Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
¿Cuándo se había vuelto tan dura? Sí, Sussana siempre había tenido un lado desabrido, pero aun así habíamos sido amigas. ¿Qué le había hecho yo que pudiera justificar esa actitud? En todo caso debería estarme agradecida. Era evidente que siempre había querido estar con Terry, así que cabría pensar que se alegraría de que yo me quitara de en medio voluntariamente. Y, además, hacía años de todo eso. Eran cosas de adolescentes... Deberíamos haberlo superado, ¿no?
—Estoy bien, solo un poco cansada. He tenido una semana ajetreada en el Trabajo —mentí.
—Perdona, ¿en qué habías dicho que trabajabas? —Muy revelador comprobar la escasa atención que había prestado mientras yo hablaba de mi empleo.
—Soy secretaria.
—Ah, sí. ¿Nunca entraste en Periodismo entonces? Porque eso era lo que pensabas estudiar, ¿verdad?
«Zorra.» ¿Cómo podía ser tan desconsiderada? Sabía perfectamente cómo y por qué mis planes de estudio se habían truncado y que nunca había conseguido ir a la universidad como tenía previsto.
—No —contesté deseando que mi voz sonara menos venenosa que en mi cabeza—. Obviamente todo cambió después de que...
—Espero que no te ofendas, Candy, pero ¿alguna vez has pensado si se puede hacer algo con tu cara? Antes eras una chica muy guapa.
Durante un segundo pensé en ser cruel y fingir que no sabía de qué me hablaba:
« ¿Con mi cara? ¿Por qué? ¿Le pasa algo?».
Pero no lo hice. Y daba igual; por muy descontenta que estuviera con mi aspecto, no tenía ninguna intención de ver al cirujano plástico de turno que fuera a recomendarme. Y era de locos esperar que la persona superficial e irreflexiva en la que, al parecer, se había convertido Sussana llegara a entender que el problema no residía tanto en el hecho de arreglar o no mi rostro desfigurado, sino que yo no sentía que me lo mereciese. Desde luego, tanto mi padre como Annie habían sacado el tema años antes —con muchísimo más tacto y discreción— y habían sido incapaces de comprender lo que ellos consideraban mi lógica de mártir.
Por suerte, en aquel momento la puerta del baño se abrió de golpe y apareció Annie. La urgencia con la que entró resultó casi cómica. Con solo mirarnos a las dos supe que se había dado cuenta enseguida de lo que pasaba. Vi que ponía la misma expresión que solía mostrar en muchas de nuestras disputas pasadas y negué con la cabeza de forma casi imperceptible. A regañadientes, el fuego de su mirada se extinguió. Sospeché que se había quedado con las ganas de decirle algo a Sussana, pero era mejor así.
— ¿Hemos trasladado aquí mi fiesta, chicas? —preguntó como si nada, uniéndose a nosotras frente al espejo y cogiéndome del brazo en un gesto de apoyo incondicional.
Sussana era insensible, pero se daba cuenta de las cosas.
—No, no. Candy y yo nos poníamos al día. Vamos. —Pero entonces Sussana no pudo resistirse a ser Sussana y lanzó un último dardo envenenado—. Seguro que Terry se estará preocupando por mí.
Si se había preocupado, lo disimuló bien.
Sin embargo, mientras me acomodaba de nuevo en mi sitio, cacé los retazos de la única conversación que llevaba temiendo toda la noche. Sentí que el corazón me golpeaba el pecho como una bola de demolición.
Estaba claro que Stear le estaba diciendo algo a Archie sobre Albert. —... fue una pérdida tan trágica y estúpida... Era la persona más genial que haya conocido...
Archie murmuró una evasiva y supuse que Annie ya le había advertido que intentara desviar la conversación si salía el tema.
—Todo cambió después de aquella noche... para todos nosotros —dijo Stear.
El silencio que a continuación reinó en la mesa dejó constancia de sus palabras. Noté, más que vi, que todas las miradas se posaban en mí. Supongo que tenían razón al pensar que yo era la más afectada, aunque las cicatrices de mi cara no eran nada comparadas con las que tenía en mi interior.
—Vamos, chicos, no hablemos de esto hoy —imploró Annie.
—No, claro —se sumó Stear.
A pesar de que yo había mantenido la vista fija en el mantel, sabía que me dirigían miradas significativas. Todo se estaba volviendo demasiado intenso y me dominó un súbito e irresistible deseo de estar a salvo en el anonimato de mi hotel.
—Odio tener que interrumpir la fiesta —empecé, y escuché un pequeño coro de «noes» culpables en la mesa—, y no es solo por... Albert. —Mi voz vaciló antes de poder pronunciar su nombre—. Me duele mucho la cabeza, de verdad, así que si no les importa prefiero marcharme. Annie se disponía a protestar, pero luego lo repensó.
—Claro, cariño. Todos hemos tenido un día muy largo. Cuando me di cuenta de que pretendía dar por concluida la velada, me sentí avergonzada.
—No, Annie, ustedes quédense a seguir disfrutando la plática, aún no han pedido ni el café. Llamaré un taxi. Por favor, no termines la fiesta por mi culpa. Por favor.
Me levanté. Parecía que Annie aún dudaba, pero entonces intervino Archie:
—Te acompaño fuera a llamar un taxi —se ofreció—. Tom, ¿por qué no pides los cafés y unos brandis?
Le sonreí agradecida. No me extrañaba que Annie estuviese tan enamorada de él; al fin y al cabo, era digno de ella.
El ofrecimiento inesperado de Terry me dejó de piedra, ya que, aparte de su saludo inicial, aquel era el primer comentario relacionado conmigo que hacía en toda la velada. Antes de que yo pudiera siquiera reaccionar, besó tiernamente a Sussana en la frente.
—No tardaré —le aseguró. Después, se dio la vuelta y me dijo—: ¿Vamos?
Iba a protestar, a insistir que de verdad no hacía falta y que coger un taxi era de lejos la solución más sencilla, pero entonces vi la cara de Sussana, dominada a partes iguales por la rabia, la incredulidad y la indignación más absoluta. Es retorcido, lo sé, pero eso fue lo que me convenció. Le debía una por el incidente del baño. Me agaché, recogí mi bolso y sonreí a mis viejos amigos.
—Siento irme tan pronto, pero los veré a todos el sábado en la boda. Buenas noches.
Mientras me alejaba de la mesa, noté que Terry colocaba su mano en la parte inferior de mi espalda para esquivar a un camarero que se acercaba a la mesa con una bandeja llena de cafés. Oí un coro de voces que nos decían adiós mientras nos íbamos. Extrañamente, la de Sussana no estaba entre ellas.
Afuera, bajo el vigorizante aire de diciembre, me aparté de él dando un paso adelante y rompí deliberadamente el contacto de su mano con mi cuerpo.
—Por aquí —me indicó, desbloqueando con la llave las puertas de un elegante vehículo bajo y oscuro aparcado bajo una lámpara de vapor de sodio.
Abrió la puerta del copiloto y me acarició el codo brevemente mientras me sentaba sobre la tapicería de cuero color crema y blanda como la mantequilla. Esperé a que también él entrara en el coche antes de comentar:
—Bueno, sin duda esto es más lujoso que un taxi. ¿Un nuevo juguete?
—Es un coche de empresa —dijo encogiéndose de hombros.
—Pero la empresa es tuya. Él repitió su gesto.
— ¿Adónde quieres ir a parar?
Se volvió hacia mí y, aunque no había encendido el motor, había mucha luz iluminando el coche debido al alumbrado de seguridad del restaurante. Mientras lo miraba a la cara, consciente de la proximidad e intimidad que compartíamos en el suntuoso interior de aquel coche, olvidé adónde quería ir a parar. Dios, si seguía mirándome de aquella forma uno o dos segundos más probablemente me olvidaría de mi propio nombre. Cambié de tema.
—No parece que a Sussana le haya hecho mucha gracia que te ofrecieras a llevarme.
— Sussana lo superará.
Vale, tampoco se podía hablar de eso, aunque retomó el tema.
— Sussana y yo... Tú sabías lo nuestro, ¿no? Quiero decir antes de esta noche.
Hice un gesto con los hombros esperando mostrar indiferencia.
—Claro, Annie lo mencionó... de pasada... hace mucho tiempo.
El timbre de su voz disminuyó de improviso y sonó menos seguro de sí mismo que durante toda la velada. Me recordó un poco al chico que había conocido tan bien.
— ¿Y te pareció bien?
Puede que titubeara un segundo más de lo debido antes de contestar en un tono que procuré que fuese natural:
—Sí, sí, claro. ¿Por qué no iba a parecerme bien? De repente se enderezó en su asiento, encendió el motor y los faros y, tras pedirme que me abrochara el cinturón, dio marcha atrás y desaparcó bastante deprisa. Estaba claro que no era la respuesta que esperaba. Cuando salimos del aparcamiento, salió directamente en dirección a mi hotel.
—Me alojo en el...
—Ya sé dónde te alojas —me interrumpió.
Genial: ahora había hecho que se enfadara. En ese momento habría dado cualquier cosa para estar en el taxi más sarrapastroso y apestoso que se pueda imaginar. Traté de hallar un tema de conversación intrascendente, pero no se me ocurrió nada. Nuestra historia era demasiado accidentada para poder hablar de cosas superfluas. Además, los analgésicos que me había tomado aún no habían hecho efecto, así que si teníamos que pasarnos los quince minutos de trayecto en un silencio absoluto, mucho mejor.
No tuve tanta suerte.
En el primer semáforo, Terry me pilló frotándome el puente de la nariz con los dedos para intentar aliviar el dolor.
— ¿De verdad te duele la cabeza? ¿No era solo una excusa?
El que hubiera dudado de mí me irritó más de lo que habría querido.
—Pues sí, me duele de verdad.
—Hay una farmacia de guardia un poco más adelante, ¿quieres que paremos a comprar algo?
Su inesperada amabilidad me cogió por sorpresa.
—No, no es necesario. Tengo pastillas. «Aunque parece que ya no funcionan» —añadí mentalmente.
Transcurrieron unos minutos más y cuando ya pensaba que habíamos superado esa situación incómoda soltó una noticia bomba:
— Sussana y yo... No vamos en serio. Estamos juntos más bien por conveniencia... Solo quería que lo supieras.
Me quedé tan estupefacta que durante un momento no supe qué decir. Finalmente le respondí:
—Dudo muchísimo que Sussana lo vea así. No con la cara que ha puesto cuando nos hemos ido juntos. ¿Y qué te hace pensar que me interesaba saberlo?
Él suspiró y vi que se esforzaba para dar con las palabras adecuadas.
—Ha sido duro verte otra vez esta noche. Vernos a todos juntos de nuevo.
«Con una excepción importante», pensé, pero lo dejé correr. Terry soltó una risa carente de humor.
—Es que durante toda la cena no he podido quitarme de encima la sensación de que estaba sentado junto a la persona equivocada.
No supe qué decirle. ¿Acaso debía sentirme halagada por el cumplido, o más bien ofendida porque estaba declarando sentimientos cuando era evidente que mantenía una relación seria con otra?
—Terry, creo que simplemente te has dejado llevar por la nostalgia del reencuentro o algo parecido. Confundes el pasado con el presente de una forma bastante drástica. Entonces éramos unos adolescentes. —Mi voz disminuyó de volumen y tembló ligeramente—. Pasó algo horrible y las cosas cambiaron. Nosotros cambiamos.
—Ya no somos adolescentes —dijo él y, de pronto, quitó una mano del volante y la puso encima de la mía, sobre mi regazo. Yo la aparté bruscamente, como si me hubiera quemado.
—No, Terry. Estás saliendo con otra, no estás libre... —Y al ver que iba a decir algo al respecto, enseguida añadí —: Y aunque lo estuvieras no cambiaría nada. Sigo pensando lo mismo que cuando rompimos.
Aquello le distrajo de la carretera y me miró fijamente, incrédulo.
— ¿Aún te culpas por lo que le pasó a Albert? Por el amor de Dios, dime que no. No después de todos estos años.
—El tiempo que haya pasado carece de importancia —repuse, preguntándome a cuántas personas más tendría que seguir justificándoselo—. Si no hubiera intentado salvarme, aún seguiría aquí.
—Pero tú no.
Me encogí de hombros.
— ¿Y así es como piensas pagarle la deuda que tienes con él? ¿Recluyéndote en casa el resto de tu vida como si fueras una vieja solterona? Maldicion, Candy, ¡solo tienes veintitrés años!
La velocidad del coche crecía al mismo ritmo que su ira.
— ¿Y crees que Albert habría querido que te resignaras a pasarte toda la vida sola?
—No estoy sola —refuté, sonando demasiado como una adolescente resentida.
—Ah, ¿has tenido algún novio?
Su ataque me hirió y reaccioné automáticamente con la intención de hacerle daño a él también.
—Ha sido un poco difícil.
Me eché el pelo hacia atrás para que mi cicatriz quedara a la vista bajo la luz de las farolas
— No pone muy cachondo que digamos, ¿verdad?
Terry renegó varias veces; mis palabras parecían haberlo cabreado más que todo lo que había dicho antes.
—No te hagas eso. No lo reduzcas todo a eso.
El coche entró a gran velocidad en un patio estrecho y me sorprendió ver que habíamos llegado a mi hotel. Frenó bruscamente levantando unos cuantos trocitos de grava. Su cólera pareció desvanecerse al apagar el motor y acorto el espacio que nos separaba para levantarme la barbilla y ladearme la cabeza hacia él.
—Esta cicatriz... —Su dedo recorrió el trazo relampagueante de forma casi reverencial—. No significa nada, no te define como persona.
Me eché hacia atrás, asustada por la intimidad. Pensé que estaba cansada y dolorida; de lo contrario jamás le habría permitido acercarse tanto.
—Tu novia no opina lo mismo. Cree que debería operarme.
— Sussana puede ser... un poco desconsiderada. Te ha dicho eso porque te tiene miedo. Y envidia.
—¿Cómo dices? Pero ¿por qué?
—Porque sabe que nunca me he olvidado de ti. Independientemente de lo que tengamos ella y yo, nunca será suficiente. No tenemos un futuro juntos.
Las cosas habían ido demasiado lejos. Lo empujé para que se quedara en su sitio.
—Tampoco lo tenemos tú y yo, Terry —contesté con firmeza—. Por favor, no vuelvas a mencionarlo. No quiero hacerte daño y, piense lo que piense Sussana, tampoco quiero hacerle daño a ella. Si no eres feliz con ella, pues... déjala. No me utilices a mí como excusa. No soy la solución a tus problemas.
—No es eso...
Lo interrumpí; no deseaba escuchar lo que tenía que decirme.
—Mira, Terry, no sé de dónde has sacado todo esto, y aunque desconozco lo que pensabas que podría pasar entre nosotros... bueno, pues no va a pasar. — Traté de suavizar el rechazo para que el resto del fin de semana fuera al menos soportable—. Una parte de mí siempre... —Dudé, deseando no decir «te querrá»—... sentirá algo por ti. Eres una parte importante de mi pasado, pero nada más. Lo que ocurrió fue terrible, y no solo para Albert, sino para todos nosotros. Y siento que no puedo estar con nadie... de momento, al menos... y así es como lo afronto.
— ¡Eso es esconderse, no afrontarlo!
Me quedé en silencio. Eso ya me lo habían dicho antes. Pero sus siguientes palabras no eran tan fáciles de ignorar.
— ¿Y de verdad piensas que eso es lo que Albert habría querido? ¿Verte sola? Maldición, Candy, ¡estaba tan enamorado de ti que sacrificó su vida para salvarte!
Solté un grito ahogado; me invadió un dolor tan intenso en el corazón que el dolor de cabeza se redujo a una simple molestia. Terry vio mi reacción y se quedó de piedra.
— ¿Es que no lo sabías? ¿No se lo veías reflejado en la cara siempre que te miraba?
Aquello era demasiado. Volver a oír lo mismo por segunda vez el mismo día era más de lo que podía soportar. Hice un gesto de negación con la cabeza y las lágrimas me enturbiaron la vista.
—Te equivocas y mucho. Éramos amigos... solo amigos —murmuré.
—Quizá para ti, pero no para él. Todos los demás lo veían. Era evidente.
Estaba tan confusa que mi afligido cerebro apenas funcionaba.
—No es verdad. Me habría dado cuenta. Y él nunca dijo nada... ni una sola vez en todos esos años...
Algo se despertó en lo más profundo de mi mente: un recuerdo vago que no conseguía alcanzar.
— ¿Por qué crees que me odiaba tanto?
—Él no te odiaba —repuse saliendo en defensa de mi amigo desaparecido, pero incluso mientras lo negaba tuve que admitir que siempre había habido un antagonismo evidente entre los dos.
Terry extendió los brazos una vez más y me sujetó la cara entre sus fuertes manos.
—Yo te tenía y él no. Seguro que a veces eso le resultaba insoportable.
Mi corazón se encogió por el dolor que había causado sin querer. Eso no mejoraba las cosas, sino que las hacía un millón de veces peor. Me aparté antes de que pudiera besarme, ya que estaba segura de que esa era su intención.
—No puedo, Terry. No me hagas esto. No es justo.
Mi mano había estado arañando la puerta en busca de la manilla y por fin la encontró. La abrí de golpe y el frío aire de diciembre inundó el coche. Me quité el cinturón y bajé antes de que él pudiera situarse junto a mí en el asiento del copiloto.
Quizá reparó en la angustia que me había causado o quizá la fuerte iluminación del hotel le permitió ver que realmente me encontraba tan mal como aseguraba, pues me dijo en tono conciliador:
—Lo siento si te he disgustado, Candy.
Sacudí la cabeza.
—Vete, por favor. Vuelve al restaurante... vuelve con Sussana.
Él asintió, pero no se le veía feliz.
— ¿Seguro que estarás bien? —Sus ojos, llenos de inquietud, examinaron mi cara—. No tienes buen aspecto.
—Sí, estaré bien. Solo necesito dormir para que se me pase el dolor de cabeza. No te preocupes por mí.
Sabía que no quería dejarme sola, así que saqué fuerzas de flaqueza y lucí una sonrisa falsa prefabricada:
—Vete.
Él me devolvió la sonrisa.
—No voy a rendirme, que lo sepas — prometió mientras volvía a meterse en el coche—. Me echaste una vez de tu vida, pero esta vez no me daré por vencido tan fácilmente.
—Vete —repetí yo, mi súplica marcada por la desesperación.
Y, al fin, me hizo caso; el coche abandonó la entrada del hotel y desapareció en la oscuridad con las luces de freno brillando mientras se incorporaba al tráfico.
Al tiempo que ascendía agotada los tres escalones de piedra que llevaban al vestíbulo del hotel, no pude evitar pensar que su comentario de despedida había sonado más como una amenaza que como una promesa.
Cuando finalmente pasé la tarjeta por el lector de la puerta y entré en mi habitación del hotel, vi con sorpresa que no eran más de las diez. Parecía mucho más tarde. Me quité los zapatos con los pies y me dejé caer agradecida en la cama. Hice una pirámide de almohadas, apagué todas las luces excepto la lamparilla de noche y me tumbé con los ojos cerrados. Mi migraña aún era muy aguda y temía que durara toda la noche. También sabía que era demasiado pronto para tomar más analgésicos; a este ritmo, el bote estaría vacío mucho antes de la boda. Tenía que empezar a racionarlos.
Durante un cuarto de hora intenté despejar mi mente, pero esta se negaba a vaciarse. Los acontecimientos del día seguían dando vueltas a cámara lenta en mi torturada cabeza. Veía una y otra vez la expresión en los ojos de Pauna mientras hablaba de su hijo desaparecido y me decía lo muchísimo que yo había significado para él. Volví a escuchar mi propia negación, la cual había repetido inútilmente a Terry cuando había asegurado lo mismo. No podía creer que ambos tuvieran razón, que todo el mundo estuviera en lo cierto.
¿De verdad había estado tan ciega para no haberme dado cuenta de algo tan vital en nuestra relación? Era imposible responder a tales preguntas. Y la tragedia que suponía no llegar nunca a saberlo con certeza anulaba mi determinación de no pensar en Albert. Le necesitaba ahora, en ese momento, más que nunca; necesitaba oír su voz, ver la sonrisa que reflejaban siempre sus ojos cuando me miraba.
Sin detenerme a reflexionar, bajé de la cama y busqué a tientas mis zapatos. No me preocupaba lo tarde que era. Ahora tenía claro que solo había un lugar al que podía acudir para hacer aquellas preguntas, para expresar lo que necesitaba decir.
El frío nocturno era más intenso cuando pasé caminando junto al desconcertado portero que me había dado las buenas noches hacía solo veinte minutos. El viento helado me entumeció el rostro cuando empecé a bajar la calle a paso rápido. Si me preguntaban, siempre podía aducir que había salido a dar un paseo para aliviar mi dolor de cabeza, pero el tipo de consuelo que en realidad necesitaba era muy distinto. Y el lugar no me asustaba en absoluto. ¿Cómo iba a hacerlo? No hay nada que temer de un fantasma si es el de un ser querido.
Las calles sumidas en la oscuridad estaban prácticamente desiertas; hacía demasiado frío y era demasiado tarde para dar un paseo nocturno. Mis zapatos hacían crujir el suelo brillante y ligeramente escarchado. Cuando el viento me arañó la cara con sus zarpas heladas, hundí más la barbilla en mi bufanda y me adentré en sus fauces con una determinación de hierro.
Flaqueé un segundo cuando di la vuelta a la última esquina y la iglesia quedó a la vista. Se erguía solitaria en lo alto de una colina, sin tiendas ni casas alrededor. El edificio más cercano era la estación de tren del pueblo, y estaba a casi tres kilómetros de distancia. Incluso en un día sin nubes, los ladrillos rojos del edificio de la estación quedaban totalmente oscurecidos por el alto enrejado de hierro del cementerio. Su aislamiento quizá pretendía inspirar paz y tranquilidad, pero en aquella oscura noche de diciembre yo no experimentaba ninguna de esas sensaciones.
Mientras me acercaba a la gran puerta en forma de arco me pregunté qué haría si me la encontraba cerrada. ¿Trepar? Alcé la mirada e inspeccioné la altura de la reja... No, eso descartado. Volvería a la mañana siguiente. Aun así, la urgencia de establecer esa conexión real y física con Albert era tan fuerte que no pensaba que pudiera esperar al alba.
La puerta se abrió sin el menor ruido. Fue extraño; estaba segura de que iba a chirriar para completar el cliché.
En cuanto estuve dentro del cementerio noté que mi coraje vacilaba un poco. ¿Acaso no era una absoluta locura estar deambulando por un cementerio a esas horas de la noche? ¿No era ese el tipo de comportamiento heroico del que siempre me burlaba en las películas?
Me sobresalté por el ruido de un coche que se acercaba e instintivamente me escondí tras un gran roble para evitar que sus luces me enfocaran. En realidad, no estaba segura de sí estaba cometiendo un delito —allanamiento de lugar o algo así—, pero terminar en una comisaría tratando de justificar mis actos no entraba en mis planes para aquella noche. En cuanto el coche se perdió de vista, salí de detrás del árbol y me encaminé con renovada resolución hacia la parte trasera de la iglesia, donde estaba emplazado el pequeño cementerio.
No me hizo falta mirar muchas antes de dar con la que buscaba, pero tuve tiempo de leer media docena de epitafios conmovedores y desgarradores a la vez cuando pasé junto a las lápidas de granito:
ESPOSO QUERIDO,
ABUELA AMADA,
QUERIDÍSIMO PADRE.
Tanta pena, tantas lágrimas... El suelo helado estaba impregnado de tristeza. La tumba de Albert estaba un poco apartada, y se veía claramente que era más reciente que las de su alrededor. La lápida era de un centelleante mármol blanco que parecía brillar bajo la iridiscencia de la luna invernal. Me situé enfrente y me serené un momento antes de leer su inscripción:
ALBERT ARDLEY
PERDIDO A LA TEMPRANA EDAD DE 18 AÑOS.
HIJO ADORADO Y AMIGO LEAL.
NUESTRO AMOR POR TI VIVIRÁ PARA SIEMPRE.
Se me escapó un gemido cargado de un pesar tan profundo que parecía más el de un animal que el de un humano. Me cedieron las rodillas y me desplomé en la hierba fría, delante de su tumba. Había ido allí con la esperanza de expresar todos mis sentimientos, pero ninguno lograba salir a la superficie por culpa de aquel dolor que me abrasaba como lava fundida. Creía que con los años finalmente había aceptado la muerte de Albert, pero entonces me di cuenta de que lo único que había hecho era poner una simple bandita en una herida profunda. Era incapaz de articular palabra, solo lograba balancearme lentamente sobre las rodillas repitiendo su nombre una y otra vez.
Aquello me dolía demasiado. No era lo bastante fuerte, ni física ni emocionalmente, para afrontar tanta tristeza en una sola noche. Ir hasta allí había sido una locura. Todavía presa de los sollozos y del hipo, empecé a ponerme en pie pero me tambaleé; evité caerme alargando el brazo contra el césped cubierto de hielo. De repente, tenía una sensación extraña en la cabeza: mi cuello no podía resistir tanto peso. Entonces, solté un gemido de impotencia al notar que mi brazo de apoyo cedía y caí de bruces al suelo frío y duro, junto a la tumba.
El dolor se me había extendido al cuello y a los hombros y me pregunté si me habría golpeado contra una piedra al caer. Pero bajo mi mejilla tan solo estaba la hierba fría. Con mucha lentitud, intentando reducir al mínimo los movimientos de cabeza, coloqué los brazos a ambos lados de mi cuerpo con las manos apoyadas en el suelo. Traté de levantarme haciendo palanca, pero mis temblorosos antebrazos no me obedecían. Tras varios intentos fallidos, entendí que no conseguiría ponerme en pie de aquel modo.
De repente, fui terriblemente consciente de la gravedad de la situación: estaba tumbada, enferma y literalmente paralizada en un cementerio desierto. Nadie sabía que estaba allí; no me echarían de menos hasta la mañana siguiente. Podía morir. Aquella idea tan espantosa consiguió superar el dolor que me perforaba la cabeza. No tenía ni idea de cuánto se tardaba en morir de congelación o de hipotermia. Lo que sí sabía es que no pensaba rendirme y esperar a la muerte tumbada en el suelo junto al chico que había dado su vida para salvar la mía.
Intentando ignorar el atroz dolor de cabeza, traté de rodar con cuidado hacia un lado. Mi progreso era lento y cada movimiento mandaba un espasmo paralizante cuello abajo. Me detuve varias veces para recobrar el aliento, y encontré las fuerzas no por mi deseo de vivir, sino al pensar en lo que supondría para mi padre el hecho de perderme.
Finalmente, cuando hube recuperado un poco el aliento, alcé las rodillas hacia mi pecho con cautela. Al menos esa parte de mi cuerpo no me dolía, aunque sí la notaba extrañamente adormecida, supongo que por haber estado tumbada en el suelo helado. Con las piernas en la posición correcta, comprendí que no podría realizar mi siguiente maniobra con tanta delicadeza. No me quedaban muchas fuerzas y sabía que me lo jugaba todo en ese intento. Contraje el brazo para darme apoyo, inspiré hondo, aguanté la respiración y me puse de rodillas con un esfuerzo extraordinario.
Unos puntitos de luz me daban vueltas detrás de los ojos. Noté el balanceo previo al desmayo y me mordí con fuerza el labio inferior para combatir la debilidad. Cuando se me pasó, abrí los ojos con cuidado. Todavía estaba a cuatro patas, y me sentía tan agradecida por no haber sucumbido a la inconsciencia que tardé un par de segundos en entender que tenía un problema en los ojos. Y uno grave. Un grito de terror involuntario se escapó de entre mis labios congelados. No veía nada del ojo derecho y en el izquierdo solo tenía visión de túnel y mi campo visual periférico iba desapareciendo y nublándose. Sabía que aquello nada tenía que ver con la congelación, la hipotermia o la tristeza. La pérdida de visión era el último eslabón nefasto en la cadena de síntomas sobre la que me había advertido mi especialista y que con tanta imprudencia había decidido ignorar.
Pero no podía dejar que me dominase el pánico. Busqué a tientas con la mano izquierda, encontré el borde de la ancha lápida de Albert y me impulsé hasta ponerme en pie sobre unas piernas que parecían de gelatina. Había sido una estúpida por dejarme el móvil en el hotel, así que mi única opción de conseguir ayuda era intentar alcanzar la carretera. Esperaba que me perdonaran por la falta de respeto que aquello suponía, pero tuve que utilizar las lápidas cercanas como asideros a medida que cruzaba el cementerio de forma lenta e inestable.
La visión en mi ojo izquierdo disminuía a un ritmo preocupante: parecía que estuviese mirando por un tubo estrecho. Traté de controlar el terror que me producía pensar que aquello pudiera ser permanente. No iba a permitir que ese pensamiento me abrumara o que el agotamiento se apoderase de mi cuerpo. Me iba a ser difícil, sobre todo porque tan solo deseaba tumbarme y cerrar los ojos ante aquella dolorosa pesadilla. Incluso caminar me suponía un esfuerzo enorme, y a medida que avanzaba con paso inseguro me parecía cada vez más a un zombi recién despertado.
Cuando dejé atrás la última lápida de apoyo creí oír vagamente un sonido distante. ¿Era un tren en la estación o quizá un coche que se acercaba? Seguramente no fueran ni las once... No era demasiado tarde para que hubiese alguien conduciendo, ¿verdad? Puede que aún pasara algún coche de vez en cuando por la carretera, a pesar de la hora. Pero desde donde estaba yo, a la sombra de la iglesia y de los árboles, sabía que nunca me verían. El ruido aumentó. ¡Sí que era un coche!
— ¡Socorro! —grité inútilmente—. ¡Deténgase, por favor, ayúdeme!
Me lancé hacia delante, intentando correr y haciendo señas para detener el vehículo. Fue la última y pésima idea que tuve en esa noche llena de despropósitos. Correr no es realmente viable cuando apenas puedes mantenerte en pie. O ver. Me estaba hundiendo en el olvido cuando los faros del coche iluminaron el cielo estrellado.
Continuará...
