Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
Diciembre de 2013
También cinco años después
El hombre debía de llevar un buen rato mirándome cuando me fijé en él por primera vez. También es verdad que podría haber estado justo a mi lado en la abarrotada parada de metro y nunca habría reparado en su presencia, pues parecíamos un rebaño de reses en el habitual éxodo de Londres de los viernes por la tarde. Zigzagueando por los pasillos embaldosados para hacer transbordo, no era consciente de nada excepto de la irritación que me provocaba tener que arrastrar mi pequeña maleta en plena hora pico. Dejé de disculparme después de pasarla por encima del quinto pie, más o menos. Salir tan tarde había sido un error garrafal; habría sido mucho más lógico ir en coche con Terry por la mañana, tal como me había sugerido él, pero tenía que entregar sí o sí un artículo en el que estaba trabajando.
— ¿Quieres que te espere y así vamos juntos en coche cuando termines?
Lo pensé un segundo, pero rechacé la propuesta.
—No, no tiene sentido que los dos lleguemos tarde. Tú ve tirando; en cuanto acabe el trabajo cogeré el tren Express.
En aquel momento me había parecido una buena idea, pero ahora... no parecía ser muy buena idea, desde luego. Mientras intentaba abrirme paso entre la multitud con la maleta a rastras no dejaba de echar vistazos nerviosos al reloj, pues sabía que se me estaba acabando el tiempo para coger al tren interurbano que salía de Londres en dirección a Great Bishopsford. A ese paso tendría suerte si llegaba al restaurante antes de que sirvieran el postre. No quería decepcionar a Annie, así que aceleré el paso y me metí entre dos empresarios trajeados, granjeándome un comentario muy descortés de uno de ellos.
—Perdón —murmuré sin siquiera darme la vuelta para ver si había oído mi disculpa.
Solo Dios sabe cómo conseguí llegar al tren apenas unos segundos antes de que partiera, ya que la alarma de que las puertas se cerrarían estaban sonando, el corazón aún me latía desbocado mientras colocaba mi maleta en el portaequipajes superior. Me temblaban las piernas por aquel esfuerzo inusual. Me senté y me prometí a mí misma que ese año mi propósito de Año Nuevo sería ir al gimnasio que tanto dinero me costaba y que llevaba sin pisar más de tres meses. Al igual que en otros aspectos de mi vida, todas mis buenas intenciones habían quedado rápidamente enterradas bajo una avalancha de trabajo.
Tenía suerte de que Terry estuviera igual de ocupado que yo y entendiese perfectamente las exigencias de mi trabajo; de lo contrario, no habríamos aguantado juntos hasta ahora. Pasar interminables horas en la oficina, anular planes en el último momento, trabajar hasta las tantas e incluso los fines de semana... Este ritmo de vida era habitual en nosotros. Cuando pensaba en ello, es decir, cuando me quedaba un segundo de tiempo libre para pensar en cualquier cosa que no fuera el trabajo, me preguntaba cómo lograba la gente compaginar una carrera exitosa con una relación estable. Y aunque en el fondo de mi mente había una vocecita gruñona que me decía que nuestra relación no pasaba por su mejor momento, yo simplemente la ignoraba, convenciéndome de que era algo temporal y que todo se arreglaría durante el año siguiente cuando Terry y yo por fin encontrásemos un sitio donde vivir juntos. Eso suponiendo que alguna vez sacásemos tiempo suficiente de nuestras agendas para salir a ver apartamentos, claro.
A lo mejor podría relajarme más si no me siguiera sintiendo como la «chica nueva» en la oficina de la revista. Pero cada vez que me planteaba trabajar menos oía el eco de las dudas que habían surgido en mi entrevista mientras mis futuros jefes leían mi currículo y detallaban mis dos años de experiencia en provincias de un periódico local. Sin embargo, y contra todo pronóstico, me habían ofrecido el empleo, a pesar de que había otros aspirantes al puesto con mayor preparación y experiencia que yo. Habían transcurrido ya ocho meses, y aún intentaba demostrarles a ellos y sobre todo a mí misma que no se habían equivocado al contratarme. Y si eso implicaba ser la primera en llegar por la mañana y la última en marcharse por la noche, pues... bueno, tendría que hacerlo. De momento.
Aun con todo, últimamente, me había dado cuenta de que me relacionaba más con el personal de limpieza de la oficina que con mi prometido, lo que me hacía pensar que quizá necesitaba aflojar un poco mi régimen laboral. Y Terry no era el único a quien estaba descuidando. Hacía casi seis meses que no veía a mi padre, lo cual no decía mucho en mi favor porque sabía que tendría que regresar de todas formas a Great Bishopsford en diciembre para la boda de Annie.
El tren traqueteó al atravesar una estación; los viajeros que allí esperaban quedaron reducidos a un borrón multicolor mientras los dejábamos atrás a toda velocidad. Solo cuando volvimos a adentrarnos en la oscuridad pude ver el reflejo del hombre sentado frente a mí, en diagonal, al otro lado del pasillo. En la negrura perfecta de mi ventana vi a un hombre rechoncho y con calvicie incipiente recostado en el asiento y que, a diferencia de los demás pasajeros, no estaba leyendo el periódico, ni escuchando música ni nada parecido. No; parecía que ese hombre solo pensara en una cosa: en mí. Aunque no hice ningún movimiento para atraer su atención, seguro que se dio cuenta de que había advertido que me miraba fijamente. El muy descarado no apartó la mirada enseguida como dictaba la costumbre. De hecho, pareció examinarme más detenidamente y entonces me miró con lascivia revelando unos dientes feos y torcidos. Un escalofrío de alarma inexplicable me recorrió la columna.
Saqué una revista del bolso y me coloqué de forma instintiva en una posición defensiva de cara a la ventana. Hojeé diez o veinte páginas antes de darme cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba leyendo. Juro que notaba físicamente la intensidad de su mirada posada en mí y, tras echar algún vistazo subrepticio al reflejo de la ventana, confirmé que así era. Se me erizaron los pelos de la nuca debido a lo incómoda que me sentía. En una de mis inspecciones furtivas tuve la mala suerte de que él me pillara mirándole, y entonces me volvió a dedicar aquella sonrisa lenta y fea y se lamió los labios de forma casi imperceptible.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Una mujer con más carácter habría levantado la vista y lo habría increpado, ya fuera verbalmente o con una mirada incriminatoria. Pero yo no era ese tipo de mujer. Sintiéndome como una tonta, pero guiada por mi instinto, cogí el abrigo del asiento contiguo y me dirigí hacia un sitio vacío al otro extremo del vagón, lo más lejos posible de él. Mientras caminaba a toda prisa por el estrecho pasillo que separaba las hileras de asientos creí oír una risita de sucia satisfacción en alguna parte detrás de mí.
Tomé asiento frente a una mujer de mediana edad que leía absorta un libro. Ahora estaba de espaldas al desconocido y su reflejo ya no era visible. Pero en lugar de tranquilizarme me arrepentí casi al instante de mi movimiento, ya que me sentía más vulnerable ahora que no veía por dónde andaba. Aquello era absurdo. ¿Por qué ese individuo me alteraba de ese modo? No sería la primera vez que me veía obligada a rechazar la atención indeseada de un hombre. Y aunque no estaba en la misma liga que mi vieja amiga del instituto, Annie, cualquier mujer joven medianamente atractiva podía manejar con facilidad las insinuaciones de un hombre. No obstante, no podía evitar pensar que las intenciones que aquel desconocido eran de otro tipo.
Fue uno de los viajes en tren más desagradables que recuerdo, pero al menos el número de personas que había en el vagón ofrecía una seguridad tranquilizadora. Cuando el revisor pasó para pedir los billetes, me planteé comentarle lo de aquel tipo, pero finalmente deseché la idea. Por muy amenazante que hubiera sido la mirada del hombre, realmente no tenía ningún motivo para alertar al vigilante. Podía imaginarme la reacción inevitable ante una queja como la mía:
«... Dice que la estaba mirando "de un modo extraño", ¿no es así, señora?».
Y aunque me mordí la lengua, mis ojos debieron de traicionarme mostrando cierta ansiedad, ya que el revisor, mientras me devolvía el billete, se detuvo y me examinó atentamente antes de preguntarme:
« ¿Se encuentra bien? Parece un poco...».
Su voz se apagó y yo completé su frase mentalmente:
«Paranoica, maníaca, loca».
La mujer de enfrente bajó el libro y aguardó sin disimulo a que respondiera. Supongo que esperaba que yo le proporcionase una pequeña distracción de la monotonía habitual que suponía la vuelta del trabajo. Estuve encantada de decepcionarla.
—Sí, estoy bien, gracias. Solo un poco preocupada porque llegaré tarde a una cena especial, nada más.
—Bueno, hoy no llevamos retraso, así que esta vez no podrá culpar a la compañía ferroviaria —bromeó.
Yo también solté una risa, pero incluso a mí me sonó exagerada y forzada.
Mientras el revisor proseguía hasta los cuatro asientos que quedaban justo detrás de mí, me arriesgué a mirar por encima del hombro y tuve el tiempo justo de entrever una figura voluminosa ataviada con una chaqueta marrón y raída que salía del vagón y entraba con cierta prisa en el de al lado. Solté un suspiro de alivio tan grande que la mujer de enfrente bajó de nuevo el libro y me interrogó con la mirada. Le sonreí brevemente y volví a centrar mi atención en la revista.
El ritmo del tren era adormecedor y al poco rato dejé la revista, me apoyé en el reposacabezas para estar más cómoda y cerré los ojos. Se me hacía raro volver a casa, y más raro aún reencontrarme con amigos que llevaba años sin ver. No pude evitar sentirme culpable cuando me di cuenta de que las promesas que habíamos hecho todos de no perder el contacto habían estado vacías de contenido, más llenas de buenas intenciones que de auténtico compromiso.
Había sido fácil mantener el contacto durante nuestros días en la universidad porque volvíamos a casa al terminar cada semestre. Ahora, en cambio, no era tan sencillo, con casi todos nosotros repartidos a lo largo y ancho del país. A la mayoría, nuestro pueblo natal se nos había quedado pequeño cuando el trabajo y las relaciones empezaron a arrastrarnos lejos de allí.
En mi caso, mi carrera de periodista me había obligado a trasladarme a Londres. También Terry residía en la capital debido a sus negocios desde que se había hecho cargo de la empresa después de que sus padres se marcharan a España para disfrutar de la jubilación. A Annie la veía siempre que podía, por supuesto; algunas amistades sobreviven a cualquier tipo de distancia, separación o abandono. Pero otras personas que siempre había creído que formarían parte de mi vida, personas importantes, habían ido desapareciendo.
Aquella velada me hacía mucha ilusión y me sentía decepcionada porque por culpa de mis compromisos laborales llegaría tarde al reencuentro. Sobre todo tenía curiosidad por ver si los hilos de nuestra amistad aún existían o bien se habrían desenredado sin remedio.
El hombre cuya atención indeseada tanto me había perturbado al principio del viaje no volvió a aparecer por el vagón. Y aunque eso debería haber sosegado mis miedos, era incapaz de dejar de mirar a los pasajeros que descendían del tren en cada estación; mis ojos escrutaban la oscuridad con la esperanza de divisar una chaqueta marrón y desgastada. No le vi. Saber que probablemente aún seguía en el tren no me ayudó a calmarme. En una de las estaciones principales el tren se había vaciado muchísimo y me había resultado imposible comprobar si el hombre se encontraba entre el gentío que llenaba el andén. Solo quedaban unas cuantas estaciones hasta Great Bishopsford, y unas pocas más hasta el final de línea. ¿Cuántas posibilidades había de que se bajara en la misma parada que yo? Más que antes, supuse. Volví a sentir un escalofrío en la espalda.
Tenía intención de coger un taxi desde la estación para atravesar el pueblo e ir directamente al restaurante. Era una lástima que no tuviera tiempo de pasar primero por el hotel para cambiarme, pero ya llegaba tardísimo. Ahora lamentaba no haberle pedido a Terry que fuera a recogerme a la estación, pero pensé que era egoísta por mi parte interrumpirle a media velada. Coger un taxi me había parecido la mejor opción. Solo esperaba que hubiera uno listo esperando en la parada.
Cuando solo quedaban diez minutos para mi estación, hurgué en mi enorme bolso y extraje un espejito y un peine. Como entonces solo quedaban dos personas más en el vagón, no me pareció inapropiado arreglarme un poco en el tren. Y aunque la luz fluorescente del techo no era muy favorecedora —todo hay que decirlo—, al menos me permitió corregir algunos de los estragos del día. Me empolvé la cara, me retoqué la sombra de ojos y me puse una fina capa de brillo en los labios. Por desgracia, el tamaño del espejo me impedía ver el resultado global. Intenté orientarlo hacia arriba y hacia abajo para obtener una vista mejor —sin mucho éxito— y ya estaba a punto de cerrarlo de golpe cuando atisbé en una esquina del cristal un fugaz reflejo marrón.
Me di la vuelta en el asiento como si hubiera sufrido una descarga eléctrica, imaginándome al extraño tipo de antes justo detrás de mí. No había nadie. En el vagón solo estábamos otros dos pasajeros y yo, y ambos parecían dormidos. Me alejé con cuidado de mi sitio, aterrorizada por si el hombre calvo estaba al acecho tras una banqueta. Mientras avanzaba indecisa por el pasillo, tenía localizada en todo momento la palanca de emergencia más cercana. Al carajo con la multa de doscientas cincuenta libras por uso indebido; si en ese momento alguien me hubiera dicho simplemente «boo» seguro que habría hecho frenar al tren.
Por supuesto, no había nadie. Y cuando estaba a medio vagón empecé a sentirme bastante ridícula. Me convencí de que lo que creía haber visto en el espejo era seguramente un destello de una de las luces de la calle. Era mi imaginación desbordada la que había llegado a una conclusión errónea. Nadie me acechaba y, a no ser que pretendiera inspeccionar hasta el último vagón del tren —lo cual no pensaba hacer ni de broma—, tendría que dejar de obsesionarme por ese acosador chiflado.
Oí con alivio que los altavoces anunciaban que la siguiente parada era Great Bishopsford, lo cual me dejaba solo un minuto o dos para recoger mi maleta del primer asiento que había ocupado y mis otras pertenencias del segundo. Esperé impaciente ante las puertas automáticas y fui de las primeras en bajar del tren cuando finalmente frenó hasta detenerse en la estación. Me alivió ver que otras tres personas descendían al andén un poco más adelante y caminé lo más rápido que me permitía mi maleta.
Subir el largo tramo de escaleras con la maleta a rastras hizo que bajara el ritmo. Había perdido de vista a los otros pasajeros cuando oí, o creí oír, a alguien en el andén, fuera del alcance del foco de la escalera; alguien que había bajado del tren después de mí.
Subí corriendo las escaleras restantes con la maleta rebotando en los escalones de hormigón. Cuando alcancé la pequeña taquilla eché un vistazo alrededor buscando a otros pasajeros o bien a un vigilante. No había nadie, pero oí un coche que arrancaba en la entrada de la estación. Solo cabía suponer que mis compañeros de viaje ya se habían marchado. Pero seguro que el vigilante aún seguía allí... Solo eran las diez de la noche. ¿Acaso dejaban la estación sin personal tan pronto?
— ¿Hola?
Dije con voz temblorosa, y mis palabras resonaron débilmente en el vestíbulo desierto
— ¿Hay alguien de servicio?
El silencio fue mi respuesta. Comprendí de pronto lo vulnerable de mi situación en lo más alto de las escaleras y enseguida me alejé de allí. Quienquiera que hubiera bajado del tren después de mí llegaría a la zona de taquillas en cuestión de segundos. Agucé el oído para escuchar sus pasos en las escaleras, pero no percibí ningún sonido.
Una de dos: o había imaginado oír a alguien en el andén o quien fuera que hubiese bajado del tren estaba aguardando en la oscuridad de las escaleras en lugar de dejarse ver en el vestíbulo. Prefería la primera posibilidad: mejor estar paranoica que ser víctima de un crimen. Quedarme allí para comprobar si me estaba volviendo loca no me beneficiaba en absoluto, así que me di la vuelta, dejé atrás la taquilla a toda prisa y salí a la noche invernal.
La parada de taxis se encontraba a un lado de la estación y agradecí las brillantes luces de seguridad que iluminaron mi camino mientras daba la vuelta al edificio. Estaba de suerte: había solo un taxi aparcado, con el motor parado y el indicador amarillo del techo brillando en aquella atmósfera helada. Levanté el brazo para llamar la atención del taxista en el preciso momento en que el motor subía de revoluciones y el vehículo arrancaba.
— ¡Espere! —Grité sin poder hacer nada—. Pare, ¡por favor!
Abandoné la maleta en medio de la calle y salí corriendo detrás del taxi, haciendo aspavientos como una loca en un intento de que el conductor me viera. Era imposible saber si en el oscuro interior del vehículo había ya otro pasajero o si el taxista simplemente se había cansado de esperar y había decidido irse a casa. Continué corriendo unos metros más, sabiendo que era inútil pero incapaz de parar, hasta que las luces traseras no fueron más que simples manchitas rojas en la distancia.
Se me llenaron los ojos de lágrimas de pura frustración mientras volvía a paso lento para recuperar mi maleta. No había más taxis a la vista y, hasta donde yo sabía, no habría otro hasta el día siguiente. No me quedaba otro remedio que llamar a Terry y pedirle que viniera. Pero incluso mientras sacaba el móvil del bolso y empezaba a marcar su número, me daba cuenta de que al menos tardaría media hora en llegar. Y no fue la perspectiva de estar sola mientras esperaba lo que hizo que mis dedos temblaran al marcar el conocido número en el teclado; no, fue el hecho aterrador de comprender que quizá había alguien más allí.
—No me hagas esto —imploré al teléfono.
Pulsé el botón de rellamada, tamborileando el móvil con impaciencia; me pareció que tardaba una eternidad para acabar diciéndome exactamente lo mismo.
Sin preocuparme por si hacía el ridículo, levanté el brazo y mantuve el pequeño móvil plateado por encima de mi cabeza, trazando un arco en el aire lentamente para intentar obtener cobertura. Mientras pivotaba creí ver una sombra fugaz que atravesaba el haz de luz de la entrada de la estación. Me quedé paralizada. Como un conejo enfocado por los faros de un coche, me quedé mirando fijamente la luz. Hasta que no se me empezaron a humedecer los ojos por el esfuerzo no me di cuenta de que miraba con tanta intensidad que había olvidado pestañear. Aunque no vi nada en la entrada de la estación, sabía que había algo o alguien dentro del edificio y, por razones que muy probablemente estuvieran lejos de ser inocentes, aún merodeaba oculto entre las sombras.
Sabía que no serviría de nada, pero debía probarlo de todas formas, así que pulsé una vez más el botón de rellamada. Casi estampé el móvil contra el suelo por la frustración e indignación que sentía. Afortunadamente mantuve el buen juicio. Lo irónico es que había unos cuantos teléfonos públicos dentro de la estación. Los había tenido justo al lado tras subir las escaleras. Pero ahora volver a ese edificio habría sido como conseguir cobertura con tan solo mi fuerza de voluntad; no era capaz. Tenía que afrontar los hechos. Estaba sola en una zona remota durante una oscura noche de diciembre, sin ningún medio para comunicarme y sin manera de saber si el hombre que tanto me había aterrorizado antes me habría seguido al bajar del tren.
Traté de calmar mis agitados pensamientos, que empezaban a desbocarse como caballos en estampida. Me obligué a concentrarme en el problema más inmediato; un problema que era un hecho y no una pesadilla imaginaria. Tenía que llamar a alguien —a Terry, a la compañía de taxis o a la policía— y no había manera de hacerlo. Bueno, si lo simplificábamos tanto, la solución era obvia: encontrar otro teléfono. Aún quedaría alguna cabina en las calles, ¿no? Seguro que los móviles todavía no dominaban del todo nuestra civilización... Y aunque realmente no recordaba la última vez que había usado una cabina, sabía que debería poder encontrar una en alguna parte. Paseé la mirada por el aparcamiento y la parada de taxis. Claro, no habría ninguna por ahí cuando había un montón de teléfonos operativos a pocos cientos de metros, en el interior de la estación. Y me habrían venido como anillo al dedo de no ser por el maníaco homicida que acechaba justo al lado. Se me escapó una risita, más histérica que divertida, cuando mi imaginación hiperactiva elevó al acosador posiblemente inexistente a la categoría de asesino.
Y entonces me acordé. Había una cabina en la acera justo al lado de la antigua iglesia, o al menos ahí estaba antes. Calculé que la iglesia no quedaba demasiado lejos, a dos o tres kilómetros como máximo. Además, en el peor de los casos, si realmente habían quitado la cabina al menos ya estaría a medio camino del pueblo, donde a bien seguro encontraría otra o podría incluso coger un taxi. Tener un plan fue como tomar un antiácido contra el ardor de mi pánico.
Con lentitud exagerada, empecé a andar por la carretera que me llevaría hasta la iglesia. Aunque no estaba segura de cuánto se propagaba el sonido por la noche, quise ser lo más silenciosa posible mientras me alejaba de la estación. Así pues, no me arriesgué a arrastrar la maleta con sus ruedecitas, sino que la agarré por las asas. Llevarla así me haría ir un poco más lenta, pero el estruendo de las ruedas llevaría a cualquiera directo hasta mí con la misma eficacia que un dispositivo de rastreo. Y a pesar del engorro de cargar con tantas cosas encima, seguí manteniendo el móvil abierto en la mano intentando llamar cada veinte segundos más o menos, sin perder nunca la esperanza de que funcionara.
No recuerdo cuando supe con certeza que lo tenía detrás. Pensaba que había ido con el máximo sigilo. Hasta que no estuve a cierta distancia de la estación no dejé de colocar los pies con cuidado en el suelo, logrando amortiguar el ruido de mis pasos. Solo cuando estuve segura de que no me oiría empecé a andar a paso rápido. Me arriesgué a mirar atrás en varias ocasiones, pero no vi a nadie ni una sola vez. Había varias calles que partían de la estación. Si no me había visto cuando me marchaba, era imposible que supiera cuál había tomado yo. Justo empezaba a sentir que la tenaza del pánico aflojaba la presión en mi corazón cuando oí el ruido: un tintineo ligero seguido de un fuerte estrépito, como si alguien le hubiera dado una patada a una botella por accidente.
Me puse rígida como una estatua y agucé el oído y la vista. En esa parte de la calle no había farolas; no aparecerían hasta que alcanzara la mismísima iglesia. Y la calle arbolada, flanqueada por gruesos troncos, ofrecía mil sitios donde ocultarse cuando la única luz presente era la de la luna y las estrellas.
No era momento de ser prudente. Corrí. Y cuando lo hice oí el sonido de otros pasos que hacían lo mismo. Era imposible estar segura, pero me alivió que el sonido no viniera de tan cerca como había creído al principio. Lancé una mirada atrás; aunque no veía a nadie, sí oía las fuertes pisadas en la acera. Me di impulso, exigiéndome más.
No estaba especialmente en forma — ya lo había demostrado con mi carrera para no perder el tren—, pero es increíble el efecto que tiene la pura adrenalina. No me movía tan deprisa desde hacía años, pero aun así seguía oyendo el eco de las pisadas de mi perseguidor. No le estaba sacando ventaja, solo mantenía la distancia. Sabía que no aguantaría mucho más a ese ritmo. Mis zapatos, diseñados para ir a la moda y no para un sprint a vida o muerte, habían patinado varias veces en el suelo escarchado. En una zona particularmente helada perdí adherencia y noté que mis pies resbalaban. Moví los brazos en un intento por recuperar el equilibrio y mi maleta cayó al suelo con un ruido sordo. Conseguí no caerme, pero dejé la maleta donde estaba. Unos veinte segundos después oí el sonido de un choque y un fuerte grito. Al menos ahora tenía cierta idea de a cuánta distancia estaba. Sabía que era demasiado pedir que se hubiera roto el tobillo en la caída, pero la idea de que se hubiera hecho daño me dio un impulso extra para continuar.
No estaba lejos de la cima de la colina. Distinguía ya bajo la luz de la luna la aguja de la iglesia. Me hallaba muy cerca. En el fondo, no creía que encontraría una cabina cuando llegara. Aquella noche, todo parecía ir en mi contra, así que la euforia que sentí cuando vi una delante de mí a unos cien metros me hizo pensar al principio que era un hermoso espejismo. El corazón me retumbaba contra el pecho y el costado me dolía como si la carne se estuviera desgarrando, pero no aflojé la marcha. Ya no oía nada tras de mí, pero aún necesitaría cierto tiempo para alcanzar el teléfono y llamar a emergencias. ¿Cuánto tardarían en contestar? ¿Conseguiría pedir auxilio antes de que se me echara encima? ¿Me quedaría algo de aire en los pulmones para hablar? El único modo de responder a estas preguntas era correr más deprisa, cosa que hice, todavía apretando convulsivamente el botón de rellamada del móvil como llevaba haciendo desde que abandonara la estación.
Pero en cuanto me puse a cuatro patas me apresó el tobillo y volvió a derribarme. Instintivamente le solté una patada y supe por su aullido que le había dado allí donde más duele con el tacón. Me soltó y empecé a alejarme gateando, utilizando los codos y los brazos para avanzar al estilo comando. Solo había recorrido un metro cuando volvió a abalanzarse sobre mí y me puso la rodilla en la espalda a lo bestia. Le oía mascullar y renegar mientras hacía uso de todo su peso para inmovilizarme. Sentí que las fuerzas para luchar me abandonaban. Lo había intentado, pero sin éxito. No veía prácticamente nada debido al abundante chorro de sangre que manaba de mi cabeza y noté que empezaba a caer en la inconsciencia. Quería resistirme, pero no me quedaban energías. El hombre agarró bruscamente la manga de mi abrigo, cuya blanca tela estaba manchada de rojo, y me obligó a colocar el brazo en un ángulo antinatural. Pronunció una palabra, solo una —«zorra»—, cuando sus dedos gruesos encontraron mi mano y me arrancaron el anillo de compromiso. El peso sobre mi espalda desapareció de improviso, así como el hombre.
¿De verdad todo se debía al dichoso diamante? ¿Me había ocurrido aquello solo por llevar el anillo durante el viaje? Y tampoco podría identificar a mi asaltante porque no le había visto la cara... Era muy posible que no fuera el mismo hombre del tren.
Me pareció que la oscuridad que me rodeaba se volvía más densa y me sentí como si estuviera bamboleándome en el borde de un agujero negro. Oí un sonido débil y vibrante al lado de la oreja; creía que era mi torrente sanguíneo hasta que la verdad se hizo patente. Era un tono de llamada. Por increíble que parezca, había mantenido agarrado mi móvil durante todo ese calvario, y tras tanto pulsar el botón de remarcar por fin había funcionado.
—Candy, ¿me oyes?
La voz sonaba bajísima, leve y muy distante.
—Ayúdame... — imploré
Y después me envolvió la oscuridad.
Continuara..
Tiempo de platicar.
Se que muchas están pensando que como es que dice ser Albert fic, si no aparece. Todo cosa buena lleva su tiempo n_n
Respondiendo a sus preguntas:
Albert aparece, si, va a aparecer y muy pronto.
Es salto en el tiempo, no, esta no es una historia de saltos del tiempo.
Esta historia la lei hace tiempo y es muy bonita, yo misma pase lo mismo que ustedes, no entendía que pasaba, pero conforme leía la historia, me di cuenta de como se dio la segunda vida de la protagonista.
Sé que este capitulo pueda confundirlas, pero como dije, paciencia y sigan leyendo que verán que valdrá la pena, y si, si quedan juntos, pero de una manera distinta a la que estamos acostumbras a leer.
Gracias por sus comentarios, son muy valiosos para mi.
