue un accidente, ni siquera la había mirado.

—Por tu bien —apuntó Terrunce.

—Lo que no quiere decir que no me lo esté pensando.

—Charlie… —advirtió Terry en tono de reproche.

—Esa mujer es imprevisible, divertida, audaz y a la vez inocente. Digamos que me inquieta.

—Pero no es como la clase de mujeres con las que estás acostumbrado a tratar.

—Eso lo convierte en un reto todavía más apetecible —Terrunce maldijo porque sabía que cuando a Charlie se le cruzaba una idea, debía caerse por ella sola. Nada podía hacer—; algo que no deberías reprocharme, porque lady Andry te tiene sorbido el seso desde hace años. Así que reconoce que o bien estás obsesionado o sientes algo por ella.

Terrunce miró hacia la ventana, meditativo.

—¿Conoces esa sensación de saber que has idealizado algo?

—Suele ocurrir —concordó Charlie.

—Cierto. Lo que no es tan común es que la realidad lo supere. Y ella lo hace, supera todas las ideas que me había creado de ella y a las que me había agarrado. Es… mucho más.

—Vaya, ¿y qué piensas hacer al respecto?

— Terrunce guardó silencio porque no tenía ningún plan. No sabía cómo debía actuar respecto a sus sentimientos. De momento se centraría en hacerle ver a Candy que era su mejor opción.

En la cena Terrunce le planto a su amigo, qué iba hacer.

—¿Quieres que organice una reunión de caballeros? —preguntó Charlie sorprendido. Terry asintió.

—¿En el Gentlemen's club? —insistió de nuevo para asegurarse que lo había oído bien— ¿El club que era del marqués y ahora dirigirá… quién?

—William White de momento. Y asegúrate de que estos nombres reciban invitación. Terrunce le pasó una hoja.

—¿Y con qué motivo los cito?

—La política. Hablar sobre el hecho de que cada vez un mayor número de grandes terratenientes entren en la Cámara de los Comunes.

—Pero los nombres de esta lista no están dispuestos a dialogar. —Charlie leyó de nuevo todos y cada uno de ellos y negó con la cabeza.

—Eso es porque se ven amenazados —contestó Terrunce.

—Estás loco —aseguró Charlie—. ¿Pretendes que acepten ir a un club dirigido por White? Tras la copa de licor que dirigía a sus labios, Terrunce esbozó una sonrisa.

—Pretendo todo lo contrario, querido amigo: que no vayan.

Ala mañana siguiente, mientras Candice acondicionaba el invernadero en compañía de Camila, recibió una notificación del gerente del club de caballeros diciéndole que habían solicitado el salón principal para una reunión especial a la que acudirían miembros insignes de la aristocracia londinense.

Maldijo su suerte, puesto que de momento el club seguía funcionando como Albert lo había ordenado. No obstante, esta reunión suponía una prueba de fuego a la que ella no podía hacer frente por ser mujer. Ordenó citar a su padre esa misma tarde. Cuando William llegó, la noticia ya estaba en los periódicos, puesto que el tema a tratar era lo suficientemente controvertido como para suscitar interés.

—Tengo miedo de que el tono de la reunión vaya en aumento y desemboque en una reyerta —comentó preocupada.

—Pequeña, no tienes nada de qué inquietarte. Me encargaré de que no falte de nada y de que no ocurran altercados —afirmó William—. Será una ocasión fantástica para aumentar los ingresos.

—Lo sé. Desde la muerte de Albert y ante el desconcierto sobre quién dirigiría el club, no hemos tenido grandes ganancias.

Candice no tenía otra ocupación que revisar y estar al día sobre las cuentas y los negocios que había heredado.

Todavía no se había animado a salir de casa, y eso que había recibido en varias ocasiones la invitación de su querida amiga Annie para que la visitase. Debido a su estado de buena esperanza, y a una pequeña complicación, el médico le había recomendado reposo.

Sentía que llegaba el momento de dejarse ver, que ya no podía esconderse más, y lo necesitaba o perdería la cabeza recluida en aquella casa en la que cada rincón le recordaba a Terrunce.

—Bueno, pues ahora ya no tienes nada por lo que preocuparte. William la sacó de sus pensamientos.

Candice afirmó y dejó el asunto en manos de su padre, muy a su pesar, aunque pidió estar informada de la reunión que se realizaría el viernes próximo en todo momento.

Esa misma tarde Candice salió con Camila de paseo. Estaban a pocas semanas de la Navidad y aunque su estado de ánimo acusaba la ausencia de Albert, ahora que se acercaban fechas importantes, decidió que ir a comprar los regalos navideños la distraería y, de paso, sería un avance más para salir de su reclusión.

El tiempo parecía haberles dado un respiro y de momento la lluvia no había hecho acto de presencia.

El coche con el emblema de los Andry se detuvo en una de las calles más céntricas de la capital. El cochero las ayudó a apearse y mientras Camila miraba a todos lados fascinada, Candice se preocupaba por levantar el mentón y mirar hacia delante, a todos en general y a nadie en particular. Oía cuchicheos a sus espaldas, algunos haciendo clara alusión a mostrarse tan pronto en público, pero de frente solo recibió inclinaciones de cabeza y saludos correctos. Entró en un par de tiendas, compró para su hermana Pati un precioso sombrero para la primavera, y algunos regalos más para los demás miembros de la familia, incluso un sonajero de plata para el bebé que estaba a punto de nacer de su amiga Annie. Para su sorpresa, y gracias a la compañía de Camila, estaba disfrutando como hacía tiempo que no le ocurría.

Fue al salir de una de las tiendas, que se encontró con el nuevo marqués Neil, que la aguardaba en la acera.

—Querida Candice.

—Tomó una de sus manos enguantadas y depositó un suave beso—. La he visto dentro de la tienda y no he podido aguardar para saludarla.

—Muy amable por su parte —respondió con un poco de tirantez. Neil miró a su acompañante con curiosidad y ella les presentó—. Marqués Legan, mi buena amiga lady Camila Willbur.

—Un placer, lady Willbur. Creo que no nos habíamos visto nunca.

—¡Oh! Jamás. Solo estoy de visita, mi residencia está en América.

—Entiendo. Neil dejó de lado la atención hacia Camila y se centró en Candice.

—Si me lo permite, me gustaría acompañarlas hasta el coche.

—No es necesario, lord Neil. —Candy hizo un gesto de asentimiento a su criado y comenzó a caminar—. No está lejos.

—Aun así, permítame que lo haga. Neil la tomó por el codo con delicadeza y se posicionó a su lado. Cuando Candy se aseguró de que nadie les veía se soltó. Neil no insistió y enlazó las manos a su espalda.

—Estaba esperando a que terminase de instalarse en su casa para hacerle una visita —la informó.

—Cuando lo desee —respondió Candice por compromiso. Porque en realidad, no quería volver a encontrárselo después de lo desagradable que fue en el despacho de su abogado.

—Sé que le debo una disculpa —prosiguió como si le leyese el pensamiento—. Fui en exceso desagradable y poco correcto en mi trato hacia usted. Además debo agradecerle que dejase la mansión de Westminster, aunque no era necesario hacerlo con tanta premura.

—Creí entender que sí le urgía mi marcha.

—De nuevo, lamento mi manera de proceder. Aunque no se lo crea, pensar en cómo la traté… —Cabeceó y se detuvo, lo que provocó que ellas también lo hiciesen—. Pensar en usted me ha robado el sueño. Candice se removió incómoda a su lado. Por suerte ya estaban al lado de su coche.

—¿Permitirá que la visite mañana? —susurró acercándose a ella para ayudarla a subir al coche.

—Lo lamento, pero mañana tengo un compromiso. Neil apretó los labios con disgusto y un brillo acerado apareció en sus marrones ojos. Disimuló con una sonrisa forzada lo mal que le había sentado el rechazo.

—¿Pasado? —insistió casi con desesperación. Candy recordó que la reunión del club sería ese día y ya estaría sobradamente preocupada como para soportar al marqués.

—Perdóneme, pero esta semana tengo un montón de compromisos y el jueves es un día complicado.

—El viernes entonces —dio por sentado—. Esperaré con ansias el momento de volver a verla. Depositó de nuevo un beso en su mano cuando ella ya estaba dentro del carruaje, giró sobre sus talones y se marchó. Durante el trayecto hasta su casa, Candice respondió a la curiosidad de Camila sobre el nuevo marqués, algo que ya había previsto desde que esta fuera testigo de su conversación.

—¿Crees que está interesado en ti? —preguntó Camila.

—Oh, por supuesto que lo está. Pero más que en mí, en mi dinero.

—¿Cómo lo sabes? Me refiero a cómo puedes distinguir qué tipo de interés tiene un hombre en ti.

—Supongo que como todo en la vida, lo aprendí. A veces crees que hay un interés romántico y luego te das cuenta de que por la otra parte es un sentimiento frío, amparado solo por el dinero.

—Pero también puede ser al revés, ¿no? Puede que pienses que alguien se acerque a ti solo por los beneficios que pueda sacar, y sin embargo, realmente, esté interesado.

—Es mejor pensar lo primero. Así evitarás decepciones. Camila pareció meditar su respuesta.

—Pero entonces no existe ilusión. Ni emoción.

—Y por lo tanto tu corazón estará a salvo. Lleno de paz y tranquilidad. Camila hizo un gesto de hastío con la mano.

—De eso ya he tenido mucho durante muchos años. Ahora quiero justo lo que tú pretendes evitar.

Candice escondió un amago de sonrisa ante la sinceridad arrolladora de su amiga.

De nuevo, y de mejor humor, descendió del carruaje para entrar en su casa. Después de tanto tiempo sin salir, estaba cansada, pero por otro lado, también orgullosa de sí misma por haber dado aquel primer paso y dejarse ver por las calles de Londres, tal y como Albert quería que hiciese. Subió a su habitación, se cambió el vestido negro de terciopelo que llevaba y eligió otro mucho más sencillo para estar en casa.

La cena casi estaría lista, pero le apetecía pasar por el invernadero de nuevo. Se echó una capa de lana sobre los hombros y a través del salón de té, salió al pequeño jardín hasta la construcción acristalada que poco a poco empezaría a albergar vida de nuevo. De momento lo único vivo que había era el cactus que Terrunce le había regalado. O eso pensaba hasta que encontró otra planta encima de la mesa blanca con otra nota.

A Candice empezó a latirle con fuerza el corazón. La maceta estaba llena de flores de color violeta y un tono más oscuro en el centro, no lo dudó en ningún momento, eran pensamientos.

Acarició con dedos temblorosos la suavidad de sus pétalos antes de coger el sobre y abrirlo.

Este invernadero sigue estando demasiado vacío. En la primavera estará en todo su esplendor. Hasta entonces, te regalaré poemas entre pensamientos. Atentamente,

Terrunce GrandChester.

Volvió a doblar la nota y la guardó en el sobre, todavía más afectada de lo que lo había estado en un principio.

Pensamientos. Como si lo que necesitase fuera recordarlo cuando en realidad tendría que sacarlo de su mente y a poder ser de su vida cuanto antes.

Al salir, comprobó que la cerradura estaba intacta. La habían cambiado hacía apenas dos días. No sabía cómo ni por dónde había entrado Terrunce, pero estaba dispuesta a averiguarlo.

Terry miró hacia la fría noche londinense desde su salón. Estaba esperando a Charlie, y mientras, sonreía al imaginar la cara de Candice cuando descubriese la nueva maceta en su invernadero. Se la imaginó turbada, nerviosa y a la vez enfada porque volviese a colarse en su casa. Su gran ventaja era que él había vivido allí antes que ella y se conocía todos los escondrijos del jardín, así como las aberturas del invernadero, mejor de lo que conocía las diferentes estancias de la mansión. No en vano había pasado más tiempo huyendo de la compañía de sus padres y escapándose a escondidas que con ellos.

—Señor —lo interrumpió Bernard—, lord Bens ha llegado.

—Gracias. Hazlo pasar, por favor. Como cada vez que se veían, se saludaron con cariño.

—Bueno, parece ser que tu plan está en marcha —Charlie tomó asiento y aceptó la copa que le tendió su amigo—. De momento, y pese a la premura con la que se ha organizado, todos han aceptado asistir a la reunión a excepción de lord Templeton. Parece ser que su quinto hijo está en camino. Terrunce asintió.

—Ahora viene la segunda parte. Quiero que mañana hagas correr el rumor de que William White dirigirá el club.

—¡¿A dos días para la fiesta?! He tenido que sacar a relucir mi parte más teatral para fingir que no sé quién está ahora a cargo del club Gentlemen's.

—No te habrá costado mucho —sonrió Tereunce.

—Más de lo que puedas creer. Al parecer, el hecho de que lady Andry haya heredado el club les hace temer que sea su padre quien lo dirija.

—Y eso justo es lo que tú vas a confirmar mañana. Quiero que se corra la voz —Terrunce lo meditó durante unos segundos, pero no iba a echarse atrás—. Además, quiero que hagas correr el rumor de que si no fuese White, yo lo dirigiría. Y ya de paso, quiero que digas que lord Andry confiaba en mí para tal menester.

Charlie negó con la cabeza. Dejó escapar un soplido y dio un buen trago de licor.

—A ti tampoco te han perdonado lo que sucedió, Terrunce. Saben de tu regreso y muchos ya conocen que fue el marqués quien te ayudó, pero lamento decirte esto, sigues siendo un paria.

—Lo sé —respondió con dureza—. Sé que no será fácil, pero entre White y yo, soy el mal menor. Por muy mala fama que tenga, soy de su círculo. Y en un grupo tan exquisito a la hora de admitir a sus miembros como es la aristocracia londinense, pesará más ser uno de ellos que un hombre que ha escalado desde los bajos fondos y no con demasiada delicadeza.

—Cuando se entere White te querrá matar —le advirtió.

—No sería la primera vez. Ni será la última.

—Volver a Londres para suicidarte ha sido todo un detalle. —Levantó la copa para brindar con él y Terrunce imitó el gesto.

—Si no diese que hablar, no sería Terrunce GrandChester.

Había amanecido con heladas, pero durante el día, un tibio sol se había reflejado en los charcos congelados y a media tarde, cuando Candice y Camila salieron a visitar a Annie, la mayor parte de la calzada se había convertido en un barrizal. Por segundo día consecutivo, Candice se atrevía a abandonar aquella casa.

Lo más curioso y de lo que no se había percatado hasta el momento, es de que podía hacerlo sin pedir permiso a nadie. Mientras duró su matrimonio, no es que Albert tuviese que autorizarla para salir —así se lo había hecho saber él—, pero sí quería que lo informase para estar tranquilo. Ahora, sin embargo, nadie controlaba sus actos y aquella era una situación que al mismo tiempo que le provocaba cierto sentimiento de desamparo, le otorgaba una autonomía de la que no había disfrutado jamás. Le gustó.

De hecho, le encantó poder tomar decisiones con total libertad y aquello instaló una sonrisa en su rostro que no podía borrar pese a que a cada paso se ensuciase un poco más su vestido y sentía la sensación resbaladiza del lodo bajo sus pies.

La casa de Annie estaba cerca de la de sus padres, en Chester Square. Nada más verse, se fundieron en un abrazo que terminó con un examen visual minucioso la una de la otra. Annie estaba algo agotada por su avanzado embarazo, pero sus ojos brillaban con la misma alegría de siempre. Le presentó a Camila, ambas mujeres se saludaron con afecto y al momento Annie volvió a dirigir su atención hacia ella.

—¡Estás preciosa, Candy! —gritó emocionada—. El color negro no te hace justicia, pero aun así estás hermosa.

—Tú también estás bonita. Annie estalló en carcajadas.

—Nunca has sabido mentir. Venid, nos sentaremos a tomar el té. Entraron en el salón y no sin dificultad su anfitriona tomó asiento.

—¿Cuándo nacerá el bebé? —quiso saber Camila.

—Eso nunca se sabe. Según el médico todavía me faltan algunas semanas, pero parece que tiene ganas de salir antes. Creo que será impaciente como su padre.

—Claro, como su madre no —bromeó con ella Candice.

—Querida amiga, la vida es muy corta para sentarte a esperar. Si quieres algo, tienes que salir a buscarlo.

Durante la tarde disfrutaron de la alegre charla entre amigas que siempre había recordado. Entregó el regalo para el bebé y cuando ya se disponían a marcharse, el marido de Annie llegó.

Estaba tal y como Candice lo recordaba, su cabello claro, y sus ojos la miraban con amabilidad, la hicieron sonreír.

—Lady Andry, es un placer volver a verla. Nos alegramos de su regreso y de tenerla de nuevo entre nosotros. Archie se apresuró a ponerse al lado de su esposa y la besó con cariño.

—¿Cómo te encuentras hoy, querida?

—Cansada, pero feliz.

—Te he traído los dulces que tanto te gustan. Candice y Camila, testigos de aquella íntima situación, se sintieron incómodas.

Pero más allá de eso, un sentimiento desagradable muy parecido a la envidia, las rodeó. Camila no sabía lo que era sentirse adorada por un hombre, y aunque Candice había estado casada y Albert había sido un buen esposo, entre ellos no había existido ese tipo de… No sabía cómo llamarlo, quizá fuese amor.

—Hoy he tardado un poco más porque al pasar por el despacho de tu padre me he entretenido un poco. Parece que los ánimos andan un poco revueltos.

—¿Ocurre algo? —se preocupó Annie.

—Seguramente lady Andry nos pueda informar mejor —dudó Archy.

—¿Yo? —apuntó Candy sorprendida.

—Me refiero a la reunión que se celebrará en su club —explicó el marido de su amiga.

—¡Ah! Sí, mañana parece ser que hay una reunión importante para tratar sobre política. Archly entrecerró los ojos y la miró con desconcierto.

—¿No se ha enterado?

—¿De qué?

—La mayoría de los asistentes se está retractando. Corren rumores sobre que se va a anular porque ninguno de los invitados quiere acudir al club. Candy ahogó una exclamación.

—¿Por qué?

Arch miró a Annie, que tenía toda su atención, y a la otra dama, antes de centrarse en Candice.

—Se han enterado de que su padre dirige el club y no quieren asistir.

Fue como si las palabras de Archy hubiesen golpeado su pecho y la dejasen sin respiración. Entre la neblina, la voz de Terrunce se coló en su mente: «Nadie querrá tratar con tu padre».

Cuando llegó a su casa, su padre ya la estaba esperando.

William se paseaba enfadado, como Candice nunca lo había visto, por el salón. Blasfemaba y soltaba insultos a todos los miembros de la aristocracia.

—Padre —llamó ella su atención. Pero William parecía enajenado y no cesó de hablar y desahogarse.

—¡No me lo puedo creer que prefieran que a GrandChester dirija el club a que lo haga yo! —bramaba. Aquello captó el interés de Candice.

—¿Cómo dice? —La reunión era mañana. Lo tenía todo previsto y hoy a última hora de la tarde la han anulado. Nadie quiere venir.

—¿Y qué tiene que ver Terrunce con esto? William pareció verla por primera vez desde que había llegado.

—Lo prefieren antes a él que a mí. Anteponen su abolengo pese a que yo he ayudado a la mitad de esos aristócratas y de que él los avergonzó a todos con su comportamiento más que reprochable.

Los rumores dicen que si yo me hago cargo del club, nadie vendrá. Soy bueno para prestar dinero cuando las deudas los asfixian, pero no soy bueno para compartir su compañía. Candice caminó hacia la ventana y miró hacia la oscura y fría noche. Odiaba tener que darle la razón, pero Terrunce estaba en lo cierto cuando la advirtió.

—Creo que ya soy lo suficientemente adulta como para que sea sincera conmigo, padre. ¿Alguna vez ha… amenazado o extorsionado a alguno de ellos?

—¿Por quién me tomas? —exclamó sorprendido. Candice se dio la vuelta y lo encaró.

—Por el hombre que jamás me mentiría ni haría nada para dañarme. William dudó, pero finalmente y algo reticente, reconoció que algunas veces había usado métodos poco ortodoxos.

—Así que es cierto. ¿También ordenó que le dieran una paliza a Terrunce?

—Ni que fuese la primera vez. Fue una simple advertencia.

—¡Padre! Vi su cara amoratada.

—Mis hombres quedaron mucho peor, así que no te preocupes. Por cierto, ¿por qué te preocupas? Negó con la cabeza, incapaz de responder a aquella pregunta.

—Entiendo, por lo tanto, que ha habido más veces. ¿Cuándo? —exigió saber, enfadada por todo lo que había sucedido a su alrededor y de lo que ella no había tenido constancia.

—Aquella fatídica noche en la que os descubrieron en el invernadero. —Movió William la mano con despreocupación.

Candice lo miró perpleja. Por supuesto lo recordaba a la perfección, como también el día posterior, cuando se coló en la habitación de Terry y lo encontró magullado.

—No existió ninguna caída del caballo —afirmó.

—Hubiese sido estupendo, me habría evitado tener que darle una lección, pero no pasó. Solo me aseguré de que Terrunce entendiera que no iba a permitir que me la jugara y, mucho menos, que te avergonzase. Lo hice para protegerte —se excusó tras ver el reproche en el rostro de Candice.

—No lo apruebo, en absoluto. Y como puede ver, padre, nos la jugó de todas maneras. Empezaba a comprender que si a Terrunce se le cruzaba una idea por la cabeza, no paraba hasta conseguirla. De nada servían presiones externas.

—El pasado pasado está. Ahora centrémonos en el presente.

—Sé manejar a Terrunce yo sola, no necesito que me proteja y en caso de que así sea, se lo haré saber.

—No me fío de él. No entiendo su repentino interés por ti.

—Yo tampoco, por eso sé que no voy a bajar la guardia. Pero necesito que se dejen de lado las rencillas.

—Cansada, tomó asiento—. Está claro que Terrunce tenía razón y que la mejor opción para los negocios es él. Al menos de momento, ¿lo comprende, padre? William sabía que Candice tenía razón. Pero se lo llevaban los demonios cuando pensaba que Terrunce formaría parte de sus vidas de nuevo.

—Ten cuidado. Y llámame para lo que necesites —Se acercó hasta su hija y depositó un suave beso en su frente antes de marcharse.

Al día siguiente, Terrunce acudió a casa de Candice a la hora exacta en la que ella lo había citado. Charlie lo esperó en la esquina mientras su amigo se colaba en el invernadero. Una vez junto a él, llamaron y esperaron a que les atendiese el mayordomo. Entregaron su abrigo junto con el sombrero y los guantes y esperaron.

—La marquesa viuda quiere hablar a solas con usted —anunció. Terrunce asintió. Esperó a que el sirviente acompañase a Charlie hasta la sala de té y luego siguió al mayordomo hasta la biblioteca. De espaldas a la puerta, Candice lo escuchó entrar. Cerró los ojos, inspiró hondo y se dio la vuelta para contemplarlo. Esperaba una expresión socarrona y de superioridad porque era evidente que Terrunce había estado en lo cierto. Sin embargo, él se limitó a observarla, serio y en silencio, sin un ápice de ironía en sus insondables ojos Zafiros.

—Supongo que ya sabrás lo sucedido con la reunión del club.

—Por supuesto.

—Imagino que no me queda más opción que reconocer que tenías razón —admitió reticente.

—¿Es una disculpa lo que me estás ofreciendo? Si es así, no tienes por qué hacerlo. Como un rayo, un pensamiento, más que eso, una sospecha, se coló en la mente de Candice.

—¿Has tenido algo que ver en esto? —preguntó recelosa.

Terrunce escondió su sorpresa con un simple asentimiento de cabeza.

—Solo aceleré lo inevitable —reconoció—. Te negabas a escucharme y a ver la realidad de cómo funcionan las cosas. Necesitabas que te abrieran los ojos y no había tiempo que perder.

—Sigues siendo el mismo mentiroso embaucador de siempre.

—Apoyó las manos sobre el escritorio y lo fulminó con la mirada.

—No te he mentido. Podría haberlo hecho y no ha sido así.

—Tampoco me has contado la verdad.

—No me has dado tiempo. De todas formas, ¿habría cambiado algo? Necesitabas hechos. No creías en mis advertencias.

—Avanzó hasta colocarse frente a ella y adoptar la misma posición.

Candice suspiró con tristeza y aquel gesto fue suficiente para conmoverlo. Sabía que toda aquella situación la tenía agotada, solo tenía que observar las ojeras que se le marcaban bajo sus hermosos ojos verdes.

Avanzó hasta que se situó frente a ella y se tomó la libertad de sujetarla por la barbilla para que inclinara la cabeza y lo mirase.

—Candice, no quiero complicarte más las cosas. No pienses que soy algo contra lo que debes luchar porque eso nos agotará física y psicológicamente a ambos. Quiero ayudarte. Por favor, déjame hacerlo.

—Eres algo contra lo que luché durante mucho tiempo —reconoció.

—Bueno, también lo fuiste tú.

—¿Entonces qué sentido tiene todo esto? ¿Es por dinero? ¿Por eso lo haces?

Terrunce sintió el latigazo de aquellas palabras en su pecho, pero sobre todo en su orgullo. Retiró la mano de su barbilla, pero no se alejó.

—Si es por eso, te pagaré lo que me pidas, pero…

—Es por ti —la cortó con dureza—. No me importa si no veo una libra por todo el trabajo que estoy dispuesto a hacer y los riesgos a asumir. Te lo debo, me lo debo a mí mismo.

—Entonces es cierto que es por lástima —replicó herida y empezó a alejarse de su perturbadora presencia.

—Te repito que te equivocas. —Terrunce tiró con delicadeza de uno de sus brazos y la mantuvo frente a él. La sujetó por los hombros y se permitió inspirar su embriagador aroma. Desde hacía años sentía muchas cosas por ella, pero desde luego lástima no. Si acaso, aquel sentimiento lo asaltaba en sus horas más bajas por él mismo. No por ella.

—¿Entonces por qué? ¿Qué te importo ahora? —Contra su pecho duro y musculoso, su aroma a loción de afeitar y el brillo acerado de sus ojos, el corazón de Candice comenzó a latir desbocado.

—Porque has sido una constante en mi vida. La única de hecho. Porque hace años, si las circunstancias que nos rodeaban hubiesen sido otras, me habría casado contigo sin dudarlo. Porque mientras estaba lejos de casa solo tenía tus palabras para acompañarme. Tus letras y tu voz que me susurraba en aquellas páginas saber más de mí. Ahora que tengo la posibilidad de estar cerca de ti, no pienso dejarla pasar. Candice jadeó cuando él la apretó contra su cuerpo.

—Por eso me rechazaste como lo hiciste y te aseguraste de que cientos de ojos lo contemplaran —lo atacó para protegerse de aquella sensación de necesidad que había empezado a embargarla.

—Lo siento. No te imaginas cuánto. Pero creo que ambos hemos pagado lo suficiente por aquello. ¿No crees?

—Los dedos de Terrunce no la soltaron de su agarre, pero sí se movieron prodigando ligeras caricias sobre el terciopelo de su vestido, que Candice sintió como si fueran directamente sobre su piel.

—Si me estás pidiendo que lo olvidé, jamás lo haré.

—No —dijo vehemente—. Olvidar significaría hacer como que nada de lo vivido en el pasado ha ocurrido y yo no deseo eso. No quiero que se pierda el recuerdo de la primera vez te vi, agazapada en la ventana de tu habitación. Ni cuando trepé por aquella enredadera… Ni quiero olvidar lo que sentí mientras te besaba en el invernadero. Ni siquiera quiero olvidar el daño que te, nos —rectificó— hice. Aprendí de mis errores y ahora soy quien soy por haberlos cometido.

—¿Y quién eres? ¿Eres el joven que conocí con apenas doce años y que se empeñó en hacerme la vida imposible? ¿El canalla que me enamoró para después abandonarme? ¿O el hombre sensible y atento conmigo con el que me carteé todos estos años? No sé si te conozco. De hecho no sé si alguna vez te he conocido.

—Entonces conóceme ahora. Soy todos ellos o más bien la evolución del primero. Soy el niño fascinado por alguien tan bueno y dulce que llegaba a sacarlo de sus casillas por ser su antítesis. Soy el joven que tentabas con tu ingenuidad y ansiaba con el hambre voraz de un león tus atenciones. Y por supuesto, el hombre que sobrevivió gracias a tus cartas, que me hacían sentir que le podía importar a alguien.

—Yo no soy la misma. Ni siquiera la de las últimas cartas —respondió tratando de esconder su turbación.

—Para mí eres y siempre has sido, para bien o para mal, la mujer que ha ocupado mis pensamientos.

Terrunce quería besarla, es más, lo necesitaba. Quería comprobar si sus besos eran tan entregados como entonces, si le dejaría hacer, pero sobre todo, necesitaba que ella lo necesitase tanto como él, porque entonces, quizá, existiera una mínima posibilidad de tenerla. Candy se dio cuenta de las intenciones de Terrunce.

Candy percibió el brillo en sus ojos, el movimiento de su nuez al tragar y la tensión de su cuerpo. Si no hacía algo para evitarlo, la besaría. Como si fuese la misma joven ingenua que con un par de frases bonitas y miradas anhelantes caería a sus pies. Como si diese por hecho que seguía rendida a sus encantos.

Avanzó hasta pegar su pecho al de Terrunce y contempló cómo abría los ojos con sorpresa. Acercó su rostro hasta casi rozar sus labios y se contuvo para no terminar por rendirse.

—¿Deseas besarme? —susurró sobre su boca.

—Más que respirar —contestó con voz ronca a la vez que la apretaba con más fuerza contra su cuerpo. Un jadeo traicionero escapó de sus labios por la vehemencia de Terrunce.

—Cuánto anhelo —dijo irónica. Harto de tanta palabrería e incapaz de retenerse por más tiempo, se lanzó a sus labios, pero para su desesperación, solo consiguió rozarlos antes de que ella se retirara hacia atrás.

—Considero esto más que suficiente.

—Ni por asomo.

—Con apenas dos pasos la arrinconó contra la esquina de la ventana—. Quizá lo que temes es que te bese de verdad y te guste demasiado.

—Ya me han besado de verdad durante muchos años y dudo que tus atenciones superen a las de mi marido.

Terrunce apretó los dientes. La envidia que había sentido por el hombre que se lo dio todo lo hizo sentir ruin, pero ahora fue incapaz de controlarla.

—Permíteme que lo dude. La besó. Asaltó su boca como un pirata reclama un botín, con todas las armas a su alcance y la necesidad de conseguir una rendición. Y ella se vio sobrepasada por todo el ardor que la invadió. Jamás lo reconocería, pero nunca la habían besado con aquella urgencia, con aquel ardiente deseo. Albert había sido un amante paciente y atento, Terrunce era un huracán que arrasaba toda reticencia y la arrastraba a una pasión hasta entonces desconocida.

Respondió a su beso porque no tenía otra opción, porque la parte racional de su mente quedó enmudecida por la emocional y por el latir desbocado de su corazón. Terrunce no le daba tregua. La estaba devorando, degustaba hambriento sus labios y barría con su lengua los jadeos que escapaban de su boca. Estorbaba la ropa, su piel ardía y solo las manos de Terrunce parecían poder aplacar aquel fuego que amenazaba con consumirla.

Terry gruñó. Pensó que con un beso tendría suficiente, pero tarde se dio cuenta de que ansiaba más, todo en realidad. Odió más que nunca aquel feo vestido que se interponía entre ellos. Odió no tener una cama a su disposición para llevarla hasta ella, despojarla de todo y acariciar cada centímetro de su piel. Ansió que ella lo deseara tanto como él porque ahora que había vuelto a tenerla entre sus brazos no pensaba dejarla escapar.

En la lejanía, Candice escuchó un sonido constante. Un golpeteo desagradable que la hizo volver de la bruma del placer. De pronto, comprendió que llamaban a la puerta. Con todas sus fuerzas, apartó a Terrunce, que se tambaleó por la sorpresa y siguió mirándola como un león a su presa.

—Llaman a la puerta —dijo alterada.

—Ordena que se marchen —la voz ronca evidenciaba su estado de excitación, así como el bulto considerable en sus pantalones.

—No.

—Se apartó con rapidez para alejarse de su presencia. Se recompuso al tiempo que Terrunce rodeaba el escritorio para volver a tomarla entre sus brazos. Ante aquel movimiento, Candice se apresuró a ordenar un adelante que sonó demasiado fuerte y detuvo a Terrunce a escasos centímetros de ella. El mayordomo abrió la puerta de inmediato.

—Lady Andry, el marqués Legan ha venido a visitarla y solicita ser atendido. Terrunce entrecerró los ojos, suspicaz.

—Hazlo pasar, por favor. De inmediato Neil Legan, el nuevo marqués, apareció con una sonrisa radiante que borró de su rostro en cuanto advirtió que Candice no estaba sola.

—Querida… —la saludó al tiempo que avanzaba y tomaba una de sus manos para depositar un ligero beso— Permítame que le entregue un presente. Alargó el brazo y tendió una caja engalanada con un lazo de organza. Candice la tomó con manos temblorosas y desenvolvió el regalo.

—Bombones —verbalizó lo obvio Terrunce con evidente disgusto, lo que provocó la mirada acerada de Neil.

—Gracias, lord Legan. Todo un detalle. Neil sonrió y la tomó de la mano para acompañarla a uno de los sillones que había al lado de la chimenea.

—Supongo que lord GrandChester ya se iba.

—No —respondió él con rapidez al tiempo que ella decía que sí.

—Lord Terrunce, seguiremos mañana con nuestra reunión.

Continuará...

Un capítulo más para su domingo. Saludos. JillValentine