Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.

Diciembre de 2013

Cinco años después...

La invitación de boda descansaba sobre la repisa de la chimenea, prácticamente oculta bajo un montón de facturas y propaganda de comida rápida. Supongo que deseaba enterrarla. Quizá pensaba que si no la veía podría aducir que lo había olvidado y que se me había pasado la fecha. Como si eso pudiera ocurrir... Por supuesto, había confirmado mi asistencia mediante una tarjeta cuando recibí la invitación unos meses antes, pero aquello había sido fácil, cuando la idea de regresar a Great Bishopsford parecía tan distante que no hacía falta pensar en ello. Pero ahora, cuando solo faltaban dos días y me encontraba en mi diminuto apartamento ante una maleta de mano abierta, no entendía por qué en un momento dado pude pensar que algún día sería lo bastante fuerte para hacerlo. Para volver.

Dejé de lado mi equipaje y rescaté de la repisa la tarjetita labrada.

«El señor y la señora Britther tienen el placer de invitarle al enlace de su hija:

Annie Britther con Archival Cornwall»

Acaricié con el dedo aquellos nombres en relieve y supe, como siempre había sabido, que tenía la obligación de asistir, que no podía inventarme una excusa poco creíble y no estar presente en la boda de mi mejor amiga solo porque tendría lugar en mi pueblo natal. ¿Y acaso era el pueblo lo que temía, o más bien los recuerdos que sabía que me aguardaban allí? Unos recuerdos que había aprendido a enterrar en lo más profundo de mi ser y a los que no permitía que afloraran jamás.

Con la gruesa invitación de color crema aferrada aún en mis manos, levanté la cabeza para contemplar mi reflejo en el espejo de encima de la repisa. Vi la verdad grabada en mis ojos: regresar al pueblo solo era parte del problema. Mi mayor miedo era no saber cómo respondería al ver de nuevo a todo el mundo reunido al mismo tiempo y en el mismo sitio por primera vez en años. Bueno, a casi todo el mundo. Mi rostro adquirió una expresión sombría y no me sorprendió, pues sabía que no sería el reencuentro con los vivos lo que sería tan difícil de afrontar.

Hice la maleta mecánicamente, sin prestar atención alguna a lo que me llevaba. El viaje duraría solo tres días y después podría estar de vuelta en mi apartamento y perderme una vez más en el anonimato de una gran ciudad. Estoy segura de que a mucha gente puede resultarle extraño, pero había acabado disfrutando del hecho de vivir en un sitio donde no todo el mundo te conoce. Las únicas cosas que sí me preocupé de guardar fueron mi vestido para la despedida de soltera y el de terciopelo color borgoña que había comprado para lucir en la boda. Por suerte, Annie había acabado rindiéndose y había aceptado mi negativa a ser su dama de honor.

—Pero ¡tienes que ser tú! —me había rogado.

Por un instante, me recordó a la Annie del instituto que me imploraba que tomara parte en una de las chifladuras o travesuras que solía tramar. Solo que esta vez me mantuve firme en mi respuesta. Me había sentido mal al hacerlo, claro está. Pero sabía lo que iba a pedirme incluso antes de que sus labios pronunciaran las palabras.

No era habitual que viniera a verme a Londres, aunque hablábamos por teléfono cada pocas semanas. Su empleo en el norte del país la mantenía ocupada y, por supuesto, Archie, su novio —su prometido, me corregí mentalmente—, también vivía allí y ocupaba, obviamente, la mayor parte de su tiempo libre. Había sospechado lo que se avecinaba cuando Annie se había auto invitado a pasar el fin de semana en mi casa. Decir que no había sido más fácil de lo que creía tras haber dispuesto del tiempo suficiente para ensayarlo.

—Candy, por favor, piénsalo un poco más —me había implorado en un tono tan triste que me hizo incluso vacilar —. Quiero que tú seas mi dama de honor; por favor, dime que aceptas.

Hice un gesto negativo con la cabeza, sin atreverme a hablar por si ella detectaba un atisbo de duda en mi determinación, y entonces me preguntó, sin darse cuenta, lo único que me permitía justificarme:

—Pero ¿por qué no quieres hacerlo? Y en ese momento elegí la opción cobarde y le respondí apartándome de la cara la enorme crencha de pelo para dejar al descubierto la cicatriz plateada en forma de rayo que me bajaba desde la frente hasta la mejilla. Ella se mordió los labios y suspiró, y supe que admitía su derrota.

—Ya, así que la niña va a jugar otra vez la clásica carta de la cara desfigurada, ¿no?

Aquello me arrancó una sonrisa. El resto de las personas que conocía hablaban del tema con cautela, pero Annie era la única que tenía el valor de no maquillar las palabras y decir la verdad sin tapujos.

—Bueno, si funciona para que pueda quedarme sentada en un banco y no tener que llevar un modelito rosa junto al altar, sí.

Me miró un segundo con expresión terca y creí que se preparaba para intentarlo de nuevo, pero luego pareció replanteárselo y lo dejó correr.

—No te habría obligado a ir de rosa, que lo sepas —murmuró, derrotada.

Entonces la abracé; sabía que la había decepcionado muchísimo, y sin embargo había aceptado mi decisión, y por eso la quería aún más.

Antes de cerrar la maleta, cogí de la mesita de noche el botecito marrón de pastillas para ponerlo en mi neceser. Fruncí el ceño al notar lo poco que pesaba el bote y lo levanté para intentar ver su contenido con la débil luz que se filtraba por la ventana aquel nublado día de diciembre. Había menos pastillas de las que pensaba, apenas las suficientes para pasar los días siguientes. No podía ser. Comprobé la fecha en la etiqueta de la receta. Tenían diez días. Los dolores de cabeza habían ido empeorando, pero no me había dado cuenta de que hubiera consumido tantos analgésicos.

Un temblor frío me recorrió la columna; aquello no era bueno. Y aunque mentía a mi padre cuando me preguntaba cómo estaba, e incluso había intentado engañar —estúpidamente— a los médicos acerca de las jaquecas, sabía que pronto tendría que afrontar la verdad. Esa era la señal de aviso a la que debíamos estar atentos, según nos habían dicho años atrás. Ese era el motivo por el que todas las llamadas de mi padre en los tres años que hacía que no vivíamos juntos empezaban así:

«¿Cómo estás? ¿No te duele la cabeza ni nada?».

Durante los primeros dos años y medio me había alegrado poder afirmar que me encontraba bien, pero durante los últimos seis meses había estado mintiendo respecto a mi estado. Al final pedí cita con el especialista al que no había tenido que acudir desde que empecé a recuperarme del accidente. Pareció preocupado cuando le conté que tenía a menudo migrañas, lo que hizo que yo también me inquietara, ya que le había restado importancia a su gravedad. Además de las pastillas que me recetó, me urgió a que pidiera cita en el hospital para que me hicieran más pruebas. Acepté tomar la medicación, pero no seguí su consejo de someterme a un reconocimiento médico y lo pospuse aunque sabía que era ya inevitable.

Se lo había ocultado a mi padre; ya tenía bastantes preocupaciones con sus propios problemas de salud. Necesitaba tiempo para intentar recuperarse, y yo deseaba evitar que sufriera por mí. Ya había tenido más que suficiente. Por muy desalentadoras que fueran las noticias que le daban los oncólogos, siempre terminaba sus llamadas diciendo:

«Pero al menos tú ya estás bien, gracias a Dios». No tenía el coraje para arrebatarle eso.

A veces me preguntaba cuántos espejos habíamos roto o cuántos gitanos nos habían echado un mal de ojo para explicar la desafortunada historia de mi familia. Primero mamá, luego el accidente, después la enfermedad de papá y ahora las jaquecas. ¿Podía ser que hubiera por ahí una familia bendecida con veintitantos años de buena salud y buena suerte? Porque parecía que nos hubiera tocado su parte de mala suerte, además de la nuestra. Y daba igual que papá dijera que no podía culparse a nadie de su enfermedad porque yo sabía que había empezado a fumar otra vez tras mi accidente. Había sido su manera de lidiar con el estrés. Y si no lo hubiera hecho, seguramente ahora no estaría enfermo.

Había demasiadas cosas espantosas vinculadas a aquella horrible noche. Un pinchazo de dolor cegador, peor que mis migrañas más intensas, evitó que mis pensamientos se aventuraran por aquella vía prohibida.

Tenía intención de partir pronto por la mañana y había consultado los horarios del primer tren que salía de Londres.

Había pedido dos días libres en el trabajo, porque, aunque no habíamos quedado hasta el jueves por la noche para la despedida de soltera de Annie, no quería llegar tarde. En realidad sabía que necesitaría tiempo para serenarme antes de aquella visita de tres días, y no tenía forma de saber lo duro que sería hasta que no estuviera allí.

Había rechazado la invitación de Annie a que me alojara en casa de sus padres. Si bien apreciaba mucho a su familia, siempre habían sido más entusiastas y eufóricos que la mía, y creí que no sería lo bastante fuerte para aguantar esa clase de locura en las vísperas de la boda. Parecieron entenderlo y no sonaron ofendidos cuando decliné su invitación y reservé una habitación en uno de los dos hoteles del pueblo. Imaginé que muchos invitados harían lo mismo, aunque, por supuesto, buena parte de ellos probablemente siguieran viviendo en la zona.

Mientras el tren abandonaba lentamente la estación y emprendía su trayecto de dos horas, me permití pensar en las personas que vería otra vez aquella noche: mis amigos del pasado. Los lazos que debían unirnos para siempre no resultaron ser tan resistentes como creía. Y no había sido el paso de los años lo que había cortado los hilos de nuestra amistad. No; se vieron sesgados por un joven conductor temerario que había perdido el control de un vehículo robado.

Annie había andado con pies de plomo al darme noticias sobre nuestro antiguo grupo de amigos. A través de sus padres y de rumores varios se enteró de que, después de la universidad, Tom había regresado a Great Bishopsford, vivía con su novia —a la que Annie no conocía aún— y era el director de una sucursal de un banco. Me costaba imaginarme al guitarrista y roquero Trev de mi época adolescente llevando una vida tan tranquila y respetable.

Al parecer, Stear seguía siendo un nómada. Se había tomado un año sabático al terminar la universidad, y luego un año más holgazaneando por el mundo. Su estilo de vida errante lo había llevado a trabajar como fotógrafo freelance y, aunque su familia aún vivía en la zona, Stear pasaba poco tiempo allí, tan solo entre encargo y encargo, y a menudo elegía aquellos trabajos que le permitían pasar varios meses seguidos en el extranjero. Annie afirmó que, cuando sus caminos se cruzaron, percibió en él una inquietud que parecía explicar su modus vivendi y su reticencia a asentarse en cualquier parte.

Y luego estaba Terry... y, por supuesto, Sussana, pues ahora sus vidas estaban unidas inextricablemente. Me daba cuenta de lo difícil que había sido para Annie contármelo, el cuidado con que había elegido sus palabras, explicándome lo que ella consideraba apropiado, sin saber cuánto daño podría estar infligiéndome. Hacía algo más de año y medio que me había anunciado que Sussana y mi ex novio Terry eran pareja. Cuando las palabras me llegaron a través de la línea telefónica, esperé una punzada de dolor, pero no sentí ninguna, solo sorpresa. Y no me sorprendió que dos personas increíblemente atractivas estuvieran juntas, sino que a Sussana le hubiera llevado tanto tiempo lograr su objetivo.

Aparté ese pensamiento de mi mente, igual que había hecho cuando Annie me había contado por primera vez lo de su relación. Si me permitía pensar en Terry, entonces abriría la puerta a nuestra triste historia y ruptura, y eso me llevaría a las razones por las que... y aquello me conduciría a lo que nunca me permitía pensar.

A medida que la aglomeración de viviendas y urbanizaciones dejaban pasó gradualmente a campos y espacios abiertos, sentía que una tensión palpable comenzaba a crecer en mi interior. Me la tragué con la ayuda de un sorbo del asqueroso café amargo que había adquirido en el vagón restaurante e intenté concentrarme en el motivo del viaje. Era el fin de semana de Annie, su gran día: no podía estropeárselo haciendo que se preocupara por cómo iba a tomarme la vuelta a casa.

Aquel pensamiento me impactó con fuerza:

«La vuelta a casa».

¿De verdad era mi casa? ¿Aún la consideraba así? No vivía allí desde hacía cinco años, así que técnicamente no, no lo era. Pero no había ningún otro sitio que mereciera esa denominación. La dirección actual de papá en North Devon, donde se había trasladado durante los largos y lentos meses de mi recuperación, era su hogar, no el mío, por mucho que yo hubiera vivido allí casi dos años. Supongo que mi pisito en Londres era mi casa; sin embargo, siempre me había parecido un sitio temporal y pasajero, elegido por lo cerca que quedaba del metro y no por algún tipo de apego emocional al edificio. Además, era complicado establecer un vínculo emocional profundo con una vivienda de alquiler situada encima de una lavandería ruinosa en uno de los barrios más insalubres de Londres. Debí haberme mudado cuando me dieron mi primer aumento, no tendría que haberlo pensado cuando me dieron el segundo, pero ya me resultaba cómodo por lo familiar y conocido del lugar, aunque careciera por completo de encanto. Cuando estaba de mejor humor describía mi piso como un lugar de anticuada elegancia, pero sin la elegancia. Eso lo resumía bastante bien.

El tren empezó a aminorar y me di cuenta de que el viaje de dos horas había transcurrido mucho más deprisa de lo que habría deseado. Cuando la voz andrógina de megafonía anunció que la siguiente estación era Great Bishopsford, me alarmó descubrir que no estaba preparada para afrontar mi regreso, al igual que en cualquier otro momento de los últimos cinco años. Mientras el tren se detenía a trompicones, yo me puse en pie e hice ademán de bajar mi maleta del portaequipajes.

—Permítame —me ofreció una voz desde atrás.

La habitación de hotel era impersonal y estaba limpia. Me llevó solo tres minutos deshacer mi equipaje. Eché un vistazo al despertador de la mesita de noche. Casi era hora de almorzar y pensé en bajar al bar del hotel a buscar un sándwich, pero en el último momento no me atreví y llamé al servicio de habitaciones. «Pasito a pasito —me dije para darme ánimos—.Tú ve pasito a pasito y todo saldrá bien.» Mi reflejo me contemplaba sin mucha convicción desde el espejo del tocador. Si ni siquiera podía convencerme a mí misma, ¿cómo se suponía que iba a aguantar las próximas setenta y dos horas?

Cuando terminé de comer llamé a Annie para avisarla de que había llegado. Percibí el alivio en su voz y me dolió comprobar que mi amiga temía que yo no asistiese. Eso aumentó mi determinación a ser fuerte, aunque solo fuera por ella.

—Ven ahora, no quiero esperar hasta esta noche para verte.

Su entusiasmo me hizo sonreír, aunque es verdad que Annie siempre lograba sacarme una sonrisa. Esperaba que Archie supiera lo afortunado que era de poder compartir su vida con una persona tan especial. —Quizá dentro de un ratito —le prometí—. Y me tienes a tu disposición mañana durante todo el día, así que tendremos tiempo de sobras para hablar antes de que te conviertas en toda una señora casada.

Ella refunfuñó por mi comentario y me contestó con una expresión muy poco apropiada para una dama.

—De hecho —proseguí—, creo que saldré a dar un paseo esta tarde. A ver si consigo hacer frente a todos esos recuerdos.

— ¿Quieres que te acompañe? Sonreí por su ofrecimiento. Seguro que tenía mil cosas que hacer, pero sabía que las dejaría todas en un santiamén si le decía que sí.

—No, tranquila —contesté—, creo que es mejor que haga esto yo sola; además, empieza a dolerme un poco la cabeza. —Levanté la mano para frotarme las sienes y me di cuenta de que esto último era cierto—. Un poco de aire fresco me irá bien.

—Bueno, pero no vayas demasiado lejos, que no quiero que llegues cansada a mi despedida esta noche.

— ¡Como si fueras a permitir que me la perdiera! ¿Te vas a disfrazar con la típica tiara?

—No —respondió ella al instante fingiendo indignación—. Ya te dije antes que no es la típica fiesta hortera de chicas. Se trata de una cena sofisticada para hombres y mujeres adultos, en la que celebraremos con todos mis viejos amigos el hecho de que no me convertiré en una vieja solterona. Por cierto, supongo que habrás llamado a un estríper, ¿no?

—Por supuesto —contesté yo, y seguía sonriendo cuando colgué el teléfono. En la calle el aire era mucho más frío de lo que esperaba, así que me alegré de llevar mi grueso abrigo de lana y mi bufanda de punto bien enrollada alrededor del cuello. Sin saber muy bien hacia dónde dirigirme, mis piernas marcaron su propio ritmo y me condujeron por calles tortuosas hasta llegar a mi antiguo hogar. Yo no hice nada para evitarlo. Esta era la primera parada que necesitaba hacer y, en principio, la más fácil. Allí no había un pasado oscuro; solo recuerdos felices de mi infancia.

Alguien había renovado la vieja cerca de estacas con piezas de hierro forjado, lo que le daba un aspecto mucho más elegante, y había pintado la puerta delantera de un verde chillón, pero aparte de eso todo seguía igual. Era reconfortante ver que la casa no había sufrido demasiados cambios, aunque me fijé en que el jardín estaba más cuidado; papá nunca había sido un gran jardinero. También había unas elegantes persianas de madera en lugar de las acogedoras cortinas que tanto nos gustaban a nosotros, pero básicamente seguía pareciendo nuestra casa.

Mientras permanecía en la acera dejé que me invadiera una oleada de recuerdos, un caleidoscopio de imágenes que abarcaban años, pero nada ensombreció mi mente. Hasta hacía cinco años este era el único hogar que había conocido, y aún representaba ese santuario seguro que no lograba encontrar en ninguna otra parte. Allí, en la acera, sentí que ese era el sitio donde debía estar, aunque sabía que en realidad no era así, y noté que la nostalgia me perforaba como un dardo. Me sorprendí al darme cuenta de que era la primera vez que estaba frente a la casa desde la noche del accidente.

La decisión de mudarnos y el proceso de traslado y venta se llevaron a cabo durante los largos e interminables meses que pasé ingresada. ¿Quién sabe si fue una decisión acertada o no? Mi pobre padre estaba tan desesperado que hizo todo lo que estuvo en sus manos para minimizar mi dolor. Medio enloquecido por la pena que sentía, me había aferrado a él desesperadamente desde mi cama de hospital y le había suplicado que nos fuéramos muy lejos, así que eso hicimos.

Súbitamente, mis recuerdos se volvieron amargos como el cianuro, así que le di la espalda a la casa y empecé a alejarme a paso rápido. Mis ojos se humedecieron furiosamente cuando el viento helado y cortante me azotó la cara.

Anduve a paso rápido y con la cabeza gacha para protegerme de las ráfagas de viento. Cuando llegué al final de la calle me detuve y dudé: estaba en una encrucijada. De no haber sido tan desgarradoramente triste, casi habría sido gracioso. Aunque los analgésicos habían reducido mi dolor de cabeza a una punzada persistente, podría ser una buena excusa para no hacer mi siguiente parada. Pero llevaba demasiado tiempo escudándome tras falsos pretextos.

A diferencia de mi antigua casa, la de Albert estaba exactamente igual, tal como la recordaba. Casi parecía que la hubieran preservado como un monumento a su persona. Mi mano golpeaba con fuerza la aldaba de la puerta cuando me recorrió un fugaz atisbo de esperanza. A lo mejor también se habían mudado... Annie nunca lo había mencionado, pero tampoco habíamos hablado ni una sola vez de su familia en todos estos años; algunas heridas eran demasiado profundas.

Si a Pauna le sorprendió que me presentara en su casa tras cinco años de ausencia, supo disimularlo. Tampoco mostró ninguna reacción ante mi cara grabada, en la que debía de haber reparado con todo aquel viento revolviéndome el pelo al igual que largos on. Esperé haber ocultado mi propia sorpresa igual de bien que ella cuando vi cuánto había envejecido en esos años. Aunque sonrió y me dio un abrazo de bienvenida, la tristeza estaba tan profundamente grabada en sus facciones que comprendí que ninguna emoción nueva sería jamás lo bastante fuerte para borrarla. El remordimiento me atravesó como un cuchillo. Era por mi culpa que estaba así. Era por mi culpa que había perdido a su hijo.

—Adelante, Candy —dijo en voz baja—. Ha pasado mucho tiempo.

No había sido una tarde fácil y, para cuando estuve de vuelta en el hotel, las tensiones y emociones del día habían hecho que mi jaqueca se volviera muy intensa. Lo primero que hice cuando entré en la habitación fue hurgar como una loca en mi neceser en busca del bote de pastillas. No hice caso de la dosis recomendada en la etiqueta e inmediatamente me tragué a palo seco dos cápsulas en vez de una. Mientras esperaba a que la medicación surtiera efecto, preparé un baño de agua caliente en la pequeña tina de azulejos blancos.

Cuando me sumergí en el agua perfumada, el dolor de cabeza era intenso. Media hora después, tras salir de la bañera con la piel rosa y semiarrugada, se había atenuado. Y cuando me di cuenta de que ya era hora de arreglarse para salir, se había convertido en una molestia leve y soportable.

Intenté dejar a un lado la conversación con la madre de Albert, aunque me había dicho muchas cosas sobre las que necesitaba reflexionar. Pero no era el momento de pensar en eso. Ahora, mis antiguos amigos y yo teníamos toda una noche por delante, una noche de reencuentro y celebración, en la que intentaríamos ignorar el hecho de que, por primera vez, seríamos seis en vez de siete.

«Pasito a pasito», murmuré de nuevo cuando me situé frente al tocador y me dispuse a maquillarme.

Annie había elegido el sitio perfecto para cenar. Teníamos una reserva en un restaurante de lujo al otro lado del pueblo; un sitio caro y sofisticado, al que no habríamos podido ir en nuestros días de estudiantes. Llegué pronto, con unos treinta minutos de antelación, creyendo que eso me concedería alguna especie de ventaja mental. Tras dar el nombre de Annie al maître, rechacé su sugerencia de esperar en el bar y le pedí que me acompañara hasta la mesa.

Era una gran mesa redonda situada en el otro extremo del restaurante, en una esquina. Elegí una silla que estuviera situada frente a la entrada; así podría ver quién era el siguiente en llegar. Habría prescindido gustosamente del gran espejo que había justo delante de la mesa; ya había pasado demasiado tiempo examinando mi aspecto ante el espejo del hotel. No deseaba pasarme media hora más preguntándome si había acertado al elegir el vestido de noche azul con el escote pronunciado. Como no había llevado ningún otro vestido para aquella cena, era absurdo que siguiera preocupándome por esa cuestión. Continué inspeccionando nerviosa mi reflejo, tirándome continuamente el pelo hacia delante para asegurarme de que me tapaba bien la mejilla.

Stear fue el primero en llegar; estaba moreno y mucho más musculado y ancho de espaldas de lo que recordaba. Me dio un abrazo de oso tan fuerte que pensé que iba a romperme una costilla.

—Vale, pero ahora tendría que respirar.

Se rió y me liberó, tras lo cual tomó asiento junto a mí.

—Tienes buen aspecto, Candy — empezó, y prácticamente tuve que sentarme encima de mi mano para evitar levantarla de forma automática y comprobar si el pelo seguía ocultándome la cara. Si lo advirtió, fue demasiado educado para comentarlo—. Ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo te va todo? ¿Aún vives en Devon?

Nos pusimos al día de nuestras vidas, sin entrar en detalles, y su historia fue lo bastante variada para acaparar la mayor parte de la conversación hasta que llegaron los siguientes invitados: Tom y su novia, Dayana. No sabía que Annie había invitado a las parejas. Así pues, me presenté mientras Tom me levantaba del suelo de un abrazo. Pensé que Annie había sido inteligente al incluir a desconocidos en el reencuentro de nuestro grupo. Las caras nuevas le quitarían hierro al asunto.

Entonces conté cuántos asientos había en nuestra mesa y me pregunté para quién era el sitio extra. No tuve que esperar mucho para averiguarlo, ya que Annie irrumpió en el restaurante con una sonrisa contagiosa, un montón de globos de helio en la mano y Archie, detrás de ella.

— ¿A quién se le ocurre traer a su prometido a su despedida de soltera? — bromeó Stear, levantándose para darle un cálido apretón de bienvenida a Archie.

— ¿Qué quieres que haga? No soporta estar separado de mí.

Le dediqué mi sonrisa más cariñosa y luego señalé los globos con la cabeza.

—Cuánta clase.

—Lo sé.

—Bueno, este sitio está muy bien — intervino Archie, retirando una silla para Annie antes de acomodarse a su lado—. Muy posh.

—Ajá —confirmó ella, tras lo cual me dijo con un susurro poco disimulado —: Mejor que llames para anular «el espectáculo», Candy.

Un camarero se acercó a Tom, y Annie aprovechó mientras le tomaban nota para inclinarse hacia mí y susurrarme al oído:

—¿Cómo lo llevas, cariño? De verdad, digo.

—Voy aguantando —respondí en voz baja, pero cuando vi que arrugaba la frente, preocupada, supe que tenía que reconfortarla—. Estoy bien, no sufras tanto por mí.

Me apretó la mano un segundo y se reclinó en su silla.

El primer momento violento se produjo poco después de que nos sirvieran las bebidas.

Todavía reíamos cuando vi que unos cuantos comensales de las otras mesas dirigían miradas de admiración hacia la entrada. Sin levantar la vista supe que ya habían llegado. Por separado, siempre habían atraído la atención; lo sabía demasiado bien después del tiempo que había salido con Terry. Pero juntos formaban una pareja deslumbrante: parecían rutilantes estrellas de cine sacadas de una foto de revista. Se complementaban a la perfección, y mientras se encaminaban hacia nosotros observé que ambos estaban aún más imponentes que cinco años antes, si eso era posible. Jamás en mi vida me había sentido tan poco atractiva. Y vacía, porque sabía que en otra vida, si los dados hubieran caído de forma distinta, ahora habría otra persona en la mesa asegurándome que aquello no era verdad.

Hubo la habitual ronda de saludos y agradecí la avalancha de abrazos, apretones y besos, ya que cuando Terry se agachó y me dio un suave beso en la mejilla, había conseguido controlar casi del todo esa reacción puramente instintiva que me produjo volver a verlo. También Sussana me saludó con un beso, y atisbé algo insondable en sus ojos cuando se fijó en mi cara. La cicatriz no provocaba sorpresa en ninguno de ellos; todos me habían visitado muchas veces en el hospital después del accidente. Hasta que los había alejado de mí, claro.

La velada fue a la vez un éxito y un fracaso. A simple vista cualquiera habría dicho que interpretábamos bien nuestros papeles. Allí estaban la feliz pareja de prometidos, rodeados por sus viejos amigos, que habían acudido desde los lugares más recónditos del mundo para desearles lo mejor. Pero, en realidad, éramos actores de segunda en una obra poco original. Todos dijimos las cosas apropiadas y propusimos numerosos brindis en los momentos oportunos; sin embargo, el esfuerzo que nos supuso no mencionar lo sucedido la última vez que nos habíamos sentado juntos a la misma mesa fue tan intenso que nos impidió disfrutar de verdad. Me pregunté cómo debían de sentirse Dayana y Archie y si también eran conscientes de ello.

Había dado por hecho —y me había equivocado— que la mayoría de mis amigos seguían viéndose en sus períodos de vacaciones, por lo que me sorprendí cuando me enteré de que, aunque habían quedado en grupitos de dos o tres, no había habido en todos esos años ni un solo acontecimiento que los hubiera reunido a todos. No sabía que la pérdida de Albert y mi propia desaparición hubieran disuelto con tanta eficacia el pegamento que nos unía.

Al menos no hubo silencios incómodos durante la cena. Había tantas cosas que contarse para ponerse al día que no hubo lugar para el aburrimiento. Nos enteramos de que Terry llevaba trabajando en el negocio familiar desde que había terminado la universidad y que Sussana ocupaba un puesto en una empresa de relaciones públicas o algo así; la verdad es que lo explicó, pero no presté demasiada atención. Me fascinaba muchísimo más su lenguaje corporal que sus palabras. Desde el momento en que se había sentado, cada una de sus acciones gritaba a los cuatro vientos que Terry le pertenecía. Mientras esperábamos a que nos sirvieran, estaba literalmente enroscada a él. De hecho, dado que todas sus extremidades parecían aprisionar el cuerpo de Terry, no pude evitar pensar si le quedaría un brazo libre para comer. Y lo curioso era que yo sabía que ese numerito era por mí. Pero ¿por qué? Habían pasado años desde que Terry y yo cortamos; desde que cortamos todo contacto, mejor dicho. Y tras varios intentos frustrados y terriblemente dolorosos, finalmente él había dejado de intentar hablar conmigo con la esperanza de que yo cambiara de opinión. Le había dejado muy claro que no quería que formara parte de mi vida. Y seguía siendo tan cierto ese día como lo había sido entonces; así que ¿a qué venía el sorprendente comportamiento de Sussana?

Cuando nos retiraron el último plato, el camarero se situó a mi lado para rellenarme la copa de vino, pero yo la tapé con la mano.

—No, gracias, no quiero más.

—No has venido en coche, ¿verdad? —inquirió Tom, quien no tenía ninguna intención de abstenerse de cualquier bebida alcohólica que le ofrecieran.

—No, he venido en taxi —repuse. Llevaba rato pensando que, en algún momento, alguien se fijaría en que no había dado más de dos sorbos de vino en toda la noche—. Pero mañana me conviene tener la cabeza despejada para aguantar a Annie. Si no, me pondrá de los nervios.

Annie se hizo la ofendida y todos rieron y parecieron aceptar la mentira. Sabía que no debería haber bebido ni una gota de alcohol después de la cantidad de analgésicos que había tomado ese día. Y, entonces, como si el hecho de pensar en ello lo provocara, mi dolor de cabeza volvió a exacerbarse de repente y me abrasó las sienes. Me puse en pie, esperando que nadie se hubiera dado cuenta de que había tenido que apoyar las manos en la mesa para no caerme.

—Disculpadme un segundo —dije sin dirigirme a nadie en particular y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, caminé hacia el aseo en lo que confiaba que fuera una línea recta.

Una vez estuve a salvo en el interior de aquel baño bastante opulento, solté un largo y tembloroso suspiro de alivio y me acomodé con cuidado en un banquito forrado de terciopelo. Aún sentía un dolor abrasador detrás de los ojos, tan intenso que se me nublaba la vista por los lados. Hasta entonces solo había sido tan fuerte un par de veces, y en esas ocasiones había tenido muchas más señales de aviso. El dolor nunca había estallado antes de aquella forma. Sin duda, la tensión bajo la que había estado ese día no había ayudado en absoluto.

Me temblaban los dedos mientras buscaba las pastillas en el bolso. Casi grité de la frustración cuando la tapa a prueba de niños se me resistió y me rompí una uña con las prisas por abrir el bote. Otras dos pastillas y otra vez sin agua. Cerré los ojos para protegerme de la fuerte luz que iluminaba la sala y esperé hasta recuperar un poco el control.

Entonces supe que había pospuesto demasiado tiempo las pruebas en el hospital. Aquello no desaparecería así de pronto. Por muy terribles que pudieran ser los resultados, tenía un problema grave, y no saber qué era no mejoraba las cosas. Había algo de irónico en el hecho de darme cuenta de que aún tenía secuelas de mis heridas precisamente en el lugar donde sufrí el accidente, tras haber vuelto allí por primera vez después de lo sucedido.

Para entonces ya había sobrepasado el límite de tiempo que podía ausentarme de la mesa sin que Annie viniera a buscarme. No quería que creyera que el motivo por el que llevaba tanto rato en el baño tenía algo que ver con el espectáculo de Sussana, marcando su territorio. Y, por supuesto, no deseaba que entrara y descubriese que la verdadera razón era que me aterrorizaba la idea de padecer una enfermedad grave.

Me levanté y me sentí aliviada al comprobar que los temblores casi habían desaparecido y que ya no tenía la vista borrosa. Me enjuagué las manos con agua fría y luego empapé y escurrí con suavidad una de las toallitas que había en un cesto al lado del lavabo y me la apliqué en la frente. Estaba a punto de volver con los demás cuando la puerta del baño se abrió de golpe y entró Sussana.

Continuara...