CAPÍTULO FINAL.
La fiesta de los Wellington. Aquella revelación le hizo ver a Terrunce lo que sucedió aquella noche con otros ojos.
—Cuéntamelo todo —exigió William. Terrunce comenzó a pasear de pared a pared para ordenar sus pensamientos.
—Desde que Neil se acercó a ella en la fiesta, no la dejó a solas ni un momento. De hecho, desaparecieron del salón. Candice parecía estar buscando a alguien. Pensé que sería a mí, pero no llegué a tiempo a retenerla. Se marchó con Neil y tardé en encontrarlos. Cuando lo hice, recuerdo que estaba nerviosa, esquivaba mi mirada y no quiso que la visitase aquella noche.
—Esta última información no era necesaria —William protestó, incómodo. Terrunce lo miró, pero no cesó su particular paseo.
—Pati estaba con ella cuando la encontré, pero no al salir del salón. Puede que no fuese a mí a quien quería encontrar, es posible que fuese a su hermana.
—Emilia no ha hecho ninguna referencia a que Pati se perdiese —lo interrumpió—. De hecho, solo habló de frivolidades a las que no le presté la menor atención. Si hubiese hecho alguna alusión a mis hijas, mis señales de alarma se habrían disparado.
—Debemos hablar con Pati. Puede que ella nos dé alguna pista —dijo con resolución. Se encaminó hacia la puerta del despacho dispuesto a salir con White hacia su casa.
—Déjame a mi hija a mí, GrandChester—lo detuvo. Terrunce se paró y lo fulminó con la mirada.
—Ahora no puedes dejarme al margen, White. Si Candice corre peligro o si ese malnacido le ha hecho algo… —La garganta se le cerró ante la idea de que la hubiese forzado.
—No lo haré. Tienes mi palabra de que te mantendré al tanto. William se marchó y dejó a Terrunce en un estado de inquietud que no le permitía estarse quieto. Después de meditarlo mucho, se puso el abrigo y los guantes, se caló el sombrero y se marchó.
Terrunce escondido en el fondo del invernadero, oculto como si fuese un ladrón, esperó a Candice durante lo que le parecieron horas. Con el corazón zumbando en sus oídos y la respiración acelerada, intentó controlar el ansia de verla con la suficiente frialdad para apreciar su reacción.
Escuchó la puerta abrirse y el ruido de sus tacones sobre el suelo. A través de los huecos de los tablones de madera, la vio. Y el anhelo lo golpeó tan fuerte que a punto estuvo de salir de su escondite y descubrirse ante ella. Inspiró hondo y se embebió de su imagen.
Había ido, había acudido a por el presente que él le había prometido. Como siempre, encima de la mesa de hierro blanco estaban sus pensamientos.
Candice miró a su alrededor para asegurarse de que estaba sola y caminó con rapidez hasta alcanzar las flores. Tomó la maceta entre las manos y la acercó a su boca. Dejó que los pétalos acariciaran sus labios como si Terrunce la besara y lloró de nuevo. Dejó que sus lágrimas regasen aquellas flores antes de depositarlas con cuidado junto a las demás y leer la nota.
Pronto se marchitarán los pensamientos y nuevas flores darán color a tu invernadero. Pero los míos, mis pensamientos, son tuyos y jamás morirán. Te quiero.
Terrunce GrandChester.
Un sollozo escapó de los labios de Candice y apretó la carta contra su pecho.
Y ahí estaba todo lo que Terrunce necesitaba saber. La confirmación de que Neil la estaba manipulando y la obligaba a aceptar aquel enlace. Terrunce suspiró y cerró los ojos, aliviado en cierto modo, de que no lo hubiese dejado porque no lo amase. Candice lo amaba, estaba seguro. No cabía otra posibilidad a lo que acababa de presenciar.
Ya la dejó sola una vez abocada a una situación que no deseaba, y cuando decidió recuperarla se prometió que aquello no se repetiría jamás. Y eso era justo lo que iba a hacer.
Cuando la vio marcharse, giró sobre sus talones y salió por la parte trasera del jardín.
Esperaba que William averiguase algo lo más pronto posible porque no sabía cuánto tiempo aguantaría sin buscarla y reclamar de sus labios la verdad de lo que estaba sucediendo. Por lo pronto, empezaría a mover él sus propios hilos.
Al llegar a su casa, Terrunce se encerró en el despacho para enviar una nota a Harald que lo citase en su casa cuando la visita del señor Briter lo interrumpió.
El abogado de Candice no se anduvo con rodeos, nada más saludarlo con cortesía, dejó sobre la mesa unos documentos.
—La marquesa viuda desea que cese todo trato comercial con ella.
—Dígale que me lo exprese ella misma en persona —lo interrumpió Terrunce exasperado. Si lo alejaba de su lado, no podría ayudarla.
—Me temo que no podrá atender a su petición —continuó. Briter—. Aquí tiene parte de los honorarios que le corresponden más una indemnización por haber faltado al acuerdo estipulado de un año —extrajo un sobre y lo dejó sobre la mesa—. Que me permito recordarle que no era vinculante y mi cliente podía romperlo en cuanto deseara. Como ha sido el caso ahora.
—No quiero su dinero —Terrunce protestó ofendido—. Lléveselo.
—Y aquí —continuó el abogado sin hacerle caso—, los documentos que le aconsejo que lea con detenimiento. La marquesa esperará su respuesta.
—¿ Qué sucederá si no lo hago? ¿Qué hará la marquesa si no se los devuelvo? ¿Vendrá ella misma a buscarlos? —dijo con ironía.
—Usted léalos primero con detenimiento, lord GrandChester. Luego tome una decisión.
Sin más, Briter salió de la casa de Terrunce dejando tras de sí las blasfemias del Duque.
Candice ahogó un grito cuando al volver a entrar en el salón con la carta en las manos, se encontró al marqués Neil Legan esperándola.
—Buenas tardes, querida. Debo reconocer que me has sorprendido con tu anuncio. No esperaba que tomases la iniciativa ni te mostrases tan ansiosa.
Candice evitó contestarle al momentó.
—Me has asustado. —Comenzó a caminar y, una vez recuperada del susto, empezó a dejar patente su desagrado por la nueva visita de Legan.
La estaba asfixiando y aquella sensación no le gustaba en absoluto.
—Un prometido debe visitar a su futura esposa a diario para demostrar su interés. —Dirigió la mirada a la carta que ella intentaba ocultar y entrecerró los ojos—. Espero que el asunto con el Duque de GrandChester ya esté solucionado.
—Por supuesto. Hoy mismo mi abogado le habrá enviado la notificación de que ya no trabajará más para mí.
Neil asintió.
—Sé que el señor Brity er ha estado aquí.
Aquello llamó la atención de Candice, que lo fulminó con la mirada.
—¡¿ Me estás vigilando?! —se indignó.
—Yo no, querida. Pero no le quito mérito a mi informador; reconozco que es agotador y todo un aburrimiento vigilar a alguien con tan poca vida social como tú.
—Entonces dile que no lo haga.
—La semana que viene celebraremos nuestra fiesta de compromiso en mi mansión, tal y como tú te has encargado de propagar, y tres semanas después la boda. Hasta entonces me seguirán informando.
—La precipitación de nuestro matrimonio dará que hablar.
—Pero cuando vean que no estás embarazada, esos rumores se perderán en el olvido. Como tantos otros. Y necesito el dinero, querida. Así que perdóname que no te corteje durante más tiempo.
Candice caminó hacia la puerta que daba al jardín y miró el invernadero con anhelo.
Después de que Neil Legan se marchase, volvería. Solo para sentir la huella de la presencia de Terrunce. Imaginarlo allí hacía que lo sintiese más cerca.
—Marqués —irrumpió la doncella para traer el té, algo que Candice no había pedido, pero que era evidente que Neil sí.
La joven doncella rellenó dos tazas y entregó una al marqués.
Candice declinó la suya y volvió a mirar hacia fuera. Todavía no podía creerse cómo el apellido Andry ligado al de Legan, que durante tanto tiempo le había reportado alegrías y asociado a uno de los mejores momentos de su vida, ahora le causase tanta repulsión. Una vez a solas de nuevo, Neil la reclamó.
—Candice, mírame. —Aquella orden no le gustó nada, por ello, se giró con suma lentitud—. Necesito dinero para nuestra fiesta de compromiso.
—Habla con mi abogado. Él te explicará de cuánto dinero dispones. Neil no reprimió su disgusto.
—¿ Me pones límites?
—Y así seguirá siendo hasta que cumplas con todas las partes de nuestro acuerdo, tu hermano se case con mi hermana y firmes un documento que libere a Terrunce de futuras acusaciones. Si las miradas matasen, Candice habría muerto en aquel instante.
—No veo el momento de estar casado contigo, querida —la amenazó con rencor.
Pati llegó al despacho de su padre como la niña que sabe que va a ser reprendida, pero con el firme propósito de mantenerse imperturbable y negar cualquier hecho que le imputaran.
—¿ Cómo estás? —La recibió William con un abrazo y un beso en la frente. Aquello la sorprendió y también la asustó, porque podía lidiar con su padre cuando iba de frente, pero no estaba segura de poder hacerlo si empezaba a manipularla. Y tenía que hacerlo porque se lo había prometido a Candice y sabía que lo que había ocurrido era lo suficientemente importante como para hacerle caso a su hermana. No en vano la vio sufrir durante años por su vergüenza.
—Bien, padre. —Pati le ofreció una sonrisa falsa y dejó que la guiase hasta sentarla al lado de la chimenea y hacer él lo propio frente a ella.
William asintió. Conocía bien a sus hijas y sabía que fuera lo que fuese lo que había ocurrido en la fiesta, ambas se protegerían, por lo tanto debía empezar su particular partida de ajedrez para poner a Pati en jaque.
—Me alegra saber que alguien de esta familia está bien. Hace mucho que no tenemos una conversación a solas.
—Desde que se marchó Eva —puntualizó Pati con añoranza.
William volvió a sentir el dolor por la pérdida de la mujer que amaba. Si ella estuviera allí, todo sería mucho más fácil, su vida sería mucho más fácil. Había perdido todo interés por los negocios y cada vez le parecía menos importante relacionarse con los miembros de la sociedad.
—¿ La echas mucho de menos, verdad? —preguntó comprensivo.
—Sí. ¿Y usted?
—Ya eres mayor, Pati. Ya eres capaz de comprender la complejidad de las relaciones matrimoniales porque pronto tú misma te casarás. Ella asintió, incómoda por el cariz que estaba tomando aquella conversación. —Entiendo que tiene sentimientos por Eva, que ella también comparte, y que la relación con madre es más de conveniencia que de amor. Lo he vivido desde mi más tierna infancia. William asintió satisfecho.
—Nunca habíamos hablado de ello.
Por qué creo que siempre te he visto como a mi niña pequeña y e intentado protegerte quizá demasiado para aliviar la culpa por no haberlo podido hacer con tu hermana para que no sufríeses como lo hizo ella.
Pati se movió nerviosa y entrelazó las manos sobre los muslos.
--Lo entiendo.
--¿Cómo fue la fiesta en la casa de los Wellington? --William preguntó de forma despreocupada cuando la realidad era muy distinta y por dentro la inquietud por lo que podría estar sufriendo Candice lo estaba torturando.
—Estuvo bien padre —Pati desvío la mirada hacia la luz que se filtraba por la ventana. y qué hacían que las motas de polvo flotacen en el aire. Aquel podía ser un buen entretenimiento para despistar la mente. Seguir aquellas minúsculas partículas.
—Sólo, bien. Estabas muy ilusionada con esa fiesta ¿Es que acaso no suscitaste el interés que deseabas de los caballeros asistentes?
—¡Padre! —exclamó Pati ruborizada.
—No tienes de que avergonzarte pequeña, para eso están esas reuniones de sociedad ¿Algún pretendiente que te interese?
Pati lo dudo durante unos momentos pero Finalmente y para evitar más preguntas negó con la cabeza con vehemencia.
--¿Y tu hermana estuvo con su reciente prometido todo el tiempo?
—Si... —Pati vaciló mucho más de lo que debía.
—No pareces muy segura. ¿Acaso te dejó sola en algún momento?
—No —-Pati contestó de inmediato y se apresuró a aclarar—. Quiero decir qué estuve con ellos toda la noche.
—¿Estás segura? —William la miro con seriedad—. Intenta hacer memoria. Quizá te ausentaste en algún momento o eso afirma tu madre cuando me ha dicho que Candice te estuvó buscando.
Paty palideció no había preparado en que su madre se pudiese percatar de su marcha la dejó como siempre alardeando de frivolidades y como candice tampoco estaba.
—-Ví tu cara —siguió William—. Cuando tu hermana nos anunció ayer su compromiso. Tú tampoco lo esperabas, te pillo demasiada sorpresa,para haber estado la noche de la fiesta con ellos. ¿No advertiste interés y mucho menos que iban a prometerse?
—Es posible que no les prestara la suficiente atención —Paty Se excusó.
—Tengo la sensación de que tu hermana no quiere casarse, y estoy seguro de que compartes mi opinión Candice ha sufrido mucho y creo que merece ser feliz. Primero al desengaño amoroso de Terrunce, después la muerte de Albert y ahora sería muy Injusto que accedieron matrimonio que no desea por obligación. ¿No te parece?
La expresión de culpabilidad de Pati y el dolor por la situación de su hermana se hicieron patentes. Cuando agachó la cabeza para evitar mirar a su padre.
--Ojalá no fuese así --Pati susurró
—-Creo no equivocarme cuando supongo que con tu ayuda yo podría impedirlo. ¿Quieres contarme algo pati?
--No puedo padre --confesó compungida al tiempo que los ojos se le aguaban.
--¿Por qué? —William intentó modular el tono de su voz para sonar comprensivo.
—Lo he prometido.
—¿Qué sucederá si fallas a tu promesa, cabe la posibilidad de que ocurra algo muy malo? —William la presionó.
A Paty le dio el tiempo suficiente para asentir antes de comenzar a llorar de manera desconsolada.
—-¿Tiene algo que ver contigo?
Un sollozo brotó del pecho de su hija antes de que Pati asintiera. A William tan sólo le llevo unos segundos encajar las piezas que le había proporcionado Terrunce.
Paty desapareció en la fiesta Candy se salió en su búsqueda y después sintió la urgencia de marcharse.
—¿Quién te ha comprometido? —William exigió con dureza.
Paty lo miro asustada ante lo rápido que su padre había encontrado el motivó por el que Candice estaba haciendo todo aquello. No podía decir la verdad a su padre. No obstante hiciera lo que hiciese perjudicaría a su hermana.
—Contéstame Pati-- William la presionó y ella saltó en el sillón cada vez más aterrorizada.
De pronto escucharon voces en el corredor y al momento la puerta de la biblioteca se abrió de par en par.
William levantó en el acto y miró al intruso con disgusto.
Detrás de él, el mayordomo se excusaba por no haberle podido detener a tiempo.
—Lo lamento señor —el mayordomo hablo de manera atropellada--. He abierto la puerta y este hombre ha entrado sin más a preguntado por usted, y le he dicho que estaba ocupado. Pero ha insistido en buscarle él mismo.
--Necesito hablar con usted señor —interrumpió el intruso--, es urgente y no podía exponerme por más tiempo en la calle a ser visto.
—-Ahora no puedo atenderle, si no se retira ordenaré a mis hombres que lo saquen a patadas.
--Si me da la oportunidad de hablar no se arrepentirá, traigo las respuestas a todas las preguntas que seguró se está haciendo confíe en mí. — insistió el intruso.
Tras meditarlo durante unos segundos William accedio.
—Puedes retirarte —excuso William a su mayordomo que desapareció de inmediato.
--Eso espero que sea importante. Pati continuaremos con esta conversación más tarde.
—-No.
Se apresuró a negar Pati al tiempo que lo hacía el tercero en discordia.
William los miro de hito en hito sin comprender hasta que advirtió la mirada que los unía ambos. Andrew cerró la puerta tras de sí camino hacia Pati y la tomó de la mano con infinita ternura y arrepentimiento.
He venido para pedir la mano de su hija señor White y para contarle toda la verdad.
Candice se miró en el espejo, inspiró hondo y colocó ambas manos sobre su abdomen para calmar la excitación que la embargaba. Hoy era el día.
El coche la esperaba en la puerta y los invitados ya llenarían la mansión del marqués. Hoy se definiría su futuro, otra vez. Hoy acudiría a su tercera fiesta de compromiso. Para la ocasión, dejó el vestido de luto a un lado y eligió uno en color granate y adornos de cristales en negro. Si no fuese por el desasosiego de lo que iba a ocurrir, habría disfrutado del hecho de deshacerse de aquellos tristes y austeros trajes que hacían que el simple hecho de llevarlos le recordaran la pérdida de Albert.
Él viviría siempre en su corazón, en una parte llena de infinito agradecimiento, cariño. El negro no era un color bonito para recordarlo. Eso lo supo siempre. Como también sabía que él comprendería lo que estaba a punto de hacer.
En cuanto el coche se detuvo delante de la escalinata de la mansión a hora Legan, no pudo evitar recordar aquella misma escena de hacía seis años. Parecía tan lejano, y al mismo tiempo los acontecimientos
—¿ Preparada? —murmuró su padre a su lado.
—Sé que no aprueba lo que voy a hacer, padre —Candice susurró—. Pero agradezco que esté a mi lado de igual modo.
—Ningún hombre me ha parecido nunca digno de ti. Te confesaré que ni siquiera Albert. Pero reconozco que algunos me desagradan menos que otros. Este, suscita muchos recelos por mi parte, muchísimos, pero respetaré tu opinión. Candice suspiró, antes de asentir y dar permiso para que su padre saliese y la tomase de la mano. Las cartas de su futuro estaban echadas.
Neil Legan la contempló satisfecho cuando la vio entrar en la mansión. Durante unos minutos, y tras ver el retraso, había temido que no se presentara. Pero sabía que tenía en su baraja las cartas ganadoras. Si Candice faltaba a su promesa, hundiría a su familia y a su querido Duque para siempre.
—Estás espectacular, querida. —Neil tomó la mano de Candice y la besó.
—La ocasión lo merece —respondió escueta.
—No podría estar más de acuerdo. Señor White —saludó con una leve reverencia—. Un placer y un honor que me entregue a su hija.
—No puedo corresponder ni a una cosa ni a la otra.
Neil desoyó el desplante de su futuro suegro y tendió el brazo a Candice para que lo tomara.
—Ha llegado el momento. En el salón nos esperan. Candice miró con nerviosismo a su padre, que se limitó a esperar cualquier señal que le dedicara, dispuesto a sacarla de allí lo más rápido posible si se retractaba.
—Entremos —. Candice irguió los hombros, levantó la cabeza y forzó una sonrisa para entrar en el salón, que enmudeció cuando la marquesa puso un pie dentro para a continuación empezar a reverberar los cuchicheos a su alrededor.
Terrunce aguardó con discreción en una esquina del salón a que Candice apareciese. Aquella semana había sido la más larga y desesperante de su vida. Ella no había accedido a verlo ni una sola vez. No había bajado al invernadero a su hora acostumbrada, pese a que no había faltado ni un día a entregarle sus flores. Suponía que acudía en algún otro momento del día, porque cuando a la tarde siguiente regresaba, las flores estaban junto con todas las demás.
Apretó los dientes cuando la vio entrar del brazo de aquel indeseable y se tuvo que reprimir para no correr hacia ellos, golpear al marqués hasta dejarlo inconsciente y secuestrarla. Pero todavía no podía intervenir. Debía esperar el momento indicado.
Candice saludó a todos y cuantos invitados encontró a su paso, pero sus pies se detuvieron y el corazón los imitó cuando vio a Terrunce en una esquina, con una copa en la mano. Y a Eliza Legan acercándose a él. Nerviosa y Furiosa, colocó una mano sobre su pecho e inspiró hondo para tratar de serenarse. Terrunce correspondió a su atención dedicándole un silencioso y serio brindis. Aquello todavía la alteró más porque temió que Terrunce reaccionase con impulsividad. Neil, atento a cualquier movimiento de su futura esposa, miró en la dirección en la que ella lo hacía. Neil sonrió al ver al Duque y a Eliza con él.
--Duque de GrandChester, no esperaba verlo en esta ocasión —saludó Eliza —, qué es tan especial para mi hermano Neil.
—Buenas noches lady Legan. No podría perderme, en especial este día —Ironizo—, Y si me disculpa—. Terrunce se excusó cuándo empezaba a perder a Candice de su visión.
Neil camino con Candice hasta alejarse de oídos indiscretos y la sujetó por la cintura mientras veía como Terrunce la buscaba y luego como lo fulminaba con la mirada.
—Pensé que disfrutarías viendo cómo sufre tu amante. Es una bonita venganza que te obsequio como regalo de compromiso. Pero no temas, mi hermano se encargará de que no arruine nuestro anuncio —Neil susurró junto a su oído.
Candice vio a Andrew junto a Terrunce y, en silencio, rezó para que aquella noche terminara lo más pronto posible.
—Te agradezco el obsequio, pero no es suficiente. Hay algo más que quiero que hagas por mí —susurró.
—Pequeña avariciosa —dijo al tiempo que la miraba con lascivia—. ¿Qué deseas?
—Firma el documento que exime a Terrunce GrandChester de cualquier acusación y en ese mismo momento yo anunciaré nuestro matrimonio. El compromiso es un hecho —Candice insistió cuando lo vio dudar—. Al margen de lo que suceda con Terrunce, el honor de mi hermana está en peligro. Ambos lo sabemos. Y yo podría ser mucho más generosa a la hora de facilitarte dinero. Neil parecía querer leer en sus ojos una verdad que no alcanzaba a imaginar.
—He anunciado el compromiso. Estoy aquí. Has ganado, Neil —Candice insistió.
—De acuerdo —accedió como si le regalase una limosna—. Mañana iremos al despacho de tu abogado y firmaré.
—Tiene que ser ahora, antes del anuncio. Tú firmas y yo tomo la palabra. Es solo un pequeño sacrificio que te pido a cambio de lo que me estás obligando a hacer. A partir de este momento, mi destino quedará sellado.
—Anunciarás el compromiso de inmediato —la advirtió.
—Ni siquiera me esperaré a que empiece el primer baile —le prometió.
—Acompáñame —la instó. Salieron del salón y se dirigieron a la biblioteca. En cuanto entraron, Candice sacó el documento que llevaba doblado en la limosnera y se lo tendió, ansiosa por regresar a la fiesta.
Neil dio la espalda y lo leyó con detenimiento.
Yo, lord Neil Legan, marqués.
Confirmo que las acusaciones a lord Terrunce, duque de GrandChester, sobre el incendio de la fábrica del señor William White son falsas y que corresponden a una extorsión por parte de algunos maleantes con el único afán de enriquecerse a costa de un inocente. Para dar mayor veracidad a mis palabras, confirmo que lord GrandChester estuvo conmigo en el momento de los hechos y me comprometo a defender su inocencia bajo mi propio nombre y en el caso de que el duque sea acusado, yo también sufriré el peso de la justicia ya que yo habría acompañado al culpable de tan deleznable delito.
Tras unos minutos que a Candice le parecieron eternos, Neil accedió.
—De acuerdo, querida. Aunque mucho me temo que el precio de mi firma me lo cobraré, además de en dinero, en ciertas atenciones que se espera de la esposa de todo hombre.
Candice no disimuló el desagrado que aquella insinuación le proporcionaba.
—No era ese el trato inicial que hicimos —protestó.
—Pero es lo que se espera de toda mujer, que satisfaga a su marido, y yo no seré menos. Neil se giró hacia el escritorio, tomó una pluma y estampó su firma con una sonrisa ladeada. Le entregó el papel y ella se apresuró a guardarlo.
—Regresemos —ordenó nerviosa.
—No tan deprisa, querida. ¿Disfrutabas de la intimidad con mi tío? —preguntó el marqués como 1al descuido.
—¿ Perdón? —respondió exaltada.
—Es algo que siempre me he preguntado. Quizá no y por eso Terrunce te resulta más atractivo en la cama.
—No considero esta conversación en absoluto adecuada. —Candice se alejó con rapidez y abrió la puerta.
Neil se unió a ella y empezaron a caminar hacia el salón de nuevo. La detuvo al sujetarla del codo y la miró con intensidad.
—Podré tener amantes al igual que tú, pero tarde o temprano ejerceré mi derecho. Justo cuando Candice iba a replicar, la condujo dentro.
—Entremos, querida. Es tu turno.
Las manos de Candice comenzaron a temblar y un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda. Tenía la garganta como una lija y las piernas de gelatina, pero cogida del brazo de Neil entró en el salón y lo siguió hasta llegar al lugar en el que los músicos amenizaban la velada. Escuchó como les pedía que cesasen de tocar y al momento la atención de todos los presentes estaba fija en ellos. Neil le entregó una copa de champán y él se quedó con otra.
—Da-damas y caballeros —Candice titubeó .
—Sabes, querida —la interrumpió Neil con un susurro en su oído mientras el silencio se instauraba en el salón—, ese documento no significa nada. Terrunce podría haber ordenado que alguien lo hiciese y mis testigos servir de igual forma. —Se alejó de ella y la animó a seguir—: ¡Adelante! La atención de todo el salón estaba centrada en ellos, Candice sentía las miradas curiosas de todos los presentes fijas en ella. Giró y encaró a Neil justo antes de dejar aflorar una sonrisa a sus labios.
—Lo sé, querido. ¿Pero, qué testigos? —murmuró antes de alzar la voz—. Damas y caballeros, permítanme que les agradezca su presencia en un día tan importante. Quiero expresar en primer lugar mi gratitud al marqués Legan por todo lo que está haciendo por mí. Por organizar esta fiesta en mi honor y haber antepuesto mi felicidad a sus propios intereses. Es un digno heredero de mi difunto esposo, que supo hacerme feliz.
Neil, que tras la respuesta de Candice se mantuvo receloso, ante aquellas palabras sonrió henchido de orgullo.
—Todo es poco por la felicidad de lady Andry. La mayoría de los asistentes sonrieron mientras el resto permanecía atento a las palabras de Candice. Desde un rincón, percibió como Terrunce empezaba a avanzar hacia ella a grandes zancadas. Nerviosa, tomó de nuevo la palabra.
—Ha llegado el momento de hacer el anuncio. —Sintió su mirada clavada en ella—. Disculpen mi nerviosismo y lo inusual de querer hacerlo yo misma y no mi prometido, pero es algo que llevo deseando mucho tiempo.
—Oh, querida —la animó Neil con una sonrisa de satisfacción.
—Sin más preámbulos…
Mientras Terrunce intentaba llegar a ella con rapidez, pero esquivar a los presentes no resultaba fácil. El tiempo se agotaba, tenía que alcanzarla.
Su ímpetu empezó a llamar la atención de los invitados, que lo miraban sin entender y empezaron a cuchichear. Por ello, Candice dejó de lado todos sus miedos y se lanzó al vacío—. Les anuncio mi compromiso con lord Terrunce Duque de GrandChester.
Cuando Candice levantó la mirada, lo vio frente a ella.
Terrunce había llegado. Ambos respiraban con la misma dificultad y tenían el mismo brillo emocionado en sus ojos.
Las exclamaciones de sorpresa ensordecieron su alocado corazón por unos instantes, hasta que Terrunce alargó una mano y tiró con suavidad de ella para acercarla a él.
—Creía que no lo ibas a decir nunca —susurró frente a sus labios.
—Y yo que no llegarías a tiempo a mi lado —murmuró alterada—. Por si no lo recuerdas, todavía no has confirmado nuestro compromiso.
—¿ Qué significa esto? —Dijo Neil con los dientes apretados, y rojo de ira, e intentó coger a Candice del brazo, pero la rápida intervención de Terrunce lo evitó.
—No intente tocarla. Jamás.
—Hundiré a tu familia —la amenazó en susurros. Terrunce hizo oídos sordos y reclamó la atención de los asistentes de nuevo.
—Tras esta insólita petición de mano, entenderán, qué no haría un hombre enamorado por la mujer que ama —Terry bromeó con confidencialidad, lo que provocó algunas risas entre el público—. No me queda más que confirmar que hace años que deberíamos haber celebrado esta unión. Como muchos sabrán, mi destino estuvo atado a esta extraordinaria mujer, que no supe apreciar como merecía. No hasta que la perdí y con el paso del tiempo asimilé el enorme error que fue dejarla escapar. Desde entonces no ha pasado ni un solo día en el que no haya sido dueña de mis pensamientos. El destino nos dio la oportunidad de encontrarnos de nuevo, o quizá fue el difunto lord Andry el que así lo quiso —continuó con afecto—. Y no soy tan necio como para cometer el mismo error dos veces. Amo a esta mujer más que a mi propia vida y solo me resta pedirle que comparta mis despertares malhumorados, mis noches de vigilia y las manías de mi día a día como el hombre imperfecto que soy. A cambio, yo le prometo intentar hacerla tan feliz como ella lo hace conmigo.
Durante su discurso Terrunce no dejó de mirarla a los ojos ni una sola vez. Años atrás, Candice habría dado cualquier cosa que le pidieran por aquella declaración, pero ahora comprendía cuán satisfactorio era recibirla sin haberla pedido.
—Lady Andry, ¿acepta casarse conmigo?
—El corazón de Terrunce galopaba sin control. Por su mente pasaron todos los momentos que había compartido con ella: la primera vez que la vio y ella se escondió de su mirada, cuando rompió su flor favorita en el invernadero, el primer beso en su ventana el día de su cumpleaños, los paseos a los que lo obligaban, cuánto le agradaba escucharla hablar cuando nadie la observaba, el cariño con el que lo trataba y el amor con el que lo miraba. También recordó el dolor en sus ojos, su desconcierto y las cartas en la distancia. Toda una vida de pensamientos lejos de aquella mujer, sin poder tenerla, era demasiado tiempo.
—Será un placer, lord GrandChester —murmuró emocionada.
El salón prorrumpió en aplausos ante aquella escena digna de ser representada en teatros.
Neil, que hasta entonces se había mantenido en segundo plano, todavía incrédulo ante lo que estaba sucediendo, decidió que si él se hundía, no lo haría solo. Levantó una mano y reclamó a gritos la atención de los presentes.
—¡ Qué emocionado discurso! —comenzó a hablar Neil rojo de ira.
—¡ Oh! —lo interrumpió Candice con prontitud—. Qué descorteses hemos sido. Hemos dejado al anfitrión olvidado, algo del todo imperdonable —continuó con fingido arrepentimiento—. Marqués, en agradecimiento por todo lo que ha hecho por nosotros, no solo por el Duque de GrandChester y por mí, sino también por mi querida hermana Pati —hizo una pausa y la atención de los presentes se dirigió a la joven, que permanecía al lado de su madre, su padre y de Andrew—, me gustaría que mi padre se uniese a nosotros, puesto que también tiene algo importante que anunciar. William avanzó por el pasillo que habían formado los invitados hasta colocarse frente a su hija y depositar un suave beso en su mejilla.
—Ya te dije que no consideraba a ningún hombre digno de ti y a Terrunce menos —susurró—. Pero dudo que otro pueda hacerte brillar como lo hace él. Se apartó de su hija, palmeó el brazo de Terrunce con resignación y fulminó con la mirada al marqués antes de darse la vuelta y mirar a los presentes.
—Es para mí un honor anunciarles que gracias al marqués Neil Legan, que ha propiciado que se conocieran, he aceptado la petición de mano del joven Andrew a mi hija Pati. Lord Andrew, será un placer entregárosla en matrimonio. Levantó la copa en un silencioso brindis al que se unieron Terry y Candy. Más exclamaciones de estupor llenaron la sala, donde los invitados miraban de hito en hito a todos los miembros de la familia White. Pati y Andrew se mostraron sonrientes.
—El honor es mío al poderme desposar con su hija, señor —contestó Andrew correspondiendo al gesto de alzar la copa.
—Por todo ello —continuó Candice con fingida dulzura—, y en recompensa por su altruista intervención en la felicidad de mi familia, le ruego, marqués Neil, que acepte que le ceda el control sobre el negocio de la venta de nuestras telas a los comerciantes en la India.
—Un regalo sin duda generoso que durante el tiempo que tuve el honor de llevar, hizo que reencauzara mi vida —intervino Terrunce—. Es muy afortunado, marqués.
—Además de cederle parte de la fortuna familiar —tomó de nuevo la palabra Candice—. Ruego me disculpen, yo no entiendo mucho de números —sonrió con inocencia—, pero mi abogado tiene todos los detalles. Todo ello, por supuesto, si lord Legan acepta estos presentes en muestra de mi agradecimiento. Toda la atención se centró en Neil, que se vio acorralado.
Candice se la había jugado, eso era indudable. De pronto, cayó en el detalle de la nota de prensa y de que no había anunciado con quién se prometería, sino que la fiesta se realizaría en su casa. Todo el mundo, incluido él, había dado por hecho que se casaría con el marqués. Además lo había manipulado para que firmara aquel documento que eximía a Terrunce de las falsas acusaciones. Recordó la conversación de hacía unos minutos. Durante todo este tiempo había pensado que tenía el control de la situación cuando era ella la que a sus espaldas lo había manipulado. No le quedaba nada. O aceptaba lo que ofrecía, o bien sabía que iría abocado a la ruina social y económica.
—¿ Marqués? —lo reclamó Candice con dulzura. —Será un placer aceptar —respondió escueto. El salón prorrumpió en aplausos y Terrunce se apresuró a ordenar a la orquesta que comenzase a tocar. Tomó del brazo a su prometida y se acercó al marqués.
—Tenemos que hablar —exigió con seriedad.
William, Candice y Terrunce se encerraron en la biblioteca de la mansión con Neil. En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, el marqués comenzó a maldecir y a acusar a Candice de manipularlo.
—Tranquilízate, Neil. Si algo me enseñó mi padre y tu difunto tío, es que no debemos dejar que el control sobre nuestro futuro se escape de nuestras manos.
—¿ Te crees que has salvado el honor de tu hermana? Haré correr el rumor de que Andrew la comprometió, el duque de Sussex dará fe de ello y de igual modo su reputación quedará comprometida. Y ese papel que tienes guardado —soltó una carcajada hueca—, ¿Crees que significa algo? No sirve para nada. William, harto de las acusaciones, intervino.
—Si el nombre de mi hija es mancillado, no verá ni un centavo del dinero que Candice le ha prometido. Y lo necesita. Porque si de algo me ha servido moverme por los bajos fondos, ese mundo que tanto odian los aristócratas, es de que te enteras de los negocios sucios que muchos de ustedes llevan entre manos y para los que necesitan dinero. Y yo tengo mucha información, marqués. Prostitutas, como su hermana que pueden airear sus más secretas perversiones y testigos que confirmarán que perdió el dinero de su difunto padre por su adicción al juego. ¿Qué clase de credibilidad le otorga eso?
Neil palideció.
—Quizá también haya llegado el momento de que aclaremos lo del incendio —intervino Terrunce—. No hay ni habrá testigos que lancen acusaciones sobre mí. Porque si aparecen, si lanzan falsos testimonios, lo perderá todo. Ahora tiene cierta seguridad e ingresos fijos que pueden mantenerle en una posición digna. Podemos pensar que todos hemos perdido algo o por el contrario que hemos ganado mucho más de lo que se esperaba, dada la situación. Candice suspiró cansada.
—Neil, te ofrezco una salida decente. Si actúas en nuestra contra, tienes mucho más que perder.
—Me ofreces la única salida, querrás decir.
—Así es —confirmó ella.
Dos golpes en la puerta los interrumpieron.
Andrew entró en la biblioteca sin demora. Le dolió la mirada de resentimiento de su hermano, pero le hizo frente. Dio la cara porque aquello era lo que debía hacer.
—Me has traicionado —lo acusó, herido.
—¿ Cuántas veces traicionaste a nuestra familia al arruinar la herencia de nuestro padre? ¿Cuántas veces pensaste en madre, en mi hermana o en mí. Mandaste a Eliza a un internado mientras yo cuidaba a mi madre en su enfermedad cuando salías de fiesta y gastabas más de lo que teníamos? ¿Cuántas veces tuve que, avergonzado, pedir dinero a nuestro tío por tu mala cabeza? Gracias a él no vivimos en la calle. No, Neil. No intentes hacerme sentir culpable.
—Pero accediste a mis planes. Consentiste en enamorar a Pati White para ayudarme —insistió Neil para dejar patente que no era tan inocente como parecía.
—Sí —confirmó Andrew—. Reconozco que acepté porque nos vi en una situación desesperada. Pero solo tuve que conocerla para enamorarme de ella y no estoy dispuesto a perderla.
—Si hubieses continuado con el plan, podrías haberte casado con ella de igual modo —lo acusó como si fuese un inepto.
—No a costa de mentiras y de hacerle daño. No empezaré una nueva vida con ella basándome en una farsa. Pati merecía conocer la verdad. Y su familia también.
—Has antepuesto su familia a la tuya.
—He hecho lo correcto.
—Para mí has muerto. No eres mi hermano —le espetó con dureza. Andrew no pudo ocultar la tristeza de aquellas palabras.
—Yo, sin embargo, siento que perdí al mío hace muchos años, cuando empezaste su particular camino de perdición. Eliza se marcha con la tía Elroy a América. Que te vaya bien, Neil.
Andrew alió de la biblioteca y los dejó de nuevo solos.
—Puedes pasar mañana por el despacho de mi abogado para firmar los documentos que te darán acceso al dinero y al control sobre el negocio en Bangladesh —lo informó Candice.
Derrotado, Neil solo pudo asentir.
Terruncr tomó a Candice de la cintura y la acompañó hacia la puerta. Tras salir, William aguardó para asegurarse de que estaban a solas.
—Nadie amenaza ni intenta hacer daño a mi familia. ¿Sabe por qué, marqués? —Neil ni siquiera contestó—. Porque para mí son lo primero y los defenderé hasta la muerte y, como muchos saben, tengo un pacto con el demonio. Sin más, abandonó aquella estancia y, poco después la casa acompañado de su familia.
Una semana antes… La rabia consumió a Terrunce cuando escuchó al abogado de Candice decirle que deseaba que cesase todo trato comercial con ella. No podía creer que llegase tan lejos, pero por encima de todo, no podía permitir que lo alejara de su lado porque si no, no podría ayudarla.
—Usted léalos primero con detenimiento, lord Terrunce. Luego tome una decisión. Sin más,
Britter salió de la casa de Terrunce dejando tras de sí las blasfemias del Duque.
Terrunce como un león enjaulado se movió por la estancia. Vio el sobre encima de la mesa, junto con los documentos, y tuvo el impulso de romperlo. Pero la curiosidad pudo más y abrió el sobre. Para su sorpresa había una carta escrita por Candice.
Querido Terry:
No sabes cuánto me duele cómo nos despedimos. Lamento todo lo que te dije para que te marchases de mi casa. No había ninguna verdad en mis palabras, pero sí mucho dolor y, sobre todo, afán de protegerte. Neil Legan pretende que me case con él, de hecho, me chantajea para que lo haga. Afirma que, si no consiento, te acusará de haber incendiado la fábrica de mi padre porque asegura tener testigos. Confío en ti. No he dudado en ningún momento de que miente. Pero debo encontrar la forma de salvaros tanto a ti como a mi familia. Albert me dijo que tenía que luchar por aquello que amaba, que no me rindiera nunca y que no dejase que nadie decidiese por mí. Te confieso que desde lo que nos ocurrió aquella fatídica noche de nuestro compromiso, he tenido mucho miedo a la hora de sincerarme, incluso conmigo misma. Pero aquel temor no es nada comparado con el que tengo de perderte de nuevo. Porque ahora mis sentimientos no son los mismos. Son más maduros, profundos e intensos. He vuelto a confiar en ti, a creer en tus palabras, en tus gestos y en tus besos, pero sobre todo, he vuelto a quererte con una intensidad que creía que jamás podría alcanzar. Ahora te pido que confíes tú en mí. Que te mantengas al margen mientras soluciono esta situación y que acudas a la fiesta de compromiso. Si estás allí, entenderé que tu respuesta es un sí. Después de todas estas confesiones, puedes imaginarte cuánto me cuesta escribir estas palabras. Terrunce GrandChester, ¿aceptarías casarte conmigo?
Te quiero, Candice.
Una risa loca escapó de su garganta. Lo amaba. Es más, quería casarse con él. No cabía suficiente oxígeno en su pecho y la euforia que corría por sus venas no podía mantenerlo quieto. Si pensaba que la dejaría sola, estaba muy equivocada. Tal y como iba vestido, se puso el abrigo y fue a casa de White. Una vez allí, se encontró con el hermano del marqués y descubrió el resto del chantaje. Paciencia, le había pedido Candice, pero el saber que estaba sufriendo no lo ayudaba. Si algo había separado a William y Terrunce durante aquellos años había sido Candice. y si había alguien capaz de unirles, no podía ser nadie más que ella.
Durante aquella semana, William pareció despertar del sueño que lo había tenido adormecido durante aquel largo e infernal mes. Habló con su hija y la ayudó a elaborar el plan que se llevaría a cabo la noche del compromiso. Movió sus hilos y guardó testimonios para tenerlos a su favor. Mientras, Terrunce se aseguró de demostrarle a Candice que no estaría sola con cada flor que dejaba en su invernadero.
Supuso que Neil la tendría vigilada. Después de una semana de infarto, no la vio hasta la noche de la fiesta.
El coche se detuvo en casa de Candice. Terrunce bajó, le tendió la mano y sonrientes entraron en la casa. Era tarde y estaba física y psicológicamente agotada, pero al mismo tiempo se sentía entusiasmada. Era una sensación extraña. Sabía que si se retiraba a descansar no podría dormir por muy cansada que estuviese.
Los acontecimientos de aquella noche se repetían en su mente sin orden ni concierto. Tan pronto veía a Terrunce de pie frente a ella, tendiéndole la mano, como estaba en la biblioteca con Neil viéndolo firmar aquel papel, para acto seguido escuchar las palabras de su padre sobre Pati. No se podía creer que todo hubiese terminado.
—Ven. —Terrunce la tomó de la mano y, prodigándole suaves caricias, la condujo hasta el invernadero.
—Es el mejor sitio al que me podrías haber llevado —sonrió.
—Sé que estar aquí te tranquiliza. Candice asintió y lo rodeó por la cintura. Se pegó a su cuerpo y suspiró aliviada cuando él correspondió a su abrazo.
—¿ Dudaste en algún momento de que no iría? ¿De que no aceptaría casarme contigo? —preguntó con voz grave. Ella lo pensó durante unos instantes, pero al final negó con la cabeza.
—Entonces me crees. Confías en mis palabras cuando te digo que te quiero —afirmó todavía algo inseguro de que así fuera.
—Hay veces que una parte de mí se empeña en recordarme que puedes hacerme mucho daño, pero hay otra que me grita cada vez más fuerte, que puedo confiar en ti.
—¿ Qué debo hacer para que esa parte silencie a la otra? No soy el mismo hombre, Candice. Este que está aquí, delante de ti, jamás haría nada que te perjudicase. Te quiero demasiado para perderte y te lo demostraré. Cada día y cada noche.
—Creo que así vas bien —Terry sonrió. se apartó de ella, enmarcó el rostro de Candice entre sus manos y la miró con absoluta fascinación.
—Has sido muy valiente. Temeraria hasta tenerme al punto de sentir que me explotaría el corazón, pero audaz e inteligente. Estoy orgulloso de ti —acarició con sus pulgares las mejillas de Candy y acercó los labios para besarla con devoción.
Candice se separó despacio, aún con los ojos cerrados, y saboreó el beso.
—¿ Cuándo te diste cuenta de que estabas enamorado de mí? —Sus ojos verdes brillaban de emoción y Terrunce no tuvo ninguna duda de cuál era la respuesta.
—Cuando te regalaba todas mis cartas y en cada una mis pensamientos.
FIN.
O.M.G, Terminamos otra ficticía, Millones de Gracias por comentar. Si habra epílogo donde dejaré mejor información sobre la novela. Espero no tardar en el epílogo. Gracias mi millones de gracias.
JillValentine.
