CAPÍTULO 22

Cómo Neil la había despistado haciéndola creer que tenía interés en Pati para que su hermano pudiese llevársela, el casual encuentro con el duque de Sussex y que este hubiese visto, de manera fortuita, hacia dónde había ido su hermana. El hecho de que tanto el marqués como el duque se empeñasen en encontrarla… Todo, absolutamente todo había sido una trampa.

—Pati —llamó su atención al tiempo que se levantaba—, ven conmigo. Nos marchamos.

—Marquesa viuda… —empezó a hablar Andrew, pero ella lo detuvo.

—Ni una palabra más —lo miró con recelo—. Dígale a su hermano que le espero mañana a la hora del té en mi casa, como seguro había previsto. Tomó a su hermana del brazo y la obligó a salir de allí mientras protestaba. Llegó a la entrada y avisó a un sirviente para que buscara a su madre. Mientras se ponía la capa y los guantes, seguía lidiando con las protestas de Pati hasta que Terrunce apareció a su lado.

—¿ Dónde estabas? —Terrunce la tomó por el codo y la apartó lejos de oídos indiscretos.

—Ahora no, Terrunce. No es buen momento.

—¿ Qué sucede? —Vio la palidez de su rostro y se percató de su nerviosismo.

—Vuelve a la fiesta. No puedo hablar.

—Esta noche cuando vaya…

—¡ No! —lo interrumpió—. Será mejor que lo dejemos para mañana. No me siento bien.

—Cuidaré de ti. —Terrunce acarició con suavidad su mano enguantada. Candice suspiró, agotada. Alargó la mano y la posó sobre su pecho. Le hubiese encantado que la abrazara, que la llevase a casa y poder desahogarse con él. Pero si le contaba lo sucedido a Terrunce, no dudaría en ir en búsqueda del marqués. Aquello tenía que resolverse con la máxima discreción posible.

—Te echaré de menos. Pero hoy necesito descansar. Por favor, Terry.

Terrunce dudó, pero la vio realmente agotada. Aquella sería la primera noche en meses que no acudiría a su cama.

—Mañana —Terrunce prometió y Candice asintió.

En aquel momento llegó Emilia, disgustada por las prisas, y tuvo que lidiar con sus protestas.

Bajo la atenta mirada de Terrunce, abandonaron la mansión de los Wellington.

El marqués Neil Legan llegó a casa de Candice a la hora del té. No obstante, en lugar de hacerlo pasar al salón, el mayordomo lo guio hasta la biblioteca. Ella lo esperó sentada en el sillón que había detrás del escritorio, por lo que Neil corroboró lo que ya sabía, que no sería una visita de índole social, sino de negocios.

—Lady Andry. —Neil realizó una reverencia y le tomó la mano para depositar un beso. Tras aquel roce, ella se apresuró a retirarla.

—Tome asiento, por favor. —En cuanto el marqués lo hizo, Candice no se anduvo con rodeos—. ¿Qué quiere a cambio de su silencio? Neil se retrepó en la silla y sonrió con malicia. Él tampoco tenía intención de demorar más sus intereses. Cada día que pasaba corría en su contra, ya había esperado lo suficiente y necesitaba reclamar lo que era suyo.

—Quiero los negocios de mi tío. Candice se sorprendió, pero no lo demostró. Había esperado que le pidiese una suma ingente de dinero, pero desde luego no que ella renunciase a la parte de la herencia de Albert.

—Eso es algo del todo imposible. Dígame un precio —respondió resuelta.

—No quiero una cantidad de dinero que tenga caducidad. Quiero una fuente de ingresos constante y eso solo me puede proporcionar ser dueño de los negocios de mi tío.

—Entonces mucho me temo que poco tenemos que tratar. Arreglaremos el matrimonio entre nuestros hermanos y yo le daré una cantidad de dinero para que pueda invertirla y sacar beneficios donde considere. Neil borró la sonrisa de su rostro y acortó las distancias con ella apoyando las manos en la mesa.

—Hablemos claro, Candice —dijo cortante a la vez que la tuteaba—. Existe un pequeño inconveniente, y es que mi hermano no se casará con su hermana. La reputación de la joven Pati está comprometida. No solo yo fui testigo, el duque de Sussex también. Andrew no aceptará casarse con ella hasta que tú, querida, lo hayas hecho conmigo. Algo que me concederá todo el control sobre los negocios.

—Jamás consentiré en convertirme en tu esposa —exclamó furiosa.

—¡ Oh, querida! No seas dramática. —Neil le dedicó una sonrisa de condescendencia que todavía la enervó más—. Seré un marido muy benevolente. Podrás seguir manteniendo a GrandChester como tu amante, no me opondré mientras lo hagas con discreción. No te exigiré nada, ni siquiera yacer conmigo, a menos que lo desees, por supuesto; en cuyo caso no tendré ningún inconveniente en cubrir tus necesidades en la cama.

—Pati encontrará a otro hombre que se despose con ella. Si intentas difundir lo sucedido, mi padre se ocupará de…

—¡ Ah, sí! Tu padre —la interrumpió—. Ese hombre al que casi toda la aristocracia odia. El usurero que les está presionando para que paguen sus deudas porque el terrible incendio ha menoscabado gran parte de su dinero. Un terrible accidente el incendio, por cierto. Un hecho fortuito que podría volver a suceder…

—¿ Es eso una amenaza? —Candice palideció.

—Una advertencia me gusta más.

—Fuiste tú —lo acusó, incapaz de comprender cómo podía llegar alguien hasta tal extremo. Neil tuvo la desfachatez de parecer contrariado.

—¿ Yo? No, querida. Fue GrandChester. —Aquella afirmación la golpeó en el pecho tan fuerte que sintió como si su corazón fuera a detenerse.

—Terrunce no haría algo así —murmuró.

—¿ Por qué no? Odia a tu padre y lo golpeó donde más le dolía. Como hizo White con él. Primero hizo pública la relación con su amante y así se aseguró de que en el ámbito social quedara tocado, y luego incendió la fábrica para intentar hundirlo económicamente. Tengo testigos que lo vieron en la fábrica aquella noche y que lo asegurarán ante las autoridades si yo se lo pido. Sería fácil convencer a todo el mundo de que lo hizo.

Candice se levantó. Las rodillas le temblaban, pero necesitaba ganar distancia con aquel hombre. La estaba acorralando por todos los frentes que sabía que a ella le importaban. Por un lado estaba su hermana y el hecho de que si Andrew Legan no consentía casarse con ella, estaría arruinada para siempre. Por otro su padre, un nuevo golpe a sus negocios lo harían hundirse y sabía que era cierto que la mayoría de los nobles disfrutarían con su declive. Y por último Terry. Ella sabía que aquella noche había estado en la fábrica, tenía guardada la nota en la que le decía que acudiría para cerciorarse de que todo estaba bien. Por lo tanto, era muy posible que Terrunce sí tuviese testigos.

—Pero no fue él —lo defendió más para sí que para el marqués.

—No obstante, tiene motivos más que suficientes para que un juez se convenza de que sí. —Neil chasqueó la lengua—. Pero nada de todas esas desgracias tienen que suceder. Pati se puede casar con mi hermano, tu padre puede reconstruir la fábrica y GrandChester puede seguir besando el suelo que pisas.

—A cambio de casarme contigo —susurró.

—¿ Ves? Una nimiedad. Ya te casaste con mi tío por interés, puedes hacerlo de nuevo.

Podría plantearse renunciar a la herencia. El marqués saldría ganando y no tendría que seguir amenazándola, pero si lo hacía, si se lo entregaba todo, ¿quién ayudaría a su padre? Ahora la necesitaba, le urgía disponer de su dinero más que nunca. Una liquidez que Candice debía asegurarse de disponer, aunque fuese casada con aquella rata inmunda.

—En el hipotético caso de que aceptara —empezó Candice a hablar—, firmaríamos un documento mediante el cual yo podría disponer del dinero de igual modo.

—En cuanto aceptes —la rectificó el marqués consciente de que no tenía otra salida—. Firmaremos una asignación mensual para que vivas según tu condición de marquesa. Desde luego, habría que reponer tu armario de esos tristes

vestidos negros y tendremos que asistir a fiestas de sociedad.

—Yo elegiré la asignación. Neil se encogió de hombros.

—Si eso te hace sentir que mejor…

—Necesito tiempo para pensarlo.

—Lo comprendo, pero tampoco mucho. Mañana volveré a esta hora para escuchar tu respuesta.

—También quiero hablar con tu hermano.

—Andrew te dirá lo mismo que yo.

—Quiero conocer al hombre del que mi hermana está enamorada. Asegurarme de que la tratará bien.

—¡ Ah! Andrew es un blando. No tienes que temer por Pati, siempre y cuando ella guarde el secreto de su vergüenza. Encárgate de que se mantenga en silencio porque si no, las cosas podrían complicarse y no queremos que eso suceda, ¿verdad?

—No —susurró.

—Dicho esto, que Andrew me acompañe mañana. Querida, será un placer casarme contigo.

—Se inclinó y caminó hacia la puerta de la biblioteca—. Por cierto, una última advertencia: si me entero de que pones al corriente a William o GrandChester sobre lo que aquí se ha tratado, me veré en la obligación de tomar medidas mucho más drásticas. Piensa que ya no tendré nada que perder y que no soy hombre de hundirme solo en la miseria. Despídete de tu amante esta noche, al menos hasta que estemos casados. Buenas tardes, querida —repitió con ironía. En cuanto el marqués salió del despacho, Candice se derrumbó sobre el sillón. Tenía que poner en orden sus pensamientos, volvería a hablar con Pati, quizá hubiese otra salida. Una que

Llegó a Chester Square casi a la hora de la cena y sin avisar. Pensó en hablar primero con Pati, pero en el último momento entró a la biblioteca a ver su padre. William tenía la mirada perdida en el fuego que crepitaba en la chimenea hasta que ella se acercó y le tocó el hombro.

—Padre.

—Hoy me han dicho que las obras de la fábrica se retrasarán. Debo invertir más dinero porque nos han robado parte de los materiales. Candice cerró los ojos con fuerza y se arrodilló a los pies de su padre. Apoyó la cabeza en sus piernas y las lágrimas silenciosas comenzaron a rodar por sus mejillas. Pese a la conversación de aquella tarde, Neil seguía presionando.

—Algún día averiguaré quién de todos esos aristócratas hipócritas es el que está detrás de todo esto y se lo haré pagar —siguió William.

—No se preocupe por eso, lo repondremos y contrataremos a más hombres para que se encarguen de la seguridad. William guardó silencio, absorto de nuevo.

—¿ Qué sabes de ella? —susurró. Candice sintió pena de su padre. En cada encuentro repetía la misma pregunta.

—Está bien. Le gusta América y se está acostumbrando a su nueva vida.

—¿ Pregunta por mí? Tras unos momentos de pensar si ser sincera o no, decidió otorgarle un respiro y fallar a la promesa que le había hecho a Eva.

—Sí.

—¿ Le dirás que me intereso por ella? Dile que no pasa ni una maldita hora que no la extrañe.

El nudo que Candice traía en su garganta se apretó aún más. Solo pudo asentir antes de levantarse, besarlo en la frente y subir a buscar a su hermana.

Encontró a Pati en su habitación, todavía llevaba la bata, por lo que intuía que no había salido de allí en todo el día.

En cuanto entró, se echó a sus brazos.

—Tengo miedo, Candy. Temo bajar al salón y que los sirvientes cuchicheen a mis espaldas porque se ha difundido el rumor. Temo que mi nombre aparezca en el periódico y disgustar a padre de nuevo… Si nuestra madre se entera…

—No tienes de qué preocuparte. Nadie sabe nada y así debe seguir siendo. Prométeme que no le dirás a padre lo que sucedió en la fiesta de los Wellington. Necesito tu palabra, Pati —la presionó.

—Si estoy así es justo porque temo que se entere y su estado se altere más.

—Exacto —aprovechó Candice para convencerla—. Si no queremos que padre termine enfermando, guardaremos silencio.

—Está bien —accedió—. Tampoco he recibido noticias de Andrew. Debería haberse preocupado por mí, ¿no crees? Aunque quizá no lo ha hecho para protegerme.

—Pati, ¿desde cuándo conoces a Andrew Legan?

—Hace algunos meses que me lo encontré por casualidad. Desde entonces, se ha interesado por mí. Hemos coincidido en casa de amigos comunes, por el parque… Es un hombre maravilloso, Candice. Y me quiere. Nos vamos a casar, estoy segura. Pero no quería que fuese en estos términos. Me dijo que vendría a pedir mi mano y que en verano nos casaríamos.

—Le quieres —confirmó.

—Cómo no hacerlo. Es maravilloso conmigo.

—¿ Estás convencida de que él siente lo mismo? Su hermana la miró ofendida.

—Por supuesto. Me dijo que lucharía por mí, costara lo que costase. Aquello llamó la atención de Candice.

—¿ Contra quién tendría que luchar por ti? Pato se encogió de hombros.

—Pensé que se refería a que si padre se oponía a nuestro enlace, lo convencería. Ten en cuenta que el marqués es su hermano, él no tiene título como tal.

—Pati, por favor. Sé sincera, ¿no crees que puede ser un capricho pasajero?

—No tengo la menor duda de que lo amo, Candy —respondió con vehemencia—. Durante estos meses muchos caballeros han querido regalarme sus favores, pero jamás he dudado de mis sentimientos por Andrew. Si no me caso con él, no podré hacerlo con nadie, y no porque me haya comprometido, es que preferiría la soledad a compartir mi vida con alguien que no fuese él. ¿Qué sucederá ahora, Candice? Desesperada, Pati prorrumpió en llanto.

—Ya verás como todo se arregla. Me encargaré de ello.

—Candice besó la frente de su hermana y la abrazó hasta que se calmó lo suficiente y pudo regresar a casa. Ansiaba encerrarse en su habitación y llorar, gritar y maldecir por aquella maldita encerrona que la obligaba a sacrificarse por los que más quería. Ordenó que le subiesen una sopa caliente y se retiró a su cuarto. Cuando entró, ahogó un grito al ver a Terrunce apoyado sobre su tocador, con los pies cruzados, esperándola. Sintió ganas de llorar y correr hacia sus brazos, de enterrar la cabeza en su cuello y sentir las caricias de sus labios en su piel. Pero las ponzoñosas palabras de Neil se repetían en su mente como una letanía.

—¿ Qué está pasando, Candice? —Terrunce tampoco parecía estar de humor para andarse con rodeos.

—No sé a qué te refieres. —Candice avanzó hasta llenar un vaso de agua y bebérselo de a poco a poco.

—¿ Ah, no? Pues quizá debas empezar a explicarme qué pasó ayer en la fiesta. Por qué Neil no se alejó de ti en ningún momento y por qué te retiraste con tanta prisa.

—Solo eso quieres saber —dijo irónica.

—Para empezar —rebatió él.

—No tengo que darte explicaciones, Terrunce. En apenas cuatro pasos lo tuvo frente a ella. La tomó por la cintura y la pegó a su cuerpo.

—Ya lo creo que sí. Esto que compartimos no tendrá un nombre, pero yo te considero mía tanto como lo soy tuyo.

—Sí tiene un nombre. Somos amantes. Ni más ni menos.

—No frivolices nuestra relación. —Había un brillo de rabia y dolor en sus ojos azules que la traspasó.

—Mira, Terrunce —empezó a explicar como si él fuese un niño pequeño—, cuando empezamos esto, ambos sabíamos que no duraría para siempre. Lo hemos pasado bien, pero…

—¡¿ De qué demonios estás hablando?!

—Terrunce estalló.

Candice sabía que tenía que acabar con aquello. Tenía que conseguir que Terrunce se fuese aunque al marcharse volviera a llevarse su corazón hecho pedazos.

—De que se terminó —Candy dijo con la valentía que le otorgaba saber que le estaba salvando. Que hacía aquello por él. Que se sacrificaba para no saberlo preso y conformarse con verlo alguna vez por la calle—. No quiero seguir contigo. Intentó apartarse, pero Terrunce no se lo permitió.

—Mientes.

Candy, para ocultar su nerviosismo, soltó una carcajada.

—¿ Qué necesidad tengo de hacerlo?

—Eso es lo que voy a intentar averiguar.

—Sigues siendo el mismo ególatra, arrogante y pretencioso que puede rechazar a cuantas mujeres se le antoje, pero que no soporta que ninguna lo deje.

Terrunce la miró confuso, cada vez más enfadado y sí, aterrorizado ante la posibilidad de que aquello fuese el final. No podía perderla, no cuando sentía que ella empezaba a confiar en él, que creía en sus sentimientos, cuando veía el brillo emocionado de sus ojos o se entregaba a él con aquella devoción. Aquello no podía estar sucediendo.

—¿ De qué hablas, Candy? ¿He hecho algo que te haya disgustado? Podemos hablarlo, tratar cualquier cosa y solucionarla.

—No --Candy lo detuvo-'. Te estoy dejando, Terrunce. ¿Qué tal sienta eso?

--Lo había dicho. Había pronunciado las palabras que no quería oír. Con un nudo en la garganta se sinceró con ella.

—Como si me estuvieses matando —Terrunce respondió.

Candy vio la verdad de sus palabras en sus ojos, vio tanto dolor que temió romper a llorar en cualquier momento y arruinar toda aquella farsa.

—Pues ahora ya sabes lo que sentí yo —dijo con dureza. Procuró mantener la mirada altiva y le retó con la obstinación de su barbilla.

—¿ De eso se trata? ¿De vengarte de mí? Pues déjame decirte que has acertado de lleno en la diana. Nada me duele más que tu rechazo, nada podría desesperarme más que perderte y lidiar con el fracaso de tener que asumir que no he sido capaz de volver a enamorarte. Solo tienes que decirme que amas a otro para terminar de hundirme. La culpabilidad que advirtió en aquellos ojos verdes le dio la respuesta y a Candy la salida que necesitaba.

—Ahora cuento con los favores de otro hombre. No te necesito, ni en mi cama ni en los negocios. Toda relación contigo se termina ahora.

Terrunce se ahogaba. Jamás pensó que unas simples palabras podrían causar la muerte hasta que estas salieron de los labios de la mujer que amaba. Se dejó caer en el suelo, de rodillas, incapaz de mantenerse erguido. El dolor era tan profundo que le impedía respirar, tragar, vivir.

Candice ahogó un sollozo cuando lo vio caer a sus pies. Necesitaba que se fuera y al mismo tiempo que no la creyera y la obligara a confesar la verdad. ¿Pero, y luego qué? Luego solo podrían venir más desgracias. Aprovechó que no la miraba, que estaba perdido en su amargura, para asestarle el golpe final.

—Date por satisfecho. —Candy hizo una pausa para asumir el dolor que la envenenaba con la pronunciación de cada una de aquellas palabras—. Al menos yo no te he dejado delante de un salón repleto de gente. Agradécemelo. Le dio la espalda para dirigirse a la puerta, la abrió con rapidez y se agarró con fuerza a la madera para evitar desvanecerse.

—Vete, Terrunce. Sal de mi vida como debiste haber hecho hace años. Despacio, lo contempló intentar levantarse. Apoyó una mano en la cama para darse impulso y trastabilló.

Candice avanzó un paso en su dirección para ayudarlo, preocupada, pero al momento regresó a su posición de mujer frívola. Solo cuando él la miró a los ojos, con aquel dolor descarnado, se sintió desnuda y totalmente expuesta. Rezaba para que aquel sufrimiento cesara ya, porque cuando creía que podría volver a ser feliz de nuevo con él, lo perdía. Esta vez por elección propia.

—Siempre recibidas mis cartas, mis poemas y te regalaré pensamientos, aunque no los merezcas, porque no he sabido hacer otra cosa en toda mi vida —murmuró Terrunce antes levantar una mano y acariciar su pálida mejilla. Derrotado, salió de la habitación.

Candice cerró la puerta de la habitación despacio, apenas sin fuerzas, mientras tomaba cortas inspiraciones para intentar aliviar el dolor que tenía en el pecho. Aquello solo consiguió sofocarla más y que el llanto desgarrador se abriera paso en su garganta. Cayó de rodillas, como había hecho Terrunce, y se abrazó la cintura mientras se convulsionaba por los sollozos que no podía controlar.

Si alguna vez durante estos escasos meses que estuvieron juntos dudó de si realmente él la amaba, aquella noche obtuvo la confirmación de que sus sentimientos eran sinceros. Aquella desilusión no podía ser fingida, ni el dolor de sus ojos, ni la desesperación de sus gestos. No supo cuánto tiempo estuvo en el suelo, despachó al sirviente que le traía la cena y a su doncella, que acudía en algunas noches para ayudarla a desvestirse. Cuando empezó a notar el dolor en las rodillas, empezó a incorporarse, caminó hasta el tocador, se sentó y con manos temblorosas buscó la carta de Albert. Aquella que el abogado le dio el día del testamento. La leyó de nuevo deseando que él estuviese allí, como el amigo que había sido, como el mentor que la enseñó a desenvolverse en un mundo hipócrita, como el hombre en el que confiaba para pedirle consejo.

Siempre he querido que fueras feliz. Y siempre he pensado que amamos de verdad una vez en la vida. Busca a esa persona. Busca ese amor y no dejes que nadie decida por ti.

No dejes que nadie decida por ti.

Aquellas palabras comenzaron a repetirse en su mente, una y otra vez. Dobló con cuidado la carta y la dejó en su sitio.

Había dejado de llorar, ahora solo alguna lágrima rebelde humedecía su mejilla para recordarle cuánto le dolía lo sucedido, pero otros pensamientos empezaron a silenciar ese dolor. Solo quedaba ir hacia delante y decidir por ella misma.

Terrunce llegó al club por inercia. No había guiado sus pasos hacia allí, de hecho, no recordaba bien cómo había logrado llegar porque desde que salió de la habitación de Candice fue incapaz de pensar en otra cosa que no fuesen sus palabras. No respondió al saludo de nadie, no contestó al encargado, simplemente llegó al despacho y cayó desmadejado en el sillón. Se había acabado. Candice lo había echado de su vida cuando ya ni recordaba quién era él antes de conocerla. Lo peor de todo es que se seguía sintiendo culpable, ahora más que nunca, por su error de juventud. Porque si no la hubiese rechazado, haría años que sería suya. Recordó la carta de Albert, aquella que el abogado le entregó y que guardaba a buen recaudo en su casa. Tenía razón en todo. El Terrunce de hacía años no estaba preparado para ella, para amarla como se merecía y para entregarse en cuerpo y alma a ella. Sin embargo, Albert creía en él y estaba convencido de que algún día repararía su error.

—Lo lamento, Albert, pero te equivocabas. —Tomó de la licorera que tenía al lado la botella de bourbon y ni siquiera se planteó usar el vaso. Bebió como hacía años que no lo hacía hasta que perdió el conocimiento.

Al igual que el día anterior, Candice recibió al marqués y a su hermano en la biblioteca. El porte autosuficiente de Neil denotaba que sabía perfectamente que ella accedería a aquel matrimonio porque no le había dado más opción. Sin embargo, Andrew no parecía tan satisfecho de sí mismo como su hermano. Estaba serio y a Candice le dio la sensación de que quizá algo avergonzado.

—Me gustaría hablar a solas con su hermano, marqués. Neil levantó las cejas con sarcasmo. —Querida, no tiene sentido que disimules delante de mi hermano. Ya sabe que estamos prometidos. —Hizo una pausa y esperó a que ella asintiera para confirmarle que aceptaba su proposición. La sonrisa de Neil le provocó arcadas—. Respecto a tu petición de quedarte a solas con Andrew, me temo que eso no será posible.

—¿ De qué tienes miedo, querido? —replicó con retintín aquel apelativo que la ponía de los nervios.

—Digamos que se trata de precaución. —Tomó asiento a la espera de que Candice comenzara a hablar. Andrew permaneció de pie, con la mirada fija en ella.

—¿ Cómo está su hermana? —preguntó cuando Candice iba a empezar a hablar.

—¿ Acaso le importa o es simple curiosidad? —lo atacó. No le pasó desapercibida la mirada de soslayo que Andrew le dedicó a su hermano.

—Puede pensar lo que desee, marquesa viuda —terminó por contestar de forma tirante.

—Para su información, le diré que está afectada, como es normal. Candice no perdía detalle de las reacciones de aquel joven. Sus palabras le hicieron pestañear con rapidez y desviar la mirada de sus ojos por unos segundos.

—¿ Quiere de verdad casarse con ella? —insistió Candy.

—Sí —respondió con rapidez, quizá demasiada, porque su hermano intervino de inmediato.

—Sí, siempre y cuando nosotros nos desposemos primero. Luego se anunciará la pedida de mano de Andrew a la adorable señorita Pati y todo Londres comentará la encantadora coincidencia del matrimonio entre dos hermanos con dos hermanas. —Andrew —dijo con tiento al tiempo que dejaba de lado su trato de cortesía—, me casaré con tu hermano de igual modo aunque no desees a mi hermana por esposa. Prefiero causarle daño ahora, con tu rechazo, antes que abocarla a un matrimonio que la haga sufrir. Me sacrificaré para que no se sepa su deshonra, tanto si decides seguir adelante como si no. Pero si es que sí, por favor, que sea para hacerla feliz.

—¡ Oh, Candice! Qué palabra tan fea para referirte a nuestro feliz enlace: sacrificio. —intervino Neil.

—Me casaré con su hermana —se apresuró a aclarar Andrew.

—Lo que intento que me digas es si en verdad lo deseas.

—¡ Oh, por Dios, Andrew! Prométele de una vez que tratarás bien a la joven y que no tiene nada de lo que preocuparse. Candy empezó a desesperarse porque cada vez que creía haber llegado al punto en el que el muchacho podría sincerarse, el marqués intervenía.

—Le prometo que la haré feliz —dijo al fin.

—¿ Ves? —Neil dio una palmada y se levantó del sillón—. Todos tranquilos. Andrew, regresa a casa, mi prometida y yo tenemos que hacer una visita.

—No deseo salir —objetó molesta.

—Pero lo harás. Ahora, querida, sube a arreglarte. Debemos ir a casa de tu padre a informarle de nuestro próximo matrimonio.

—No es necesaria tanta prisa —saltó alarmada. —Yo diría que sí. Pronto saldrá en los periódicos el anuncio y no queremos que el señor White se entere por la prensa antes de que nosotros le informemos. La familia siempre lo primero.

Decir que el inminente enlace de Candice con el nuevo marqués causó conmoción en casa de los White sería quedarse corto. Emilia por primera vez en su vida se quedó muda, Pati no hizo más que repetir que no lo entendía y William se limitó a mirarlo con suspicacia. No hubo ninguna felicitación, solo cuando Emilia consiguió hablar, lo hizo para empezar a planear una boda por todo lo alto.

—Candice, ven conmigo. —William se levantó y esperó a que ella pasara delante. Neil hizo mención de seguirlos, pero William no tuvo inconveniente en negarse.

—Marqués Legan, deseo hablar a solas con mi hija. Puede aguardar aquí. No tardaremos. Tampoco le gustó a William el gesto de desagrado del marqués ni la mirada intimidatoria que le dedicó a Candice. Caminaron en silencio hasta la biblioteca y una vez la puerta se cerró a sus espaldas, no se anduvo con rodeos.

—¿ Qué está pasando aquí?

Candy había temido ese momento desde que llegaron. Sabía que su padre era demasiado avispado y que la atosigaría a preguntas.

—El marqués me propuso matrimonio y yo acepté —dijo simplemente.

—¿ Por qué aceptaste?

—Deseo tener hijos. Ya lo deseaba casada con Albert, pero él jamás quiso.

—Lo puedo entender, pero te lo preguntaré de otro modo: ¿Por qué con Neil Legan?

—Es un hombre con poder y con mi matrimonio podría recuperar la herencia de Albert.

—Y él disponer de tu dinero.

—Pensé que me apoyaría en mi decisión, padre —se puso a la defensiva—. Solo le pido comprensión y que me facilite las cosas, nada más.

—Yo estaré siempre a tu lado, Candice. —Se acercó hasta ella, tomó su rostro entre sus manos y la miró fijamente a los ojos. Aquel gesto la hizo temblar porque sabía que su padre podría llegar a ver la verdad en su mirada. Después de unos segundos que le parecieron eternos, William suspiró y la abrazó con fuerza.

Al día siguiente, la nota de prensa escrita por la propia Candice apareció en todos los periódicos de sociedad. Anunciaba que dentro de unas semanas se realizaría la fiesta de su compromiso en la mansión del marqués Neil Legan.

Terrunce recibió la novedad en su casa, después de que Harald lo encontrase medio inconsciente en el club y lo llevase de regreso. Tenía un dolor de cabeza infernal y el estómago revuelto, pero aquello no impidió que sufriera un estallido de ira y que arrasara con todo lo que había a su paso. No quedó jarrón, cristalería ni candelabro que no saliese disparado.

Se casaba. Lo había dejado porque iba a contraer matrimonio y ni más ni menos que con el odioso de Neil Legan. Si ayer estaba destrozado, hoy además estaba desesperado.

—Lord GrandChester —lo interrumpió con tiento el mayordomo.

—¡ Lárgate! —gritó todavía fuera de sí.

—Tiene visita.

—¿ Te parece que me apetece ver a alguien? ¡Qué se vaya todo el mundo al infierno!

—Vaya, Terrunce, verle en este estado no tiene precio. Aquella voz lo hizo girarse hacia la puerta. William White lo contempló con una mueca de disgusto.

—Si ha venido a regodearse, ya ha visto suficiente.

Sin embargo, William entró y el mayordomo cerró la puerta para dejarlos solos.

—Me ha costado mucho decidirme a venir, así que no me tientes porque las ganas de golpearte cada vez que te veo no han menguado con los años. ¿Estás así por mi hija, GrandChester? Una carcajada hueca salió de la garganta de Terry.

—Quieres hundir más el dedo en la llaga —lo tuteó como él estaba haciendo—. No te conformas con verme así. ¿Por qué no sonríes? Deberías estar contento. Candice… —Terrunce pretó una mano contra su pecho por el dolor que le causaba pronunciar su nombre—. Tu hija ha cumplido con creces con su venganza. William vio el periódico hecho añicos junto con los cristales de la licorera.

—Estabais juntos —confirmó.

—No desvelaré sus intimidades ni las mías.

—Una cosa es que me haga el ciego y otra es que no pueda ver. Sé que has visitado a mi hija todas las noches como también sé que ella no se ha visto con nadie más. A ti te puse vigilancia desde el principio, a ella a raíz de los problemas con la fábrica. Terrunce negó con la cabeza. Cómo no. White no podría actuar de otra manera. Una sonrisa triste afeaba su rostro.

—Pues es evidente que algo se te pasó por alto, viejo zorro. Porque ella está con el indeseable de Neil Legan y se va a casar con él.

—Tú conoces a mi hija, Terrunce. O al menos has tenido tiempo para ello. ¿Crees que Candice quiere hacerlo?

—¿ Por qué lo aceptaría si no? —dijo derrotado.

—Eso es lo que quiero que me ayudes a averiguar.

Terrunce levantó la cabeza de golpe y su mente empezó a despejarse.

—¿ Crees que la está obligando de algún modo? —preguntó esperanzado y asqueado a partes iguales.

—No me cabe la menor duda. Pero necesito saber con qué la presiona.

—Espérame. Subiré a cambiarme y hablaremos en mi despacho. Aquello le hacía ver las cosas desde otra perspectiva y la esperanza comenzó a florecer en su pecho de nuevo. No tardó más de quince minutos en asearse y estar de regreso.

—Al menos ahora tengo la sensación de hablar con un hombre, no con un desecho humano —puntualizó William cuando lo vio entrar.

—Sin embargo, yo no puedo decir lo mismo. Estás fatal, White. Más viejo y más delgado.

—Ahora que ya hemos expresado nuestro aprecio mutuo, vayamos al grano. Necesitamos conocer dónde está el punto de inflexión. ¿Apreciaste algún cambio en Candice estos días?

—No hasta que me dejó. —Terrunce miró hacia la ventana y rememoró los acontecimientos de los últimos días hasta que dio con el momento exacto—. La fiesta de los Wellington. Aquella revelación le hizo ver lo que sucedió aquella noche con otros ojos.

—Cuéntamelo todo —exigió William. Terrunce comenzó a pasear de pared a pared para ordenar sus pensamientos.

—Desde que Neil se acercó a ella en la fiesta, no la dejó a solas ni un momento. De hecho, desaparecieron del salón. Candice parecía estar buscando a alguien. Pensé que sería a mí, pero no llegué a tiempo a retenerla. Se marchó con Neil y tardé en encontrarlos. Cuando lo hice, recuerdo que estaba nerviosa, esquivaba mi mirada y no quiso que la visitase aquella noche.

—Esta última información no era necesaria —William protestó, incómodo. Terrunce lo miró, pero no cesó su particular paseo.

—Pati estaba con ella cuando la encontré, pero no al salir del salón. Puede que no fuese a mí a quien quería encontrar, es posible que fuese a su hermana.

—Emilia no ha hecho ninguna referencia a que Pati se perdiese —lo interrumpió—. De hecho, solo habló de frivolidades a las que no le presté la menor atención. Si hubiese hecho alguna alusión a mis hijas, mis señales de alarma se habrían disparado.

—Debemos hablar con Pati. Puede que ella nos dé alguna pista —dijo con resolución. Se encaminó hacia la puerta del despacho dispuesto a salir con White hacia su casa.

—Déjame a mi hija a mí, GrandChester—lo detuvo. Terrunce se paró y lo fulminó con la mirada.

—Ahora no puedes dejarme al margen, White. Si Candice corre peligro o si ese malnacido le ha hecho algo… —La garganta se le cerró ante la idea de que la hubiese forzado.

—No lo haré. Tienes mi palabra de que te mantendré al tanto. William se marchó y dejó a Terrunce en un estado de inquietud que no le permitía estarse quieto. Después de meditarlo mucho, se puso el abrigo y los guantes, se caló el sombrero y se marchó.

Continuará...

Buenos dias queridos lectores. Mi intención era terminar la historia hoy, pero me temó que sera en el próximo Capítulo. Esperó no demorar.

Saludos. JillValentine.