CAPÍTULO 21.
Terrunce estiró la manta que había a los pies de la cama y los cubrió a ambos al tiempo que la pegaba a su cuerpo para darle calor. Curiosamente, aquel gesto le pareció mucho más íntimo que todas las caricias y besos compartidos. Intentó alejarse, pero él la retuvo.
Deberías marcharte —carraspeó incómoda.
—Todavía no. Aún falta para que amanezca, deja que te tenga entre mis brazos un poco más.
—No creo que debamos demorar esto. Lo que tenía que suceder ya ha sucedido.
—Candy arrastró la manta con ella para intentar levantarse, pero él la enlazó por la cintura y terminó recostada a su lado de nuevo.
—Si crees que me conformaré con acostarme contigo, con haber hecho el amor contigo y después abandonar tu cama no has entendido nada.
—Eso es lo que hacen los amantes.
—Los amantes que no se aman. Yo quiero decirle al mundo entero que estoy contigo.
—Eso no va a suceder, Terrunce —dijo con ternura—. No estoy preparada para ello.
—¿ Dudas de que te ame?
Candice no tuvo que pensarlo demasiado. Simplemente asintió. Ya la había engañado una vez, podría volver a hacerlo y esta vez quería estar preparada, protegida. Aunque en el fondo supiese que se estaba equivocando y se engañaba a sí misma.
—Te lo demostraré. Te demostraré que puedes confiar en mí y que mis sentimientos son sinceros. Sé que no tengo derecho a preguntarlo y que no lo merezco, pero ¿tengo alguna posibilidad de ser correspondido? Candice afirmó.
—Tienes razón, no tienes derecho. Escondió el rostro en el cuello de Terrunce, lo escuchó suspirar decepcionado y cerró los ojos con fuerza mientras él la acariciaba.
—No importa. Yo tengo amor suficiente para los dos —susurró desilusionado, pero con dulzura.
Entre la bruma del sueño, Candice escuchó cerrarse la puerta de su habitación. Sobresaltada, se incorporó para comprobar que todavía no había amanecido y se encontró en la mesilla de noche una planta de pensamientos con una nota.
Gracias por haberme recordado lo que es la felicidad, por permitir conocer tu alma, cuando yo te he entregado la mia. Ahora más que nunca te llevo en mis pensamientos, quédate tú los míos.
Terrunce GrandChester.
Candice sonrió y volvió a recostarse sobre las almohadas. Todavía no podía creer lo intrépida y desinhibida que había sido, cómo se había comportado con Terrunce y lo sobrecogida, tanto a nivel físico como emocional, que estaba.
Al medio día Candice se dirigió a la habitación de lady Camila un poco preocupada. Según la doncella la habitación que ocupaba su amiga estaba intacta. Cuando Candice entró a la habitación lo primero que vio fue el armario, su ropa seguía en su lugar, aunque faltaban un par de vestidos, Empezaba a preocuparse , justo antes de salir del lugar vio una carta en medio de la cama.
En la carta Camila le explicaba que iría a vivir su vida antes de que la vida se le fuera y terminara arrepintiéndose de no haber hecho lo que quería.
Candice admiró la valentía de Camila, pero no evito sentirse preocupada por ella. Esa tarde pasaría con su familia, así pues se preparo para su visita.
Al día siguiente Candice pasó por la habitación de Camila por si había regresado, pero sabía que no. Todavía no. Había pasado las dos noches con él señor Charlie como dijo Camila en su carta. Emocionalmente destrozada, se dirigió al invernadero. Esta vez no se sorprendió de encontrarse a Terrunce allí, pero sí de que una tela cubriera el suelo y él estuviese colocando cojines de varios colores sobre ella. También descubrió una nueva maceta de pensamientos, preciosa, como todas, y de un intenso color amarillo.
—Has venido mucho más pronto --dijo Terrunce--. No me ha dado tiempo de prepararlo. —Sonriendo caminó hacia ella, pero el gesto murió en sus labios cuando advirtió que había llorado y que parecía muy triste—. ¿Qué te sucede?
Candice no quiso llorar. No delante de él. Pero las lágrimas, traidoras, se rebelaron y rodaron por sus mejillas mientras ella intentaba limpiárselas sin éxito.
—Candy… —susurró preocupado mientras la rodeaba con los brazos y la pegaba a su cuerpo con ternura.
—Lamento que te hayas tomado la molestia, pero hoy no es un buen día para…
—¿ Crees que solo es eso lo que me interesa de ti? —dijo interrumpiéndola con suavidad—. Acepto esta situación porque es la única manera de tenerte. Ella sollozó más fuerte y enterró la cara en su pecho.
—Cuéntamelo, por favor. Deja que te escuche y si está en mi mano, que te ayude.
Las palabras empezaron a brotar de los labios de Candice porque las penas compartidas pesaban menos. Porque entre sus brazos sintió la confianza suficiente para contarle el secreto a voces de su familia y porque necesitaba que él la consolase. Porque por algún motivo, estar pegada a él hacía que pudiese volver a respirar hondo.
—¿ Está Eva aquí? Candice asintió.
La noticia de la relación que su institutriz tenía con su padre salió en la sección de chismes del periódico londinense el día anterior.
Candice recordó la visita a su padre.
Cuando de pronto, su madre abrió la puerta con impetu y la cerró de igual modo tras de sí. Soltó el periódico sobre la mesa de té y miro a Eva con inquina.
—Eva te tienes que marchar.
La sorpresa ante la repentina aparición de Emilia y el imperativo lanzado enmudeció a todos, hasta que William tomó las riendas de la situación.
—¿Qué estas diciendo, Emilia?
—Lo que habéis oído. Eva se tiene que marchar de esta casa de imediato.
William tomó el periódicode encima de la mesa y leyó. El mismo reportero insidioso, Thomas Bridge, afirmaba la relación sabida por toda la familia y consentida por su mujer.
Candice no pudo permanecer por más tiempo callada,
—Pero es que lo permite madre.
Emilia la fulminó con la mirada antes de decirle.
—¿Todavia no has aprendido que lo importante no es ser listo, si no parecerlo? Da igual lo que yo consienta en mi casa siempre que nadie se entere. Haz las maletas—. Emilia se dirigió a Eva—. Te marcharás hoy mismo. No puedes ir a ninguna de las propiedades de mi familia.
Eva se levantó con piernas temblorosas. Pati lloraba en silencio en un rincón, sobrecogida por la frialdad de su madre y el dolor de su institutriz y william esquivaba su mirada.
Candice se acercó hasta Eva para ayudarla.
— Padre —. Llamó Candice incapaz de creer que aceptase que Eva saliera de esa casa.
William se encontró entre la espada y la pared, desesperado, ante aquella situación, fue incapaz de defender su amor por Eva.
Candice no pudo creer que a su padre le importase más lo que la gente hablase.
La imagen de Eva bajando las escaleras envuelta en un mar de lágrimas hizo que Candice corriese a su encuentro y la abrazase con fuerza.
—Eva Vendrás con migó —le aseguró Candy
—Candice sabes que no debo hacerlo.
—Sin embargó lo harás.
A pesar de las advertencias de Emilia. Candice se llevó a Eva a su casa.
—Mi madre dice que no debería quedarse en esta casa —dijo Candice a Terrunce un momento después de recordar lo que había pasado en su familia el día anterior.
—¿ Y qué quieres tú?
—Yo no quiero que se sienta sola. Terrunce la acompañó y la ayudó a sentarse sobre los cojines porque cada vez parecía que la fuerza de sus piernas fuera menguando. Él lo hizo a su lado, le tendió un pañuelo y la tomó de la mano.
—Pero entiendes la razón que te ha dado tu madre —dijo al fin.
—Si acepto que Eva se quede, el sacrificio de mi padre no habrá servido para nada.
—Valiente despropósito de sacrificio.
Aquello llamó la atención de Candice por el tono de reproche en su voz.
—¿ Qué habrías hecho tú en su lugar? —preguntó con curiosidad, pero sin acritud.
—Yo creo que ya he cometido suficientes errores en mi vida como para tener una perspectiva bastante clara de lo que quiero, y desde luego no tiene nada que ver con mi posición social. Ni ya puestos, con el dinero, que lo necesito para vivir, pero que no me da la vida. ¿Comprendes?
—¿ Qué necesitas?
—Para sentirme vivo, solo te necesito a ti. Candice se ruborizó como a él le encantaba que hiciera, pero no apartó los ojos de los suyos.
—¿ Quieres decir que de haber sido tú mi padre, habrías elegido a Eva?
—¿ Tú no?
—No has contestado a mi pregunta.
—Sí, Candy. Habría elegido quedarme con la mujer que amo. No me creo lo que voy a decir --sonrió de medio lado—, pero siento compasión por todo lo que sufrirá tu padre. Porque llegará el día en que comprenderá la magnitud de su error y entonces quizá sea tarde.
—Ya es tarde —se lamentó Candice.
—Mientras hay vida hay esperanza —sonrió—. Puedo llevarme a Eva a mi casa e instalarla allí si crees que eso facilitaría las cosas.
—¿ Lo harías?
—Si te aliviara la pena y te restara una preocupación, sin dudarlo. Candice pareció dudarlo, pero al final negó con la cabeza.
—Pero eso levantará más chismorreos. Que la amante de mi padre ahora se traslade contigo solo hará que se avive más el rumor y que vean tu gesto y el de Eva como una provocación o una afrenta a mi familia.
—El problema es que a mí no me importa lo que piensen los demás. Yo lo hago por ti. Porque sé cuánto quieres a tu institutriz y comprendo que estás en una situación complicada. Mientras, pensaremos qué hacer.
El hecho de que Terrunce hiciese el problema suyo también la conmovió. Llevaba tiempo esforzándose por no dar valor a las declaraciones directas, los detalles materiales y los que no lo eran tanto con tal de no darle crédito, de no volver a creer en él y en sus supuestos sentimientos, pero la verdad es que se lo estaba poniendo muy difícil. Se lanzó a sus brazos y le rodeó el cuello. Lo pilló tan de sorpresa que a punto estuvo de acabar tumbado sobre los cojines, como en un principio había previsto aquella velada.
—Gracias —susurró junto a su garganta. Terrunce cerró los ojos e inspiró ese momento de felicidad. Candice había bajado un poco la guardia y él se permitió asaltar sus sentimientos.
—No hay nada que no fuese capaz de hacer por ti.
Terrunce y Candice abandonaron el invernadero una hora después y se dirigieron al salon. Ya había oscurecido. Al final Terrunce la había convencido para que él hablase con Eva.
Eva se negó en rotundo.
--Las puertas de mi casa estarán abiertas --le recordó Terrunce--, pero me tengo que nuestro acto de buena fe se desvirtué de un motivó más para atacar a los White. Algo que a mí no me importa, pero entiendo que a usted y a Candice si. --Eva asintió.
—Si está de acuerdo yo mismo me encargaré de reservar una habitación en un hotel con privacidad. Mientras puedo hablar con conocidos que me han restaurado su amistad por si supiesen de alguien que necesite una institutriz. Para Eva fue como si hubiese conocido a Terrunce GrandChester por primera vez.
--Si alguien me hubiese dicho que aquél muchacho arrogante, rebelde, estirado e insoportable se convirtiera en el hombre que hay ahora delante de mí, jamás me lo hubiese creído.
--Es todo un halago —dijo Terrunce sonriendo
--Desde luego —le confirmó Eva.
--Ahora me marcharé --volvió a decir Terrunce--. reservaré la habitación antes de pasar al club. Enviaré un coche de alquiler para que la lleve con total discreción.
—Gracias. —Eva suspiró aliviada.
Terrunce se inclinó, besó la mano de Candice y aprovechó para acariciar el interior de su muñeca.
--Volveré mañana para concretar los detalles de nuestro próximo encuentro. Candice se ruborizó y Terrunce, pícaro no dudó en sacarla del apuro—. De negocios por su puesto.
—-Por su puesto —-confirmó ella.
Terrunce echó de menos a Charlie cuando llegó al club, mientras saludaba a algunos conocidos que parecían haberse olvidado de sus afrentas pasadas, iba avanzando hacia las escaleras. Pero nada lo preparó para encontrarse al nuevo marqués Neil Legan esperándolo. En cuanto Neil lo vio, se levantó y lo saludó con cortesía.
—Lord GrandChester.
—Lord Legan —respondió del mismo modo.
Terrunce abrió la puerta con llave y antes de entrar, le cedió el paso. Tras cerrar, ocupó su lugar detrás del escritorio.
—¿ En qué puedo ayudarle?
—¡ Oh! Simplemente se trata de una vista de cortesía.
Terrunce se recostó en el sillón, entrelazó las manos y lo contempló con interés.
—Un honor.
—Lo cierto es que estoy un poco preocupado por la marquesa viuda.
El pulso de Terrunce se alteró, pero no lo dejó traslucir en ningún momento.
—Me temo que no le sigo.
—Estará al tanto, supongo, sobre la noticia que ha salpicado de nuevo a los White. Un nuevo escándalo… —chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. Primero el rumor que los relacionaba a usted y a lady Andry —hizo una pausa para calcular su reacción, pero Terrunce no hizo ningún movimiento—, y ahora a White con la institutriz.
—La vida social de Londres se mantiene a base de ese tipo de rumores. --dijo Terrunce quitándole importancia.
—Pero seguro que usted está más que satisfecho. Yo en su caso lo haría. Primero porque lo relacionen con una marquesa viuda, joven, hermosa y además adinerada. Y luego porque el destino ha querido que ahora fuera White quien estuviese en el ojo del huracán cuando hace años fue usted.
—Desde luego, dicho así, soy el hombre más feliz del mundo — ironizó Terry.
El marqués sonrió.
—Debe ser difícil para usted tratar con un hombre como él, que además le arruinó la vida.
—Si le soy sincero, no lo hago. Es a las órdenes de lady Andry que estoy. No de William.
—Mucho más satisfactorio, sin duda.
Terrunce no respondió. Se limitó a estudiar al marqués y encontrar el sentido de aquella conversación.
—¿ Lo ha perdonado? —Ante la mirada de incomprensión de Terrunce, Neil aclaró—: Usted a William. ¿Lo ha perdonado por todo lo que le hizo?
—Había mucho que perdonar —respondió ambiguo—. ¿Quiere una copa?
Neil asintió y Terrunce se levantó para servirla.
—Imagino que para William White supondría casi una traición que mi tío le ayudara.
De espaldas a él sonrió. Por muy sibilino que intentase ser, Terrunce sabía hacia dónde se dirigía, lo que intentaba saber era para qué.
—Para William todo lo que se salga de sus planes es una traición. --siguió Neil
Terrunce giró sobre sus talones y entregó la copa a Neil mientras él daba un sorbo de la suya. No decía nada, solo escuchaba lo que aquel hombre hablaba.
—No sé cómo pudo marcharse de Londres y vivir todos esos años exiliado, sin su fortuna y trabajando sin parar para recuperar algo del dinero que le fue… se podría decir estafado, ¿no cree?
—Bueno, me marché porque no tuve opción. -- Dijo Terrunce al fin.
—¿ Qué hay de sus tierras? —William y la corona las disfrutan.
—Terrunce evitó decir que si él quisiese reclamárselas, se las tendría que devolver. Pero no las necesitaba, al menos de momento, y le satisfacía que Candice las ocupara.
—¿ No le gustaría recuperarlas? --suguió Neil y Terrunce fingió qué pareció meditarlo.
—¿ No resarciría eso parte de su orgullo? —lo presionó más el marqués.
—Por supuesto. Neil sonrió, apuró la copa y la dejó sobre la mesa. Acto seguido se levantó y Terrunce lo imitó.
—Eso pensaba yo. Seguiremos en contacto, lord GrandChester. Ha sido un placer charlar con usted. Le tendió la mano y Terrunce la aceptó con la extraña sensación de estar haciendo un pacto con el diablo cuando en realidad no había dicho, ni mucho menos hecho, algo comprometedor.
—Lo mismo digo, marqués. Vuelva cuando quiera. Terry se obligó a decir, era mejor tener al enemigo cercas que lejos
—Pronto, se lo aseguro.
El coche de alquiler llegó a casa de Candice casi a medianoche con una nota de Terrunce en la que le indicaba el hotel en el que se hospedaría Eva y la informaba de que pasaría por la fábrica de madrugada para ver que estaba todo preparado para trasladar el algodón.
A candice le dolió ver a Eva escabullirse de su casa entre las sombras de la noche, como si fuese una delicuente.
Habian acordado cartearse, pero no verse por el momento.
Aquella fue una noche desapacible para Candice de ratos de insomnio y pesadillas por las que al final desistió de seguir en la cama. Estaba empezando amanecer cuando decidió que no tenía sentido permanecer más tiempo acostada.
A la hora del desayuno, Candice estaba preparando una tostada cuando escuchó murmullos y risas en la entrada.
En cuánto abrió la puerta sorprendió a Camila cargada sobre el hombro de Charlie casi a mitad de la escalera su amiga la vio primero porque él estaba de espaldas.
La pareja entró en la estancia y ella les invitó a tomar asiento. Pero Charlie se disculpo pero tendría algo importante por hacer.
--¿Tienes idea de lo preocupada que estado por ti? --la regañó Candice cuando Charlie se huvo marchadó.
--Lo lamento Candy dijo. Camila afectada al menos así creyó arrepentida por el modo en el que había hecho las cosas.
--¿Te rapto?
Camila pareció meditarlo
--Se podría decir que si. No sabía que nos casariamos, sólo le propuse una aventura. Una noche para saber lo que era tener un amante y...
--Me hago a la idea la idea -- Candice la cortó incómoda--. ¿Te obligó a casarte con él, Camí?
--Lo cierto es que yo no quería al principio pero luego me convencio, aquella noche en la posada fue la más maravillosa de mi vida-- Camila estaba sonrojada y eufórica.
--Estás casada, entonces.
--¡Oh, Candy! Ha sido maravilloso todo, jamás pensé que podría ser tan feliz que hubiese lugares para besar tan íntimos de intensamente satisfactorios.
Camila por favor céntrate --le pidió Candice un poco molesta--. Una cosa es tener relaciones con un hombre como su amante, y otra muy distinta de la verse desposado con él ¿Estás segura de lo que has hecho?
Camila entrecerró los ojos sin comprender.
-- Candice, me da la sensación de que te parece más aceptable que tenga un amante que un esposo.
--No por supuesto. Ya te dije que me parece una locura de lo de tener un amante. Pero es que no sé si el señor Benz te hará feliz. No es lo mismo una noche de pasión que no tienes que volver a repetir si no lo deseas, que toda una vida atada a un hombre que no ames o que él no te ame.
--Entonces despreocúpate yo lo amo y él me ama.
Candy estaba segura de que Camila lo amaba lo. leía en sus ojos pero él...
--¿Te lo ha dicho?
--Sí --respondió Camila un poco enfadada --, ¿no crees que pueda quererme?
--¡Por supuesto!
--No. No lo crees. Piensas que se ha aprovechado de mí.
Candice se sintió culpable, pero así había sido. Había pensado mal de él desde que supo que la había llevado.
--No es por ti --Candy empezó a explicarle con tiento y sí también con ternura, porque lo último que quería era herirla--. No dudo que despiertes el amor en ese hombre, ni en cualquiera en realidad por que eres una mujer extraordinaria. Es su manera de proceder lo que me ha puesto en alerta y me hace desconfiar.
--Pues quédate tranquila. En todo momento me sentía a salvo, y tuve la oportunidad de volver Charlie no me retuvo contra mi voluntad. Si nos casamos fue porque quisimos.
Candice suspiró.
--Esta bien, te creo. ¿Qué haréis ahora?
--Charlie quiere que me traslade con él, al menos unos días hasta que salga el barco que nos llevará de regreso a América. Ha llegado la hora de volver y a presentarle mi esposo a mi madre.
--Os deseo mucha suerte ambos. Me alegro de que al menos alguien sea feliz.
--¿Porque dices eso?
Candy suspiró con tristeza.
Se trata de Eva.
Candice puso al tanto a Camila de todo lo acontecido, de cómo se habían desencadenado las cosas, de que ahora la institutriz estaba en un hotel y que debería ir a buscar otro empleo. De lo impotente que la hacía sentir todo eso. Y de lo triste que le parecía la situación. No puedo evitar llorar de nuevo al recordar su despedida.
--Puede que yo tengo la solución. --Camila apretó las manos de su amiga--. Si Eva acepta puede viajar conmigo y con Charlie a América tarde o temprano espero tener hijos y mientras necesitaré alguien que atienda a mi madre.
--Gracias Camila --dijo Candice sintiéndose triste ante la idea de que Eva se marchase.
—Señora Candice —interrumpió el mayordomo—. Lord GrandChester necesita hablar con usted. Dice que es urgente.
—Hazlo pasar, por favor.
Solo tuvo que ver la cara de Terrunce para comprender que algo no andaba bien.
—Candice… —se interrumpió al ver a Camila y se dirigió a ella—. Lady Willbur, ¿dónde está Charlie?
—Se ha ido a casa, pensé que estaría con usted. Terrunce negó con la cabeza.
—He estado en el puerto desde antes del amanecer para cargar y trasladar las balas de algodón. ¿Se ha limitado a dejarla aquí? —preguntó Terrunce a modo de reproche.
—Se han casado, Terrunce. Charlir volverá por ella en breve, dime por favor qué sucede —intercedió Candice. Terry se centró en Candice, se acuclilló a sus pies y la miró con preocupación.
—Como he dicho, estaba cargando las balas de algodón para trasladarlas cuando han venido a avisarme. La fábrica de tu padre está en llamas, Candy. El incendio comenzó de madrugada y todavía no han podido extinguirlo. Me he acercado para ver cómo estaba la situación y casi puedo asegurar que poco o nada quedará en pie.
—¡ Dios mío! —Candice palideció. Horrorizada, colocó una mano sobre su garganta para intentar calmar su pulso—. ¿Hay heridos?
—Hay trabajadores que todavía no han sido encontrados —dijo con delicadeza.
. —Cielo santo —Candice murmuró afectada—. ¿Mi padre ya estaba allí?
—Ha acudido cuando lo policía lo ha avisado.
—Estará destrozado. Tengo que ir. —Candice se levantó resuelta, pero Terrunce la tomó por los hombros con una familiaridad que sorprendió a Camila, testigo mudo de aquella tragedia.
—No allí. El espectáculo es dantesco. Iré yo y le prestaré mi ayuda en lo que necesite. Cuando esté todo calmado, volveré y te acompañaré a su casa.
—Iré de todas formas, Terrunce. Por un lado, no creo que a mi padre le alivie tu presencia, y por otro, no necesito tu aprobación.
Camila…
—Vete, Candice. Esperaré a que llegue Charlie, pero por favor, mantenme al tanto.
—Gracias —susurró. Miró a Terrunce con determinación—. No perdamos más tiempo.
—Eres realmente obstinada —se lamentó Terry. Pero la siguió hasta la salida y juntos se dirigieron hacia el lugar del incendio
Cuando Terrunce la advirtió de que la imagen de la fábrica era dantesca, no llegó a imaginarse hasta qué punto. Alrededor del perímetro que había hecho la policía se arremolinaba la gente, muchos de ellos gritando nombres, seguramente de familiares, y otros lloraban desesperados. La piel de Candice se erizó ante el sufrimiento de aquellas personas y se contagió de su tristeza. Lloró lágrimas silenciosas mientras con la mirada buscaba a su padre. Lo vio dentro de la zona acordonada, hablando con la policía. Intentó abrirse paso con cuidado, pero recibió empujones que la vapulearon.
Solo las manos de Terrunce consiguieron que no cayese al suelo. La tomó por la cintura y la guio fuera de aquel círculo mientras ella protestaba.
—Quiero estar con mi padre.
—Pero por ahí no lo conseguirás, ven conmigo. La alejó de allí y por un callejón estrecho, en el que también había gente, pero mucha menos, pudieron llegar hasta el lateral de lo que había sido la fábrica y donde había uno de los cordones del perímetro. Terrunce llamó al policía que había más cerca, que en un principio lo miró de mala manera y contestó que no sabía nada de ningún trabajador.
—La señora es la marquesa Andry, hija del señor White.
—Mi padre me está esperando —apuntó ella un tanto a la desesperada.
El policía pareció dudar, pero finalmente su atuendo caro lo convenció de que no eran de la clase obrera y los dejó pasar.
Candice se cubrió la nariz con el antebrazo y avanzó entre las ráfagas del humo que el viento enviaba, con un olor casi se podría decir fétido hasta llegar junto a William.
--Padre lo llamó Candice y colocó una mano en su brazo.
--¿Qué haces Aquí? No deberías haber venido --William le recriminó.
--¿Se sabe cómo ha sido? --dijo Candice obviando el regaño.
--No. Todavía es pronto para eso. Y quizá nunca lo sepamos. Toda esa gente... se lamentó William mientras miraba a sus trabajadores los que habían salvado y que estaban heridos y los que no, cuyos cuerpos se empezaban a llevarse. Candice jamás había visto a su padre tan hundido. Tenía profundas ojeras y estaba pálido como la cera.
--Señor White lo llamó su atención el jefe de la policía--, el incendio parece controlado. Aquí poco puede hacer ya. Márchese a su casa y cuando tengamos noticias se las haremos saber.
--¿Han aparecido todos los trabajadores?
--Quedan algunos cuerpos por retirar de debajo de algunas vigas.
--De acuerdo --dijo William rendido. Se dejó guiar por su hija hasta el coche entre gritos de la gente y algunos abucheos. Como si él hubiese querido aquella desgracía o que su última fábrica en la que más dinero había invertido para utilizar las máquinas más innovadoras quedará desbastada. No fue hasta que subieron al coche que se percató de la presencia de Terrunce.
--¿Qué hace usted aquí? --dijo William con dureza.
--Acompañar a la terca de su hija --Terrunce respondió escueto.
--Todavía no has trasladado tu algodón ¿verdad? -- Preguntó William
--No. Sigue en el puerto --contestó Candice.
--Al menos a ti no te he perjudicado.
--Usted no ha causado el incendio padre ha sido una desgracia Que nadie a podido prever. Volveremos a construir una fábrica nueva y más segura
William por toda respuesta palmeó la mano de su hija y desvío la mirada hacia la ventana. Desde ayer su vida se había convertido en un infierno. Si al menos Eva estuviera en su casa si pudiese abrazarla para volver a respirar.
--¿Dónde está ella? --preguntó William su hija
--En un hotel --susurró
William asintió y desistió ha de seguir indagando ahora tenía que preocuparse por esto más tarde pensaría que hacer con Eva.
Al llegar a su casa el Duque de Sussex lo esperaba. La noticia del incendio había corrido como pólvora por todo Londres, el Duque venía a exigir una compensación por las pérdidas que aquella desgracia le había ocasionado. Actualmente la fabrica textilera de Wilkiam estaba fabricando para el Duque piezas de seda que éste se encargaba de vender. La situación se complicaba para los White porque mientras se es un buitre nadie osea ofenderle pero de buitre al carroña se puede pasar en cuestión de minutos, y ahora muchos de aquellos que se habían sentido presionados por sus pocos ortodoxas maneras de llevar los negocios estarían frotándose las manos y esperando su oportunidad para hacerlo caer.
Tras dejar a su padre en casa a solas con el duque, y bastante preocupada por su situación, Candice y Terrunce regresaron a la mansión de la marquesa. Una vez en la biblioteca, él expresó en voz alta lo que ambos ya sabían.
—No podemos tener el algodón en el puerto durante mucho más tiempo y el próximo cargamento llegará en tres semanas.
—Lo sé.
—Al menos para procesar este tendremos que buscar otra fábrica. Si no, la humedad de Londres lo echará a perder —dijo Terrunce con tiento.
—Lo entiendo, pero es como si traicionara a mi padre. Desde que Albert y él comenzaron a trabajar juntos, todos los tejidos que salían hacia la India eran fabricados por la maquinaria de mi padre.
—¿ Crees que con sus otras dos fábricas podremos sacar adelante todo el algodón? Él sabía que no, pero necesitaba que Candice llegase a la misma conclusión.
—No —contestó al fin. Sabía que las ilusiones de su padre estaban en la fábrica que se había quemado y que había dado prioridad a esta, trasladando maquinaria de las otras y dejándolas para encargos mucho más pequeños que los que el negocio de Candice requería.
—Empezaré a buscar aquellas que sean de fiar y no nos exijan demasiado dinero.
—Me gustaría hablarlo con mi padre antes de cerrar ningún trato. Terrunce la entendió. Se acercó hasta ella y la tomó de los hombros.
—Todo se solucionará —susurró antes de pegarla a su cuerpo. Ella apoyó la mejilla en su pecho y suspiró.
—Desde hace un tiempo me despierto con la incertidumbre de no saber qué malas noticias me traerá el día. Es como si no tuviese respiro. A veces me siento asfixiada por toda esta situación. Por los negocios, por los problemas de mi familia, por la desaparición de Camila y por…
—Por mí —confirmó él. Ella guardó silencio porque sí, tenía razón. Él era un gran problema en sí mismo, y al mismo tiempo, el que le permitía sobrellevar todos los demás.
—No quiero perjudicarte ni hacerte daño. No soy el enemigo, ya no quiero que me veas así y no sé cómo hacer para que lo entiendas.
—Dame tiempo —musitó. La separó para mirarla a los ojos y que ella viera la verdad en los suyos. —Te daré todo lo que me pidas. Agachó la cabeza y la besó.
La necesitaba con desesperación, solo esperaba que ella llegase a sentir lo mismo algún día. Mientras, seguiría intentando enamorarla.
Aquella noche, Charlie apareció por el club para hablar con él. No se habían visto desde que había regresado porque él había pasado la tarde con Candice y el capataz con su esposa. Pero había llegado el momento de rendirle cuentas a su amigo.
Se encerraron en el despacho en silencio, y tras servirse una copa, Charlie fue el primero en hablar.
—Sé que no he hecho las cosas al uso.
—Las has hecho de pena —confirmó Terrunce. —Mi esposa no estaría de acuerdo contigo. —Charlie sonrió con picardía, lo que propició el mismo gesto en su amigo—. El hecho es que quiero que sepas que no lo he hecho por compromiso.
—¿ Qué de todo? ¿Seducirla, casarte? —preguntó Terrunce escéptico.
—Todo. Camila me gustó desde la primera vez que la vi y, por supuesto, deseé aceptar su proposición desde el primer momento en el que se atrevió a expresarme su deseo de convertirme en su amante. Porque no era que ella se convirtiera en la mía, sino al revés. Y eso me gustó. Luego, comenzaron a asaltarme pensamientos. Cabía la posibilidad de que después de estar conmigo, quisiese estar con otro hombre. Y no me gustó la idea. En absoluto. Así que decidí convencerla de que se casase conmigo porque no encontraría nunca a nadie tan loco como yo, porque mejores seguro que sí, pero que la entendiesen y fueran capaces de hacerla feliz, lo dudo.
—Y tú quieres hacerla feliz.
—Dedicaré mi vida a ello. Bueno, y a yacer con ella. Y a discutir. Y a cometer locuras como la que hemos hecho. Lo que haga falta para sentirnos tan vivos como lo hacemos cuando estamos juntos.
Terrunce lo miró como si de repente le hubiesen salido dos cabezas.
—Jamás lo habría imaginado.
—Brindemos por las sorpresas, pues. —Chocó el vaso con el de su amigo y prosiguió—. Camila quiere regresar a América. Dice que ha llegado el momento de hacerlo, que tiene que poner fin a su aventura y por supuesto viajaré con ella. Lamento dejarte solo.
—No te disculpes por eso. Es lo que tienes que hacer. ¿Cuándo os marcharéis?
—Sale un barco la semana que viene. Esta tarde compré los tres pasajes.
—Supongo que la señora Eva ha decidido acompañaros. Charlie asintió. La misma Camila había ido al hotel en el que Candice le había dicho que se hospedaba para hacerle el ofrecimiento y Eva había aceptado.
—Lamento marcharme ahora que ha surgido la complicación con la fábrica de White. Terrunce negó con la cabeza y bebió de su copa.
—Saldremos adelante.
—Mañana puedo visitar algunas fábricas, tú otras y contrastar información.
—Sería estupendo —sonrió Terrunce—. Gracias, amigo.
Tras un rato más de charla intrascendente, Charlie se retiró a casa con su esposa y él permaneció un poco más en el club mientras ajustaba las cuentas.
Ya entrada la noche, cuando estaba dispuesto a marcharse, el marqués lo visitó de nuevo. Ocultó lo desagradable que le resultó la visita y se limitó a seguir estudiando qué pretendía aquel hombre.
—Una catástrofe lo de la fábrica de White —dijo yendo al grano.
—Lo que en verdad es una desgracia son las vidas que se han perdido y la gente que ha resultado herida.
—Por supuesto —se apresuró a aclarar.
—¿ A qué ha venido, lord Legan? No estaba Tertunce aquel día para juegos estúpidos. Deseaba irse a casa de Candice, colarse en su habitación y pegarla desnuda a su cuerpo, pero dadas las horas, tendría que posponer sus planes.
—¿ No le alegra saber que William está siguiendo los mismos pasos que lo llevaron a usted a la ruina? Primero su romance con la criada, que socialmente lo ha dejado más tocado si cabe, y ahora las pérdidas económicas que ese incendio le producirán. Cualquiera diría que sus plegarias han sido escuchadas. Terrunce entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.
—¿ Insinúa que yo he tenido que ver en algo de eso? Neil pareció ofendido.
—Espero que no. No creo que a la marquesa le guste saber que su aman…, disculpe, su hombre de confianza, fraguó la desgracia de su padre.
—¿ Es una amenaza velada lo que estoy escuchando?
—No, por favor —Neil sonrió restándole importancia a la situación tan tensa que se había creado—. Estamos del mismo lado, lord GrandChestet. No se ponga a la defensiva conmigo. Bueno, es demasiado tarde. Creo que ha llegado el momento de que me retire. Como siempre, un placer.
Como cada vez que se encontraba con aquel hombre, un sentimiento desagradable le recorría la espalda. Suspiró y decidió que había llegado el momento de marcharse, el día había sido demasiado largo y estaba exhausto. Candice, inquieta, daba vueltas en la cama. Era incapaz de conciliar el sueño.
La imagen del incendio se reproducía en su mente cada vez que cerraba los ojos. Casi podía sentir el olor del humo y oír los gritos agónicos de los heridos y el llanto por la pérdida de los seres queridos por parte de los familiares. En la oscuridad, apenas vencida por la luz de la luna que se colaba por un hueco de la cortina, escuchó la puerta de su habitación abrirse. Alerta, se incorporó, pero no pudo ver nada. Estaba a punto de levantarse cuando sintió como la cama cedía ante el peso de otra persona y la rodeaban por la cintura. Ahogó un grito cuando escuchó la voz de Terrunce a su espalda.
—No te asustes —susurró—. Perdóname, Candy, pero te necesitaba. Ella suspiró y poco a poco se relajó entre sus brazos, se dejó arrastrar hasta quedar ambos tumbados. Apoyó la cabeza sobre el pecho de Terrunce mientras escuchaba el latir acompasado de su corazón.
—No podía dormir —le confesó—. Cada vez que cierro los ojos, las imágenes del incendio me torturan y ese olor…
—Te dije que no era buena idea que fueras —le recriminó con suavidad.
—Y yo que no te volvieras a colar en mi casa y aquí estás. Escuchó la carcajada, ronca, brotar de su pecho.
—Si nos cernimos a la verdad, me dijiste que averiguarías cómo lo lograba, no que no lo hiciese.
—Supongo que el hecho de cambiar todas las llaves de acceso a la casa no fue suficiente para ti.
—No necesito llaves. No habrá puertas, paredes ni rejas que me impidan acercarme a ti. A menos que tú me pidas que no lo haga.
Candice notó como Terrunce contenía el aliento y sonrió en la oscuridad.
—¿ Lo harás? —la presionó. Pero ante su silencio giró la cabeza para intentar verla y con sus ojos acostumbrados a la oscuridad, vio el atisbo de su sonrisa—. ¿Te ríes de mí?
—Es que lo preguntas como si fuese importante.
—Para mí lo es —confirmó.
Ella guardó silencio. Se limitó a acariciar los botones de la camisa de Terrunce mientras él con un brazo la rodeaba por la cintura y con el otro dejaba resbalar las hebras de su pelo entre los dedos.
—¿ No sería maravilloso disfrutar de esto todas las noches? —Ni siquiera se paró a pensarlo. Las palabras fluyeron de su boca y aunque lo sorprendieron, no se arrepintió de haberlas pronunciado, de hacerle saber a ella que quería más. La sintió tensarse entre sus brazos e intensificó sus caricias. No quería escuchar un no de sus labios, quizás ella no estaba preparada para creerle, pero él tampoco para un rechazo. La besó antes de que contestara, la tumbó de espaldas y mientras sus bocas se saboreaban y sus lenguas se tentaban, fue deshaciéndose de su ropa hasta que solo quedaron sus pantalones.
—No era esta la idea inicial que me impulsó a colarme en tu habitación. —Se apoyó en los antebrazos para no aplastarla y acarició con los pulgares sus mejillas, tersas, suaves y coloradas—. Tan solo quería descansar a tu lado. Sentir un poco de paz, pero creo que no soy capaz de contenerme.
—No tengo ninguna objeción al respecto.
—Gracias a Dios.
Terrunce se incorporó para quitarle el camisón y en nada ambos estuvieron desnudos. Pese al cansancio, al sueño y a los problemas que los rodeaban, aquella noche hicieron el amor entregados por completo el uno al otro. Terrunce adoró su cuerpo con devoción y se sorprendió cuando Candice tomó la iniciativa de nuevo y recorrió el suyo con su boca. Estuvo a punto de perder el sentido y dejarse llevar, pero si lo hacía, sería en su interior. La tumbó en la cama y sin poder esperar más, entró en ella. Adoró su suspiro y se enorgulleció de sus jadeos, de la forma de retorcerse debajo de él, pero sobre todo de la manera en la que pronunciaba su nombre. El suyo, el de nadie más. Porque no tenía más certeza en la vida de que él le pertenecía, como ella a él, aunque no lo admitiese.
Terrunce había dormido a su lado hasta el amanecer. Había sentido el calor de su cuerpo y sus fuertes brazos rodeándola durante lo que restaba de la noche y solo así pudo desterrar las pesadillas y conciliar el sueño.
Cuando el alba empezaba a despuntar, sintió el frío de su separación. De nuevo, había dejado otra nota de despedida.
Esta tarde te regalaré más pensamientos. Mientras, regálame tú los tuyos.
Terrunce GrandChester.
A mitad de febrero, Terrunce seguía colándose en su habitación todas las noches y ella hacía semanas que había asumido cuánto ansiaba ese momento. Ya fuese para dormir abrazados, hacer el amor de manera ardiente o pausada y delicada, aquellos momentos eran lo mejor de cada día.
Terrunce había vuelto a entrar en su vida y, lo que era peor, en su corazón. Todas las noches le confesaba su amor y ella le respondía con el mutismo de su miedo. Él dejaba pensamientos en el invernadero y ella se los dedicaba a todas horas del día. La visitaba para tratar los negocios y discutían por sus diferentes puntos de vista, pero hasta aquellos momentos los disfrutaba, porque sabía que durante la noche llegaría la reconciliación y volvería a escuchar los susurros de amor en sus oídos y los ruegos de Terrunce para que no lo abandonase nunca. Algo que no tardaría en prometerle porque cada vez le resultaba más difícil negar lo que hacía tiempo que debería haber asumido: que lo amaba.
Por otro lado, el algodón que llegaba al puerto ya estaba en otra fábrica, cuyo coste de producción resultaba mucho más caro y Candice había comprobado que las telas no tenían la misma calidad que las que salían de la fábrica de su padre, lo que no le estaba proporcionando las ganancias esperadas. Por suerte, los trabajos para retirar los escombros del edificio quemado habían terminado y pronto empezarían a construir de nuevo.
Candice tuvo que hacerse cargo de pagar parte de la indemnización que el duque de Sussex reclamaba y su padre empezó a presionar a aquellos que le debían dinero para poder cubrir gastos. Algo que no hizo más que acrecentar su fama de usurero.
William, al que muchos habían acusado de pactar con el diablo por su robusta apariencia, en apenas un mes había envejecido lo que durante años no lo había hecho. Los problemas con los negocios y la desolación por la pérdida de Eva le estaban pasando factura. El día que se enteró de la partida de la institutriz a América, montó en cólera. Pati se vio en la necesidad de avisar a su hermana para que acudiese a calmarlo y Candice lo vio como nunca lo había visto: fuera de sí, desolado y muerto de angustia por la pérdida de Eva. Su padre no dudó en recriminarle que no lo hubiese puesto al tanto de las intenciones de la institutriz, porque al habérselo ocultado, le había negado la posibilidad de recuperarla. Pese a comprender su dolor, Candice no pudo evitar dejarle claro que él eligió perderla cuando permitió que se marchara, cuando eligió una posición social a la mujer que se suponía que amaba. Pero eso todavía lo enfureció más, porque por encima del estatus que siempre había deseado, estaba su familia y no podía hacerle aquello a la joven Pati ahora que pronto sería presentada en sociedad. Candy solo logró tranquilizarlo cuando le aseguró que lo mantendría al tanto cada vez que ella escribiera y le contaría cómo transcurría su vida en Estados Unidos. Un ligero respiro dentro de una situación que cada día lo asfixiaba más.
Apenas quedaba un mes para que llegara la primavera y aquel día Candice se levantó bastante indispuesta. Quiso ir a ver su padre, pero no se sintió capaz. Lo máximo que pudo hacer fue enviar una carta para saber cómo iban las obras y responder a la carta de Eva, que seguía preocupada por William y expresaba cuánto echaba de menos a su hermana y a ella, pero reconocía que la distancia le había hecho bien. Lady Camelia Willbur madre de Camila, era una mujer de carácter controlador, pero al menos le ofrecía conversación y disfrutaba de los paseos por la ciudad. También le habló de la amistad que había profundizado con Camila y le aseguró que su amiga parecía muy feliz en su matrimonio, algo que le supuso un disgusto, con su consiguiente desmayo, a lady Camelia cuando su hija le presentó a su esposo. No obstante, Charlie había demostrado ser un hombre más que versado para tratar con el carácter de su suegra y, aunque ella lo negaba, tardó poco en ganársela.
A media tarde, después de descansar y tomar algunas infusiones para el dolor de cabeza y de estómago, recibió la sorprendente visita de su hermana Pati. Desde que había llegado a Londres, pocas habían sido las veces que se había presentado en su casa, y siempre con su padre y Eva. Ahora lo hacía sola, con una criada. Pati se había convertido en una joven preciosa, alegre y poco dada a disimular sus emociones. Y aquella vez no fue distinto. Candice se percató de las ojeras que todavía hacían palidecer más su rostro y del movimiento nervioso de sus manos.
—¿ Cómo están las cosas en casa? —Candy se acomodó junto a ella en el sofá y apoyó una mano sobre las suyas para calmarla.
—Madre hace como si nada hubiese ocurrido, sigue saliendo con sus amigas y fingiendo que tenemos una vida idílica. Padre no habla mucho. Se encierra en el despacho y solo accede a las visitas del señor Britter. A veces le escucho hablar sobre indemnizaciones y pérdidas. Sé que el alcance de lo sucedido es grave, no solo por el dinero invertido y que ahora se ha lanzado a perder, sino por las vidas que ya no se recuperarán. Candice estuvo de acuerdo con ella. Lo peor de todo era la desolación de esas familias, a las que habían dado una suma de dinero que jamás repararía el daño causado, pero que al menos les ayudaría a vivir.
—Por el dinero no tiene sentido que padre sufra. He ayudado económicamente y lo seguiré haciendo. —Su hermana asintió, pero aquellas palabras no parecieron calmarla—. ¿Qué es lo que te preocupa, Pati?
—Escuché decir a padre que todo esto podría perjudicar mi presentación en sociedad. Que nuestra familia, ya de por sí, no cuenta con demasiada simpatía y que todo esto no hará más que darles la razón a aquellos que no nos ven dignos de sentarnos junto a ellos.
—¿ Te preocupa no casarte bien? ¿Es eso? Pati agachó la cabeza, avergonzada, y lo negó.
—Sé con quién me gustaría desposarme, pero su familia es noble y temo que todo esto arruine un posible enlace. Aquellas palabras sorprendieron a Candice. Era evidente que su hermana pequeña había crecido y que al parecer estaba enamorada. Pero había estado tan ocupada centrada en sí misma y en sus problemas, que el desarrollo de Pati le había pasado desapercibido, algo que la hizo sentir mucho más culpable.
—¿ Él comparte tu interés?
—Estoy convencida. —Levantó la cabeza y Candice descubrió en sus ojos el mismo brillo de ilusión que ella había tenido a su edad.
—¿ Quién es, Pati?
—No puedo decírtelo todavía —dijo avergonzada—. Le prometí que guardaríamos el secreto hasta mi presentación en sociedad.
—A mí puedes contarme lo que sea. Tus secretos están a salvo conmigo —la presionó cada vez más asustada. Si había hablado sobre eso con aquel hombre es que habían tenido cierta intimidad para tratar el tema.
—Él me ha pedido tiempo para actuar bien y con precaución, y yo voy a respetarlo.
—Ten cuidado, Pati, por favor. No quiero desilusionarte, pero ten siempre presente lo que me sucedió a mí. No hagas nada que pueda arruinar tu reputación y asegúrate de que sus intereses son sinceros.
—No tiene que repetirse la historia, Candy. Yo confío en él, le creo —respondió convencida. Candice sonrió con tristeza porque ella también creyó a Terrunce. Lo creyó en sus cartas falsas y en las mentiras de sus declaraciones de amor y, lo que es peor, ahora lo volvía a hacer.
—¿ Cuándo lo conoceré? Pati pareció dudar, pero finalmente decidió atreverse a pedirle lo que había ido a decir.
—Dentro de dos semanas habrá una fiesta en casa de la duquesa de Wellington. La primera de la temporada, me preguntaba si podrías acompañarme. Madre quiere venir y lo hará, diga lo que diga, pero me sentiría más segura si tú estuvieses allí conmigo. Sé que no has accedido a asistir a ninguna por tu duelo, pero te necesito a mi lado, Candy.
—Y allí estaré —le prometió. La tristeza de Pati se diluyó tan rápido.
—Eres la mejor hermana del mundo.
—No —sonrió—. No lo soy. Pero a partir de ahora procuraré serlo.
Después de la visita de Pati, Candice se retiró a su habitación. Volvía a sentirse indispuesta, más débil y cansada que de costumbre. Se planteó llamar al médico si en dos días no mejoraba su situación.
De momento, esperaría la llegada de Terrunce y descansaría entre sus brazos. Sonrió cuando escuchó la puerta cerrarse y en la oscuridad contempló el espectáculo que suponía ver a Terrunce desnudarse, contemplar su torneado cuerpo y embeberse del movimiento fuerte de su cuerpo.
Retiró la colcha y lo recibió entre sus brazos. Inspiró hondo cuando la apretó contra su cuerpo y se sació del sutil aroma de su loción de afeitar.
—¿ Me has echado de menos? — Terrunce susurró junto a su oreja mientras la besaba en el cuello.
—Sí —jadeó.
Terrunce levantó la cabeza de pronto y la miró con preocupación.
—¿ Sí? ¿Así de fácil? No he tenido que insistir para que lo confesaras, ¿sucede algo? —Acarició con su pulgar la mejilla de Candice.
—Hoy no me he sentido bien y la visita de Pati me ha dejado preocupada —le confesó. Lo empujó con suavidad para que se tumbara sobre la almohada y recostó la cabeza en su pecho. Sentir el latido de su corazón la calmaba.
—¿ Qué tienes? ¿Estás enferma?
—Que hubiese temor en su voz le gustó. En realidad cualquier muestra de que ella le importaba la hacía sentirse mejor, más segura.
—Solo un poco indispuesta. Creo que los nervios me están pasando factura.
—Bueno, es lógico que ahora que parece todo encaminado, sientas cierta debilidad. No tienes nada de lo que preocuparte, lo tenemos todo bajo control. La fábrica de tu padre volverá a procesar el algodón y pronto las aguas volverán a su cauce. Además, esta última remesa de telas se ha vendido mejor que la anterior. —Terrunce siguió acariciando la espalda de Candice para calmarla mientras ella rozaba la nariz en su cuello.
—También estoy preocupada por Pati.
—¿ Hay algo que yo pueda hacer? —Candice lo abrazó con fuerza, inmensamente agradecida porque antes de saber de qué se trataba ya estaba dispuesto a ayudarla en lo que fuese.
—Al parecer tiene un pretendiente y está preocupada por si todo lo acontecido con mi familia puede arruinar un futuro compromiso.
—¿ Sabes quién es él? Candice negó con la cabeza.
—Me preocupa el hecho de que él le haya hecho prometer que no desvelará su nombre. Temo que…
—Que le suceda lo mismo que a ti —terminó Terrunce la frase por ella. Ante su elocuente silencio, Terrunce prosiguió—: Hablaré con mi amigo Harald. Suele moverse por los círculos de sociedad mucho más que yo y puede que consiga algo de información.
—No quiero que Pati sepa que indago, quiero que confíe en mí.
—Lo haré con la máxima discreción y estoy seguro de que Harald también.
—Quizá lo conozca en la fiesta de lady Wellington. Me ha pedido que la acompañe. Sintió como Terrunce se tensaba bajo su cuerpo.
—Vas a asistir a tu primera fiesta de sociedad —afirmó como si tratase de hacerse a la idea.
—Lo hago por Pati, en realidad no me apetece.
—Pero asistirás sola. Sin acompañante.
—Lo haré con mi madre y mi hermana, Terrunce. ¿Dónde está el problema?
—Muchos de los hombres que asistan se fijarán en ti. Intentarán acercarse, entablar conversación, agasajarte.
—Puede que incluso me pidan matrimonio —Candice ironizó ante el repentino ataque de celos de Terrunce.
—Llegará el día en el que lo harán, Candice.
—No adelantemos acontecimientos — Candy intentó desviar el tema de conversación y para ello, se subió a horcajadas sobre las caderas de Terrunce. Tardó poco en reaccionar, al momento sintió la presión del miembro de Terrunce en el punto exacto que necesitaba.
—Si me dijeras que solo te plantearías la opción del matrimonio conmigo, no viviría tan atormentado.
—Empujó hacia arriba para presionarla más mientras retiraba el camisón de su cuerpo y la contemplaba desnuda.
—Creo que el mayor tormento lo tienes ahora entre las piernas —Candy bromeó al tiempo que se movía de forma sugerente sobre él.
—Ese lo saciaré pronto, el otro no me deja vivir. —Terry soltó un sonido ronco y la atrajo hacia su boca al tiempo que la penetraba de una estocada. Candice jadeó por la sorpresa, mezcla de dolor y placer.
Al momento sus cuerpos se movían desesperados mientras buscaban una liberación que los hiciese sentir más próximos el uno del otro.
—Asistiré a esa fiesta —dijo con la voz entrecortada mientras se movía dentro de ella.
—No, no puedes. —Candice intentó moverse, pero él giró su cuerpo y la aprisionó contra el colchón.
—Puedo y lo haré. —Terry se retiró y volvió a empujar hondo—. No te perderé de vista ni un momento. La espalda de Candice se arqueó contra el colchón y soltó un gritó ahogado.
—Y no protestarás —prosiguió Terrunce mientras la llevaba al límite—. Dilo. Di que quieres que esté allí contigo. Las gotas de sudor resbalaban por su frente y por la espalda debido al ejercicio de contención que realizaba.
—Terrunce… —rogó cuando él se retiró de nuevo dejándola al borde del éxtasis.
—Dilo. —La presionó con un nuevo envite.
—No puedes asistir conmigo —negó completamente desesperada—. Terry…, por favor.
—Estaré allí contigo. Puede que no a tu lado, puede que no entre contigo del brazo, pero iré. Comenzó a moverse con ímpetu mientras ella se revolvía buscando la liberación. —Consiente —exigió Terrunce entre dientes. Se detuvo en seco, al límite, a la espera de su rendición.
—¡ Está bien! —gritó frustrada—. Asiste a la maldita fiesta.
—En eso habíamos quedado —Terry sonrió satisfecho. A partir de ese momento no le dio tregua hasta que la hizo gritar su nombre para acto seguido dejarse llevar por el orgasmo más satisfactorio. Jadeante, se dejó caer de espaldas y la arrastró contra su pecho. Al cabo de unos minutos de silencio, su respiración se ralentizó y Candice supo que no tardaría en dormirse.
—Te quiero, Candice —murmuró prácticamente en sueños.
Candice sonrió y esperó hasta que supo que se había dormido.
—Te quiero, Terrunce GrandChester —susurró con voz casi inaudible.
La noche de la fiesta en casa de los Wellington había llegado. Candice puso tanto esmero a la hora de arreglarse como lo había hecho para asistir al teatro. Recogería a su madre y a su hermana en el coche con el emblema de los Andry y acudirían juntas a la fiesta. Que Pati estaba radiante era algo que destacaba a simple vista. El vestido de un suave tono azul la dotaba de cierto halo de dulzura, al tiempo que las perlas y los cristales que componían las flores que adornaban su escote hacían que la atención se desviara hacia ese punto en concreto y resultara casi atrevido.
—Estoy segura de que no lo ha elegido nuestra madre —susurró junto a su oído antes de que Emila entrara al coche.
—Aprendí de ti que hay cosas por las que merece la pena luchar para tener el control. Aunque me costase un disgusto.
—No lo dudo. Emilia entró y se acomodó frente a sus hijas. Las contempló con ojo crítico y terminó por hacer una mueca de disgusto.
—Si vuestro padre no hubiese hecho fortuna, habría tenidos dos hijas dignas de trabajar en un burdel. Pati abrió los ojos con sorpresa, pero Candice se permitió sonreír.
—Una vez leí que los hijos heredan las costumbres de sus padres. Su hermana jadeó por el desparpajo de su hermana y miró con temor a su madre, que enfurecida, frunció los labios y desvió la mirada hacia la calle.
—Será mejor que no hablemos hasta que lleguemos a la fiesta. No quiero que los invitados perciban los disgustos que mis hijas me dan.
—Estamos de acuerdo. Mejor no hablar.
Candice palmeó las manos de su hermana y la miró con picardía. Al menos había evitado un trayecto lleno de advertencias y recordatorios sobre cómo debe actuar una dama de sociedad.
La mansión de los Wellington, decorada hasta el último detalle con elegancia, estaba casi llena cuando llegaron. Candice, pendiente en todo momento de Pati, la vio revisar todos los salones por los que pasaban hasta que al parecer encontró lo que andaba buscando en la sala de baile porque insistió en permanecer allí. Con su madre pegada a ellas, poco o nada podía hablar con su hermana. Prestaba atención a todos los caballeros del salón en búsqueda de alguno que mirara en su dirección, pero muchos eran los que las contemplaban con interés.
—Querida marquesa viuda, no sabe el placer que me proporciona verla.
Candice se sobresaltó cuando escuchó la voz de Neil Legan a su lado. Al momento, el marqués había tomado su mano enguantada y depositado un ligero beso.
—Lord Legan —cabeceó. Desvió la mirada, incómoda, por la manera en la que Neil la contemplaba y coincidió con los ojos de Terrunce al otro lado de la sala. Estaba serio y parecía bastante molesto. Hizo un movimiento para intentar aproximarse, pero Candice negó imperceptiblemente con la cabeza. Aquel gesto fue suficiente para que el marqués se percatara de con quién mantenía una silenciosa conversación la marquesa y para que Terrunce se detuviera con el ceño fruncido. Neil sonrió lascivo y se acercó al oído de Candice.
—Es indudable, querida, que levanta pasiones. Candice no contestó. Se limitó a guardar una distancia prudencial con el marqués hasta que este se cansara y decidiese marcharse.
—Veo que la acompañan su adorable madre —saludó a Emilia con educación, que respondió halagada de igual modo, y al momento se giró para hablar con otra invitada—, y su bella hermana —ronroneó.
Aquello lanzó una señal de alarma a Candice, a la que tampoco le gustó la manera de mirar a Pati, ni mucho menos la sonrisa vergonzosa que ella le dedicó.
—Es usted muy amable, lord Legan, como siempre —respondió su hermana. Como siempre, había dicho. ¿Cuándo se habría encontrado Pati con él?
—Espero que disfrute de su primera fiesta, no me cabe ninguna duda de que será memorable. —Le aseguro que ahora que lo he visto, lo haré —sonrió misteriosa. La cabeza de Candice comenzó a dar vueltas.
Su hermana parecía interesada en el marqués. ¿Sería él aquel hombre del que ella le había hablado? Se sintió mareada por el temor de que sus sospechas fuesen ciertas.
—Lord Legan, ¿podríamos hablar en privado? Pati estaba al lado de su madre y ella podía permitirse alejarse unos momentos, apartar el peligro de su hermana.
—Por supuesto —aceptó Neil y le tendió el brazo.
El estómago de Candy se le revolvió cuando percibió como el marqués guiñaba un ojo a su hermana. Rodeó el salón con él mientras sentía la mirada de Terrunce clavada en su espalda, hasta que Neil le cedió al paso a la terraza que daba al jardín de la mansión. Candice apoyó las manos sobre la barandilla de piedra y miró las llamas de las velas que alumbraban las figuras de piedra y los arbustos.
—Usted dirá, querida —la presionó Neil mientras se posicionaba a su lado.
—¿ Siente usted algún interés romántico por mi hermana? —preguntó a bocajarro y con toda la atención puesta en él. Neil sonrió, satisfecho.
—¿ Le molestaría? Una pareja pasó por detrás de ellos y se acomodó al otro lado del balcón. Desde dentro del salón ambos eran visibles, ya se había encargado Candice de no ir más allá con él. Guardó silencio hasta que estuvo segura de que nadie les escuchaba.
—No me agradaría porque es mi hermana, no porque yo tenga algún interés por usted.
—Creo que me lo ha dejado claro en varias ocasiones, querida tía —ocultó el golpe a su orgullo tras la ironía—. No obstante, si ella decidiese atender a mis afectos, no sé si podría hacer algo al respecto.
—Podría buscar las atenciones de otra dama y dejarla en paz.
—No —Neil soltó una carcajada —. Me refería a que poco podría hacer usted. Yo desde luego no tendría ningún interés en desencantar o herir a una joven tan dulce y… deseable.
—Estoy segura de que existiría alguna manera de convencerle. Neil chasqueó la lengua.
—No se rebaje todavía, querida. No es ella el centro de mi interés.
Candice se debatió entre suspirar aliviada, golpearlo por su desfachatez o temer por la respuesta que pudiese encontrar. Por lo tanto, se limitó a guardar silencio. El marqués miró el reloj y de nuevo hacia el salón.
—Acompáñeme, querida. —Candice odiaba aquel apelativo, no obstante, se dejó guiar hacia el salón de regreso con tal de perderlo de vista y buscar a Terrunce.
Cuando llegaron donde estaba su madre, se percató de que Pati no estaba con ella. Miró a las parejas que bailaban y no la encontró. Un mal presentimiento le oprimió el pecho. Se acercó hasta su madre y con discreción preguntó por ella.
—Creí que estaba contigo. Para eso viniste, para no dejarla sola —le recriminó. Desesperada, buscó a Terrunce, pero no lo encontró. Intentó dar dos pasos, pero Neil se interpuso de nuevo.
—¿ Busca a su hermana? Quizá pueda ayudarla.
—No se preocupe. Podré arreglármelas. —Intentó esquivarlo, pero se interpuso de nuevo. Cuanta menos gente se percatara de la desaparición de Pati, mejor.
—Acepte mi ayuda, querida.
—Más que un consejo, aquello sonó a advertencia.
—¿Tiene idea de dónde pueda estar? Neil hizo un gesto con el brazo y le cedió el paso
. —Detrás de usted. Terrunce los vio salir del salón y apuró la copa de champán que tenía en la mano dispuesto a ir tras ellos. Cuando desaparecieron hacia los jardines estuvo a punto de sufrir un infarto. Pero tras moverse por el salón, comprobó que Candice no se había alejado de la puerta para estar siempre visible. Cuando a los pocos minutos volvieron a entrar, se movió con rapidez para acercarse a ella, pero no contaba con que lady Penélope Thorpe le cortara el paso. Hacía años que no la veía, en realidad, desde aquella noche en la que bailó con ella por aquella estúpida apuesta con Charlie.
—Lord GrandChester —lo saludó con efusividad. —Lady Thorpe —correspondió educado.
—Sabía de su regreso, bueno, todo Londres en realidad, pero no habíamos tenido ocasión de saludarnos.
—Cierto. —Terrunce miró por encima de la cabeza de lady Penélope y se percató de que Candice buscaba a alguien, y algo le dijo que le necesitaba.
—Seguro que tiene muchísimas anécdotas interesantes que contar sobre su vida en la India. Estaría encantada de escuchar alguna.
—Quizá en otro momento, ahora si me disculpa… —Intentó esquivarla cuando vio que Candice salía de nuevo del salón acompañada del marqués, pero otra vez aquella mujer se interpuso en su camino.
—Sé que no es muy adecuado —susurró al tiempo que miraba alrededor—. Pero me preguntaba si podría dedicarme un baile. Como aquella noche, ¿recuerda? Es posible que el hecho de que usted se anime a sacarme a bailar haga que los demás caballeros sigan su ejemplo.
—Estaría encantado de que me dedicase un baile, pero ha surgido algo que me impide permanecer por más tiempo en el salón.
—¡ Oh! —murmuró decepcionada. Estaba seguro por su expresión que lady Penélope no creía ni una sola de sus palabras. Miró alrededor y vio a Harald hablar con algunos de sus amigos.
—Tal vez pueda ayudarla —comentó con delicadeza—. Discúlpeme un minuto. Llegó hasta donde estaba su amigo y lo separó a un lado.
—Necesito que saques a bailar a lady Penélope Thorpe. Harald pareció escandalizado.
—¿ Es esta otra apuesta como la de Charlie? ¿Es eso?
—No se trata de ninguna estúpida apuesta. Necesito que lo hagas y punto. Su amigo giró sobre sí mismo y le dedicó una mirada cargada de recelo.
—¿ Por qué?
—Porque es una buena muchacha y necesita que alguien la saque a bailar.
—Pues hazlo tú.
Terrunce resopló y se movió nervioso.
—Además me lo debes. No averiguaste nada de lo que te pedí sobre la hija pequeña de White.
—Ya te dije que la muchacha es muy discreta y que nadie ha visto ni oído nada.
—Sea como fuere, hazlo por mí. He perdido a Candice de vista. Hazte cargo de lady Penélope, por favor.
—Si esa mujer no te vuelve loco, acabarás por hacerlo tú mismo con esa maldita obsesión por ella. Terrunce se abstuvo de explicar que donde Harald veía algo tan feo como la obsesión, él solo sentía amor.
—Por ello necesito que mi amigo me mantenga cuerdo y me facilite un poco más las cosas. Harald resopló.
—Está bien —accedió de malas maneras. Estiró la chaqueta de su traje y miró en dirección a lady Thorpe.
—Una cosa más —lo interrumpió cuando Harald ya se marchaba—. Trátala bien, Harald.
—¿ Por quién me tomas? Soy un caballero —respondió ofendido. Caminó hacia lady Penélope y le tendió la mano para invitarla a acompañarlo a la pista de baile. Por supuesto, ella accedió de inmediato con una sonrisa de infinita gratitud.
Terrunce aprovechó el momento y salió en búsqueda de Candice. Cuando lady Eliza se cruzo en su Camino.
Candice dejó que Neil guiara sus pasos porque parecía saber hacia dónde se dirigían. Caminaron por varios salones y en el trayecto se cruzaron al duque de Sussex con el que el marqués no dudó en pararse a saludar, lo que obligó a Candice a hacer lo mismo y a corresponder a las palabras del duque. Permaneció seria y disgustada porque le pareció totalmente fuera de lugar que tuviese que hablar con aquel hombre después del incidente en la fábrica y de que hubiese exprimido a su padre para sacarle el máximo dinero posible.
—He visto pasar a su hermana, marquesa viuda. Aquello llamó su atención.
—¿ Sabe hacia dónde se dirigía? El duque pareció dudar; no obstante, empezó a caminar y tanto Candice como Neil le siguieron.
—Creo recordar que ha sido por aquí. Candice miró a su alrededor, aquella parte de la casa no estaba tan concurrida como el resto, sin embargo, todavía había gente merodeando.
—Creo que la he visto entrar aquí —continuó el duque, que sin llamar, abrió de sopetón. Algo pareció no convencerlo porque su expresión se tornó de desconcierto. Candice se abrió paso y comprobó que la estancia, que resultó ser una sala de música, estaba vacía.
—No se preocupe, lord Sussex. Lo más seguro es que mi hermana haya regresado. No quisiera molestarlo más. El duque miró a Neil, que pareció igual de confundido, puede que incluso molesto, por la manera en que le palpitaba un músculo de la mandíbula. De pronto, el duque miró a su alrededor.
—O quizá fuese aquí —abrió otra estancia con igual resultado. Algo que pareció alterarlo, al igual que al marqués, porque ambos comenzaron a abrir cuantas estancias se encontraron a su paso mientras ella les seguía e intentaba hacerles entender que aquello no tenía sentido.
—Lord Sussex, lord Legan. Creo que esto no es necesario. Mi hermana no hubiese accedido a adentrarse en ninguna de estas habitaciones. Creo que lo mejor es volver al salón principal, quizá solo salió a la terraza a tomar un poco de aire fresco —intentó detenerlos.
—O quizá no —murmuró el duque que tras abrir la puerta más alejada de todas le cedió el paso. Lo que Candice vio la dejó paralizada. Aquella imagen le trajo tantos recuerdos que se sintió como si la que estuviese entre los brazos de aquel hombre fuese ella. No obstante, reaccionó con rapidez e hizo lo que le habría gustado que hicieran con ella, entró y cerró la puerta dejando al marqués y al duque fuera. Pati la miró arrepentida.
—Candice, lo siento —empezó a disculparse Pati entre lágrimas.
—No te disculpes —murmuró con la respiración acelerada. Estaba mareada, así que avanzó unos pasos hasta que alcanzó un sillón y tomó asiento.
—Candy —Pati se arrodilló a sus pies—, yo no quería que sucediese esto. Andrew y yo solo queríamos estar a solas un momento. Fuimos discretos.
—Es evidente que no lo suficiente —Candy apoyó la cabeza en sus manos. Escuchaba llorar a su hermana y al hombre que había allí con ellas consolarla. Andrew, había dicho que se llamaba. Ni siquiera se había fijado en él. Solo había visto a su hermana en una situación comprometida y eso fue lo suficiente para que el suelo se tambalease a sus pies.
—No llores, Pati. Esto no significa nada, habíamos planeado casarnos de igual modo —susurraba aquella voz que parecía afectada por el llanto de su hermana.
—No quería que las cosas sucediesen así —siguió sollozando—. Tú hermano y el duque de Sussex nos han sorprendido, mi reputación estará arruinada antes de que termine la noche. Aquello fue el detonante para que Candice levantara la cabeza, saliese de sus propios pensamientos y reparara en quién era él. El hermano menor del marqués consolaba a Pati. Y en aquel momento, todos los acontecimientos de aquella noche encajaron en su cabeza. Cómo Neil la había despistado haciéndola creer que tenía interés en Pati para que su hermano pudiese llevársela, el casual encuentro con el duque de Sussex y que este hubiese visto, de manera fortuita, hacia dónde había ido su hermana. El hecho de que tanto el marqués como el duque se empeñasen en encontrarla… Todo, absolutamente todo había sido una trampa.
—Pati —llamó su atención al tiempo que se levantaba—, ven conmigo. Nos marchamos.
—Marquesa viuda… —empezó a hablar Andrew, pero ella lo detuvo.
—Ni una palabra más —lo miró con recelo—. Dígale a su hermano que le espero mañana a la hora del té en mi casa, como seguro había previsto. Tomó a su hermana del brazo y la obligó a salir de allí mientras protestaba. Llegó a la entrada y avisó a un sirviente para que buscara a su madre. Mientras se ponía la capa y los guantes, seguía lidiando con las protestas de Pati hasta que Terrunce apareció a su lado.
Continuará...
Buenas Noches queridos lectores, he demorado un poco y lo siento. He estado ocupada y seguiré entandolo, Pero que creen. Primero les deje este capítulo largó en recompenza por mi tardanza. Y la noticía importante por dar; es que ya casi terminamos esta ficticia. Talvez uno o dos Capítulos más los cuales prometó no tardar mucho, Vale. Saludos. Y como siempre. miles de gracias por su tiempo y comentar, JillValentine.
