CAPÍTULO 19.
Una vez más, Candice se dejó arrastrar por aquella pasión cegadora. Con cada beso, roce de su lengua o caricia de sus manos sobre su piel la estimulaba más. Lejos de calmarla, encendía su cuerpo, adormilado y acostumbrado a otro tipo de contacto físico. Pese al frío, sintió que la ropa estorbaba. La de ambos. Entre besos, tiró del pañuelo del cuello de Terrunce que cayó al suelo en una cadencia silenciosa. Desabotonó con dedos torpes el cuello de la camisa y luchó por abandonar sus labios para posarlos donde el pulso le latía desbocado. El sonido ronco de su voz le proporcionó el placer de saber que podía controlar a aquel hombre. Que tenía en sus manos el dominio de su placer. Presionó con la lengua y apretó con sutileza los dientes hasta que lo sintió estremecer. Terrunce subió las manos por la cintura hasta el borde del corsé y con los pulgares rozó sus pechos. Escuchar las exhalaciones de Candice borró todo rastro de sentido de común. Frustrado, deseó deshacerse de todos los refajos que se interponían entre ellos y, con más brusquedad de la que debiera, comenzó a subir su falda hasta presionar con su entrepierna el centro de su sexo. Fue un alivio insuficiente y una tortura excesiva a la vez.
—Me volveré loco si no te tengo.
Ella también. Pero no lo reconocería. Entre sus cuerpos apretados, Candice deslizó una mano y acarició la evidente erección por encima de sus pantalones. El gruñido de Terrunce fue su recompensa. Con osadía, desabrochó su pantalón y coló la mano para sentirlo contra su piel.
—Por Dios, Candice —rogó con la voz áspera al tiempo que volvía a tirar de su cabello para poder mirarla a los ojos.
—¿Qué? —murmuró contra sus labios mientras deslizaba los dedos por su miembro.
—Esto… —jadeó cuando ella arrastró la piel suave, sedosa y se empapó de la humedad de su punta—, esto es un sí.
Iba a suceder. Porque estaba seguro de que ambos lo querían y porque hacía años que lo necesitaban.
Cuando sus bocas iban a encontrarse de nuevo, alguien llamó a la puerta de cristal del invernadero.
Candice detuvo el movimiento de su mano y lo miró a los ojos, espantada. Él levantó la cabeza y miró en dirección a la puerta. Desde donde estaban, frente a la mesa de hierro blanca, no podían ser vistos. El calor de allí dentro empañaba los cristales y desde fuera no eran visibles.
—Ignóralo —exigió, como cuando estaban en el despacho. Apoyó su frente contra la de Candice y susurró de nuevo como un ruego—: Ignóralo.
—Candice, ¿estás ahí? —Escucharon la voz amortiguada de Camila al otro lado del invernadero—. El marqués ha venido a verte. Te está esperando en el salón. Ha insistido en venir él mismo a buscarte, pero le he dicho que no. Apoyó su frente contra la de Candice, consciente de que ella iba a desoír sus palabras, y así fue. Candy retiró la mano, despacio, lo que le provocó un siseo de placer.
—¿Candy? —Golpeó Camila de nuevo el cristal.
—Volveré de nuevo a buscarte y esta vez me aseguraré de que nadie nos interrumpa.
—La resolución de sus palabras y el brillo de sus ojos la hicieron comprender que tarde o temprano sucedería. Que ya no cabían más juegos entre ellos y que no podía obviar que ella también lo deseaba.
Terrunce dio un paso atrás, la ayudó a bajar y a recomponerse mientras ella guardaba silencio.
—Debo ir. Dejaré la puerta abierta y entretendré a Camila para que puedas salir. Él no dijo nada. Solo la observó como un león hambriento. Candice inspiró hondo, irguió la cabeza y caminó hacia la puerta. Cuando abrió, Camila la miró asustada.
—¿Estás bien? Has tardado mucho —miró por encima de su hombro y Candy se interpuso entre ella.
—Estaba al fondo y tenía algo entre manos. Terruncesonrió ante la malévola respuesta.
—¿Seguro que no te pasa nada? Estás muy acalorada. Con la cabezonería que la caracterizaba, Camila sorteó a Candice y se coló en el invernadero.
—¡Cami! —gritó cuando la vio avanzar hacia el final, pero cuando llegó junto a ella no había ni rastro de Terrunce.
—Por un momento he pensado que alguien te estaba reteniendo contra su voluntad.
—No seas fantasiosa —la reprendió con nerviosismo—, ¿en mi propia casa? Tomó a su amiga del brazo y comenzó a caminar.
—Cierto.
—Miró de reojo al suelo y vio el pañuelo—. No se te olvide volver y recoger lo que el Duque ha dejado. Candice se detuvo en seco.
—Vamos, querida amiga, hay una planta nueva y un sobre en la mesa —meditó en voz alta.
—Regresaré después —se apresuró a aclarar al tiempo que tiraba de ella hacia la salida. Lo que era evidente es que Terrunce no utilizaba la puerta para acceder. Tendría que averiguar por dónde se colaba. El marqués la esperaba en el salón. Nada más la vio entrar, corrió a tomarla de las manos, pero ella retiró la que había mantenido en contacto con Terrunce y la puso a su espalda. No quería borrar el tacto de su piel. No todavía.
—Querida, debe estar desolada por ese infame artículo.
—La vida me ha enseñado a racionalizar los problemas y priorizar aquello que es realmente importante. Neil legan desoyó las palabras de Candice como venía siendo costumbre.
—Estoy aquí para ayudarla en lo que necesite. De hecho, he pensado que quizá le gustaría acompañarme a la cena de Año Nuevo que la duquesa de Sussex ha organizado. El hecho de que asistiese conmigo acallaría muchas bocas, puesto que quedaría patente que entre ambos hay un interés. Muy al contrario que con el Duque de GrandChester —la tanteó. Candice se alejó de la asfixiante presión que aquel hombre ejercía sobre ella.
—El problema, lord Legan, es que tampoco existe ese interés entre nosotros. Por lo tanto, lanzar otro rumor incierto poco o nada me beneficia.
—Por mi parte sí lo hay, querida. Creo que he sido lo bastante explícito como para que lo advirtiera.
—Le tengo por un hombre inteligente, marqués. Supongo que mi falta de entusiasmo al respecto es suficiente respuesta. Si no fuese por lo seria que era la conversación,
Candice habría soltado una carcajada al ver boquear al nuevo marqués, contrariado por sus palabras.
—Hablemos en términos de conveniencia pues, puesto que los románticos han quedado descartados —la acusó con dureza. Cambió su semblante afable por otro más duro, imperturbable y afectado. Candice pensó que era la primera vez que lo veía tal cual era desde la lectura del testamento de Albert.
—Le escucho. —Entrelazó las manos sobre su regazo.
—Podríamos unirnos en matrimonio. El pacto sería beneficioso para ambos.
—Más para usted, puesto que necesita mi dinero para sustentar las posesiones que mi difunto esposo le dejó. Yo al fin y al cabo, tengo todo lo que necesito.
—¿Está segura? Sin la protección de un hombre es vulnerable. Ahora cree que puede confiar en Terrunce, pero ya le demostró una vez que no tiene honor. Junto a mí, puede mantener el título de mi tío. No sería marquesa viuda, sino marquesa por pleno derecho. Además me encargaría personalmente de que su padre tuviese un hueco entre nosotros. —Candice supuso que se refería a la aristocracia—. Juntos podríamos aumentar el patrimonio de la familia.
—¿A cambio de qué? No quiero renunciar a llevar las riendas de los negocios que Albert me dejó.
—Ah, querida —dijo con condescendencia.
Candy apretó los labios cansada de aquel apelativo—. Pero ahora es vulnerable. La ayuda de su padre no sirve de nada. Necesita a un hombre de palabra para hacer negocios y todo Londres sabe que ese no es Terrunce.
—De momento, no se ha demostrado nada de lo que dice.
—¿Esperará a que suceda? ¿Cuánto está dispuesta a perder? ¿Cuántas veces confiará en el hombre que la traicionó de la manera más vergonzosa posible?
Incómoda, tragó saliva para intentar aliviar el daño que aquellas palabras le ocasionaban.
—Pese a pecar de insistente, le repito que nada de eso ha sucedido ni tiene por qué suceder.
—Ya se verá. Piénselo. Mi oferta seguirá en pie. Se acercó hasta ella y depositó un beso sobre la mano que ella le tendió. Nada más Neil salió de la biblioteca.
Candice se apresuró a limpiar el beso con un pañuelo, asqueada. Más que prestarse a ayudarla, aquello había sido una amenaza velada. Algo que de momento no comentaría con nadie, menos con su padre, porque sabía lo que podría suceder. Mientras, meditaría qué hacer. Volvió al invernadero a por la carta y el pañuelo de Terrunce y se encerró en su habitación. Al abrir el sobre, había esperado una nota como las anteriores, pero boquiabierta, comprendió que era una carta.
De antemano, te pido disculpas si mis palabras no son todo lo que esperarías de ellas. Pero si algo puedo afirmar y prometer, es que son sinceras. Y sobre todo, mías. El tiempo que viví en la India transité entre el trabajo incesante, que me impedía pensar la realidad que me esperaba en casa, y la ansiedad por recibir tus cartas. Esas noticias a través de las cuales debía adivinar cómo estaba siendo tu vida se convirtieron en el aliciente necesario para seguir adelante cuando en los días más oscuros me sentía solo. Quizá no en el sentido práctico de la soledad, porque Bangladesh era un hervidero de gente, pero sí en el sentido del alma. Bebí de tus palabras y me convertí en el adivino de tus sentimientos. Comprendí que junto a Albert estabas siendo feliz, y lo agradecí y odié a partes iguales. Reconozco que te manipulé. Admito que en todas mis cartas lanzaba anzuelos que sabía que picarías porque habías demostrado una sed de conocimiento admirable y me aproveché de ello para que me preguntases cosas. En un principio porque me dolía el alma por cómo había actuado, pero más tarde comprendí que lo necesitaba para seguir manteniendo un vínculo entre ambos que de no haber sido bajo mi seudónimo jamás habrías consentido. Imaginé una y mil veces tu expresión mientras te hablaba de las flores, de los animales, del clima y de cómo era la vida allí. Vi la ilusión en tus ojos y la sonrisa en tus labios, y sí, también me inventé una preocupación por lo que me pudiese suceder. A cambio, recibía tus (para mí siempre escuetas) noticias como el niño que recibe regalos el día de Navidad. Gracias a ti, me imaginé los campos de algodón que describías, la sociedad que te rodeaba en América y me conformé con saber de tu vida a cuenta gotas. Gotas que me iban envenenando de algo para lo que no podía poner nombre, porque yo mismo me había encargado de matar. Es ahora, cuando te tengo a mi alcance, cuando no puedo permitirme volver a cometer otro error. Es ahora cuando te demostraré que soy digno de ti. Porque o es ahora, o me temo que ya no sea nunca.
Terrunce GrandChester.
Candice tragó el nudo de emociones que apretaba su garganta. Aquella sí que era su primera carta de amor.
La noche en el club estaba siendo bastante ajetreada. Desde que se anuló la reunión, se había corrido la voz de que Terrunce estaba al frente del club, pero no creía que aquello hubiese movido a todos aquellos hombres a abarrotar los salones. Estaba seguro de que la noticia de su escándalo con Candice los había llevado allí como viejas alcahuetas. Entre Charlie y él supervisaron todas las estancias y cuando comprobaron que estaba todo en orden dejaron al mando a los encargados y se retiraron al despacho que había sido de Albert para evitar tener que seguir escuchando cuchicheos a sus espaldas. Para Terrunce, entrar allí supuso recordar aquella noche en la que el marqués le prestó su ayuda. Miró la silla tras el escritorio y se sintió como si ocupase un lugar que no le pertenecía. Al final optó por sentarse en el mismo sillón en el que lo hizo aquella noche.
—Lady Andry se alegrará cuando sepa la recaudación de esta noche. —Charlie llenó una copa de bourbon y llenó otra para su amigo—. De lo que no se alegrará tanto será de saber por qué.
—Quizá no le importe. —Terrunce tomó un trago que le quemó la garganta.
—Puede que tengas razón. La verdad no debería ofender. Terrunce lo fulminó con la mirada.
—Candice no es mi amante.
—Todavía —puntualizó Charlie.
—Ni siquiera si hubiésemos yacido juntos lo sería. Ella siempre será más. Charlie resopló y se sentó frente a él.
—Algún día tendrás que tenerla en tu cama para poner fin a toda una vida de obsesión.
—Tú no lo entenderías. Dudo que me pueda conformar con solo eso.
—Sería una buena forma de empezar. Harto de que Charlie lo presionara y que no lo comprendiera, decidió ser él quien pasara al ataque.
—¿Y qué hay de ti? No te veo pernoctar. ¿No has encontrado ninguna dama a la que perturbar? Charlie se encogió de hombros.
—Más bien sería al revés. Una que me perturba. Terry se incorporó y levantó las cejas, curioso.
—¿Y de quién se trata?
—Créeme, no quieres saberlo.
Uno de los encargados llamó a la puerta y cuando escuchó la voz de Terrunce entró.
—Traigo una carta de la mansión de lady Andry. Terry se incorporó de inmediato para recibirla, pero azorado, el hombre retiró la mano cuando Terrunce se la iba a quitar.
—Es para el señor Bens, lord GrandChester. Y he recibido instrucciones precisas de que solo debo entregársela a él. Charlie borró la sonrisa que había aflorado a sus labios al ver la urgencia de su amigo y se levantó para cogerla. Despachó al sirviente y la abrió mientras Terrunce lo fulminaba con la mirada.
Sigo esperando una respuesta, señor Bens. Quizá me equivoqué y debí buscar atenciones en otro caballero.
—¿Qué significa esto? ¿Por qué Candice te escribe una carta? —lo atacó Terrunce confuso.
—¿Y quién te dijo que fuese de lady Andry? —Charlie dobló la nota y la guardó en el bolsillo de su chaleco.
—¿Quién puede ser si no? —Tan pronto Terry pronunció la pregunta lo supo—: ¿Lady Willbur? ¡Olvídalo!
—Ya me gustaría, amigo. Pero la verdad es que me lo está poniendo muy difícil.
Charlie se estaba esforzando por darle tiempo para que se arrepintiera, para que comprendiese el alcance de su petición; sin embargo, aquella joven obstinada parecía no tener dudas al respecto. Y lo cierto es que para que otro se aprovechase de ella y de la situación, prefería ser él.
—No puedes comprometer a una dama como ella, Charlie, si no vas a casarte. Sé de lo que hablo. Sé lo que le espera a esa muchacha si la mancillas.
—Tendré en cuenta todos tus consejos como tú aceptas los míos. Palmeó la espalda de su amigo y salió del despacho.
La noche antes de Navidad, Candice cenó con su familia en Chester Square. Se había pasado el día llorando, aquejada de una tristeza difícil de explicar. En una fecha tan señalada como aquella, acuciaba más la ausencia de Albert. Recordaba los últimos años en América, las tranquilas cenas y las amenas conversaciones. Un tiempo en el que se había sentido segura y protegida, y sí, querida también de la única manera en que Albert la podía amar. Ahora parecía que hubiese pasado mucho tiempo, como si el reloj hubiese acelerado sus manijas y de todo aquello hiciese años. Pero no, hacía pocos meses. Y si aquella misma mañana no hubiese releído la carta que su marido le dejó, instándola a seguir con su vida, a buscar y disfrutar de la intensidad de un amor como el que él tuvo, ahora se sentiría una traidora. Una mujer sin moral que había sucumbido a los besos y atenciones de Terrunce. Pero que Dios la perdonase y Albert la ayudase a guiar sus pasos, porque sabía que aquellas tentativas ya no le parecían suficientes.
Durante la cena, su madre se mostró más seria y taciturna de lo normal, cosa que agradeció, puesto que prefería el silencio al veneno que salía de su boca. Pati abrió ansiosa los regalos y Camila compartió con ella el agradecimiento por haberse acordado de ella y tener preparado algún presente.
La noche transcurrió entre la música de Pati al piano, los villancicos de Camila, las copas de su padre y la indiferencia de su madre. Solo cuando pudo, hizo a Eva a un lado, lejos de oídos indiscretos.
—Eva, espero que disculpes mi indiscreción, pero quisiera hablar contigo sin tapujos.
—Puedes confiar en mí, del mismo modo que yo lo hago contigo.
—¿Cómo han sido estos años viviendo como la amante de mi padre? —dijo en un susurro. Eva mostró su sorpresa y sus mejillas se tiñeron de carmín, pero tras carraspear, habló.
—¿En qué sentido, mi niña? ¿En el romántico o en el práctico?
—En los dos —dudó más que afirmó.
—Al principio no te negaré que existía cierta emoción por vernos a escondidas, porque nunca compartíamos tiempo suficiente y porque todo era muy intenso. Pero también hubo sufrimiento. Cuando la puerta de su habitación se cerraba y yo sabía que tu madre estaba dentro, lloraba en el silencio de mi cuarto. Aunque supiese que dormían en camas separadas, era a ella a quien velaba su sueño. No a mí. Es ella la que lo acompaña a actos sociales. Todo lo que tiene que ver conmigo es a escondidas. Yo no puedo posar mi mano sobre su brazo en público, ni mirarlo con la adoración que siento. ¿Entiendes? Y esa pena me pesa. Hace que a veces quiera discutir con él solo por el resentimiento que tengo acumulado. Porque yo no he hecho nada malo, solo amar a un hombre que me correspondía y que jamás será mío porque en esta sociedad prima más la hipocresía de un desgraciado pero adecuado matrimonio que luchar y rechazar esto —señaló la estancia por la idílica estampa navideña que representaba— por amor.
—Has debido sufrir mucho —tomó sus manos entre las suyas.
—Y lo sigo haciendo, Candy. —La apretó—. ¿Pero por qué me lo preguntas? ¿Acaso te pretende algún hombre casado? —mostró preocupación.
—No. En mi caso, más bien sería yo la que dominaría la situación —meditó—. ¿Crees que un hombre se sentiría como tú en tu misma condición?
—Si ama, no se me ocurre dónde puede estar la diferencia.
Candice pensó en las palabras de su institutriz.
—¿Crees que algún día te cansarás de esta relación? —Había temor en aquella pregunta, pero mucho más en su respuesta.
—Esa es la única baza que tenemos los que estamos en mi lado de la balanza, mi niña —sonrió con tristeza—: Que jamás hemos firmado ni prometido fidelidad ante la Iglesia ni a nadie. Si lo deseo, puedo salir por esa puerta sin tener que dar explicaciones, y ese es el temor de tu padre y lo que hace que no haya perdido todo mi orgullo. En ese momento fue donde Candice comprendió que cada uno tiene poder sobre el otro en la medida que se le permita.
La invitación para la fiesta de fin de año en casa de la duquesa de Sussex llegó de la mano del sirviente del marqués dos días después de Navidad. Quizá, lo más sensato fuera aceptar aquella invitación, pero por algún motivo aquella idea de aparecer en público con él para acallar habladurías la hacía sentirse demasiado hipócrita. No quería ni necesitaba eso, otra mentira en su vida. Dejó el sobre encima del escritorio y tamborileó con los dedos la mesa. No sabía nada de Terrunce desde su encuentro en el invernadero y, muy a su pesar, se preocupó por si había pasado a solas las fiestas o si por el contrario no le había faltado compañía, pensamiento que alejó y relegó a un segundo plano de su mente porque la incomodaba demasiado. Se puso al día de las cuentas, repasó los números del club de los últimos días y cuando el mayordomo trajo otra carta, confió en que fuese la notificación de que el barco que esperaban había llegado a puerto y estaban descargando el algodón en el almacén sin mayores inconvenientes.
Efectivamente, así fue. Terrunce le explicaba que había ido al muelle para verificar el estado de las naves y estando allí lo habían avisado de la llegada del barco. Le explicaba que el cargamento había llegado intacto. Sin embargo, junto a la nota, escrita de manera apresurada, había otro papel, más satinado y elegante. Fascinada comprendió que era una entrada para el teatro, la noche de fin de año, para asistir a la representación de Mucho ruido y pocas nueces, de William Shakespeare. Su favorita. De entre sus dedos, escapó otro papel mucho más pequeño.
Adoré esta obra antes incluso de leerla porque tú me la regalaste. Disfrutémosla juntos.
Espero tu confirmación.
Terrunce GrandChester.
Las pocas ilusiones que había tenido desde su regreso a Londres venían de la mano de Terrunce. Sus flores, aquellos pensamientos que daban color al triste invernadero, y ahora aquella invitación. Que él recordara cuánto le gustaba la había halagado, pero aceptar supondría confirmar aquel rumor, declarar al mundo que eran amantes y que no les importaban las habladurías. ¿Sería capaz de hacerlo? Quizá podría encontrar una solución intermedia. Tomó ambas invitaciones, la del marqués y la de Terrunce, cada una en una mano y sopesó los pros y los contras que supondría aceptar cada una de ellas. Pero pronto se dio cuenta de que aquello no tenía sentido, de que sabía lo que tenía, pero sobre todo, lo que quería hacer. Conocía bien a Albert y sabía que lo traicionaba más si accedía a las intenciones de su sobrino que si cedía a los propósitos de Terrunce. Rompió la carta del marqués y escribió una nota en la que se disculpaba por no poder acompañarlo, sin más explicaciones. La selló y la mandó a entregar. Todavía estaba el sirviente dentro de la biblioteca cuando el mayordomo anunció a Terrunce y este entró en la estancia.
—Lady Andry —la saludó. Intentó no hacer muy patente el interés que tenía sobre los documentos que había sobre el escritorio, pero los ojos iban una y otra vez hacia su invitación, que distinguía con claridad.
—Lord GrandChester —contestó ella consciente de lo que estaba pensando Terrunce—. Estaba ocupada declinando una invitación que me parece del todo inadecuada.
Terry encajó aquel golpe como mejor pudo.
—Entiendo —respondió con seriedad. Levantó el mentón y la miró con dureza.
Candice tuvo que esconder su sonrisa al ver su reacción.
En momentos como aquel, vislumbraba lo que todavía quedaba de aquel joven indomable y orgulloso. Miró al sirviente y le dio la carta.
—Entréguesela a lord Legan y dígale que lamento no poder acompañarlo. Tengo otros planes difíciles de rechazar.
—Como ordene, marquesa. Los sirvientes se retiraron y los dos se quedaron solos.
—Así que tenías una invitación del marqués. —Caminó hacia ella como si fuese un cazador al acecho de su presa.
Candice no perdió detalle de sus movimientos y lo dejó acercarse, tanto que tuvo que apoyar el trasero sobre la mesa para ampliar la distancia entre ellos.
—Sí —contestó escueta. —¿Y es demasiada indiscreción saber a qué te invitaba? —Apoyó las manos, una a cada lado de su cadera, y se inclinó hacia ella.
—Una cena, un baile; nada original. Los ojos negros de Terrunce brillaron con malicia, pero también con satisfacción.
—¿Menos interesante quizá que una representación teatral?
—Sin duda.
—¿Significa esto que aceptas mi invitación? Nos verán juntos. Será como confirmar el rumor del periódico —la tanteó.
—No exactamente. Puedo acudir por mi cuenta, nos podemos encontrar allí… por casualidad. Nadie tiene por qué saber que me invitaste. De hecho, no tienen que vernos juntos.
—Intentas esconderme como si fuese tu amante —receloso, Terrunce se cernió más sobre ella.
—No puedes culparme por ello. El rostro hasta el momento juguetón de Terrunce se endureció.
—Creía que no te importaba la opinión de la gente —le reprochó. Candice esquivó la acusación y redirigió la conversación al punto que ella deseaba aclarar.
—¿Quieres que acepte la invitación? No lo engañaron ni la dulzura de su voz ni su aparente inocencia, pero contestó con total sinceridad.
—Por supuesto.
—Entonces debe ser con mis condiciones.
—Soy todo oídos. A Candice le resultó difícil poner en orden sus pensamientos con Terrunce tan cerca. Absorbía todo su espacio y se adueñaba de la parte racional de su mente. Necesitaba volver a tomar el control. Apoyó las manos sobre el pecho del barón y lo empujó con suavidad al tiempo que se incorporaba. Él, por supuesto, se dejó hacer. Ahora la tenía prácticamente pegada a su cuerpo y podía olerla, de hecho podía hacer más que eso. Levantó una mano para acariciar aquel rostro de porcelana y ella aprovechó la oportunidad para escapar por debajo de su brazo e interponer el escritorio entre ellos. Terrunce estiró la comisura de sus labios de medio lado. —Me vas a volver loco.
Ella no pudo evitar sonreír y aquel simple gesto, genuino y sincero, le robó la respiración. Era preciosa cuando reía, cuando bajaba la guardia y se olvidaba de todo el dolor que había sufrido, cuando sus ojos verdes brillaban de ilusión y sus labios, rojos y voluptuosos, lo tentaban a mordisquearlos.
—Acudiré sola, Terrunce. He visto que la entrada es para el palco.
—El más discreto y menos observado —la interrumpió.
—Entonces a ti también te preocupaba la opinión pública.
—No, Candice. Te aseguro que mis intenciones al buscar privacidad solo se basaban en ti y en mí. Ante aquella insinuación y muy a su pesar, enrojeció.
—Sea como fuere, mi presencia ya llamará lo suficiente la atención. Entraré y me acomodaré, cuando las luces se hayan apagado, ocuparás tu asiento y te retirarás antes de que las vuelvan a prender.
—¿De verdad confías en que nadie me vea? —El tono irónico de su voz no conseguía esconder el enfado que el hecho de que ella lo quisiese esconder le producía.
—En el palco harás lo posible para que no. Fuera, si te ven, pueden suponer que quizá has venido por mí o incluso conmigo, pero nadie tendrá la certeza. No nos verán.
—¿Por qué debería hacerlo? Yo no tengo inconveniente en dejar patente mi interés por ti. —Pero lo harás por mí. Porque no fui yo la que se presentó en nuestra fiesta de compromiso casada con otro hombre. Ni fui yo la que se marchó. Tengo motivos más que suficientes para querer que los acontecimientos se desarrollen de este modo. Si no estás dispuesto a aceptar, declinaré asistir al teatro.
Terrunce blasfemó un insulto. Se incorporó y le dio la espalda para mirar por la ventana. Saber que la manera de actuar de Candice tenía sentido, que en cierto modo tratarlo así la resarcía de sus ofensas en el pasado, no evitaba que aquello le hiriese. Inspiró hondo y puso en orden sus pensamientos, al fin y al cabo lo que quería era estar con ella. Al precio que fuese. Aunque tuviera que aceptar sus condiciones.
—De acuerdo —accedió por fin. Giró sobre sus talones y se acercó hasta ella, pero no lo suficiente como para si alargaba un brazo, poder tocarla, que era lo que deseaba—. Pero yo también quiero poner un único requisito.
—No estás en condiciones de exigir nada.
—Sin embargo, lo haré. Después del teatro nos encontraremos en el invernadero. Sin prisas, sin urgencias y sobre todo sin interrupciones.
Continuará...
Mis más grandes y sinceros agradecimientos, por sus comentarios y opiniones.
JillValentine.
