Capítulo 20

—Una cena, un baile; nada original.

Los ojos zafiro a hora oscuros de Terrunce brillaron con malicia, pero también con satisfacción.

—¿ Menos interesante quizá que una representación teatral?

—Sin duda.

—¿ Significa esto que aceptas mi invitación? Nos verán juntos. Será como confirmar el rumor del periódico —Terrunce la tanteó.

—No exactamente. Puedo acudir por mi cuenta, nos podemos encontrar allí… por casualidad. Nadie tiene por qué saber que me invitaste. De hecho, no tienen que vernos juntos.

—Intentas esconderme como si fuese tu amante —receloso, Terry se cernió más sobre Candice.

—No puedes culparme por ello. El rostro hasta el momento juguetón de Terrunce se endureció.

—Creía que no te importaba la opinión de la gente —le reprochó. Candice esquivó la acusación y redirigió la conversación al punto que ella deseaba aclarar.

—¿Quieres que acepte la invitación?

Para Terry esas palabras no engañaron, ni la dulzura de su voz, ni su aparente inocencia, pero contestó con total sinceridad.

—Por supuesto.

—Entonces debe ser con mis condiciones.

—Soy todo oídos.

A Candice le resultó difícil poner en orden sus pensamientos con Terrunce tan cerca. Absorbía todo su espacio y se adueñaba de la parte racional de su mente. Necesitaba volver a tomar el control. Apoyó las manos sobre el pecho de Terrunce y lo empujó con suavidad.

Él, por supuesto, se dejó hacer. Ahora la tenía prácticamente pegada a su cuerpo y podía olerla, de hecho podía hacer más que eso. Levantó una mano para acariciar aquel rostro de porcelana y ella aprovechó la oportunidad para escapar por debajo de su brazo e interponer el escritorio entre ellos. Terrunce estiró la comisura de sus labios de medio lado.

—Me vas a volver loco.

Ella no pudo evitar sonreír y aquel simple gesto, genuino y sincero, le robó la respiración. Era preciosa cuando reía, cuando bajaba la guardia y se olvidaba de todo el dolor que había sufrido, cuando sus ojos verdes brillaban de ilusión y sus labios, rojos y voluptuosos, lo tentaban a mordisquearlos.

—Acudiré sola, Terrunce. He visto que la entrada es para el palco.

—El más discreto y menos observado —la interrumpió.

—Entonces a ti también te preocupaba la opinión pública.

—No, Candice. Te aseguro que mis intenciones al buscar privacidad solo se basaban en ti y en mí. Ante aquella insinuación y muy a su pesar, enrojeció.

—Sea como fuere, mi presencia ya llamará lo suficiente la atención. Entraré y me acomodaré, cuando las luces se hayan apagado, ocuparás tu asiento y te retirarás antes de que las vuelvan a prender.

—¿De verdad confías en que nadie me vea? —El tono irónico de su voz no conseguía esconder el enfado que el hecho de que ella lo quisiese esconder le producía.

—En el palco harás lo posible para que no. Fuera, si te ven, pueden suponer que quizá has venido por mí o incluso conmigo, pero nadie tendrá la certeza. No nos verán.

—¿Por qué debería hacerlo? Yo no tengo inconveniente en dejar patente mi interés por ti.

—Pero lo harás por mí. Porque no fui yo la que se presentó en nuestra fiesta de compromiso casada con otro hombre. Ni fui yo la que se marchó. Tengo motivos más que suficientes para querer que los acontecimientos se desarrollen de este modo. Si no estás dispuesto a aceptar, declinaré asistir al teatro.

Terrunce blasfemó un insulto. Se incorporó y le dio la espalda para mirar por la ventana. Saber que la manera de actuar de Candice tenía sentido, que en cierto modo tratarlo así la resarcía de sus ofensas en el pasado, no evitaba que aquello le hiriese. Inspiró hondo y puso en orden sus pensamientos, al fin y al cabo lo que quería era estar con ella. Al precio que fuese. Aunque tuviera que aceptar sus condiciones.

—De acuerdo —accedió por fin. Giró sobre sus talones y se acercó hasta ella, pero no lo suficiente como para si alargaba un brazo, poder tocarla, que era lo que deseaba—. Pero yo también quiero poner un único requisito.

—No estás en condiciones de exigir nada.

—Sin embargo, lo haré. Después del teatro nos encontraremos en el invernadero. Sin prisas, sin urgencias y sobre todo sin interrupciones. Candice pudo decir muchas cosas. Como por ejemplo que no. O que se lo pensaría. Pero hizo lo que Albert le había insistido tantas veces, se dejó llevar por lo que realmente quería.

—Acepto.

Neil Legan estrujó la carta entre sus manos y lanzó una maldición, Elisa al ver la cara de Neil simplemente se excuso con un dolor en la cabeza y Andrew, su hermano menor testigo de su arrebato, permaneció en silencio a la espera de que le explicara qué tan malas noticias había recibido para propiciar aquella reacción.

—La viuda de nuestro tío ha rechazado mi invitación, después de que informase a la duquesa de Sussex de que Candice sería mi acompañante —escupió molesto.

—Quizá deberías haber esperado su confirmación para avisar a la duquesa. Neil lo taladró con la mirada.

—Si no consigo ponerla de nuestro lado, no podremos disponer de su dinero.

—Tiene a su padre y al duque de GrandChester. No veo cómo puedas conseguirlo.

Neil aborrecía el poco interés que su hermano parecía mostrar por recuperar el dinero que él consideraba suyo y que ahora controlaba Candice. Lo cierto es que él tampoco lo tenía claro. Solo sabía que White odiaba a GrandChester y viceversa. Tenía que considerar muy bien los pasos a seguir. Solo tenía que ejercer cierta presión y mover algunos hilos para que la débil alianza que de momento unía aquel curioso triángulo se desvaneciera. Y eso era justo lo que iba a hacer. De momento la opción del matrimonio no era viable, pero si todo salía como estaba calculando, más adelante Candice no tendría otra opción que aceptarlo.

—¿Cómo van tus avances? —cambió de tema y miró a su hermano, que se movió inquieto en el sillón.

—Bien —respondió evasivo.

—¿Crees que has suscitado el interés de la muchacha?

—Sí.

—¿Cuándo volverás a encontrarte con ella?

—Escuché que esta tarde acudiría a tomar el té a casa de su amiga lady Felicity Myers.

—Estupendo. Haz lo posible por encontrarte con ella y ya sabes cómo te tienes que comportar. Al menos hasta la fiesta. Andrew asintió, incómodo. Se excusó para marcharse de allí y prepararse para su salida, pero Neil lo detuvo.

El marqués se sentó frente a su escritorio y redactó una carta bajo la atenta y curiosa mirada de su hermano. Una vez hubo terminado, la metió en un sobre y la selló.

—Dile al mayordomo que con discreción entregue esta carta al señor Thomas Bridge.

—¿El reportero? —se sorprendió Andrew.

—El mismo.

—¿Qué vas a hacer, Neil?

—Voy a mantener ocupado a White, haré que baje la guardia porque tendrá que atender varios flancos, y mientras, empezaré a preparar el camino para mi matrimonio con nuestra querida tía. Y de esto ninguna palabra a Elisa.

Candice se miró en el espejo de su habitación. Su vestido era negro, por supuesto, pero lejos de los sobrios y recatados que había utilizado hasta el momento, este era extremadamente sensual. Para empezar, tenía escote. No muy exagerado, pero sí lo suficiente como para intuir el inicio de sus pechos. Además, estaba adornado con cristales en color negro, de hombro a hombro. El corsé resaltaba su busto y marcaba la estrecha cintura desde la que salía la falda. Esta tenía pliegues que llegaban hasta la cadera, y debajo de ellos, volantes con los mismos cristales que llevaba en el escote, que a cada paso, brillaban bajo la luz de las velas. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se vio hermosa. Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y los labios plenos, rojos, resaltados por un ligero toque de carmín que se había atrevido a utilizar. Se acarició el cabello, trenzado pero más suelto de lo normal, y comprobó que el tocado de plumas estaba bien sujeto. Había llegado la hora de ir al teatro.

—¡Dios mío, Candice! Estás preciosa —la alabó su amiga con evidente satisfacción.

—¿No crees que es demasiado escandaloso? —Candice dudó.

—¿Para quién? Si hablamos del Duque, yo apostaría a que le parece recatado. Si hablamos de tu padre, pondría el grito en el cielo. Si hablamos de mí, de nuevo la envidia me corroe.

y Albert siempre quiso que fueras feliz.

Si este vestido, salir al teatro o tener la compañía de Terrunce lo hace, estoy segura de que entonces estarás cumpliendo su última voluntad.

Candice no pudo contenerse y se acercó a su amiga para abrazarla. Camila había dicho las palabras perfectas, las que ella necesitaba.

Candice llegó al teatro y escuchó los rumores a su paso. Recibió la falsa cordialidad de todos ellos y saludó con educación y sí, cierta pose de altanería, a todos y cuantos se cruzaron en su camino. Solo cuando se sentó en la soledad del palco pudo soltar un suspiro de alivio. Era cierto que era discreto, pero aun así, desde enfrente podrían ser advertidos. Y sabía que ella acapararía muchas miradas. Poco a poco el teatro se sumió en la más absoluta oscuridad y fue entonces cuando lo sintió a su espalda.

Teerunce no ocupó el asiento contiguo al suyo, sino que se sentó tras ella.

—Buenas noches, Candice —susurró junto a su oído. La caricia de su aliento le erizó la piel y un escalofrío recorrió su espalda—. Incorpórate un poco, por favor.

—¿Por-por qué? —tartamudeó como hacía tiempo que no le sucedía. Quizá porque sabía lo que Terrunce esperaba que sucediese después del teatro o quizá porque esa noche se sentía más expuesta. Sea como fuere, cerró los ojos con fuerza, consternada por dejar evidente su nerviosismo. Menos mal que no pudo ver la sonrisa satisfecha del Duque. El pecho de Terry se hinchó al advertir su tartajeo porque sabía lo que eso significaba. Ella respondía a él, a sus atenciones, como en el pasado.

—Apenas moveré un poco tu butaca —explicó.

—No verás bien el escenario —murmuró nerviosa mientras Terrunce ladeaba su sillón para poder observarla de perfil.

—Es a ti a quien deseo contemplar.

Como la niña obediente que siempre había sido, levantó apenas el trasero y él acomodó la silla de manera que el cuerpo de Candy lo ocultara más todavía pero, sin embargo, él pudiese observarla mejor. Colocó una mano sobre su cintura y la guio para que se sentara.

Entre el martilleo incesante de su corazón, que retumbaba en sus oídos, la representación comenzó. Se abrió el telón y la luz del escenario iluminó a algunos de los presentes, al tiempo que sumía en las sombras a aquellos que, como Terrunce, no debían ser vistos.

Leonato, el gobernador de Mesina, su hija Hero y su sobrina Beatriz aparecieron en escena. Terry advirtió el brillo emocionado en los ojos de Candice, y sorprendido, siguió el movimiento de sus labios, que recitaban el texto de Beatriz como si ella misma estuviese representando la obra. Se embebió de las sonrisas que las chanzas ingeniosas de las protagonistas hacían aflorar a sus labios, mucho más rojos que de costumbre, y apreció cómo al reír, su busto se agitaba. Siguió el movimiento de su mano y envidió aquellos dedos cuando se acarició, absorta en la obra, el elegante collar que abrazaba su garganta.

No. Terrunce no prestaba atención a la representación ni a nada que no fuese Candice. Si estaba allí era por y para ella. Para hacerla feliz. Despacio, se acercó de nuevo a su oído, y con la nariz acarició con sutileza el cuello de la joven.

—¿ Qué pareja es tu preferida? ¿Hero y Claudio o Beatriz y Benedicto?

Candice se sobresaltó ante aquel íntimo roce que provocó que tuviese que apretar los muslos y encoger los dedos de los pies. Apenas giró un poco el cuello para contestar y se encontró con los ojos de Terrunce a escasos centímetros de su rostro, mirándola con tal intensidad que de nuevo volvió a tartamudear.

—E-en un principio… —Hizo una pequeña pausa para acallar el aleteo de mariposas en su estómago—. Cuando era una inocente muchacha, envidié el amor de Hero y Claudio, una pareja joven de enamorados que debían luchar para estar juntos al margen de las intrigas que se tejían a su alrededor, pero con la certeza de que se amaban. Ahora, sin embargo, veo ese tipo de amor demasiado utópico. Beatriz y Benedicto me parecen más reales, su amor tiene más defectos, y eso lo convierte en posible. Durante su explicación, Candice no había apartado la mirada de él ni una sola vez. Escuchar su opinión lo hizo comprender cuánto habían madurado los dos en aquellos años. Beatriz y Benedicto siempre habían sido sus preferidos porque el pobre Benedicto, aunque víctima de un engaño, se había enamorado de ella sin darse cuenta. Quizá ya lo estuviese durante aquellos años en los que le lanzaba comentarios hirientes que ella encajaba y replicaba de forma ingeniosa para quedar siempre por encima de él. Pero Beatriz siempre había sido la única mujer capaz de hacerlo feliz, como tarde supo que en su caso sería Candice. Sentir el susurro de su voz contra sus labios, la intensidad de aquellos ojos verdes y comprobar cómo ella también respiraba excitada supuso tener que contenerse demasiado. Alargó una mano con la que se permitió acariciar el mechón de pelo que rozaba su cuello, subió la mano y rozó el bonito pendiente y volvió a descender con lentitud para seguir la curva que lo llevaba hasta su hombro semidesnudo. Solo tuvo que inclinarse un poco para depositar sobre la redondez de su hombro un beso perturbador, que a ella la hizo jadear y a él, al sentir el tacto de su piel y aspirar su aroma a flores, seguir hasta que no quedase ni un centímetro de su piel que no hubiese probado. El cuarto acto terminó, los murmullos aprobadores del público y la oscuridad que se cernió sobre ellos se lo hizo saber. Terrunce, renuente, volvió a recostarse en su sillón. A Candice le hubiese gustado salir del palco para tomar un poco de distancia y aplacar la excitación que acabaría por consumirla si Terrunce seguía con aquellas atenciones. Pero si lo hacía, corría el riesgo de que alguien lo descubriese.

—Estoy deseando verte en el invernadero.

—¿ No estás disfrutando de la obra?

—Menos de lo que me gustaría estar disfrutando de ti.

—¿Qué supones que sucederá? Quizás estés dando por sentado cosas que no van a ocurrir.

—Pronto lo sabremos. El telón dio paso al último acto y la ilusión volvió a los ojos de Candice y la sonrisa a los labios de Terrunce al contemplarla.

—¿ Vos no me amáis?

—No más de lo razonable. Confesaban su amor Benedicto y Beatriz. Los ojos de Candice se empañaron por la emoción.

—Afortunado Benedicto —se lamentó Terrunce. Ella no apartó los ojos de la pareja del escenario, pero no le sorprendió que Terrunce sintiese simpatía por el amor en su justa medida de Benedicto, que para ella no era tan exiguo.

—¿ Por qué? —no pudo resistirse a preguntar.

—Porque yo sé lo que es amar mucho más de lo razonable —afirmó contundente. Se incorporó para retirarse antes de ser visto puesto que el final se avecinaba y pronto los pasillos del teatro se llenarían de gente—. No olvides que te estaré esperando.

Candice no pudo responder. Sintió su ausencia en cuanto las cortinas se cerraron y percibió el frío a su espalda, donde él había permanecido cerca, acariciándola con su respiración y calentándola con su mirada. Los fervorosos aplausos dieron por finalizada la representación. Había llegado el momento de volver a casa.

Candice llegó a su casa mucho más tarde de lo que había previsto. A la salida del palco tuvo que detenerse por los pasillos, para tener a toda la gente que querían saber su opinión sobre la obra. Aunque sospechaba que más de uno hubiese visto a Terrunce, aquellas frivolas preguntas no tenían otra intención que sonsacarle información.

Hizo un saludo cortés con la cabeza y caminó con mucha más lentitud de la que le pedían sus piernas hasta llegar a su coche y poner rumbo a su casa.

El mayordomo la ayudó a deshacerse de la capa y los guantes.

—¿ Lady Willbur está en su habitación? —quiso saber.

—Se retiró nada más usted se marchó, señora. Candice pensó que ya estaría descansando.

—Gracias. Puedes retirarte.

El mayordomo se despidió y la dejó a solas al pie de la escalera. Candice miró en dirección al salón que daba al jardín y desde allí al invernadero. Asió el pasamanos y con una sonrisa de suficiencia comenzó a subir hacia su habitación. Cerró la puerta tras de sí y caminó hacia la ventana. La habitación estaba caldeada y lo agradeció. Frotó las palmas de las manos contra sus brazos para imprimirse calor al tiempo que intentaba divisar algo en la oscura y fría noche. Apenas apartó la cortina para vislumbrar si dentro del invernadero se veía alguna actividad, pero no pudo ver nada. Era posible que tras su tardanza, Terrunce se hubiese marchado. Una mezcla de desilusión y satisfacción la invadió. Le estaba bien empleado. No tenía intención de acudir, aunque en un primer momento cedió a su exigencia y pese a que ahora una parte de ella deseaba bajar y reencontrarse con él. Aquella cita en el invernadero supuso rememorar la primera vez que disfrutó de intimidad con él, y desde luego ni el lugar ni lo que allí dentro sucedió fue un buen augurio. No obstante, que Terrunce se hubiese marchado, que hubiese renunciado tan pronto, la desilusionó.

Suspiró y giró sobre sus talones, sobre los que trastabilló al ver apoyado junto a la puerta a

Terrunce.

—¿ Qué-qué haces aquí?

—Lo mismo te podría preguntar yo cuando se supone que deberías estar en el invernadero. Pero — Terry la interrumpió al ver que iba a protestar—como me imaginaba que no vendrías, he decidido tomar la iniciativa.

—¿ Cómo has conseguido entrar hasta aquí?

—Si te lo cuento, no podré hacerlo más —repitió lo que le dijo cuando lo sorprendió en el invernadero.

—¿ Qué clase de seguridad se supone que tengo en mi casa? Si tú has podido entrar, cualquiera puede hacer lo mismo. Terrunce no se movió de su posición, con la espalda recostada en la pared y los brazos cruzados sobre el pecho siguió contemplándola.

—Aquí estás segura. En la casa, me refiero. Conmigo no tanto.

Candy temblaba como una hoja de papel, y no por el viento frío. La presencia de Terrunce parecía absorber parte del oxígeno y empequeñecía la habitación, pero era su mirada la que caldeaba su piel, la que se deslizaba por su cuerpo y parecía ir desprendiendo una a una las piezas de ropa que la cubrían. Se sintió expuesta, pero también deseada. Había tanto descaro en aquellos ojos, tanto anhelo, tanta ansiedad, que se sintió poderosa. Empezó a sobreponerse de la sorpresa y decidió hacerle frente.

—¿ Para qué querías verme? —La cadencia lenta de su voz provocó el efecto que ella deseaba. Vio como Terrunce tensaba los músculos y sus ojos brillaban de expectación. Levantó los brazos bajo el atento interés de Terrunce y comenzó a desprenderse de las horquillas que sujetaban su cabello. Una a una fueron cayendo sobre la alfombra al tiempo que largos y rizados mechones empezaban a cubrirle los hombros.

—Pocas veces tengo un motivo concreto para querer hacerlo —dijo con voz seductora, fascinado por aquella imagen que, con mucho, era la más erótica que había contemplado en mucho tiempo.

Candice inclinó la cabeza y sin dejar de mirarlo colocó su larga melena de manera que descansara sobre su hombro izquierdo. Dirigió las manos al broche del colgante y se lo quitó. Le dio la espalda para dejarlo sobre el tocador y al momento lo sintió tras ella.

—Para todo lo demás necesitarás mi ayuda. —Acarició con los dedos la delicada curva de su cuello. Descendió por sus brazos desnudos y volvió a subir para con destreza comenzar a desabotonar la espalda del vestido. A través del espejo del tocador, Candice seguía todos sus movimientos, al igual que Terrunce se embebía de su imagen, de sus labios entreabiertos y de la expresión de sus ojos. En nada, el vestido se deslizó por elbcuerpo de Candice hasta quedar a sus pies, donde había caído Terrunce fascinado por el corsé de seda rojo que llevaba que apenas si cubría un poco el montículo de sus pechos; lo suficiente para esconder las cimas que él deseaba conquistar. De pronto, sus manos se volvieron más eficientes y veloces hasta dejarla únicamente cubierta por aquella prenda que, estaba seguro, había diseñado el mismísimo demonio para torturarlo. La tomó de la cintura y la giró con rapidez para estrecharla sobre su cuerpo.

El corazón le latía desbocado y la presión de sus pantalones comenzaba a resultar insoportable. Pero por algún motivo, antes de seguir, necesitó que ella le confirmase que estaba de acuerdo, que lo deseaba casi tanto como él porque más era imposible. Candice leyó la duda en sus ojos, pero no sabía a qué era debida.

—Decide —demandó Terrunce con voz rota—: ¿quieres que siga?

—¿ Que todavía esté entre tus brazos no te dice nada? ¿Que haya empezado a desnudarme delante de ti no te confirma que acepto ser tu amante? La mandíbula de Terrunce se endureció.

—Serás mucho más que eso.

—De momento, empecemos por ahí —susurró mientras acercaba sus labios a los de él. Se puso de puntillas y, demostrando una audacia que estaba lejos de sentir, subió los brazos hasta rodearle el cuello, acariciar su nuca y apretar sus pechos contra el torso de él.

—Comencemos, pues. Terrunce enredó en un puño su cabello para inclinarle la cabeza y con el otro la rodeó por la cintura. Ya no había motivo para la contención. Lo que durante años había ansiado, imaginado e incluso había sido motivo de sus fantasías, lo tenía entre sus brazos. Asaltó su boca con la necesidad de muchos años de arrepentimientos, de celos por saber que era otro el que la estaba besando y el único consuelo tonto de saber que al menos él había sido el primero en besarla.

Candice respondió al ardor de aquel asalto como la misma intensidad y la sensación de estar cayendo al vacío, de precipitarse sin remedio hacia un abismo en el que ya había estado y del que ahora dudaba que hubiese salido alguna vez. Jadeó cuando Terrunce le dio un respiro a su boca y la levantó por el trasero para que enlazara las piernas en su cintura. Sentir la presión del miembro de Terrunce en su centro le produjo un asombroso pero insuficiente placer. Necesitaba más.

Esta vez fue ella la que lo besó y ronroneó en su boca. La espalda de Candice reposó sobre la cama y sintió el peso del cuerpo de Terrunce sobre el suyo. Todavía tenía las piernas alrededor de sus caderas y se movió, como una gata juguetona contra él. Aquello fue demasiado para Terrunce. Se incorporó, dejó solo una rodilla sobre la cama y empezó a desnudarse. A desatar el lazo del pañuelo blanco que llevaba al cuello y tras él una a una las prendas que lo cubrían mientras la imagen de Candice, solo con las medias, el corsé, y el cabello desordenado sobre la cama lo incitaban a darse prisa y al mismo tiempo saborear aquel momento. Ella no perdió detalle de ninguno de sus movimientos. Inquieta, comenzó a rozar sus muslos para tratar de calmar el ardor que la consumía. Terrunce era un hombre de físico imponente. Todos y cada uno de sus músculos resaltaban en su cuerpo, pero sobre todas las cosas, se erguía ansioso su miembro. Se precipitó sobre ella porque aquel escrutinio lo estaba matando. Volvieron a besarse y a sentir ambos la presión del cuerpo del otro donde más lo necesitaban. Entonces, para su sorpresa y con un rápido movimiento, Terrunce se incorporó y le dio la vuelta. Admiró su hermoso trasero y lo acarició para calmar la mirada inquisitiva que ella le dedicó sobre su hombro. Con rapidez aflojó las cintas del corsé y mientras repartía calientes y húmedos besos por su espalda desnuda, ella se removía, excitada ante el más mínimo roce. Arrastró las medias hasta dejarla tan desnuda como lo estaba él. Entonces, como si no pesase nada y fuera una muñeca entre sus brazos, volvió a girarla.

—Eres magnífica,Candice. Aquella piel pálida, con aquel aroma a flores que lo volvía loco, se volvía de un bonito tono rosado cuando se ruborizaba. Los pechos eran hermosos, llenos, con unas aureolas grandes y sonrosadas, coronadas por la cima dura y orgullosa que lo reclamaba, demandaba sus atenciones.

Pero ella no quería oír palabras, no quería halagos ni falsas promesas. Quería acción. Se incorporó hasta rozar sus pechos contra su piel y tiró de él para sentirlo en cada centímetro de su cuerpo. Acarició su espalda y bajó hasta abarcar con sus manos las nalgas de aquel hombre que la hacía perder toda su cordura.

Terrunce gruñó y empujó las caderas sin llegar a penetrarla, solo para sentir su cálida y dulce humedad. Abarcó con su boca el enhiesto pezón, jugueteó con él y lo presionó con los dientes para hacerla gritar de placer. Repitió el mismo proceso con el otro mientras se impulsaba para rozar su sexo sin llegar a conquistarlo.

Candice estaba al borde de la combustión. Necesitaba más, alcanzar el clímax y sentir la embriagadora sensación de satisfacción que lo acompañaba. Con sorprendente fuerza, empujó a Terrunce y lo tumbó de espaldas sobre la cama para acomodarse a horcajadas sobre él. Aquella imagen permanecería en su retina durante toda su vida. Candice era una Venus. Una diosa del deseo que no dudó en moverse para posicionarse y despacio descender sobre él. Ante aquella presión, la sujetó por las caderas porque temía perder el control y acabar haciendo el ridículo, pero aquello era demasiado bueno, demasiado intenso. Con fuerza, la hizo descender hasta introducirlo del todo. El jadeo de ambos resonó en las paredes de la habitación. Terrunce la rodeó por la espalda para acercarla y adueñarse de su pecho mientras ella comenzaba a moverse y lo incitaba a seguir aquel ritmo, rápido, fuerte y duro que los catapultó a ambos al limbo del placer entre gemidos y palabras inconexas. Con la respiración agitada,

Candice se dejó caer sobre él. El sudor resbalaba por su espalda y sentía la garganta seca. Terrunce no se quedaba atrás, notaba el corazón galopar sin control. La rodeó con fuerza para abrazarla y la besó en el cabello. Si en algún momento de estupidez pensó que con tenerla una vez aquella noche sería suficiente, ahora supo que había sido un necio.

Todavía estaba dentro de ella y comenzaba a endurecerse de nuevo. Candice levantó la cabeza y lo miró con sorpresa.

—Parece ser que será una noche larga. Rodó hasta apoyar la espalda de ella sobre la cama y comenzó a moverse de nuevo. Esta vez con mucha más lentitud, con caricias que la veneraban y miradas que todavía la hacían sentirse más adorada. Se dejó llevar de nuevo por aquella conexión, aquella intimidad demasiado intensa que los rodeaba y cedió al éxtasis poco antes de que él la siguiese. Permanecieron quietos, uno al lado del otro, en un silencio demasiado cómodo y turbador. El sudor comenzó a secarse en su cuerpo y le sobrevino un escalofrío. Atento, Terrance estiró la manta que había a los pies de la cama y los cubrió a ambos al tiempo que la pegaba a su cuerpo para darle calor. Curiosamente, aquel gesto le pareció mucho más íntimo que todas las caricias y besos compartidos. Intentó alejarse, pero él la retuvo.

—Deberías marcharte —carraspeó incómoda.

—Todavía no. Aún falta para que amanezca, deja que te tenga entre mis brazos un poco más.

—No creo que debamos demorar esto. Lo que tenía que suceder ya ha sucedido.

—Candy arrastró la manta con ella para intentar levantarse, pero él la enlazó por la cintura y terminó recostada a su lado de nuevo.

—Si crees que me conformaré con acostarme contigo, con haber hecho el amor contigo y después abandonar tu cama no has entendido nada.

—Eso es lo que hacen los amantes.

—Los amantes que no se aman. Yo quiero decirle al mundo entero que estoy contigo.

—Eso no va a suceder, Terrance —dijo con ternura—. No estoy preparada para ello.

—¿ Dudas de que te ame?

Candice no tuvo que pensarlo demasiado. Simplemente asintió. Ya la había engañado una vez, podría volver a hacerlo y esta vez quería estar preparada, protegida. Aunque en el fondo supiese que se estaba equivocando y se engañaba a sí misma.

—Te lo demostraré. Te demostraré que puedes confiar en mí y que mis sentimientos son sinceros. Sé que no tengo derecho a preguntarlo y que no lo merezco, pero ¿tengo alguna posibilidad de ser correspondido? Candice afirmó.

—Tienes razón, no tienes derecho. Escondió el rostro en el cuello de Terrunce, lo escuchó suspirar decepcionado y cerró los ojos con fuerza mientras él la acariciaba.

—No importa. Yo tengo amor suficiente para los dos —susurró desilusionado, pero con dulzura.

Continuará...

Feliz Martes. JillValentine️