EPÍLOGO.

Candice se asomó a la proa del barco. Ahora apreciaba con satisfacción el rumor constante del mar, el rugir enfadado cuando las olas chocaban contra el armazón y el olor salado que lo impregnaba todo.

Inspiró hondo, levantó la cabeza y dejó que el sol calentara sus mejillas.

—Estás aquí —Terrunce se puso a su espalda y la rodeó por la cintura—. Te he buscado por todas partes.

—Necesitaba subir y reconciliarme con él. —Señaló con la cabeza al horizonte.

—¿ Con el mar? —Terrunce preguntó inquicitivó. Candicr asintió.

—Lo odié la primera vez porque me alejaba de mis seres queridos, y lo odié del mismo modo cuando regresé a Londres porque dejé a un ser muy querido atrás.

—¿ Y ahora? —murmuró Terrunce.

—Ahora me lleva con mi marido, el hombre que más amo, a encontrarme con mis amigos y mi familia. Terrunce acarició la cintura redondeada de su esposa y la besó en el cuello, sin importarle que alguien pudiese verlos. Aquellos meses habían sido los más felices de su vida. Tras su boda, a principios de verano, habían vivido en una eterna luna de miel. Una dicha que no pudo más que aumentar cuando Candice le confesó que estaba embarazada. Aquel viaje era una cuenta pendiente, una necesidad que Candice tenía y que Terrunce no dudó en satisfacer.

Sin embargo, no habían podido viajar hasta que Pati y Andrew contrajeron matrimonio, hacía apenas un mes.

—Deberíamos bajar al camarote y descansar un rato antes de la hora de la cena —le aconsejó Terrunce . Candice sonrió y giró entre sus brazos.

—¿ Seguro que lo que quiere es descansar, lord GrandChester?

—Después de venerarla un poco más, lady GrandChester—apuntó con picardía.

—No me opondré a tan irresistible proposición.

—Sabia decisión. Soy muy afortunado, ¿sabe, lady Granchester? Tengo una mujer hermosa, dulce y apasionada, pero sobre todo inteligente. —Muchos verían una amenaza donde tú ves un motivo de orgullo —bromeó con él.

—Eso es porque son demasiado inseguros y cobardes para tratar con mujeres como tú.

—Pero tú no —afirmó.

—Por supuesto que no. A mí me encanta tal y como eres. No cambiaría nada de ti. Candice soltó una carcajada y apoyó las manos sobre el pecho de su marido.

—Me ha convencido, duque. Necesito descansar.

El barco atracó en el puerto de a media tarde. Charlie les esperaba con el coche preparado y ansioso por reencontrarse con ellos. Nada más verlos, los abrazó con afecto.

—Camila no ha podido venir —explicó Charlie—. Su avanzado estado de embarazo se lo prohíbe. —Mientras explicaba ayudó a cargar las maletas en el coche y los invitó a entrar—. Pero está deseando veros.

Estamos en la casa de la capital y su madre se ha trasladado con nosotros para asistir al alumbramiento.

—Es una noticia maravillosa que lady Willbur esté aquí —miró a su izquierda y sonrió—. Me alegrará verla, pero no puedo ocultar mi emoción por reencontrarme con mi querida Eva.

—Me consta que la señora Eva también está muy ilusionada por verla, a todos en realidad. Será toda una sorpresa —murmuró las últimas palabras antes de sentarse frente a ellos. Durante el trayecto, Charlie les puso al día de su trabajo en la hacienda, pero también expresó su temor a que llegase la hora del parto.

—Solo espero que sea pronto y rápido. Cada vez que escucho a alguien hablar sobre las complicaciones que pueden surgir, siento ganas de dejarlo sin dientes.

Candice sonrió porque vio en los ojos de Terrunce que hasta aquel momento no había pensado lo que sufriría en el parto.

—Todo irá bien —comentó tanto para Charlie como para su marido. Terrunce apretó su mano y la acarició con ternura, pero a partir de ese momento se mostró pensativo, incluso demasiado preocupado por cualquier bache del camino o muestra de cansancio por su parte. Pero no todo el estado de ánimo de Candice se basaba en el agotamiento por el viaje o las molestias de su embarazo.

Volver a América y recorrer sus calles le trajo recuerdos que la emocionaron. Allí se curó el alma y sanó su corazón. Allí encontró una libertad que Londres le arrebataba. Allí vivió los años más felices de su vida, hasta ahora.

Llegar a casa de Camila no supuso menos emoción. Había pasado muchas tardes en su compañía mientras esperaba a Albert o simplemente por el gusto de compartir conversación con ella. Ya tenía los ojos húmedos de las lágrimas, así que cuando Camila fue a su encuentro, no pudo reprimirse más y ambas lloraron emocionadas, en un cálido abrazo.

—Tienes muchas cosas que contarme —la acusó Camila—. Lord GrandChester, ya sabía yo que usted era un hombre de armas tomar y que hasta que no asaltara y conquistara a mi amiga no pararía.

Terrunce soltó una carcajada antes de besarla en la mano.

—Lo más justo sería decir que ella fue la que me conquistó a mí, mucho antes de que yo me diese cuenta, incluso.

La atención de Camila se dirigió detrás de ellos, donde el hombre que los acompañaba aguardaba en segundo plano y miraba a todos lados, inquieto.

—Señor White, es un placer recibirlo en mi casa. William dio un paso y sonrió con afecto.

—El placer es mío. Ante el estado expectante de William, Camila no quiso hacerlo sufrir más.

—Mi madre ha ido a tomar el té a casa de una amiga con la señora Eva. No demorarán su regreso. Candice agarró el brazo de su padre y lo apretó con cariño.

—Estoy segura de que se alegrará de verte. William no lo tenía tan claro.

Aquellos meses sin ella habían sido un infierno. Así se lo confesó a Terrunce una noche mientras charlaban en el despacho del club, cuando su ahora yerno lo instó a que tomase una decisión sobre su futuro. Y allí estaba.

—Pasemos al salón, espero que me disculpen, pero ya no puedo aguantar mucho tiempo de pie —les interrumpió Camila.

Apenas llevaban allí media hora, cuando las risas en la entrada llegaron hasta ellos. William se levantó de inmediato y miró con tal intensidad la puerta que Candice lo acusó de querer fundir la madera con sus ojos. Lady Willbur entró primero, sonriente, hasta que vio el salón lleno y soltó una exclamación de sorpresa. Pero su reacción no fue nada comparada con la cara de Eva cuando traspasó el umbral y lo primero que vio fue a William allí. De pie. Mirándola. La pequeña limosnera que llevaba cayó de sus manos y tuvo que sujetarse a la manilla de la puerta para no perder el equilibrio.

—¡ Lady Andry! —exclamó lady Camelia—. No la esperábamos tan pronto.

—Ahora lady GrandCgester, madre —la rectificó su hija con una sonrisa comprensiva—. Te recuerdo que Candice quiso tomar el apellido de su marido.

—Lo lamento —se disculpó—. Esta cabeza mía me juega malas pasadas. Supongo que este joven tan apuesto es su marido.

Mientras procedían a las presentaciones, Eva y William no dejaron de mirarse ni un solo momento. Escuchaban la conversación que tenía lugar a su alrededor, a lo lejos, como si ocurriese en otra habitación, hasta que lady Camelia reclamó la atención de William.

—Señor White, su visita sí que ha sido toda una sorpresa.

—De eso se trataba, lady Willbur —confirmó él. La dama tomó asiento y siguió con su particular interrogatorio.

—Camila dice que su hija se quedará aquí durante algunos meses. ¿Cuánto tiempo contaremos con su visita? William miró de nuevo a Eva. Ahora, estando frente a ella, no comprendía cómo había sobrevivido todos aquellos días sin verla, sin poder tocarla, sin escuchar su voz.

—Disculpe, lady Willbur, pero necesito hablar con la señora Eva. —Se acercó hasta ella, que fue incapaz de moverse, la tomó del codo y la sacó de la estancia—. ¿Dónde podemos hablar? —exigió con premura. Ella titubeó nerviosa, hasta que dijo lo primero que le vino a la mente.

—Detrás de esa puerta está la sala de costura.

—Servirá. William la condujo hasta allí y, una vez dentro, se permitió mirarla de cerca y acariciar su rostro con sus manos. No mucho tiempo, solo hasta que Eva reaccionó y se apartó de él.

—¿ Qué quieres, William?

—Pedirte perdón. Excusarme por haberte hecho daño, tanto como el que me hice a mí por haberte alejado de mi lado.

—Han pasado más de siete meses, William. Llegas tarde...

—Tarde sería si ninguno de los dos estuviésemos en este mundo.

—O si yo hubiese encontrado a otro hombre. Aquel golpe lo dejó sin respiración y aturdido. ¿Sería posible que Eva lo hubiese olvidado? ¿Habría otro hombre en su vida?

—No tengo derecho a exigirte nada porque tú soportaste compartirme con Emilia durante muchos años —dijo con voz grave, dolida—. Ahora, estoy dispuesto a mantenerme en segundo plano mientras peleo por ti, porque no volveré a olvidar que eres mi prioridad.

Aunque aquellas palabras le acariciaron el alma, Eva no se dejó amilanar.

—No, William. Tu prioridad es tu posición social y tu familia.

—Mi familia también eres tú. Eres mi compañera, mi mujer a todos los efectos aunque no exista ningún papel que lo confirme. Ahora repite la pregunta de lady Willbur: pregúntame hasta cuándo me quedaré aquí. —Al verla dudar, insistió—: Hazlo.

—Está bien —replicó hastiada—. ¿Hasta cuándo, William?

—Estaré aquí mientras tú estés. Llevaré la hacienda de Candice y viviré allí contigo, si me aceptas. Si no, ya sea en la misma casa o en la de al lado, no volveré a dejarte sola. No cometeré el error de intentar vivir sin ti. Eva no pudo evitar la sorpresa de aquellas afirmaciones.

—¿ Y qué hay de tu afán por querer escalar socialmente?

—He descubierto que no soy más feliz. Que he conseguido muchas cosas en mi vida porque me las he ganado y que esto tiene mucho más mérito que el haberlas heredado. No necesito estar a su altura porque muchos de ellos jamás llegarán a la mía.

—¿ Y Emilia? —murmuró confusa.

—Emila seguirá viviendo en Londres, manteniendo las mismas apariencias que hasta el momento. Sabe a qué he venido y que no pienso volver.

—William se acercó hasta Eva y la tomó de los hombros—. Lo único que no puedo prometerte es un papel de matrimonio firmado. Pero sí que aquí, y a todos los efectos, serás mi mujer.

—Sacó del bolsillo una caja de terciopelo y la abrió ante sus ojos—. Si me aceptas. El anillo relució frente a los ojos de Eva.

—No puedo aceptarlo. No estoy preparada para darte una respuesta ahora. Sus labios se morían por murmurar un sí, pero todavía estaba demasiado desilusionada para ceder con tanta premura al primer intento que había hecho William por conquistarla.

—Esperaré el tiempo que sea necesario. —Decepcionado, William guardó el anillo en su bolsillo. Comprendía a Eva, se merecía muchas más demostraciones que solo el hecho de haber viajado desde Londres para regalarle los oídos y más siete meses después de su separación—. Voy a cortejarte —resolvió con convicción—. Durante el tiempo que haga falta, hasta que me perdones y vuelvas a amarme con la misma intensidad.

Los ojos de Eva brillaron de emoción.

—Aguardaré su visita mañana, señor White.

Siete meses después.

Terrunce, desesperado, escuchó los quejidos de Candice a través de la puerta e intentó entrar de nuevo. Pero otra vez su suegro y Charlie se lo impidieron. Soltó una maldición que los hizo sonreír y volvió a desgastar la alfombra con sus pasos acelerados.

—Vamos, GrandChester. No pienses que a mí no me duele. Es mi hija la que está gritando ahí dentro.

—Sabemos lo que estás pasando. Todavía tiemblo cuando recuerdo el parto de Camila, pero el médico y las mujeres están con ella. Todo saldrá bien.

—Están tardando demasiado —Terry negó con la cabeza y se pasó las manos por el pelo para despeinárselo un poco más si cabía—. Algo no anda bien. Tendrían que haber salido a decir algo. Hace horas que sufre y yo estoy aquí como un pasmarote incapaz de hacer nada por ella.

—Mantener la calma sería algo bueno para ella y para nosotros —apuntó

Charlie.

Un grito desgarrador le heló la sangre, seguido de un llanto agudo y potente. Aquello lo paralizó y aguantó la respiración hasta que la escuchó gritar de nuevo y no pudo soportarlo más. Arrasó con la robusta presencia de Charlie y de William y entró en la estancia justo cuando un segundo bebé llegaba al mundo y gritaba con todas sus fuerzas su presencia. Caminó despacio, como si temiese que el suelo cediera y se acercó a la cama. Candice yacía cansada, sudorosa, pálida, pero feliz con los dos bebés en brazos. Acarició la frente de su esposa y depositó un suave beso sobre ella, para al momento desviar la atención a los dos pequeños que habían cesado de llorar en cuanto su madre los tomó en brazos.

Jamás había visto algo tan hermoso.

Tanto Camila como Emma la dejaron a solas con su esposo.

Una vez fuera, Eva se acercó hacia William

. —Ya es abuelo de dos preciosas criaturas, señor White.

—Creo que esos niños merecen tener también una abuela. Su mente le decía que no, que lo rechazase para seguir disfrutando de todas las atenciones que había recibido a lo largo de aquellos meses y que lo hiciese sufrir un poco más. Pero su corazón le dijo que ya había padecido suficiente, que durante años había esperado aquel momento y que su orgullo no merecía tanto dolor.

—Aunque acepte, no significa que te haya perdonado del todo —apuntó.

—No serías mi Eva si no me exigieses más —replicó emocionado—. Esto te pertenece. Sacó el anillo de su bolsillo, donde lo había llevado todos y cada uno de sus encuentros, y lo sacó de su caja. Hecha un mar de lágrimas volvió a mirar el anillo y extendió el dedo.

—Acepto —susurró.

William dejó escapar todo el aire que había estado reteniendo y se lo colocó. La abrazó por la cintura y la besó con el hambre de meses de necesidad.

Terrunce miraba con incredulidad a sus hijos. Cómo había podido participar en la creación de algo tan hermoso como aquellos niños.

—Son un niño y una niña —dijo Candice emocionada.

—Son perfectos —murmuró mientras contaba los dedos de sus manos y de sus pies. Después de que el médico la examinara una última vez, los dejaron solos.

—¿ Cómo los vamos a llamar? —Terrunce miraba con infinita ternura a sus hijos.

—He pensado que Albert sería un buen nombre para él —dijo Candice con tiento.

Terrunce la miró y sonrió comprensivo.

—Lo es. Hola, Albert Jason GrandChester —saludó a su hijo incapaz de borrar la sonrisa de sus labios—. ¿Y para ella?

—Elígelo tú —lo animó Candice mientras lágrimas de alegría bañaban su rostro. Tomó a su hija en brazos con extremo cuidado y la acurrucó contra su pecho cuando la escuchó protestar. Tenía un precioso tono rosado de piel y le adivinó un genio bastante importante cuando comenzó a llorar de nuevo hasta que se la entregó a su madre.

—Rose —dijo Terrunce sonriente—. Es tierna y dulce como una rosa, pero es indudable que también tiene espinas. Hola, Rose Marie GrandChester —saludó también a su hija.

Horas después, Candice dormía mientras él, sentado en el sillón, acunaba con cuidado a sus dos hijos en brazos.

—Todavía no me conocéis, pero soy vuestro padre —murmuró incapaz de apartar sus ojos de ellos—. ¿Sabéis lo que hace un padre? Yo tampoco —dijo con tristeza—. Pero sé lo que haré yo: cuidaré de vosotros, os escucharé, ayudaré y protegeré porque os quiero más que a mi vida. Besó con adoración sus pequeñas frentes y al levantar la cabeza se encontró con la mirada cargada de amor y felicidad de Candy.

—¿ Y a mí qué me prometes? —sonrió emocionada.

—A ti, además de amarte, siempre te regalaré pensamientos.

FIN

El nombre de la novela que use como base es : Te regalaré pensamientos, de Tessa C.Martin. A quien agradezco inmensamente. por darme la oportunidad de poner esta ficticia, usando como base una de sus grandiosas novelas. Te regalaré pensamientos Les recomiendo mucho leer la historia original ya que yo quite muchas partes muy buenas e interesantes. Se las recomiendo de todo corazón.

Miles de gracias. Tessa.

Estoy esperando el permiso de una historia, que una persona muy linda y especial me pidió. Ya estoy trabajando en ella. En cuanto me llegue la autorización yo la subo.

Gracias a todos por comentar y dar su opinión nos leemos pronto. JillValentine.