CAPÍTULO 18.

Terrunce gruñó. Pensó que con un beso tendría suficiente, pero tarde se dio cuenta de que ansiaba más, todo en realidad. Odió más que nunca aquel feo vestido que se interponía entre ellos. Odió no tener una cama a su disposición para llevarla hasta ella, despojarla de todo y acariciar cada centímetro de su piel. Ansió que ella lo deseara tanto como él porque ahora que había vuelto a tenerla entre sus brazos no pensaba dejarla escapar.

En la lejanía, Candice escuchó un sonido constante. Un golpeteo desagradable que la hizo volver de la bruma del placer. De pronto, comprendió que llamaban a la puerta. Con todas sus fuerzas, apartó a Terrunce, que se tambaleó por la sorpresa y siguió mirándola como un león a su presa.

—Llaman a la puerta —dijo alterada.

—Ordena que se marchen —la voz ronca evidenciaba su estado de excitación, así como el bulto considerable en sus pantalones.

—No.

—Se apartó con rapidez para alejarse de su presencia. Se recompuso al tiempo que Terrunce rodeaba el escritorio para volver a tomarla entre sus brazos. Ante aquel movimiento, Candice se apresuró a ordenar un adelante que sonó demasiado fuerte y detuvo a Terrunce a escasos centímetros de ella. El mayordomo abrió la puerta de inmediato.

—Lady Andry, el marqués Legan ha venido a visitarla y solicita ser atendido. Terrunce entrecerró los ojos, suspicaz.

—Hazlo pasar, por favor. De inmediato Neil Legan, el nuevo marqués, apareció con una sonrisa radiante que borró de su rostro en cuanto advirtió que Candice no estaba sola.

—Querida… —la saludó al tiempo que avanzaba y tomaba una de sus manos para depositar un ligero beso— Permítame que le entregue un presente. Alargó el brazo y tendió una caja engalanada con un lazo de organza. Candice la tomó con manos temblorosas y desenvolvió el regalo.

—Bombones —verbalizó lo obvio Terrunce con evidente disgusto, lo que provocó la mirada acerada de Neil Legan.

—Gracias, lord Legan. Todo un detalle. Neil sonrió y la tomó de la mano para acompañarla a uno de los sillones que había al lado de la chimenea.

—Supongo que lord GrandChester ya se iba.

—No —respondió él con rapidez al tiempo que ella decía que sí.

—Lord Terrunce, seguiremos mañana con nuestra reunión.

Terry no tuvo más remedio que aceptar la retirada si no quería montar un número, algo que por otra parte no le hubiese importado en absoluto, pero que dificultaría un nuevo acercamiento con ella.

—No le quepa duda, marquesa.

Charlie llevaba más de media hora en aquel salón de té más aburrido que una ostra. Estirado en el sillón, apoyó los pies en la mesa de centro y cerró los ojos. Escuchó la puerta a su espalda y sin abrir los ojos dedujo que sería el mayordomo o Terrunce, que por fin venía a buscarlo.

—Ya era hora.

—¿Me esperaba? La voz de Camila le hizo dar un respingo y levantarse en el acto. La muchacha lo miraba interrogante, como si creyese de verdad que aquellas palabras iban dirigidas a ella.

—No —respondió.

—Vaya…

—La desilusión en la voz de la muchacha lo obligó a matizar su respuesta.

—No la esperaba, pero me alegro de verla. Camila sonrió y los ojos se le iluminaron. Dio unos pasos, dubitativa. Charlie la observó mirar hacia la puerta y avanzar hasta acercarse a él.

—Señor Bens, ¿yo le gusto? Charlie abrió los ojos como platos y boqueó como un pez al que acababan de sacar del agua.

—Quiero decir que si le parezco atractiva. Aquello todavía lo perturbó más, pero tenía clara la respuesta.

—Más de lo conveniente.

—¡Fantástico! —exclamó entusiasmada—. ¿Entonces aceptaría ser mi amante? Charlie se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser completamente confundido y desbordado por tan abrumadora sinceridad.

—¿Es esto un juego, jovencita? Porque si es una especie de apuesta o burla, no tiene gracia. No debería jugar con insinuaciones tan descaradas porque podría encontrarse con una situación para la que, sin duda, no está preparada. Camila levantó la barbilla, desafiante.

—Hablo muy en serio, señor. Usted es de mi agrado, si yo soy del suyo, creo que podríamos entendernos en la alcoba.

No por primera vez aquel día, Charlie se quedó sin palabras. ¡Por todos los demonios del averno que aceptaría! Y así se lo hubiese hecho saber si Terrunce no hubiese entrado por la puerta del jardín, proveniente del invernadero de nuevo casi con total seguridad. Visiblemente alterado, saludó a lady Camila con una reverencia y anunció a Charlie que había llegado la hora de marcharse. Su amigo abrió la puerta para salir al recibidor y acceder a la calle, pero Charlie era incapaz de moverse.

—¡Charlie! —gritó Terrunce.

—Lady Camila, si no hay una retractación formal de su propuesta, pronto recibirá noticias mías.

—Se acercó hasta ella, tomó una de sus manos y depositó un estimulante beso en la parte interna de su muñeca.

Neil Legan se sentó frente a Candice y la contempló con atención. Parecía turbada, tenía las mejillas coloradas y los labios de un apetitoso rojo intenso. No era tan estúpido como para no comprender qué hacía Terrunce allí o más bien qué habían estado haciendo solos en aquel despacho, sin embargo disimuló su desagrado.

—Seguro que recuerda que la avisé de mi visita.

—Lo cierto es que he estado bastante ocupada y se me había pasado por completo.

—En los negocios, debo suponer.

—Por supuesto. Neil asintió, como si aquella respuesta lo hubiese satisfecho.

—Me gustaría que aceptase mi invitación para un paseo mañana por la tarde. La Navidad está a la vuelta de la esquina y Hyde Park ha sido engalanado para la ocasión.

—No sé si es buena idea.

—Por supuesto que lo es. ¿Qué hay de malo en que su sobrino la invite a un paseo?

—Ambos sabemos que no es mi sobrino y que no nos une ningún lazo de sangre.

—Afortunadamente, puesto que mis intenciones no son fraternales. Pero eso ahora solo lo sabemos usted y yo… —le lanzó una sonrisa seductora que a ella le pareció siniestra—. No aceptaré un no por respuesta. Tomó la caja de bombones que le acababa de regalar, la abrió y eligió uno. Se lo metió en la boca mientras la miraba con lascivia. Candice dejó a un lado lo maleducado que le pareció que se adueñase de su insignificante regalo, pero no pudo obviar el escalofrío de horror que recorrió su espalda ante sus insinuaciones. Desde luego nada que ver con lo que había sentido con Terrunce.

—Maldito sea —murmuró pensando en Teerunce.

—¿Perdón? —la interrumpió Neil con una sonrisa satisfecha, quizá pensando que en realidad la había halagado su actitud.

—Lord Legan —Candy se levantó y él la imitó de inmediato—, le ruego que me disculpe, pero no recordaba que tengo unos asuntos urgentes que atender.

—Lo haré siempre que acepte mi paseo de mañana.

—Le enviaré una nota con la hora. —Algo que por supuesto no haría. Se excusaría con cualquier mentira, pero ahora solo necesitaba que aquel hombre se marchara.

—La esperaré ansioso.

No obstante, si no recibo respuesta, me acercaré para hacerle compañía. Candice no tenía ánimos ni ganas de seguir con aquel tira y afloja. Suficiente había tenido con Terrunce. Terminó por asentir y caminar hasta la puerta, donde el mayordomo lo acompañó hasta la salida. Abrumada, se dirigió al invernadero, el único lugar capaz de proporcionarle algo de paz. Ella y Camila lo habían limpiado y adecentado a la espera de que al llegar la primavera pudiese llenarlo de flores. De momento, solo el cactus y la planta de Terrunce daban algo de color al interior de la estancia. Pero no solo había dos, ahora un nuevo presente junto con una nota aguardaba en la mesa de hierro blanco.

Llenaré de tantas flores tu vida

con cartas y poemas, como de ti están

llenos mis pensamientos...

Terrunce GrandChester.

Acarició con cuidado la nueva planta de pensamientos de un intenso color burdeos, al tiempo que apretaba la nota contra su pecho. No era la primera vez que Terrunce le escribía notas de amor y no pudo evitar sentirse ridícula por aquella emoción que la embargaba.

No debía olvidar que no tenía que fiarse de él. No al menos en el terreno sentimental. Así que no le vendría mal releer aquellas cartas que continuaban guardadas en el fondo de su joyero y que hacía años que no se atrevía a tocar, para volver a posar los pies sobre el suelo.

Subió las escaleras con premura y se encerró en su habitación. Abrió el compartimento y extrajo una de ellas. El tiempo había amarilleado el papel, pero las palabras se distinguían a la perfección.

Querida Candice:

Hace apenas unos días mi corazón danzaba de júbilo ante la idea de poder verte de nuevo. Ahora late atormentado por no poder estar junto a ti. El ímpetu por estar a tu lado, avivado por mis sentimientos, me obliga a privarme de tu compañía. Te extrañaré todas y cada una de las horas que habría disfrutado en tu presencia y sufriré las que resten hasta nuestro próximo encuentro. Tuyo, Terrunce GrandChester.

Candice entrecerró los ojos y el corazón empezó a latirle con fuerza. Dejó sobre el tocador la primera carta y tomó la que Terrunce había dejado hacía nada en el invernadero. Comparó la letra y sus sospechas se vieron confirmadas. No eran la misma. Revisó todas las demás y comprobó que las de su joyero sí coincidían, habían sido escritas por la misma persona. Pero ninguna se parecía a la letra robusta y de trazo estirado de la última. Desde luego era mucho más masculina. Pero no eran esas las únicas que debía comparar. Salió como alma que lleva el diablo escaleras abajo y entró en la biblioteca, abrió el cajón y sacó las cartas que había intercambiado con el supuesto Jason Rish. Solo tuvo que echar un vistazo para comprobar que coincidían con las del invernadero. Si Terrunce había escrito estas últimas, ¿quién demonios había escrito las otras? Sin pensarlo demasiado, ordenó que preparasen su carruaje. Se colocó el sombrero y echó el abrigo sobre sus hombros mientras apretaba todas las cartas sobre su pecho. El trayecto hasta la nueva residencia de Terrunce se le hizo eterno, pero aquello no apaciguó su enfado. Saltó del carruaje apenas se había detenido y golpeó la puerta de su casa con ímpetu.

Muchos viandantes, curiosos, se detuvieron a contemplarla hasta que el mayordomo abrió la puerta y ella se coló dentro.

—Exijo ver a lord GrandChester de inmediato.

—El señor se encuentra reunido ahora mismo con el señor Bens —intentó explicar el sorprendido sirviente.

—Como si es la mismísima reina. Dígale que la marquesa viuda Andry ha solicitado verlo.

Con una reverencia, al entender la posición social de aquella dama, el sirviente la condujo hacia el salón mientras iba en busca de Terrunce.

Candice se paseó como un león enjaulado por aquella estancia, que aun carente de detalles ornamentales, era cálida además de tener un indiscutible toque masculino. La chimenea estaba encendida, lo que mantenía caldeada la habitación, pero ella estaba lo bastante sulfurada como para que aquel calor estuviese de más. Todavía con las cartas apretadas contra su pecho, con una mano libre se desabrochó algunos botones del vestido que la estaban asfixiando.

No se había parado a cambiarse ni a retocarse el peinado, así que era más que consciente del aspecto descuidado que lucía, pero no le importaba en absoluto.

Terrunce entró en la estancia con el ceño fruncido y visiblemente preocupado. No llevaba chaqueta, solo la camisa cuyas mangas había doblado y remangado hasta dejar a la vista parte de sus musculosos antebrazos.

—Candice, ¿qué ocurre? ¿Ha pasado algo? ¿Estás bien? Furibunda se acercó hasta él y golpeó su pecho con las cartas que hasta entonces había estado reteniendo.

—Explícamelo —exigió. Confuso, tomó aquel manojo de papeles y los miró sin entender.

—¿Qué es esto?

—Eso quiero saber. Terrunce sabía que estaba furiosa, sus ojos refulgían de rabia y su boca se apretaba en un delicioso y tenso rictus que él hubiese borrado a besos encantado.

Renuente, desvió la mirada y ordenó el amasijo de papeles antes de tomar uno al azar y comenzar a leer.

Querida Candice:

Debería calmarme la idea de saber que pronto tendrá lugar nuestro reencuentro. Pero no es así. Me siento enfermo de anticipación. Los minutos, las horas y los días parecen detenerse y ralentizar su paso. No hay nada que pueda aplacar la desesperación por tu lejanía. Ansío calmar mi alma con tu presencia, como ansío escuchar de tus labios cuánto acusas mi ausencia. Siempre tuyo,

Terrunce GrandChester.

Afectado, levantó los ojos de aquel papel amarillento y se enfrentó con la mirada de Candice.

—¿Qué significa esto?

—Esto —dijo Candice golpeando con su dedo las cartas que él sostenía sobre sus manos—, fueron el principal motivo de que yo me enamorase de ti. Fueron mis primeras cartas de amor.

—Yo jamás escribí estas cartas, Candice —dijo con tiento.

—¿Crees que no lo sé? ¡Lo acabo de descubrir! ¿A quién le encomendaste tan molesta misión? ¿Tan repulsivo te parecía escribirme falsas promesas de amor que no pudiste hacerlo tú mismo? Muy a su pesar, la voz le tembló y sus ojos se anegaron de lágrimas. Por la impotencia, por otro desengaño más, por haber vuelto a abrir una herida que creía cicatrizada con el tiempo, pero que al volver a verlo dolía de nuevo.

—¡Un momento! —Terrunce tiró de malas maneras las cartas sobre el sofá y la abrazó por la cintura para mantenerla cerca y calmar su desasosiego—. No escribí esas cartas, pero tampoco ordené a nadie que lo hiciese. Podría ser muchas cosas en el pasado, pero jamás te hubiese ilusionado así.

—¿Quieres decir que no me besaste ni me sedujiste para ilusionarme?

—Candy uchó contra sus brazos para que la soltaran, pero él fue incapaz de hacerlo.

—Anhelé y disfruté todos y cada uno de los besos que te di. Ninguno fue por obligación.

—Te contradices, Terrunce. No querías desposarte conmigo, dices que no querías seducirme, que no era de tu agrado… Sin embargo dices que te gustaban mis besos. No me perturbes más y dame una maldita explicación a esas cartas.

—No la tengo porque no sé quién las escribió. Pero yo no lo ordené. Y jamás dije que no fueras de mi agrado ni que no quisiera seducirte. Me gustabas, demasiado, además. Pero no soportaba la imposición de esa situación y lamento decirte esto, pero menos que nada soportaba el yugo de tu padre.

Candice fue incapaz de soportar por más tiempo la fuerza que oponía para apartarlo. Se rindió y apoyó los antebrazos en su pecho. Empezó a llorar y a estremecerse entre sus brazos.

—Tengo la sensación de que nada de lo vivido desde que te conocí fue real. Sincero. Es como si me hubiesen engañado todo el tiempo.

—No sabes cuánto te comprendo. —La abrazó con ternura y depositó un suave beso sobre su frente. La acunó entre sus brazos mientras lloraba y odió al artífice de aquellas cartas por haberla hecho sufrir de nuevo. Por haberla engañado en su nombre.

—Cuéntamelo. —Pidió Candice, y se separó un poco de él, lo miró a los ojos, suplicante—. Dime en qué te engañaron a ti.

Terrunce no quería soltarla. No quería alejarla de sus brazos, pero si iba a sincerarse y quería que ella le entendiese, necesitaba concentrarse para escoger las palabras correctas. Caminó con ella abrazada hasta que la situó frente a su sillón preferido. La ayudó a acomodarse, hincó una rodilla en el suelo y empezó a contar su historia.

—Es justo que te diga que no voy a excusar mi comportamiento, solo voy a contarte cómo viví la situación que nos unió hace años. —Inspiró y la tomó de las manos que descansaban sobre sus muslos, crispadas—. Desde el momento en que te vi, hubo algo en ti que me ponía nervioso. Eras la hija perfecta, algo que yo hacía tiempo que me había empeñado en no ser, quizá para llamar la atención de unos padres que estaban más preocupados por sus reuniones de sociedad que por su hijo. Quizá porque tu bondad me sacaba de quicio o quizá porque removías cosas en mi interior, como la culpa, cuando excusabas mis gamberradas para que no me castigaran y nadie lo había hecho hasta el momento. El caso es que yo no supe la intención de nuestros padres de prometernos hasta varios años después. Mi parte elitista y egocéntrica consideró el hecho de que me obligaran a casarme, como un castigo más por mi comportamiento. Es importante para mí que entiendas que no tenía nada que ver contigo. Con tu persona. Cuanto más te conocía, más me gustabas, y más miedo me daba porque podía llegar a aceptar algo por lo que venía luchando desde hacía años: mi libertad de decisión. No supe que mi padre le debía dinero al tuyo. No supe que le cedería en usos nuestros bienes y que el bienestar económico de mi familia dependía de nuestro enlace hasta que fue demasiado tarde y mi padre murió. De haberlo sabido, aquello hubiese sido el pretexto perfecto para rendirme a lo que empezaba a sentir por ti.

—Si me lo hubieses confesado, te habría liberado del compromiso. No te habría retenido a mi lado contra tu voluntad. Pero creía que me amabas. Tus supuestas cartas así me lo hicieron creer. Pero aun así, no te hubiese obligado a estar conmigo. No hubo necesidad de ensañarte tanto y dejarme en ridículo frente a todo Londres.

—Calculé mal. Si hubo alguien al que quise hacer daño fue a tu padre.

—Pero me utilizaste a mí para ello. Yo fui la que sufrí los cuchicheos y la que se quedó en Londres para dar la cara. Si no hubiese sido por Albert, mi vida habría sido un infierno continuo.

—Me enteré de vuestro compromiso por un periódico que Susana tuvo a bien dejar a mi vista. Me sentí engañado, porque Albert me había enviado lejos y ahora aprovechaba para desposarse contigo, pero también agradecí que alguien se ocupara de ti. Y no podía reprocharle nada después de haberme ofrecido una salida cuando nadie estaba dispuesto.

Terrunce se detuvó un momento y dudó, pero finalmente se atrevió a preguntar—: ¿Fuiste feliz con él?

—Sí. Lo fui. Aquella respuesta lo golpeó en el pecho. Apretó las manos de Candice entre las suyas.

—¿Lo amaste? —su voz bajó varias octavas y erizó la piel de Candice.

—Sí —susurró. Aunque se guardó para sí el tipo de amor que había compartido con él. Uno paciente, comprensivo y casi paternal. Albert para ella había sido su salvación, y su mejor amigo.

Terrunce se levantó y caminó varios pasos hasta apoyarse sobre la repisa de la chimenea. Las llamas se reflejaban en el Zafiro de sus ojos evidenciando el infierno que lo quemaba por dentro

. —¿Lo sigues amando?

Terry preguntó sin desviar la mirada del fuego.

—Albert ha muerto, pero mis sentimientos no pueden desaparecer así como así.

—¿A mí me amabas? —Giró la cabeza para mirarla a los ojos e intentar ver la verdad en ellos. Anhelaba un atisbo de esperanza. Si a Albert lo había amado y no podía olvidarlo, quizá sus sentimientos por él no estuviesen extintos. Una idea más que ridícula a la que necesitaba agarrarse.

—A estas alturas he comprendido que amé la idea que me formé de ti —señaló las cartas con la cabeza al otro lado del salón sobre el sofá de terciopelo rojo—. Tú me hundiste y él me rescató. El recuerdo de mis sentimientos es diferente.

—No todo lo que vivimos fue mentira. —Terrunce no pudo evitar defenderse o al menos abogar un poco por él—. Me gustaba estar contigo y me gustó saber de ti en la distancia. Fuiste lo que me anclaba a un pasado que no quería olvidar, lo que me animó a seguir adelante en un presente y el impulso necesario para crearme un futuro. Terrunce caminó hacia las cartas, las cogió con rudeza y se dirigió hacia la chimenea de nuevo.

—Esto no es mío. Estas palabras están vacías y son una farsa. Sin pensarlo, las echó al fuego.

—¡Terrunce! —gritó Candy. Pese a que él tenía razón, había puesto parte de su corazón en aquellas palabras vacías.

—Ahora la mentira ya no cabe en nuestras vidas. —Mientras se consumían y el fuego oscurecía las letras del gastado papel, vislumbró con claridad de quién era aquella letra. Se agachó y aún a riesgo de quemarse, rescató una carta de las llamas.

—¿Estás loco? Primero intentas quemarlas y ahora metes la mano en el fuego. —Candice se levantó y, sin pensarlo, tomó su enorme mano entre las suyas para comprobar que no estaba herido.

—Reconozco esta letra. Candice percibió el cambio en el rostro de Terrunce. Del más puro desconcierto a la indignación y el enfado. Apretó los dientes y un músculo de la mandíbula empezó a palpitar.

—¿Quién fue, Terrunce?

—Mi madre —escupió con desdén.

Después de aquella afirmación, Terrunce comenzó a blasfemar. Lo escuchó maldecir las tretas de su madre al tiempo que comprendía la asfixia que su familia había supuesto para él. Por su parte, recordó lo equivocada que había estado con respecto a lady Elionor. La había considerado casi como a una madre, una confidente y una amiga, cuando en realidad se había asegurado de que, aunque su hijo rechazara ese matrimonio, ella pusiera su corazón en ese enlace.

—Lo lamento.

Terrunce llegó hasta ella—. No sabes cuánto siento todo esto. Su rostro torturado y la mirada de dolor que le dedicó la conmovieron.

—No tienes que disculparte. Al menos no tuviste nada que ver en esto. No puedes evitar que me sienta estúpida por haberme enamorado de una mentira. —Candy dejó aflorar una sonrisa triste.

—Candice… — Terry dudó, pero al final sucumbió y fue incapaz de no tocarla. Subió las manos hasta enmarcar su rostro y acariciar los pómulos con sus pulgares—. No más estúpido que enamorarse en la distancia de la mujer que rechazaste y que además estaba casada con el hombre que te salvó la vida.

—Terrunce —susurró afectada por su contacto y turbada por sus palabras—, esto no está bien. Para lo nuestro hubo un tiempo y ahora es demasiado tarde. Ambos hemos vivido demasiadas cosas y acarreamos suficiente resentimiento. Debo marcharme.

—¿Qué hay de malo, Candy? Somos libres para hacer lo que deseemos. Y bien sabe Dios que lo único que deseo eres tú. Déjame tenerte. Déjame que te bese para poder aplacar esta necesidad que me consume. Déjame que me permita recrearme en este recuerdo cuando salgas por esa puerta.

Terry, despacio, acercó los labios a los suyos. Le dio el tiempo necesario para que se apartase, pero no lo hizo. Sucumbió a sus besos, primero tentativos y tiernos hasta que se volvieron exigentes, urgentes y necesitados.

La apretó contra su cuerpo, desesperado. Tiró de los botones medio desabrochados de su vestido y asaltó su cuello para saborear el gusto de su piel. Uno a uno los botones fueron cediendo al contacto de los dedos de Terrunce y dejando al descubierto el montículo de sus pechos, elevado por el corsé de color marfil, que lo volvió más loco todavía.

Candice se agarró a sus hombros y jadeó por la rapidez con la que aquel hombre lograba excitarla.

Bajó la mirada para ver cómo los labios de Terrunce descendían sobre su escote y vio el negro de su vestido. Aquello la hizo recuperar un poco de cordura.

Asustada por la incapacidad de controlarse y temer acabar rendida entre sus brazos, desnuda en el salón de su casa, reunió las fuerzas necesarias para resistirse y con todo el dolor de su corazón, se alejó de él.

—Candy… —rogó sin importarle nada el tono suplicante de su voz. Ella le dio la espalda y abrochó con dedos torpes los botones.

—Lo deseas tanto como yo —insistió él—. Ríndete a lo evidente, Candice. Sabes que acabarás siendo mía.

Como si le hubiese echado un jarro de agua por encima, y odiándose por su debilidad, se recompuso y caminó hacia la salida. Antes de abrir la puerta, lo miró sobre su hombro.

—Pensaré si deseo tener un amante. Si acepto, te lo haré saber. La furia cruzó el rostro de Terrunce. Quizá no había escogido las palabras perfectas, quizá el deseo lo había cegado, pero de lo que no tenía duda es de que estaban hechos el uno para el otro.

—¡Candice! —la llamó y salió en su búsqueda, pero ella ya había subido al carruaje y este se había puesto en marcha.

A la mañana siguiente, la noticia de que la marquesa viuda Andry tenía como amante a su exprometido, el Duque de GrandChester, ocupó las páginas de sociedad de los periódicos más influyentes.

Que el matrimonio de lady Andry con el difunto marqués fue una unión pactada como tantas otras, nadie lo dudaba.

Sin embargo, lo que nadie podía prever es que mientras el cuerpo del marqués descansa en su tumba, su querida esposa ya retoza con su examante.

Muchos son los que ayer avistaron a la marquesa entrar en casa del Duque a horas poco respetables, sin compañía alguna, y salir del domicilio visiblemente afectada. Algo poco habitual puesto que hasta el momento, y según fuentes contrastadas por este servidor, había sido el duque el que siempre se había trasladado hasta la que todavía es su casa y que ahora ocupa la marquesa. Todo un galimatías sentimental que desde luego está amenizando el tedioso invierno de la capital hasta la llegada de la primavera y el comienzo de la temporada.

El artículo lo firmaba Thomas Bridge.

Candice lo recordaba perfectamente. Aquel fue el hombre que durante meses siguió su desastrosa historia de amor con Terrunce, incluso su matrimonio con Albert.

—¿Estás bien, Candice? —Camila había leído el artículo en voz alta porque Candy estaba demasiado nerviosa para hacerlo.

—Todo lo bien que se espera en estos casos.

—¿Qué sucederá ahora?

—Por lo pronto, mi padre no tardará en llegar. Tampoco descarto la visita de Terrunce ni del nuevo marqués Neil legan. Dentro de nada esta casa se convertirá en un hervidero. Y no se equivocó.

William White entró impertérrito en el salón de su casa, esta vez acompañado de Eva, que la miró con cariño y le infundió tranquilidad; y de su madre. Emilia la reprendió nada más las puertas de la estancia se cerraron.

—Enhorabuena, Candice. Ya volvemos a ser la comidilla de Londres.

Camila se levantó como si un muelle del sofá le hubiese pinchado el trasero, se despidió y salió de manera precipitada del salón para no presenciar la tormenta que se avecinaba. Justo cuando William iba a intervenir, Candy se irguió y la enfrentó.

—Debe agradecer, madre —dijo con ironía— que el escándalo sobre posibles escarceos amorosos se haya desatado ahora y por mi culpa. Porque el nombre de la familia podría haberse visto comprometido desde hace años. Al menos, ni el duque, ni yo engañamos a nadie. Su madre enrojeció de furia.

—¡Candice! —advirtió su padre.

—Lamento si mis palabras te han ofendido, Eva. Sabes que no es por ti —se dirigió a su institutriz con cariño, que respondió al gesto con un asentimiento, sorprendida por la repentina valentía de su pupila.

—Lo siento, padre. Pero no voy a permitir que nadie de esta familia se presente en mi casa a darme lecciones morales

. —¿Es cierto? —preguntó su padre obviando sus palabras.

—No —aclaró enfadada por tener que justificarse—. No lo es. William pareció visiblemente aliviado.

—Pero el saberlo no cambia nada —contestó Candice.

—Para el resto de la gente puede que no, pero para mí sí. Al menos sé que ese hombre no te ha vuelto a seducir.

—Quizá puede que la que lo haya querido seducir fuese yo. Quizá está más en mis manos que en las suyas decidir si quiero rendirme a los encantos de un hombre. Soy una mujer joven, y viuda, además. No engaño a nadie. Así que si ha venido para reprenderme, no lo puedo permitir.

—Tanta educación, tantos años instruyéndola para esto —escupió su madre con veneno. Antes de que Candice respondiera, William se adelantó.

—Para que fuese como siempre quise que fuera. Una mujer fuerte, autosuficiente y capaz de hacer frente a los obstáculos que se le presenten en el camino con la cabeza alta. Esta es mi hija —dijo con orgullo.

—No pienso permanecer en una casa en la que se me insulte de forma velada continuamente. No tengo por qué soportarlo. Eva, te espero fuera. Emilia se levantó y su marido la acompañó hasta la puerta del carruaje que los esperaba en la entrada.

A Candice le dolió que el trato con su madre fuese así, pero hacía tiempo que había comprendido que jamás podrían disfrutar de una relación sana, sin continuos reproches que las herían a ambas, miradas desconfiadas y frases llenas de inquina.

—Candy… —Eva advirtió su pesar y se acercó hasta ella—. Te has convertido en una mujer fuerte y decidida, y no sabes cuánto placer me proporciona verte así. Confío en ti y sé que sabrás sortear o afrontar los cuchicheos que ese malicioso artículo desatará. No obstante, si necesitas desahogarte con alguien, sabes que siempre podrás contar conmigo. —Eva se acercó a Candice y le depositó un suave beso en la frente—. Será mejor que regrese a casa con tu madre ahora y no más tarde con William. Le ofreció una sonrisa confidente y salió de la estancia. Poco tiempo después, William volvió a entrar. Caminó hacia la ventana y miró a la transcurrida calle. Pese al frío, estaba bastante concurrida. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina y la actividad de la capital parecía haberse activado.

—Sabes que voy a estar a tu lado. Solo te pido que tengas cuidado.

—Lo sé y lo tendré en cuenta. —Se acercó hasta él y lo rodeó por la espalda en un abrazo casi asfixiante. Lo necesitaba, ansiaba el refugio que siempre tuvo entre sus brazos. William se giró y la apretó contra él. Candice ya había sufrido suficiente, no merecía que la machacasen continuamente y lo peor fue darse cuenta de que ya nada estaba en sus manos. Era una mujer adulta que quería hacer frente a sus propios demonios, como él la había educado para que lo hiciese. Pero eso no iba a evitar que se preocupara por ella.

—Padre, tiene que dejar a Terrunce en paz. —William intentó apartarla para mirarla a los ojos, pero no se lo permitió. Se agarró con fuerza a él—. Se acabaron las «lecciones».

—No me puedo creer que hayas olvidado todo lo que te hizo.

—Y no lo he hecho. Pero creo que ambos tenemos algo en común y es que no supimos lo que se fraguaba a nuestras espaldas.

—Vas a volver a confiar en él —confirmó su padre, desilusionado.

—Voy a darle una oportunidad, sí. William inspiró hondo.

—Espero que sepas lo que vas a hacer.

—Yo también.

Terrunce había llegado a casa de Candice hacía rato. Nada más leyó aquel maldito artículo, salió a buscarla. Vio el coche de los White aparcado a la puerta, y aunque le daba igual entrar, prefirió no complicar más las cosas. Rodeó la propiedad y entró al jardín por el hueco que cubría la hiedra en su totalidad. Solo si sabías que en el muro de piedra había un agujero podrías localizarlo, algo que él había aprovechado durante toda su juventud. Levantó la única ventana de cristal que no estaba fijada y accedió al invernadero. Sonrió al ver las tres plantas que le había regalado a Candice y dejó la nueva, una de pensamientos de color rojo, sobre la mesa blanca junto con una carta. Se apoyó sobre la mesa, se cruzó de piernas y brazos, y esperó.

Tras la visita de su padre, Candice se puso al corriente del correo. El almacén que habían arrendado en el puerto de Londres estaba preparado para albergar el cargamento que llegaría la próxima semana, tal y como estaba previsto. Se recostó agotada sobre el sillón. Todavía no era ni la hora de comer y ya se sentía exhausta. Camila llamó y sin esperar respuesta se reunió junto a ella.

—Resulta perturbador que aquella que estaba dispuesta a tener una aventura fuera yo y, sin embargo, ahora todo el mundo te acusa a ti. Candice suspiró.

—¿Todavía te ronda esa idea loca por la cabeza? Camila se encogió de hombros.

—No quiero arrepentirme, cuando sea vieja, de no haber disfrutado de la vida. Prefiero tener que reprocharme mi impulsividad que mi cobardía. Sentir a imaginar.

Candice meditó las palabras de Camila. Quizá se estaba volviendo loca, pero comprendía y, lo que era peor, aprobaba sus intenciones.

—Entonces, dime, mi impetuosa amiga. ¿Tienes noticias del elegido? Camila estalló en carcajadas.

—Lo dices como si hubiese desplegado mis encantos entre un número indefinido de candidatos cuando solo he referido mis intenciones a uno.

—¿Has hablado con el señor Bens? —exclamó sorprendida Candice. Hasta el momento pensaba que Camila no había actuado, solo lo había planeado.

—Por supuesto. ¿Cómo si no sabría él de mis intenciones?

—¿Y? --Había cierto temor en aquella pregunta y también cierta admiración.

—¡Oh, Candice! Me miró con tal fiereza que creí que me devoraría. Sus palabras exactas fueron: Lady Camila, si no hay una retractación formal de su propuesta, pronto recibirá noticias mías

—imitó la gravedad de la voz de Charlie.

—Y supongo que no ha recibido tal notificación.

—¡Por supuesto que no! Pero yo sí espero la suya. —Tu madre morirá del disgusto.

—No tiene por qué enterarse nunca, Candy. No obstante, si llegara a suceder, Dios no lo quiera —se santiguó—, de algo debemos morir. Candice se cubrió el rostro con las manos para esconder la sonrisa que afloró a sus labios.

—Entonces rezaremos para que no lo sepa —se levantó todavía intentando esconder la sonrisa—. Voy al invernadero, ¿quieres acompañarme? Camila negó con la cabeza.

—Si necesitas ir al invernadero es porque quieres un tiempo a solas. Ya te voy conociendo, querida amiga. Te esperaré en el salón de costura. Candice la acompañó y la dejó cosiendo, se arrebujó con un chal de lana y salió al jardín. La mañana era fría, pero lo agradeció. Tenía las mejillas coloradas y un dolor de cabeza incesante desde que había llegado el periódico que le impedía pensar en otra cosa que en aquella maldita noticia. Parecía que las constantes en su vida se repetían y que su nombre estaría ligado siempre al escándalo. Quizá debería acostumbrarse a ello y vivir. Simplemente eso. Abrió la puerta con la llave que guardaba en uno de los bolsillos del vestido y cerró tras de sí antes de mirar al frente y soltar un grito.

—Empezaba a pensar que no vendrías nunca. La imagen de Terrunce apoyado en la mesa, tremendamente atractivo y arrebatador, le robó el aliento. Pero más que su imponente figura, fue su manera de mirarla. Aquellos ojos que siempre la habían perturbado y con los que había soñado muchas noches parecían arrastrarla a la profundidad de sus más oscuras intenciones.

—¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues entrar cada vez? —Colocó una mano en su pecho para calmar su corazón. Terrunce caminó hacia ella.

—Si te lo cuento, no podré hacerlo más —sonrió mientras se acercaba. De pronto se puso seri—. ¿Cómo estás?

—He pasado situaciones peores —dijo a la defensiva. Él no lo dudaba. Pero eso no significaba que no le doliese.

—Sin duda. Pero me preocupa que esto te afecte. No quiero que sufras.

—Estoy comenzando a acostumbrarme a que mi vida esté rodeada de escándalo.

—El tono despreocupado de su voz no llegó a convencerlo del todo. Terrunce la miró con suspicacia.

—¿Quieres decir que no te importa que piensen que somos amantes?

—Me importa más la tranquilidad que me da saber la verdad. No voy a dejar que el aburrimiento de muchos se convierta en mi amargura.

—Si te es indiferente, y todo el mundo piensa que somos amantes, seámoslo. Sabía que se había lanzado de cabeza y sin red. Pero después de haberla tenido entre sus brazos, saboreado sus besos y comprender cuánto le gustaba… El recuerdo de aquellos breves instantes ocupaba todos y cada uno de sus pensamientos.

—No eres el único interesado. Lo tendré que pensar —dijo con indiferencia. Intentó rodearlo, pero él la tomó por la cintura y la pegó a su cuerpo.

—¿Quién? —exigió cuando el sentimiento amargo de los celos lo mordió como una serpiente venenosa y extendió su ponzoña.

—No es asunto tuyo, Terrunce.

—¿El nuevo marqués? —continuó él—. Ese hombre no es trigo limpio. Busca acercarse a ti para su propio beneficio económico.

—¿Insinúas que no puedo agradarle? ¿Que no me desearía en su cama?

—Cualquiera en su sano juicio lo haría —la apretó con más fuerza y subió una mano hasta enredarla en su cabello trenzado para inclinarle la cabeza—. Y yo perdería el mío si eso sucediese.

Terrunce amás había necesitado tanto besar a alguien. Fue casi como encontrar un manantial para el sediento, un manjar para el hambriento o un te quiero para un alma enamorada. Dominó sus labios como deseaba controlar sus desatados instintos. Absorbió sus jadeos y la arrastró hasta sentarla sobre uno de los bancos de madera, preparados para albergar plantas, pero vacíos de momento. Necesitaba convencerla de que él era su única opción, como ella era la suya. Así le fuera la vida en ello.

Una vez más, Candice se dejó arrastrar por aquella pasión cegadora. Con cada beso, roce de su lengua o caricia de sus manos sobre su piel la estimulaba más. Lejos de calmarla, encendía su cuerpo, adormilado y acostumbrado a otro tipo de contacto físico. Pese al frío, sintió que la ropa estorbaba. La de ambos. Entre besos, tiró del pañuelo del cuello de Terrunce que cayó al suelo en una cadencia silenciosa. Desabotonó con dedos torpes el cuello de la camisa y luchó por abandonar sus labios para posarlos donde el pulso le latía desbocado. El sonido ronco de su voz le proporcionó el placer de saber que podía controlar a aquel hombre. Que tenía en sus manos el dominio de su placer. Presionó con la lengua y apretó con sutileza los dientes hasta que lo sintió estremecer. Terrunce subió las manos por la cintura hasta el borde del corsé y con los pulgares rozó sus pechos. Escuchar las exhalaciones de Candice borró todo rastro de sentido de común. Frustrado, deseó deshacerse de todos los refajos que se interponían entre ellos y, con más brusquedad de la que debiera, comenzó a subir su falda hasta presionar con su entrepierna el centro de su sexo. Fue un alivio insuficiente y una tortura excesiva a la vez.

—Me volveré loco si no te tengo. Ella también. Pero no lo reconocería. Entre sus cuerpos apretados, Candice deslizó una mano y acarició la evidente erección por encima de sus pantalones. El gruñido de Terrunce fue su recompensa. Con osadía, desabrochó su pantalón y coló la mano para sentirlo contra su piel.

—Por Dios, Candice —rogó con la voz áspera al tiempo que volvía a tirar de su cabello para poder mirarla a los ojos.

—¿Qué? —murmuró contra sus labios mientras deslizaba los dedos por su miembro.

—Esto… —jadeó cuando ella arrastró la piel suave, sedosa y se empapó de la humedad de su punta—, esto es un sí.

Continuará...

Feliz Lunes.

JillValentine.